No disponible.
Editado
¿Por qué?
¿Cómo era posible?
El delito sexual era el indicio más evidente en la escena del crimen del caso del edificio residencial de las familias mineras. Aquello debía de ser, sin duda, un asesinato sádico originado por una psicología deformada a causa de una disfunción sexual.
Pero si Zhou Ling no tenía ningún problema de ese tipo, entonces lo más probable era que no fuera el asesino.
¿Quién era, entonces, el verdadero culpable? ¿Y qué estaba tramando Zhou Ling?
La mente de Song Mingqi estalló con estrépito. La duda sobre sus propias deducciones, sumada a lo desbordado de la situación, hizo que por un instante incluso olvidara resistirse.
Por suerte, el primer intento de Zhou Ling no tuvo éxito. No encontró el lugar adecuado y tampoco sabía cómo avanzar. Song Mingqi estaba completamente seco; no sabía cómo hacer que lo aceptara, y la diferencia entre ambos parecía, a simple vista, insalvable.
Zhou Ling pensó de inmediato que quizá él y Song Mingqi simplemente no eran compatibles. Jadeando, clavó la mirada en aquel punto; por su mente cruzó fugazmente la imagen de la lata metálica que había dejado durante el día. Sin embargo, aun careciendo de las condiciones necesarias, para un joven que probaba por primera vez ese tipo de contacto, bastaba con la suavidad del trasero de Song Mingqi —aunque no hubiera llegado a entrar de verdad— para llevarlo al borde de la explosión.
Una sensación de estímulo jamás experimentada lo arrolló como una ola gigantesca.
El cuerpo pesado de Zhou Ling cayó sobre la espalda de Song Mingqi, aplastándolo por completo. Tenía la boca llena, tan llena que solo podía sacar la lengua y jadear como un perro para conseguir un poco de aire. Apenas en el borde de la piel oscura y la complexión robusta de Zhou Ling se distinguía el blanco de unos nudillos arqueados, y los pies, calzados con pulcros calcetines de vestir, firmemente apoyados contra el somier.
Zhou Ling se movía sin método alguno, de forma caótica, desordenada, tratando de controlar una fuerza que no dominaba. Bajo aquel empuje aterrador, la estructura de la cama chirrió como si estuviera a punto de ceder. Ambos cuerpos estaban empapados en sudor, pegajosos, produciendo sonidos húmedos y repetidos.
Song Mingqi no lloró ni se mostró débil como cabría esperar. Al contrario, su respiración era una contención extrema; tensaba cada músculo para soportarlo, lo que hacía que cada línea de su cuerpo resultara aún más tentadora. Aquella piel que se enrojecía al mínimo contacto no se parecía en nada a las piezas mecánicas que Zhou Ling manipulaba durante las reparaciones: era más delicada, más frágil, y despertaba con mayor intensidad su deseo de conquista. Quería arreglarla, hacer que llorara, que le doliera, que lo recordara. Aquella violencia unilateral fue transformándose poco a poco en una lucha y un forcejeo entre dos voluntades.
Sin embargo, ese contacto superficial, como rascarse sobre las botas, pronto dejó una sensación de vacío aún mayor. Zhou Ling levantó el mentón de Song Mingqi, aspiró su respiración al borde del colapso y quiso besarlo.
Pero el Song Mingqi de hoy ya no era el de ayer. Se encogió instintivamente; un rechazo casi insignificante, pero que aun así lo sobresaltó, temiendo provocar una violencia aún mayor. Sin embargo, pronto descubrió que Zhou Ling no lo forzó.
Y fue precisamente esa evasión lo que pareció devolverle algo de lucidez en medio del deseo.
Alguien como Song Mingqi, pulcro y respetable ante los demás, modelo de educador, pero en secreto admirador de la escoria entre rejas… ¿cómo iba a gustarle de verdad alguien así?, ¿cómo iba siquiera a querer besarlo?
¿Cómo había podido volverse tan despreciable?
—¿Dices que yo estoy cometiendo un delito? ¡¿Y tú qué carajo eres, un santo?! —Zhou Ling apretó con más fuerza el cabello de Song Mingqi.
—¿Qué…?
Song Mingqi estaba convencido de que, aparte de haberlo engañado un poco con aquella supuesta “amistad”, no había hecho nada remotamente comparable a matar a los padres de alguien o arrebatarle la esposa a otro. No entendía por qué, cuando era a él a quien casi le estaban partiendo la cintura, Zhou Ling parecía a punto de romper a llorar. Incluso creyó sentir cómo una humedad se le pegaba a la mejilla, allí donde ambos rostros se tocaban, sin saber si era real o solo una ilusión.
Zhou Ling estaba completamente sumido en su propio torbellino emocional. Tenía los ojos enrojecidos, como abrasados, la voz temblándole al final de cada frase, y la furia en su mirada parecía atravesar el cuerpo que tenía debajo para fijarse en alguien más, en otro lugar.
No quería hacerlo, pero algo lo empujaba a hacerlo de todos modos. Albergaba los deseos más bajos, y al mismo tiempo sentía una rabia feroz hacia esos mismos deseos.
¿Cómo podía seguir teniendo deseos así?
Solo tenía sentido que fueran un castigo.
Song Mingqi nunca lo había amado, nunca se había preocupado de verdad por él; quizá ni siquiera le interesaba como persona más allá del caso. Lo había engañado. Merecía ese castigo.
Y había más.
Había estado a punto de arruinarle el plan, un plan que llevaba cinco años preparando.
Y además…
—¿A quién crees que engañas haciéndote pasar por asesor policial, por adalid de la justicia…?
«—Dijiste que lo admirabas…»
«—Que lo venerabas…»
Cada frase iba acompañada de un movimiento brusco. Song Mingqi no entendía nada de lo que Zhou Ling decía; lo único que percibía era la respiración agitada e incontrolable junto a su oído, su cuerpo sacudido hacia delante una y otra vez. Se mordió el labio inferior para ahogar los sonidos que escapaban de su garganta, frunció el ceño con dolor y se aferró a las sábanas, soportándolo todo, deseando que aquello terminara cuanto antes. Su cabeza chocaba contra el cabecero, la madera golpeando con sonidos sordos y repetidos.
—Si fueras una buena persona, ¿le habrías escrito cartas a Wu Guan…?
«—¿Diciendo que lo que hizo fue un crimen grandioso y perfecto?»
¿Wu Guan?
¿Lo conocía?
La mente de Song Mingqi quedó en blanco. De pronto recordó que Zhou Ling había cargado con las cartas que él había escrito a Wu Guan. Si lo pensaba bien, durante aquella reparación en su casa, Zhou Ling parecía haber visto su ordenador. Pero ¿por qué…? ¿Por qué Zhou Ling conocía a Wu Guan?
Una oleada de fuerza brotó de repente en su cuerpo y empezó a forcejear con todas sus energías. Sin embargo, tenía la nuca firmemente sujeta, el rostro hundido en la almohada, incapaz siquiera de levantar la cabeza, mucho menos de articular una frase completa. Finalmente, con gran dificultad, logró girar la cara de lado y clavó los dientes en la muñeca de Zhou Ling, apoyada junto a su oreja. La mordida fue feroz; incluso sintió el contacto de los colmillos hundiéndose en el músculo.
—¡Hss…!
Zhou Ling, dolorido, retiró el brazo de un manotazo y aflojó por un momento la presión. Song Mingqi sintió que la mandíbula estaba a punto de desencajársele, pero aun así consiguió ese brevísimo instante para hablar.
—…Cof… cof… —de su garganta salió una voz ronca, irreconocible incluso para él mismo—. ¿Conoces a Wu Guan?
Ese nombre fue como una orden de pausa. Los movimientos de Zhou Ling se ralentizaron, cada vez más, más despacio aún, hasta detenerse por completo.
Song Mingqi sintió cómo los dedos que le sujetaban el cuero cabelludo se tensaban de golpe. Lo obligaron a alzar el cuello, estirándolo al máximo. El aliento a su espalda se transformó en un temblor contenido, de frecuencia rápida, como una cuerda de arco a punto de romperse: un segundo más y todo se vendría abajo.
Zhou Ling apretó los molares y, casi sollozando, dejó escapar aquellas palabras:
—¡Fue Wu Guan quien mató a mi hermana!
—¡Wu Guan asesinó a Zhou Yuan!
—Todos lo sabemos —dijo—, pero no tenemos pruebas.
Seis años atrás, Song Mingqi había escuchado una frase muy parecida de labios de su profesor, Xiong Xi.
Por aquel entonces llevaba apenas unos años trabajando en la universidad. Era una etapa prolífica en resultados académicos; joven y lleno de ímpetu, no destacaba precisamente por su sentido del bien común, concentrado como estaba en labrar su propio terreno.
Una noche, ya pasadas las diez, salió por fin del despacho y vio que la luz del despacho de Xiong Xi seguía encendida. Se acercó a saludar.
—¿A estas horas y todavía no se ha ido?
Xiong Xi se alegró mucho de verlo. Le preguntó si quería té, pero enseguida recordó lo tarde que era y terminó dándole una botella de agua mineral.
—Estoy revisando un caso, a ver si encuentro alguna pista que se nos haya pasado por alto.
Song Mingqi había oído hablar de ello.
—¿El caso 210?
—Sí—. Xiong Xi, rodeado de documentos, se quitó con cansancio las gafas de lectura—. Hoy he asistido al juicio.
Las cámaras de tráfico mostraban a una mujer llamada Zhou Yuan siguiendo a un hombre hasta subir a su coche. El vehículo partió a toda velocidad y desapareció al entrar en una zona sin cobertura de vigilancia.
Tras abrirse el caso por la desaparición de Zhou Yuan, la policía rastreó el coche gracias a las grabaciones y confirmó que pertenecía al sospechoso, Wu Guan. En el interior se hallaron, efectivamente, restos microscópicos de sangre de Zhou Yuan, aunque insuficientes para confirmar su muerte.
Wu Guan declaró que había conocido a Zhou Yuan como paisano. Al enterarse de que ambos regresaban a Rao Bei, se ofreció a llevarla en coche a cambio de una pequeña contribución por el viaje. Zhou Yuan aceptó. Ese día, al verla sola, incluso subió a ayudarla con el equipaje; se comportó de forma educada y correcta al recogerla. Sin embargo, según él, Zhou Yuan pretendía viajar gratis y se negó a pagar, lo que provocó una disputa. En un arrebato, cometió una agresión sexual contra ella. Más tarde, como ella armaba mucho alboroto, la dejó bajar del coche. A partir de ahí, afirmó no saber nada más.
En su versión de los hechos, Rao Bei era un lugar pequeño y de mentalidad tradicional. Wu Guan sostuvo que Zhou Yuan, cargada con su equipaje, quizá se sintió demasiado avergonzada para volver a ver a familiares y conocidos tras bajarse del coche, y que no era imposible que hubiera cambiado de identidad o incluso se hubiera suicidado.
La policía siguió esta línea de investigación durante un mes. Sin embargo, el teléfono de Zhou Yuan no volvió a emitir señal alguna, ni su tarjeta bancaria registró nuevos movimientos. Dentro del cuerpo policial, la mayoría se inclinaba por la posibilidad de que la víctima hubiera sido asesinada.
Pronto se organizó una búsqueda exhaustiva en parques, colinas y lagos de recreo a lo largo del trayecto. El área era inmensa. Tras un mes entero de rastreos sin encontrar el cadáver, no quedó más remedio que procesar a Wu Guan únicamente por violación.
—La declaración de Wu Guan está llena de contradicciones —dijo Xiong Xi—. Además, según el hermano de la víctima, su relación era muy estrecha. Zhou Yuan jamás habría abandonado a su único familiar sin decir una palabra para suicidarse.
—Fue Wu Guan quien mató a Zhou Yuan. En realidad, todos lo sabemos —continuó, golpeando suavemente la mesa con los dedos—, pero no tenemos pruebas. Durante el juicio mostró una actitud extremadamente arrogante; incluso provocó a la familia de la víctima al pasar junto a ellos. Sabía que, condenado solo por violación, saldría pronto.
La psicología criminal habla de probabilidades; la justicia, de pruebas. Song Mingqi percibía con claridad la rabia y la impotencia de su profesor. Guardó silencio un momento antes de preguntar:
—¿Cuántos años le cayeron a ese Wu Guan?
—Cinco. Cuando salga, apenas tendrá treinta y cinco—. Xiong Xi suspiró profundamente, atrapado en los recuerdos del juicio—. No supe cómo responder a la familia de la víctima. Vivos o muertos, hay que verlos. Si solo fue una violación, ¿dónde está Zhou Yuan? Y si la mataron, ¿dónde demonios la enterró Wu Guan?
Medio año después, Xiong Xi, agotado por el exceso de trabajo, sufrió un derrame cerebral durante un congreso académico. Wu Guan fue trasladado a la prisión de Guangnan para cumplir condena. El caso 210 quedó sellado bajo el polvo del tiempo.
Song Mingqi jamás habría imaginado que volvería a encontrarse con la familia de la víctima en una circunstancia así.
De pronto recordó aquella marca en forma de “Y” grabada en el punto más doloroso del cuerpo de Zhou Ling, justo en la zona vulnerable de su mano.
Era la yuan de Zhou Yuan.