Deseo de caza. Cap 36.- Zhou Ling, cálmate un poco.

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Capítulo 36: Zhou Ling, cálmate un poco

Resultaba evidente que los preservativos que Song Mingqi había llevado al hotel Niannian habían salido de allí.

Justo faltaban dos.

Eso significaba que, aparte de la intención de usarlos con él, Song Mingqi no los había empleado con nadie más.

Volvió a colocar la caja en su sitio y, entonces, su atención se desvió hacia el bote metálico que había al lado.

Se parecía mucho a los distintos lubricantes industriales con los que había trabajado durante las reparaciones: productos destinados a devolver la suavidad al movimiento de piezas oxidadas o atascadas. No sabía qué tenía de diferente —o de parecido— aquel en concreto.

Permaneció largo rato en el dormitorio de Song Mingqi. Husmear en la intimidad ajena era un vicio humano de baja categoria; Zhou Ling se sentía avergonzado y, al mismo tiempo, experimentaba una satisfacción casi vengativa. Al fin y al cabo, Song Mingqi también había hecho lo mismo con él.

No fue hasta que estuvo a punto de llegar tarde al trabajo de la tarde cuando por fin recogió la ropa que iba a llevarse, regresó al sótano para dejarlo todo guardado y, acto seguido, volvió al área de administración para continuar con su jornada como si nada hubiera pasado.

Aun así, llegó tarde. Apenas unos minutos, pero bastaron para que Jiang Mingyu le pasara el chivatazo a su superior y le descontaran medio día de sueldo. Zhou Ling no pensó en buscarle problemas; aquella cantidad de dinero era insignificante para él. Lo importante ahora era mantener, en la medida de lo posible, una vida normal y no llamar la atención.

Las órdenes de mantenimiento de ese día fueron numerosas. No terminó hasta cerca de las nueve de la noche. Tras entregar los partes del día, se dio una ducha rápida, se cambió de ropa y se dirigió directamente al hostal.

Afuera lloviznaba. Cada otoño, en Guangnan, caían varias lluvias así, una más fría que la anterior. Sin embargo, caminando bajo la lluvia, Zhou Ling no sentía el menor rastro de frío. No sabía por qué, pero estaba extrañamente animado y relajado, como si todo el ajetreo del día hubiera sido solo para poder regresar a ese lugar, a casa.

Al pasar frente a un restaurante, compró leche de soja y shaomai. Recordó que a Song Mingqi le gustaban los platos vegetarianos, así que se quedó esperando a que le prepararan en el momento una ración de lechuga escaldada. Abrazó los recipientes ya empaquetados contra el pecho para conservar el calor.

Mientras aguardaba el transporte, escuchó el susurro de la lluvia golpeando las hojas de los árboles y, por un instante, pensó que, si antes de que llegara el día veinte podía disfrutar de un poco de esa calma, tampoco estaba mal. De forma inesperada, al retener y controlar a Song Mingqi había experimentado una sensación de dominio absoluto que le aportaba una tranquilidad mayor que nunca.

Tal vez Song Mingqi tuviera razón: quizá él era, en efecto, un pervertido.

¿Y qué importaba eso?

Solo podía decir que, por suerte, era un pervertido. Solo así había conseguido que el depredador se acercara a él. De otro modo, la luz de la luna nunca habría alcanzado el fondo de la alcantarilla, y alguien como Song Mingqi jamás se habría dignado a dedicarle una sola mirada a un simple técnico de mantenimiento.

Ese buen ánimo, sin embargo, se desvaneció en cuanto pasó por la recepción del hostal.

La mujer de recepción estaba pelando pipas mientras veía la televisión. Al ver de reojo a Zhou Ling entrar a esas horas, con una gorra de béisbol calada y la cabeza baja, dirigiéndose directamente hacia los ascensores, se inclinó hacia delante y lo llamó.

—Eh, eh… ¿el 601 es tuyo, verdad? —dijo—. Esta tarde, un huésped del quinto piso decía que no paraba de oír golpes en las tuberías…

Las cañerías conectaban todos los pisos. Zhou Ling adivinó de inmediato que Song Mingqi seguía inquieto, aún con la esperanza de provocar ruido suficiente para que alguien acudiera a rescatarlo. La espalda se le tensó al instante; giró ligeramente la cabeza.

—Yo digo que deben de haber vuelto a entrar ratas —continuó ella—, pero no me creyó, montó un escándalo… incluso insistía en llamar a la policía.

La mano que Zhou Ling tenía junto al muslo se cerró con fuerza. No respondió.

La mujer siguió refunfuñando sin parar:

—¿Qué hostal puede permitirse que venga la policía y seguir teniendo clientes? Además, ¿desde cuándo la policía se ocupa de matar ratas?

—Al final, con mucho hablar, conseguí convencerlo para que probáramos primero con veneno —puso los ojos en blanco, escupió una cáscara de pipa y señaló con la barbilla—. Recuerdo que dijiste que tienes manías con la limpieza y no quieres que entremos a limpiar. Pues llévate tú una bolsa de veneno y ponla en tu habitación.

Zhou Ling lanzó una mirada rápida al paquete blanco sobre el mostrador y respondió con frialdad:

—No hace falta. No me dan miedo las ratas.

Bajó la cabeza y se dispuso a irse.

—¡Eh, eh! —la mujer estiró el brazo y le agarró la manga—. ¿Y si justo está en tu cuarto? Si no lo solucionas, los de abajo volverán a quejarse…

Zhou Ling no tenía ganas de discutir. Tomó una bolsa al azar y se dirigió a paso rápido hacia los ascensores.

La mujer lo observó alejarse con expresión extrañada, incapaz de entender cómo alguien podía tener manías de limpieza y, al mismo tiempo, no temerle a las ratas.

Pero regentar un hostal pequeño daba para ver de todo. Pronto dejó de pensar en el asunto y volvió a concentrarse en el culebrón, soltando alguna que otra carcajada.

El ascensor subió con un traqueteo metálico; el cable chirrió y las puertas se abrieron lentamente. Zhou Ling arrojó el veneno para ratas a una papelera cercana, con un nudo de ira apretándole el pecho.

Había sido muy claro con Song Mingqi: si se portaba bien y permanecía tranquilo durante un mes, no le haría daño.
¿Cómo podía ser que no lo entendiera?

Pero cuando cambió la leche de soja de la mano izquierda a la derecha, volvió a pensarlo: pasar todo el día solo debía de ser realmente aburrido. Tenía que hablarlo bien con Song Mingqi, pedirle que se mantuviera en calma. Dentro de unos límites razonables, podía traerle lo que quisiera; y si no, siempre podía poner una capa de papel entre las esposas y la tubería para amortiguar el ruido. Métodos no faltaban.

Al sacar la tarjeta de la habitación, sintió que ya había reconstruido su paciencia y ordenado de nuevo su ánimo. Esa noche solo quería que Song Mingqi comiera algo caliente. Si se portaba bien, incluso podía hacer una excepción y permitirle dormir un rato en la cama.

Pero en cuanto empujó la puerta con paso ligero, lo vio de inmediato: Song Mingqi estaba encogido en la silla, el cuerpo entero sacudido por convulsiones.

La bolsa con la ropa cayó al suelo. Zhou Ling soltó una maldición en voz baja, dejó a un lado la comida, se abalanzó hacia él y arrancó la cinta que le sellaba la boca, desabrochando después las esposas.

La última vez que habían hablado de reacciones de estrés, Song Mingqi lo había descrito todo con ligereza. Zhou Ling había dado por hecho que ya estaba casi recuperado; no imaginó que pudiera ser tan grave.

Justo cuando iba a levantarlo en brazos para llevarlo a la cama, un destello frío cruzó el aire. Por puro instinto, Zhou Ling ladeó la cabeza; al segundo siguiente sintió un frío en la frente, seguido de un dolor punzante. Song Mingqi empuñaba la pequeña daga que él solía usar; saltó de su abrazo y se lanzó a la fuga hacia la puerta.

La culpa era de Zhou Ling, por la costumbre de guardar siempre la daga en el mismo bolsillo. Si Song Mingqi había podido robarla una vez, podía hacerlo una segunda.

Además, no se había contenido en absoluto al atacar: había ido a matar. Solo la suerte de Zhou Ling hizo que, en medio del caos, el corte se quedara en la sien. La herida tendría unos cuatro o cinco centímetros; la sangre espesa brotaba y descendía serpenteando por su rostro.

La silla cayó al suelo con un estrépito metálico. Tal vez también se volcaron la leche de soja u otras cosas; el aire se llenó de un olor húmedo y dulzón a legumbre. Song Mingqi llegó arrastrándose hasta la puerta, pero al girar el pomo descubrió que había una cadena de seguridad. Cuanto más nervioso estaba, peor le salían las cosas: el pestillo se deslizaba sin encajar en el orificio.

En ese instante, un dolor agudo le atravesó el cuero cabelludo. Alguien le arrancó el cuchillo de la mano de un golpe y una fuerza aterradora lo arrastró desde atrás, lanzándolo contra la cama. Su cuerpo incluso rebotó una vez sobre el colchón.

Zhou Ling, sumido en una furia desatada, resultaba espantoso. La sangre le colgaba del párpado, volviendo aquella cara antes atractiva en algo feroz y sombrío.

—¿Por qué huyes?

—…

—¡Otra vez me mentiste!

Toda la preparación mental que había hecho al salir del ascensor se desmoronó en ese instante.

No le había reclamado cuentas del pasado; ya había sido más que indulgente con él. Solo le había pedido que no hiciera tonterías, que no pensara en escapar. Ni siquiera eso había sido capaz de cumplir, y aún así había vuelto a engañarlo, una y otra vez.

Hay personas que son así de miserables. Cuanto mejor las tratas, más pisotean tu sinceridad; y cuando ya no basta con pisarla, todavía le dan un par de patadas más.

—No puedo quedarme aquí un mes… —Song Mingqi estaba pálido, aterrorizado, pero aun así se aferraba a un resto de dignidad—. El comité de ética académica sospecha que he falseado datos. Si desaparezco de repente, pensarán que me siento culpable…

Jadeaba, retorciéndose sobre la cama. Las rozaduras que le había dejado la cinta alrededor de la boca teñían de un rojo anómalo el contorno de sus labios. Estaba despeinado, la ropa desordenada; el bajo del pantalón se le había subido hasta media pantorrilla, dejando al descubierto dos tobillos finos, del tamaño de una mano, cubiertos por calcetines negros de vestir.

En un momento como ese, todavía pensaba en sus artículos, en su trabajo. En cuanto saliera de aquella habitación, podría regresar sin dificultad a su vida respetable de siempre: volver a amar a otros, aceptar invitaciones en hoteles, acostarse con quien quisiera, sin sentir la menor culpa. Incluso podría olvidarlo pronto… olvidarlo por completo.

Zhou Ling lo miraba fijamente. Su visión empezó a nublarse; la adrenalina disparada hacía que toda la sangre le subiera a la cabeza.

—Eso es asunto tuyo. ¿Qué tiene que ver conmigo?

Se arrodilló sobre la cama, le agarró los tobillos con fuerza y separó de un tirón sus rodillas.

—¿¡Qué vas a hacer!? —Song Mingqi intentó cerrarse presa del pánico, pero descubrió que solo lograba aprisionar la cintura firme y musculosa de Zhou Ling. No tuvo más remedio que dar patadas y encogerse todo lo posible hacia la esquina de la cama, aunque Zhou Ling lo abrió con aún más fuerza.

—¡Me doy cuenta de que he sido demasiado bueno contigo!

El terror le robó casi la voz a Song Mingqi; cada hueso de su cuerpo temblaba. Apretó los dientes y escupió unas palabras que en circunstancias normales jamás habría dicho.

—¡Joder…! ¡No me toques!

—¿Joder qué? —gruñó Zhou Ling—. ¿No eras tú el que quería desarrollar este tipo de relación conmigo?

Con una sola mano le juntó sin esfuerzo ambas muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza; la otra descendió para desabrocharle el cinturón.

—Desde el principio hasta el final me has estado mintiendo. En realidad no te gusto en absoluto. Me detestas, me desprecias, crees que soy sucio…¿No te acercaste a mí solo para comprobar si encajaba en ese estúpido perfil tuyo?

Sin importarle lo apretado de la cintura del pantalón, Zhou Ling metió de forma brusca los dedos, ásperos por los callos, y actuó sin miramientos.

Song Mingqi tembló al contacto de aquella palma ardiente; estuvo a punto de romper a llorar. Los ojos se le humedecieron, incapaz de distinguir si eran lágrimas de dolor o de humillación.

—¡Zhou Ling, suéltame! —apretó los dientes, aunque aun así no pudo evitar emitir unos gemidos que para él resultaban insoportablemente vergonzosos—. …Esto… esto es un delito.

—¡Si para ti ya soy un criminal de todas formas!

Aunque fingía no importarle, Zhou Ling detestaba profundamente aquellos ojos que lo miraban fijamente desde detrás de las lentes. ¿Cómo podía alguien tan falso, un mentiroso, conservar una mirada tan limpia?

Con brusquedad le quitó las gafas a Song Mingqi y las lanzó a un lado, luego lo volteó como si fuera un pez en la sartén.

Song Mingqi se encogió por reflejo, pero ante Zhou Ling aquello no servía de nada; al contrario, parecía una provocación. El fuerte brazo de Zhou Ling le bajó los pantalones de un tirón, aunque sin quitarlos del todo, quedando las dos capas enganchadas en los huecos de las rodillas.

—¿Acaso tú no lo eres? —protestó Song Mingqi con un hilo de voz, humillado.

Pero Zhou Ling ya no escuchaba. La línea fluida de los hombros, la curva hundida de la espalda baja, las caderas erguidas; el cuerpo flexible de Song Mingqi, moldeado por años de una vida cómoda… visto desde atrás, sin ningún tipo de pudor, todo aquello se magnificaba de forma obscena.

La sangre de Zhou Ling hervía como lava. Guiado solo por el instinto, alzó el bajo vientre de Song Mingqi, obligándolo a caer de rodillas sobre la cama. Con los pantalones atrapándole las piernas, no podía escapar. Zhou Ling le presionó con fuerza los omóplatos desde atrás; Song Mingqi quedó ladeado, pegado al colchón, con el cuerpo forzado hacia arriba. En ese momento cualquier método de negociación psicológica dejó de servir. Su mente quedó en blanco y solo pudo suplicar sin orden ni lógica, rogando que el otro recuperara la razón.

—Zhou Ling, cálmate… respira hondo…

Pero aquello era una cama, no un aula pequeña de la Universidad de Guangnan. Sus razonamientos no hacían más que irritar.

Zhou Ling introdujo los dedos por delante y se los metió en la boca, interrumpiéndolo de forma brutal. Las comisuras ya secas de los labios se le abrieron en heridas, y Song Mingqi volvió a tener arcadas.

A su espalda se oyó el roce apresurado de un cinturón desabrochándose. Song Mingqi escuchaba la respiración pesada y entrecortada de Zhou Ling junto a su oído y se encogía con todas sus fuerzas.

Los dedos de Zhou Ling, ásperos por los callos, torpes por no saber bien qué hacer, parecían más una exploración curiosa que otra cosa. La presión era extrañamente ambigua y, en lugar de aliviarlo, dejó a Song Mingqi completamente rígido, con un hormigueo que le recorría la columna hasta el coxis.

La respuesta involuntaria de su cuerpo atrajo pronto la atención de Zhou Ling. Avanzó de rodillas un par de pasos y se pegó con fuerza desde atrás.

En ese momento, Song Mingqi aún albergaba un atisbo de esperanza: si su perfil psicológico era correcto, Zhou Ling debería tener disfunción sexual y no sería capaz de hacerle nada.

Como mucho, se movería un par de veces sin sentido y luego, frustrado, se marcharía… o lo golpearía. En cualquier caso, el peor escenario no llegaría a ocurrir.

Cuando aquella dureza inesperada avanzó a lo largo de ***, el cuerpo de Song Mingqi se tensó de forma inconcebible; todos sus músculos comenzaron a estremecerse con violencia.

Junto a su oído llegó la respiración pesada de Zhou Ling, acompañada de una pregunta ronca:

—Ahora, profesor Song… ¿ya has obtenido la respuesta que querías?

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