Volumen IV .- La habitacón del ángel
Editado
Capítulo 26 — Remolino
Leo se dejó caer en una de las butacas de la habitación. Fijó la mirada en el vaso de cristal sobre la mesa; en la superficie borrosa del vidrio se reflejaba un rostro. Ya no estaba tan lívido como antes: en cambio, aparecía teñido de un rubor inquietante, febril, acompañado de gotas de sudor frío que le resbalaban sin parar.
El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera romperlo. Cada bocanada de aire que aspiraba estaba impregnada de veneno: tensión, ansiedad, miedo. Todo ello se mezclaba en la sangre, invadiendo su cuerpo entero. Sentía palpitaciones, mareo, sequedad; tomó un vaso boca abajo y lo enderezó, mientras intentaba coger el gran botellón de agua. Pero los dedos le temblaban tanto que ni siquiera podía agarrar el asa; el agua salpicó la mesa.
Li Biqing le quitó el botellón y le sirvió un vaso lleno, tendiéndoselo de inmediato. Observó cómo Leo se lo bebía de un trago.
—Creo que deberíamos ir al hospital. Leo, estás muy mal… —dijo angustiado.
—No. Sé perfectamente lo que me pasa —respondió el agente federal con una firmeza que no admitía réplica, estrujando el vaso entre los dedos como si quisiera estrangularlo.
—Tal vez no te gustan los hospitales, no pasa nada, a mucha gente le pasa. ¿Quieres que llame a un médico para que venga aquí? —insistió el muchacho.
Leo alzó la voz de golpe; su tono era agudo, desgarrado:
—¡He dicho que no lo necesito!
—Pero…
Leo estrelló el vaso contra el suelo. Enseguida barrió la mesa con el brazo: botellas y vasos se estrellaron contra las baldosas, desparramando fragmentos por todas partes. Se levantó de un salto y de una patada lanzó volando la mesita de madera. La mesa chocó de lleno contra la mesita de noche, rebotando con un estruendo. Él rugió, desbordado:
—¡Dije que NO! ¿No me escuchas? ¡No, no, NO! ¡No quiero ver a ningún maldito médico ni tragarme un montón de pastillas absurdas! ¡Este cuerpo es mío! ¡Yo soy su dueño! ¡No necesito que nadie me diga cómo controlarlo!
Había perdido el control por completo. Ya no era el agente del FBI sereno, disciplinado y firme como una barra de acero. Li Biqing no podía imaginar la presión psicológica capaz de doblegar a un hombre como él hasta ese punto.
Si seguía así acabaría en un ataque histérico. Tenía que encontrar una forma de calmarlo, de bajarle el nivel de tensión, pero antes debía apagar esa explosión emocional. Li Biqing se acercó con cautela, posó una mano en el hombro del agente y deslizó los dedos lentamente por su brazo, intentando tranquilizarlo.
—Leo… respira. Suave… profundo…
Su voz y sus movimientos eran delicados, casi hipnóticos. En circunstancias normales, habrían funcionado. Pero cometió un error fatal: acercarse por detrás a un agente entrenado como Leo… y en semejante estado.
En el instante en que la mano de Li Biqing bajó del hombro, Leo actuó por puro reflejo: le atrapó la muñeca, giró el cuerpo y lanzó la rodilla directa al punto más vulnerable de su abdomen.
Li Biqing creyó que podía esquivar aquel golpe, por más rápido y feroz que fuese. Pero en el instante decisivo vaciló… y permitió que aquel rodillazo brutal se estrellara contra su abdomen. El dolor estalló desde allí como una red eléctrica que lo recorrió entero; sintió como si sus entrañas fueran trituradas a mazazos. Un grito desgarrador se le escapó de la garganta, y luego cayó hacia atrás, encogido en el suelo, gimiendo.
Leo se quedó petrificado, mirándolo, como si aún no comprendiera lo que acababa de hacer. ¿Lo había golpeado? ¿Había usado toda su fuerza contra un Li Biqing que ni siquiera tenía capacidad de defenderse? Ese chico… el mismo al que siempre había querido proteger, al que no quería ver lastimado ni un poco. Incluso cuando su seguridad chocaba con el trabajo que más amaba, él siempre había elegido protegerlo… siempre lo había cuidado… Dios mío, ¿qué demonios había hecho?
Los labios del agente temblaron. Se agachó lentamente, extendiendo una mano hacia él, pero justo antes de tocarlo se echó atrás, luego volvió a intentarlo… y volvió a retirarla. Aún no podía creerse que había sido él quien lo atacó. La idea le quebraba la confianza en sí mismo, y él nunca había sido alguien inseguro.
Serenidad, seguridad, precisión, un control feroz sobre todo lo que lo rodeaba: ésas eran sus cualidades, lo que llevaba grabado en los huesos. Y sin embargo, en ese momento, algo empezaba a resquebrajarse.
—Biqing… —murmuró, dolorido, queriendo añadir una disculpa que nunca llegó a salir.
El muchacho chino resistió el primer latigazo de dolor y empezó a recuperar el aliento. Se dio la vuelta, tambaleándose mientras intentaba incorporarse. Leo no pudo evitar sostenerlo.
—No pasa nada, ya no duele tanto —dijo Li Biqing, forzando una sonrisa de consuelo—. No debí tocarte sin avisar… olvidé tus reflejos defensivos de oficio.
Incluso ahora, no estaba enfadado. Solo se culpaba a sí mismo.
Nunca se enojaba con Leo. En cambio, era él quien siempre perdía los estribos, quien lo regañaba, lo restringía, lo amenazaba. Leo era quien, sin decir nada, cuidaba de él: cocinaba para él, velaba por él en el hospital, lo ayudaba en el trabajo… y él, demasiado ocupado, apenas había ido una o dos veces a visitarlo cuando estaba herido.
Leo pensó: Él es suave, limpio, encantador, indulgente, sabio, brillante… digno de todo lo bueno en este mundo.
Mientras que él mismo no era más que un paranoico con fachada de acero, un adicto, un hombre con problemas mentales, un trastornado. Un desastre.
—No pongas esa cara de dolor, culpa y remordimiento. De verdad que no es tu culpa… Hey, agente, yo te recuerdo siempre radiante. Y me gusta tu cara, ¿sabes? Pero esa expresión hace que me sienta culpable —bromeó el chico, medio en serio, medio en juego.
Dijo que le gustaba. Incluso viéndolo en ese estado deplorable, seguía diciéndolo con una sonrisa.
Leo sintió que algo dentro de él —llámalo emoción, espíritu, alma, lo que fuese—, aquello que siempre había gobernado su mente, se desplomaba bajo la sonrisa de ese chico… y se recomponía de un modo completamente nuevo.
Seguía siendo Leo, pero ya no exactamente ese Leo.
Era él Leo, que se había enamorado de Li Biqing.
Lo abrazó sin pensarlo, con una desesperación casi abrasadora, como si quisiera convertirse en fuego y derretir el invierno entero solo para darle calor si él lo necesitaba.
El muchacho no sabía que acababa de lograr una hazaña: conquistar a un hombre tan feroz como una bestia, una fiera imponente. Aunque lo hubiera hecho en el peor momento posible, cuando la ansiedad y la depresión lo habían dejado débil y con las defensas rotas.
Solo sintió el calor y la determinación que le envolvían desde ese abrazo. Era eso lo que tanto había deseado recibir, pero que, al obtenerlo, lo hacía sentir culpable… Acababa de ganarse la confianza absoluta del agente, sin reservas.
Soy yo el farsante… se insultó en silencio. Pero desde que había elegido ese camino, no le quedaba retorno.
Debía seguir el plan trazado, sin desviarse, sin permitirse mirar demasiado el paisaje del camino. Paso a paso. Sin volver atrás.
Rodeó con sus brazos la espalda ancha del agente y lo abrazó también. Se acopló al ritmo de su respiración, de sus latidos. Después de un largo rato, murmuró:
—Acuéstate un poco, ¿sí? Quizás te sientas mejor si descansas.
Leo dejó que lo guiara hasta la gran cama matrimonial. Sus extremidades doloridas y entumecidas rozaron la suavidad de las sábanas y sintió una especie de sopor cálido. Li Biqing posó la palma sobre su frente sudorosa.
—¿Quieres un poco más de agua? ¿O… algo más?
Leo guardó silencio, luchando internamente. Sopesaba si debía ceder al deseo frenético que su cuerpo tenía por la medicación. Si la tomaba, recuperaría la calma y la claridad durante un buen tiempo. Si no lo hacía… quién sabía en qué convertiría su mente. No podía permitirse, una vez lúcido, volver a ver al chico que amaba tirado en el suelo, gimiendo. Jamás.
Cerró los ojos, derrotado.
—…En mi mochila de viaje. En el bolsillo oculto del fondo. Hay tres frascos. Tráemelos.
—¡Voy! —Li Biqing salió corriendo. La mochila seguía en el coche. Unos minutos después regresó con el equipaje. Revolvió entre las cosas y sacó tres pequeños frascos blancos, sin etiqueta. Se los mostró a Leo—. ¿Es esto?
Leo asintió. El muchacho le sirvió un vaso de agua, observó cómo abría un frasco y se tomaba media palma llena de pastillas.
—¿Qué medicinas son estas? ¿Por qué necesitas una dosis tan grande? —preguntó Li Biqing, incapaz de contenerse.
Leo frunció el ceño, como hacía siempre que no quería mentir… pero tampoco quería responder.
El chico chino sintió que algo no cuadraba y, sin darse por vencido, insistió:
—Aunque no quieras decirlo, da igual. Con llevar los frascos al hospital sabrán lo que es.
—…Clorhidrato de sertralina, clorhidrato de buspirona y… alprazolam —respondió el agente con una voz tan baja que casi se desvanecía.
Li Biqing lo meditó un instante; aquellos nombres le sonaban vagamente. No era su campo, desde luego, pero había leído un poco de todo lo relacionado con la vida y la muerte… El último término despertó su memoria; sorprendido, casi aliviado por comprender, exclamó:
—Son fármacos para tratar neurosis: ansiedad, depresión… o algún trastorno mental…
—O todos a la vez —murmuró el agente de cabello negro, con los puños tensos contra el colchón, como si estuviera naufragando.
Parecía tan abatido, tan a punto de borrarse del mundo, que Biqing sintió un apremio urgente, una necesidad no solo de consolarlo, sino de apagar la sombra de un pasado que asomaba como una niebla negra escapando por una puerta secreta del corazón, envolviéndolos a ambos en un incendio del que no había escapatoria.
Agarró con fuerza las manos de Leo, las apretó contra su propio pecho, como si ese gesto fuera un rito capaz de transmitirle todo lo que él mismo no sabía cómo explicar. Eran demasiadas emociones, imposibles de desgranar una por una, pero la más central, la más intensa… esa la expresó con un gesto más directo.
Se inclinó y lo besó.
Sus labios abrieron con facilidad los del otro, fríos y húmedos. Hundió la lengua, profundo, frente a los ojos atónitos del agente.
Había vuelto a desviarse de su camino… Maldito camino. Pero ¿qué podía hacer? Lo que había encontrado en él era demasiado hermoso; tan hermoso que uno podría ser un Fausto dispuesto a traicionar al demonio mismo y exclamar: “¡Qué maravilla… detente, quédate así!”
Las manos de Leo se soltaron al instante de la débil sujeción del chico y treparon despacio por su nuca, hundiéndose entre el cabello castaño, sosteniendo la cabeza del chico para intensificar el beso. Parecía haber reaccionado… o tal vez estaba sonámbulo, movido por una concentración que excluía al mundo entero.
Solo quería ahogarse en ese beso. Lo había deseado tanto tiempo, y lo había temido igual de intensamente. Había intentado mantener el equilibrio en una cuerda floja entre el autocontrol y el descontrol, y por fin podía dejar de forzar su propia voluntad.
¿Y qué significaba aquel beso? ¿Consuelo desmedido? ¿El principio de algo que recién despertaba? En ese instante no quería pensarlo.
¿Importaba, acaso? Se estaban besando. Aquel momento les pertenecía a ambos.
El efecto de los fármacos comenzó a invadirlo. Leo intentó aferrarse a los últimos destellos de lucidez para seguir saboreando aquel paraíso un poco más, pero su sistema, agotado, ya no obedecía. Se hundió en la oscuridad sin poder resistirse… y aun así, hasta el último segundo, no soltó la muñeca del chico.
A menos que Biqing quisiera escapar, él no lo soltaría jamás.
Cuando Leo despertó, tuvo la sensación de que su cerebro apenas acababa de ser sacado del fondo de un lago. Levantó el brazo para apoyarlo en la frente y se dio cuenta de que aún sujetaba la muñeca de alguien. Tardó unos segundos en comprender lo ocurrido… ¿Había sido un sueño? Se giró bruscamente.
Biqing estaba junto a él, dormido. Su flequillo despeinado enmarcaba unas pestañas cerradas con fuerza; respiraba profundamente.
El chico dormía de lado, medio inclinado hacia su dirección, con el brazo estirado lo más posible, como procurando que él pudiera sujetarlo con comodidad. Y por el pliegue perfecto de la camisa, parecía haber mantenido esa postura toda la noche para no despertarlo.
Leo lo contempló largo rato, luego inclinó la cabeza y rozó con la mejilla aquellos mechones castaños. Una saciedad desconocida se expandió por su cuerpo, tan plena que sintió que, incluso si el mundo desapareciera en ese instante, no le importaría.
El chico chino se despertó sobresaltado y, al reconocerlo, parpadeó:
—Ah… has despertado…
Se incorporó, se pasó la mano por el cabello revuelto, incómodo.
—Perdona… me quedé dormido sin darme cuenta…
Leo miró la marca roja alrededor de su muñeca, sin saber cómo iniciar el tema. Aquel beso… ¿qué significaba? ¿Debía sacarlo a colación? ¿Esperar que él lo explicara? ¿Y si había sido un delirio? Su cerebro estaba fuera de servicio entonces; no era un testigo confiable. Pero… había sido un beso. ¿Verdad? Su mente vagaba, ansiosa de confirmación.
—Fue un beso, ¿no? —preguntó con la voz ronca, sintiéndose ridículo por su torpeza.
Biqing bajó la cabeza, los dedos jugueteando con el estampado del edredón, mientras respondía titubeante:
—No lo sé… quizá sí… En ese momento no pensé demasiado. Es solo que te vi… tan mal… y quería hacer algo, lo que fuera, para que te sintieras mejor… Sé que fue absurdo, que te habrá hecho sentir… —Tragó saliva, con la angustia de quien se ve obligado a ingerir veneno— …que te habrá hecho sentir asco.
—¿Y usas este método para consolar a todos los pacientes? —Leo oscureció el gesto—. Quiero decir… sin importar quién sea.
El chico negó con desconcierto.
—En realidad, nunca lo había hecho… Puedes creer que tenía el cerebro frito en ese momento. ¡Dios, ni yo sé qué estaba haciendo! Lo siento. Lo siento muchísimo. Olvidemos todo, ¿sí? Finjamos que no pasó nada. Por favor.
¿Olvidarlo? ¿Fingir que nada ocurrió?
Ese era su veredicto: un gesto de compasión, nada más.
Bien. Lo olvidaría. Por Molly, y para que al menos pudieran seguir relacionándose con normalidad. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Obligarlo a admitir un sentimiento en el que ni él mismo parecía creer? ¿Ignorar por completo su voluntad…?
Confesarse sin que nadie lo haya pedido… y arruinar la relación que hasta ahora había sido tan armoniosa. No quería ni imaginar qué pasaría si Molly se enteraba y cruzaba medio océano para pedirle explicaciones. ¿Con qué cara podría recibirla?
Olvidarlo… también estaba bien. Considerarlo una broma llevada demasiado lejos, volver al punto de partida. Era la solución más sensata. Enterrar las emociones agitadas bajo capas de roca. Leo esbozó una sonrisa burlona, casi traviesa.
—¿Eso fue un intento de sobornar a un policía para que encubriera tu crimen? Vas a tener que pagar un precio, chico.
La tensión en el rostro del otro se aflojó visiblemente.
—Bueno… no cuenta como crimen, ¿verdad?
—¿Ah, no? Entonces tampoco te molestará si le menciono a Molly que su hermano y su prometido estuvieron… dándose respiración boca a boca.
—¡No! —el chico lanzó un quejido desesperado—. ¡No puedes decirle eso! Piensa: si se entera de que casi me ahogo en el lago y tú estabas tan drogado que ni sabías dónde estabas… ¡Imagínate la escena!
Leo imaginó la cara de Molly y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Está bien. Como dices: esto se va a la tumba con nosotros. Pero desde hoy, y durante las próximas dos semanas, tú lavas la ropa.
—¡Hecho! ¡Trato cerrado! —respondió Biqing sin pensarlo.
Leo se destapó y miró su propia ropa, arrugada por haber dormido con ella puesta.
—¿Cuánto tiempo dormí?
—Cinco… quizá seis horas. Está empezando a oscurecer.
—Con razón siento el estómago vacío. ¿Salimos a comer algo? Creo que hoy solo comimos una vez.
—Media —lo corrigió Biqing—. Solo me comí la mitad de la hamburguesa que compraste en la carretera. Aquello era incomible.
—Quizá encontremos un restaurante decente en el pueblo.
—¿Y después de cenar damos una vuelta hasta la comisaría del condado? No dejo de pensar que la madre aún tiene algo sospechoso. No creo que haya matado a Renee.
—¿Por qué?
—Es esquizofrénica. Si hubiera matado a alguien, lo normal sería que cogiera un cuchillo de cocina y la atacara. No que atara las manos de la víctima con un nudo cruzado tan firme ni que se tomara la molestia de raspar la marca del saco de plomo atado a su cintura.
El agente federal recordó el cuerpo y asintió, iluminado.
—¿Y por eso crees que este no es su primer crimen?
—La boca y la nariz de la chica no tenían lodo ni algas. La tiraron al centro del lago después de muerta. Al menos para deshacerse de cadáveres, es un profesional.
Mientras discutían el caso, ambos se cambiaron de ropa y salieron juntos de la habitación.
Al pasar por el vestíbulo, la mujer maquillada que atendía la recepción los observó con una expresión extraña.
—Está mucho mejor que al mediodía —dijo, señalando a Leo con un gesto cómplice, antes de mirar a Biqing—. Pensé que estaba gravemente enfermo.
—No, solo necesitaba dormir bien —respondió el chico chino.
La mujer pensó que, en comparación con cuando golpeó el mostrador gritando, ahora parecía otra persona. Pero lo entendía: los jóvenes frustrados siempre eran más volátiles. Y ella se felicitó por haberles dado la llave correcta.
—Las camas king size de nuestro hotel son estupendas, ¿verdad? —dijo orgullosa—. Pueden quedarse el tiempo que quieran.
Leo y Biqing se miraron fugazmente y apartaron la vista al mismo tiempo, con las mejillas encendidas: se habían olvidado de que en el cuarto había una sola cama doble. ¿Y ahora cómo iban a pasar la noche? Si pedían otra habitación, ¿no parecería aún más sospechoso?
Biqing dudó unos segundos y luego dijo:
—Ehh… mejor cámbienos a dos habitaciones individuales.
La recepcionista arqueó las comisuras con una sonrisa burlona.
—¿De verdad creen que hace falta? —murmuró, y volvió a sus cuentas.