Volumen 1: Niño Blanco
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Ya habían venido cinco veces, y ninguna de esas dos situaciones había ocurrido. Al contrario, como había pocas hembras y muchos machos, durante la temporada de aparición cada vez se formaban más parejas entre machos. Y como los Kantas machos tienen un instinto fuertísimo para incubar huevos, los intentos de rivales por robar huevos y aprovecharse iban en aumento.
En resumen: ¡ahora en el clan Kantas hay más padres que huevos!
Aunque los dos venían cada año con el mismo objetivo —conseguir un huevo—, el cómo hacerlo era lo que los diferenciaba. Blake, el tímido, prefería adoptar un huevo sin dueño. Siempre había algún desafortunado que salía a cazar y terminaba siendo cazado, y al irse, dejaba el huevo sin protección. Ese huevo, técnicamente, ya no tenía dueño, así que podían incubarlo ellos.
Pero Bai tenía un enfoque mucho más directo: robarlo. Y si no podía robarlo, arrebatárselo.
Blake estaba prácticamente convencido de que ese huevo había sido robado por Bai, pero Bai se aferraba a su historia con cara dura, insistiendo en que ese huevo lo había puesto él.
“Me desperté y ya estaba bajo mi trasero”, decía.
…¿Qué clase de explicación era esa?
Blake echó un vistazo a los alrededores, por si había enemigos cerca, y protegió con más fuerza el enorme huevo blanco entre su trasero y sus patas. No importaba de dónde viniera el huevo; si ya estaba debajo de ellos, entonces era suyo. ¡Nadie más lo iba a tocar!
En ese momento, Blake lo presionó un poco más de la cuenta sin querer, y en la cáscara aparecieron algunas pequeñas grietas. Mientras tanto, del otro lado, Meng Jiuzhao, que llevaba rato golpeando la pared interior del huevo, vio cómo se filtraba la luz por una de esas grietas, ¡como si fuera la esperanza misma! De pronto, una fuerza inexplicable se apoderó de él, metió la mano a través del agujero… y tocó algo blandito.
Meng Jiuzhao lo agarró con fuerza.
Primero escuchó un leve quejido de dolor… y luego sintió que lo levantaban con mucho, muchísimo cuidado.
Lo habían agarrado.
¡Estaba en el cielo! ¡Había visto a un ángel! Ese fue su primer pensamiento.
¡Mierda, este es un ángel del cielo de los gigantes! Fue el segundo. Pero pronto entendió lo que estaba pasando: ¡Había encogido!
¡Maldito sea el Grupo Fran! ¿No dijeron en su propaganda que ibas a salir igualito a como entraste? ¡Entré con 52 años y salí sin ni siquiera el tamaño de un bebé de 52 días!
Meng Jiuzhao estaba furioso.
¡Tan pequeño que ni dientes tenía! ¿¡Cómo demonios iba a cumplir su sueño de comer todo lo que existe!?
Frustrado, quiso suspirar… pero lo único que salió fue una burbuja de baba.
¡Estallido!
Se rompió, y con ella sintió que también se reventaba su sueño.
Pero, como buen hombre que alguna vez fue llamado “el último perdedor de la Tierra”, Meng Jiuzhao se recompuso rápidamente.
Comenzó a examinar con interés a su salvador.
¿Un ángel, verdad? ¿¡Verdad que sí!?
¡Mira ese cabello dorado! ¡Esos ojos azules! ¡Esa belleza de lujo! ¡Esa vibra de príncipe rico y guapo! ¡¡Y esas dos ENORMES alas blancas en la espalda!!
…y ese pecho totalmente descubierto…
Meng Jiuzhao tragó saliva al ver los dos puntitos rosados en el pecho del “ángel”.
En las pinturas, los ángeles siempre llevaban poca ropa. Apenas un pedazo de tela y ya eran la imagen de la pureza divina.
Pero, al parecer, los ángeles también tienen género.
¡Y tienen pajarito!
Meng Jiuzhao bajó un poquito la mirada y recordó la cosa blandita que había tocado al salir del huevo…
No, esperen. Era un pájaro grande.
Sin embargo, el “ángel” en cuestión ni se inmutó ante la mirada lasciva de Meng Jiuzhao.
Seguía con esa sonrisa sagrada digna de vitral de iglesia, y con una sola mano, sacó… ¿Una piel de bestia?
Acto seguido, Meng Jiuzhao fue manoseado de arriba abajo con esa piel. Incluso le abrieron las nalgas y lo manosearon por ahí también.
Después, el “ángel” sacó otra piel de bestia, lo envolvió como si fuera un burrito y con la mano libre tanteó algo afuera. No se sabía de dónde sacó el cadáver de una bestia atado con cuerda, pero de un tirón le arrancó un enorme pedazo de carne.
Sin preocuparse por la sangre en su cara, limpió con la misma piel que acababa de usar en el trasero de Meng Jiuzhao… y luego, por fin, la dejó de lado.
Entonces sacó un objeto que parecía un mortero de piedra, metió la carne ahí, agarró una piedra grande y empezó a machacar, machacar, machacar.
La sangre y los pedazos de carne volaban por todas partes. El “ángel”, ahora cubierto de sangre, extremadamente dulce, sacó una especie de espátula de madera, y con ella le untó un poco de esa pasta sangrienta en la boquita de cereza de Meng Jiuzhao.
—¡Bleegh!
Meng Jiuzhao rompió en llanto, lleno de indignación.