Lluvia, lluvia, vete 06
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“Lluvia, lluvia, vete 06”
Cuando Albariño Bacchus irrumpió en el laboratorio de criminalística, Bates se quedó perplejo.
Bates estaba de pie frente a su mesa, con la bata blanca puesta, sosteniendo un soplete en una mano y un cráneo humano en la otra; nadie sabía exactamente para qué servía esa combinación. Al ver a Albariño acercarse a toda velocidad, con aquellas ojeras espectaculares, solo pudo emitir un sonido de duda:
—¿Eh… Al?
—Te traemos algo que podemos llamar “evidencia” —dijo Albariño, frenando en seco y sacando algo de su bolsillo: un fragmento de porcelana envuelto en un guante de látex. Tenía un borde afilado con una mancha de sangre seca.
—Si detectamos el ADN de Johnny el Cazador o el de Herstal Amalette, el caso está cerrado —dijo Lavazza McCard, que venía tras él con los brazos cruzados y una expresión que sugería que no estaba nada feliz.
Bates, con el trozo de cerámica en la mano, seguía confundido: —¿Alguien puede explicarme de dónde ha salido esto?
—Visitamos a un sospechoso, Elliot Evans —explicó Albariño con ligereza—. Mientras el agente McCard lo distraía, registré la casa. No había sangre sospechosa, salvo este trozo que encontré en la basura. Por cierto, tiene un sótano y está cerrado con llave.
—Así que creen que esto es sangre de Amalette o de Johnny. —Bates asintió y les hizo señas para que lo siguieran al laboratorio de análisis—. Albariño, sabes que esto es una obtención ilegal de pruebas. Legalmente…
—Es ilegal, por supuesto. Pero es suficiente para solicitar una orden de registro —la voz de Albariño se volvió sombría—. Si hay un rehén retenido en ese sótano, dudo que al fiscal le importe que una pequeña pieza de cerámica no llegue al jurado.
—Pero, doctor Bacchus, él es su amigo —intervino McCard de repente.
Albariño tensó la mandíbula. Tras un momento, respondió:
—Es un amigo al que no conocía tan bien… Al descubrir que tiene un sótano cerrado con llave, me di cuenta de que lo conozco incluso menos de lo que pensaba.
—¿Cómo lo conoció? —insistió McCard.
—Un pequeño accidente, un capricho. —Albariño se encogió de hombros—. Ya sabe, su rostro me parecía bastante atractivo.
La fama de Albariño como hombre seductor y voluble era bien conocida, especialmente tras la cobertura mediática del caso Landon. McCard arqueó una ceja ante la implicación; no por nada Olga siempre decía que su antiguo jefe era un puritano que no soportaba ese tipo de comportamientos.
Se detuvieron ante la puerta del centro de ADN. Bates entró solo. Cuando la puerta se cerró, Albariño soltó un largo suspiro.
—Espero que esto termine pronto. No sé cómo estará tratando Herstal a nuestro pequeño Johnny. Conociéndolo, es el tipo de abogado más irritante del mundo. Si llega a enfurecerlo… —Albariño miró a McCard de forma pensativa—. Mira, parece que va a llover.
McCard miró por la ventana. Nubes de color gris plomo colgaban bajas sobre la ciudad y un viento frío empezaba a soplar. Tenía razón: pronto llovería.
—Quédate aquí a esperar los resultados —dijo Albariño con una sonrisa que a McCard no le pareció en absoluto cálida—. Tengo que salir un momento. Me preocupa que el pequeño Johnny quiera salir a jugar, ¿no crees?
****
Herstal no escatimó en maldecir a Albariño Bacchus en todos los idiomas que conocía. El forense era un bastardo que disfrutaba echando sal en la herida. Antes de que Albariño entrara al sótano, Herstal casi había cortado las cuerdas de sus muñecas, pero aún quedaban dos hebras resistentes que se negaban a ceder.
Escuchó los pasos de Elliot bajando las escaleras.
Elliot apareció con el rostro más pálido de lo habitual. Se acercó rápidamente, le arrancó la cinta de la boca y lo abrazó con fuerza. Herstal, ya acostumbrado a la pegajosa necesidad de afecto del asesino, preguntó con calma:
—¿Qué pasa?
Elliot apestaba a tabaco. Debió de fumar media cajetilla arriba intentando calmarse tras el interrogatorio. Lo que Herstal no sabía era que el jefe de la tienda lo había llamado furioso para preguntarle en qué líos se había metido con la policía.
—¡No dejaré que te lleven! —anunció Elliot, ignorando la pregunta. Lamía los labios de Herstal con la ansiedad de un animal asustado.
—Sí, ¿a dónde iría si te dejara? —respondió Herstal en un susurro.
Elliot soltó un jadeo agudo y, de repente, le mordió el cuello con fuerza. Empujó a Herstal contra el colchón, que crujió bajo el peso. Herstal sintió una lengua húmeda lamiendo la sangre que brotaba de su piel.
*“Todos los que han sido lavados por esta agua… han sido salvados”*, resonó en su mente una voz del pasado.
Elliot metió su mano fría bajo la camisa de Herstal, provocándole un escalofrío involuntario. Se arrodilló sobre él y se quitó la chaqueta, tirándola sobre el colchón.
—Herstal —susurró al oído—, yo quiero…
—”La necedad está ligada al corazón del niño; mas la vara de la corrección la alejará de él.”
Elliot acarició con un dedo la cicatriz en la garganta de Herstal. —Tú mismo lo sabes, te estás volviendo perfecto.
Herstal forcejeó un poco, presionando su cuerpo contra la chaqueta que Elliot acababa de tirar. El movimiento pareció enfurecer al joven, que le apretó el cuello con los dedos, hundiéndose en su piel.
—No me dejes —suplicó Elliot con voz temblorosa—. Si te vas, nadie te cuidará.
Sus ojos estaban desorbitados, como un pantano negro sin fondo. Entonces, bajó la cabeza y chocó sus dientes contra los labios de Herstal en un beso doloroso.
****
Albariño detuvo su Chevrolet rojo en una esquina cerca de la casa de Elliot. El coche parecía una gota de sangre bajo el cielo de plomo. Las primeras gotas de lluvia empezaban a empañar el parabrisas. Estaba esperando una llamada.
No tardó en llegar. Era Olga.
—Estoy en la comisaría. Han sacado el expediente de Elliot Evans —dijo ella sin rodeos.
—¿Algo interesante? —preguntó Albariño, tamborileando los dedos en el volante.
—Evans dejó la escuela por problemas psiquiátricos. Su familia tiene antecedentes de enfermedades mentales, pero el detonante fue un profesor que lo trataba con una crueldad extrema. Lo curioso es que Evans amaba a ese profesor; no opuso resistencia hasta que otros lo descubrieron.
—Déjame adivinar —intervino Albariño—. ¿Un hombre de unos cuarenta años, alto y apuesto?
—Murió hace seis años, a los cuarenta y cuatro —respondió Olga—. Le cortaron el cuello después de una tormenta. La policía creyó que fue un robo frustrado. El ADN acaba de salir: la sangre de la cerámica es de Herstal.
Albariño fingió sorpresa durante medio segundo. —¿Bart ha pedido la orden de registro?
—Está con el juez. Me dirijo allí con el SWAT. ¿Dónde estás tú? —preguntó Olga con sospecha.
—Cerca de la casa de Elliot —respondió Albariño con voz sincera—. Alguien tenía que vigilar que no escapara, ¿no? No te preocupes, no haré nada. Esperaré al SWAT.
Tras colgar y soportar las advertencias de Olga, Albariño escuchó un trueno. *Es el día perfecto*, pensó. Tomó un teléfono desechable de la guantera y marcó un número.
Cuando contestaron, su voz sonó urgente y llena de pánico: —Elliot, no debería llamarte, pero lo han descubierto. Van a por ti.
Colgó de inmediato, rompió la tarjeta SIM y metió los restos en una bolsa sellada. La lluvia ya caía con fuerza. Albariño bajó del coche.
****
Herstal sentía que se desmayaba por la falta de oxígeno. En ese momento, el teléfono de Elliot sonó justo debajo de la espalda de Herstal. Estaba en el bolsillo de la chaqueta que Elliot había tirado al colchón.
Elliot saltó como un animal asustado, sacó el móvil y escuchó. Su rostro perdió el poco color que le quedaba. Soltó el teléfono, que golpeó el suelo con un ruido seco. Miró a Herstal y este lo comprendió todo.
Herstal se incorporó jadeando, con la camisa abierta y los labios sangrando. Miró a Elliot con una frialdad que el joven nunca había visto.
—¿Qué pasa? —preguntó Herstal, ladeando la cabeza y dejando que su cabello rubio cayera sobre sus ojos—. ¿Te han descubierto?
Estaba seguro de que Albariño había hecho esa llamada. *”Quiero verte arder”*, le había dicho el bastardo.
—No puedo… —murmuró Elliot antes de gritar—. ¡Herstal, podemos irnos! No dejaré que…
—Sí, claro que podemos —respondió Herstal, arrodillándose en el colchón con una calma afilada—. Pero, ¿por qué iba a irme contigo?
Elliot lo miró atónito.
—¿Acaso alguna de tus otras víctimas quiso irse contigo? —preguntó Herstal con interés—. Al final tuviste que matarlos por su rechazo. Para ti no es un asesinato, es un “amor fallido”, ¿verdad? Igual que aquel primer amor… ¿En qué tormenta mataste al hombre que realmente amabas, Elliot?
Elliot apretó los dientes, temblando de rabia. Un relámpago iluminó el sótano a través del pequeño tragaluz.
—Está lloviendo —susurró Herstal, como una maldición.
Elliot soltó un rugido de furia y se lanzó sobre Herstal, sacando un cuchillo de su espalda.
El tiempo pareció congelarse. Elliot se detuvo en seco y bajó la vista. La sangre brotaba de su abdomen, donde estaba clavada una navaja de mariposa. Herstal la sujetaba con fuerza, a pesar de sus muñecas hinchadas.
Era la misma navaja de Herstal, la que había usado contra Elliot en la carretera. Elliot la había guardado en su chaqueta y la había olvidado allí durante horas.
—Sabes, Elliot —dijo Herstal con un tono conversacional—, no eres un asesino en serie muy competente.
Hizo fuerza y desgarró el abdomen de Elliot con la hoja. La sangre salpicó el dorso de su mano como una fuente. Elliot cayó de rodillas, emitiendo sonidos ahogados mientras la espuma sangrienta brotaba de sus labios.
Herstal levantó la vista. Seguía arrodillado porque sus tobillos continuaban atados, pero sus ojos brillaban con una excitación maníaca; sus pupilas dilatadas reducían el azul del iris a un anillo delgado. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.
—Es una pena —susurró—. Me temo que yo soy mucho mejor que tú en este arte.
****
Cuando Albariño llegó a la puerta de Elliot, estaba empapado. No se molestó en llamar; derribó la puerta de una patada, rompiendo el pestillo de mala calidad.
Sacó su Colt M2000. Aunque prefería los cuchillos, no quería dejar cabos sueltos con el FBI tan cerca. Bajó al sótano y el olor a hierro lo golpeó de inmediato.
Abrió la puerta y vio a Herstal Amalette medio inclinado en el suelo, rodeado de un río de sangre. Frente a él yacía el cadáver de Elliot Evans, con los ojos vacíos mirando al techo y el torso destrozado por cortes precisos. El Pianista de Westland se había asegurado de que muriera desangrado lentamente.
Herstal se enderezó. Tenía una mancha de sangre cruzándole la mejilla y los labios partidos. Su camisa de seda blanca estaba empapada en rojo, creando un contraste salvaje sobre su piel pálida. La navaja de mariposa seguía goteando.
Herstal miró a Albariño. Era el momento: dos monstruos mirándose a los ojos con su presa destrozada a los pies. Herstal respiraba con dificultad; su voz áspera cortó el silencio entre los truenos.
Albariño, con una sinceridad absoluta y llena de placer, recitó:
—”Verweile doch, du bist so schön.”
(Detente, eres tan bello).