Volumen V.- La isla de la Diosa Luna
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Ser perseguido por varios cientos de hombres armados… vaya, es una experiencia nueva.
Tras abandonar el auto en cuanto dejó la carretera bloqueada, Leo continuó su huida por la oscuridad del páramo, intentando consolarse con un amargo toque de humor. Tal vez había sido cazador demasiadas veces y, para compensar, Dios había decidido que probara en carne propia lo que se sentía al ser cazado.
Pensar en su misión encubierta, frustrada en el último momento, lo llenaba de impotencia; aun así, no creía que hubiese llegado a un callejón sin salida. Mientras siguiera vivo, aún existía la posibilidad de lograrlo, siempre y cuando supiera atrapar esa oportunidad fugaz que surgía entre una situación que cambiaba a cada instante.
Por ahora, lo urgente era encontrar un escondite para esquivar a sus perseguidores y sobrevivir a la noche. Dado lo complicado que era organizar una búsqueda nocturna, era poco probable que se adentraran demasiado en la zona salvaje; pero, con la llegada del amanecer, seguramente iniciarían un rastreo a gran escala. Necesitaba un sitio lo bastante oculto, pero que le permitiera escapar con rapidez.
La selva por la noche era una amenaza en sí misma, pero si quería llegar a la playa, tenía que atravesarla. También podría optar por caminar por la ladera cubierta de maleza; sin embargo, allí no había ningún lugar donde ocultarse y no podría usar la linterna. Además, entre la hierba se escondían grietas en la roca, verdaderas bocas abiertas dispuestas a tragar a cualquiera sin devolverlo.
Leo palpó la pistola en su cintura que al igual que la linterna, fue “tomada prestada” del guardaespaldas que había mandado de una patada fuera del vehículo y decidió arriesgarse a entrar en la selva.
En aquella selva que devoraba el cielo y la luz, no existía ni un solo rastro de claridad natural: era una oscuridad tan densa que no permitía ver ni la propia mano. Leo solo podía avanzar gracias a una linterna de luz blanca, abriéndose paso en un infierno repleto de peligros mortales. Mosquitos hambrientos y portadores de enfermedades zumbaban a su alrededor; serpientes venenosas se enroscaban bajo las ramas secas; plantas provistas de ganchos y espinas parecían empeñadas en marcar a todo el que se acercara. Y como si fuera poco, la lluvia caída dos noches atrás había mezclado el barro y las hojas podridas en una espesa capa de lodo: avanzar era agotador, casi un suplicio. Peor aún, entre las matas de helechos se escondían súbitas caídas: dos veces estuvo a punto de precipitarse al vacío, y solo se salvó porque logró aferrarse a unas lianas en el último instante.
A su alrededor reinaba una oscuridad silenciosa; o, mejor dicho, silenciosa solo en apariencia, pues el negro profundo estaba lleno de trinos, crujidos e innumerables voces de insectos y ranas. Ese susurro, que parecía surgir de otro mundo, hacía que cualquiera se sintiera terriblemente solo, presa del temor a lo desconocido.
Leo no sabía cómo había logrado salir de aquella selva: había sido una de las experiencias más insoportables de su vida, de esas que uno preferiría no recordar jamás.
Solo sabía que estaba empapado en sudor, exhausto, desesperado por un sorbo de agua, algo de comer y unas horas de descanso. Cuando, bajo la luz agonizante de su linterna, alcanzó a ver la silueta de la playa, sintió que sus piernas ya ni siquiera respondían.
Pero entonces, el sonido de un helicóptero retumbó sobre su cabeza. Los reflectores, blancos y deslumbrantes, bajaban como espadas que hendían la noche.
¡Lo habían alcanzado!
Leo apagó la linterna en un segundo y avanzó a gatas por la ladera cubierta de hierba alta. Los bordes aserrados de las hojas le abrían surcos sangrantes en las mejillas, el cuello y las muñecas: ardían y picaban, pero tenía que soportarlo.
Justo antes de apagar la linterna, había alcanzado a escudriñar la zona: no había grandes rocas donde ocultarse, salvo una estrecha abertura triangular en la playa, hacia las cuatro en punto de su posición, escondida entre pedruscos pulidos por el mar.
Parecía una cueva marina, un pasadizo excavado por mil embates de las olas en la roca de la costa. Avanzó en esa dirección, guiándose por la tenue luz lunar, rodeando piedras de todos los tamaños, suavizadas por el océano. Cuando al fin tocó la pared húmeda de roca y se adentró con el agua hasta las rodillas en la cueva, un haz blanco barrió la zona por detrás de él. El piloto, sin ver nada sospechoso, dio unas vueltas más antes de alejarse.
Leo soltó un suspiro y continuó, tambaleante, hacia el interior. Las paredes resbalaban; el agua fría le cubría los tobillos y hacía arder cada herida como si le clavaran agujas. Aun así, siguió avanzando. Sin saber si el helicóptero había vuelto o no, no se atrevió a encender la linterna casi agotada: tenía que confiar solo en el tacto y en su instinto. El terreno subía y bajaba: en las zonas bajas, el agua le llegaba al pecho y debía nadar; en las elevadas, grandes bloques de roca exigían trepar y reptar entre grietas.
La cueva era negra, húmeda y eterna, un túnel que parecía no acabar nunca. Pero Leo sabía que aquellas cavidades, talladas por la fuerza incansable del mar, solían formar corredores casi rectos hacia la periferia de la isla. Tenía que haber una salida al otro lado.
Estaba tan exhausto que deseaba tumbarse en cualquier roca que sobresalía del agua y dormir un rato, pero sabía que sería demasiado arriesgado: si la marea subía, podría quedar atrapado y ahogarse.
Mientras su cuerpo debatía entre la razón y el instinto, Leo oyó agua chapoteando… muy levemente, como pasos avanzando por el cauce.
Venía de enfrente, a menos de cinco metros.
¡Había alguien más en la cueva!
De inmediato se pegó a una oquedad en la pared, apoyándose con ambas manos para impulsarse hacia arriba. Su mano alcanzó instintivamente la pistola… para luego retirarse: en un espacio tan estrecho y oscuro, disparar era suicida. La bala podría rebotar en la roca y volver contra él.
No le quedaba otra que reunir fuerzas y rezar que fueran pocos, para así derrotarlos uno a uno aprovechando el terreno.
El sonido del agua se acercaba. Cuando estaba a un paso de él, Leo saltó desde una roca de medio metro de altura y lo embistió, derribándolo en el agua.
Era un hombre fuerte, lo supo de inmediato.
Mientras rodaban entre las rocas húmedas, forcejeando con violencia, Leo descubrió, para su desgracia, que además de fuerte, era alguien muy capaz en combate.
Su oponente se movía como si dominara a la perfección la lucha en espacios reducidos: sus brazos, ágiles como serpientes, buscaban las articulaciones y puntos vitales, obligándolo a retroceder una y otra vez. Pero Leo también detectó una debilidad: la fuerza en las piernas y cintura era relativamente menor. Tal vez era un hombre de complexión más delgada, que recurría a la técnica para compensar la falta de fuerza bruta.
Aprovechando eso, Leo giró y usó la potencia de sus piernas bien entrenadas para inmovilizarle los brazos y los hombros; con una mano le atrapó las piernas y, con la otra, lanzó un puñetazo directo al abdomen. Escuchó un gruñido ahogado de dolor. El otro hombre respondió con un codazo brutal en su costado, provocando un estallido de dolor que casi lo deja sin aire.
Estaban en tablas. Cualquier golpe más sería dañarse mutuamente por igual. Ambos llegaron a la misma conclusión y fueron al mismo tiempo a buscar la pistola en su cintura: si lograban arrinconar al contrario contra la roca y disparar a quemarropa, podrían evitar el rebote del proyectil.
Pero desenfundar mientras seguían forcejeando era una tortura. Leo apenas logró liberarse del agarre para meter la mano tras la cintura cuando… agarró algo blando, cálido y sorprendentemente lleno. Todo hombre conocía esa textura desde la adolescencia; pero aun así se quedó paralizado dos segundos. No por lento, sino porque jamás habría imaginado que fuese eso.
—Uuuh… ¡coño de tu madre! —el otro gimió, retorciéndose de dolor y respondiendo con un rodillazo directo a la entrepierna.
¿Querían acabar en un empate desastroso? El corazón de Leo dio un brinco; soltó al instante y se hizo a un lado. En la oscuridad chocó de cabeza contra la roca y, entre chispazos de dolor, soltó:
—¡Fuck you!
El otro se quedó quieto de pronto y, sorprendido, murmuró:
—¿Leo?
El agente federal se quedó de piedra. Tardó unos segundos en conseguir pronunciar, entre dientes:
—…Sha Qing.
—¡Maldita sea! ¿Eres tú?
—¡Eso mismo quería preguntarte!
—Joder, ¿y tú no podías hablar antes? Me comí varios puñetazos por tu culpa.
—Creo que el que salió perdiendo fui yo. Casi me revientas un riñón. ¿Por qué no dijiste algo tú? Ah, claro, demasiados canales de voz y no sabías en cuál transmitir, ¿no? —rió entre dientes Leo incapaz de no soltar la pulla.
—Vale, vale, la culpa es nuestra por cruzarnos así, en esta oscuridad en la que no se ve ni el propio brazo. Pero no pensé que fueras capaz de usar trucos tan bajos. Vaya manera de renovarme la opinión que tenía de ti… A menos que sea un hábito tan naturalizado que hasta en mitad de una pelea no puedes evitar meter mano —añadió Sha Qing, con una voz cargada de malicia.
Recordar el momento en que, por error, había agarrado la entrepierna del otro le provocó un rubor inevitable. Menos mal que la oscuridad ocultaba la vergüenza.
—¿No estabas en la isla sur? ¿Cómo llegaste aquí? —Leo carraspeó y desvió el tema.
—Nadando. Crucé el estrecho.
—…Estás completamente loco. ¡Este sitio está lleno de tiburones!
—Ya lo sé. Si lo pienso ahora, me da un poco de miedo.
—Tú, que no tiemblas ni al matar gente, ¿le tienes miedo a los tiburones? —bufó Leo—. Ya eliminaste a cinco miembros. ¿Qué pasa, tampoco vas a dejar vivos a los pocos que quedan en la isla norte?
—Seis —lo corrigió Sha Qing—. Acabo de despachar a otro en el club. Si no fuera porque tú trajiste detrás todo un escuadrón de persecución, los otros cinco no habrían escapado.
Leo lo agarró del pecho y lo empujó contra la pared de roca.
—¿Fuiste tú quien mató a Edman? Un tipo de más de cincuenta, gordo, medio calvo.
Sha Qing le apartó la muñeca con fuerza.
—¿Tenía la costumbre de convertir cráneos ajenos en ceniceros? Si no, entonces el que maté era uno más joven y más flaco.
Leo guardó silencio un instante antes de escupir, en un tono helado:
—¿Por qué tienes que convertirte en un carnicero sin alma? ¿Matar a personas vivas te deja indiferente o te excita? ¿Qué coño eres? ¿Un psicópata, un enfermo mental? ¿O te crees un justiciero solitario? Empiezo a pensar que, más que una prisión federal, lo tuyo es una habitación acolchada en un psiquiátrico.
Su voz era dura, cortante. Sin embargo, Sha Qing distinguió en ella una sombra de frustración y una especie de preocupación retorcida, propia de quien quisiera que la otra persona fuese distinta. Así que no se enfadó. Incluso le pareció, en cierto modo, un gesto valioso.
Él, por su parte, no creía pertenecer ni a una cárcel ni a un hospital psiquiátrico.
Tal vez vaya al infierno, pensó con indiferencia, pero solo después de morirme. ¿Y qué?
—No creo estar loco ni ser un monstruo. Solo hago lo que considero que debo hacer. Todo el mundo quiere hacer lo que cree que debe hacer; la diferencia es si tienen la capacidad para ello. Tú también. Crees que atraparme es tu deber. Si tus habilidades superaran a las mías… enhorabuena. Podrías mandarme a una celda blanca o una negra y yo no me quejaría. —contestó con seriedad.
Leo rechinó los dientes, presa de la impotencia. En ese momento sentía unas ganas feroces de estamparle la cabeza contra la roca, a ver si así recolocaba el cable suelto en su cerebro.
Comprendió entonces, más claramente que nunca, que con Sha Qing no había camino posible, no en lo que respecta a moral, ley y orden. Todo aquello era una vía muerta entre los dos. Si quería pasar más de cinco minutos con él sin desear golpearlo, tenía que dejar ese tema a un lado.
—Fuera de eso —admitió para sus adentros—, es increíblemente competente. Tal vez demasiado.
Nadie es perfecto, todos tienen sus defectos… pero el defecto de Sha Qing recaía justo en el principio que Leo más defendía. Y lo peor: no mostraba ni un ápice de arrepentimiento. Entre ambos no había espacio para la reconciliación. A la frustración se sumaba una decepción profunda, insidiosa, que llevaba más de un año acumulándose en silencio.
Era una sensación extraña. Cada vez que veía el talento del asesino, su precisión quirúrgica, la calidad impecable de sus planes, aquella punzada se hacía más fuerte. Como si observara un jarrón de Ru celadón* en un museo: perfecto, salvo por esas grietas de craquelado que, aunque parte esencial de su valor artístico, le resultaban insoportables a la vista. Leo preferiría un jarrón liso, aunque perdiera estilo y carácter. Sería, al menos, acorde a su estética.
*(Nota: Un jarrón de Ru celadón es una pieza de cerámica china de altísimo valor histórico y artístico, famosa por su esmalte verde jade pálido y su extrema rareza).
Sha Qing era ese jarrón: su brillantez residía precisamente en aquello que Leo no podía aceptar.
El agente suspiró hacia dentro, obligándose a volver al presente.
—Pues espera a que te capture —dijo en voz fría—. No creo que tarde demasiado.
—Pero ahora estamos en el mismo barco que hace agua, ¿no? —respondió Sha Qing, tan tranquilo como siempre—. Yo digo que primero pensemos cómo remar juntos. Lo de derribar el puente podrá esperar a mañana, cuando amanezca. Estoy helado y odio estar en remojo. Quiero encender un fuego y secar la ropa. ¿Y tú?
Al escucharlo, Leo se dio cuenta de que la ropa empapada empezaba a congelar su piel, y el cuerpo le pedía fuego, agua potable y comida a gritos.
—Si encendemos una hoguera aquí, ¿no nos verán? —preguntó, aferrándose a los restos de su sentido común.
—No debería. Esta cueva marina es larguísima; la otra salida da directo al acantilado sobre el mar. Si encontramos una cavidad adecuada y apilamos unas piedras para cubrir la entrada por la que vinimos, no se filtrará luz. Recuerdo que un poco más adelante hay un sitio perfecto para encender fuego…
Mientras hablaba, se giró. El pie le resbaló y casi cayó de bruces, pero Leo lo agarró a tiempo.
—Gracias —murmuró Sha Qing—. Mi linterna se quedó sin batería.
—La mía tiene algo. La solté durante la pelea; tengo que buscarla —respondió el agente.
—Déjalo así —dijo Sha Qing—. Con esta oscuridad absoluta, aunque lo encontremos, seguro que ya está hecho pedazos.
Sha Qing aprovechó para aferrar la mano del otro hombre y, tanteando la pared rocosa, avanzó lentamente.
—Sígueme. Cuando desembarqué en esta isla, dejé suficiente leña en la cueva, y algo de comida también. Era uno de mis escondites preparados… parece que por fin va a servir de algo.
El hombre al que sujetaba miró instintivamente su propia mano… una negrura total, nada que ver. Pero aquel calor, aquella presión firme sobre su piel, seguían ahí, imposibles de ignorar incluso en plena noche.
¿No debería apartarlo? pensó Leo en silencio.
Pero hacerlo quedaría demasiado evidente… ¡Maldita sea! ¿Por qué demonios estaba dándole vueltas a semejantes nimiedades? Total, entre ellos ya había ocurrido algo mucho más íntimo que un simple contacto de manos.
Un beso.
Un beso sin aviso, ardiente, precipitado, con regusto a sangre… pero condenadamente hermoso. Y, tras repasarlo una y otra vez en su memoria, Leo estaba seguro: había sido Sha Qing quien se había adelantado.
¿Y eso qué significaba? ¿Un criminal buscado en toda la Federación, un asesino serial, sintiendo algo por él?, ¿un agente federal enviado a cazarlo? ¡Era absurdo! Leo no daba crédito. Ni hablemos de afinidad de carácter o resonancias espirituales dignas de un drama romántico barato; incluso si fuese pura atracción física, era demasiado brusco, demasiado repentino. Solo se habían visto cara a cara una vez, y ni siquiera había sido con el rostro real de Sha Qing.
¿De dónde nacía una atracción así?
¿Era algo unilateral del asesino… o él mismo había respondido sin darse cuenta?
Leo sintió que su mente patinaba.
No debía ser así. Entre él y Sha Qing, entre policía y asesino; solo había un vínculo posible: ser enemigos mortales. Podían despreciarse, odiarse, perseguirse… incluso admirarse. Pero no atraerse. Era como dos cuerpos celestes destinados a mantenerse a distancia: si llegaban a tocarse, arderían en un estallido violento hasta colapsar juntos en un agujero negro.
Y ese no era el final que él deseaba. Ni tampoco era Sha Qing la persona con la que quisiera compartir el resto de su vida.
El hombre al que amaba era otro: un muchacho limpio, sereno, inteligente y bondadoso, como un manantial cristalino que purifica el alma, no un torrente de lava que arrasa con todo.
Él amaba a Li Biqing.
Aunque fuese el futuro prometido de su hermana y él preferiría morir solo antes que arrebatarle aquello que ella amaba. Aunque aquel chico nunca había sido, ni sería jamás, suyo. Aun así, Leo le había entregado su cariño y su confianza sin reservas.
Y aun así, pensó con un dolor silencioso. Lo amo.
Sha Qing se detuvo de pronto. La mente de Leo, perdida en laberintos emocionales, no frenó a tiempo: su mejilla chocó contra la nuca del otro hombre. El golpe lo espabiló de inmediato. Ahora no era momento de cavilar sobre abstracciones sentimentales.
Lo urgente era sobrevivir.
—Llegamos —anunció el que iba delante—. Sube por esas rocas a la derecha. Y cuidado con empapar mis fibras de palma y el estropajo de coco; dependo de eso para encender el fuego.
Soltó la mano de Leo y comenzó a trepar.
Al sentir cómo aquel calor se alejaba, Leo experimentó al mismo tiempo un alivio casi imperceptible… y una punzada mínima de desamparo. Sacudió con brusquedad esa impresión absurda y molesta, clavó los dedos en la hendidura húmeda de la roca y lo siguió hacia arriba.