No disponible.
Editado
Cuando se activó la primera formación mágica de alerta, justo era el momento del cambio de guardia entre el primer y segundo turno de la noche. Louis y Amy se habían quedado sin palabras durante una hora y media entera, hasta que la instructora de combate, Michelle, y Gal salieron a relevarlos.
En ese momento, Amy sintió que se le erizaba el vello de todo el cuerpo: a menos de diez metros de su campamento, más de una docena de Difu estaban enfrascados en una pelea a muerte. Los agudos chillidos característicos de los Elfos Oscuros resonaban en el cielo nocturno; uno de ellos tenía la garganta perforada por los enormes colmillos de un Chacal del Abismo. Al mismo tiempo, dos Peces Negros se acercaron flanqueándolo uno por cada lado, y cada uno agarró una mitad del cuerpo del Elfo Oscuro. Ante la mirada atónita de los cazadores, lo desgarraron por la mitad, literalmente. Órganos y entrañas cayeron por doquier, y un pedazo de corazón fue arrojado hasta el borde de las formaciones mágicas de alerta. El anillo de formaciones que rodeaba el campamento se iluminó una tras otra, iluminando el lugar como si fuera de día.
Gal y Louis desenvainaron sus armas al mismo tiempo.
El rostro de Michelle, que compartía el turno con Gal, se puso verde. Se tapó la boca con fuerza, parecía a punto de vomitar. Louis mantuvo la calma; se apoyó en silencio contra el borde de la tienda, y a través de la luz de la fogata, observó atentamente a estas criaturas oscuras matándose entre sí, agarrando su sable con tanta fuerza que la mano casi le temblaba.
Amy sacó rápidamente de su bolsillo un pequeño frasco con pastillas contra las náuseas, se lo pasó a Michelle y le dijo en voz baja:
—Toma una, adormecerá temporalmente tu sentido del olfato. No vomites, no llames su atención.
Sin embargo, el efecto de la formación mágica de alerta era tan deslumbrante que todos en las tiendas se despertaron. Aunque Carlos había dicho con total despreocupación que no importaba lo que pasará en la noche, cualquier persona normal, al escuchar semejante alboroto, saldría de su tienda con inquietud para ver qué ocurría… y el resultado de salir fue que no quisieron volver a entrar.
Nadie que viera a una multitud de Difu de nivel avanzado luchando caóticamente por toda la montaña, y oliera el hedor de los cadáveres esparcidos por todas partes, tendría los nervios lo suficientemente fuertes como para volver a dormir… bueno, a excepción de Carlos.
Carlos dormía sobre su pesada espada como si nada estuviera pasando, hasta que Evan, balbuceando palabras incomprensibles, lo arrastró fuera de la tienda.
—¡Ca-ca-ca-ca-Carlos! Afuera, afuera hay, hay, hay una gran horda de…
—¿Una gran horda de zombis? —Carlos bostezó.
La impresión hizo que el tartamudo Evan de repente hablara de corrido. Agarró a Carlos por el cuello de la camisa y le gritó al oído:
—¡Allá afuera hay un pelotón reforzado de Chacales del Abismo! ¡El suelo está plagado de Demonios de las Sombras, y a lo lejos hay un grupo de Tamborileros haciendo fila y golpeando sus loncheras, listos para robar la cafetería! ¡¿Y tú puedes dormir?! ¡¿Aún puedes bostezar?! ¡¿Aún puedes soñar que juegas videojuegos?!
Carlos se frotó los ojos y le dio unas palmaditas en el hombro a Evan.
—Oye, cálmate, cálmate.
—¿Crees que alguien podría calmarse?— Evan preguntó con voz llorosa: —¿Estás seguro de que veremos el sol de mañana?
—Si no estás seguro, puedes ir a comer bien ahora mismo y esperar el momento de partir. —sugirió Carlos.
Tras decir esto, retrocedió unos pasos, se desperezó y se sentó en el suelo junto a la tienda. Su actitud relajada casi creaba una extraña ilusión: como si no estuvieran viviendo esto en persona y todo fuera solo una broma creada por efectos especiales y formaciones ilusorias, tal como sucedió aquel día en el auditorio.
Probablemente su intención era relajar a los demás con su propia tranquilidad, ya que después de todo, aún no era el momento de enfrentarse al enemigo principal. Lamentablemente, quizás por su personalidad particular, la calma de Carlos no hizo que los demás se sintieran mejor. Al contrario, todos sintieron un grito de agonía en su interior.
¡Auxilio, ¿de verdad podemos confiar en este tipo?!
Afortunadamente, en ese momento Aldo salió de su tienda completamente vestido. Miró brevemente el campo de batalla fuera de la formación mágica, levantó la mano en un gesto para pedir calma y dijo en un tono muy suave pero firme:
—Ahora espero que todos los que no estén en el turno de guardia vuelvan a descansar. No se preocupen, si algún Difu se acerca por error, el sistema de formaciones mágicas conectadas puede detener a uno de nivel Demonio durante al menos quince minutos. Estoy seguro de que eso será tiempo suficiente para atraer a otro de nivel Demonio que lo mate.
Carlos se apoyó las manos en la nuca y continuó con el tema:
—A nuestras espaldas está el territorio de los Elfos Oscuros, frente a nosotros está el de los Siete Grandes de nivel Demonio, y a los lados habitan los Peces Negros y otros Difu de bajo nivel que viven en grupos. Ha pasado mucho tiempo desde que un humano subió a la Montaña de la Sombra Absoluta; han estado comiéndose entre ellos y hace mucho que están muertos de hambre. Ahora que somos como un gran trozo de carne jugosa justo en la frontera, por supuesto que primero tienen que luchar por la propiedad antes de disfrutar del banquete. Apuesto a que no resolverán este asunto en toda la noche, ¿tú qué dices?
—No apostaré contigo. —Aldo le acarició el cabello.
Tras decir esto, se dio la vuelta y volvió a su tienda. ¡Parecía que solo había salido a hacer acto de presencia para coquetear!
Louis y los demás finalmente entendieron a qué se refería Carlos con la frase “el lugar más peligroso es el lugar más seguro”. Justo en ese momento, se escuchó un rugido a lo lejos, y una sombra del tamaño de un edificio de cinco o seis pisos se acercó “caminando”. Con cada paso que daba, el suelo temblaba. Parecía un ogro de las antiguas leyendas; todo su cuerpo estaba cubierto de pústulas purulentas que goteaban mientras caminaba, y al caer sobre las plantas, estas se marchitaban rápidamente. Tenía unos enormes ojos en la cabeza y sus extremidades estaban cubiertas de púas como espinas. Al levantar el cuello, su cuerpo entero abría miles de caras y miles de “bocas” para aullar agudamente hacia el cielo, como si todos los fantasmas del infierno hubieran sido atraídos hacia él. A mil millas de distancia, la gente podía oler ese hedor a putrefacción. Dondequiera que pasaba, espesa niebla negra se arremolinaba.
—¿Qué es eso? —Alguien preguntó, boquiabierto.
—¡Cielos, es un Espíritu Maligno! —Carlos se levantó de un salto.
El líder legendario de los Siete Grandes de nivel Demonio: el Espíritu Maligno. Algunos decían que era un monstruo formado por los rencores acumulados de todos los humanos y animales; por donde pasaba, ni siquiera un insecto lograba sobrevivir. Otros decían que era la encarnación de la peste; cuando arrasaba un continente, convertía incontables aldeas y ciudades en cementerios desiertos.
—Creí… —Louis apenas podía abrir la boca—. Creí que el Espíritu Maligno era solo una leyenda.
—¿Dónde está tu cámara? —Carlos se giró hacia Gal. Antes de que Gal, aún paralizado, pudiera responder, Carlos se golpeó el muslo con decepción—. ¡Oh, es cierto, esa cosa dejó de funcionar, lo olvide! ¡Maldita sea, solo he visto a un Espíritu Maligno dos veces en mi vida, este es el tercero!
Gal no puede evitar pensar: ¿Acaso quieres visitarlo todos los días y tomar un té con él o algo así?
Todos los Difu en el campo de batalla se tensaron. Incluso los humanos que estaban fuera del radio de combate podían sentir esa atmósfera opresiva y urgente. De repente, comprendieron el verdadero significado de una frase de las historias de terror que habían escuchado en su infancia: “Donde pasa el Espíritu Maligno, es el infierno”. Su enorme silueta parecía tapar el cielo; incluso el cielo nocturno, antes claro en la Montaña de la Sombra Absoluta, se volvió turbio, y ya no se veía ni una de las estrellas esparcidas como gemas rotas.
De repente, el Chacal del Abismo que estaba en la cima más alta aulló hacia el cielo, y esa opresiva presión del “Dominio” que los cazadores conocían tan bien se hizo sentir. Cada uno de los Chacales del Abismo se transformó, tal como Carlos y Evan habían visto antes, en un monstruo gigantesco con una boca capaz de tragarse a un hombre entero, gracias al poder de sus Dominios. La situación se volvió aún más caótica. Los Demonios de las Sombras con cuernos de ciervo comenzaron a expandirse; los lugares cubiertos por su sombra se convirtieron en un pantano abrasador. Los Elfos Oscuros desplegaron sus alas negras; los Peces Negros, desde lo alto, abrieron sus enormes y feas bocas para rugir. Y un sinnúmero de Tamborileros, agitando sus cuerpos esqueléticos, se agruparon en lo alto de la colina, con una luz rojo oscuro brillando en sus ojos.
Entonces, el primer Chacal del Abismo se abalanzó sobre el monstruo gigante. Esto pareció ser una señal, porque le siguieron el segundo, el tercero… En grupos masivos fueron absorbidos por el Dominio del Espíritu Maligno y rápidamente se fusionaron con él, hasta el punto de que era imposible distinguirlos.
Los rugidos ensordecedores hicieron temblar toda la Montaña de la Sombra Absoluta. Huesos y carne de Difu caían del cielo como gotas de lluvia. Pronto, fuera de la formación mágica, se había apilado una gruesa capa de cadáveres que ni siquiera dejaba ver el suelo.
En esta situación, casi todos los cazadores sintieron una extraña ilusión: ellos eran las presas por las que peleaban, los que estaban encerrados, esperando ser comidos en cualquier momento.
La sonrisa desapareció del rostro de Carlos. La luz parpadeante del fuego se reflejó en su rostro, resaltando sus apuestos rasgos como si estuvieran tallados a cincel. De repente, Gal le agarró la muñeca con tanta fuerza que casi parecía querer clavarle los dedos hasta el hueso. Carlos pensó que simplemente estaba asustado y no reaccionó. En medio de todo el ruido, dijo suavemente:
—Esto me da una sensación… como si hubiera regresado al pasado.
Gal giró la cara. Su expresión era tan compleja que Carlos, siendo un ser unicelular, no podía descifrar en absoluto lo que quería transmitir; simplemente lo atribuyó a “conmoción y miedo”. Así que Carlos le sonrió de manera reconfortante, levantó la mirada hacia el Espíritu Maligno, cuya cabeza estaba medio destrozada y colgaba en el aire mientras innumerables rostros humanos emergían de él, y dijo con calma:
—Un mundo sin la Barrera es exactamente así. En el pasado, esos eran los enemigos a los que nos enfrentábamos a diario. Por supuesto, los Espíritus Malignos son muy raros; solo tuve el honor de ver a este caballero dos veces cerca de la Bahía de las Sirenas del Mar Profundo y en la última Batalla de las Túnicas Negras… Huele igual de mal que siempre.
¿Por qué no nací en esa época…? Gal quiso decir algo, pero sintió un nudo en la garganta:
— Carl, yo…
Carlos se soltó hábilmente y, como si se tratara de un niño pequeño, le alborotó suavemente el pelo.
—¿Sabes qué es lo que nosotros deseábamos ver más que nada?
Gal lo miró atónito.
Carlos se sentó, extendió las manos para calentarlas en la fogata, y con el escenario brutal de fondo, habló como si estuvieran conversando relajadamente junto a la chimenea de su casa.
—Las historias de los supuestos “héroes” son en realidad muy falsas. En lugar de andar por ahí todos los días con una espada al borde de la vida y la muerte, recibir elogios como “una vida llena de altibajos” o unas cuantas flores y alabanzas, sinceramente preferiría estar tumbado en el sofá viendo una película de Navidad.
Porque cada leyenda está construida con sangre. Las personas que viven en tiempos de paz siempre anhelan la gloria de realizar grandes hazañas, pero a veces “gloria” también es una palabra llena de impotencia.
—En ese entonces, hasta soñaba pensando: ¿habrá en el futuro un niño de apellido Flaret que viva cada día en un mundo sin Difu, y se gane la vida escribiendo libros o enseñando idiomas? —Carlos entrecerró los ojos y sonrió—. Cuando te vi, casi pensé que mi sueño se había hecho realidad. Le pedí a Evan que me comprara todos esos libros con fotos que escribiste; debo decir que son realmente maravillosos.
—Pero, ¿no tenías miedo? —preguntó Gal en voz baja, intentando ocultar el temblor en su voz.
¿Acaso no eres humano? ¿Acaso no fuiste, como yo, joven e ignorante, lleno de frustración por tu propia debilidad, gastando mucha energía cada día en alguien imposible de alcanzar? ¿No tenías a alguien en quien apoyarte, alguien a quien esperar que viniera a salvarte en los momentos más peligrosos?
—Si yo tuviera miedo… —La mirada de Carlos, a través de la luz del fuego, reflejaba en sus ojos verde oscuro toda la feroz matanza y a los monstruos horribles— ¿Qué harían los que no son tan fuertes como yo? El Templo era llamado “la última línea de defensa”. ¿Sabes qué significa eso?
Gal negó suavemente con la cabeza: solía creer que lo sabía, pero de repente ya no estaba tan seguro.
—Eso significa que no podíamos retroceder. —dijo Carlos en un tono casi tierno—. Ya fuera vivo o muerto, nos faltara un brazo o las dos piernas… Incluso si moríamos en el campo de batalla y nos convertíamos en fantasmas, no podíamos retroceder.
Gal contuvo la respiración. En ese instante, sintió que Carlos estaba tan lejos, pero al mismo tiempo tan cerca. La luz del fuego delineaba una fina silueta dorada en el cuerpo del hombre de cabello largo, suavizando sus rasgos y haciéndolo lucir como si fuera un elfo salido de algún… cofre del tesoro que había perdurado por milenios.
—Ve a descansar. —dijo Carlos—. Yo haré este turno por ti. Quién iba a pensar que atraeríamos a un Espíritu Maligno. Usa bien tu Espina de la Aurora; Chuck y yo estaremos orgullosos de ti.
—¿Chuck? —preguntó Gal suavemente.
—Mi hermano mayor. —Carlos recogió su pesada espada, se levantó y le sonrió a Gal con una expresión algo nostálgica—. Realmente te pareces mucho a él.