« Capítulo 86: Un Amor Común »

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

Pei Tingsong despertó y, para su sorpresa, descubrió que había derramado algunas lágrimas. Le dio vergüenza. Se habían quedado dormidos abrazados, pero durante la noche cambiaron de posición, de estar frente a frente a Pei envolviendo a Fang Juexia desde atrás, con el brazo extendido debajo cuello su como una almohada.

Eran como dos pétalos inseparables dentro de un capullo, pegados el uno al otro.

Fang Juexia seguía profundamente dormido, y Pei Tingsong logró retirar su brazo con cuidado sin despertarlo. Al levantarse, vio una pequeña mancha húmeda en su almohada. La frotó con los dedos y, al final, simplemente la volteó para ocultarla, fingiendo que nada había pasado.

Tenía hambre. No había podido comer nada en el avión, y ahora el apartamento estaba tan vacío como su estómago. Así que se vistió, se puso una gorra y tapabocas, y bajó a la calle. Después de dormir dos o tres horas, del atardecer a la noche, los supermercados ya estaban cerrados. Solo le quedaba comprar algo en una tienda de conveniencia.

Pei Tingsong, desde pequeño, casi nunca había tenido el instinto de cuidar a otros. Siempre eran los demás quienes lo cuidaban a él. Algunos por amor, como su abuelo y otros por trabajo.

Pero, al entrar a la tienda, lo único en lo que podía pensar era en Fang Juexia. Al llegar a la sección de snacks, se preguntó: ¿Qué le gusta comer a Fang Juexia? Parece que le gustan los dulces. Así que compró varios tipos de caramelos, especialmente aquellos con una etiqueta que decía ‘Hot’ en letras pequeñas, y los echó todos en la canasta.

Hasta la leche Wangzai, que antes le parecía empalagosa, ahora se convertía en su primera opción.

Como no había frutas ni verduras frescas en la tienda, Pei Tingsong solo pudo comprar ensalada y oden. Al pagar, el empleado le dijo: “¿Quiere probar nuestra edición limitada de verano? Es un granizado de café, sabe muy bien.”

“Si lo tomo de noche, no podré dormir” respondió Pei Tingsong sin pensar.

“Ah… cierto” el empleado rio incómodo y siguió cobrando. Pero entonces, Pei Tingsong agregó: “Llevare dos, por favor.”

Total, aunque despierte sin saber qué hora es, de todas formas no podría volver a dormir.

Al salir de la tienda de conveniencia cargado de bolsas de snacks, Pei Tingsong notó una floristería a un lado. ¿Cómo nunca la había visto antes, si llevaba viviendo aquí tanto tiempo?

La dueña, una mujer de mediana edad, arreglaba meticulosamente unos ramos en el interior. Su expresión concentrada y cuidadosa le recordó instantáneamente a Fang Juexia, quien pasaba tardes enteras agachado en el pequeño balcón de su departamento. Aunque odiaba ensuciarse, no dudaba en mancharse las manos de tierra por sus plantas, para luego lavárselas por quince minutos.

Al ver a un joven alto parado frente a la puerta por varios minutos, la florista no pudo evitar preguntar: “¿Quiere comprar flores?”

Al principio, Pei Tingsong no tenía la intención, pero al distinguir entre los ramos uno con  lisianthus en el centro, asintió.

“¿Qué busca? ¿Necesita recomendaciones?” preguntó la mujer con voz suave mientras continuaba arreglando las flores. “¿Es para regalar?”

No parecía reconocerlo, quizás porque Pei Tingsong iba completamente cubierto con gorra y mascarilla.

“Sí” respondió él, acercándose para mirar fijamente el ramo.

“Se nota que es para su novia” dijo la florista con una sonrisa. “¿Qué le parecen las rosas? Las de esta temporada y las dalias rosadas están preciosas. ¡Ah, también tenemos nardos!”

Pei Tingsong negó con la cabeza y señaló directamente: “Quiero esos. Lisianthus blancos. Un ramo grande.”

“¡Ah, le gustan estos!” La florista, encantada, sacó más lisianthus frescos de lo que podía sostener, hasta que Pei Tingsong dijo suficiente.

“Son flores maravillosas. Bonitas y resistentes pueden durar más de diez días solo con agua. No son nada delicadas.”

Justo como Fang Juexia. Hermoso, pero no  frágil.

“Le pondré un moño. A su novia le encantará.”

Al pagar, Pei Tingsong detuvo a la florista: “No es necesario. Así está bien. Mi novio sabe cómo arreglarlo.”

Dicho esto, salió cargando un ramo tan grande que casi lo tapaba por completo, dejando a la confundida florista preguntándose si había dicho «novio» o «novia».

En la calle, una anciana vendía las últimas verduras que le quedaban que eran unos tomates, calabazas y lechugas. Pei Tingsong ya había pasado de largo, pero dio media vuelta y compró todo, instándola a que regresara pronto a casa.

Al subir al ascensor, exhausto, dejó todas las bolsas en el suelo excepto el ramo de flores, que siguió abrazando con cuidado.

Al llegar al departamento, dejó todo en la cocina y, tras cambiarse de zapatos, se dirigió directo al dormitorio. Como esperaba, Fang Juexia seguía dormido, pero al escuchar el ruido, levantó ligeramente la cabeza entre sueños, con los ojos entrecerrados como un polluelo recién caído de un nube.

Por un momento, olvidó que él y Fang Juexia eran compañeros de un grupo masculino, olvidó los escenarios deslumbrantes y los flashes. Eran simplemente una pareja común en la ciudad, viviendo y amando de manera ordinaria, con el aroma de la vida cotidiana impregnando sus días.

“¿Despierto?” Pei Tingsong se acercó y se inclinó sobre él, dejando un beso en su mejilla izquierda y luego en la derecha. Fang Juexia emitió un suave quejido, estirando perezosamente los brazos en el aire antes de dejarlos caer sobre los hombros de Pei Tingsong. Este había traído consigo un ligero aroma a lluvia, mezclado con el olor a salvia de su ropa, un aroma que se sentía como el verano.

“Saliste” dijo Fang Juexia, frotándose los ojos. “¿Adónde fuiste?”

“Solo bajé un rato a comprar algunas cosas” respondió Pei Tingsong, a quien le encantaba verlo recién despertado, suave por el calor de las cobijas y con las mejillas sonrosadas.

Fang Juexia no era de quedarse en la cama, así que se levantó mientras hablaban. Al salir, vio las flores sobre la mesa y todas las cosas que Pei Tingsong había comprado. Aunque sabía que Pei Tingsong era un joven maestro, no pudo evitar reírse: “¿Para qué compraste tantas flores? Ni siquiera tenemos suficientes jarrones para todas.”

“¡Claro que hay suficientes!” Pei Tingsong abrió un gabinete en la cocina lleno de vasos de cristal limpios y bonitos, sacándolos uno por uno con actitud desafiante. “Todos estos pueden usarse. Tengo suficientes vasos para las flores.”

Fang Juexia se rio de su inmadurez, pero Pei Tingsong siguió hablando: “Y si no, también está el fregadero.”

“¿Y la piscina también?” Fang Juexia recordó la historia de el asesinato del pez en la piscina que Pei Tingsong le había contado antes de dormir.

“¡En fin, yo puedo mantener estas flores! ¡Son todas mías!”

“De acuerdooo” Fang Juexia alargó la palabra con un tono dulce. Al ver las verduras que Pei Tingsong había comprado, algunas ya marchitas y no muy frescas, no preguntó por qué las había elegido. En lugar de regañarlo, las lavó y dijo: “Hagamos una sopa de verduras.”

“¡Sí!” Pei Tingsong comenzó a arreglar sus flores, separándolas una por una y sacudiéndolas suavemente. Los capullos temblaban en sus tallos, frescos y vibrantes, sin aroma pero hermosos en su pureza.

Fang Juexia, que siempre había sido bueno cocinando, cortó los tomates y la calabaza en rodajas finas, las echó en la olla con una cucharada de sal y finalmente agregó la lechuga lavada. Era una lástima no tener huevos; habrían dado un mejor sabor.

Sopa caliente, granizado, oden y ensalada, una combinación extraña y casual, pero ambos comieron con gusto. Fang Juexia dejó el granizado para el final. Al tomar un sorbo, ya medio derretido, el frío le hizo castañear los dientes.

“Está delicioso” dijo sonriendo, con los labios enrojecidos por el frío, más hermosos que las rosas de la floristería.

Después de comer, Pei Tingsong se ofreció a lavar los platos, aunque estuvo a punto de romper uno en su torpeza. Fang Juexia, sentado en la mesa grande, podó los lisianthus y los colocó en todos los vasos disponibles.

Las flores terminaron en cada rincón de la casa: la mesa, el sofá, la entrada, el estudio, la mesita de noche e incluso el baño. El apartamento vacío cobró vida con las flores.

Pei Tingsong le confesó que había fingido estar enfermo para que pasaran dos días juntos. Fang Juexia aceptó, riéndose: “Entonces no podemos salir. Hay demasiados ojos afuera. Aquí adentro es lo más seguro, como una pequeña pareja que se escapó y se esconde.”

A Pei Tingsong le encantó esa comparación.

Querían ver el programa de variedades de Lu Yuan, pero no tenían televisor. Pei Tingsong sacó un proyector del estudio: “¿Vemos una película?”

Fang Juexia aceptó, aunque dudaba si podría verla bien. Mientras buscaba en las bolsas un caramelo de frambuesa, se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, observando cómo Pei Tingsong luchaba con el proyector que claramente nunca había usado.

Finalmente, Pei Tingsong lo logró. La imagen se proyectó en la pared blanca. “¿Puedes verla bien?”

El proyector era bastante bueno, con una imagen brillante. Fang Juexia, con el caramelo en la boca, asintió: “Sí. ¿Qué película es?”

Kill Your Darlings ” dijo Pei Tingsong. Cada vez que Pei Tingsong hablaba en inglés, el final de cada frase resonaba especialmente bien. Aquella vibración en el pecho siempre hacía que Fang Juexia sintiera un hormigueo.

El título sonaba a película de arte, pero también a thriller sobre asesinatos. Fang Juexia le hizo señas a Pei Tingsong, dando dos palmaditas en el sofá para indicarle que se apresurara.

“Ahora mismo, voy a preparar algo de beber.”

Usó los dos últimos vasos que quedaban en el departamento. Sacó una botella de Baileys del armario de licores y lo mezcló a partes iguales con leche Wangzai. Dio un sorbo: dulce sobre dulce. A Fang Juexia le encantaría.

Para sí mismo, sirvió media medida de ron con media de Coca-Cola. Pei Tingsong no era de mucha tolerancia con el alcohol, pero ocasionalmente bebía un poco. Cuando estaba semiembriagado, su mente generaba fantasías aún más disparatadas al escribir.

De vuelta en el sofá, hombro con hombro, Fang Juexia resultó ser el menos callado durante la película. Era un filme sobre literatura, poesía y la «Generación Beat», temas que Fang Juexia no dominaba. Cada vez que el apuesto protagonista recitaba un poema, Fang Juexia volvía la mirada hacia Pei Tingsong.

“Eso es de «Trópico de Cáncer» de Henry Miller” explicaba Pei Tingsong antes de darle un beso. “También fue parte de la Generación Beat, un profeta de la liberación sexual. En mi estudio tengo su ‘Trilogía de la pasión’, novelas eróticas.”

“Liberación sexual…” Fang Juexia repitió en voz baja, las palabras sonando melosas por el caramelo en su boca.

Su educación y entorno habían sido completamente distintos a los de Pei Tingsong. Por eso nunca podía, como él, mencionar con naturalidad términos relacionados al sexo o lo erótico. Su voz sonaba vacilante, sin convicción: “No me extraña que en sus poemas aparezca la palabra cock…”

Pei Tingsong soltó una risa al oírlo y lo provocó con sus propias palabras de aquella vez en el hotel: Gege, ¿Cómo se dice cock en chino?

El rostro de Fang Juexia se sonrojó al instante. Había estado recostado sobre él, pero ahora se incorporó de golpe.

“No sé” mintió.

Pei Tingsong se rio, pero no insistió. Volvieron a sumergirse en la trama. Fang Juexia observaba en silencio, soltando ocasionalmente comentarios sin entonación, como si estuviera afirmando hechos: “Allen realmente quería mucho a Lucien.”

“¿Por qué lo dices?” Pei Tingsong tomó un sorbo de su Cuba libre y le pasó la mezcla preparada para Fang Juexia.

Este bebió un gran trago. Al principio ni notó el alcohol; solo sabía a leche chocolatada. “Mira cómo lo mira. No importa lo que Lucien diga o haga, Allen siempre lo mira así.”

Ese así era una descripción interesante.

“Eres muy perspicaz” Pei Tingsong le tomó la barbilla para girar su rostro hacia él. La luz del proyector creaba un aura sobre sus facciones esculpidas. Sus palabras sonaban aún más seductoras que las de Lucien en la película.

“Entonces, ¿no deberías haberte dado cuenta antes de que me gustabas?” Los ojos de Pei Tingsong parecían un lago inquieto. “Yo también te miraba así 

El caramelo en su boca se había derretido en un tercio.

El aroma a frambuesa y el chocolate embriagaron a Fang Juexia.

“No me di cuenta” respondió Fang Juexia con honestidad.

En la proyección, Lucien se recostaba sobre las piernas de Allen, besando los dedos que acariciaban su rostro. En el sofá, Pei Tingsong extendió su mano y atrapó el delgado palito blanco del caramelo que sobresalía de los labios de Fang Juexia, girándolo entre sus dedos.

Un planeta de frambuesa dulce, rotando lentamente en un universo húmedo y suave.

La atmosfera nebulosa de deseo que surgía fluía por su garganta, incendiando sus entrañas.

“¿Por qué?”

Porque él también había mirado a Pei Tingsong así. ¿Cómo iba a darse cuenta, cuando cada fibra de su ser estaba llena de Pei Tingsong? Fang Juexia encontró la respuesta en su corazón y, con los dientes, partió la esfera de caramelo que se hacía cada vez más pequeña.

Amar ciega, porque solo vemos el fervor que sienten por el otro.

El planeta explotó, llenando su boca de fragmentos. Su lengua necesitaba ser rescatada, y Pei Tingsong acudió. Lo rodeó con sus brazos y le dio un beso complejo bajo la luz proyectada.

Recordó una línea reciente de la película: «Es complicado», decía Allen.

«Perfecto, adoro lo complicado», respondía Lucien.

A Fang Juexia no le gustaba lo complicado. Prefería las cosas simples, aquellas que podía resolver con lógica. La única complejidad que amaba era Pei Tingsong, y todo lo relacionado con él.

Lo simple no podía contenerlo. Pei Tingsong era atractivo precisamente por su complejidad.

Ron, saliva dulce, burbujas de coca cola, el pliegue interior de las mejillas, frambuesa y Baileys, las pequeñas papilas gustativas, leche, dientes suaves. Los fragmentos de caramelo eran empujados de un lado a otro, perdiendo su filo hasta derretirse en una forma redonda, pegándose a labios y lenguas, a respiraciones que se hacían más profundas.

Los versos de la película eran el acompañamiento perfecto.

[“Cuidado, no estás en el país de las maravillas
Escuché que una extraña locura ha crecido en tu alma por mucho tiempo
Pero eres afortunado, porque tienes arrogancia, te aíslas
Los que sufren como tú pueden encontrar amor escondido
Dar, compartir, perder
Al menos no morirán sin haber florecido”]

Fang Juexia sí estaba en el país de las maravillas. No podía prestar atención. Sin darse cuenta, había caído sobre el sofá como una vela blanca derretida. Una de sus largas piernas, pálidas como el mármol, volcó el vaso de agua en el piso, derramando los lisianthus y esparciendo el líquido.

Su cabeza comenzó a dar vueltas. El medio vaso de Baileys estaba haciendo efecto, calentando todo su cuerpo. Pero no estaba borracho, seguía consciente. Entre besos, Pei Tingsong le quitó la chaqueta negra con la misma facilidad con que había abierto el envoltorio del caramelo. Y sin embargo, sus bocas seguían llenas de azúcar, tanta que casi no cabía.

Pei Tingsong chupó los labios de Fang Juexia, su pequeño arco de cupido. Su lengua exploró cada rincón de su boca, juguetona, llegando hasta lo más profundo. Fang Juexia comenzó a perder la capacidad de tragar, solo podía abrir la boca y aceptar la invasión.

El beso se prolongó tanto que, cuando el caramelo se hubo derretido por completo, Fang Juexia estaba al borde del derretimiento también.

Azúcar y saliva se mezclaron, resbalando por la comisura de sus labios, brillando bajo la luz de la película más que la Vía Láctea. Las manos de Pei Tingsong ardían, volviéndose cada vez más audaces, dejando su calor en cada lugar que tocaba. El rescate fue interrumpido; se separó un momento para mirar a Fang Juexia.

Esa belleza blanca bajo la luz tenue incluso describirla como seductora habría sido una profanación.

“¿Ya no la vas a ver?” preguntó Fang Juexia desde el sofá, su mirada suave. “Solo va a la mitad.”

Pei Tingsong se inclinó y lamió el rastro de caramelo en su boca desde abajo hacia arriba, como un animal.

“La segunda mitad no es buena.”

La poesía no miente.

Era cierto. Se había enamorado de la extraña locura en el alma de Pei Tingsong.

“Bueno, entonces no la veamos.”

Pei Tingsong lo levantó en brazos, llevándolo del living al dormitorio, depositándolo en la cama con la delicadeza de una joya sobre terciopelo. Su torso pálido contrastaba hermosamente con las sábanas oscuras. Solo de mirarlo, Pei Tingsong sentía arder. Se quitó la camisa con una mano y volvió a besarlo.

Sus besos solían ser tiernos, lentos, explorando cada centímetro. Cuando su lengua entraba, no era con fuerza, sino juguetona, enredándose con la de Fang Juexia antes de robarle hasta el aliento.

De pronto, Fang Juexia sintió miedo. Entre besos, murmuró el nombre de Pei Tingsong: “¿Nosotros vamos a… vamos a…?

“¿A hacer qué?” Pei Tingsong terminó la pregunta por él. “No lo sé, ¿tú qué crees?”

Si él no lo sabía, ¿Cómo iba a saberlo Fang Juexia?

Pero otra voz en su cabeza susurraba: Sabes lo que quieres. Deja de fingir.

Inclinándose, Pei Tingsong envolvió con su boca el pezón ya erecto de Fang Juexia, sus labios calientes apretándolo como un colibrí hambriento bebiendo néctar.

“No chupes” Fang Juexia agarro el pelo de Pei Tingsong.

“Pero te gusta” Pei Tingsong seguía siendo ese niño directo que sabía exactamente cómo complacerlo. “Te encanta que la haga en círculos.” Y siguiendo sus palabras, su lengua húmeda giró con destreza, hasta que Fang Juexia se encogía por completo, hasta que sus dos perlas se enrojecían e hinchaban, temblorosas como adornos colgantes en una cortina blanca.

Pei Tingsong continuó descendiendo, desde los capullos sensitivos hasta los pétalos lisos y planos de su abdomen, dejando pequeños besos que marcaron su piel nívea con un diminuto sello carmesí.

“No dejes marcas” protestó Fang Juexia, cubriéndose con las manos.

“Es verano, gege” Pei Tingsong lamió sus dedos, enseñándole a mentir. “Puedes decir que te picó un insecto. No me molesta.”

Y así, fue dejando picaduras de insecto por todo su cuerpo: hinchadas, rojas, con una comezón que se instalaba en su corazón. Fang Juexia buscó alivio en otro beso, pero Pei Tingsong se negó, mordiendo en cambio el borde de su pantalón de dormir.

Cuando Fang Juexia intentó retroceder, Pei Tingsong lo arrastró de vuelta por las piernas. Finalmente accedió a besarlo, usando ese método para calmarlo, pero sus manos ya estaban tirando del pantalón y la ropa interior que Fang Juexia acababa de ponerse, estos ya húmedos. Fang Juexia lo notó, pero no se atrevió a decirlo en voz alta.

Esa era la verdadera razón por la que intentaba escapar.

“¿Lo quieres?” Pei Tingsong mordisqueó su labio inferior. “¿Puedes hacerlo?”

Para Fang Juexia, los besos eran como una droga alucinógena: mientras lo besaran, el miedo desaparecía. “¿Tú… lo quieres?” preguntó, su voz entrecortada.

Esa inocencia era devastadora. Los ojos de Fang Juexia —que tantos malinterpretaban como fríos— brillaban húmedos, más que un caramelo bañado en saliva. Pei Tingsong rompió el beso y se lamió los labios: “Lo he deseado desde el primer día que te amé. Cada vez que te besaba, pensaba en esto.”

El corazón de Fang Juexia latía a toda velocidad. Sus manos aferraban las sábanas con fuerza mientras amenazaba sin fuerzas: “Cállate… estás… soñando.”

Por supuesto, Pei Tingsong no calló. Al contrario, intensificó el juego: “Gege, en mis sueños ya te he poseído cientos de veces.”

Fang Juexia no pudo soportarlo y cerró los ojos: “Pei Tingsong, tú…”

“Así que sálvame, ¿sí?” Pei Tingsong se aplastó contra su cuerpo como una montaña derrumbándose, besándolo con adoración. “Toma mi primera vez.”

Entonces, citó la línea de la película: [“Amo las primeras veces. Ojalá mi vida estuviera compuesta solo de primeras veces.”]

Fang Juexia, con el rostro ardiente por la falta de aire, murmuró: “…Esa frase no significa eso.”

“¿Quién sabe? Para mí sí” Pei Tingsong atrapó su labio inferior entre los dientes, tironeándolo antes de soltarlo. “¿La quieres? Mi primera vez.”

Aunque Fang Juexia debería ser el pasivo, Pei Tingsong le arrojó esta papa caliente con una solemnidad que lo convertía en algo precioso.

“Dilo. Si lo dices, te besaré muchas veces” murmuró mientras besaba su nuca, la línea de la mandíbula, los dedos jugueteando con sus pezones. Fang Juexia se estremecía especialmente cuando le besaban el cuello.

Al final, Fang Juexia cedió. Nunca podría rechazar cualquier forma de amor o solicitud que viniera de Pei Tingsong.

“Sí, quiero” susurró, casi inaudible.

Fang Juexia lo decía en serio. Y Pei Tingsong también. Sacó del cajón de la mesita un lubricante y condones sin abrir, rompiendo el envoltorio con urgencia.

“¿Cuándo compraste esto?” preguntó Fang Juexia, mareado y débil, recostado contra las almohadas. “¿Qué es?”

“Hace mucho tiempo, solo esperaba que vinieras. Profesor Fang, ¿no preparaste la lección? Parece que no sabes nada.” Pei Tingsong se inclinó para besarlo mientras sus manos seguían en movimiento, exprimiendo una porción de lubricante en su palma.

“¿Dónde va esto? Enséñame.”

El cuello de Fang Juexia se enrojeció, rígido como un tallo floral. “Ahí…”

Pei Tingsong volvió a tomar su pezón entre los labios. “Dímelo, así sé qué hacer después.”

La respuesta escapó entre sus dientes, casi inaudible. “Abajo…”

“Abajo”, repitió Pei Tingsong, deslizando su mano lubricada hacia la erección de Fang Juexia. “¿Aquí?” Movió su puño con precisión, haciendo que Fang Juexia mordiera su propio labio para ahogar un gemido.

Mientras lo lamía para que soltara su labio, sus dedos continuaron su trabajo, palmeando el sensible glande hasta hacerlo temblar. “¿Es aquí?”

Dominado por el deseo, Fang Juexia negó, luego asintió. “No…”, jadeó.

“¿Qué más hay abajo?” Pei Tingsong fingió inocencia. Sus dedos resbalaron hacia los testículos, masajeándolos hasta llevarlo al borde, antes de descender al anillo virgen que se contraía bajo su tacto.

“Lo encontré.” Besó su cuello mientras su dedo jugueteaba en el umbral, avanzando y retrocediendo como en una danza. “¿Debo entrar, gege?”

Fang Juexia estaba al borde de la locura. Cuando la otra mano de Pei Tingsong comenzó a bombearlo con fuerza, su pene erecto se convirtió en un pistilo tembloroso, vulnerable a cada orden tácita.

“Ah… más lento, Tingsong…”

“No solo gimas.” Pei Tingsong lo besó. “Enséñame.”

Las palabras liberación sexual resonaban en su mente. Fang Juexia ya no resistió. Era una flor dispuesta a ser exprimida hasta la última gota de néctar.

“Adentro… dilátame.”

La orden sonó obscena en su boca. Pei Tingsong obedeció, preguntándole constantemente a Fang Juexia cómo prepararlo, describiéndole palabra por palabra, sus dedos envueltos en un líquido pegajoso se adentraban en el estrecho túnel. Los gemidos de Fang Juexia lo enloquecían haciéndolo sentir calientes en todas partes.

“Es raro… ah, Pei Tingsong, espera…” Entre la estimulación frontal y la penetración, Fang Juexia se retorcía en sensaciones contradictorias.

“¿Duele?” Un segundo dedo se unió al primero. “Dicen que aquí está la próstata, que presionarla da un placer mortal.”

Fang Juexia estaba completamente lleno, negó con la cabeza diciendo que no quería sentir placer. Pero no importó lo que dijera, Pei Tingsong ya estaba explorando por su cuenta, “Te gusta mentir en la cama”.

Fang Juexia negó, pero su cuerpo arqueado como un pez delató la verdad cuando los dedos encontraron el punto.

“Qué buen alumno soy.” Pei Tingsong no se detuvo, lamiendo su pelvis mientras sus manos lo llevaban al éxtasis.

Fang Juexia temblaba como una hoja, sus abdominales marcados se tensaban, resistió durante unos minutos, pero finalmente no pudo más, gimiendo y viniéndose en la cara de Pei Tingsong.

“Mira qué malo eres.” Pei Tingsong mostró su obra maestra. “Límpiame con tu boca.”

Los ojos rojos de Fang Juexia parecían pedir perdón, pero Pei Tingsong simplemente selló sus labios.

Su timidez y tabúes sexuales estaban siendo destrozados poco a poco por Pei Tingsong. Fang Juexia extendió la punta de su lengua y lamió el semen que había manchado, también lamiendo el rostro de su amante.

“Qué obediente.” Pei Tingsong inclinó la cabeza para recompensarlo con un beso. “Mi gege es el más obediente.” Aprovechando el remanente del orgasmo, insertó otro dedo. “¿Sabes? Eso de antes no cuenta como dilatación.”

Fang Juexia jadeó, su voz cargada de vapor caliente. “Entonces, ¿qué fue…?”

“Eso se llama fingering.” Pei Tingsong pronunció una nueva palabra. “Te hice venir con mis dedos, ¿verdad?”

No podía decir que sí, solo parpadeó, sintiendo la nueva exploración de Pei Tingsong. “Tres son demasiados, Tingsong…” Suplicó agarrando su brazo, pero Pei Tingsong fue directo: “Tiene que ser así, o no podrás tragarme y te lastimaría.”

Mientras comenzaba a mover los dedos, Fang Juexia era como un pastel de arroz glutinoso cocido al vapor, permitiéndole pinchar y amasar. Al retirarlos, quedaban hilos pegajosos que lo envolvían, negándose a dejarlo ir. Hasta que Pei Tingsong dijo que era suficiente, que entraría. El corazón de Fang Juexia comenzó a latir violentamente como nunca antes lo había echo.

Tomó un condón, lo abrió y tomó la mano suave de Fang Juexia, persuadiéndolo para que se lo pusiera. El pene erecto e hinchado apuntaba directamente hacia él, como un arma despiadada. El condón estaba demasiado resbaladizo, la frente de Fang Juexia cubierta de sudor, logrando ponérselo solo al último intento.

“Gracias.” Pei Tingsong se inclinó sobre él, besando sus mejillas, susurrando “te amo” repetidamente, diciendo su nombre, llamándolo Juexia.

Luego, sus dedos presionaron las nalgas, separando dos nubes blancas como la nieve y entrando en el cuerpo de Fang Juexia.

Era la primera vez que Pei Tingsong se unía realmente a otro ser humano, a la persona que más amaba.

Fang Juexia sintió que su cuerpo era partido por un rayo de verano. Gritó y quiso esconderse pero sus largos muslos blancos temblaban incontrolablemente.

“No tengas miedo.” Pei Tingsong solo había insertado la enorme punta, pero ya había estirado a Fang Juexia hasta el límite. Solo podía consolarlo: “Gege, no temas, ¿te beso? te daré besitos.” Inclinándose, lo besó profundamente, masajeando sus nalgas para ayudarlo a relajarse.

“Tingsong… ah… me siento mal.”

“Yo también.” El sudor de Pei Tingsong caía. “Estás demasiado apretado, no puedo entrar, me muerdes y duele.”

Al escuchar que le dolía, Fang Juexia, en su confusión, se sintió apenado. Besó el sudor en la sien de Pei Tingsong, esforzándose por relajarse. “¿Así… así está mejor?”

Pei Tingsong entró más profundamente, emitiendo un suspiro de satisfacción. “Gege, ¿puedo moverme?”

Fang Juexia, con los ojos rojos, asintió. La respuesta fue una embestida feroz. Pei Tingsong era como una bestia en celo por primera vez, empujando su cadera profundamente, haciendo gritar a Fang Juexia. Nunca imaginó que el sexo sería así: cada célula de su cuerpo destrozada por Pei Tingsong, generando un placer destructivo.

Los músculos suaves y apretados chupaban a Pei Tingsong, haciéndolo estremecer. Nunca supo que hacer el amor con alguien que amas podría ser tan placentero. Embistió con fuerza. “¿Te gusta, gege? ¿Se siente bien?” Fang Juexia, empujado sin piedad, apenas podía hablar. “Demasiado… profundo… Tingsong, más despacio.”

“¿No te gusta profundo? Estoy dentro de ti, míralo.” Lo empujó contra la cabecera, arqueándolo para que viera. “Mira, me has tragado por completo.”

Esas palabras eran demasiado obscenas y directas. Fang Juexia ardía completamente, empujado sin escapatoria. Pei Tingsong tomó su cintura delgada, tirándolo hacia abajo, enterrándolo más profundamente, moviéndose frenéticamente.

Estaba en la cama, pero también era un barco en una tormenta, empujado a tierra por la marea de Pei Tingsong, luego arrastrado sin piedad al mar profundo del deseo.

“No más, ah, yo… Tingsong, por favor…” Fang Juexia negó con la cabeza, su torso enrojecido anormalmente, el rojo en el rabillo del ojo mezclándose con su marca de nacimiento, como un durazno a punto de romperse. Afuera comenzó a llover nuevamente, haciendo que sus suplicios débiles sonaran aún más patéticos. “Necesito… ir al baño…”

“¿Ah sí?” Pei Tingsong, con malicia, masturbó el pene de Fang Juexia, sonriendo al escuchar su grito. “Nuestro Juexia bebió mucha agua, ¿qué hacemos? No puedo sacarlo.”

“Puedes, Tingsong.” Fang Juexia puso una expresión suplicante, hermosa. “Solo un momento.”

“No puedo separarme de ti ni un segundo.” Pei Tingsong dijo cruelmente palabras de amor, luego levantó a su amante, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, llevándolo al baño. Cada paso era una penetración, incluso más profunda que la anterior.

Era el único punto de apoyo de Fang Juexia, el cuchillo que lo masacraba y también su unica tabla de salvación.

Fang Juexia, casi llorando por las embestidas, no podía soportar más la hinchazón en su pene. Golpeó el pecho de Pei Tingsong. “Suéltame, bastardo, rápido, no puedo más.”

“Cuando estoy bien, soy tu tesoro; cuando no, soy un bastardo.” Pei Tingsong contuvo el sudor que brotaba en su frente y finalmente lo bajó, dejando que sus pies tocaran el suelo. Se separó y giró a Fang Juexia, cuyo orificio húmedo palpitaba como una boca que respira, abriéndose y cerrándose. Las manos de Fang Juexia temblaban; le costó un gran esfuerzo levantar la tapa del inodoro, pero en el instante siguiente, Pei Tingsong lo penetró nuevamente por detrás.

Afuera, comenzó un aguacero. Cada gota golpeaba con fuerza los cristales transparentes, produciendo un sonido claro y repetitivo.

El punto más sensible de Fang Juexia era embestido sin piedad. Sus piernas temblaban, su visión se nublaba. Por un momento, creyó ver al protagonista de la película, blandiendo un cuchillo mientras se ensañaba contra un pecho cálido, manchando todo de rojo.

Kill your darling.

My darling is killing me.

“¡Ah… ah… no… ayuda…”

Líquido.

“Te estoy salvando, justo ahora te salvo.”

Su cintura era fue agarrada, su esbelto torso arqueándose para recibir cada embestida. Era una muralla derribada, lo que caía era su dignidad; lo que se liberaba, su deseo.

“No puedo, voy a morir… Tingsong… Tingsong…”

El líquido se derramaba, goteando como lluvia.

“No estás muriendo”, susurró Pei Tingsong, sintiendo cómo el interior de Fang Juexia se contraía violentamente. Lo abrazó por detrás, su cuerpo ya sin fuerzas, mientras besaba y mordisqueaba el cartílago de su oreja. “Solo te estás orinando de lo mucho que te estoy dando.”

Fang Juexia vio cómo orinaba, su miembro palpitando sin control. Todo estaba sucio, a pesar de que él odiaba la suciedad. Pero estaba demasiado absorto en el placer como para preocuparse por algo tan trivial como la limpieza.

“Tingsong… más rápido… Lo necesito…” Las palabras le salían entrecortadas, distorsionadas por el ritmo de sus cuerpos. Ya no eran pensamientos racionales, ni siquiera sonidos dirigidos a oídos conscientes. Eran puro instinto, el producto crudo del deseo.

Pei Tingsong contuvo el aire entre dientes, al borde del estallido. Su voz era áspera cuando murmuró contra la oreja de Fang Juexia:”¿Cómo es que eres tan bueno seduciéndome, hm?” Cada empujón encontraba ese punto sensible que hacía arder los nervios. “Dime, ¿nadie lo hace mejor que tú?”

“Sí… yo… yo te seduzco…”

Las manos de Pei Tingsong se aferraron con fuerza a sus caderas mientras besaba la marca de nacimiento cerca de su ojo. “Eres tan hermoso… Fuiste hecho para tentarme, ¿verdad?”

Fang Juexia había perdido todo rastro de cordura. “Sí… sí… Quería seducirte… quería que me jodieras… que me— ¡Ah! ¡Ah…!”

Consiguió lo que anhelaba. El chico tres años menor lo llevó más allá del límite—más allá del control, más allá de la dignidad. Todo aquel orgullo por su autocontrol se redujo a polvo. 

El placer era tan intenso que borró todo pensamiento coherente. Gemía sin ritmo, arañando la pared, los dedos de los pies flexionándose contra el piso. Solo le salían palabras rotas e incoherentes: “Ah… no… demasiado profundo… Tingsong… Tingsong…!”

Cuando sintió los músculos internos de Fang Juexia contraerse en espasmos, supo que estaba cerca. Redobló la fuerza, salvaje como una bestia, implacable. Así lo llevó al éxtasis otra vez de pie, mientras el cuerpo de Fang Juexia se estremecía, derramándose entre sus piernas. Pei Tingsong llegó al límite poco después. Fang Juexia lo sintió—el calor, la respiración agitada pegada a su espalda.

“Voy a morir…” La vergüenza lo trituró por completo. Jadeó, apoyándose en Pei Tingsong. “¿Qué me pasa…? ¿Qué… qué fue eso?”

Pei Tingsong le tomó la barbilla y lo besó con ternura mientras se separaban. Entre beso y beso, repetía: “Te amo. Te amo tanto.”

Fue entonces cuando Fang Juexia notó las lágrimas. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba llorando. “Yo también te amo, Pei Tingsong.”

“Lo sé.” Un beso más, esta vez sobre la marca de nacimiento teñida de lágrimas. “El amor es algo extraordinario, ¿no crees?”

Fang Juexia asintió, como devoto que miraba a su amado recitando poesía, creyendo cada palabra que salía de la boca de Pei Tingsong.

Dijo: “Estamos haciendo el amor.”

“Somos grandiosos”

★☆★ ♪ ★☆★ ~●~★☆★ ♪ ★☆★

Nota de la autora:

Después de esta parte cotidiana, volveremos al modo círculo del espectáculo.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x