Capítulo 28. Sueño.

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Volumen IV .- La habitacón del ángel

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Capítulo 28 — Sueño

Tomará la salida de emergencia. Bajará al aparcamiento subterráneo, se dijo Leo.
El agente de cabello negro descendía a toda prisa por las escaleras, con la pistola en la mano. Debía detenerlo. Debía salvar a la niña.
En el aparcamiento vacío y abandonado, Leo distinguió al fin la silueta del hombre con la chaqueta de cuero verde oscuro. Llevaba a la niña llorosa sobre el hombro.
—¡Quieto! ¡Suéltala o disparo! —gritó el agente.
El hombre se detuvo. En el mismo instante en que se volvió, bajó a la niña y la colocó frente a su pecho, sujetándola como un escudo. Le apoyó el cañón de la pistola en la sien.
—¡Vamos, dispara! A ver qué es más rápido: tu bala… o su cerebro salpicando por el suelo —escupió el fornido hombre de pelo castaño, erguido con una arrogancia impenetrable.
La situación había quedado completamente estancada. El agente federal, temeroso de herir al rehén, no se atrevía a apretar el gatillo. El fugitivo, parapetado tras su escudo humano, retrocedía con prudencia: apenas le separaban unos metros del SUV que aguardaba con la puerta abierta.
—Ayuda… mamá… ayúdame… —la niña forcejeaba con desesperación; sus gritos, finos y desgarrados, rebotaban con eco en las paredes de cemento.
—Shhh, cariño… tienes la voz demasiado alta. A mí me gustan los niños obedientes, que lloran bajito, con esos sollozos tan dulces… —murmuró el hombre castaño, con un tono suave y cruel a la vez.
Sus ojos, hundidos bajo el arco de las cejas, brillaban con un fanatismo enfermizo, como un pantano oscuro donde bullían burbujas de cieno caliente.
—Déjala ir, Tado. Aún podemos negociar —dijo Leo.
—No, no, no… —tarareaba el fugitivo, con un canturreo irritante—. ¿Cómo iba a soltar a la presa que acabo de atrapar? Mira qué ciervo tan precioso. Seguro que sabe… delicioso, ¿no te parece?
«Él»… Leo se quedó helado. Y, de repente, lo vio: el cuerpo retenido frente al criminal, con el cañón presionado contra la sien… era Li Biqing.
El muchacho lo miraba con sus ojos claros, siempre tan apacibles.
—Dispara, Leo —dijo—. Preferiría que me enviaras al cielo de un tiro, antes que caer hecho pedazos en el infierno después de sufrir cosas que no puedo ni imaginar.
—¡No! —gritó Leo, con una ferocidad desgarradora—. ¡Suéltalo! ¡Suéltalo, maldito hijo de puta! ¡Si le tocas un solo pelo, juro que te despellejaré vivo, te arrancaré los tendones y te haré picadillo!
—¿Ah, sí? Entonces muéstrame tu determinación, agente. Vamos, dispara. Así podrás hacerme lo que quieras después. —El fugitivo sacó la punta de la lengua, oscura, húmeda, y la deslizó lentamente por el cuello del chico como una serpiente—. Sabes que lo vas a acertar… aquí mismo, en la carótida, en la yugular, en todas esas venitas deliciosas. La sangre brotará como tinta derramada, empapando el suelo mugriento. Morirá con un dolor insoportable, mirando cómo se vacía…
—¡Cállate! ¡Cállate de una maldita vez! —rugió Leo.
Como un león herido rodeado de hienas: la furia no era solo por el peligro, sino por ver a su compañero, a su chico, atrapado entre las fauces del monstruo. Sujetaba la pistola con ambas manos; el dedo, crispado sobre el gatillo, suplicaba permiso para disparar. Y, sin embargo… no podía. Sabía perfectamente qué ocurriría con ese tiro. Sabía a quién alcanzaría. Y sabía que ese resultado estaba grabado a fuego en su destino.
—Ah, ahora sí que no te atreves, ¿verdad? —entonó el criminal, casi riéndose—. ¿Por qué? ¡Oh, ya entiendo! —chilló, triunfal y continuo:
—Te has enamorado de este pequeño ciervo. Tú también quieres saborear su dulzura. Pero qué pena… ahora me pertenece. Tienes dos opciones: o lo conviertes en un cadáver tú mismo, o esperas a que yo te mande sus pedacitos por correo. Tranquilo, elegiré una caja de regalo bonita, con un lazo elegante.
Leo mordió con tanta fuerza que el sabor del hierro le llenó la boca. Si la rabia pudiera quemar, el hombre habría muerto en un segundo. Pero Leo no podía disparar. No podía matar al chico que amaba. Y tampoco podía soportar verlo torturado y desmembrado. Era como si hubiera caído dentro de un horno infernal: dolor por delante, dolor por detrás. En un instante, incluso sintió la tentación de girar el arma hacia su propia sien, de escapar de ese dilema imposible…
Entonces, un pecho cálido se apoyó contra su espalda. Dos brazos se extendieron por encima de los suyos, afianzando sus muñecas en un agarre firme y seguro, guiando el arma con una precisión fría. El calor, el olor, la extraña familiaridad de esa presencia lo envolvieron por completo.
Una voz joven resonó en su oído. Un tono claro, afilado, vibrante, con un leve acento inglés. Una voz que cortaba el instante como una hoja bellamente labrada.
—Dispara, Leo.
—¡No! —replicó él, instintivamente. Un segundo después, lo entendió—. Esa voz… eres tú… ¡Sha Qing!
—Dispara. Esta vez no fallarás —dijo el asesino serial—. Estoy justo detrás de ti. Usa mi fuerza, Leo. Juntos… acabemos con este maldito círculo.
El disparo explotó.
Y Leo despertó sobresaltado.
La penumbra del cuarto lo recibió con su calma fría. Estaba en un hotel de Water Gorge. En la cama enorme de la suite. Había tenido un sueño vívido y aterrador, tan real que sentía el temblor aún en los tendones.
Notó el calor de otro cuerpo apoyado contra su espalda y, al moverse, retiró la mano que reposaba sobre su cintura. Al girar la cabeza, vio a Li Biqing dormido plácidamente a su lado. El muchacho llevaba una camiseta fina y unos pantalones cortos; había pateado la manta por el calor, pero mantenía el brazo alrededor de su cintura, encogido como un gato en invierno que busca abrigo en el cuerpo más cálido.
Solo entonces Leo comprendió lo absurdo de su petición unas horas antes… y todavía más absurdo el hecho de que el muchacho hubiera aceptado sin la menor extrañeza.
Observó su rostro tranquilo y volvió a pensar en el sueño. Que la niña hubiera adoptado su forma, eso lo comprendía: algo peor que aquel día solo sería que fuera Biqing quien estuviera en peligro. Si hubiera sido real, no sabía si aún sería capaz de disparar. Ni a quién.
La elección del acantilado, pensó. Sonaba como una maldición de la agente Treville. Leo sonrió con amargura.
Lo que no entendía era por qué Sha Qing había aparecido en el sueño. Sí, era un invitado habitual de sus pesadillas, pero siempre como asesino, siempre en el contexto del caso, como un fantasma que examinar. ¿Por qué, esta vez, había irrumpido de forma tan extraña, como si una serie de televisión hubiese mezclado episodios…? De villano final a aliado inesperado.
Un absurdo total. Y, sin embargo, el eco de su voz seguía vibrando en su nuca.
Leo recordaba con incredulidad lo ocurrido en su sueño: Sha Qing se había colocado detrás de él de una manera íntima, casi sin dejar espacio entre ambos, pecho contra espalda, brazo sobre brazo… y, aun así, él no había sentido la menor amenaza. ¿Acaso, en lo más profundo de su subconsciente, lo consideraba alguien digno de confianza? ¡Maldita sea! Aquello parecía sacado de esas películas absurdas de policías y criminales, y había visto bastantes, donde ambos acaban admirándose mutuamente, como si fueran almas gemelas… ¡Qué estupidez! ¡Ellos eran enemigos jurados! Estaban en lados opuestos, blanco y negro, condenados a no poder coexistir. ¿Qué había para admirar? ¿Sería que tantas películas basura habían terminado por lavarle el cerebro? ¿O era por ese beso al borde de la muerte…?
Un calor abrasador le subió a los labios. Leo pasó la lengua por ellos en un intento inútil de apagar aquella chispa; al contrario, el fuego se extendió hacia la lengua y la dentadura, trayendo un cosquilleo tan intenso que le recorrió todo el cuerpo. En un instante, el aliento del otro hombre inundó su boca: la lengua ágil, la destreza impecable, el sabor entremezclado de sangre y deseo, la mezcla de sudor y pólvora quemada colándose por su nariz… Apenas recordar aquello bastó para que la sangre le hirviera. Y Leo tuvo que admitirlo.
“Para los hombres, la violencia y el sexo son, a menudo, hermanos gemelos”.
En ese momento, el chico a su lado se giró y dejó caer una mano sobre su abdomen.
Leo se dio cuenta de que tenía una erección: tensa, dura, como una barra de hierro al rojo vivo.
Retiró la mano del muchacho de la zona peligrosa con un esfuerzo que casi lo destrozó. El otro, como si en sueños percibiera la interrupción, volvió a moverse, cambiando de postura, y luego se quedó quieto.
Y aquello casi enloqueció al agente federal.
Li Biqing, de costado, se había girado hasta quedar boca abajo. La camiseta se había deslizado por la cintura, dejando expuesta una franja de piel lisa; al final de la columna vertebral, un hueco suave formaba una hendidura delicada que desaparecía bajo la banda azul de la ropa interior. La tela delgada marcaba la curva firme y redondeada de sus glúteos, y las piernas largas, blancas y musculosas se extendían como un banquete servido a la vista, rebosando una invitación silenciosa y abrumadora.
Era, sencillamente, un sueño erótico hecho carne.
Desesperado, Leo llevó la mano al interior de la ropa interior y cerró los ojos, imaginando que era la mano de Li Biqing la que lo sostenía. Imaginó sus dedos moviéndose arriba y abajo, su boca envolviéndolo, su cuerpo temblando mientras él entraba y salía… Lo imaginó inclinándose bajo sus embestidas, soltando gemidos contenidos, estremeciéndose de placer, hasta llorar su nombre cuando el orgasmo lo quebrara por completo…
La imagen fue demasiado. Leo terminó corriéndose rápido, como si miles de chispas blancas estallaran en su cabeza. El semen acumulado salió en oleadas, mojando media prenda interior, arrancándole casi las fuerzas.
Jadeando entre los restos del clímax, giró el rostro hacia el borde de la cama. No quería ver a Li Biqing. Aquello solo lo hundiría más: el chico confiaba en él lo bastante como para compartir una cama, y él… él lo usaba como objeto de fantasía, lo imaginaba llorando bajo su cuerpo.
Un olor leve, casi imperceptible, quedó flotando en el aire, como un secreto bien escondido que finalmente se había quebrado. Incapaz de soportarlo, Leo bajó de la cama y se metió bajo la ducha, dejando que el agua arrastrara el sudor y la pegajosa tela. Pegó la piel ardiente contra la fría cerámica, como si así pudiera drenar el incendio interno. Tras casi media hora bajo el agua helada, sintió que recuperaba la compostura y regresó al cuarto.
El muchacho seguía dormido, ahora apropiándose del lado que él había dejado vacío. Leo vio la piel cada vez más expuesta, las extremidades largas y relajadas… y comprendió, derrotado, que había subestimado su propio deseo. Volvía a sentir cómo algo despertaba bajo su cintura, impaciente, insatisfecho.
Rápido, casi con desesperación, se vistió a toda prisa, como si la ropa pudiera servir de coraza moral. Luego salió al balcón a fumar. Casi nunca fumaba; el olor a tabaco encendido le desagradaba. Pero ahora necesitaba la aspereza en la garganta, algo que lo castigara por dentro para acallar la tensión.
…Quizá debería buscar a alguien, una aventura de una noche, pensó. Demasiado tiempo sin resolver sus necesidades, y eso ya le estaba afectando el humor, la cabeza, la cordura. ¿Y si Li Biqing llegaba a enterarse de que se masturbaba pensando en él? ¿Qué cara pondría? ¿Se apartaría con repulsión? ¿Le diría, con lástima: “Leo, usa tus vacaciones para conseguir una novia… o un novio”?
Solo imaginarlo lo destrozaba.
¿Por qué tenía que enamorarse, justamente, del futuro prometido de su hermana? ¿Por qué?
Pero “futuro”… El futuro siempre cambiaba, ¿no? La idea cruzó por su mente, apenas un suspiro oscuro, y enseguida se recriminó a sí mismo con furia: ¡era capaz incluso de desear sabotear la felicidad de su propia hermana!
Déjalo, Leo. Es un buen chico, sí… pero no es tuyo. No lo será.
Se lo repitió, dejando que el humo azul y tenue anestesiara esa esperanza prohibida.
El horizonte empezaba a clarear; la larga noche de aquel pequeño pueblo por fin cedía. Desde la habitación llegó un leve movimiento. Leo aplastó la colilla en el cenicero repleto, y al acercarse a la cama, sonrió.
—¿Ya despertaste, chico? Buenos días.

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