Bai Sheng, carnívoro empedernido, se había visto obligado la noche anterior a comer un menú completamente vegetariano. Al darse cuenta de que esa misma situación se repetiría esta noche, era fácil imaginar su frustración.
Su única esperanza era golpearse con un palo hasta quedar inconsciente antes de acostarse y no despertar hasta la mañana siguiente.
Si bien no tenía la habilidad de Yang Xiaodao para preparar ocho platos y una sopa en dos horas, Bai Sheng, dotado de una inclinación natural por el atletismo, podía cocinar con facilidad algunos platos contundentes. Como disponía de todos los ingredientes en casa, decidió preparar pez mandarín ardilla. Mientras lo hacía, tomó fotos para presumir en redes sociales de su virtud y del refinado gusto del supervisor Shen. Cuchillo en mano, se quedó en la cocina deshuesando y trinchando el pescado con meticulosa paciencia.
Aquel Clase S, de un metro noventa, con el torso desnudo y solo un pantalón de chándal colgando de la cintura, trabajaba inclinado bajo la luz de la cocina, el cabello erizado rozando casi los armarios.
Quienes entrenan suelen presentar una espalda encorvada y corpulenta cuando los músculos son demasiado gruesos, pero Bai Sheng no tenía ese problema. Había practicado boxeo desde niño, desarrollando músculos firmes y poderosos. Bajo la luz, su espalda recta irradiaba una sensación de familiaridad, estabilidad y seguridad.
Mientras tanto, Shen Zhuo permanecía sentado en una silla del comedor. Con la mente nublada, su mirada oscilaba entre la lucidez y la confusión.
«¿No debería estar en la Oficina de Supervisión?», se preguntó. Pero enseguida descartó la idea.
«No, no hay nadie llamado Bai Sheng en la Oficina de Supervisión. Y yo, en mi estado actual, no puedo quedarme solo sin él».
Pero entonces, una punzada de duda lo atravesó.
«¿Qué me pasa? ¿Estoy enfermo? Esta casa… ¿por qué me resulta tan atractiva? ¿A qué he venido aquí?»
Shen Zhuo se levantó sin darse cuenta y avanzó lentamente, como si estuviera poseído. Bai Sheng estaba a punto de buscar el vino cuando casi chocó con él.
—¡Eh! ¿Qué haces? ¿Vienes a quedarte conmigo? —preguntó sorprendido.
Shen Zhuo lo miró fijamente, perdido. Bai Sheng sonrió, extendió la mano y lo alzó para sentarlo sobre la encimera de la cocina, a media altura. Le pellizcó suavemente la barbilla y le preguntó:
—¿Tienes hambre?
Uno parado, el otro sentado. De ese modo, Shen Zhuo parecía más alto. Lo miró con las largas pestañas humedecidas y los ojos llenos de lágrimas.
—…
La respiración de Bai Sheng se aceleró. Susurró:
—Un beso más.
Y se inclinó para capturar sus labios entreabiertos.
Shen Zhuo, aturdido, no supo cómo resistirse. La invasión de sus labios, lengua y dientes se intensificó. Cara a cara, la cercanía volvió el beso aún más apasionado. Se vio obligado a separar los muslos y presionarlos contra la cintura de Bai Sheng, mientras alzaba las manos para aferrarse a su nuca. El sonido húmedo parecía ahogar todos sus sentidos, empujándolo cada vez más hacia atrás.
¡Bang!
Con un golpe seco, la nuca de Shen Zhuo chocó contra el borde del armario. Se dobló en dos y se llevó las manos a la cabeza.
—¿Qué pasó? ¿Te duele? ¿Dónde te golpeaste? —Bai Sheng lo sujetó, apartando el cabello oscuro a pesar de su resistencia. Lo examinó con cuidado, palpando la zona—. ¿Estás bien? ¿Te sientes mareado?
En realidad, no era más que un golpe. No había ni hinchazón ni sangrado. Shen Zhuo frunció el ceño y miró el armario con evidente desagrado.
—Es un armario roto. Lo desmontaremos más tarde —dijo Bai Sheng, reprimiendo una sonrisa mientras le pellizcaba la cara con alivio. Luego, ajustándose el pantalón de chándal con incomodidad, tomó una decisión firme—: No, no puedes volver a meterte conmigo. Si lo haces otra vez, no será el armario el que se rompa, seré yo. Anda, dúchate primero y después ven a cenar.
Las cejas de Shen Zhuo se fruncieron aún más, como si dijera: «Yo no me metí contigo, ¿cómo puedes culparme a mí?».
—Me equivoqué, señor, me equivoqué, ¿no es suficiente? —Bai Sheng respiraba con dificultad, con la mente acelerada—. Date prisa y dúchate. Recuerda cerrar la puerta con llave. Vete.
Shen Zhuo se deslizó hacia abajo, apoyando los pies descalzos sobre la alfombra mullida. Se llevó una mano a la nuca y se dirigió al baño del dormitorio principal.
Ahora era como una serie de arranques bruscos que luego se apagaban a la fuerza. Por la noche, entraría en un modo de espera prolongado. Bai Sheng no sabía qué tortura resultaba más agónica. Apoyó los codos en la encimera, hundió la cara en el pecho y se obligó a respirar hondo diez veces, con exhalaciones ardientes y temblorosas.
Por suerte, solo eran cuarenta y ocho horas. Unas cuantas noches más así y aquel Clase S quedaría arruinado.
Inspiró profundamente y se irguió. Cuando por fin empezaba a sentirse un poco mejor, su teléfono vibró sobre la encimera. Dos mensajes de WeChat del presidente Bai habían llegado.
—¿?
Bai Sheng abrió la aplicación, y la voz temblorosa de su tío sonó cargada de un profundo dolor:
—Chengcheng, lo he pensado todo el día. ¡Tres cientos sesenta millones está bien!
El segundo mensaje de voz decía:
—No está bien que no tengas un estatus adecuado. No podemos soportar esa injusticia. También te daré una villa como casa de bodas. Mañana hablaré con el supervisor Shen para ver si podemos celebrar la boda en la Oficina de Supervisión. ¡Tiene que ser un gran evento!
—¡Puf! —Bai Sheng casi se atragantó con su propia saliva, divertido e impotente a la vez—. ¡Qué demonios!
Mientras tanto, el agua tibia caía a raudales, pero Shen Zhuo había olvidado desvestirse. Se quedó en el baño con la mirada perdida. La nuca le dolía por el golpe, un dolor sutil que, sin embargo, consiguió centrar su mente caótica. Los pensamientos comenzaron a fusionarse en uno solo, mientras una miríada de voces resonaban superpuestas en sus oídos:
«…Cuando el Ensueño sea destruido, quien lo conjuró sufrirá una severa repercusión…»
«Ya no estás solo e indefenso como antes, Shen Zhuo. Ahora me tienes a mí»
«¿Puedo tener el honor de sacarte de este sueño?»
«¡Despierta, despierta! ¡Éxito!»
«¿Conoces los efectos secundarios del neuroestimulante XGYE216?»
«En setenta y dos horas, existe un noventa y cinco por ciento de posibilidades de que se interrumpa la secreción de neurohormonas polipeptídicas hipotalámicas…»
Neuroestimulante.
Efectos secundarios.
Shen Zhuo se llevó una mano a la sien y cayó lentamente de rodillas, aturdido.
¡Bang!
—Ese es el problema. Tu sobrino mayor aún es demasiado puro para casarse ahora, así que no tiene sentido pedir una dote —respondió Bai Sheng, sonriendo con ironía mientras enviaba un mensaje de voz a su tío desde la cocina—. Bueno, estoy ocupado. Voy a preparar pez mandarín ardilla para el pequeño ansestro. Gracias, tío, por ayudarme a cambiar la cama. Iré a cenar a tu casa más tarde. ¡Adiós!
Dejó el teléfono a un lado, calentó aceite en el wok y tomó el cuchillo para dar el toque final al pez mandarín tallado con esmero. Entonces, de repente, escuchó un golpe sordo que provenía del baño.
—¿Shen Zhuo? —preguntó Bai Sheng con alarma.
No obtuvo respuesta.
El rostro de Bai Sheng se ensombreció. Salió corriendo de la cocina, llegó a la puerta del baño del dormitorio principal y giró el pomo. Tal como temía, estaba cerrada.
—¡Shen Zhuo! ¿Te caíste? ¡Abre la puerta!
Golpeó dos veces la puerta y, sin más dilación, la abrió de una sola patada. Un vapor cálido lo envolvió al instante. En el baño translúcido, Shen Zhuo estaba medio arrodillado, con una mano apretada contra la frente y el ceño fruncido por la agonía.
—¿Qué te pasa? ¿Dónde te caíste? ¡Quédate quieto y déjame ver!
Bai Sheng se apresuró a ayudarlo a levantarse. Pero antes de que pudiera examinarlo, Shen Zhuo levantó la mano con un gesto decidido e inconfundible. Entonces, el inspector jefe de la ciudad de ShenHai ladeó la cabeza y miró fijamente a Bai Sheng, con una expresión indescriptible. Su voz era tranquila, aunque cargada de un matiz complejo:
—¿Qué acabamos de hacer?
…
Oh. Se ha despertado.
En medio del rumor del agua, Bai Sheng guardó un silencio inexplicable. La camisa de Shen Zhuo estaba empapada y entreabierta, sus labios rojos y ligeramente hinchados por el beso brusco. Bai Sheng, por su parte, permanecía con el torso desnudo, marcado por cuatro arañazos en los abdominales. Su pantalón de chándal estaba húmedo y pegado al cuerpo, revelando una figura incómoda y evidente.
Las miradas se cruzaron y el ambiente se congeló.
—…
Bai Sheng, conteniendo el impulso de soltar el cuchillo que aún tenía en la mano, lo dejó cuidadosamente a un lado. Después se volvió hacia Shen Zhuo y afirmó, con absoluta seriedad y sinceridad:
—Te ofreciste voluntario.
—Eso es lo que pasó —concluyó Bai Sheng, una hora después, sentado a la mesa.
Shen Zhuo ya se había duchado y vestía ropa blanca y limpia. Apoyado en la mesa, con los palillos en una mano y la barbilla en la otra, alzó una ceja:
—Entonces… ¿anoche me acosté contigo?
—Te acostaste conmigo.
—¿Me acosté contigo significa…?
—Ya está hecho. Lo que debía pasar, pasó.
—¿Pasó significa…?
—Que me haré cargo de ti. Mañana iré al banco y depositaré el regalo de compromiso en tu tarjeta.
Shen Zhuo entrecerró los ojos, pensativo. Bai Sheng lo miró con calma, convencido de que su interlocutor, con la piel tan dura, nunca preguntaría por qué no sentía nada extraño después de “acostarse” con él. Y si lo hiciera, ya tenía preparada la excusa: que todo se debía a lo excepcional de su ropa de cama y a su paciencia infinita.
Inesperadamente, tras unos minutos de silencio, Shen Zhuo dejó caer la mano con la que se sostenía la barbilla, tomó un trozo de pescado con los palillos y dijo con serenidad:
—Ahora que las cosas han llegado a este punto… comamos.
Bai Sheng: “¡¿?!”
¿Así nada más? ¿De verdad su fortaleza mental era tan imperturbable? ¿No debería estar anticipando una gran crisis?
Incluso Bai Sheng empezó a ponerse nervioso, pero dada la delicada situación, no podía permitirse alterar nada. Se obligó a aparentar indiferencia y siguió comiendo, mientras observaba de reojo al inspector jefe frente a él, buscando alguna pista en aquel rostro frío y hermoso.
El pez mandarín ardilla estaba agridulce, crujiente y tierno; el jamón con champiñones, sabroso y fragante; las albóndigas para sopa, finas y exquisitas; incluso el arroz frito lucía colores vibrantes. Shen Zhuo disfrutó visiblemente de los platos, con un apetito mucho mayor que la noche anterior. Terminó tranquilamente un tazón de arroz, y aún tuvo tiempo de elogiar la magnífica destreza con el cuchillo del nivel S.
Bai Sheng aceptó con modestia que aún tenía margen de mejora, y luego preguntó con cautela:
—Cariño, ¿quieres comer más? ¿Te sientes bien?
—No. ¿Qué te pasa?
—Es solo que… que… —Bai Sheng titubeó.
—Oh, ya entiendo —Shen Zhuo sonrió levemente—. Debe ser porque tu ropa de cama es tan buena, y porque eres tan paciente y gentil, cariño.
—…
Bai Sheng se sintió como caminando sobre una nube: blanda y ligera, pero con la amenaza latente de estallar en truenos y relámpagos.
—Gracias, estaba delicioso —dijo Shen Zhuo al levantarse con naturalidad—. Te ayudaré a limpiar.
—Oh, no, ¿cómo podría pedirte eso? Déjame hacerlo a mí —respondió Bai Sheng, apilando los platos para llevárselos tranquilamente a la cocina.
Shen Zhuo solo había sido educado. Volvió a sentarse y abrió el correo de trabajo en su teléfono para asegurarse de que, durante su estado de confusión, no hubiera enviado nada inapropiado a la Agencia Internacional de Monitoreo. Todo parecía en orden. Después revisó su WeChat profesional y, como era de esperar, había un nuevo contacto añadido: Bai Sheng.
No hacía falta adivinar; debía de haberlo hecho él mismo la noche anterior. Shen Zhuo, que no abría sus Momentos en siglos, se permitió curiosear el de Bai Sheng casi con diversión. La última publicación era una cuadrícula de nueve fotos de cenas. El filtro del pez mandarín ardilla estaba aplicado con una maestría perfecta. La leyenda rezaba:
[El supervisor Shen pedía comida a gritos, así que no tuve más remedio que prepararla. Pasable. [me encanta][jeje][jeje]]
Pasó media hora, y aquella horrenda publicación no recibió un solo “me gusta” en la Oficina de Supervisión.
Desde el comedor, Shen Zhuo dirigió la mirada hacia la cocina. Bai Sheng, ya vestido con una camiseta negra, lavaba los platos con diligencia. En su atractivo rostro destacaba una piruleta colgando de los labios, mientras un mechón blanco en su cabello parecía, por sí solo, un signo de interrogación desconcertado.
Un destello burlón cruzó los ojos de Shen Zhuo.
—Un principiante con demasiado drama —murmuró.
Por lo general, cuanto más caótica era la situación, más relajado parecía Bai Sheng. Si Shen Zhuo hubiera reaccionado con firmeza, probablemente habría sacado ventaja; quizás incluso podría haber recurrido a un dulce lenguaje para atrapar al “Cisne” entre sus manos y saborearlo con descaro. Sin embargo, para sorpresa de Bai Sheng, Shen Zhuo no mostró reacción alguna. Su actitud era serena, impecable… tanto, que lo hacía sentir como un tigre encaramado al cielo sin posibilidad de descender.
¿Era posible tanta calma?
¿Lo había aceptado como novio de manera natural?
Tras limpiar, Bai Sheng mascaba la piruleta con cautela, aún lleno de dudas. Colaboró un rato con Shen Zhuo y, al ver que se acercaba la hora, fue a ducharse. Bajo el agua caliente reflexionó sobre la posibilidad de transformar aquella relación fingida en una real. El primer paso, sin duda, sería encontrar la forma de atraer al “Cisne” a su cama.
Cuando salió de la ducha, lo sorprendió descubrir a Shen Zhuo ya recostado en la cama del dormitorio principal, apoyado en una almohada y hojeando un informe del proyecto HRG.
A Bai Sheng se le secó la boca al instante y los músculos de la espalda se tensaron. Shen Zhuo dejó los documentos con absoluta naturalidad y preguntó:
—¿Todavía no te acuestas?
¡Aquellas palabras fueron como una bomba nuclear para un novato! Toda la sangre se le agitó en el cuerpo, las orejas le ardieron y, sin poder contenerse, se lanzó sobre la cama.
Shen Zhuo apagó las luces con calma.
—Duerme.
—…
La visión nocturna de clase S permitió a Bai Sheng verlo todo con claridad: los brazos de Shen Zhuo, extendidos sobre las sábanas, delineados en líneas largas y suaves; las muñecas, curvadas en un arco elegante, delgadas pero poderosas. Esa visión le hizo hervir la sangre.
Alargó la mano casi sin querer, consciente de que podría sujetar con facilidad aquellas muñecas, sentir la suavidad húmeda de la piel y poseer al temido Gran Inspector, esa belleza intocable.
—…— Bai Sheng reprimió un acceso de deseo, pero terminó tosiendo, con la voz ronca y cargada de calor:
—¿Shen Zhuo?
—¿Mmm?
—¿No tienes nada que preguntarme?
Shen Zhuo pareció recordar algo de repente.
—Sí.
—¿Eh?
—Rompamos. No creo que estés a la altura.
La mente de Bai Sheng se quedó en blanco.
—¿¡Eh!?
—Las feromonas de nivel S pueden influir en la voluntad de la gente común mediante conductas específicas. Según los cálculos, tras el primer contacto íntimo, los individuos normales atraviesan entre veinticuatro y setenta y dos horas de sumisión: se vuelven extremadamente dependientes de su pareja de nivel S y pierden parte de su independencia. La duración de este efecto depende de la intensidad de las feromonas. Las más potentes pueden prolongarse hasta una semana.
“…”
—No esperaba que fueras tan débil —añadió Shen Zhuo, frotándose la barbilla pensativo—. Será mejor terminar esto cuanto antes.
Se dio la vuelta, pero al instante siguiente fue volteado con violencia. Una fuerza arrolladora lo inmovilizó contra el colchón: Bai Sheng lo sujetaba con firmeza, apretando su barbilla con una mano. Con voz ronca y ardiente, y una sonrisa peligrosa, le susurró:
—¿Has estado jugando a ser yo toda la noche?
Shen Zhuo soltó una risa breve, inclinándose lo más que pudo para esquivar aquel aliento abrasador.
—¿Qué sentido tendría actuar como tú? No se trata de paciencia ni de dulzura… ¡ah!
—¿No tienes mucha energía, inspector? —En la oscuridad, los ojos del Clase S brillaron como los de un rey lobo. Se inclinó y soltó una risa baja junto al oído de Shen Zhuo—. ¿O es que por tocarte esto te pasa?
Los besos intermitentes hicieron que el calor corporal se evaporara, desdibujando incluso la noción del tiempo. Shen Zhuo bajó la cabeza, apretó los dientes y apoyó la frente en el hueco del cuello de Bai Sheng. Pero el Clase S, tirando de la nuca de su cabello negro, le obligó a levantar el rostro. Su piel, normalmente pálida, parecía húmeda; hasta sus pupilas brillaban como si contuvieran agua.
Bai Sheng, sujetándole el lóbulo empapado de la oreja, musitó con cierta vaguedad: —¿Qué te parece mi servicio?
Entonces, con un clic seco, el arma se cargó; el cañón presionó contra la mandíbula de Bai Sheng. La voz de Shen Zhuo tembló, sus dedos se inundaron de ternura y su aliento quedó contenido. —Detente mientras llevas la delantera, o yo… —dijo, sin poder terminar la frase.
Todas sus fuerzas lo abandonaron, como si una marea con corriente eléctrica lo recorriera.
Bai Sheng tomó el arma con facilidad, vació el cargador y, con indiferencia, arrojó la pistola descargada sobre la alfombra junto a la cama.
Shen Zhuo se estremeció, cerró los ojos y jadeó; sus pestañas estaban húmedas por las lágrimas. Bai Sheng le sujetó el rostro con firmeza, levantándole el mentón con tal intensidad que forzó su nuca hacia atrás. Su voz profunda se llenó de sarcasmo: —¿Intentas quemar el puente antes siquiera de cruzarlo, eh?
Shen Zhuo conocía bien el temperamento de Bai Sheng, pero ante aquella amenaza instintivamente se estremeció: un gesto involuntario que delataba su vulnerabilidad ante alguien tan poderoso.
—…Detente —susurró, enganchando una mano en la nuca de Bai Sheng; su voz eran jadeos al oído del Clase S, incapaz aún de serenarse—. Ese periodo de sumisión es demasiado largo. Al menos ahora no es el momento adecuado…
—Al menos todavía no —replicó Bai Sheng.
Aquella frase sonó como un talón en blanco: fácil de decir, con poca sinceridad, pero Bai Sheng la aceptó con gusto y dejó escapar una breve risa cómplice. —Entonces págame bien —pidió—. Dime cosas bonitas, hazme realmente feliz.
Se aferró a la mano de Shen Zhuo. Todo era un caos en la penumbra, y con una sonrisa ronca y baja le susurró: —Si no, te mantendré en estado de sumisión diez días o medio mes: me sentaré encima todos los días sin un solo momento de claridad.