Historia principal
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Fideos de camote
El camino del pueblo quedó terminado en cuatro o cinco días tal como Zhuang Yan había previsto. Los dos primeros días cada quien arregló el tramo frente a su puerta, y los tres días siguientes todo el pueblo junto conectó los tramos que no habían sido reparados. Ahora, desde la entrada del pueblo hasta la puerta de la casa de los Wan, había un ancho camino de carros.
Durante el tiempo que duró el arreglo, Wan Tianning cada día al mediodía les llevaba comida y bebida a los Zhou. Un día hasta les llevó sopa dulce. Sabiendo que a la joven le gustaba beber sopa dulce, también le pidió a Zhou Xiaoxing que saliera a comer.
Los vecinos de al lado de los Zhou se encontraban muy cerca de ellos. Al ver que Wan Tianning efectivamente iba cada día a traerles comida, y además en cada ocasión les llevaba cosas bastante buenas, pensaron para sus adentros que Wan Tianning y Zhuang Yan eran tontos y también que la familia Zhou era astuta.
Pensaron: con razón estaban dispuestos a ayudar a Zhuang Yan con el trabajo, en realidad era porque sabían que Zhuang Yan y su compañero les darían la comida.
La casa de Zhuang Yan y el camino del pueblo se terminaron más o menos al mismo tiempo. Con estas dos grandes cosas resueltas, la fecha ya alcanzó el día veinticuatro del duodécimo mes. El Año Nuevo estaba a la vuelta de la esquina. En el pueblo, las familias que criaban cerdos para el Año Nuevo también empezaban a sacrificarlos. Aquellos días eran los de más trabajo para el carnicero del pueblo , que llegaba a sacrificar más de diez cerdos en un solo día.
Zhuang Yan y su compañero ese año no habían criado cerdo, y los lechones que pensaban criar no saldrían de la camada hasta después del Año Nuevo. Así que esos días, Zhuang Yan se dedicó en casa a experimentar con los fideos de camote y la melaza de camote, a ver si lograba hacerlos.
Lo primero que preparó Zhuang Yan fueron los fideos de camote. Como en casa no tenían batidora eléctrica y además la cantidad era grande, no tuvo más remedio que usar el molino de piedra. Estuvo atareado durante varias horas y no terminó hasta que ambos brazos quedaron doloridos. Luego venía el proceso de filtrado. Para recoger el agua del almidón, incluso pidieron prestada una gran palangana de madera.
Después, Zhuang Yan fue expresamente a casa del carpintero del pueblo para encargarle un gran barril de madera y dos grandes palanganas, para así tenerlas a mano en el futuro.
Al momento de recoger el almidón de camote, Zhuang Yan sintió sorpresa y entusiasmo. Cuando quiso convertirlo en fideos para guardarlos, se dio cuenta de que en casa no tenían colador. No le quedó más que dibujar un plano y pedirle al carpintero que le hiciera uno.
El carpintero Zhang llevaba décadas haciendo trabajos en madera. En cuanto vio el dibujo de Zhuang Yan, descartó de inmediato la idea de usar madera, fue a cortar una caña de bambú para llevarla a casa y directamente, con sus propias manos habilidosas, trenzó un colador de bambú y de paso hizo otro para su propia casa.
Cuando la primera hornada de fideos de almidón de camote de Zhuang Yan estuvo lista, las cañas de bambú que antes habían usado para secar los camotes secos justo vinieron a mano. Recordando los fideos colgados que se secaban en el molino de su infancia, imitó aquel método y los colgó en las cañas.
Esa vez, Zhuang Yan empleó unos cien jin de camotes y obtuvo aproximadamente veinte jin de almidón de camote, los fideos una vez secos también pesaban alrededor de veinte jin. Contemplando los fideos de camote que tenía ante sus ojos, preparó sin demora dos cuencos. Si el sabor era bueno, pensaba convertir en fideos todos los camotes que tenían en casa.
[100 jin de camotes = 50 kg, 20 jin de almidón y fideos secos = 10 kg]
El almidón de camote de por sí ya tenía buen sabor, solo necesitaba condimentos sencillos para ser deliciosos.
A Zhuang Yan le gustaba el picante. Previamente Wan Tianning había ido al pueblo a comprar una buena cantidad de chiles secos y pimienta de Sichuan para tener en reserva, y en casa tampoco faltaban condimentos comprados en el mercado de la ciudad. El jengibre y el ajo eran imprescindibles. De modo que los fideos ya resultaban muy sabrosos con solo esos sencillos condimentos.
También frió cacahuates e hizo trocitos gruesos de cacahuate para espolvorearlos por encima. Un cuenco de fideos de camote, picantes, entumecedores y fragantes, conquistó de inmediato el paladar de ambos. Zhuang Yan incluso aprovechó el caldo sobrante para mojar el arroz y comérselo.
Ambos sorbían los fideos con la cabeza gacha y prácticamente dejaron limpio el contenido de los cuencos. Wan Tianning no imaginaba que los camotes pudieran convertirse en algo tan delicioso. Si aquello se vendiera en la calle, seguro que gozaría de una enorme popularidad.
“Yan, alquilemos una tienda. La alquilamos y vendemos comida”. Llevaban ya un tiempo viviendo juntos, Wan Tianning se había dado cuenta de que Zhuang Yan era muy hábil cocinando y que conocía muchas cosas que él nunca había probado. ¡Si vendían aquellas cosas tan novedosas, seguro que ganarían dinero!
“¡Cierto!” Además de estos fideos, ¡también estaba la melaza! “Yan, ¿mañana hacemos melaza? La melaza de camote también está muy rica”. En el pueblo vendían melaza, pero era muy cara. La mayoría sabía cómo hacerla, solo que nadie la hacía de camote.
Ver que Wan Tianning se interesaba tanto, a Zhuang Yan naturalmente le alegraba. Si se había tomado tantas molestias, aparte de por satisfacer su propio paladar, era desde luego porque también quería ganar dinero.
Los fideos habían sido un éxito y el siguiente paso era por supuesto hacer la melaza. Enseguida compraron en el pueblo varios jin de trigo para hacer germinar el malteado, que era indispensable para elaborar la melaza.
Los dos mu de tierra de camotes de la familia Wan no eran tierra baldía, sino buena tierra sujeta a impuestos, con un rendimiento por mu bastante mayor que el de las tierras baldías comunes. Esos dos mu produjeron aproximadamente unos cinco mil jin de camotes. Aparte de los reservados como semilla y unos trescientos de jin guardados expresamente para comer el año siguiente, todavía quedaban más de cuatro mil jin, que ya ocupaban casi la mitad del sótano.
[Cinco mil jin = aproximadamente 2.500 camotes]
Esos camotes de casa bastaban para hacer fideos y melaza. Zhuang Yan había pensado al principio que si no eran suficientes podrían comprar un poco en el pueblo, ya que la rentabilidad de los camotes era alta y por eso su precio era sumamente barato.
Para hacer la melaza primero necesitaban una gran olla de hierro. Zhuang Yan pensaba que la olla de hierro que tenían en casa era algo pequeña, así que aprovechando que el trigo estaba germinando se fue a la ciudad, con la intención de comprar una olla grande y, de paso, adquirir los víveres para el Año Nuevo.
Después de que el camino del pueblo fuera ensanchado, Zhuang Yan y su compañero por fin pudieron salir de casa directamente conduciendo su carreta de bueyes. Cuando pasaban por casa de los Zhou, la madre de Zhou los detuvo diciendo que al día siguiente sacrificarían un cerdo y que no cocinaran, que fueran a su casa a comer.
Zhuang Yan aceptó sin rodeos. Apenas avanzaron un poco, vieron a Wang Meizi junto al camino. Ella también iba a la ciudad, así que naturalmente le ofrecieron llevarla.
Wang Meizi iba a la ciudad a entregar un pedido. Ella también había estado esos días haciendo labores de bordado para venderlas. Por un pañuelo bordado podía sacar cinco monedas de cobre. Era rápida y a veces podía hacer dos en un solo día.
Ese día, Zhuang Yan y Wan Tianning no iban al taller de bordado, así que al llegar a la ciudad le dijeron a Wang Meizi que se bajara. Aunque Wang Meizi no quería separarse así de ellos dos, estaba ansiosa por cambiar por dinero los pañuelos bordados que llevaba, así que no pudo hacer más que quedarse mirando cómo Zhuang Yan y su compañero se alejaban.
Después de que Zhuang Yan entraran a la ciudad, primero fueron al mercado. Dejaron la carreta de bueyes en el puesto destinado al estacionamiento de carros y caballos, deambularon por toda la calle principal buscando una tienda adecuada.
Ese día habían llegado a la ciudad muy temprano. Estuvieron paseando durante una o dos horas y ya tenían los pies molidos, pero seguían sin encontrar nada. Las tiendas que les gustaban tenían precios demasiado altos. Zhuang Yan hizo cuentas y, a menos que el negocio fuera extraordinario, no sabía cuánto tiempo tardarían en recuperar la inversión.
Varias veces habían regresado con las manos vacías y Zhuang Yan, naturalmente, estaba algo desanimado. No fue hasta que fueron al mercado y pidieron un cuenco de fideos de res, absurdamente caros, y se lo comieron, que su estado de ánimo mejoró un poco.
“Tianning, si no hay más remedio, dejamos de buscar tienda en la calle principal. A mí el mercado me parece bastante bueno. Tampoco es que vendamos artículos de alta categoría, lo más importante es el flujo de gente”. En realidad, encontrar una tienda en el mercado misceláneo tampoco era fácil: los locales de allí habían pasado de generación en generación durante muchos años. En cambio algunos puestos ambulantes no requerían mayor complicación, solo pagar la tarifa del puesto por cada día trabajado.
Mirando el puesto de tortas al horno al borde de la calle, Zhuang Yan recordó los numerosos puestos de comida que había afuera de su escuela y pensó que quizá ellos también podrían poner un puesto de comida ambulante, e ir haciendo negocio mientras encontraban una tienda.
Con esa idea en mente, el ánimo de Zhuang Yan mejoró notablemente. Las nubes de preocupación desaparecieron de su rostro y todo su ser se sintió mucho más aliviado. Wan Tianning dejó de preocuparse al ver que Zhuang Yan se alegraba. Entonces quiso llevar a Zhuang Yan al lugar donde vendían caza, pues quería comprar unas cuantas pieles para hacerle unos guantes.
Entre las pieles de animales salvajes, la más barata era la de conejo y la más cara la de zorro. Zhuang Yan y su compañero no podían permitirse una piel de zorro, así que la primera opción era sin duda el conejo.
Un conejo salvaje vivo podía venderse entre cincuenta y cien monedas según el peso. Zhuang Yan y su compañero compraron dos pieles, una gris y una blanca, por un poco más de treinta monedas. Pero incluso al pagar, Wan Tianning seguía sin entender por qué tenían que comprar dos colores distintos.
Después de comprar las pieles y también una buena cantidad de provisiones para el Año Nuevo, Zhuang Yan y su compañero fueron por último a por la olla de hierro. Esta vez, la gran olla de hierro por fin cumplía con lo que Zhuang Yan pedía. Aquella olla les había costado nada menos que cinco taels de plata, tenía casi un metro y medio de diámetro y justo llenaba el último fogón que quedaba en casa.
Regresando, recogieron de nuevo a Wang Meizi, que los esperaba en la entrada de la ciudad. Solo que Wang Meizi traía muy mala cara, con expresión de profunda tristeza. En cuanto le preguntaron se enteraron que en el taller de bordado le habían bajado el precio de los pañuelos, y que además muchos ni siquiera se los había aceptado.
“Al principio quedamos en cinco monedas por cada uno, y esta vez solo me dieron cuatro, encima con cualquier excusa me rechazaron muchos. ¿Acaso el taller de bordado va a quebrar? ¿Que no pueden pagar ni unos cuantos pañuelos bordados?” Wang Meizi tenía el rostro lleno de rabia y cuanto más hablaba más crecía la tristeza en su cara, hasta que se echó a llorar.
Zhuang Yan y su compañero sabían perfectamente de dónde había sacado Wang Meizi los modelos de bordado.
Los dos se miraron el uno al otro y recordaron la actitud que había tenido antes la señora Qiao. Por un instante ambos dudaron, porque les vino a la mente lo que la señora Qiao había mencionado sobre cobrar solo después de la venta. Pero al momento siguiente ambos descartaron la explicación de Wang Meizi.
“Meizi, no le des más vueltas, algunos modelos de bordado es normal que los rechacen”. Wan Tianning no quería ser tan directo y decirle que si no se los aceptaban era porque no estaban bien bordados, así que solo le explicó a medias.
Esta vez Wang Meizi estaba realmente furiosa, porque no solo no había conseguido los pañuelos a cinco monedas, sino que le habían rechazado muchos y además había tenido que pagar por los modelos de bordado. Ahora, con el fuego de la rabia atrapado en su interior, no pudo contener su ira.
“Lo que quieres decir es que no soy tan buena como tú, ¿verdad? Pues sí, mis bordados no se comparan con los tuyos, los tuyos los vendes por veinte monedas, ¡los míos no valen ni cinco!” Wang Meizi alzó bastante la voz, e incluso su semblante se volvió algo hostil, su mirada incluso era feroz.
Que Wang Meizi se enfureciera de repente contra Wan Tianning dejó a los tres casi paralizados al mismo tiempo. Zhuang Yan fue el primero en reaccionar, ¡su rostro cambió al instante, ensombreciéndose! Justo después, la propia Wang Meizi se dio cuenta de que su tono había sido malo y las lágrimas le brotaron de inmediato. Se agarró a Wan Tianning y rompió a llorar, soltando entre sollozos lo mucho que le costaba a ella hacer las labores de bordado y cómo en el taller de bordado se aprovechaban a propósito.
Wan Tianning apenas estaba volviendo en sí. Nunca había visto a Wang Meizi enfadada. En sus recuerdos, Wang Meizi era la persona más hermosa y la más amable del pueblo, nunca le gritaba a nadie, su carácter y temperamento eran los mejores.
Wan Tianning miró a Wang Meizi, que otra vez se agarraba a él llorando con familiaridad. Aturdido, la consoló y hasta le indicó con la mirada a Zhuang Yan que sacara aquella bolsa de caramelos brillantes. Zhuang Yan se hizo el que no veía, negó con la cabeza a sus espaldas y se subió de un salto a la carreta de bueyes, pidiéndole que subieran rápido, que ya iban a partir.
Zhuang Yan no dijo ni una palabra en todo el trayecto. En cambio, Wang Meizi no paró de hablar. Como para compensar aquel arrebato repentino contra Wan Tianning, dejó caer consciente o inconscientemente un mismo mensaje, que hacía un momento solo estaba expresando su descontento con el taller de bordado, no iba a propósito contra Wan Tianning, pero sin llegar a disculparse abiertamente y con claridad.
Aunque Zhuang Yan no habló, escuchó cada palabra que Wang Meizi decía. Pensó por primera vez que tal vez aquella muchacha no era del todo la persona amable y bondadosa que Tianning describía, sino más bien alguien con segundas intenciones.