Agitando las manos y negando con la cabeza, Ban extendió la mano y sujetó ambas manos de Richt.
—¿No se puede?
¿Que si se puede? Richt lo fulminó con la mirada, los ojos brillantes de lágrimas. Los ojos de Ban rodaron inquietos.
—Pero mi señor, usted también se fue sin decir nada.
Así que ahora también sabe rebelarse. Antes solo hacía lo que se le permitía. Parecía que los esfuerzos que había hecho hasta ahora estaban dando frutos.
«Qué conmovedor».
Pero que fuera conmovedor y que estuviera perforándole más las entrañas eran asuntos distintos. Para persuadir a Ban, Richt forzó su cerebro, que apenas funcionaba por estar empapado de placer. Sin embargo, los movimientos de Ban fueron más rápidos de lo que había pensado.
Ban lo presionó con la parte superior del cuerpo, lo abrazó con fuerza y comenzó a empujar su miembro hacia dentro. Sobresaltado, Richt se aferró a sus hombros y sintió cómo su interior se abría.
—¡A-ahí no es! ¡Ah!
No parecía dispuesto a escuchar palabra alguna.
Richt abrió y cerró la boca varias veces antes de clavarle los dientes en el hombro. Mientras tanto, el miembro que atravesaba la parte estrecha penetró más profundo de lo habitual.
—Maldito perro.
Al escupir la maldición con voz temblorosa, recibió respuesta.
—Sí, soy el perro de mi señor.
¡¿Por qué hablas como Abel?! Sentía como si su cuerpo fuera a ser atravesado por completo. Pensó que acabaría asado como un pincho. Aun así, tal vez intentando ser considerado, Ban permaneció un rato sin moverse.
—Quédese quieto.
—¿Qué estoy haciendo yo? —dijo Richt entre sollozos.
—Se sigue moviendo.
—¡¿Cuándo?!
Temiendo que algo terrible ocurriera, estaba rígido como un cadáver. No entendía de qué hablaba.
—Si se queda así, su interior se ondula y aprieta mi pene. Lo aprieta y luego lo suelta.
¿Qué tonterías eran esas? O sea, que, aunque estuviera quieto, sus propias entrañas estaban masajeando el miembro de Ban.
—Ahora estará bien, ¿verdad?
—¡No! —gritó con rapidez, pero desde el principio Ban no parecía tener intención de escuchar.
El miembro que se había retirado un poco volvió a hundirse de golpe, cada vez con más violencia. Sintió que iba a vomitar, pero con el tiempo esa sensación cedió y fue reemplazada por otra. Su visión destelló y su cuerpo comenzó a temblar con finura. Intentaba pensar en algo, pero no le venía nada a la mente; sentía que su cerebro se derretía como helado.
Richt solo pudo llorar y gritar como una bestia atrapada.
—Ah… aaah… ¡aaah!
Conforme los movimientos de cadera de Ban se aceleraban, su cuerpo también temblaba. Si Ban no lo hubiera sujetado con firmeza, habría golpeado su cabeza contra el cabecero. Cuando finalmente recuperó el sentido, su vientre ya estaba lleno de semen.
Cuando Ban retiró su cintura, el semen se desbordó desde el orificio abierto. Richt, se quedó aturdido, como si estuviera bajo el agua, hasta que oyó una respiración. Al concentrarse, se dio cuenta de que quien exhalaba lentamente era él mismo. Intentó despejarse frotándose las mejillas con la mano. Estaban ardiendo.
Tras frotarlas varias veces, miró a Ban: su miembro seguía erecto.
«Si sigue así, moriré».
Con el cuerpo tembloroso, Richt gateó sobre la cama. Quería bajarse y pedir ayuda a los espíritus. Los caballeros que Ain había dejado también eran competentes, pero no podrían vencer a Ban. Sin embargo, no avanzó mucho antes de que Ban lo atrapara de nuevo.
—Quiero hacerlo una vez más—. Sonrió con dulzura, y Richt quiso abofetearlo.
Por experiencia sabía que ‘una vez’ nunca era solo una vez. Empujó el pecho de Ban con manos débiles, pero el monstruoso miembro volvió a bloquear la abertura.
«¡Dios mío!»
Suspiró en voz baja, invocando a un dios al que nunca antes había buscado.
Ping, Pang y Pong deambulaban ansiosos frente a la puerta cerrada. Ban había irrumpido de repente, dejando inconscientes y atados a todos los caballeros, e incluso amenazado a los espíritus.
—Que nadie entre.
Ni siquiera podía verlos, pero amenazaba con bastante convicción.
—[¿Qué hacemos?]
—[Él no es nuestro contratista. ¿Tenemos que obedecerlo?]
—[Pero Richt lo aprecia].
—[Eso es cierto, pero…]
—[… ¿Qué hacemos?]
Tras deliberar, los espíritus decidieron obedecer a Ban. Siempre había apreciado a Richt; no creían que algo grave ocurriera. No pasó mucho antes de que los gemidos salieran al exterior, pero aquello era algo habitual.
—[Dijeron que es el acto de reproducción humana].
—[Sí. Otro humano dijo antes que, si hacían eso con empeño, Richt podría tener un bebé].
—[¿En serio? Pero Richt es macho].
—[Exacto. Los machos no pueden tener bebés].
—[Cierto. Pero quizá exista un método].
Las pequeñas cabezas se inclinaron al unísono.
—[Ahora que lo pienso, escuché algo hace tiempo].
—[¿Qué cosa?]
—[En el lugar donde muere un dragón, crece un árbol].
—[¡Yo también lo oí! Que si comes su fruto puedes tener un hijo, ¿verdad?]
No era imposible, pero había un problema.
—[Ya no hay dragones, ¿verdad?]
La era en la que los dragones volaban escupiendo fuego era mucho más antigua. Ahora no quedaban dragones vivos, ni tampoco cadáveres. Desde que terminó su era, los humanos habrían recuperado casi todo.
—[No hay].
—[Entonces, ¿no veremos al bebé de Richt?]
—[Sería adorable].
—[Como yo].
—[No, como yo].
En ese momento, los espíritus cerraron el pico. Sintieron que otros espíritus, percibiendo algo extraño, se acercaban.
—[¡Alto! ¡Alto!]
—[¡De aquí no pueden pasar!]
—[¡No!]
Ping, Pong y Pang comenzaron a moverse con agitación. Mientras tanto, en el dormitorio, Richt seguía siendo atormentado por Ban. Así transcurrió la noche, y hasta el amanecer no cesaron sus gemidos.
La puerta cerrada se abrió al mediodía.
Richt yacía en la cama con el rostro pálido. Había sido tan atormentado que ni siquiera tenía fuerzas para abrir los ojos. Los espíritus que entraron al abrirse la puerta se aferraron a él y le infundieron energía. Supo entonces que los espíritus del agua podían recuperar a las personas agotadas.
«¿Debería hacer contrato?»
Estuvo a punto de romper su decisión inicial. Gracias a su ayuda, al anochecer pudo incorporarse en la cama.
«La próxima vez no debo dejar que se contenga tanto».
Después de tanto tiempo, parecía que Ban había perdido la cordura. Tal vez la próxima vez debería hacerlo masturbarse varias veces antes de empezar. Que, con los muslos gruesos abiertos, se frotara él mismo ese enorme monstruo. Y ya puestos, que también se tocara el pecho, para que sintiera el latido de los pezones castigados. Mientras pensaba en ello, la idea comenzó a resultarle atractiva.
«La próxima vez lo intentaré».
Mientras cultivaba pensamientos lascivos en silencio, como siempre Ban se ocupaba de atenderlo. Presionó al médico para que preparara medicina y le dio sopa caliente. Por supuesto, liberó también a los caballeros que había golpeado y atado cuando intentaron detenerlo. Entonces, Mondrian, el caballero que hacía de líder, se arrodilló al pie de la cama de Richt con expresión abatida.
—Perdón por no haber podido impedir la intrusión.
—No importa.
Ban era como un desastre natural; no había mucho que ellos pudieran hacer. Richt tragó la sopa que Ban le daba cucharada a cucharada.
—Más bien, ¿Ain envió una paloma mensajera?
—Sí. Dijo que nos moviéramos un poco antes hacia el siguiente lugar de descanso.
Así que Abel también había encontrado la ubicación. O quizá incluso antes que Ban. Con el tiempo supo que Loren, el invocador de espíritus que acompañaba a Abel, era competente en muchos aspectos. En más de una ocasión intentó tentarlo, pero no cedió con facilidad.
—¿Por qué no quieres trabajar conmigo?
—Porque ya trabajo bajo el señor Abel.
—Te subiré el sueldo.
—Estoy satisfecho con lo que gano.
Tal vez por ser invocador de espíritus tenía una forma de pensar peculiar. ¡Había alguien que rechazaba más dinero!
—Entonces, ¿qué tal si aumentamos tus días libres?
Ante eso Loren mostró una expresión vacilante, pero finalmente negó con la cabeza. Debía de temer bastante a Abel. Pensó en pedirle directamente a Abel que se lo cediera, pero desistió por si lo usaba como excusa para exigirle que cumpliera un deseo.
Abel era perfectamente capaz de eso.
En fin, eso era otra cuestión. Lo importante ahora era evitar a Abel. Su cuerpo ya estaba así por culpa de Ban, ¿y encima se sumaba Abel? Un sudor frío le recorrió la espalda.