Capítulo III

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El segundo día del quinto mes del año de la rata de fuego, este señor inmortal bajó a la ciudad de Shangchuan sobre una nube auspiciosa. Una ligera brisa se alzó. Los transeúntes levantaron la cabeza para echar un vistazo, luego se escondieron en sus caparazones y echaron a correr, mientras los vendedores ambulantes se apresuraban a guardar sus mercancías.

Este señor inmortal oyó un grito lejano.

—El cielo está nublado; va a llover. ¡Rápido, recojan y apresúrense a casa!

Los campesinos son poco inteligentes. Este señor inmortal hacía bien en no discutir con gente como ellos.

Mingge Xingjun me guió hasta que estuve flotando sobre la mansión del príncipe vasallo de Ningping de la Comandancia del Este. Señaló un punto en el jardín trasero de la mansión del príncipe y dijo:

—Ese es su cuerpo mortal.

Había una silla reclinable en el jardín; dos niños pequeños la habían rodeado y ahora trepaban sobre una figura tendida. El que estaba inmóvil era Li Siming, el joven señor más joven del príncipe vasallo, y el próximo yo de este señor inmortal. Lo observé con atención. Su mirada estaba vacía; su expresión, en blanco y rígida. La parte superior de su cabeza incluso se hallaba adornada con flores y plantas, cortesía de los dos niños.

—Esa persona… parece un imbécil.

Mingge Xingjun soltó una carcajada seca.

—Ejem. Esa carne mortal fue preparada especialmente para usted. Naturalmente carece de alma hasta que tome posesión de ella, y actualmente solo puede comer, beber, orinar y defecar. Ha llegado el momento. Yuanjun, entre en el cuerpo. Dese prisa, por favor.

Sin esperar a que este señor inmortal dijera otra palabra, empezó a recitar el encantamiento. Con un movimiento de su dedo, una luz dorada se materializó dentro de mi visión y pronto me había propulsado al jardín.

Una sensación familiar de hace miles de años se extendió por todo mi cuerpo. Y así concluyó la exitosa posesión del cuerpo de este señor inmortal.

Después de ser un inmortal ingrávido por milenios, todo me llegó de golpe: la sensación de mis pies en suelo firme, el peso familiar de mis extremidades, el amasijo de sensaciones en mi pecho, los sonidos mundanos inundando mis oídos. Eran, de forma inesperada, tranquilizadores y entrañables. Algo que se retorcía y pesaba trepaba por mi cuerpo.  Abrí los ojos, y lo primero que me recibió fue una carita cubierta de manchas. Un par de ojos giraban en sus cuencas y una boca a la que le faltaban dos dientes mostraba una sonrisa de lo más irritante. Unas pequeñas y sucias manos me acercaron un montón de barro negro a la boca.

—Je, je, tío, sé bueno y cómete esto. Sé bueno y cómete esto.

Yo sonreí y levanté una mano para acariciarle la cabeza.

—Cariño, bájate ya de tu tío y regresa con tus padres.

Esos ojos redondos parpadearon dos veces, y él ladeó su cabecita para mirarme. Me volví hacia un lado y levanté a otro niño, que intentaba trepar por mis rodillas para pegarle flores en la cabeza a este señor inmortal.

—Sentarse erguido y caminar correctamente son los aspectos fundamentales de la conducta humana. ¿No les enseñó esto su tutor?

Otro par de ojos redondos me miraron de vuelta. Ese niño era más inteligente que el anterior. Frunció los labios, y con un «buaaa», estalló en berridos.

—¡¡Mamá, mamá, mamá, abuelo, mi tío da miedo!!


Sus gritos crearon tal barahúnda que atrajeron a las sirvientas, quienes llamaron a gritos a los sirvientes, quienes a su vez llamaron al mayordomo y a las nodrizas, que entonces ayudaron a las señoras a salir de sus aposentos. Dos sirvientes leales, ambos hombres fuertes e hinchados con el aire de Wu Song dirigiéndose a la montaña para luchar contra un tigre, arrancaron a los dos pequeños jóvenes señores de mi lado.

Les sonreí cordialmente, y los dos hombres retrocedieron al pasillo con una mirada aterrorizada. Una cabeza tras otra se asomaba desde cierta distancia, mirando a este señor inmortal como si hubieran visto un fantasma.

La pura ignorancia que debía tener alguien para no reconocer a un inmortal real. Este señor inmortal haría bien en tampoco discutir con gente como ellos.

Varios guardias armados se agolparon alrededor de un hombre que se acercaba. Este iba ataviado con una túnica de color púrpura rojizo, bordada con un feroz motivo de tigre. Tenía las sienes canosas, barba, una frente ancha, una mandíbula cuadrada y rasgos encurtidos y cansados. No hacía falta decir que ese era el príncipe vasallo de la Comandancia del Este, en carne y hueso.

Este señor inmortal tendría que interpretar el papel de su hijo por algún tiempo, así que debía establecer cierta relación durante nuestro primer encuentro.

Me acerqué despacio, con las manos bajas, adopté una postura humilde y lo saludé con sumo respeto.

—Padre.


Una extraña luz brilló en la mirada como de tigre del príncipe vasallo de la Comandancia del Este mientras contemplaba a este señor inmortal. Uno solo podría imaginar cuán lleno de emoción estaba ahora que su hijo imbécil de repente se mostraba lúcido. Su emoción era tan palpable que su rostro se había vuelto mortalmente pálido y temblaba sin control.

Entonces, esos ojos negros se pusieron en blanco y se desmayó. Y así fue cómo concluí con éxito mi transformación en Li Siming.

La gente de la mansión tembló todo el día ante mi mera visión. Fue el día después de que el príncipe de la Comandancia del Este se despertara, cuando invitó a un maestro taoísta a invocar a una gran deidad ante mí. Sosteniendo una espada de madera de melocotón, el maestro danzó un rato y luego cantó incoherencias durante otro rato más. Disfruté enormemente del espectáculo que ofreció, pues parecía que la deidad realmente había tomado posesión de su cuerpo. Justo cuando la actuación alcanzaba su culmen, los ojos del maestro se abrieron de golpe y miró a este señor inmortal. Cayó de rodillas, chocando su frente contra el suelo de tal manera que podíamos escuchar los golpes.

—Este humilde taoísta da la bienvenida respetuosamente al Gran Inmortal.

Eso me sobresaltó. Hacía muchos años que no me interesaba en los asuntos de los mortales. Dado que no habían ascendido nuevos inmortales a la Corte Celestial, creí que el arte del taoísmo había declinado. Jamás esperé que hubiera alguien en las calles capaz de cultivar una competencia tal que pudiera darse cuenta de la verdadera identidad de este señor inmortal de un vistazo.

El maestro siguió con los golpes de frente, temblando.

—La cultivación de este humilde taoísta es demasiado superficial y no pudo reconocer de un solo vistazo al venerable Baihu Xingjun. ¡Le ruego que perdone mi ofensa!

¿Baihu Xingjun, la Estrella del Tigre Blanco? En la Corte Celestial existían setenta y dos mansiones lunares y ocho señores estelares. ¿Desde cuándo un tigre se había convertido en un señor excelso? Ciertamente, la Corte Celestial contaba con algunos tigres blancos, todos criados para custodiar las puertas celestiales, pero ¡¿desde cuándo alguno de ellos había pasado a llamarse «señor» dentro de la mismísima corte?!

El maestro giró sobre sus rodillas y se postró ante el príncipe de la Comandancia del Este.

—¡Enhorabuena, su señoría! Este humilde taoísta se atreverá a divulgar un secreto del cielo. El joven señor es la reencarnación de Baihu Xingjun, proveniente del reino celestial. Su señoría es un hombre de gran fortuna, y esta es una bendición del cielo por la afinidad inmortal que ha forjado.

El príncipe de la Comandancia del Este me miró, todavía temblando un poco.

—Maestro taoísta, ¿me está diciendo la verdad? Este hijo mío ha sido lerdo e ignorante de las costumbres del mundo desde que era niño, pero de pronto se ha vuelto lúcido y culto. Esto es, en verdad…

El maestro se puso en pie.

—Su señoría, el joven señor es un inmortal encarnado. Es natural que difiera de la gente común. Como decían los antiguos, un tigre agazapado es como una roca. Xingjun ha permanecido en hibernación durante varios años, y la gente ordinaria, por ser ordinaria, no habría podido percibirlo.

El príncipe de la Comandancia del Este quedó tan complacido con aquella explicación –que su hijo era una estrella tigre descendida al mundo mortal– que hasta se creyó el disparate de que su hijo menor había sido un necio porque la estrella tigre había estado dormida durante un tiempo. Volvió a mirar a aquel señor inmortal, ya sin temblar, con el rostro iluminado por la felicidad.

—Pero, maestro taoísta, si lo que dice es cierto, y este hijo mío ha permanecido en un estado de hibernación durante tantos años, ¿por qué ha despertado ahora?

Agarré una taza de té de la mesa y me humedecí la garganta.

Adoptando una postura enigmática –una mano en la espalda y la otra acariciándose la barba–, el maestro dijo:

—Los secretos del cielo no pueden ser revelados.

¡Qué sarta de tonterías!


A partir de ese momento, este señor inmortal vivió de forma muy cómoda en la mansión del príncipe de la Comandancia del Este.

El príncipe no desperdició el tiempo y fue a decirle a toda la casa que su hijo menor, Siming, era una estrella tigre, por lo que terminé siendo observado secretamente durante varios días. Poco a poco me fui familiarizando con la gente de la mansión. Cuando paseaba por el lugar, observando el entorno, los sirvientes fingían pasar y trataban de entablar conversación con su joven señorito.

El príncipe de la Comandancia del Este tuvo mala suerte con sus matrimonios. Se casó sucesivamente con una decena de esposas y concubinas, a todas las cuales gafó hasta la muerte. Contando a Li Siming, la ahora carne mortal de este señor inmortal, tuvo un total de tres hijos. Su hijo mayor, Sixian, y el segundo, Siyuan, competían a menudo entre sí, tanto de forma abierta como encubierta, por ser su heredero.

Después de que se difundieran los rumores sobre la estrella tigre, ambos hermanos mayores buscaron al que ahora consideraban la novedad: su hermano menor. Se esforzaron al máximo, pues prepararon un banquete con vino en el jardín de un recinto anexo. Allí admiramos el paisaje y charlamos toda la noche.

Tenía que saberse que yo, Song Yao Yuanjun, había pasado mis varios miles de años vagando por todo el cielo, bebiendo té, degustando vino, jugando al ajedrez y exponiendo el Dao. En el reino de los inmortales, nadie, salvo Hengwen Qingjun, podía hablar mejor que yo. Acababa de empezar a tocar el tema cuando, antes de darme cuenta, ya había amanecido. En contraste, mis dos hermanos mayores durmieron todo el día siguiente, reforzando aún más la idea de que este señor inmortal era, de hecho, la estrella tigre.

Varios días después, más o menos me hice una idea de las circunstancias actuales de Nanming Dijun y Tianshu Xingjun a través del mercado, las casas de té y la mansión del príncipe. 

Mingge Xingjun una vez me dijo que el nombre de Nanming Dijun en esta vida era Shan Shengling, mientras que la reencarnación de Tianshu Xingjun tenía por nombre Mu Ruoyan. Fue solo después de varios días de indagaciones que supe que ambos eran bastante famosos en este mundo secular. En especial Tianshu Xingjun, quien era en verdad un imán de problemas, lo cual sorprendió a este señor inmortal. En las paredes de todos los callejones de la ciudad había pegadas órdenes de arresto contra Mu Ruoyan, junto con un gran retrato de medio cuerpo.

Se decía que los clanes Shan y Mu habían tenido entre sus miembros a altos funcionarios de la Corte Imperial durante generaciones. Ambos clanes se conocían desde hacía el mismo tiempo, y su amistad era profunda. Hace más de una década, el abuelo paterno de Nanming Dijun ofendió al emperador y su clan entero fue exterminado. El clan Mu rescató en secreto a Shan Shengling y lo acogieron en su residencia, donde lo criaron hasta la adultez. Nanming Dijun era una figura imponente en la Corte Celestial; incluso cuando fue desterrado al mundo de los mortales, no era una persona que pudiera sufrir humillaciones en silencio. Estos eran tiempos turbulentos, donde los príncipes vasallos en diversas tierras poseían fuerzas militares masivas, reduciendo el poder imperial a casi nada.

Shan Shengling se alió con el príncipe vasallo de la Comandancia del Sur. Y justo un mes antes, había incitado al príncipe de la Comandancia del Sur a organizar abiertamente una revuelta con la intención de usurpar el trono.

El emperador montó en cólera, y cuando las investigaciones revelaron que fue el clan Mu quien salvó la vida de esa calamidad, los sentenció a todos a muerte. Por supuesto, el Emperador de Jade no podía permitir que Tianshu Xingjun fuera ejecutado sin más y que todo acabara así. Por eso, los sirvientes del clan Mu arriesgaron sus cuellos para proteger a su joven señorito. Actualmente estaba escondido, vagando por el ancho mundo.

El Mu Ruoyan del cartel de se busca tenía un rostro afilado y cejas finas; resultaba extremadamente desagradable a la vista, y este señor inmortal suspiró varias veces, contemplando aquel retrato.

Mientras estaba en la Corte Celestial, Tianshu Xingjun vestía de blanco y usaba una horquilla de jade, luciendo encantadoramente refinado e indiferente. Tal era su aura, impoluta y etérea.

Era absolutamente aborrecible por parte del Emperador de Jade prepararle semejante cuerpo después de desterrarlo al mundo de los mortales. Después de todo, este señor inmortal aún tenía un guión amoroso que representar, y nada menos que por orden del mismísimo Emperador. Que al menos le dejara una fracción de su cariz de señor excelso. ¿Cómo podría animarme a soltarle palabras dulces a una cara como esa cuando le ponga las manos encima?

Por la noche, ajusté mi qi y regulé mi respiración. Esperaba poder trasladar mi espíritu primordial de vuelta a la Corte Celestial y negociar mi destino con el Emperador de Jade, pero no pude. Era como si mi espíritu hubiera sido clavado a este cuerpo. Solo entonces recordé las palabras de Mingge Xingjun, ese vejestorio, sobre que mis habilidades inmortales me estarían vedadas en mi descenso, salvo en los momentos más cruciales. Debió de ocultarme la verdad, consciente de que renunciaría si lo hubiera sabido.

Sin otra alternativa, pasé varios meses ocioso en la mansión, bebiendo té y durmiendo todo el día.

El príncipe de la Comandancia del Este se mostraba extraordinariamente cariñoso con este hijo suyo, de repente lúcido y estrella tigre, e incluso me asignó un patio entero para vivir. A menudo bebía vino y jugaba al ajedrez con mis dos hermanos mayores; incluso íbamos juntos a los locales de ocio para escuchar las canciones que allí se interpretaban. Nuestra relación mejoraba con el paso de los días.


Tres meses después, Mingge Xingjun por fin regresó al mundo de los mortales. Liberó a este señor inmortal del cuerpo de Li Siming en medio de la noche, y me dijo –en el aire, sobre la mansión del príncipe– que el espectáculo estaba por comenzar.

Tianshu Xingjun, ya recuperado de sus heridas tras ocultarse en las sombras, avanzaba escoltado en secreto por sus sirvientes hacia la Comandancia del Sur, al encuentro de su amado. El joven señorito de la Comandancia del Este, Li Siming, irrumpiría desde el camino para raptar a Mu Ruoyan y llevárselo de vuelta a la mansión.

Pasado mañana, antes del mediodía, el carruaje de caballos de Mu Ruoyan pasaría por el pie de la montaña a las afueras de la ciudad de Shangchuan.

Cuando el príncipe de la Comandancia del Sur reunió a su ejército y, además, se proclamó emperador, el príncipe de la Comandancia del Este también comenzó a inquietarse. Los dos territorios se delimitaban; los conflictos armados eran inevitables. En estos días, el príncipe de la Comandancia del Este y su hijo mayor inspeccionaron los campamentos militares en la guarnición fronteriza, bajo la jurisdicción de la comandancia. El segundo hijo, Siyuan, permaneció en la mansión del príncipe como administrador, mientras que al mismo tiempo guiaba a su hermano menor –este señor inmortal– en los asuntos internos.

En la primera mañana afirmé haber recibido una información secreta de los espías de la Comandancia del Este y le pedí veinte o treinta guardias fornidos para emboscar por el sendero de la montaña a las afueras de la ciudad. ¿Quién habría imaginado que ni siquiera veríamos un atisbo del carruaje, incluso después de esperar desde la mañana hasta el mediodía?

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