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Zhou Ling no estaba escuchando realmente. Su rostro era puro asombro, y el tono de su voz se volvió frío.
—¿Cómo me encontraste?
—Cuando dejé de verte en la biblioteca, ya sabía tu estatura, tu edad, tus hábitos. Soy perfilador, no es tan difícil —Song Mingqi volvió a sonreír con esa seguridad orgullosa que lo caracterizaba—. Basta con fijarse en algunos detalles y razonar: el olor a mar en tu pelo, las fibras de tu ropa, la humedad…
Zhou Ling frunció el ceño lentamente. Con ciertas pistas quizá podía deducirse la zona aproximada en la que vivía, pero llegar con tanta precisión… era demasiado.
—Claro que, principalmente, fue gracias al localizador que te metí en el bolsillo mientras te duchabas.
—…
Zhou Ling se llevó la mano al bolsillo del pantalón por puro reflejo.
Song Mingqi soltó una risa suave; tras las gafas, sus ojos se entrecerraron. Levantó la caja de mensajería.
—Compraste algo y lo dejaste olvidado en el sótano del edificio. Te lo traje. —Luego se apartó medio paso—. ¿No me invitas a pasar un rato?
Zhou Ling frunció el ceño, con una expresión de impotencia resignada.
Debió haberlo sabido: aquellas cualidades obstinadas de Song Mingqi que tanto le gustaban acabarían, tarde o temprano, volcándose una por una sobre él mismo.
Mientras abría la puerta, Zhao Xicheng por fin aceptó bajarse al suelo. Alzó la cara para mirar a Song Mingqi, con esos ojos negros y brillantes que no dejaban de moverse de un lado a otro.
—¿Y tú quién eres?
Song Mingqi bajó la vista para mirarlo.
—¿Y tú quién eres?
Zhao Xicheng respondió con toda la dignidad del mundo:
—¡Soy el hermano pequeño de Zhou Ling!
Zhou Ling solo tenía una hermana mayor, no un hermano. Song Mingqi levantó la mirada hacia él.
En ese momento la cerradura dio la última vuelta y, al abrirse, las bisagras oxidadas dejaron escapar un chirrido áspero. Pearl trotó hacia fuera con un repiqueteo alegre; al reconocer el olor de Song Mingqi, empezó a menear la cola como si fuera a despegar y trató de ponerse de pie para apoyarse en su pantalón, pero Zhou Ling se adelantó y la detuvo.
Desde atrás, empujó suavemente la nuca de Zhao Xicheng, haciendo que las patas delanteras de Pearl se apoyaran en las pantorrillas del niño.
—Ve a jugar con Pearl.
Niño y perro salieron corriendo hacia el interior entre gritos de júbilo. Zhou Ling tuvo que esforzarse un poco para sacar la llave del cerradero atascado.
—A Zhao Xicheng lo conocí haciendo voluntariado en un orfanato. Tiene mucha iniciativa: se escapó solo y me llamó desde una cabina pública para que fuera a recogerlo… En unos días lo llevaré de vuelta.
Por aquel entonces, Zhou Ling acababa de mudarse y tenía todo patas arriba. Ni siquiera se había instalado del todo cuando recibió esa llamada. Al principio se llevó un susto; fue corriendo a la cabina y se encontró al crío allí plantado, con la mochila a la espalda, sujetando obedientemente un boniato asado que alguna tía le había dado, tan caliente que no paraba de cambiarlo de mano.
Zhou Ling se puso serio al instante, dispuesto a devolverlo, pero a Zhao Xicheng le había costado un mundo escaparse y, si volvía, la profesora Li seguro que lo reñía. Se tiró al suelo a llorar, con mocos y lágrimas, negándose a moverse. Al final, Zhou Ling no tuvo más remedio que llevárselo a casa y llamar al orfanato para tranquilizarlos por el momento.
A Song Mingqi no le sorprendía. Zhou Ling sabía jugar a videojuegos y se le daban bien las manualidades; que cayera bien a los niños era casi inevitable.
Song Mingqi asintió, comprensivo, y le tendió la caja del paquete. Enseguida, su atención se vio atraída por un patito de goma sobre el mueble auxiliar: era el que él mismo le había regalado.
Lo cogió y lo apretó distraídamente. Al volver la cabeza, vio que Zhou Ling parecía no recordar qué había comprado; le daba vueltas a la caja de cartón, mirándola por todos lados.
Movido por la curiosidad, Song Mingqi se acercó también. Cuando Zhou Ling la abrió con unas tijeras, descubrieron dentro otra caja negra. Se miraron; ninguno entendía muy bien de qué se trataba. Arrancaron la cinta y levantaron la tapa.
…
Era una mordaza. Rosa.
¡Gñec!
Song Mingqi se sobresaltó; sin querer, apretó el patito, que chilló. Soltó los dedos de golpe y devolvió el pato a su sitio con torpeza.
—¿Para qué compraste esto?
Zhou Ling lo recordó entonces.
—En Nian Nian no quisiste ponerte cinta en la boca. Pensé que con esto estarías más cómodo.
Quién iba a estar más cómodo era discutible.
—…Sabes para qué sirve esto, ¿verdad? —preguntó Song Mingqi.
Zhou Ling lo miró con esos ojos oscuros, ladeando la cabeza.
Tenía la sensación de que estaba fingiendo no entender absolutamente nada cuando, en ese instante, Zhao Xicheng apareció corriendo con un avión de papel en alto, gritando a pleno pulmón. Song Mingqi cerró la caja de golpe.
—Déjalo —dijo—. Mejor no lo saques.
Zhou Ling le echó una mirada entre risueña y ambigua, y volvió a levantar las bolsas de la compra para dirigirse al fregadero.
Song Mingqi también entró en la casa. La luz allí dentro era, sin duda, mucho mejor que la del sótano de antes, pero el efecto secundario era un aire cargado de un intenso olor a mar. En las cuatro paredes quedaban manchas amarillentas del agua que las había empapado alguna vez, y el moho parecía haberse filtrado hasta las grietas.
Lo más valioso de la estancia seguía siendo la guitarra colgada en la pared. El resto del mobiliario era casi inexistente: un sofá, una cama, una mesa, unos cuantos taburetes redondos, un perchero improvisado con un aparador y una nevera pequeña, de apenas medio metro de altura. Poco más había que mereciera mención.
Aun así, Song Mingqi sospechó que aquella habitación debía de haber tenido otro uso en el pasado, porque del techo colgaba nada menos que una bola de luces de discoteca, descaradamente coqueta. Pero lo que de verdad le llamó la atención fue que la bola estuviera cubierta con una bolsa de plástico: el enorme logotipo de una luna le permitió reconocerla de inmediato como un envoltorio de Ji Yue Zhai.
Justo cuando estaba a punto de preguntar qué clase de idea decorativa tan disparatada era aquella, lo interrumpió Zhao Xicheng, que volvió corriendo, seguido del leve ladrido de Pearl.
Pensándolo bien, en un espacio de apenas treinta metros cuadrados, Zhou Ling criaba a un niño… y además tenía un perro.
No había en él ni rastro de alguien que, medio mes después, fuera a lanzarse al filo de los cuchillos o al fondo del abismo.
O quizá la determinación de Zhou Ling solo era así de cruel con él.
Zhao Xicheng se arrodilló en la silla, recogió dos pinceles tirados sobre la mesa y garabateó un par de trazos en el papel. Luego estiró el cuello y retomó la pregunta de antes:
—Aún no has hablado de ti. ¿Quién eres exactamente?
Song Mingqi se sentó en un taburete bajo, con las piernas juntas, y miró a Zhou Ling de espaldas, ocupándose de las verduras recién compradas. Sus movimientos tenían algo de innecesariamente atareado; era evidente que la mente no estaba en lo que hacía, sino en la conversación que escuchaba.
—Soy amigo de tu hermano —dijo.
Al mismo tiempo, notó que el gesto de Zhou Ling al cortar el envase del yogur se detenía apenas un instante, antes de volver a la normalidad. Se inclinó, vertió la mitad en el cuenco de Pearl y luego se acercó para darle la otra mitad a Zhao Xicheng.
El niño sorbió ruidosamente por la pajilla, con los ojos entrecerrados. De pronto, otra mano se extendió frente a Song Mingqi: Zhou Ling le tendía un envase entero.
Zhao Xicheng rodó los ojos y preguntó:
—¿Amigo?
Song Mingqi aceptó el yogur y respondió:
—Sí. Y además, un amigo que a tu hermano le gusta mucho.
Zhao Xicheng giró la cabeza y gritó a voz en cuello:
—¡Zhou Ling! Dice que te gusta mucho, ¡y él no tiene vergüenza!
(Cantonés literal: ¡Zhou Ling! Él dice tú muy gustar él; él no saber vergüenza).
Zhou Ling se quedó un segundo desconcertado, pero al ver la sonrisa cada vez más evidente de Song Mingqi, acabó riendo también, con los hombros sacudiéndose. Los dos rieron durante un buen rato, hasta que Zhou Ling se acercó y le tiró de la oreja a Zhao Xicheng:
—Que me guste él es cosa mía. Yo soy el que no tiene vergüenza, ¿entiendes?
(Cantonés literal: Yo gustar él ser yo no tener vergüenza, tú entender o no entender?
Poco a poco, Song Mingqi dejó de reír. Bajó la vista hacia las letras pequeñas del envase de yogur; no estaba procesando lo que leía, solo necesitaba fijarse en algo. Al cabo de un rato, le dijo a Zhou Ling:
—Seamos así. Seamos este tipo de amigos durante medio mes. ¿Qué te parece?
De pronto, la habitación quedó en silencio. La mirada de Zhao Xicheng iba y venía entre los dos; al darse cuenta de que no entendía nada, volvió a bajar la cabeza para dibujar. La punta del pincel rozaba el papel con un suave susurro, mientras la pequeña lámpara amarillenta no lograba ahuyentar la noche y parpadeaba de vez en cuando.
Zhou Ling guardó silencio y, finalmente, esbozó una sonrisa amarga.
—¿Para qué?
—Tú mismo dices que soy terco —respondió Song Mingqi—. Hasta el último momento no sabré soltar. Ya hablaremos ese día, ¿de acuerdo?
Zhou Ling no contestó. Regresó al fregadero, abrió el grifo y empezó a separar las partes aprovechables de un repollo sucio y mustio, colocándolas en un barreño.
Cuando lo lavó por segunda vez, el agua turbia ya había desaparecido por completo y se volvió clara y transparente. Song Mingqi se acercó y rozó su hombro.
De repente, Zhou Ling dijo en tono de broma:
—En estos quince días… ¿no estarás pensando en cómo drogarme, verdad?
Song Mingqi soltó una risa seca.
—7,3 miligramos.
—¿Qué?
—La dosis de somnífero suficiente para dejarte fuera de combate. La estudié de verdad.
—…
—Pero no pienso hacerlo —añadió Song Mingqi—. Puedo imaginarme lo que se siente cuando un plan al que has dedicado cinco años, o incluso toda una vida, se arruina por culpa de otro. La palabra “no resignarse” basta para destruir a cualquiera; y más aún si se trata de la persona que te gusta—. Hizo una pausa—. Prefiero que seas tú quien lo entienda por sí mismo, que lo aceptes de buena gana. Porque, al final, tendrás que despertar… y cuando despiertes, yo no podría ganarte a golpes.
Zhou Ling soltó una carcajada, y su expresión se suavizó.
Entonces Song Mingqi recordó por fin lo que había querido preguntar antes. Alzó la barbilla y señaló hacia el techo.
—¿Por qué guardas una bolsa de Ji Yue Zhai?
—Fue la primera vez que comí eso.
—¿El pastelito de cerdito? —preguntó Song Mingqi. Recordaba que los que le había comprado aquel día habían llegado hechos migas.
Zhou Ling asintió con un leve “mm”.
De pronto, Song Mingqi sintió un nudo ácido en el pecho. ¿Cómo se come un pastel roto? Y Zhou Ling incluso había lavado el envoltorio de plástico para conservarlo.
Pero no supo cómo expresar esa emoción. Era demasiado densa, demasiado llena, más allá de lo que podía procesar. Song Mingqi metió despacio la mano en el barreño; el agua se desbordó y corrió por el borde, cayendo con un ruido constante.
—¿Si está rico hay que colgarlo del techo?
—Me di cuenta de que, cuando se enciende la bola de luces, el dibujo de la luna se ilumina —dijo Zhou Ling, con la mirada baja, observando su propia mano áspera y poco agraciada junto a aquella otra, blanca y esbelta—. Es mi manera de ver la luna desde dentro de la casa.
Song Mingqi rió entre dientes.
—¿Y por qué no salir a verla? La luna junto al mar debe de ser preciosa.
—No es lo mismo… —Zhou Ling guardó silencio unos segundos—. También es la forma que tengo de verte a ti.
Las hojas de col flotaron en la superficie. Por primera vez, Zhou Ling no miró el contador del agua. Hoy Song Mingqi estaba de visita; permitirse un poco de desperdicio no era pecado.
Song Mingqi movió lentamente la mano bajo el agua, la colocó sobre el dorso de la de Zhou Ling y la apretó con suavidad.
—Medio mes. Daré por hecho que has aceptado.
Fue la primera vez que Song Mingqi probó la comida de Zhou Ling.
A Zhou Ling le había parecido demasiado simple y había pensado en coger la moto para comprar algo más en un restaurante cercano. Incluso se había puesto ya el casco, pero Song Mingqi lo arrastró de vuelta a la casa. No quería montar un escándalo, y además no tenía demasiada hambre. Así que Zhou Ling acabó añadiéndole un par de palillos.
Por respeto al “cocinero”, Song Mingqi probó la comida con curiosidad. Los ingredientes eran modestos, pero estaba deliciosa. Zhou Ling era bueno en eso: siempre sabía cuidar de los demás, mientras que consigo mismo era implacable.
Durante la cena, los dos tenían la cabeza en otra parte y comieron poco. Pronto dejaron los palillos y se quedaron mirando cómo Zhao Xicheng devoraba la comida con un entusiasmo casi salvaje, tan feroz que parecía una versión en miniatura de Zhou Ling.
Apoyando la barbilla en la mano, Song Mingqi preguntó:
—¿De pequeño eras así también? ¿Tan chiquitito?
Zhou Ling estaba recogiendo los pinceles de acuarela que Zhao Xicheng había dejado tirados, devolviéndolos uno a uno a la caja.
—Ahora ya no soy pequeño.
—… —Song Mingqi chasqueó la lengua—. ¿Por qué lo que dices ahora suena tan raro?
Zhou Ling alzó una ceja y lo miró.
—¿Y tú? ¿En qué cosa muy grande estás pensando?
—…
Zhao Xicheng, que había oído la conversación, levantó la cabeza y asomó los ojos por encima del cuenco.
—Un elefante —respondió Song Mingqi en voz alta—. Estoy pensando en que los elefantes son muy grandes.
Cuando Zhao Xicheng volvió a hundir la cabeza en el plato, Song Mingqi vio la expresión divertida que Zhou Ling ya no lograba contener.
—Ahora eres de lo más malo.
Zhou Ling se recostó contra el respaldo de la silla y respondió con total naturalidad:
—Tú me malacostumbraste.
—…Hablando de eso… —Song Mingqi se levantó de pronto, abrió la carpeta que había traído y sacó de ella un libro—. No contestaste a mi mensaje en la biblioteca y estuve preocupado todo el tiempo por si alguien se llevaba el libro y desaparecían nuestras notas. Así que compré otro ejemplar de la misma edición y volví a meter dentro todos los papelitos de antes—. Se lo tendió—. Es para ti.
Era Malicia, de Higashino Keigo.
Zhou Ling pasó los dedos por la cubierta. La primera vez que había visto los mensajes que Song Mingqi le dejaba, aquella letra elegante escrita con pluma, no había pensado más que en un lector entrometido. Alguien que probablemente trabajaba sentado en una oficina, con el aire acondicionado encendido, con tiempo de sobra para pasearse por el templo del conocimiento; no como él, que tenía que llegar cubierto de polvo desde la obra, lavarse las manos a toda prisa y sentarse en el suelo para devorar dos horas de lectura antes del cierre. Su interés por hablarle, por él, no podía ser más que algo pasajero.
Nunca imaginó que, frente a su propia malicia y sus prejuicios, Song Mingqi se tomaría en serio explicarle cómo florecía el cerezo yaezakura, o le enseñaría que el sistema de clasificación era uno de los mayores inventos del mundo, la herramienta más útil para cualquiera que quisiera aprender.
Fue pasando las páginas sin detenerse demasiado; el aire levantado por el papel llevaba consigo el olor de la tinta, hasta que se detuvo en la última frase que Song Mingqi había dejado escrita.
—En realidad, luego fui a mirar —dijo Zhou Ling—. Lo que dijiste sobre preocuparte era verdad. Me hizo muy feliz.
—¿Y aun así no respondiste? Aunque fuera escribir dos palabras para decir que estabas bien…
Pero en aquel momento no sabía qué escribir.
De pie frente a la estantería, Zhou Ling solo sentía lo absurdo de todo. Cuando había querido algo “de verdad”, no lo había conseguido; y cuando ese “de verdad” llegó por fin, se dio cuenta de que no era el momento adecuado, de que no podía aceptarlo.
—Entonces pensé que ya no habría ningún cruce más entre nosotros. Yo no iba a dejar de buscar a Wu Guan, y tú no ibas a perdonarme lo que te hice.
Song Mingqi lo miró en silencio durante un rato. De pronto sintió que entre ellos hacía falta una confesión clara.
—Te perdono —dijo.
Zhou Ling se quedó inmóvil un instante y luego esbozó una sonrisa amarga. En su cabeza, aquellas palabras no se diferenciaban mucho de un “te compadezco”.
Song Mingqi tuvo que repetirlo:
—Te perdono. ¿Me oyes?
Zhou Ling apoyó los codos en las rodillas, bajó la cabeza y respondió con un leve:
—Mm.
—Entonces… ¿Tú me perdonas a mí? —preguntó Song Mingqi—. Por haberte buscado al principio solo por el caso, por no haberte dicho la verdad.
—Buscar la verdad cueste lo que cueste… Nadie debería entender eso mejor que yo —dijo Zhou Ling—. Al principio solo estaba enfadado. Pero cuando supe todo lo que habías hecho, en realidad debería darte las gracias.
—Bien. Entonces yo también lo he oído —asintió Song Mingqi—. Eso significa que entre nosotros ya no hay malentendidos. Podemos confiar el uno en el otro.
«—Ahora puedes besarme, abrazarme, hacerme cualquier cosa que quieras hacer —continuó—. Porque me gustas, y sé que yo también te gusto. ¿Lo has oído?»
El cuerpo de Zhou Ling se tensó un segundo. Alzó lentamente la cabeza y le devolvió la mirada con la misma seriedad. Guardó silencio, pero enseguida volvió a reír; esta vez más alto, pronunciando cada palabra con claridad.
—Song Mingqi, lo he oído.
Después de cenar, Zhao Xicheng jugó un rato en el sofá y se quedó dormido, soltando de vez en cuando un ronquido suave. La noche había caído por completo. En el mar lejano, el faro rojo parpadeaba a intervalos; la oscuridad era tan espesa que no se distinguía la línea del agua, solo se oía el vaivén regular de las olas. Zhou Ling acompañó a Song Mingqi hasta la puerta.
—¿Cómo te vas?
Song Mingqi esquivó un montón de arena gruesa en el suelo.
—He venido en coche.
Pero Zhou Ling no recordaba haber visto ninguno.
No fue hasta que caminaron a paso rápido casi hasta el borde de la carretera cuando Zhou Ling se dio cuenta de que aquel todoterreno negro que había visto al volver a casa seguía allí, solitario, estacionado en el mismo sitio.
—He cambiado de coche —dijo Song Mingqi, de pie junto a él. Alzó la barbilla y dio una palmada sobre el capó para dejar clara la propiedad—. Cuanto más dicen que no doy la talla, más ganas me entran de forzar un poco las cosas. ¿Qué te parece?
Zhou Ling se sorprendió un poco, aunque no pensaba retractarse de su opinión: ese coche no le pegaba a Song Mingqi.
Avanzó un par de pasos más. Las corvas de Song Mingqi ya chocaban contra el frontal del vehículo, de modo que solo pudo inclinar ligeramente el torso hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Sigue siendo demasiado grande. Y la próxima vez no hace falta que aparques tan lejos; puedes entrar directamente por el caminito de allí hasta detrás de mi casa. Hay un garaje.
El viento hinchaba la camisa blanca de Zhou Ling; al hablar, el párpado inferior se le alzaba apenas. Song Mingqi siempre había pensado que esa expresión tenía algo peligrosamente atractivo.
—Así es como lo estaba considerando… —Song Mingqi se humedeció los labios. No era especialmente hábil con gestos capaces de desarmar al otro, pero aun así lo hizo. Alzó la mano, enganchó la cadena de su cuello y lo atrajo hacia él. A medida que la distancia se acortaba, Zhou Ling sentía con claridad cómo las defensas que había levantado se venían abajo de un solo golpe, hechas pedazos esparcidos por el suelo. Estaba perdidamente enamorado de Song Mingqi; una mentira dicha contra el corazón aún podía pronunciarse una vez, pero no dos.
Oyó su voz, baja, muy cerca:
—Para mí solo es demasiado grande. Para los dos, en cambio, es justo lo que hace falta.
Zhou Ling lo entendió.
Podía besarlo, abrazarlo, hacerle cualquier cosa que quisiera.
De pie junto a la carretera, con el viento marino limpiándolo todo, siguió la invitación silenciosa de aquella cadena, rodeó con los brazos al hombre que tenía delante –el mismo que solía llevar una púa de guitarra entre los dedos–, lo empujó contra el capó y besó sus labios.