No disponible.
Editado
¿Qué se supone que hacen dos amigos que se gustan?
Esta vez, ni siquiera “Deep seek” supo dar una respuesta clara.
Cuando Song Mingqi propuso aquel acuerdo de medio mes, lo hizo guiado solo por la emoción y la intuición; en realidad no había pensado qué vendría después.
Salvo por las horas normales de trabajo, Song Mingqi casi todos los días iba a ver a Zhou Ling. Juntos se ocupaban de las pequeñas trivialidades de la vida: pasear al niño, dar de comer al perro, picarse con Zhao Xicheng, disputarse los yogures.
Sí Song Mingqi no tenía clases por la mañana y llegaba lo bastante temprano, insistía en que Zhou Ling lo llevara en moto al mercado matutino. Él también se ponía una camiseta, se calzaba unas chanclas y, de la mano de Zhou Ling, cruzaba los barreños llenos de cangrejos marinos; una vez estuvo a punto de perder una chancla dentro.
Aunque nunca antes había ido a un mercado así, Song Mingqi se adaptó enseguida. Descubrió que regatear no era más que un duelo psicológico. Imitaba a los demás, se plantaba con las manos en la cintura y soltaba frases en el habla local; tras un par de rondas, solía salir victorioso. Se alegraba de conseguir la mayor cantidad de verduras por el menor precio posible y, al marcharse, no olvidaba recordar a los vendedores que limpiaran el agua derramada de las peceras: un entorno limpio atraía a más clientes.
El conocimiento que Zhou Ling tenía de Song Mingqi también creció a pasos agigantados. Poco a poco fue sabiendo que le gustaba el brócoli, los tomatitos cherry, las almejas bien lavadas; que al saltearlas había que añadir un poco de cebollino; que no le gustaba la salsa satay, pero adoraba la salsa jiejie. El manillar de la moto de Zhou Ling siempre acababa cargado con los sabores favoritos de Song Mingqi.
Ambos sentían una curiosidad inmensa por el mundo del otro, y una paciencia igual de grande.
Incluso las reacciones de estrés ligadas a la obsesión por la limpieza se fueron suavizando bajo el empuje de esa curiosidad. Claro que, al volver a la casa junto al mar, Zhou Ling seguía tomando la manguera para lavar con esmero los dedos de los pies de Song Mingqi, uno por uno.
Bajo el sol, la bruma del agua formaba un pequeño arcoíris irisado. Song Mingqi sentía un cosquilleo inquieto y abrasador; los dedos de los pies eran frotados por unas manos cálidas, ásperas de callos. La camiseta sin mangas de Zhou Ling estaba empapada, pegada a su cuerpo, delineando con claridad la firmeza de sus músculos. La piel tostada, bajo la luz de la mañana, brillaba con el reflejo del sudor y transmitía una sensación de fuerza contenida.
A Song Mingqi le bastaba mirarlo un rato para no poder resistirse y saltar sobre él. Zhou Ling, con toda naturalidad, soltaba la manguera, lo sostenía por las caderas y lo llevaba hasta el pequeño parche de sombra bajo el alero. A espaldas de Zhao Xicheng, se besaban allí.
Song Mingqi, con la cabeza echada hacia atrás y el aliento entrecortado, recorría con los dedos las cicatrices de la espalda de Zhou Ling, y a veces le nacía la fantasía de llevar dos vidas distintas.
Una, de cara al mundo: trajeado, dando clases en la universidad, correcto y refinado.
La otra, escondida de los demás: con las chanclas colgándole de los dedos, empujado contra una pared áspera por un reparador; la camiseta barata levantada por la cabeza de Zhou Ling que se deslizaba bajo la tela, ondulándola. Él, desordenado, empapado de sudor, jadeando sin control, la mirada perdida, reducido por completo a esclavo del deseo.
Pero tal vez esa excitación era justo lo que necesitaban ahora. Algo que les permitiera olvidar, aunque fuera por un momento, que aquellos días también tenían fecha de caducidad.
Durante ese tiempo, ambos guardaron un tácito acuerdo: no hablar de lo que vendría después de las dos semanas, evitando deliberadamente cualquier tema o palabra relacionada.
Sin embargo, cuando esa regla se llevaba al extremo, acababa transformándose en una especie de obsesión, una señal inversa que, en lugar de borrar el asunto, lo hacía cada vez más evidente.
Después de que Song Mingqi pasara todo el día usando expresiones extrañas como «deja la puerta puesta», «apaga el ventilador» o «junta el frigorífico», Zhou Ling cerró la puerta de la nevera de un golpe seco.
—¿Qué le pasa a tu capacidad de hablar?
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Song Mingqi.
—¿En Guangnan ya no se puede decir la palabra “cerrar”?
Song Mingqi se encogió de hombros.
—No quiero mencionar el nombre de esa persona.
—¿Voldemort? —dijo Zhou Ling. Al ver que Song Mingqi abría la boca, sorprendido, añadió con fastidio—. Sí, eso mismo. No hace falta que te asombres: entre preparar asesinatos e incendios también me dio tiempo de leer Harry Potter en la biblioteca municipal.
—…
—No hay nada que no se pueda decir. Wu Guan, un asesino —dijo Zhou Ling con tono neutro.
Song Mingqi apoyó una pierna en el borde de la encimera y observó a Zhou Ling lavar las dos pequeñas cangrejeras que había sacado por la mañana de los agujeros de la arena. No era una tarea fácil: las pinzas se agitaban con fiereza, desafiantes.
—Está bien, no hay nada que no se pueda decir —respondió, cruzándose de brazos—. Entonces dime: ¿qué fuiste a hacer ayer durante el día?
Por deformación profesional, Song Mingqi era muy bueno detectando patrones. Aunque no quisiera recurrir a esa habilidad, su subconsciente ya había identificado la rutina de Zhou Ling: todos los días salía una vez, compraba comida preparada y algunas herramientas, y siempre atendía las llamadas fuera de casa. Su intuición le decía que Zhou Ling estaba preparando algo relacionado con un secuestro.
Hasta ahora había tenido el tacto de no preguntar, porque sabía que Zhou Ling no respondería. Pero ya que él mismo había sacado el tema, decidió ir directo.
Las manos de Zhou Ling se detuvieron un instante.
—Fui a alquilar una casa.
Aquella frase, por supuesto, no significaba solo lo que parecía. En la mente de Song Mingqi se transformó automáticamente en: ya ha encontrado el lugar donde llevará a cabo el crimen.
—¿Y las llamadas que atendías a escondidas?
—Del casero —respondió Zhou Ling con naturalidad—. Contacté con un antiguo compañero de prisión; tiene una vivienda barata para alquiler temporal. Cuando todo esté cerrado, devolveré a Zhao Xicheng y luego me mudaré allí.
Ajá. Eso sonaba a cómplice.
La intención criminal ya estaba clara, y los preparativos, bien encaminados.
—¿Y Pearl?
Zhou Ling guardó silencio un momento.
—La enviaré a un hogar temporal… —se detuvo un segundo, escogiendo las palabras con cautela—. Claro que, si te resulta conveniente, podrías ir a verla cuando tengas tiempo…
Al oírlo, Song Mingqi volvió a sentir un sabor amargo en la boca. Voldemort era, efectivamente, Voldemort: no debería haberse mencionado. Era una emoción, no esa persona en sí.
Después de que Zhou Ling expusiera todo con tanta franqueza, Song Mingqi se quedó, en cambio, sin saber qué decir. En ese momento, Zhao Xicheng irrumpió corriendo, tiró de su brazo e insistió en que fuera ahora mismo, de inmediato, a ver a Pearl.
Song Mingqi por fin logró salir un poco de su mal humor y lo siguió al exterior. Perla estaba escarbando en la arena; Song Mingqi se inclinó a medias y preguntó:
—¿Qué le pasa a Pearl?
—¡Mira! —gritó Zhao Xicheng, emocionado—. ¡La caca que acaba de hacer parece tu cochecito!
—…
Si escuchar de labios de Zhou Ling fragmentos dispersos del plan todavía no resultaba del todo real, al día siguiente Song Mingqi sintió con claridad que ese momento final se estaba acercando en silencio.
Después del trabajo, como de costumbre, condujo para ir a ver a Zhou Ling.
El coche estaba a punto de llegar a la casita junto al mar cuando el teléfono vibró de repente. Era un mensaje breve de Zhou Ling.
«Ven dentro de media hora».
Song Mingqi redujo la velocidad. Dudó un instante si dar la vuelta, pero al final, como si hubiera tomado una decisión firme, deslizó el mensaje fuera de la pantalla y siguió conduciendo hacia la costa.
Diez minutos después aparcó en el garaje detrás de la casa. El aislamiento de las paredes era deficiente; al bajarse del coche creyó oír voces conversando en el interior.
Salió del garaje y rodeó hasta el sendero de la entrada principal. Justo entonces vio a un hombre alto y delgado, de rostro pálido, salir primero. Sus extremidades parecían frágiles, y el viento marino inflaba su chaqueta descolorida hasta hacerlo parecer un globo a punto de elevarse. Zhou Ling, con los brazos caídos, apareció un paso más tarde en el marco de la puerta.
—Entonces queda así…
No había terminado la frase cuando su mirada captó a Song Mingqi a lo lejos.
Zhou Ling se interrumpió de inmediato, salió al exterior como el hombre delgado y abrió más la puerta hacia Song Mingqi.
—Has llegado. Entra primero.
Song Mingqi no se movió. No le gustaba el papel de protegido. Se ajustó las gafas con calma, claramente con intención de mantener el pulso.
—¿Tienen visita?
Era raro oír un término tan formal como “visita”, y más aún para un lugar tan destartalado; ¿quién llamaría “hacer una visita” a venir a una choza como esa? El hombre delgado curvó los labios en una sonrisa burlona y lo examinó de arriba abajo: la ropa claramente cara, la llave del coche con el logotipo de Land Rover en la mano.
Resultaba evidente que acudía con frecuencia a casa de Zhou Ling, incluso la consideraba su territorio; por eso se permitía llamar “invitado” a otro.
El hombre lo entendió enseguida. Alzó la barbilla hacia Zhou Ling y mostró una hilera de dientes amarillentos.
—Vaya, ¿te has ligado a un ricachón?
Zhou Ling ignoró su tono chulesco y caminó directo hacia Song Mingqi. Su expresión era severa; no parecía de buen humor.
Song Mingqi sintió cómo la sombra imponente de Zhou Ling caía sobre él y el corazón se le tensó. Justo cuando pensó que Zhou Ling iba a forzarlo de algún modo, este giró la cabeza y le susurró al oído, en voz baja pero firme:
—Si no entras, te levanto en brazos aquí mismo y te meto dentro.
—…
Song Mingqi no dudaba de que Zhou Ling fuera perfectamente capaz de hacerlo.
Pero tampoco tenía ganas de morir socialmente allí mismo.
Le lanzó una mirada que decía “está bien, tú ganas” y, de mala gana, siguió las huellas de Zhou Ling de vuelta al interior de la casa. Al cruzarse, Zhou Ling colocó deliberadamente su cuerpo entre ambos, bloqueando la mirada frívola del hombre delgado.
Cuando la puerta se cerró por completo, Zhou Ling condujo a ese “invitado” inesperado a paso rápido, alejándose en dirección opuesta a la casita junto al mar.
Al verlo tan tenso, el tipo alto y flaco soltó una carcajada.
—¿Te preocupa que te lo estropee, eh? Tranquilo, sé medir hasta dónde llegar.
Adoptó una expresión cargada de dobles sentidos.
—Ahora está muy de moda que los hombres se líen con hombres. Pero vamos, es normal que te importe —añadió con sorna—. Está bien hecho, todo en su sitio, y encima tiene dinero.
Volvió la cabeza para echar otro vistazo, aunque en realidad ya no se veía nada; aun así, su expresión parecía recrearse en el recuerdo.
—Tiene pinta de refinado, muy educadito… quién diría que también es de los que no pueden vivir sin un hombre, un putón en toda regla…
No había terminado la frase cuando sintió que el mundo se le daba la vuelta. De pronto estaba en el aire: el cuello de la chaqueta se le clavó en la garganta y lo levantaron a pulso. La asfixia le hizo brotar las lágrimas; sus pies patalearon un par de veces en el vacío y, acto seguido, cayó con un golpe seco sobre la arena.
El flacucho lo miró desde el suelo, aterrorizado, contemplando el rostro de Zhou Ling como si fuera un dios de la muerte. Apenas podía respirar.
—¡Joder, ¿estás loco o qué?! ¡Soy tu hermano Feng! —gritó al incorporarse como pudo, agitando sus brazos y piernas delgados para contraatacar—. ¿Te crees que no me atrevo a decirle que…?
¡Pum!
Zhou Ling levantó la pierna y le propinó otra patada, limpia y brutal, levantando una nube de arena. Metió la mano en el bolsillo del pantalón por pura costumbre, buscando el mango del cuchillo; lo rozó un par de veces y, al final, la retiró.
La patada tuvo un efecto demoledor. Sumado a que aquel tal Feng era débil como un palillo, se llevó la mano a las costillas y empezó a rodar por la arena, aullando de dolor.
—¡Se me ha roto, se me ha roto, se me ha roto!
—Si de verdad se te ha roto algo, tráeme el informe médico y luego hablamos de gastos —dijo Zhou Ling con una mirada gélida, los ojos enrojecidos—. El piso ya no lo alquilo. Lárgate.
Un puto loco.
Había sido Zhou Ling quien lo había contactado primero para alquilar a corto plazo. Por ser antiguos compañeros de prisión, él había aceptado sin dudarlo. ¿Y ahora qué? Zhou Ling se peleaba con él por un ricachón, se aferraba a la pierna de un tipo con dinero como si fuera su propia vida.
Un enfermo de remate.
Debería haberlo sabido. Ya en la cárcel estaba como una cabra. No tendría que haber venido.
El flacucho lo fulminó con la mirada, apretándose el pecho. Tras unos segundos –probablemente evaluando que no tenía ninguna posibilidad– dejó de fingir valentía. Se levantó como pudo, entre insultos, y se largó a trompicones, dejando sobre la playa una sombra alargada, fina como un hilo, que se estiraba cada vez más.
Cuando Zhou Ling regresó a la casa, el sol ya estaba poniéndose. La luz anaranjada del atardecer, filtrada por los marcos de las ventanas, caía a franjas sobre el sofá. Allí, Zhao Xicheng dormía a pierna suelta, completamente despatarrado, mientras Song Mingqi estaba en cuclillas junto a la mesa, estudiando el cuenco de comida de Pearl.
Esa escena lo devolvió de golpe a la realidad, como si acabara de salir de un mundo caótico y asfixiante y, por fin, pudiera respirar.
—¿Ese era el compañero de prisión? —preguntó Song Mingqi sin darse la vuelta.
Zhou Ling entendió al instante.
—Sí. El 0213.
—Entraste por romper un cristal, eso ya lo sé —Song Mingqi ladeó la cabeza—. ¿Y él por qué entró?
—Robo.
—Ah… —dijo Song Mingqi—. Es muy delgado.
—Tiene una cardiopatía congénita.
—Con razón.
Zhou Ling pensó que seguiría preguntando, pero Song Mingqi se levantó y cambió de tema de repente:
—Me da la impresión de que Pearl está comiendo menos últimamente.
Zhou Ling guardó silencio unos segundos.
—Es mayor ya.
Song Mingqi se giró entonces y reparó en que Zhou Ling estaba cubierto de arena de pies a cabeza, incluso tenía granos en el pelo.
—¿Te has peleado? —preguntó, sorprendido. Pensando en la enfermedad del 0213, añadió—. No lo habrás matado, ¿no?
—No.
Zhou Ling no quería repetir nada de aquello. Con un gesto irritado, se quitó la camiseta.
—Voy a darme una ducha.