Capítulo 3

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Capítulo 3

Andrew observó el líquido marrón verdoso del frasco. Ladeó ligeramente la cabeza y miró con escepticismo a Shute, que estaba más nervioso que un flamenco, y preguntó:

—¿Estás seguro de que este líquido de aspecto tan sucio sirve para algo?

Shute se apresuró a llevarse la mano al pecho para jurar y asegurar:

—Señor, puede estar tranquilo. Este líquido es absolutamente eficaz. He sintetizado el olor de usted y lo he amplificado sesenta veces.

Andrew frunció el ceño:

—¿Solo has amplificado mi olor sesenta veces?

—Sí, señor —se apresuró a explicar Shute—. Este olor… solo lo produce usted en grandes cantidades cuando está excitado. ¿Cómo se comunican los insectos para aparearse con los de su misma especie? También usan un lenguaje: el lenguaje de los olores.

—Los humanos también tenemos un lenguaje de olores, solo que, al estar nuestros otros lenguajes tan desarrollados, los hemos pasado por alto…

—Cuando usted, señor, haga uso del dormitorio, si deja que estos aromas se liberen en la habitación, quedarán firmemente grabados en la mente de la otra persona. Como suele decirse, lo que se ignora es lo instintivo… Así que, en poco tiempo, en su mente, ese aroma… ejem, significará sexo.

Andrew asintió, satisfecho. Dio unas palmadas en el hombro de Shute y, arqueando una ceja, dijo:

—¿Ah, sí? Como científico, deberías dedicarte a hacer cosas tan significativas como esta.

Shute soltó una risa forzada. Entre elegir dañar a una persona o dañar a muchas, ciertamente había hecho algo significativo.

Andrew era un hombre inteligente. Sabía muy bien qué métodos usar para conquistar a una persona de moral recta.

Mucha gente íntegra cree que Dios está en todas partes, que si dejan que Dios ocupe firmemente el lugar principal, los malos pensamientos no pueden surgir.

Pero Andrew creía que se equivocaban. El que puede estar en todas partes no es Dios, sino el deseo.

Entonces, para esos hombres rectos, lo más demoledor es hacerles ver que ellos también tienen la cabeza llena de deseos. Así comprenderán que no son muy diferentes de aquellos a quienes ellos mismos consideran escoria.

La única diferencia es que la escoria suele perseguir sus deseos con honestidad. En ese sentido, Andrew creía que la escoria era más sincera.

Por supuesto, para Andrew, el deseo carnal era la parte más importante del deseo.

Así que ahora él estaba pidiendo a Ye Yuzhen que también fuera un poco más sincero. Lo tenía apretado contra las frías baldosas de la pared del baño, sujetándole la barbilla con una mano para obligarlo a abrir la boca y entrelazar sus lenguas.

La ducha no estaba del todo cerrada y las gotas que caían empapaban el pelo y la camisa de Ye Yuzhen.

Andrew nunca tenía un lugar fijo para sus encuentros sexuales, así que a Ye Yuzhen no le sorprendió que se excitara en el baño.

En un rincón del baño ardía un incienso, pero su olor no era el habitual. Tenía un aroma similar al del puro, extraño, que resultaba incómodo.

Cuando por fin los labios de Andrew se separaron de los suyos, Ye Yuzhen pudo respirar hondo, y entonces, inevitablemente, tragó también la saliva de Andrew. Le dio asco, y al mismo tiempo sintió una extraña sensación indescriptible.

Andrew, con la yema del pulgar, le rozó el pezón a través de la camisa, intensificando esa sensación extraña. Como de costumbre, Ye Yuzhen, ante esa sensación, se mostraba nervioso y frágil, como si fuera a derrumbarse al primer golpe.

Ye Yuzhen respiró hondo, con la espalda pegada a la pared. Las frías baldosas parecían haberse calentado con su cuerpo ardiente.

Andrew le bajó los pantalones, introdujo un dedo en su entrada y, mientras frotaba suavemente, dijo con voz ronca:

—Me alegra mucho que te hayas mantenido puro para mí. Aparte de yo, nadie ha disfrutado de esto…

Ye Yuzhen temblaba de ira, pero el cosquilleo instintivo en su interior le impidió articular palabra.

—¿Acaso no es cierto? —preguntó Andrew con fingida sorpresa—. He investigado sobre ti. Parece que desde el parvulario hasta el doctorado y la academia de policía, siempre fuiste muy formal.

—Los hombres no sabían que eras homosexual, las mujeres no sabían que no eras heterosexual. En la universidad, no te acostabas con compañeros; al salir, no te acostabas con subordinados ni superiores. Con Xu Anlin, no hiciste nada; querías acostarte con Zeng Yusen, pero al final te acostaste conmigo…

Ni la mejor paciencia de Ye Yuzhen podía soportarlo. Con un perfecto movimiento de pierna, intentó golpear a Andrew en los testículos.

Pero Andrew ya conocía su temperamento a la perfección. Con un golpe seco, detuvo el ataque, que no era tan fulminante debido a que los pantalones le impedían el movimiento, y luego, aprovechando, le sujetó la pierna y lo inmovilizó. Le susurró al oído:

—La verdad, me alegro de que seas así. Me gusta que seas solo mío… Eres la única persona en este mundo que me pertenece solo a mí.

De repente, su expresión cambió, pasando de ser un sinvergüenza a un amante melancólico y apasionado, lo que dejó a Ye Yuzhen sin saber si reír o llorar, no sabía por dónde empezar a insultar a un tipo con una cara más dura que una muralla.

Andrew parecía seguir ensimismado en el papel que interpretaba. Con una voz profunda y magnética, llena de pasión, dijo:

—Por eso voy a recompensarte. Voy a hacerte alcanzar la cima del placer, a disfrutar de la máxima sensación de éxtasis…

Se arrodilló y, ante la mirada ligeramente sorprendida de Ye Yuzhen, tomó su miembro en la boca.

Con la punta de la lengua, lamió el glande. Ye Yuzhen temblaba por completo. Agarró a Andrew por el cabello y dijo con voz ronca:

—¡Suéltame ya, estás loco!

La respuesta de Andrew fue una succión aún más excitante.

Ye Yuzhen, apoyado contra la pared, solo sentía que aquel placer parecía abrirle todos los poros, que gritaban a la vez con sus propios gemidos. La sangre, como fuego, corría desbocada por sus venas.

El incienso ardía lentamente en la bañera llena de vapor, tan brumoso como la mirada perdida de Ye Yuzhen.

Ye Yuzhen, rindiéndose, gimió y se liberó en la boca de Andrew que entonces se levantó. En la comisura de sus labios aún colgaba un hilo del líquido blanco lechoso. Algunas gotas cayeron sobre su robusto pectoral. El líquido blanco sobre la piel bronceada tenía un aire extrañamente erótico.

Cuando Andrew lo volteó y lo penetró contra la pared, la mente de Ye Yuzhen, casi en blanco, solo albergaba esa imagen erótica que no podía apartar de su pensamiento.

Como de costumbre, después del acto sexual, Ye Yuzhen caía en un sueño profundo.

Andrew, con una pierna flexionada, se sentó a su lado fumando un puro. Se dejó llevar por sus pensamientos. Imaginó que, diez o veinte años después, cuando bajara la vista para observar a su compañero sexual, agotado y dormido, y viera que seguía siendo Ye Yuzhen, con su pelo negro, ¿qué sentiría entonces?

¿Le parecería aburrido? ¿Monótono? Andrew fantaseó por un momento y, de repente, descubrió que su estado de ánimo se volvía muy tranquilo, una paz que nunca antes había experimentado.

Tenía la cabeza demasiado cerca de Ye Yuzhen, y el humo que exhalaba le provocó una tos. Andrew levantó la cabeza, apagó el puro en el cenicero de cristal que había en la mesilla y dijo con satisfacción:

—Veinte años después, seguiré siendo tan fogoso. Vaya, es algo que tranquiliza.

De repente, se sintió de mejor humor. Canturreó unos versos:

—Night time sharpens, heightens each sensation. Darkness wakes and stirs imagination~. (El Fantasma de  la Opera)

La voz de Andrew era buena, y supo captar la sensación cambiante y profunda del fantasma Erik.

—Cariño, ¿sabes? Es mi ópera favorita. Hay un maestro de música que se enamora de una muchacha. Se esconde en los rincones oscuros del teatro y guía a la chica hasta convertirla en la protagonista del escenario. Pero cuando la chica alcanza la fama, solo le gustan los donjuanes y considera al maestro de música, oculto en la oscuridad, como un demonio… Olvida por completo que es gracias a ese demonio que ha llegado a donde está.

Suspiró con infinita melancolía. Se volvió y descubrió que Ye Yuzhen seguía profundamente dormido, incapaz de compartir su sentir. Andrew lo contempló un instante y volvió a suspirar.

Menos de un mes después, Andrew consideró necesario comprobar si el lenguaje de los olores de Shute había funcionado. 

Ordenó que encendieran el incienso aromático en la habitación de Ye Yuzhen, encendió un puro y se sentó frente al monitor para observar los efectos.

A Ye Yuzhen no le gustaba dormir con la luz encendida, pero el equipo especial de visión nocturna de la habitación permitía ver con claridad cada uno de sus movimientos.

Pasó casi toda la noche y Ye Yuzhen no mostró signo alguno de agitación o deseo imperioso, lo que enfureció a Andrew.

Justo cuando estaba a punto de perder la paciencia con los resultados de la investigación de Shute, de repente cayó en la cuenta de que Ye Yuzhen había pasado toda la noche acurrucado, casi sin cambiar de postura, con el rostro completamente hundido entre las sábanas, impidiendo que se le viera la expresión.

Andrew sonrió para sus adentros y murmuró:

—¿Para qué torturarte a ti mismo?

Abrió la puerta de la habitación de Ye Yuzhen y apareció junto a su cama como un salvador. Retiró la manta con la que Ye Yuzhen se tapaba, obligándolo, con el rostro casi ardiente de fiebre, a encararlo.

—Cariño, ¿tienes ganas? —preguntó Andrew con una sonrisa burlona.

—Te odio —dijo Ye Yuzhen con los dientes apretados.

La mano de Andrew se deslizó bajo la manta y acarició la ya erecta entrepierna de Ye Yuzhen. Sonriendo, dijo con parsimonia:

—Pero… yo no te odio.

Cada una de sus despreocupadas caricias provocaba en Ye Yuzhen una inhalación difícil de contener y un temblor involuntario.

Andrew, pegado a su lóbulo, susurró:

—Di que me deseas, qué quieres que te folle, que solo quieres acostarte conmigo en toda tu vida.

Ye Yuzhen, con los labios temblorosos, dijo:

—Vete a la mierda.

Andrew chasqueó la lengua y dijo con pesar:

—Eres demasiado vulgar. Y eso que eres un aristócrata de lo más selecto de Londres.

Mientras se burlaba, su mano, atizando el fuego, recorrió el cuerpo de Ye Yuzhen, mientras la otra mano sujetaba firmemente su miembro, impidiéndole alcanzar la liberación, haciéndolo caer pesadamente desde cada cima.

—Mátame… mátame ya —los ojos de Ye Yuzhen estaban completamente empañados, y su rostro, bajo la luz, tenía un rubor extraño.

Bajo la fría y casi cruel disciplina de Andrew, atrapado en ese aroma del que no podía escapar, Ye Yuzhen se desmoronaba centímetro a centímetro.

Nunca nadie había dicho que Andrew fuera un hombre compasivo. En momentos así, no iba a renunciar a una victoria tan cercana. Acercó aún más el incienso mientras observaba la mirada perdida y angustiada de Ye Yuzhen.

—Yuzhen, di lo que deseas y te liberaré.

Ye Yuzhen temblaba, forcejeaba, pero ante una nueva caricia de Andrew, finalmente se derrumbó.

—Sí, sí, quiero hacer el amor contigo… quiero que me folles, ¿estás contento?

Andrew lo soltó. Ye Yuzhen se tapó la cara con las manos y rompió a llorar, acurrucado.

Andrew no supo por qué, pero de repente sintió un pequeño tirón en lo más profundo de su corazón, hasta el punto de casi olvidar su propósito.

Aturdido, recitó unas líneas de “El Fantasma de la Ópera”:

—Let me be your freedom, let daylight dry your tears; I’m here, with you, beside you, to guard you and to guide you.

Cuando Andrew terminó de recitar, casi se conmovió a sí mismo, porque Ye Yuzhen, efectivamente, dejó de llorar. Pero solo para dejar claro que estaba rechinando los dientes.

Suspiró para sus adentros, se desnudó rápidamente, abrazó a Ye Yuzhen y le susurró suavemente al oído:

—¿Sabes? Lucifer era originalmente el ángel más poderoso, sólo por debajo de Dios. Todo en él era blanco. Cuando decidió no obedecer a Dios, sino obedecer al deseo, su vientre siguió siendo blanco, pero sus alas se volvieron negras.

—Cariño, el enemigo de Dios nunca ha sido Satán, siempre ha sido el deseo.

Mientras realizaba suavemente los preparativos, continuó hablando con calma:

—Tú no eres Dios, Yuzhen. Así que no hay vergüenza en ser vencido por el deseo. Aunque a partir de ahora te sometas a él, no hay nada que temer…

Andrew esbozó una amplia sonrisa.

—Total, tu vientre sigue siendo blanco. No tienes alas, así que no te preocupes por que se vuelvan negras.

Tras exponer su punto de vista, se introdujo en el cuerpo de Ye Yuzhen de una embestida.

Ese ritmo cadencioso hizo que Ye Yuzhen perdiera la noción de sí mismo. Sentía que se precipitaba hacia un abismo, cada vez más hondo, y hasta la más mínima razón o inteligencia se evaporaba ante esa sensación de placer asfixiante. Aunque sabía que estaba cayendo al infierno, no podía liberarse y ascender.

Aquellas palabras de Andrew sobre Dios y el deseo fueron como una tentación, como si hubieran soltado la cadena que ataba los tobillos de Ye Yuzhen, permitiéndole caer libremente hacia el fondo.

Sí, nadie necesitaba, como Dios, luchar por el control del deseo.

De repente, Ye Yuzhen rodeó el cuello de Andrew y lo besó en los labios.

Eso desconcertó a Andrew por un instante. En sus relaciones sexuales, siempre había sido él quien tomaba la iniciativa y el otro quien se limitaba a soportarlo.

Ye Yuzhen nunca había tomado la iniciativa como aquella noche, y además con una especie de fiereza. Sus uñas se clavaron en los pezones de Andrew, arrancándole un gemido involuntario. Y lo que más excitó a Andrew no había terminado: Ye Yuzhen se dio la vuelta y lo colocó debajo de él.

Andrew observó, casi con embeleso, a Ye Yuzhen, que solo vestía la parte de arriba de su pijama blanca.

Quizá por la diferencia étnica, la musculatura de Ye Yuzhen distaba mucho del volumen exagerado y prominente de Andrew. Por el contrario, era contenida, firme y proporcionada.

Esa figura esbelta parecía algo frágil junto al voluminoso cuerpo de Andrew, lo que le hacía olvidar involuntariamente la fuerza que Ye Yuzhen poseía.

El amuleto de plata que llevaba colgado resbaló hacia un lado y se balanceó rítmicamente en el aire. Andrew susurró:

—¿Por qué metiste una bala en la imagen de la diosa?

Ye Yuzhen no respondió, solo siguió haciendo el amor con él de forma desenfrenada.

Su torso desnudo, con esa piel color miel, propia de los asiáticos, y las líneas fluidas de sus músculos, cubiertas de gotas de sudor brillantes, le parecieron a Andrew de una sensualidad asfixiante.

Observando la cintura firme y poderosa de Ye Yuzhen moverse sin cesar, ya estaba gritando de excitación. Él había creído que le daría a Ye Yuzhen una noche inolvidable, pero al final fue Ye Yuzhen quien le regaló una noche inolvidable a él.

—Joder… —murmuró Andrew después, con una copa de vino tinto en la mano.

Ninguno de los sirvientes a su alrededor se atrevió a mostrar una mirada extraña, a pesar de que Andrew, temprano por la mañana, estaba sentado a la mesa del comedor con dos ojeras, hablando solo.

Ye Yuzhen había llorado en sus brazos, lo había besado. Recordarlo ahora era como un sueño. Andrew creía que nunca podría ver algo así en su vida, y sin embargo, todo había sido tan real.

Andrew intentaba recordar la escena, pero sus pensamientos eran una nebulosa. Había estado demasiado excitado, hasta el punto de no poder evocar la expresión de Ye Yuzhen en ese momento.

El pelo de Ye Yuzhen, originalmente corto, había crecido desde que llegó a la isla griega. Andrew procuraba que tuviera el mínimo contacto con objetos punzantes, así que, aunque Ye Yuzhen no se había dejado el pelo muy largo, su flequillo ahora era suficiente para cubrir esos ojos negros como perlas.

Pero era innegable que Andrew estaba de muy buen humor. Con un ánimo apacible y soleado, se dirigió al balcón con vistas al mar.

En ese momento, un subordinado le tendió un teléfono inalámbrico negro.

—Jefe, el príncipe William quiere hablar directamente con usted.

Andrew cogió el teléfono y sonrió:

—¡Hola, Su Alteza!

La voz de William, con los dientes apretados, llegó al instante

—[¿Quieres que baje mis precios de suministro en un treinta por ciento?]

Andrew chasqueó los dedos para que un criado le acercara un puro. Cruzó sus largas piernas sobre la barandilla de balaustres blancos, de estilo griego, y dijo con una sonrisa:

—Majestad, sabe cuánta gente en el mundo le sigue la pista. Hacer negocios con usted conlleva una presión enorme. Literalmente, me juego la cabeza trabajando para usted.

Andrew continuo:

—Solo bebiendo los mejores vinos y fumando los mejores cigarros tengo fuerzas para ganarle dinero. También sabe que mis gastos son enormes. Una botella de Burdeos me cuesta decenas de miles de euros, y cada cigarro brasileño, cientos de euros.

William rugió:

—[¡Seguro que todo eso no es nada comparado con el precio de ese amante que tienes en la cama!]

Andrew, sin inmutarse, sonrió:

—Eso también es parte del trabajo. Además, para usted, Majestad, todo esto no es más que una nimiedad.

William guardó silencio un momento y, con un cambio de tono, dijo con frialdad:

—[La verdad es que siento curiosidad. Cada año, al menos mil policías te persiguen. Seguro que puedes encontrar uno o dos guapos entre ellos. ¿Por qué te fijaste precisamente en él?]

Andrew dio una calada a su puro y, exhalando lentamente un anillo de humo, dijo:

—Cómo decirlo… Una vez escuché una historia. Había un gran cantante que, por no tener una apariencia atractiva, solo podía esconderse en los rincones oscuros de un teatro y malgastar su talento guiando a un extra con su voz.

»Al principio, solo lo hacía para matar el tiempo, para calmar su ansia de actuar. Pero un día, ocurrió un imprevisto. Ese extra, por accidente, se encontró en el lugar del protagonista, y su aparición fue tan deslumbrante que el gran compositor y cantante se enamoró de él al instante.

Andrew chasqueó la lengua y continuó:

—Es difícil decir si el cantante se enamoró del extra en sí, o de su deslumbrante aparición en ese momento: el escenario esplendoroso, las luces cegadoras, los atronadores aplausos.

Andrew miró el puro en su mano, recordando su primer encuentro con Ye Yuzhen.

Esas manos limpias y de uñas cuidadas de Ye Yuzhen soltaron las cartas que sostenía, se giró, empuñó una pistola y apuntó a Andrew. Con una sonrisa, dijo:

—Lástima que no esté jugando a las cartas contigo. ¡He venido a arrestarte!

La luz en el número 1033 de la Avenida Santa María no era inferior a la de un escenario. El cabello suave y negro de Ye Yuzhen brillaba con destellos dorados bajo la luz.

En ese momento, Andrew pensó: «Así que este es… Ye Yuzhen».

Andrew sonrió:

—Supongo que no me fijé en los otros agentes porque ninguno hizo una aparición tan deslumbrante ante mí.

William soltó una carcajada al otro lado del teléfono, como si se estuviera ahogando de la risa.

—[El gran cantante y compositor… ¿Te refieres al monstruo de “El Fantasma de la Ópera” que acosa a la protagonista?]

Andrew dijo con indiferencia:

—Cada cual tiene su propia interpretación de los personajes. Tú ves un monstruo; yo veo a un cantante excepcional, a un compositor, a un excelente mentor. Es cuestión de gustos.

Pareció oír el sonido de un motor a lo lejos, en el aire. Echó un vistazo distraído al horizonte y frunció ligeramente el ceño.

William dijo con sorna:

—[Andrew, he enviado diez helicópteros artillados a tu isla. Si consigues sobrevivir una hora de bombardeo sin morir del todo, aceptaré tu precio. Andrew… espero tu aparición estelar.]

Y dicho esto, colgó sin más.

En ese mismo instante, las siluetas de los helicópteros artillados aparecieron en el cielo y se abalanzaron rápidamente sobre el palacio subterráneo. El primer reflejo de Andrew fue arrojar el puro y el teléfono que tenía en las manos y saltar ágilmente desde el balcón. En ese momento, las bombas lanzadas por los helicópteros estallaron.

El resplandor de las llamas y el estruendo de las explosiones se desataron con furia. Andrew, que acababa de saltar, cambió de repente de expresión. 

Exclamó: “¡Mierda!” y corrió de vuelta hacia el palacio subterráneo.

En ese momento, la gente del palacio huía despavorida hacia el exterior. Al ver que Andrew corría en dirección contraria, hacia el interior, exclamaron sorprendidos:

—¡Jefe…, jefe, es peligroso!

Andrew no les hizo caso. Corrió sin parar hasta el interior del palacio, ya lleno de humo y llamas. Subió de un tirón hasta el segundo piso, abrió la puerta de la habitación de Ye Yuzhen y lo vio tendido no lejos de la entrada, no sabía si inconsciente por el humo que lo envolvía todo o por la onda expansiva de las bombas.

Andrew lo levantó de inmediato, y medio cargándolo, medio arrastrándolo, se dirigió a su despacho, abrió la entrada al pasadizo y se refugió en su interior.

El pasadizo de Andrew estaba construido como un refugio antiaéreo, diseñado para resistir explosiones nucleares. A menos que fuera una bomba de gran poder de penetración, era imposible dañar a quien estuviera dentro. Andrew sostuvo a Ye Yuzhen y lo tumbó sobre la amplia cama. Vio que, aunque tenía los ojos cerrados, su respiración era uniforme, y solo entonces suspiró aliviado.

Inclinándose, observó el rostro de Ye Yuzhen, ligeramente pálido. Estaba mucho más delgado que cuando lo vio por primera vez en el casino.

Entre el incesante rugir de las bombas, Andrew se preguntó: ¿Fue en el momento en que apareció en el casino cuando me fijé en Ye Yuzhen? ¿O fue cuando leí su historial, casi perfecto?

Hijo de familia aristocrática, excelente estudiante, apuesto, valiente y eficiente, y además joven: un joven doctor, un joven tirador de élite, un joven jefe de Interpol.

Aprovechando ese momento de tregua, Andrew reflexionó con paciencia. 

Llegó a la conclusión de que, cuando leyó el historial de Ye Yuzhen, debió de sentir envidia. Ese hombre del expediente poseía todo lo que él siempre había anhelado: un origen privilegiado, una calidad moral intachable, un talento excepcional. Parecía haber nacido para ser el protagonista sobre el escenario.

Andrew casi había examinado ese historial con una mirada crítica, desdeñando su veracidad.

Pero cuando vio a Ye Yuzhen por primera vez, sin razón aparente, en el instante en que sus miradas se cruzaron, todo se disipó. Así que… él era Ye Yuzhen. 

Así debía ser Ye Yuzhen. Un Ye Yuzhen así debía de ser perfecto.

El rostro de Ye Yuzhen estaba al alcance de sus dedos: sus largas pestañas, su nariz recta, sus labios carnosos. Andrew acercó su rostro y, de repente, sonrió:

—No, no es cierto. Me fijé en ti cuando pusiste esa cara de abandonado mirando a Zeng Yusen… Ya que otro no te quiere, yo, generosamente, te aceptaré.

Y dicho esto, besó a Ye Yuzhen con fuerza en los labios.

Pasada una hora exacta, ni un minuto más, ni un minuto menos, el bombardeo cesó. Andrew no pudo evitar maldecir entre risas y enfado a ese loco hijo de puta.

Ye Yuzhen no parecía tener nada grave. Andrew lo dejó en el pasadizo y trepó de nuevo a la superficie.

El palacio subterráneo había quedado prácticamente destruido, lleno de agujeros. Los lujosos muebles que Andrew había coleccionado estaban hechos cenizas; unos pocos aún humeaban.

Los subordinados que no habían muerto ya estaban apagando el fuego y limpiando los escombros con energía. Andrew llamó a dos guardaespaldas y les ordenó que vigilaran la entrada del despacho y que no perdieran de vista a Ye Yuzhen. Luego se dio la vuelta y bajó para ver qué lugares había ordenado destruir William.

Pero justo en el instante en que Andrew salía de la entrada del pasadizo, Ye Yuzhen abrió los ojos. Se levantó de la cama de un salto. Su mirada tranquila y fría no dejaba entrever en absoluto que hasta hacía un momento hubiera sido una víctima inconsciente, ni que la noche anterior hubiera estado al borde del colapso.

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