Deseo de caza. Cap 35.- ¿Con qué taparle la boca?

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Capítulo 35: ¿Con qué taparle la boca?

El brazo de Zhou Ling pesaba mucho. Al arrastrar el brazo de otra persona, el margen de movimiento quedaba muy limitado, y Song Mingqi tenía que bajar la cabeza constantemente para adaptarse, además de evitar que los dedos de Zhou Ling lo tocaran.

La sensación al enjabonarse era todavía más extraña. Aunque era su propia mano la que se deslizaba sobre la piel, la de Zhou Ling la seguía de cerca; la vista, y con ella el cerebro, se confundían por un instante, incapaces de distinguir quién estaba aplicando el gel. El cuerpo reaccionaba en consecuencia, despertando sensaciones difíciles de describir.

A eso se sumaba que, de vez en cuando, los dedos de Zhou Ling se estiraban de forma puramente fisiológica, algo que resultaba inquietante. En cuanto Song Mingqi se dio cuenta, detuvo de inmediato aquella actividad peligrosa y aceleró el ritmo de la ducha.

Pasaron cinco minutos sin que ocurriera nada fuera de lo esperado, y Song Mingqi pareció adaptarse un poco. Tras la cortina, la silueta de Zhou Ling seguía de espaldas, inmóvil como una escultura, y aquella mano obediente empezaba a resultar más tolerable.

Incluso levantó adrede la alcachofa para mojar hacia arriba, observando durante un rato cómo se suavizaban los callos de los dedos de Zhou Ling y cómo cambiaban sus venas bajo el agua.

Zhou Ling, por su parte, no tenía ni idea de los experimentos científicos que Song Mingqi estaba llevando a cabo ahí dentro. Lo único que sabía era que la manga arremangada de su camisa estaba completamente empapada y que todo su antebrazo llevaba rato sumergido en el agua.

Las sensaciones corporales eran extrañas: cuando solo una parte del cuerpo estaba bajo el agua caliente, el bajo vientre se tensaba de forma involuntaria, los dedos se curvaban y todo el cuerpo se crispaba. Zhou Ling sentía un cosquilleo parecido al de hormigas recorriéndole el interior, e, incómodo, encogió los dedos.

Por suerte, Song Mingqi se cansó pronto del juego y bajó el brazo. Pero el castigo no tardó en llegar: por haberse confiado demasiado, el movimiento fue demasiado amplio y acabó arrojando aquella mano directamente contra su muslo.

La piel, sensibilizada por el agua caliente, reaccionó al instante. El corazón de Song Mingqi dio un vuelco; levantó la vista hacia la cortina. La silueta alta de Zhou Ling seguía proyectándose de forma estable, incluso había girado un poco más en sentido contrario. Entonces Song Mingqi vio cómo la mano de Zhou Ling, dentro del baño, se cerraba lentamente en un puño.

¿Qué era eso? ¿Un puño de caballero?

Pero Song Mingqi pensó que aquel puño, duro como un saco de arena, también podía estrellarse contra su cara en cualquier momento. Ya no quería seguir duchándose.

Al oír que el ruido del agua se detenía de golpe, Zhou Ling se sorprendió por la rapidez y le recordó desde fuera:

—Te quedan tres minutos.

Ni uno más. La experiencia de ducharse llevando consigo la mano de otra persona era algo que Song Mingqi no quería repetir jamás en esta vida.

—Ya terminé —dijo.

A continuación, como antes, Zhou Ling le concedió un breve momento de libertad. Una toalla apareció a tiempo por la rendija y Song Mingqi volvió a decir “gracias”.

Después le fue pasando, uno por uno, la ropa interior, los pantalones y los calcetines, como si fuera un novio especialmente considerado tras el acto. No fue hasta que apareció aquella camiseta de cuello cerrado abierta por delante cuando regresó un poco la atmósfera de secuestro; quizá fue entonces cuando Zhou Ling se dio cuenta de que había olvidado que Song Mingqi también necesitaba una prenda superior.

El baño se llenó de vapor y del aroma del gel, y el ambiente se volvió sutilmente ambiguo.

—… Mañana te traeré una —dijo Zhou Ling.

—Puedes ir a mi casa y coger una del armario —respondió Song Mingqi desde dentro, con una resonancia propia del baño—. Y de paso riega mis plantas.

—¿Cuánta agua necesitan?

—Hace un par de días la regué una vez, pero no demasiado. Esta vez con unos noventa mililitros será suficiente.

Zhou Ling giró el rostro en dirección contraria y, recordando vagamente las clases de química del instituto, hizo un rápido cálculo mental para averiguar cuánta cantidad eran noventa mililitros. Acto seguido, le asaltó la duda: ¿quién demonios riega las plantas usando un vaso medidor?

Antes de que terminara de desarrollar ese pensamiento, la cortina de la ducha se descorrió con un shhhk. Song Mingqi salió con los brazos cruzados sobre el pecho. Se había secado el cabello solo a medias, y aún lo llevaba húmedo; las mejillas y las articulaciones conservaban ese rubor que deja el vapor caliente. No llevaba gafas ni se había arreglado el pelo. Comparado con la imagen que Zhou Ling había visto antes en su casa, parecía todavía más desaliñado y torpe; y no digamos ya frente al “profesor Song”, erguido y seguro de sí mismo, que uno se encontraba en los caminos del barrio.

Sin embargo, Song Mingqi no notó nada extraño. Observó con cierta confusión que Zhou Ling evitaba su mirada y permanecía ligeramente encorvado. No le dio importancia: supuso que, tras estar de pie tanto tiempo, cualquiera acabaría cansado. Él mismo se sentía exhausto; ducharse había sido como pelearse con alguien. Incluso le cruzó por la cabeza una idea absurda: volver a esposarlo a la silla cuanto antes. De verdad necesitaba sentarse a descansar un rato.

Clac.

Tal como deseaba, Song Mingqi fue nuevamente esposado junto a la tubería.

Apenas había recuperado el aliento cuando vio a Zhou Ling darse la vuelta, con una maquinilla de afeitar en la mano.

Con el aspecto feroz que debía de tener en ese momento, Song Mingqi sintió que lo siguiente sería un asesinato.

Pero Zhou Ling se acercó, midió el ángulo frente a su rostro un par de veces en el aire y, a continuación, le sujetó la barbilla.

Al darse cuenta de que pretendía afeitarlo, Song Mingqi lo detuvo de inmediato:

—Creo que puedo hacerlo yo mismo. Si tú…

Zhou Ling le sugirió, con toda calma, que se enfrentara a la realidad:

—No voy a quitarte las esposas.

Song Mingqi no tuvo más remedio que callarse. Al instante siguiente, la espuma de afeitar, fría, se extendió sobre su piel. Los movimientos de Zhou Ling eran amplios y bruscos, casi amenazantes, pero al mismo tiempo daban la sensación de ser más aparatosos que peligrosos, como un trueno sin lluvia. Resultaba difícil entender qué pretendía exactamente. Song Mingqi descubrió que no era capaz de anticipar el siguiente gesto de aquel hombre, así que, cuando la cuchilla helada se apoyó contra su piel, cerró los ojos por puro reflejo.

Al volver a abrirlos, vio que Zhou Ling lo observaba con total concentración, sin apartar la vista de su rostro, mientras la mano se movía despacio.

Tenía un dominio absoluto del cuchillo: firme, ligero. Con la barbilla inmovilizada, incapaz de esquivar nada, Song Mingqi optó por mirarlo de frente, clavando los ojos en aquellos otros, oscuros y profundos, imposibles de descifrar, en un intento de husmear en sus secretos.

Pero aquella mirada inquisitiva no pasó desapercibida. Zhou Ling retiró los ojos de inmediato, se irguió y le estampó en la cara una toalla empapada en agua caliente, con la torpeza de un padre que no mide la fuerza, frotándole el rostro hasta dejárselo rojo.

Desde detrás de la toalla, Song Mingqi dejó escapar un par de gruñidos ahogados a modo de protesta.

Muy pronto la toalla se apartó. Song Mingqi vio cómo Zhou Ling se daba la vuelta y tomaba la cinta adhesiva que había sobre la mesa.

—¿Cuándo vendrás la próxima vez?

Nada más decirlo, Song Mingqi se arrepintió. Se dio cuenta de que la pregunta sonaba como la de una amante mantenida en una villa, ansiosa por la siguiente visita.

—Quiero decir… soy una persona que necesita planificar —se apresuró a explicar—. Me gusta confirmar los horarios…

Al ver la expresión imperturbable de Zhou Ling, su voz fue apagándose.

—Olvídalo, solo preguntaba por preguntar.

Debido al desagradable recuerdo de la vez anterior en que le habían arrancado la cinta, esta vez frunció el ceño con evidente resistencia cuando Zhou Ling se la colocó de nuevo. Aun así, este le selló la boca sin admitir objeciones.

—Por la noche —respondió finalmente Zhou Ling—. Pero será tarde.

Del hotel Nian Nian al complejo residencial Cuatro Estaciones no había demasiada distancia. Si no quería caminar mucho, podía tomar el autobús y bajarse una parada después.

Sentado en el autobús en marcha, Zhou Ling miraba fijamente la pantalla del móvil. En el reflejo del cristal de la ventana se distinguían las palabras que aparecían en la barra de búsqueda: “tapón para la boca”, “mordaza”, “con qué tapar la boca”, “cinta que no dañe la piel”…

La aplicación de compras le recomendó rápidamente varios productos.

En las imágenes, unos anuncios de color rosado sugerente proclamaban cosas como “instrumentos de castigo” y “experiencias estimulantes”.

Aplicado a la relación entre él y Song Mingqi, tampoco resultaba especialmente discordante. Y, dijera lo que se dijera, el material de silicona y la esfera lisa eran, en cualquier caso, una experiencia mucho mejor que la cinta adhesiva. Pensó que quizá así Song Mingqi estaría un poco más cómodo.

El autobús anunció pronto la llegada a la parada. Zhou Ling se apresuró a confirmar el pedido.

En la tienda de conveniencia a la entrada del complejo residencial compró una botella pequeña de agua mineral, de unos trescientos mililitros.

Después de abrir la puerta con la contraseña que le había dado Song Mingqi, usó aproximadamente un tercio de la botella como referencia y regó cada una de las macetas de suculentas. Sabía que a Song Mingqi le gustaba cultivar ese tipo de plantas, pero no recordaba haber visto antes aquel rododendro que había aparecido de repente. Por suerte, era una especie habitual en la jardinería urbana; la conocía lo suficiente como para regarla también, fiándose de su experiencia.

Cuando terminó, abrió el armario de Song Mingqi y escogió varias camisetas para él.

Había sobre todo camisas, seguidas de jerséis de punto y polos de estilo más informal. Toda la ropa estaba organizada con una precisión casi obsesiva, separada por bloques de color negro, blanco y gris. Incluso los relojes y los gemelos reposaban alineados en un cajón transparente. Recordó que, cuando trabajaba antes, había visto a algunas chicas divertirse con juegos de vestir muñecos y nunca había entendido el atractivo; ahora, de pronto, empezaba a encontrarle cierta gracia.

Guiándose por la imagen que tenía de Song Mingqi —en especial por aquellos conjuntos que ya había llevado y que le habían dejado una impresión profunda—, eligió varias mudas.

Justo antes de cerrar la puerta del armario, a través del hueco entre la ropa, distinguió en el fondo un trozo de tela hecho un ovillo.

Por el estampado, parecía ser aquel qipao.

Song Mingqi solo se lo había puesto una vez.

Zhou Ling dudó un instante y, al final, se inclinó para sacarlo y sostenerlo en la mano. Aunque llevaba tiempo arrugado, la caída de la tela seguía siendo excelente; el lila claro descendía como una cascada, y en su mente apareció de manera automática la imagen de Song Mingqi llevándolo aquel día.

Impulsado por un estado de ánimo difícil de definir, acercó la nariz con cautela para olerlo. No percibió nada, así que se inclinó aún más. El aroma propio de Song Mingqi era tan tenue que resultaba imposible distinguirlo, completamente cubierto por la pastilla aromática del armario; solo quedaba un olor limpio a madera de pino. Zhou Ling cerró los ojos y recordó que, cuando se besaron el día anterior, Song Mingqi desprendía ese mismo aroma, que se intensificaba con cada movimiento y luego se dispersaba poco a poco.

Pasó un buen rato antes de que, con enorme fuerza de voluntad, doblara la prenda y la devolviera a su sitio.

Sin darse cuenta, la ropa que pensaba llevarse ya se había acumulado a su espalda formando una pequeña montaña. Zhou Ling se obligó a detener aquella selección desmedida y pensó en buscar una bolsa de tintorería para guardarlo todo.

Al abrir un cajón al azar, un bote metálico rodó con un clang seco desde el fondo hasta el borde, chocó contra una caja de preservativos ya abierta y se detuvo lentamente.

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