Al pensar en eso, su mente se despejó.
Afuera debían de estar vigilando otros caballeros y espíritus, entonces ¿cómo podía haber entrado alguien aquí? Para que eso fuera posible, el intruso desvergonzado tendría que poseer una habilidad de combate extraordinaria. Y Richt conocía a dos personas así. Apretó los dientes y levantó los pesados párpados. Y se encontró con unos ojos familiares.
Incluso en esa situación, aquellos ojos rojos brillando bajo la luz de la luna eran tan hermosos que Richt, sin darse cuenta, lo miró como si quisiera devorarlo.
—Ban.
—Sí, mi señor.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque mi señor está aquí. ¿Disfrutó su salida? —Con tono mimoso, Ban frotó sus labios contra el pecho de Richt.
Pero justo lo hizo en el único pezón que sobresalía por efecto del veneno, así que Richt tuvo que contener el gemido que estaba a punto de escapar. Antes no recordaba tener un cuerpo tan sensible, pero tras pasar tantas noches, había cambiado.
Su cuerpo se volvió más sensible y ya no podía contener el placer. Por supuesto, no solo Richt había cambiado. Ban también.
«Al principio parecía tan dócil…»
Ahora lo seducía con habilidad. Aunque en su momento había huido porque las relaciones eran agotadoras, durante ese tiempo descansó y recuperó su resistencia. Richt se lamió los labios secos con la lengua. Y como si hubiera notado ese gesto, los ojos de Ban se curvaron en una sonrisa.
—¿Puedo besarlo?
La pregunta sonaba obediente, pero lo que contenía era un deseo espeso y profundo. Richt asintió lentamente. Al principio, el beso fue ligero, como el picoteo de un pajarillo. Tan cuidadoso y tierno que resultaba casi cosquilleante.
«Más». Richt lamió los labios de Ban y se adentró entre ellos.
Ban lo recibió con gusto. Abrió los labios, entrelazó sus lenguas y exploró su interior. Mientras tanto, la mano de Ban tanteó el pecho de Richt y comenzó a quitarle la prenda. Como no tenía adornos especiales, quedar desnudo fue cuestión de un instante.
—Haah…
Ban rodó el pezón y lo pellizcó ligeramente. Normalmente le gustaban todas las caricias que Ban le hacía, pero ahora quería otra cosa. La mirada de Richt descendió por el pecho de Ban y bajó aún más. Su miembro ya estaba firmemente erecto y preparado.
Esta vez fue Richt quien empezó a quitarle la ropa a Ban. Por la prenda que llevaba, no era el uniforme de caballero de Devine, sino ropa de viaje. En circunstancias normales lo habría reprendido por subirse a la cama con ropa polvorienta, pero hoy decidió ser indulgente.
—Iré a lavarme.
Ban, al darse cuenta tarde de ese hecho, intentó levantarse, pero Richt lo detuvo.
—Está bien.
Quizás había sudado, pues su aroma corporal era más fuerte de lo habitual, pero eso también le gustó. Y Ban, que siempre sabía leer el estado de ánimo de Richt con increíble precisión, lo notó. La sonrisa de Ban se intensificó.
Al quitarse también los pantalones, salió a la vista aquel miembro de tamaño intimidante que ya había visto muchas veces. La última vez que lo vio, creía haberlo llamado monstruosidad y haberlo golpeado con la palma, pero ahora le resultaba más que bienvenido.
—Ha pasado mucho tiempo, así que necesitaremos aceite.
Ban fue rápidamente al baño y trajo el aceite. Luego lo calentó con la mano antes de aplicarlo. Ahora solo quedaba ensanchar la abertura con él, pero al mirar hacia abajo, Ban inclinó la cabeza.
—… ¿De verdad ha pasado tanto tiempo?
—¿Qué?
—Mi señor. La abertura está temblando sin que siquiera la haya tocado.
¿Qué quería decir con eso? Richt miró a Ban, desconcertado. Luego levantó el torso y extendió la mano hacia abajo para tocarse. No oyó las palabras de Ban. La abertura, que no había sido tocada en todo ese tiempo, se estremecía anticipando lo que estaba por venir.
El rostro de Richt se volvió rojo al instante. Tiró de la prenda que había dejado a un lado y se cubrió la cara.
—¿Mi señor?
—¡No mires!
No sabía qué hacer con este cuerpo tan obsceno. Habían estado juntos todo ese tiempo, pero era la primera vez que ocurría algo así y no podía ocultar su agitación. Mientras intentaba calmar la respiración con los ojos cerrados, sintió unos dedos cálidos y resbaladizos tocarlo abajo. Los dedos, que lo acariciaban con cuidado como contando los pliegues, pronto se introdujeron en su interior. Solo eso bastó para que otros pensamientos reemplazaran la vergüenza en su mente.
«Lo quiero».
Quería que Ban lo penetrara con ese gran miembro. Pero esta vez parecía que Ban no había leído su mente, pues se limitaba a explorar lentamente y ensanchar el interior.
«Qué desesperante».
El placer sutil hacía que no dejara de pensar en el miembro intimidante que colgaba bajo Ban. Richt mordisqueó sus labios y bajó la mano, tocando la de Ban que aún lo exploraba por dentro.
—Eso no.
—¿Eh?
Richt bajó la prenda y miró a Ban. Sabía perfectamente lo que él quería, pero fingía no saberlo. El oso se había vuelto un zorro.
—… Mete eso.
—¿Qué cosa?
Sonreía con rostro inocente, pero su intención era clara. Quería que esa palabra específica saliera de los labios de Richt.
«¿Crees que no puedo decirlo?»
En realidad, ya lo había dicho una vez antes. No fue con Ban, sino frente a Abel, pero la experiencia contaba. Richt abrió más las piernas y, con el rostro tan rojo que parecía a punto de estallar, dijo:
—No el dedo, mete tu polla.
Al soltar esas palabras, quiso encontrar un agujero donde esconderse de la vergüenza. Nunca pensó que pronunciaría algo así en su vida. Pero la provocación surtió efecto. Ban vertió aceite directamente sobre su miembro y frotó el glande contra la abertura.
—¿Qué dijo que quería?
¿Por qué volver a preguntarlo? Pero ya no podía retroceder. Richt repitió la palabra. Entonces el glande atravesó de golpe la estrecha entrada y abrió paso sin piedad.
—¡Haaah!
Pareció oírse un sonido seco. Por un instante, el dolor le nubló la vista, y cuando recuperó el sentido, su bajo vientre, que suele ser delgado, estaba abultado. Aunque Ban y Abel siempre le decían que engordara, su cuerpo no ganaba peso fácilmente. Por eso, cuando alojaba aquel miembro absurdamente grande, la forma se marcaba claramente.
El rostro de Ban estaba lleno de satisfacción. Seguramente le alegraba que Richt no hubiera abierto su abertura a nadie más. Pensarlo lo hizo sentirse molesto.
Después de tanto tiempo juntos, ¿aún seguía inseguro? Richt presionó con fuerza su bajo vientre con la palma.
Al instante, una sensación como una descarga eléctrica recorrió su cuerpo y se estremeció, pero no era el único que la sentía. El rostro de Ban, que se había quedado inmóvil con el miembro dentro, se tensó. Luego lo retiró lentamente y, mirando a Richt, preguntó con la mirada.
«Ya viene».
Pronto lo embestiría con todas sus fuerzas y Richt se retorcería bajo un placer que superaba sus límites. Solo de saberlo, su corazón ya latía con fuerza. Pero Ban no le dio de inmediato lo que quería.
Con el glande apenas dentro de la abertura, comenzó a mover la cintura lentamente. La parte que lo hacía sentir estaba más adentro, y que se quedara jugando en la entrada lo estaba volviendo loco.
—Huu…
Sí, después de haber dicho palabras vergonzosas dos veces, ya era hora de acostumbrarse. Richt cerró los ojos con fuerza y soltó:
—¡Mete la polla rápido!
Existía la hermosa palabra “miembro” o incluso “pene” pero no entendía por qué ellos preferían palabras como polla o verga. Impaciente, golpeó la cintura de Ban con el talón, y entonces el miembro se introdujo de una vez hasta donde él quería.
—¡Ah, aaah!
No había duda de que su cuerpo se había vuelto extraño. Incluso en un acto que debería doler, se le escapaban gemidos. Al principio solo reaccionaba cuando le estimulaban la parte que le daba placer, pero ahora solo con tener el miembro dentro ya jadeaba.
«Estoy loco».
La carne húmeda por el aceite chocaba, produciendo un sonido peculiar como el cuero mojado golpeándose. Cuanto más rápido movía la cintura Ban, más se retorcía Richt.
—Ah, haa… Me, me gusta. ¡Más!
A ese Richt que gritaba medio fuera de sí, Ban lo embestía sin misericordia. Luego, al alcanzar lo más profundo, comenzó a golpear una parte que aún no se había abierto.
—¡No, espera! Hii, hiiiik.
Richt sabía dónde estaba esa parte. Comúnmente la llamaban el colon, y normalmente no se podía penetrar hasta allí. Pero Ban y Abel, con su tamaño fuera de lo común, siempre acechaban para llegar más profundo.