Sha Qing. Cap. 40.- Corrientes ocultas

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Volumen V. La isla de la Diosa Luna

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Capítulo 40 — Corrientes ocultas

 

Esa noche, el club estaba insólitamente silencioso. Todas las actividades nocturnas habían sido canceladas. Aunque la desaparición de cinco cazadores había sido deliberadamente ocultada por la administración, el rumor había llegado a oídos de algunos socios. Tras obtener evasivas por parte de Oliver, todos se encerraron inquietos en sus villas, y no pocos ya planeaban marcharse en un vuelo privado al día siguiente.

Emily llevaba un vestido largo color púrpura, ajustado como una cola de sirena. El vuelo de volantes dibujaba la curva plena de su pecho y el fino talle que se mecían con cada paso. Tal vez por haberse aplicado demasiada base, tenía el rostro un poco pálido; sus hermosos ojos azul celeste temblaban de inquietud, aunque el maquillaje ahumado hacía difícil distinguir sus emociones.

El hombre que caminaba a su lado deslizó la mano, con total naturalidad, sobre la curva de su cintura y le susurró algo con una nota burlona en el tono.

Ella mordió sus labios carmesí y se esforzó para que sus pasos rígidos parecieran más naturales.

Atravesaron el jardín de una de las villas y se acercaron al pórtico. Afuera había dos fornidos guardias de seguridad, auriculares en las orejas, armas ocultas y expresión pétrea. Además de la puerta principal, todas las demás salidas y ventanales de la villa contaban con guardias apostados por turnos para garantizar la seguridad de los socios.

El guardia blanco que estaba a la izquierda pareció reconocer a Emily; la saludó:

—Hola, Emy. ¿El señor Cessna te pidió esta noche? Vas a llevarte una prima.

Emily estiró un poco los labios, intentando formar una sonrisa.

El otro guardia, un hombre negro, miró al joven asiático de cabello teñido de rubio que la acompañaba.

—¿Un ruiseñor nuevo? ¿También lo pidió?

Emily lanzó una ojeada al hombre a su lado antes de responder:

—Sí. Se llama Luo Yi. El señor Cessna… quiere un trío.

El guardia blanco soltó una carcajada.

—¿Dos hombres y una mujer? Oh, parece que hoy te espera una noche dura, pobre Emily.

—¿Y no crees que yo lo tengo peor? —Luo Yi se encogió de hombros, bromeando—. Ella solo tiene que acostarse con un hombre. Yo tengo que acostarme con hombres y mujeres.

Hasta el guardia negro dejó escapar una risita.

—Dicen que el señor Cessna es muy salvaje en estas cosas. Que Dios te cuide; ojalá mañana no tengamos que sacarte de aquí cargado.

El nuevo ruiseñor se puso un poco nervioso al oír eso. Tras pensarlo un segundo, les pidió:

—Hermanos, solo un favor… Si no aguanto hasta el amanecer y me desmayo, cuando me carguen, por favor, no me delaten.

El guardia blanco miró a Emily con picardía.

—Depende de si nuestra bella está dispuesta a pedir por ti.

El guardia negro lo examinó con cierta intención.

—Yo siempre soy indulgente con quienes saben ser agradecidos.

—Claro, devolver los favores es una virtud —respondió Luo Yi, lanzándole un guiño coquetón antes de rodear la cintura de Emily y dirigirse a la puerta.

—Un momento —intervino el guardia negro—. Protocolos son protocolos.

Ambos guardias se acercaron para realizar el registro. Luo Yi abrió los brazos sin preocupación, dejando que el otro hombre lo palpara de arriba abajo. Cuando la mano del guardia se deslizó entre sus nalgas, soltó una risita y se apartó:

—Ahí no cabe una pistola~~.

—Creo que ahí cabe justo una… “pistola” —gruñó el guardia negro, dándole un pellizco brutal—. Pasen, mis pequeños.

Dentro de la villa, William estaba sentado en el sofá, lijando el borde de un cenicero recién hecho. Lo levantaba de vez en cuando hacia la luz, comprobando si los bordes ya estaban perfectamente alisados.

Cuando vio entrar a la pareja de jóvenes hermosos, dejó a un lado su obra y los llamó con un gesto:

—¿Dos por el precio de uno? Vaya sorpresa inesperada.

Emily se dejó caer con sensualidad sobre sus piernas. Luo Yi lo rodeó por detrás, abrazándole el cuello, y dijo con una sonrisa suave:

—Podría decirse que es una compensación del club. Ya sabe, todas las consumiciones extra de esta noche están a mitad de precio… y con doble cantidad. —Se inclinó para murmurar al oído—: Y yo también le he preparado doble cantidad.

Una aguja de acero se hundió de golpe en el cuello de William. El líquido transparente del tubo fue inyectado en su sangre en un solo segundo.

William ni siquiera alcanzó a gritar: su cuerpo se desplomó, inerte, sobre el sofá.

Emily dio un brinco atrás, sobresaltada, llevándose las manos a la boca para contener el grito que casi se le escapó.

—Gracias por tu colaboración, preciosa. Y por el sedante —dijo el joven asiático con una sonrisa—. Ahora eres libre.

De forma instintiva, Emily dio media vuelta para echar a correr, pero un golpe certero en la zona de la médula oblongada la dejó inconsciente al instante.

—Duerme bien. Lo que viene ahora no es apto para señoritas —murmuró.

Sobre la mesa de centro descansaban ocho ceniceros marfilados: misma textura, formas parecidas, adornados con delicados motivos. A todas luces, su creador había querido hacer una serie con ellos. El último aún era solo un esbozo. Killgreen se llevó el cuenco formado por la calavera a la palma de la mano y lo observó en silencio unos segundos.

—Descansa en paz, viejo Negro —susurró.

Luego rebuscó en la caja de herramientas de William y sacó de ella una sierra manual afilada.

Edman conducía una camioneta todoterreno a toda velocidad hacia el aeropuerto de la isla.

No había avisado al chófer asignado por el club, ni tampoco alertado a nadie; tras inventarse una excusa para alejar a los guardias de la puerta, había salido sigilosamente de la villa.

Desde el día en que el FBI llamó a su puerta, vivía sumido en un miedo constante. El supuesto acuerdo de “compensar con méritos” no le daba verdadera tranquilidad. Y, dejando a un lado la posibilidad de que esos agentes federales lo abandonaran cuando ya no fuese útil, lo que de verdad lo atormentaba era la idea de haber metido a un policía encubierto dentro del club. 

Si algún día el Duque llegaba a enterarse… No, solo imaginar el castigo bastaba para que cada minuto en la Isla de la Luna fuera una tortura. En apenas dos días había perdido puñados de cabello ya de por sí escaso, y ni siquiera la piel tersa y juvenil del cuerpo de trece años de Dorothy lograba excitarlo.

Por eso, horas antes había llamado a su avión privado y exigido que llegará a la isla ese mismo día. Sabía también que el aeropuerto del Norte era extremadamente estricto y no permitía aterrizar a aeronaves externas sin autorización. Tendría que presentarse él mismo para “coordinar”.

Una vez lograra marcharse de la isla, estaría a salvo… se repetía, nervioso y resentido.

¿Desaparecidos? ¡Basura! ¡Montajes! Era obvio que los policías estaban usando a los socios como chivos expiatorios. Y si no huía ya, quién sabía si la próxima cabeza en caer sería la suya.

La rueda trasera dio un bote brusco, como si hubiese caído en un bache. Por más que apretaba el acelerador, el vehículo no avanzaba.

Maldita sea… ¿se habría salido del camino en la oscuridad?

Viendo que el aeropuerto estaba ya a la vista, Edman salió del carro soltando improperios, dispuesto a llegar a pie.

Una mano lo agarró del pelo desde atrás y estampó su cabeza contra la puerta del vehículo de un golpe seco. Tal vez juzgando que aquello no era suficiente, el atacante lo tomó del cuello y volvió a estrellarlo tres o cuatro veces más.

Edman vio destellos blancos en medio de la negrura; un zumbido espeso le llenó los oídos y la sangre empezó a correrle por la boca y la nariz. El ataque había sido tan súbito que su mente, sacudida, aún no era capaz de formular un pensamiento coherente. Cayó al suelo como un saco enorme lleno de paja.

Cuando por fin recuperó algo de conciencia, se encontró tumbado en la maleza, con una sombra monstruosa proyectada frente a sus ojos.

Haciendo un esfuerzo por no marearse, logró distinguir la figura de un hombre agachado tras su cabeza, apoyándole un cuchillo afilado en la garganta.

—Cerdo inútil… ¡Con un par de golpes ya te quedaste frito tanto rato! —refunfuñó Shanier, dándole un par de golpecitos con el filo plano. La piel flácida de Edman tembló bajo el acero, provocándole arcadas. Limpió la hoja en unas hierbas cercanas, con asco.

Tras llegar a las inmediaciones del club, él y Killgreen habían tomado caminos distintos. Killgreen se empecinó en buscar a los cazadores que quedaban; él, en cambio, quería reconocer la zona del aeropuerto para ver si había alguna vía de escape.

—Si consigo un avión, me voy primero. Te quedas en esta isla de porquería para seguir con tu jueguito de matar, ¿oíste? —le había gruñido a Killgreen, harto—. ¿De qué te servirá matar a los seis que quedan? Hay un contingente armado aquí del tamaño de un batallón de infantería. No podrás contra todos. Cuando el club te atrape vas a morir muy, pero muy mal.

—Es asunto mío. No tiene nada que ver contigo —había contestado Shan Qin con frialdad.

Shanier estuvo a punto de abofetearlo del enojo. Su alianza temporal había terminado. No iba a arriesgar la vida confiando en un psicópata.

Sí, era una lástima separarse, pero era evidente que el otro era como la carne de pez globo: un manjar exquisito, irresistible… pero si no se prepara bien, un bocado puede matarte al instante.

Y él no era de los que arriesgaban la vida por un capricho gastronómico.

Pensar en Killgreen le agrió aún más el humor, y dedicó a Edman apenas la mínima atención necesaria.

—Tú también eres socio, ¿verdad? ¿A qué demonios vas tan rápido hacia el aeropuerto? ¿Piensas huir esta noche? ¿Te mandaron un avión? —preguntó con tanta impaciencia y tanta crudeza que Edman sintió que, con un movimiento más, aquel cuchillo podría abrirle el cuello.

Temblando de pies a cabeza, incapaz de razonar, Edman solo siguió su intuición sobre quién podía ser ese hombre.

Dios mío… ¿otro infiltrado? ¡Uno no bastaba! Este sonaba incluso más insolente, agresivo, desquiciado.

Balbuceó tratando de justificarse:

—N-no, yo… yo no quiero dejarlos atrás, solo quería… ya… ya sabe, preparar las cosas. El acuerdo, sí, ese acuerdo con el Departamento de Justicia… Lo firmamos, dejé mis huellas, ¿verdad? Ustedes… ustedes no pueden violar el programa de protección de testigos…

Mientras lo escuchaba, Shanier entrecerró los ojos con un destello afilado:
Parecía haber descubierto, casi por accidente, algún entresijo oculto del gobierno federal.
Así que este cerdo era quien había metido a Leo en el club.

…¿Leo? ¡Lawrence!

Sin Killgreen, siempre atento, siempre agudo a su alrededor, Shanier al fin podía liberar todo el veneno que llevaba años acumulando contra cierto hombre.

Siete años y cuatro meses atrás, en Queens, Nueva York, uno de sus propios hombres lo había traicionado y vendido a la policía, llevándolo directo a una trampa. Y fue precisamente ese agente del FBI, de cabello negro y ojos azul oscuro, quien lo había tirado al barro inmundo, esposándole las muñecas y dándole fin a su libertad.

En la espera furiosa y humillante del centro de detención, fue reuniendo uno a uno los entresijos del trato entre aquel traidor y la policía. Lo más irónico era que su subordinado había matado, traficado con drogas, secuestrado y extorsionado sin dejar un solo pecado por cometer; y aun así, por delatarlo y ayudar a la policía a atraparlo, terminó bajo el llamado programa de protección de testigos, amparado por el paraguas del gobierno federal, con nombre nuevo y vida nueva, viviendo tan campante. Mientras tanto él, por los mismos delitos, casi se come cuarenta años de cárcel.

¿Eso era lo que llamaban justicia? Se lo preguntó en silencio a la pared donde tenía pegado un recorte de periódico. Aquel joven agente de cabello oscuro se había hecho famoso gracias a ese caso: recibió condecoraciones oficiales y elogios de la prensa. En la fotografía en blanco y negro, su rostro juvenil era apuesto y recto, la viva imagen del modelo ideal para un agente de la ley. 

Solo Shanier sabía hasta qué punto aquel agente del FBI se había infiltrado sin dejar resquicio, recurriendo a cualquier método, con tal de tenderle una trampa.

Mientras él se pudría sin ver la luz del sol, el otro no hacía más que ascender. En apenas unos años ya se había elevado hasta la sede del FBI. Así que, cuando Shanier salió de prisión decidido a vengarse, ni siquiera pudo encontrar su rastro.

Pero la vida, caprichosa, siempre guarda una pizca de teatralidad. El antiguo jefe mafioso recién liberado y el investigador del FBI que lo había capturado volvieron a encontrarse, acorralados en una isla desierta en medio del mar. La diferencia estaba en que el primero lo reconoció al instante y, forzado por las circunstancias, no tuvo más remedio que ocultar su odio, mientras que el segundo, entre los innumerables criminales que había arrestado, hacía tiempo que lo había olvidado.

Ahora, por fin, Shanier tenía una oportunidad para cobrarse su venganza.

Al darse cuenta de ello, sonrió con una satisfacción oscura que hizo que Edman se estremeciera hasta los huesos.

Shanier rebuscó en el bolsillo de Edman, sacó su teléfono y se lo encajó en la mano:

—Marca el número del responsable del club. ¡Rápido!

—¿El joven duque Aver? No… no puedo comunicarme directamente con él… —balbuceó Edman.

La hoja del cuchillo le abrió una raja en el costado.

—¿Quieres que te arranque primero una costilla? ¿Con la membrana y la carne colgando? —susurró el otro, con un tono venenoso.

Edman soltó un alarido de dolor. El destello salvaje en esos ojos verde oscuro casi lo hizo orinarse encima.

—¡Oliver! ¡Puedo contactar a Oliver, el secretario del presidente! ¡Él lo informará al duque!

—Muy bien —rió Shanier, frío como el hielo—. Entonces ¿por qué demonios no estás marcando ya?

Leo comía vieiras salteadas con foie gras, con la vena palpitándole en la frente, y con unas ganas casi incontenibles de clavarle el tenedor en la pierna al hombre sentado frente a él.

El joven duque Aver mantenía la compostura de la cintura para arriba, fiel al protocolo aristocrático. Pero, bajo la mesa, era un festival indecoroso: una pierna trepaba por el muslo de Leo y la punta del zapato de la otra serpenteaba como una anguila directa hacia su entrepierna.

Si lo dejo inconsciente de un golpe, se acaba este martirio, pensó Leo con desesperación. Con la seguridad casi total de que ese desgraciado tenía información de todos los socios del club, planos del lugar, distribución del personal… Si no estaba en la caja fuerte, estaría en su ordenador personal. 

Si lo dejo KO, registro su habitación y su estudio. ¿Y si realmente puedo encontrar lo que necesito?

Mientras valoraba la viabilidad de ese plan improvisado, sonó el teléfono que descansaba sobre el escritorio.

Aver retiró el pie con visible disgusto. Con delicadeza, se tocó las comisuras de los labios con la servilleta.

—Disculpa, vuelvo enseguida —dijo, y se levantó para dirigirse al estudio.

—Oliver, ¿no te he advertido que no me interrumpas durante la cena…?

Tras aquella primera reprimenda, su voz se fue apagando. Leo ya no entendía lo que decía. Aprovechó para dar por terminada la cena, una tortura imposible de tragar y fue al lavabo a lavarse las manos y enjuagarse la boca.

—…¿Quién es esa persona? ¿No lo sabes? ¡Idiota! ¡Pásame la llamada! —escuchó decir al duque, antes de que cerrara la puerta insonorizada del estudio.

A los pocos segundos, la voz de un hombre desconocido llegó a sus oídos.

—Hola, señor duque. Imagino que su secretario ya le habrá informado sobre nuestra transacción…

Pero Aver Jafford lo interrumpió de inmediato:

—Jamás hago tratos por teléfono con desconocidos. O dices tu nombre e identidad y hablas cara a cara con mi gente, o cuelgo ahora mismo.

El hombre soltó una breve risa burlona.

—Digno de un aristócrata: incluso al hablar tienes un porte imponente. Solo me pregunto si ese mismo porte te servirá de algo dentro de una prisión federal.

Las cejas finas y densas del duque se elevaron, y sus ojos negros se entornaron hasta convertirse en una rendija oscura y fría.

—Habla claro. Y más vale que no tenga que encontrarte…

—No, no me malinterpretes, duque. Me acerco a ti con un propósito amistoso y mutuamente beneficioso. ¿Acaso no sabes que el FBI ya te tiene en la mira? Sobre todo lo que ocurre ahí: el club, el recinto, la Isla de la Diosa Lunar… y esa actividad que viola las leyes de cualquier país del mundo: la caza humana.

El interlocutor hizo una pausa deliberada antes de soltar las dos últimas palabras, que oscurecieron la expresión del duque. Este respiró hondo y dijo con gravedad:

—Continúa.

—Han estado investigando en secreto. Solo les falta una prueba contundente. Por eso enviaron a un agente encubierto, infiltrado en la Isla de la Diosa Lunar. Imagínalo: entre cientos de personas bajo tus órdenes, de todos los rangos y oficios, hay una víbora oculta bajo una piel prestada. Alguien que observa desde las sombras, que te calcula, que espera el momento para asestar una sola mordida letal…

A través de la línea, la voz del hombre sonaba grave, algo ronca, con un tinte difícil de descifrar, como un vaticinio nebuloso que flotaba en la bruma blanca, tentando al oyente a descubrir la verdad oculta detrás.

—¿Quién es? —preguntó Aver Jafford sin poder evitarlo, sintiendo la boca repentinamente seca.

—Cien millones de dólares, enviados a mi cuenta en Suiza —respondió el hombre—. Vamos, es un precio razonable. Para ti no es una suma que te deje en los huesos, y a cambio obtienes una información vital para tu vida. ¿No es una ganga?

El duque soltó una risa helada.

—No me falta dinero, pero tampoco tengo el hobby de tirarlo en estafadores. Si no me demuestras en persona que la información es veraz, no hay trato.

—Ohhh, duque… ¿Crees que soy un novato recién salido al ruedo? Si me presento ante ti, no solo no veré el dinero: probablemente acabarás arrancándome la piel para regalársela a alguien. Vamos, ambos sabemos cómo funciona este mundo. En un negocio, lo que importa es la reputación. Y si dejamos eso de lado, basta con mirar quién perdería más si el trato fracasa para saber quién es el principal beneficiado si sale bien. Yo no necesito desesperadamente tus cien millones. En cambio tú, si pierdes esta información crucial y a tiempo… bueno, da igual. Cuando acabes en la prisión federal, no iré a visitarte.

Hizo una pausa y añadió, venenoso:

—Por cierto, si capturas al infiltrado, podrás cargarle las muertes accidentales de ciertos miembros. “Agente encubierto abusa de su autoridad y mata a sospechosos”: a las familias de los fallecidos les sonará a una explicación aceptable, ¿no crees?

El último comentario dio justo en el punto débil del duque. Y en ese instante tomó su decisión.

—Trato hecho. Recibirás el dinero en un momento.

Cinco minutos después, Shanier recibió la notificación bancaria confirmando que los cien millones ya habían llegado a su cuenta. Lleno de satisfacción, llamó de nuevo al duque.

—Muchas gracias por su generosidad, señor duque. Le doy dos nombres: García Young y Leo Lawrence. Con tus contactos y recursos, no tardarás en encontrar en los archivos del Departamento de Investigaciones Criminales del FBI en Washington D. C. el vínculo entre ellos. Bien, que tengas una agradable noche.

—Lo mismo te deseo, mi nuevo amigo —respondió el duque con una voz suave y viscosa—. Y déjame darte también un consejo. Estás usando el teléfono de Edman, ¿verdad? Eso significa que sigues en la Isla de la Luna. Ya he ordenado cerrar los aeropuertos de ambas islas; sin mi autorización, ningún avión despegará ni aterrizará. Cuando capture al infiltrado, tendré tiempo de sobra para buscarte… centímetro a centímetro, pedazo a pedazo…

Shanier quedó completamente pasmado.

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