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Varios cazadores formaron un círculo alrededor de Carlos para escucharlo explicar en detalle las características y hábitos de los diferentes tipos de Difu. A diferencia de los libros de texto de Investigación de Tipos de Difu, Carlos había matado con sus propias manos a cada uno de los monstruos que describía tan vívidamente.
Amy era el más ocupado; tenía que encargarse de todos los heridos y estaba casi mareado de ir y venir.
Evan, por su parte, rodeó el anillo de formaciones mágicas solo. Sacó un pequeño cuaderno de su abrigo con sus manos enguantadas y, asomando torpemente un dedo entre su pesada ropa, sostuvo un bolígrafo que ya casi no tenía tinta. Mientras comparaba la formación mágica terminada con la pila de explicaciones detalladas que le había dado Aldo, comenzó a tomar notas.
Aldo, de pie a un lado, lo observaba, dándole consejos de vez en cuando. Él era muy apto para ser un buen maestro; cualquier explicación que daba era concisa y clara.
Gal ayudó a Louis a entrar a la tienda para que descansara un rato, y luego se acercó a escuchar también. Vio las notas de Evan y asintió hacia Aldo.
—Muchas gracias, Excelencia. Comparado con usted, como instructor yo dejo mucho que desear.
—No es nada. —Aldo lo miró y dijo con indiferencia—: Puedo concederle un permiso especial para que asista a mi clase de formaciones mágicas. No cualquiera puede sentarse a dibujar una formación que toma varias horas, e incluso días o años.
Evan nunca esperó recibir un elogio tan raro, ¡y menos proveniente de este hombre! ¡Un elogio de tal magnitud valía por diez! Levantó la cabeza emocionado, como un perro grande moviendo la cola de un lado a otro.
—Por supuesto —añadió Aldo con frialdad—, tampoco es que a todo el mundo le tome tanto tiempo dibujar una formación mágica.
Un balde de agua fría cayó con estruendo sobre la cabeza de Evan, e incluso a Gal le tembló la comisura de los labios.
—Por cierto, nosotros, es decir, Carl y yo —Aldo miró a Carlos, que estaba sonriendo resplandeciente a lo lejos, quién sabe diciendo qué, y le dijo a Gal—, probablemente nos mudaremos en un tiempo. Siento mucho las molestias que les hemos causado durante todo este tiempo; serán bienvenidos a visitarnos cuando quieran.
Claro que si no vienen a molestarnos, mucho mejor.
La sonrisa de Gal se congeló en sus labios, y luego preguntó en voz baja:
—¿A dónde se mudan?
—A las ruinas de la antigua Mansión Flaret. —dijo Aldo, y al mirar a Carlos, una suave sonrisa apareció involuntariamente en su rostro—. Al fin y al cabo, ese siempre ha sido su hogar.
Gal se quedó en silencio. Usando el sentido común, sabía que no era posible que el “pobre diablo” de Carlos hubiera comprado esa propiedad. Como era de esperar del Gran Arzobispo Aldo, cada uno de sus movimientos tocaba directamente los puntos débiles de Carlos.
Gal solía creerse inteligente, pero nunca se había dado cuenta de cuán lejos llegaba la mirada del Gran Arzobispo Aldo cuando abría los ojos. Parecía que, además de Carlos, ya había previsto hace mil años todo lo que sucedería mil años después. Todo lo que hacía era como mover piezas de ajedrez; parecían acciones desconectadas, pero al unirlas, se descubría que formaban un tablero completo.
Se aprovechó del hechizo prohibido de los Christo para encerrar a Satanás y construir perfectamente una Barrera con la energía oscura como núcleo. Esto separó a los Christo del arte del equilibrio del que dependían para sobrevivir y los fue debilitando constantemente a lo largo de este milenio. De tal forma que, mil años después, el Gran Sacerdote Christo no tendría otra opción más que renovar su alianza. Y a medida que la Barrera cumplía su función, los Difu disminuían y la energía disponible para el núcleo de la Barrera se iba agotando. Sería justo en este momento cuando él volvería a aparecer para perpetuar la Barrera… y, al mismo tiempo, perpetuar el Templo.
Despertando a las personas que vivían pérdidas en su mundo de paz y comodidad, para transmitir el espíritu caballeresco del Templo de hace mil años como si fuera la chispa de un fuego.
—¿Lo cuidarás bien? —preguntó Gal.
Aldo negó con la cabeza.
—¿Acaso no te has dado cuenta de que él es el que no necesita que lo cuiden? Puede vivir perfectamente, sin preocupaciones y divirtiéndose por su cuenta, sin necesidad de tener a nadie en su vida. Yo… yo soy el que no puede… no puede separarse de él.
Gal dijo con un ligero tono punzante.
—¿En serio? Pero yo creía que Su Excelencia el Gran Arzobispo nunca falla en conseguir lo que quiere.
Aldo aceptó su “elogio” sin ninguna cortesía.
—Gracias, pero creo que, efectivamente, así es.
—Pero Carl no es tu trofeo —dijo Gal con frialdad—. Si haces que sufra, me reservo el derecho de ir a buscarlo en cualquier momento.
¿Oh? ¿Es esto una demostración de fuerza?
Aldo arqueó una ceja y respondió de manera tan diplomática como incisiva.
—Creo que si el conde Charles Flaret estuviera vivo, diría exactamente lo mismo que tú. No me extraña que Carl siempre piense que te pareces a él.
—A nadie le gusta ser el reemplazo de otro, ni siquiera de su propio antepasado —replicó Gal. Siguió la mirada de Aldo y vio a Carlos con los brazos llenos de vendas y medicinas que Amy le había dado, siendo enviado a ayudar a vendar a los cazadores con heridas leves. El hombre lanzó un rollo de vendas al aire y lo atrapó, haciéndole una gran mueca a Amy.
—Pero por él, estoy dispuesto a ser quien sea. —Dijo Gal.
Al escuchar esto, Aldo asintió con tranquilidad.
—En su nombre, te lo agradezco.
Los puños de Gal se cerraron con fuerza y luego se aflojaron. Intentó aparentar que no pasaba nada y bajó la vista hacia Evan; este último estaba temblando de miedo por la repentina y tensa atmósfera entre ellos.
—Lo siento mucho, Evan, yo personalmente no soy muy experto en formaciones mágicas. —Gal logró esbozar la “amable” sonrisa que debe tener todo instructor—. Me alegro mucho de que Su Excelencia Aldo esté dispuesto a orientarte, espero que valores la oportunidad y aprendas más.
Evan asintió sin entender muy bien qué pasaba.
Gal se echó al hombro su Espina de la Aurora y caminó hacia Carlos, que a lo lejos intentaba envolver la mano de un cazador como si fuera un bollo relleno.
—Esa herida solo necesita una curita, ¿estás seguro de que no lo estás torturando a propósito?
El pequeño Insignia de Oro que acababa de ser salvado y que estaba enojado pero no se atrevía a decir nada, miró a Gal con lágrimas en los ojos.
—¿Una curi-qué? —Carlos preguntó confundido.
Gal sacó los suministros médicos modernos del botiquín de emergencia, logrando que el provinciano Carlos soltara exclamaciones de asombro.
Descansaron en el mismo lugar por menos de una hora. Louis, que aún tenía el rostro pálido pero se veía notablemente mejor, salió de la tienda de campaña y le preguntó a Carlos:
—¿Aún tenemos que seguir avanzando?
—Dejemos que descansen un rato más, y tú también. —Carlos levantó su mano, que a pesar de no tener ninguna herida, tenía tres curitas en un solo dedo, y se sacudió la nieve del cuerpo—. El camino que sigue es muy difícil.
La batalla de la noche anterior había sido tan brutal que casi no encontraron grupos grandes de Difu en el camino posterior. A medida que subían por la Montaña de la Sombra Absoluta, los cazadores, que antes se emocionaban por medio día al ver el cadáver de un Difu de nivel Demonio, se volvían cada vez más impasibles. La élite demostró su valía con su extraordinaria capacidad de adaptación y pronto se acostumbraron a este modelo de combate.
Lo realmente difícil era la propia Montaña de la Sombra Absoluta.
Después del mediodía, tras cruzar un valle hundido, la temperatura que ya estaba bajo cero se desplomó drásticamente. Carlos llevó a todos a detenerse en una cueva rocosa detrás de la ladera de la montaña; su rostro ya estaba un poco azulado por el frío.
—Descansemos aquí. —Sus dientes castañeteaban y su voz sonaba un tanto confusa—. No se duerman, saquen todos los equipos de calefacción que tengan y úsenlos. Los que puedan comer, aprovechen ahora para comer mucho, cosas con mucha energía.
Este lugar claramente no era el más adecuado para descansar.
—¿Qué hay más adelante? —preguntó Aldo,
—El Glaciar del Frío Extremo… Y, Leo, pase lo que pase, no puedes volver a usar esas flechas que disparas y hacen mucho ruido, podrían provocar una avalancha. —Carlos se quitó los guantes y se frotó las manos. Recitó un hechizo y una llama de color azul zafiro se encendió en su palma.
Las personas cercanas pudieron sentir de inmediato el calor que irradiaba esa llama. Carlos repitió el hechizo de nuevo, la llama creció y poco a poco se extendió por el aire, envolviendo todo su cuerpo en una fina película azul.
—Recuerden esto. —Carlos usó el dedo para marcar en la nieve la pronunciación y la pausa del hechizo—. Los que no sean buenos con los hechizos, empiecen a practicar ahora mismo. Si no usan esto, no se me ocurre cómo van a poder atravesar ese lugar.
Amy tanteó con la mano para introducirla en esa película azul y abrió los ojos de par en par.
—¿Qué es esto? ¿Un aire acondicionado automático? ¡Es increíble!
La película emitió un suave chasquido y se hizo pedazos en el aire, desapareciendo del cuerpo de Carlos, lo que lo hizo temblar de frío de forma violenta:
—Créame, señor, esté aire acondicionado es muy pesado; no podría soportarlo ni por veinte minutos.
Rompió el envoltorio de un nuevo pedazo de carne seca con los dientes. Con el frío, la carne estaba dura como una piedra y se notaban las especias ligeramente picantes. Sin embargo, las lenguas de las personas estaban tan entumecidas por el frío y los músculos de sus mandíbulas eran tan poco ágiles que comer se había convertido en una tarea muy difícil. Carlos sintió que esa cosa dura y fría le raspaba el esófago al bajar y le dijo a Evan con cara de llorar:
—En este momento echo infinitamente de menos esa sopa espesa que haces tú.
El señor Guolado, a quien habían tomado como cocinero, de repente sintió el peso de una profunda misión sobre sus hombros.
—Definitivamente debo volver vivo. —Prometió solemnemente—. Dios mío, ¡pensé que preferías la comida rápida basura para evitar comer lo que yo cocinaba!
A Carlos los ojos se le llenaron de lágrimas, casi por el viento helado.
—¡Si no llegas a ser un cazador, seguro serás un excelente cocinero!
Evan sintió que, después de tantos años, por fin había encontrado a alguien que lo entendía.
—En realidad, también soy bueno arreglando cosas viejas y cosiendo ropa sencilla. Cuando mi madre me envió al Templo en aquel entonces, me sentí tan triste, ¡porque mis sueños se habían roto! Sabes, ¡podría haberme convertido en un experto en tareas domésticas y tener mi propia compañía!
—Sí, sí, y yo siempre soñé con ser cantante, pero… —dijo Carlos.
—Pero ese sueño se rompió desde que naciste. En serio, querido, ni siquiera a un Elfo Oscuro se le antojaría tu garganta. —Aldo terminó de estudiar ese hechizo corto y conciso.
A simple vista, se dio cuenta de que Carlos lo había modificado por su cuenta a partir de un hechizo de ataque. Algunas de las palabras de los hechizos transmitidos históricamente no tenían ninguna utilidad real, como la “dedicatoria” oculta al principio, que los antiguos agregaban para expresar temor a los dioses. Los cazadores, que solo sabían repetir como loros, habían olvidado esto. En cambio, los hechizos originales creados por Carlos no incluían esas redundancias.
—¿No se puede mejorar este hechizo? El consumo de resistencia y vitalidad es demasiado grande, no estoy seguro de cuántos podrán aguantar por veinte minutos.
—Si fuera un hechizo de ataque, por supuesto que se podría mejorar. El problema es que ahora se usa para mantener el calor, y la intensidad debe controlarse con mucha precisión. Tienes que resistir la erosión del frío, pero también tener cuidado de no pasarte y asarte como un pollo quemado. Poder pensar en algo así en un momento en que estaba al borde de la vida o la muerte, ya fue producto de mi ingenio… no es tan fácil como tú crees.
—Está bien, está bien. Eso de que cantas mal no lo dije en serio… bueno, al menos a mí me gusta mucho, aunque tal vez no cumpla con los estándares estéticos del público general. —Aldo se rió.
Carlos, con una expresión de “¿Acaso crees que soy fácil de engañar?”, replicó con desdén:
—¿Acaso eso tiene alguna diferencia esencial con lo que dijiste antes?
—Bueno, ustedes dos… ¿Qué tan largo es exactamente el Glaciar del Frío Extremo y qué tan baja es la temperatura? —Los interrumpió Louis.
—Vi a un hombre que era incluso más alto y fuerte que yo —dijo Carlos—. Dio seis pasos sobre el glaciar, y luego su cuerpo entero quedó congelado y una ráfaga de viento lo arrojó al acantilado. El Glaciar del Frío Extremo no es muy largo, quizás en terreno plano podrías correr a través de él en cinco minutos, pero tiene menos de un metro de ancho y la capa de hielo es tan lisa como un espejo.
Todos los cazadores que murmuraban practicando el hechizo se detuvieron y miraron a Carlos estupefactos.
El hombre de ojos verdes se encogió de hombros.
—Verán, no tengo el talento para ser un bardo, porque nunca aprenderé a hablar exagerando. Esto es real. Para ser exactos, ese hombre dio cinco pasos y medio; no pudo asentar el sexto paso.
—¿No podemos tomar un desvío? —preguntó Gal.
—Se puede —respondió Carlos—, pero la ruta por la que los llevo es la más segura y fácil de atravesar. Si alguien tiene curiosidad, podemos intentar otra ruta cuando regresemos.
El entusiasmo de los cazadores por practicar el hechizo aumentó inmediatamente en un gran porcentaje. Al mismo tiempo, el consumo de alimentos también se hizo más grave. Carlos se dio cuenta de que al decir “veinte minutos” los había sobrestimado; Amy solo aguantó menos de siete minutos antes de tambalearse. Su visión se oscureció, sus extremidades comenzaron a entumecerse y su rostro se quedó pálido.
Esos eran síntomas de hipoglucemia. Alguien lo agarró del brazo y rápidamente le metió un trozo de chocolate en la boca.
Pasaron tres minutos enteros para que Amy pudiera ver con claridad que la persona que lo sostenía era Louis.
Louis examinó su mala cara por un momento, sacó todo el chocolate que llevaba en el bolsillo y se lo entregó a Amy.
—Supongo que si mantienes esto en la boca todo el tiempo, tal vez te sientas mejor.
—Oh… —El rostro de Amy seguía pálido, pero sonrió débilmente—: Me metiste un caramelo en la boca y no aproveché para lamerte los dedos, qué…
La expresión seria de Louis no cambió en absoluto, e interrumpió a Amy diciendo.
—Creo que, pensándolo bien, sería mejor que te quedes aquí, ¿no?
Amy se quedó pasmado.
—Lo que hay más adelante es demasiado peligroso para ti. —Dijo Louis siendo pragmático—. Personalmente considero que sería mejor que te quedes.
—No. —Amy retrocedió un paso, se apoyó contra la pared y se metió otro trozo de chocolate en la boca—. Si ocurre un accidente, sin un sanador, ¿quién se hará cargo? ¿Carlos? ¿Estás seguro de que todos tienen la increíble vitalidad de Su Excelencia Aldo como para no haber muerto bajo sus “cuidados” en todos estos años? Además, él no está familiarizado en absoluto con la medicina moderna, es imposible que cuide de todos ustedes.
Louis frunció el ceño.
—Y además… Dijiste que me protegerías, ¿no es así, Sacerdote?