Volumen 1: Niño Blanco
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—¿Ya salió el cachorro? —Bai aterrizó lentamente; había salido a cazar durante un rato. Antes de tocar el suelo, ya notaba que el nido estaba mucho más alborotado que de costumbre; seguro que algunos cachorros ya estaban rompiendo el cascarón.
El viento soplaba fuerte allá afuera. Bai extendió sus alas lo más posible para proteger a Blake y al pequeño de la corriente helada. Bajó la cabeza, impaciente por ver al cachorrito que habían incubado entre los dos.
—¿Por qué no tiene pelo? —Bai y Blake se miraron con los ojos bien abiertos.
Ambos desviaron la mirada hacia el nido de al lado. Allí, un pequeño peludo estaba asomando la cabecita con esfuerzo desde debajo del vientre de su padre. A primera vista parecía un polluelo, con los ojitos cerrados y un par de alitas diminutas en la espalda, tan pequeñas que apenas se notaban. El recién nacido soltaba grititos débiles como “aaah, aaah” al recibir de golpe la luz del día.
Su padre enseguida le hizo lo mismo que Blake había hecho antes: aplastó un poco de carne y se la metió directamente en la boca. El cachorrito comenzó a masticar con entusiasmo, claramente muy satisfecho. Una reacción totalmente opuesta al de ellos.
— ¿Será que lo estamos incubando mal? —los padres primerizos estaban oficialmente en crisis.
Finalmente, fue Blake quien notó que Meng Jiuzhao no paraba de temblar. Rápidamente volvió a esconder al “sin pelos” entre sus piernas para calentarlo.
—He visto osos polares alimentando a sus crías con leche —dijo Bai, de pronto, iluminado como si se le hubiera prendido el foco—. Voy a atrapar uno.
—Sí, que coma mucho. Seguro pronto se pondrá como los otros cachorros. —Asintió Blake, decidido.
En este mundo no había incubadoras ni doctores. La única esperanza de los recién nacidos eran sus padres… y su propia voluntad. Sus padres se encargarían de darles comida, pero de ahí en más, sobrevivir era cosa suya.
Lástima que, por más voluntad que tuviera, Meng Jiuzhao no iba a sacar ni un solo pelo.
Mientras sorbía leche de oso polar, Meng Jiuzhao aceptó su destino con resignación.
Esto… esto no era un ángel. ¡Era un hombre-pájaro, carajo! Aunque más que pájaro, parecía un tipo de pterosaurio alado. Meng Jiuzhao recordó la última escena que vio antes de ser metido en la cápsula temporal.
Aquellas alas blancas gigantes cubriéndole toda la vista…
Apretó los puñitos diminutos bajo el pañal improvisado. Recordaba claramente haber sujetado con todas sus fuerzas una de esas plumas. Sin embargo, la criatura lo arrancó y lo metió en la cápsula de todos modos. Apretó tan fuerte que, incluso cuando la cápsula se cerró, todavía tenía una pluma entre los dedos.
Pasó sus últimos momentos aferrado a ella. Y ahora… ya no la tenía.
Meng Jiuzhao miró hacia el cielo azul desde el nido. Entrecerró los ojos. Probablemente gracias a la tecnología alienígena, aunque era un bebé, podía ver claramente el mundo exterior: ¡qué hermoso era!
Un azul tan puro, con nubes tan bajas que parecían pintadas. Todo cubierto de nieve, el sonido de las alas batiendo, los chillidos hambrientos de los recién nacidos… ¡Qué lleno de vida estaba todo!
Un mundo nuevo, vibrante, puro, aún no contaminado ni explotado. Nada como la Tierra de sus recuerdos: destrozada, saqueada hasta el último recurso, abandonada y convertida en una estrella muerta.
Después de aquel desastre… ni la Tierra, ni ningún otro planeta tuvo salvación. Fue una catástrofe de exterminio a escala galáctica. Y al final, la Tierra… no pudo salvarse.
Meng Jiuzhao se sintió melancólico unos segundos… hasta que la leche blanca le tocó los labios y volvió a enfocarse por completo. Glu, glu, glu… A él no le importaba el olor a pescado. Después de todo, fue alguien que murió de hambre en su vida anterior y que en esta había jurado comerse todo lo que el mundo le ofreciera.
Este era el primer paso de su sueño: ¡más leche, más calcio! ¡A crecer dientes! ¡A soportar esos huesitos blandos! ¡Y luego comenzará su gran aventura!
…Pero la energía de un bebé tenía sus límites.
Meng Jiuzhao apenas tomó media taza de leche y, con la cabecita ladeada, se quedó dormido al instante.