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Song Mingqi ya no recordaba cómo había logrado regresar a casa.
Movido únicamente por el instinto, aturdido y con la mente en blanco, rebuscó el botiquín, se aplicó pomada en las contusiones y hematomas del cuerpo, y luego cayó en un sueño profundo que duró un día entero.
Cuando abrió los ojos y vio el techo familiar, por un momento creyó que era un día laborable cualquiera. Pero enseguida recordó que había atravesado una jornada y una noche crueles: alguien iba a cometer un acto terrible, y ahora solo él lo sabía.
Que Zhou Ling lo hubiera dejado marchar era, en realidad, una decisión muy poco segura.
Song Mingqi aún tenía una probabilidad altísima de denunciarlo. El secuestro, las agresiones, el plan que había confesado… para él, el derecho estaba por encima del sentimiento; la ética debía buscarse dentro de la ley. La justicia privada era inaceptable, y Zhou Ling no podía ignorar las consecuencias.
Y aun así, Zhou Ling había elegido confiar en él y dejarlo ir.
Eso equivalía a poner la decisión final en sus manos.
Durante mucho tiempo, Song Mingqi había querido enviar a ese individuo peligroso, con claras tendencias delictivas, a prisión. Ahora que sus sospechas se habían confirmado, era incapaz de hacerlo.
Cada célula de su cerebro estaba en máxima actividad, repasando obsesivamente cada segundo que había pasado con Zhou Ling.
Recordó al Zhou Ling con el que había conversado en Malicia. Si el caso 210 no hubiera ocurrido, quizá habría sido simplemente un universitario brillante, aplicado, con un aire frío y algo rebelde; alguien que podría haber disfrutado, como cualquier otro, de una juventud despreocupada en el campus. Y, sin embargo, para encontrar el paradero de su hermana, había tenido que dedicar los cinco mejores años de su vida a preparar, día tras día, un secuestro y un asesinato.
Song Mingqi sabía muy bien que, si llamaba a la policía, destruiría todos los esfuerzos de Zhou Ling, enterraría para siempre la verdad del caso de Zhou Yuan. Wu Guan saldría de prisión el día 20, respiraría hondo el aire de la libertad y luego buscaría a su siguiente víctima. También traicionaría la confianza de Zhou Ling; este acabaría odiándolo, incapaz de perdonarlo jamás.
¿Qué clase de dilema del tranvía era este?
Se decía que el peso de todas las vidas debería ser el mismo, pero cuando un criminal empedernido y una persona inocente y bondadosa yacen juntos sobre las vías, el corazón humano inevitablemente se inclina.
Ojalá existiera algo así como una psicología para salvar personas, pensó Song Mingqi. Se cubrió los ojos con el antebrazo para bloquear la luz del día; el corazón se le encogió dolorosamente.
Pasó mucho, muchísimo tiempo.
Al final, se humedeció los labios resecos y se incorporó en la cama. Un mareo intenso lo obligó a detenerse; se tocó la frente con el dorso de la mano: tenía algo de fiebre.
Buscó las gafas en la mesilla y se las puso. La sensación de pesadez no hizo más que acentuarse, y la grieta imposible de ignorar en una de las lentes le recordó que debía hacerse otras nuevas cuanto antes.
Cuando, con el cuerpo dolorido, llegó al salón, bebió de un tirón media botella de agua mineral y solo entonces se sintió un poco mejor. Se tomó un antipirético, permaneció un rato inmóvil, y por fin encontró en un cajón unas gafas de repuesto y un móvil antiguo. Introdujo la tarjeta SIM.
El teléfono empezó a recibir mensajes que Zhou Ling no había tenido tiempo de revisar, junto con una notificación de transferencia que él le había enviado.
La cifra tenía decimales exactos: 12 315,21.
Parecía como si hubiera reunido todos los ahorros que tenía y se los hubiera enviado.
«Para pagarte los gastos médicos, las gafas y el teléfono».
«Por ahora solo tengo esto. Si no alcanza, si logro salir con vida, te devolveré el resto».
«Por favor, por favor, no llames a la policía».
Solo esas tres frases. Nada más.
Al repasar los últimos cuatro meses, Song Mingqi se dio cuenta de que Zhou Ling parecía haberse conducido siempre con un principio muy claro: no deberle nada. Rechazó la cesta de fruta, no aceptó las comidas que él invitaba; incluso cuando lo llevó a jugar a videojuegos, insistió en compensarlo con un modelo que sabía que a Song Mingqi le gustaba.
¿Qué clase de persona era, en el fondo, Zhou Ling?
Song Mingqi quiso responder de nuevo a esa pregunta.
Había nacido en la tierra árida de Rao Bei, sin el amparo de unos padres, y el destino le había arrebatado después a su única familia. Pero no solo no se resignó: tuvo el valor de exigirle una respuesta al propio destino.
Nadie mejor que Song Mingqi conocía los datos masivos extraídos del análisis sociológico: cómo un entorno de crecimiento adverso puede arrastrar a una persona a lo largo de su vida hacia consecuencias negativas, emociones negativas, decisiones negativas. Y, sin embargo, Zhou Ling era una minoría en el gráfico circular, una anomalía que desmentía la tendencia general. Era alguien con raíces profundas, una vida que ni el fuego salvaje podía consumir.
Hierba de ribera extendida por montañas y campos, creciendo en el corazón del incendio, nadando junto a la orilla del embalse, enterrada en el cemento, resistiendo bajo la nieve espesa.
Zhou Ling era una persona así.
De pronto, Song Mingqi entendió algo con claridad: en el fondo, no quería llamar a la policía. Le parecía mezquino. Él había engañado primero; Zhou Ling había recibido una bofetada y una cuchillada, y había devuelto todo lo que podía devolver. Lo que quedaba, Zhou Ling solo quería saldarlo entre ellos dos.
Pero tampoco era capaz de quedarse de brazos cruzados viendo cómo la tragedia se consumaba, viendo a Zhou Ling encaminarse a la cárcel. Así que la única opción que le quedaba era usar su propio método para hacer que Zhou Ling abandonara el plan por voluntad propia: una salida relativamente más suave, más fácil de aceptar.
Lo llamó por teléfono.
Descubrió que había sido eliminado de WeChat, y al marcar su número móvil, una voz automática anunció que el teléfono estaba apagado.
Un presentimiento muy malo le oprimió el pecho. Se puso el abrigo y bajó las escaleras a toda prisa.
La puerta del sótano estaba entreabierta. En la entrada, abandonado en soledad, había un paquete que nadie había recogido. Song Mingqi levantó la caja y empujó despacio la vieja puerta.
Dentro no había nadie. El lugar estaba vacío. Algunos armarios rotos yacían desperdigados. La ropa de Zhou Ling, la guitarra que había tocado, el cuenco de Pearl… todo había desaparecido. Junto con ello, también se había llevado el patito de goma que Song Mingqi le había regalado.
Song Mingqi fue entonces a preguntar a la oficina de administración del edificio.
El gerente Yang dijo:
—Zhou Ling… la verdad es que fue raro. Al mediodía vino de repente, liquidó su salario y renunció.
—¿Adónde fue? —preguntó Song Mingqi.
Al gerente Yang la pregunta le pareció extraña.
—Profesor Song, eso no lo sabemos. Los que hacen mantenimiento suelen trabajar un mes aquí y al siguiente en otro sitio. No preguntamos. Además, con alguien como él… aunque preguntes, no habla.
Zhou Ling se había marchado limpiamente, sin dejar rastro. Así, sin más, desapareció.
Tal como imaginaba.
Zhou Ling no iba a dejar todo el control en sus manos. Se había escondido un paso antes; de ese modo, incluso si Song Mingqi llamaba a la policía, quizá podría mantenerse oculto hasta la salida de Wu Guan.
Pero también era una forma de no ponerlo en un aprieto: denunciara o no, Zhou Ling ya no estaría a su lado para amenazarlo o hacerle daño.
Song Mingqi se quedó de pie bajo el sol, con una sensación difícil de describir. Aún albergando una mínima esperanza, condujo hasta el centro comercial de electrónica para buscar a Wan Changda, con la idea de preguntarle si sabía algo del paradero de Zhou Ling o si tenía algún medio para localizarlo. Pero el lugar estaba vacío. Probablemente, temiendo que Song Mingqi hubiera visto cosas que no debía, Wan Changda había recogido todo y se había largado hacía tiempo.
Sin más opciones, Song Mingqi terminó conduciendo hasta la biblioteca municipal. Cada escalón al subir le resultaba familiar, pero su estado de ánimo ya no se parecía en nada al de otros días.
El libro seguía en pie, en el mismo lugar, aguardándolo en silencio. Al abrir la hoja que había dejado entre sus páginas, la última conversación seguía detenida en aquellas tres palabras que él mismo había escrito: «Nos vemos en el Festival del Medio Otoño».
¿Quién habría imaginado que, en apenas uno o dos días, pasarían tantas cosas?
No sabía si Zhou Ling volvería, si llegaría siquiera a verlo. Aun así, tomó el lapicero y escribió al final:
«Mi preocupación es sincera».
«Quiero volver a oírte tocar Hierba del barranco*. No quiero que aquel día haya sido la última vez».
«Una buena persona no debería acabar así».
«Ponte en contacto conmigo».
En realidad, solo pensaba escribir una frase, pero cuanto más avanzaba, más palabras se acumulaban. Después de devolver el libro a la estantería, Song Mingqi regresó a casa, exhausto. No podía buscarlo a través de la policía; todo lo que estaba en su mano ya lo había hecho.
Tras ducharse, se dejó caer sobre el colchón. Un camión avanzaba a toda velocidad por la carretera y, una vez más, comenzó a tener pesadillas.
Así pasaron varios días. Song Mingqi no volvió a recibir ningún mensaje de Zhou Ling, ni apareció pista alguna. Preguntó en los hospitales cercanos, pero en ninguno habían atendido a alguien con esas características.
También sabía que una herida de cuchillo de ese tipo resultaría demasiado llamativa en un hospital. Pero si no acudía a tratarse, le preocupaba que Zhou Ling acabara muriendo en algún rincón por una infección. Además, le había transferido todo el dinero que tenía: ¿tendría algo para comer?, ¿un lugar donde quedarse?
Quizá esas preguntas encontrarían respuesta. Quizá no la tendrían nunca.
Entre medias, llamó al agente Zhang Yonglian para confirmar la fecha de salida de prisión de Wu Guan. Seguía siendo el día 20, sin cambios. Saber que aún le quedaba medio mes le dio algo de tranquilidad. No reveló nada más; todavía no era el momento.
Tal vez porque el mensaje que había enviado aquel día no obtuvo respuesta durante mucho tiempo, cuando Huo Fan abrió el chat para consultarle una duda médica, por fin percibió algo extraño en la conversación anterior. Decidió llamarlo de inmediato para asegurarse de que estaba bien.
Al principio nadie respondió. Huo Fan recordó el plan del que Song Mingqi había hablado en su última llamada, relacionado con ratones anestesiados, y una inquietud difusa comenzó a crecerle en el pecho. Justo cuando estaba a punto de colgar para llamar a la policía, la llamada se conectó.
La respiración de Song Mingqi sonaba pesada, como si caminara contra el viento.
Huo Fan suspiró aliviado.
—¿Estás fuera?
—Sí.
—¿Vas a la biblioteca? ¿A ver a tu chico de la biblioteca?
—Un amigo me ha invitado a cenar —respondió Song Mingqi tras un breve silencio—. Ya no hay chico de la biblioteca.
—¿Eh?
—El chico de la biblioteca y el ratón blanco de metro noventa son el mismo ra… —se corrigió—, la misma persona.
Al otro lado de la línea se hizo el silencio. Tres o cuatro segundos después, estalló un chillido agudo.
—¡Con razón dijiste que ibas a dejar de centrarte tanto en el caso! Yo pensé que el sol salía por el oeste y que, milagrosamente, tu cabeza dura había entrado en razón.
Solo mencionar aquello hizo que a Song Mingqi le subiera la irritación.
—… Pensé que al menos llamarías para preocuparte un poco por mi proceso emocional. Y además, yo tampoco sabía que tu padre iba a contactarte de repente este año.
Song Mingqi le contó, a grandes rasgos, lo ocurrido durante el Festival del Medio Otoño y concluyó de forma tajante:
—En resumen: él no es el asesino del caso del edificio de familiares de la minera, pero podría convertirse muy pronto en el autor de otro caso. No sé si me explico.
Del otro lado volvió a oírse un chillido estridente.
—Dios mío, qué horror —dijo Huo Fan, mostrando por una vez un atisbo de conciencia, con tono culpable—. Sorry, de verdad no lo pensé demasiado. Are you ok?
—Fine, estoy bien—. Song Mingqi se aclaró la garganta de forma estratégica, ocultando deliberadamente la cita con un lector desconocido, el haber acabado por error en la cama con Zhou Ling y cosas como ducharse juntos, episodios que, ahora que los recordaba, seguían pareciéndole inverosímiles.
Huo Fan chasqueó la lengua y soltó un largo suspiro.
—La verdad es que es muy triste… ya no tiene familia, y cuando por fin se encuentra con alguien que se preocupa por él, resulta ser un liar, alguien que engaña con los sentimientos…
Song Mingqi inspiró hondo y replicó:
—¿Tú exactamente de quién eres amigo?
Huo Fan soltó una risa incómoda.
—Es que, escuchándolo bien… dejarte ducharte, darte de comer, llevarte artículos de aseo y ropa… ¿qué secuestrador se preocupa por si comes, bebes o duermes, y encima respeta tus manías de limpieza? Yo diría que tenía auténtico miedo de que lo llevaras a comisaría, así que prefirió adelantarse. Son cosas de jóvenes, ya sabes, hacen estupideces, son demasiado impulsivos—. Cuanto más hablaba, más convencido parecía—. Es más, incluso diría que le importas bastante, doctor Song…
No sabía por qué, pero al salir de la boca de Huo Fan, aquellos momentos insoportables del secuestro adquirieron de repente un matiz inquietantemente ambiguo. Song Mingqi no se pronunció sobre ese “le importas”.
—¿No existe la posibilidad de que simplemente sea una buena persona?
—Tienes un estándar altísimo para definir a la gente buena. Entonces, ¿por qué no salgo yo a la calle a pasarme noches enteras montándole bombillas a desconocidos? —bromeó Huo Fan—. O dime, ¿qué es lo que quieres hacer? ¿Llamar a la policía y meter en la cárcel a tu querido chico de la biblioteca? ¡Yo te apoyo con pies y manos!
Esta vez, Song Mingqi guardó silencio.
Huo Fan captó su vacilación.
—Mírate…
Al intuir lo que iba a decir, Song Mingqi se adelantó:
—… No estoy enamorado de él. Solo coincidimos bastante al hablar.
—Anda ya —replicó Huo Fan—. He leído Psicología de la mentira.
—…
—Además, ¿te has dado cuenta? El lenguaje humano es un gigantesco sistema de mentiras. Para disfrazar el “amor”, inventamos palabras como “sintonía”, “admiración”, “interés”, y luego insistimos en que son cosas distintas—. Huo Fan habló con desdén—. ¿Quieres acostarte con él? ¿Quieres hablar con él? ¿Cuando no lo ves, lo buscas? Si la respuesta es “yes” a todo eso, entonces es amor.
Song Mingqi se mordió el labio.
—… Dejando eso a un lado, ahora mismo sí que lo estoy buscando. Desde aquel día desapareció.
Huo Fan no tenía ganas de discutir con alguien tan testarudo.
—¿Y qué piensas hacer cuando lo encuentres? No quieres llamar a la policía… Si no, podrías pagarle con la misma moneda: encerrarlo tú, impedir que se acerque a Wu Guan.
No sabía si era imaginación suya, pero Song Mingqi creyó percibir en el tono de Huo Fan una excitación fuera de lugar al pronunciar la palabra “encerrar”.
—… Por ahora solo quiero hablar con él con calma, intentar convencerlo. Pero no estoy seguro de tener muchas probabilidades —admitió Song Mingqi, dudoso.
—¿Sabes qué tipo de personas son las que menos temen a la muerte? —preguntó Huo Fan, deteniéndose a propósito.
—¿Las que no tienen ataduras?
—¡Exacto! —Huo Fan celebró que Song Mingqi captara la idea—. Tienes que darle algo a lo que aferrarse, hacer que mire hacia el futuro, que vea cosas que le gusten, cosas hermosas, en lugar de quedarse atrapado en el pasado. Puede que así no esté tan decidido—. Hizo una pausa sutil y bajó la voz—. Tú eres mayor, has visto más mundo, ¿no? Toca aprovechar esa ventaja y ejercer un poco de guía…
—Pero en este mundo ya no debe de tener familia. Los parientes que no sean directos difícilmente servirían como ancla…
Huo Fan acababa de soltar un impaciente chasquido por teléfono cuando Song Mingqi se detuvo en seco, comprendiendo de repente.
—Ah… ya entiendo. ¿Presentarle a alguien?
—… —Huo Fan inhaló profundamente y estalló—. ¡Convertirte tú en su pareja! ¡Idiot!