A primera hora de la mañana, la habitación permanecía en penumbra, silenciosa, con la cama revuelta y la ropa esparcida por el suelo. El aire estaba impregnado de una vaga confusión, acompañada por el leve jadeo de una respiración apresurada… hasta que, de pronto, ¡zas!
Las pesadas cortinas que rozaban el suelo fueron descorridas y un rayo de sol inundó la estancia. Yang Xiaodao, con una espátula en la mano, se volvió hacia la cama.
—Levántate, desayuna. Tengo que ir a la escuela.
En la cama, Bai Sheng, apenas en calzoncillos, yacía inclinado en un ángulo imposible, con la cabeza enterrada bajo la manta.
—Niño tonto… —murmuró con voz adormilada—. No tienes clases hasta la tarde. El supervisor Shen vendrá esta mañana para el registro y la entrega de notas. Déjame dormir un poco más…
Yang Xiaodao, al acercarse a la cama, notó algo extraño junto a la almohada. Entrecerró los ojos, incrédulo.
—¿Qué tienes ahí?
La mano derecha de Bai Sheng abrazaba la almohada, mientras que con la izquierda aferraba una carpeta. El expediente estaba intacto, casi como recién entregado, excepto por la fotografía de la portada: una imagen doblada y gastada en los bordes, como si hubiera pasado incontables veces entre sus dedos. Era un recorte de periódico: el inspector de la ciudad de Shenhai, de pie bajo la lluvia, paraguas negro en mano, mostrando apenas la pálida y delicada línea de su barbilla.
Bai Sheng bostezó perezosamente desde debajo de la manta.
—Por favor, déjame dormir un poco más… Anoche me quedé mirando la foto del inspector Shen. Lo extrañaba tanto, que no concilié el sueño hasta pasadas las tres.
Yang Xiaodao quedó petrificado. Después de un silencio eterno, consiguió balbucear:
—¿…Lo extrañas?
—Mmm.
El corazón inocente del chico se estremeció como si hubiera recibido una revelación imposible.
—¡¿…Lo extrañas?!
—Mmm —repitió Bai Sheng con una languidez exasperante—. Los adultos se extrañan, ¿y qué?
En ese instante, Yang Xiaodao comprendió, con horror, lo que significaba la adultez. Sintió que el mundo se derrumbaba y, con la boca abriéndose y cerrándose inútilmente, al fin se atrevió a preguntar lo que llevaba tiempo guardado:
—…Tengo una pregunta.
—Hazla —murmuró Bai Sheng, los ojos ya cerrados.
—Si ya son todos adultos… ¿no podrían pensar en cosas más importantes? ¿Cómo combatir el calentamiento global, el cambio climático, la crisis energética o educar a las personas de zonas pobres?
Bai Sheng se hundió en el silencio absoluto.
—…
Bai Sheng abrió los ojos y miró a Yang Xiaodao con una seriedad inexplicable. Tras una pausa solemne, declaró:
—Gracias, hijo. Criarte ha sido la mayor bendición de mi vida.
¡Ding dong! ¡Ding dong!
De inmediato, su expresión cambió como por arte de magia.
—¡Ah, justo llegó la persona en la que estaba pensando! —exclamó entusiasmado. En un movimiento veloz, escondió el expediente y la foto bajo la almohada y salió disparado hacia el baño. Desde allí, gritó con urgencia:
—Si pregunta, dile que me quedé despierto hasta después de las cinco pensando en el calentamiento global. ¡No lo olvides!
Yang Xiaodao: —…
El muchacho levantó la mirada al techo, resignado y fue hacia la puerta arrastrando sus pantuflas. Y allí estaba: el inspector de la ciudad de Shenhai, esbelto e impecable con su uniforme. Sus facciones eran limpias y atractivas, su porte elegante, sus manos enfundadas en guantes de cuero negro extendidas con natural solemnidad.
Una figura de perfección imponente… y, sin embargo, lo único que Yang Xiaodao podía pensar era en la triste foto arrugada escondida bajo la almohada de su tutor.
—…Buenos días.
Shen Zhuo lo recorrió con la mirada de arriba abajo, desconcertado.
—¿Tú qué…?
Frente a él se erguía un chico de dieciséis años, delgado pero robusto, vestido únicamente con una camiseta negra, calzoncillos, un delantal floral de promoción del supermercado y unas pantuflas de cocina azul claro. En sus manos sostenía una sartén humeante: dos huevos fritos, champiñones dorados y espinacas baby brillando con aceite y sal.
En ese preciso instante, la tostadora lanzó dos rebanadas de pan integral con un ding.
—¿Quieren desayunar? —preguntó Yang Xiaodao con total seriedad, ofreciéndole la sartén al inspector.
Diez minutos después, Shen Zhuo y Bai Sheng estaban sentados frente a la mesa. Yang Xiaodao repartió un huevo frito a cada uno. La yema, líquida y brillante, coronada con cebollino fresco, desprendía un aroma irresistible.
En apenas unos minutos, Bai Sheng había reaparecido completamente transformado: camisa planchada, pantalón impecable, una energía juvenil desbordante y un mechón plateado en el cabello que se erguía con desafiante orgullo, como reflejo de su buen humor. Golpeó con los palillos el plato de porcelana y exclamó con entusiasmo:
—¡Quiero otro huevo!
Yang Xiaodao, con la misma destreza de un chef profesional, sirvió otro huevo en el plato de Bai Sheng y, sin perder la compostura, miró a Shen Zhuo para ofrecerle uno más.
—…No, gracias —respondió el inspector con cortesía.
Shen Zhuo dejó a un lado su tazón de avena, pero no apartó la mirada del muchacho, que ya regresaba a la cocina. Allí, con absoluta naturalidad, empezó a preparar una lonchera: lubina al vapor, costillas de cerdo agridulces, brócoli hervido y col lombarda, todo dispuesto con orden impecable antes de guardarlo en su mochila.
El inspector no pudo seguir reprimiendo su desconcierto. Volvió la cabeza hacia Bai Sheng y preguntó con calma:
—¿Qué pasó exactamente con este niño?
—Una formación rigurosa, integral y con visión de futuro —contestó Bai Sheng, con modestia impostada.
Yang Xiaodao replicó sin levantar la voz, con fría precisión:
—La experiencia traumática de un tutor que cocinaba como un terrorista suicida.
De adolescente, la independencia de Bai Sheng había sido casi inexistente. En la casa de los Bai había chef, chófer, guardaespaldas y jardinero; nunca le habían permitido hacer nada por sí mismo. Sin embargo, todo cambió hace cinco años, cuando adoptó a Yang Xiaodao. De pronto, un insólito sentido de misión como “lobo alfa” lo invadió: en la sociedad moderna, pensaba, ricos o pobres, todos debían aprender a sobrevivir por sí mismos. Y el primer paso era enseñar a cocinar.
Para dar ejemplo, Bai Sheng decidió preparar personalmente un plato de lirio de día, hongo negro y fideos vermicelli. El problema fue que el hongo, remojado durante días, estaba tan contaminado que terminó enviando a ambos directo a Urgencias. Si no hubieran sido evolucionados, aquella comida los habría matado ocho veces.
Con apenas once años, Yang Xiaodao entendió la lección: su vida dependía solo de él. Así que, al volver del hospital, arrastró un taburete hasta la cocina, abrió una receta y, plato tras plato, completó cuatro guisos y una sopa. El éxito fue inmediato, nacido de la pura necesidad.
Pero Bai Sheng no se dio por vencido. Lo arrastró a clases de repostería, soldadura, carpintería, fontanería, reparación de electrodomésticos e incluso punto de cruz. El resultado fue que Yang Xiaodao se convirtió en un experto multifuncional, con habilidades de sobra para ser considerado un esposo y padre perfectos en cualquier competencia masculina.
—¡Yo también sé hornear pasteles! —remarcó Bai Sheng, mirando a Shen Zhuo con orgullo.
Desde la cocina, Yang Xiaodao masculló con expresión sombría:
—Y también sé decorarlos.
Shen Zhuo: —…
Así comenzó aquel espléndido día: con un desayuno en compañía del supervisor Shen.
Tras la comida, Bai Sheng salió eufórico, convencido de su deber como lobo alfa: invertir dinero para garantizar que ese muchacho entrara a una escuela secundaria privada. Hoy mismo debía firmar un contrato de donación.
Como devoto aficionado a la “competencia masculina”, Bai Sheng no aceptaba ninguna debilidad en su séquito. Y por eso se había impuesto una misión inamovible: lograr que, incluso los chicos más idiotas, llegaran a la universidad.
No importaba la universidad, siempre que sonara decente. Incluso una especialización en cuidados posparto de cerdas le servía; de lo contrario, como rango S que jamás había perdido una batalla en su vida, Bai Sheng rugió con solemnidad:
—¡Ni muerto podré descansar tranquilo! Dentro de cien años, si mi cadáver se levanta del ataúd, desenterraré la tumba de ese idiota y le daré una bofetada.
—Hoy tiene la evaluación, ¿no lo acompañarás a la Oficina de Supervisión? —preguntó Shen Zhuo, bajando la ventanilla del coche
En la entrada del complejo, dos coches estaban aparcados lado a lado: el vehículo oficial de Shen Zhuo y el deportivo del garaje familiar Bai. El señor Clase S descansaba un brazo en el volante, con la barbilla apoyada en la mano. Sonreía mientras contemplaba al inspector, como queriendo recuperar el lamento de la noche anterior, cuando solo había podido admirar fotografías. Tras un momento, agitó la mano con gesto despreocupado:
—No hay problema. ¿Cómo no iba a confiarte a este niño tonto?
—¿No quieres saber su nivel evolutivo? —replicó Shen Zhuo, arqueando una ceja.
Bai Sheng se encogió de hombros con indolencia.
—¿Qué nivel puede tener? Con solo olerlo ya sé que su coeficiente intelectual no pasa de D.
En el asiento trasero, Yang Xiaodao guardaba silencio con la mochila en el regazo, ignorando por completo a su tutor canalla.
Shen Zhuo negó con la cabeza, arrancó el motor y abandonó el barrio.
Hace cinco años, al inicio de la gran oleada evolutiva, el Instituto Central de Investigación —bajo la dirección de Shen Zhuo— desarrolló un método de análisis genético capaz de revelar el poder de un evolucionado. Primero se extraía sangre para identificar el tipo de habilidad, usando una proteína enzimática recombinante. Luego, la muestra se mezclaba con un agente sensor y se reinyectaba en el cuerpo. El agente reaccionaba con el ADN recombinasa, determinando el nivel evolutivo según la fuerza genética y dejaba grabada de forma indeleble una letra —A, B, C, D o S— en la piel, en el dorso de la mano izquierda o bajo la clavícula.
Esa marca jamás se borraba: aunque se extrajera carne, reaparecía en la cicatriz. Ningún falsificador había logrado alterar el sistema.
En los últimos años, la fricción entre humanos y evolucionados se intensificó y cada vez más mutantes intentaban ocultar su identidad. Pero bajo la estricta vigilancia de las oficinas de supervisión, era casi imposible permanecer en las sombras. Yang Xiaodao era una excepción: protegido todo este tiempo por un lobo alfa de nivel S, aún no estaba registrado oficialmente.
En el laboratorio, Shui Ronghua retiró un vial de la estantería.
—Las mejoras físicas son obvias. Sospecho que su habilidad está relacionada con la fuerza —murmuró, mientras llenaba la jeringa con el líquido rojo brillante.
La aguja penetró en la vena del brazo de Yang Xiaodao. Él, rígido y tímido frente a la científica, bajó la cabeza y respondió casi en un susurro cuando ella preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciséis.
—Muy valiente —lo elogió, dándole después una piruleta como recompensa. Yang Xiaodao aceptó y empezó a comer en silencio.
Entonces, un chasquido eléctrico sacudió la sala. El medidor de habilidades comenzó a reaccionar.
Todos giraron hacia la enorme caja de simulación transparente. Una bola de plomo, suspendida en la parte superior, se desplomó con estruendo, golpeando el suelo. La pantalla arrojó de inmediato una puntuación impactante: 856‰.
—¡Evolución de poder! Nada mal, compañero Yang Xiaodao —jadeó Chen Miao—. ¡Es apenas cincuenta puntos menos que el hermano Yue en sus tiempos!
Shen Zhuo entrecerró los ojos.
—Es distinto. Yue Yang ya alcanzó su límite. Él aún no.
Chen Miao se quedó mudo un instante y de repente chilló:
—¡Tormenta!
El interior de la caja estalló en un resplandor cegador. Llamas surgieron, devoradas al instante por un torrente de agua. Un segundo después, humo negro rugió como un dragón venenoso, mientras rayos eléctricos se enroscaban como serpientes. El identificador imprimió hojas y hojas con la lista de superpoderes.
—¡Modificación de la gravedad… alteración geomagnética… control elemental…! —leyó Chen Miao a toda velocidad, cada vez más exaltado—. ¡Hermano Dao! ¡Eres increíble! ¡Esto es sobresaliente!
Los registros conocidos decían que un nivel B podía albergar hasta dos poderes y un nivel A, entre cinco y seis. El récord mundial lo ostentaba Yue Yang, con trece habilidades en total, incluyendo las físicas. Aquella cifra había causado conmoción internacional.
Pero en ese momento, la cámara de simulación se cubrió de escarcha y el vidrio de borosilicato (resistente hasta a temperaturas de 3 Kelvin) comenzó a resquebrajarse bajo la presión.
Entonces…
¡Bang!
Todos se arrojaron bajo el banco de pruebas en el mismo instante. La cámara de simulación estalló con un estruendo ensordecedor, lanzando fragmentos de vidrio por todo el laboratorio y el instrumento de medición quedó oficialmente declarado inservible.
—Diez… trece… —balbuceó Chen Miao, con las manos temblorosas al sacar la última hoja del identificador—. Sí… sí, Yang Xiaodao… En dos años podrás desafiar al hermano Yue en el área central…
En medio del laboratorio devastado, Yang Xiaodao permanecía sentado, el torso desnudo cubierto de electrodos conectados a cables de colores. En el dorso de su mano izquierda, la poción sensora brilló formando una A de tono negro rojizo.
Yue Yang también tenía esa marca: rango A, clasificación Supresión de Destrucción. Pero Shen Zhuo, levantándose con una mano apoyada en la mesa, murmuró con frialdad:
—Más que eso.
—¿Eh? —Chen Miao siguió su mirada.
Entre los restos de la cámara rota titilaba un resplandor tenue, silencioso. El último poder oculto de Yang Xiaodao.
Shen Zhuo lo sostuvo con la palma, como si recogiera una chispa de luz.
—Siempre me pregunté por qué Bai Sheng no te abandonó en aquel edificio en ruinas y decidió que te quedaras a su lado. Días después de que Rong Qi forzara su ley de causalidad, tú ya estabas de regreso en Shenhai… —susurró, como hablándose a sí mismo—. Decir que Bai Sheng tiene ochocientas mentes quizá sea quedarse corto.
Con un chasquido mecánico, el identificador escupió un nuevo informe: el decimocuarto superpoder de Yang Xiaodao.
[Evolución de Nivel A – Valor de la Suerte]
La suerte del evolucionado en dirección aleatoria es siempre negativa: perder dinero al salir de casa, extraviar paraguas en días de lluvia, quedar atrapado en embotellamientos, perder en todas las partidas, sufrir una infancia difícil y fallar siempre en preguntas de opción múltiple.
De acuerdo con la ley de conservación de causa y efecto, la mala suerte acumulada puede gastarse en un único evento. Sin importar la probabilidad real, usar “Valor de la Suerte” eleva el éxito de dicho evento entre un mínimo del 50% y un máximo del 99%.
Nota: la acumulación es extremadamente lenta; dificultad de activación: +++.
Chen Miao se quedó con la hoja en la mano, estupefacto. Luego, estalló en risa.
—¡Increíble! ¡Eres literalmente un amuleto de la causalidad, hermano Dao!
Instituto Boyi, sala de conferencias.
—¡No hay problema! ¡Nos encargaremos de su admisión universitaria! —tronó el director, arrojando sobre la mesa un fajo de contratos de donación recién firmados.
—Aunque Yang obtuvo un 85 en ciencias, aprobó historia, su gramática inglesa es aceptable y en geografía rozó la perfección… salvo, claro, las preguntas de opción múltiple.
Bai Sheng asintió con gesto solemne, inclinando la cabeza hacia su pupilo.
—Esfuérzate por superarte.
—¡Ese espíritu indomable de lucha es lo que alentamos! ¡El futuro es prometedor! —remató el director con voz vibrante.
¡Pla pla pla pla!… El decano de Asuntos Académicos y el profesorado rompieron en un aplauso grave y respetuoso, como si celebraran no un ingreso escolar, sino el advenimiento de un héroe.
Todos se pusieron de pie y un aire de júbilo invadió la sala de conferencias. Bai Sheng se sentía como un general que acababa de conquistar un territorio: había logrado un gran avance y los elogios del director casi lo hacían levitar. Invitado con entusiasmo, decidió quedarse a almorzar en la cafetería de la escuela. Mientras tanto, con un gesto de empresario ocupado, abrió su aplicación de reparto de comida buscando piñas rosas y, al mismo tiempo, llamó a Shen Zhuo:
—Cariño, ¿quieres comer conmigo? Si todo va bien, esta tarde dejamos a los niños aquí y nos vamos de la mano a Islandia a ver la aurora, a Londres a dar de comer a las palomas, a Roma a tirar monedas a la Fontana de Trevi y, por supuesto, a Disneylandia para los fuegos artificiales. Si no sale bien… te llamo cada media hora, ¿Bien? ¿Hola? ¿Hola? ¿Por qué cuelgas?
Shen Zhuo colgó sin contestar y hundió el pie en el acelerador en cuanto cambió el semáforo.
En el asiento trasero, Yang Xiaodao se aferraba a su mochila, mirando fijamente la A grabada en el dorso de su mano izquierda. Se lo veía incómodo, casi resentido.
—¿Por qué la S de Bai Sheng puede esconderse bajo la ropa y la mía no?
—Es aleatorio —respondió Shen Zhuo mientras giraba el volante—. Solo unas pocas personas la llevan en el pecho.
—¿Qué clase de personas?
La pregunta lo dejó en silencio. Varias respiraciones pasaron antes de que contestara con tono neutro:
—Datos preliminares indican que… suelen ser personas extremadamente reservadas.
El coche quedó sumido en un silencio denso, incómodo.
Tras un largo rato, Shen Zhuo cambió de tema con calma forzada:
—¿Bai Sheng ya analizó tu habilidad de suerte?
—Dijo que la probabilidad para activar un 99% de causalidad equivale a ganar tres veces la lotería Mark Six —murmuró Yang Xiaodao, apoyando la barbilla en su mano. Luego añadió con honestidad infantil—: Me dijo que solo hay una oportunidad en la vida, así que no debo desperdiciarla. He estado guardándola.
—¿Nunca la usaste?
Yang Xiaodao negó. Luego, como recordando algo, confesó:
—Bueno… de niño, jugando piedra-papel-tijera con Bai Sheng por la última pata de pollo, no pude evitar gastar un poco.
La sonrisa que se le escapó a Shen Zhuo fue leve y fugaz, como un reflejo involuntario.
El joven lo notó en el retrovisor. Sus ojos, transparentes pero incisivos, lo estudiaban.
—¿Alguna vez Bai Sheng te mencionó a Rong Qi?
—Dijo que era tu ferviente admirador.
—No existe tal cosa como admiradores —respondió Shen Zhuo con brusquedad—. Ese Rong Qi es…
—…uno de ellos —concluyó Yang Xiaodao despacio, con una claridad que incomodaba.
La acusación flotó en el aire. Shen Zhuo tardó en replicar:
—Eso no es cierto en absoluto.
Pero la mirada del muchacho seguía fija en él, serena y crítica, como si viera a través de él.
Con un suspiro, Shen Zhuo abandonó el tono personal y volvió al profesional:
—Rong Qi es un evolucionado genéticamente resucitado. Una amenaza enorme para la sociedad. Probablemente ni siquiera ha completado su evolución final. Solo la ley de la causalidad puede eliminarlo. La Oficina sospecha que está cerca de Shenhai… y todas sus acciones parecen girar en torno a Bai Sheng.
El coche tomó la calle lateral que conducía a la Escuela Secundaria Boyi.
—Su rango no puede ser menor que S, pero aún no sabemos si lo supera. El Director General Nelson ya intenta localizarlo. Personalmente, no tengo grandes expectativas sobre él… nunca fue muy amable con tu tutor. En cualquier caso —miró al muchacho por el retrovisor—, gracias por reservar tu suerte. Espero que resolvamos el asunto de Rong Qi pronto. Te prometo que, cuando todo esto termine, podrás comprar todos los boletos de Mark Six que quieras.
Shen Zhuo hizo una pausa.
—¿Alguna otra pregunta?
Yang Xiaodao respondió sin dudar:
—Sí.
—Adelante.
—Si mi tutor y Nelson llegan a pelearse por ti algún día, ¿de qué lado estarás?
—¿…?
Shen Zhuo clavó el freno frente a la puerta de la escuela. Giró el rostro desde el asiento del conductor; sus hermosos ojos inorgánicos brillaban con un frío metálico al mirar a Yang Xiaodao.
—Si tú y tu tutor siguen hablando así —dijo con calma gélida—, le quitaré la custodia a Bai Sheng y los haré dormir en el suelo de mi oficina.
El muchacho frunció el ceño, salió del coche encogiéndose de hombros, tragándose la rabia. Su expresión decía claramente que la pregunta seguía en pie.
Shen Zhuo, en cambio, no pensaba en Islandia, ni en Londres, ni en palomas. Tenía reunión en el cuartel militar esa misma tarde; dejar a Yang Xiaodao era solo trámite de tutor y clara conveniencia. Mandó un mensaje seco a Bai Sheng y se dispuso a marcharse.
Mientras ponía la señal y giraba el volante, algo en la acera lo detuvo. Bajó el cristal del copiloto y enfocó al otro lado de la calle.
Un hombre permanecía inmóvil en medio del paso de cebra, de espaldas a todos. No hablaba, no avanzaba, solo miraba hacia el cielo como si buscara algo invisible. La multitud fluía a su alrededor, extrañada, murmurando.
Una chica de cabello corto, con uniforme del instituto Boyi, se acercaba desde el otro lado. Tal vez por curiosidad, lo observaba con atención, demasiado cerca. Al cruzarse, la corriente de gente la empujó; casi lo rozó con el brazo.
—¡Ah!
El hombre se estremeció, como si despertara de un trance. Se giró lentamente hacia la chica. Levantó una mano.
La puerta del coche de Shen Zhuo se cerró de golpe. Yang Xiaodao, que aún no había entrado a la escuela, vio a su tutor salir disparado hacia la intersección.
—¡Oye, tú…!
No alcanzó a terminar.
Un grito desgarrador estalló. El hombre se abalanzó sobre la alumna.
—¡Ahhh! —la multitud chilló, retrocediendo. Una anciana quiso correr a ayudar, pero su marido la sujetó del brazo justo cuando la chica fue arrojada contra el asfalto con un golpe seco.
—¡Auxilio!
No tuvo tiempo de soltar más. En el siguiente segundo, el atacante fue derribado por una fuerza invisible. Shen Zhuo lo sostenía desde atrás, con los ojos helados y el aura de un depredador en plena caza.
El hombre seguía retorciéndose y forcejeando, pero la fuerza de Shen Zhuo con una sola mano bastaba para contener a un loco. Con un chasquido seco, le dislocó la mano derecha. Luego le levantó la cara por el cabello y lo obligó a mirarlo.
—¿Mmm?
El rostro del sujeto estaba ceniciento, los ojos abiertos pero sin foco, como un sonámbulo enloquecido. Shen Zhuo comprendió de inmediato lo que ocurría, pero ya era demasiado tarde.
El hombre arqueó la espalda, abrió la boca y con un movimiento salvaje, se arrancó un pedazo entero de carne del brazo izquierdo.
¡Crack!
El recuerdo de Wang Ping desquiciado en la estación de tren se superpuso de golpe. Sangre y carne salpicaron a los transeúntes; el hueso desnudo brilló bajo la luz del mediodía.
—¡Ahhhhhhh!
La multitud estalló en gritos. La gente corría en todas direcciones; el semáforo cambió a verde sin que nadie lo notara.
En ese preciso instante, un camión hormigonera dobló la curva demasiado rápido. El conductor, al ver a los peatones, giró con brusquedad. Las llantas chirriaron, el monstruo de acero derrapó de lado y perdió el control.
¡Bocinazo!
El claxon retumbó en el aire. Shen Zhuo giró la cabeza; sus pupilas reflejaron el camión de diez toneladas que se abalanzaba sobre ellos, junto al rostro desencajado del conductor en la cabina. El tiempo pareció dilatarse, el entorno se volvió borroso, como si una cámara se desajustara en plena grabación.
Y entonces…
Antes de que Shen Zhuo pudiera reaccionar, un joven irrumpió desde el costado como una flecha. Lo apartó con la mano izquierda y, con la derecha, lanzó un puñetazo directo contra la mole de acero.
¡PUM!
El impacto hundió la chapa de la cabina, deformando la parte delantera del camión y obligando a frenar de golpe al vehículo. La escena era irreal, imposible de asimilar.
—¡Cuidado! —exclamó Shen Zhuo.
¡BANG!
Un autobús que venía a toda velocidad embistió la parte trasera del camión. El estruendo sacudió el suelo; la masa acumulada explotó hacia adelante.
El cemento bajo los pies de Yang Xiaodao se fracturó en mil pedazos. El muchacho fue catapultado hacia atrás, el cuerpo tambaleándose…
Y entonces, de golpe, la gravedad desapareció.
El aire se volvió liviano, irreal. Yang Xiaodao se incorporó, flotando un instante en el vacío, con la respiración entrecortada.
—¿…?
—Oye, ¿qué haces, mocoso? —la voz frívola, inconfundible, sonó desde atrás—. ¿Sabías que el inspector me necesita?
Yang Xiaodao se giró bruscamente.
Allí estaba Bai Sheng. Sujetaba a Shen Zhuo con una mano, protegiéndolo detrás de sí, mientras que la otra descansaba con total naturalidad sobre el capó retorcido del camión hormigonera. Su postura parecía desenfadada, incluso ociosa… pero la presión invisible de su palma mantenía inmóviles a los dos vehículos que habían colisionado, como si el tiempo mismo hubiera quedado detenido bajo su control.
La calle entera enmudeció. El caos, los gritos, el claxon: todo se desvaneció en un silencio reverente.
Bai Sheng giró la cabeza hacia Shen Zhuo y, con un destello pícaro en los ojos, le guiñó un ojo.
—Esta familia no puede prescindir de alguien como yo, ¿verdad?