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—Disculpa, compañero Shen, ¿puedo robarte un minuto? Los zapatos de cuero, impecablemente lustrados, se detuvieron de golpe. Shen Wenlang miró sin expresión a la menuda joven que le cortaba el paso y frunció ligeramente el ceño.
—Gao Tu.
El Beta que siempre lo seguía dio un paso al frente y le dijo con aire de disculpa a la delicada Omega: —Disculpa, compañera, por favor, apártate.
—Pero tengo algo que decirle al compañero Shen —insistió la Omega con aroma a jazmín. Le había costado un mundo armarse de valor para hablarle, ¿cómo iba a permitir que este Beta pobre que lo seguía a todas partes la detuviera así sin más? Pasó por delante de Gao Tu y le dijo a Shen Wenlang con sinceridad: —Compañero Shen, solo necesito un minuto. No exijo un resultado, solo quiero superarme a mí misma. ¿Puedo?
Shen Wenlang hizo oídos sordos. Incluso retrocedió un paso, su aversión era evidente. —Gao Tu —volvió a llamarlo.
Gao Tu, resignado, se interpuso ante la Omega, que seguía insistiendo. —Disculpa, compañera, mejor ve a superar tus límites con otro. El compañero Shen está muy ocupado…
—¡Qué pesado! —dijo la Omega con aroma a jazmín, herida en su orgullo—. ¡Aunque sea para rechazarme, que me lo diga él mismo! ¿¡Tú qué te crees que eres!? ¿El perro guardián de la familia Shen?
Gao Tu, sorprendido por el insulto, sintió cómo un rubor de humillación le subía por las mejillas. —No lo soy.
—¿Cómo que no? —la Omega, frustrada, descargó toda su ira contra él—. Eres un Beta que se pasa el día pegado a un Alfa de clase S, espantando a las pretendientas. ¿Quién sabe qué intenciones ocultas tienes? ¡Seguro que quieres acaparar toda su atención! ¡Sucio! ¡Descarado!
—Yo…
—Gao Tu —dijo Shen Wenlang, tapándose la nariz—. ¿Para qué pierdes el tiempo con una Omega? ¿No nos vamos ya? Su olor es tan empalagoso que me dan ganas de vomitar.
…
Escenas como esta, en su vida de estudiante de hace diez años, Gao Tu las había vivido a menudo. Se había acostumbrado. Su vida era monótona. Desde muy pequeño, se había visto obligado a cargar solo con el peso de la vida. Gao Tu aún recordaba la primera frase que le dirigió el Shen Wenlang de la época estudiantil: “¿Cuánto cuesta el café?”. En aquel entonces, Gao Tu trabajaba en la tienda de la escuela para pagarse los estudios. Shen Wenlang fue a comprar, seguido a poca distancia por un enjambre de Omegas que lo adoraban. Llevaba una mascarilla negra, y su mirada era de impaciencia, pero aun así, su atractivo era deslumbrante.
Gao Tu nunca imaginó que podría estar tan cerca de él. Se quedó paralizado frente a la caja durante varios segundos, hasta que Shen Wenlang golpeó el mostrador con los dedos. —¿Compañero? ¿Compañero? —Gao Tu volvió en sí y se disculpó, cohibido. Shen Wenlang chasqueó la lengua. —¿Por qué ponen a un retrasado en la caja?
—No soy un retrasado —se defendió Gao Tu, sonrojado—. Es solo que…
—Vale, vale —lo interrumpió Shen Wenlang sin paciencia—. Tengo mucha sed, quiero mi café ya. ¿Cuánto es? Gao Tu cogió el café a toda prisa y le cobró.
…
El sueño de esa noche fue muy largo. Además de lo de la tienda, Gao Tu soñó con muchas otras cosas de hace tiempo. Con su madre, que no paraba de llorar; con su hermana, que gemía de dolor; con su padre, que le pedía dinero constantemente; y con Shen Wenlang, que lo acosaba preguntándole: “¿Eres un Omega, verdad?”.
En el sueño, Gao Tu estaba agotado. Al final, acorralado, apretó los dientes y lo negó hasta la muerte: —Señor Shen, no soy un Omega, soy un Beta. Si no me cree, huéleme. —Le acercó la nuca a la nariz de Shen Wenlang, permitiendo que lo inspeccionara, humillado. Shen Wenlang, con una expresión solemne y severa, olfateó un poco y, de repente, abrió la boca y le mordió la nuca.
Gao Tu se despertó de un sobresalto, casi cayéndose de la cama. El corazón le latía con fuerza, ardiente. Toda la sangre se le había subido al pecho, y tenía las manos y los pies helados. Apenas amanecía. Gao Tu, todavía en shock, se quedó mirando el techo durante un rato. Al ver que no podría volver a dormirse, se incorporó y cogió el móvil.
Su trastorno de feromonas empeoraba día a día. Para evitar una fuga de olor a Omega en mitad del trabajo, no tuvo más remedio que pedir otros siete días de permiso. Shen Wenlang estaba claramente molesto con sus frecuentes ausencias. Aunque no decía nada, cada vez que Gao Tu volvía al trabajo, lo sometía a un escrutinio aún más estricto. “¿No puedes venir limpio a trabajar?”. “¿Es que ese Omega que tienes en casa no tiene vergüenza? ¿A quién pretende asfixiar con ese olor tan fuerte?”. “Pareces una gata en celo”.
Soportando los reproches humillantes de su jefe, Gao Tu necesitaba armarse de valor cada vez que tenía que volver al trabajo. Esta vez solo había pedido siete días. En tres horas, tenía que volver. Siete días de un período de celo irregular y prolongado lo habían dejado completamente agotado. Solo con estar de pie, sentía que las piernas le temblaban de debilidad.
¿Y si pido otros tres días?, pensó, resignado. Llevaba tantos años sin descansar que sus vacaciones acumuladas le daban para estar en casa varios meses. Con esa idea en mente, abrió el correo y redactó una breve solicitud de prórroga para Recursos Humanos. Después de enviar el correo, revisó algunos emails de trabajo. Volvió a sentirse cansado, dejó el móvil en la mesilla de noche y se quedó dormido de nuevo.
…
No supo cuánto tiempo pasó, pero lo despertó el timbre. Al principio pensó que era una alucinación, pero el visitante era muy insistente. El timbre sonó una y otra vez, tan insistentemente que Gao Tu soñó con una alarma de incendios. Despertó y se dio cuenta de que solo era un visitante impaciente aporreando el timbre.
…
De pie en el oscuro y angosto rellano, Shen Wenlang pensó que debía de haberse vuelto loco. Como dueño de HS, era el soltero de oro más codiciado de la ciudad. Nunca soñó que algún día estaría en un barrio marginal como ese. Y todo, por culpa de su competentísimo secretario, Gao Tu.
—¿Otro permiso? Esa mañana, el director de secretaría, bajo la mirada asesina de su jefe, se encogió de hombros.
—El secretario Gao lleva años sin pedir permisos. Últimamente ha tenido que ausentarse varias veces, pero esta vez es por enfermedad. No aprobarlo sería injusto.
—¿Enfermedad? —Shen Wenlang, que había venido a la oficina temprano y no había visto a Gao Tu, estaba de un humor pésimo. Su rostro apuesto era una máscara de frialdad—. ¿Qué le pasa a Gao Tu? ¿Un día un asunto personal, otro una enfermedad? ¿Le han tocado todas las desgracias del mundo?
Con el jefe tan enfadado, era mejor callar. El director, muy prudente, sugirió la opción menos arriesgada: —La verdad es que últimamente no tiene buena cara, y no es de los que piden permisos sin más. ¿Quiere que envíe a alguien de administración a su casa a ver cómo está? —Shen Wenlang frunció el ceño. —¿No tiene buena cara?
—No, y además ha adelgazado mucho —dijo el director—. El secretario Gao trabaja muy duro, casi siempre es el primero en llegar y el último en irse. —Al hablar de él, el director suspiró. Ese hombre era como un buey de carga, trabajaba sin descanso y nunca se quejaba.
Se mataba a trabajar, y su jefe no solo no se lo agradecía, sino que encima contagiaba su estrés a los demás compañeros, que ya deseaban en secreto que se pusiera enfermo unos días para que el ambiente en la oficina se relajara un poco.
El comentario del director le hizo recordar el rostro de Gao Tu. Y sí, parecía que últimamente tenía un aspecto pálido y desnutrido. Sintió una punzada, como la picadura de una abeja. Ya es mayorcito, ¿no sabe ni comer bien y cuidarse? Qué idiota.
…
De pie en el estrecho rellano, Shen Wenlang, con los brazos cruzados, esperaba con impaciencia. Llevaba cinco minutos tocando el timbre, pero dentro reinaba el silencio. ¿No estará en casa? ¿Se habrá ido por ahí con ese Omega avaricioso? Al pensar en el ligero olor a Omega que a veces percibía en Gao Tu, se irritó y, sin pensarlo, le dio una patada a la puerta de hierro.
La puerta retumbó y se abrió desde dentro. Detrás, apareció un rostro pálido y debilitado. —¿Señor Shen? —Gao Tu, con los ojos muy abiertos, lo miró asombrado, como si no estuviera seguro de si era un sueño o una alucinación. —¿No puedes vivir en un sitio decente? —Al ver a Gao Tu, el humor de Shen Wenlang mejoró un poco, pero su cara seguía siendo un poema—. ¿Tan poco te pago? ¿Por qué vives en un sitio donde no viviría ni un perro?
Gao Tu no supo si reír o llorar. —¿Qué no viviría ni un perro? —A él también le gustaría vivir en un sitio mejor, pero entre los gastos del tratamiento de su hermana y las “pensiones” que de vez en cuando tenía que darle a su padre ludópata, ya tenía bastante. Si no fuera por el plus de vivienda que le daba Shen Wenlang, ni siquiera podría permitirse este sitio.
Abrió la puerta de seguridad. —El sueldo que me paga la empresa es muy alto, soy yo el que tiene muchos gastos. Pero, ¿qué hace usted aquí?
—Recursos Humanos me dio tu dirección —dijo Shen Wenlang—. Pero aquí no se puede ni aparcar, he tenido que venir andando.
—Este no es un lugar adecuado para usted —dijo Gao Tu, abriendo la puerta. —Espere un momento, voy a cambiarme.
—Gao Tu —lo detuvo Shen Wenlang—. ¿No me invitas a pasar?
Detrás de Gao Tu había un salón pequeño, con una ventana también pequeña. No entraba mucha luz, pero estaba bien iluminado y muy limpio. La casa, como Gao Tu, no era lujosa, pero era práctica y transmitía una sensación de tranquilidad. —Disculpe —dijo Gao Tu con firmeza—. No es un buen momento.
El dormitorio, hecho un desastre por el período de celo, todavía no lo había limpiado. Y si Shen Wenlang se acercaba lo suficiente, seguro que olía su verdadero aroma a Omega en celo. Gao Tu no quería arriesgarse. No podía permitirse perder. Al ser rechazado, Shen Wenlang se enfadó. —¿Por qué?
—¿Qué?
—¿Por qué no es un buen momento?
Gao Tu se quedó perplejo. Bajó la vista para evitar su mirada inquisitiva. —Estos días no me encuentro bien y no he ordenado. La casa está muy desordenada. Y además…
—¿Vives con ese Omega?
—¿Q-qué? —¿Qué Omega? Gao Tu miró a Shen Wenlang, confundido. Su ira inexplicable lo dejó sin saber qué hacer. Tardó unos segundos en reaccionar. El “Omega” del que hablaba debía de ser su “pareja Omega” inventada.
Para conseguir el permiso y que no se descubriera su secreto si se le pegaba el olor de algún Omega, Gao Tu le había dado a Recursos Humanos una excusa universal: “acompañar a la pareja durante el período de celo”. —¿Ese Omega también vive contigo? —insistió Shen Wenlang al ver que no respondía. Gao Tu, que no era bueno mintiendo, se sonrojó y retrocedió unos pasos.
—No.
—¿No? —Shen Wenlang dio un paso adelante y le agarró la muñeca. Solo con estar en la puerta, ya podía oler el suave aroma a salvia que desprendía. Al pensar que ese ligero aroma provenía de algún Omega, el corazón de Shen Wenlang se encogió y su rostro se ensombreció. —¿Y ese olor que llevas, qué es?
—¿Ah? —Gao Tu, en pánico, se olió el dorso de la mano. Se sonrojó aún más—. ¿Huelo a algo? Shen Wenlang le agarró la muñeca, lo sacó de la casa y lo estampó contra la pared del pasillo. Lo examinó de arriba abajo, su rostro sonrojado y la clavícula que asomaba por la camiseta ancha. Gao Tu lo miró con los ojos muy abiertos, asustado y confundido, como un conejo al que le han descubierto la madriguera.
—Te pides diez días de permiso para acompañar a tu pareja en celo. Gao Tu, qué considerado —dijo Shen Wenlang con sarcasmo—. La próxima vez que salgas, dúchate bien. ¿Tan pegajoso es ese sucio Omega? ¿Para dejarte un olor tan fuerte?
Gao Tu, con el corazón desbocado, los ojos enrojecidos, forcejeó para soltarse. Frunció el ceño y dijo: —Esto… es un asunto personal, no creo que le incumba.
Era la primera vez que le respondía con tanta vehemencia. Shen Wenlang lo soltó al instante. —Sí, tus asuntos con Omegas sucios, a mí no me incumben. —Su tono y su mirada eran gélidos. Lo miró desde arriba, como si fuera un bicho, y le dijo con frialdad—: Apestas. Si dentro de dos días te atreves a traer este olor a mi oficina, lárgate. …
Hasta que se te dió la gana de subir los extras, eh. 🙄
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