Shh, no hables. Cap 40.- Hacia la Vida

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Arco de Infiltración

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Capítulo 40. Hacia la vida—(Arco de infiltración)

El Rubio y el Flaco llevaban largo rato agazapados en el bosque. Ya cerca del anochecer, por fin vieron una silueta acercarse a la cabaña de cazadores situada en el claro entre los árboles.

El hombre se detuvo un momento encorvado ante la puerta, se frotó la nariz, se restregó la mano por el costado del pantalón, tocó el impermeable de hojas de plátano hecho jirones que colgaba a la entrada y miró alrededor.

El Rubio, por instinto, bajó aún más el cuerpo; el Flaco, en cambio, observó con atención.

Aquel hombre tenía el pelo canoso y revuelto, el cuerpo encogido y delgado. Vestía de manera corriente, pero en su rostro sucio destacaban unos ojos ágiles y despiertos. Tras dar una vuelta completa con la mirada, empujó la puerta y entró en la cabaña.

Ese lugar era el punto de encuentro acordado; aquel debía de ser el enlace enviado por la organización. Sin embargo, después de haber sufrido tanto por culpa de un topo interno, hasta el punto de verse obligados a huir, no podían permitirse el menor descuido. Así que no se dejaron ver de inmediato y continuaron observando.

El Rubio detestaba el monte y la maleza de aquel país húmedo y sofocante. Al ver que el hombre entraba en la cabaña, frunció el ceño, se rascó el pendiente de la oreja y susurró:

—¿Entramos?

El Flaco negó con la cabeza.

—Espera un poco más.

Al cabo de un rato, una ventana de la cabaña se abrió. Un momento después, el hombre se apoyó con ambos brazos en el alféizar y miró hacia afuera. Una mano colgaba fuera de la ventana; con la otra hacía girar con destreza un cuchillo militar entre los dedos. El brillo del filo destellaba bajo la luz del atardecer que se filtraba entre los árboles. Su expresión no mostraba nerviosismo alguno; parecía simplemente esperar a alguien con calma.

—Ve a echar un vistazo —dijo el Flaco—. Yo te cubro desde aquí.

El Rubio se puso en pie y se dirigió hacia la cabaña.

Empujó la puerta con la pistola en la mano. El hombre giró la cabeza, lo observó durante un par de segundos y metió la mano en el bolsillo.

El Rubio levantó de inmediato el arma y le apuntó.

—¡Ni un movimiento!

El hombre se detuvo un instante, pero continuó con lo que estaba haciendo. El cuchillo desapareció y en su lugar sacó una cajetilla de cigarrillos y un mechero. Golpeó uno, lo encendió. Pronto una hebra de humo azul salió flotando por la ventana y se disipó entre los restos de luz del ocaso.

Volvió a apoyar el codo en el alféizar, frunció el ceño y, con una tos ronca y sombría, resopló:

—¿Así tratas a tu benefactor, al que tiene tu destino en sus manos?

El Rubio no bajó el arma, aunque sí relajó un poco la puntería.

—Has llegado un poco antes de tiempo.

—La hora es perfecta.

El hombre pasó junto a él con toda tranquilidad. Al llegar a la puerta, salió.

—Después del tramo por tierra, pasamos al agua justo cuando oscurezca. La barca llegará puntual.

Se estiró la espalda encorvada y volvió a mirar en dirección al escondite del Flaco. Luego alzó la voz:

—¿Ya has visto suficiente? Sal.

Tras unos segundos, el Flaco también se incorporó y salió del bosque.

Caminó hasta situarse frente a él, observándolo sin disimulo. El hombre extendió la mano.

—Encantado.

En la mirada del Flaco no había confianza, pero no dijo nada. Solo ladeó la cabeza, indicándole que lo siguiera.

Mientras el sol descendía poco a poco hacia el horizonte, el bosque se iluminaba con un fulgor crepuscular, como un último resplandor antes de apagarse. Se oía el canto del cuco y el zumbido de los insectos, como si se respondieran unos a otros. Caminaron un trecho entre los árboles cuando, de repente, el enlace se detuvo, jadeando. Con un leve crujido, sacó del bolsillo un blíster de aluminio, apretó una pastilla y se la llevó a la boca para tragarla.

El Flaco reconoció el medicamento.

—¿Estás enfermo?

—Sí.

—¿Y vienes a hacer esto estando enfermo? —el Rubio volvió a examinar al hombre—. No pareces alguien de las montañas. ¿Eres de S?

El malestar se le notaba en el cuerpo y el rostro, pálido y descompuesto. El hombre esbozó una sonrisa desdeñosa, consciente de la intención de tantearlo.

—Llevo más de diez años en este negocio. Si no confían en mí, me busco yo solo otra ruta para largarme.

El Rubio alzó el arma; el Flaco, en cambio, le bajó la mano.

—Si vas a sacarnos de aquí, despejar nuestras dudas no te perjudica en nada —dijo el Flaco—. Será mejor que cooperes.

El hombre sacó el cuchillo militar y, con un par de tajos secos y precisos, cortó la liana que tenían delante y la apartó.

—El intermediario se llama hermano Bao. Nos pidió que sacáramos a unas personas por la frontera.

—¿“Nos”? ¿Quienes son? —preguntó el Rubio.

—Eso no necesitas saberlo —respondió el hombre—. Desde este lado, para ir por la ruta del agua, todos tienen que pasar por nuestras manos. El adelanto de este viaje no es gran cosa; el pago se hace al llegar a L, porque allí tienen que revisar la mercancía y “X” debe estar presente. Si él está, pagan cien mil. Si “X” no llega, cada cabeza cuenta solo como dos mil.

El Rubio maldijo para sus adentros. La orden era clarísima: si algo salía mal, había que sacrificar peones para salvar lo importante; de lo contrario, sería perder dinero a lo tonto. Le sentó fatal. Incluso huyendo como fugitivos, las vidas seguían teniendo jerarquías, más o menos valiosas. Pero así era la realidad. Si no fuera por “X”, ni siquiera a un don nadie como él le habrían dado la oportunidad de cruzar la frontera con un enlace. Tal vez lo único que habría recibido sería una bala “para eliminar riesgos”.

El hombre los observó con esos ojos vivos que no dejaban de moverse.

—“X” es su jefe, ¿no? Si ya no está, ¿este trabajo sigue en pie o no?

El Rubio no pudo evitar replicar:

—¡Nuestro jefe está vivito y coleando!

El hombre lo miró de arriba abajo y soltó una risa baja.

Bajaron de la montaña por un flanco y se subieron a una carreta tirada por bueyes en la que viajaban varios aldeanos. En una avenida que parecía el centro de un pueblo, se bajaron y tomaron una destartalada furgoneta negra que recogía pasajeros, cuyo motor sonaba como una ametralladora.

Cuando cayó la noche, la furgoneta avanzó por un camino de montaña. El Rubio hizo una seña al conductor y se bajaron a mitad de camino. Los tres caminaron un trecho más; el terreno empezó a volverse estrecho y accidentado. El Flaco miró hacia delante y luego dijo al hombre:

—Disculpa la descortesía, pero antes de ver a nuestro jefe tenemos que registrarte.

Le lanzó una mirada al Rubio y luego dijo al hombre:

—Mi compañero es beta, que sea él quien lo haga, ¿te parece?

El hombre no se opuso y alzó las manos.

El Rubio le dio palmadas por todo el cuerpo. Sacó su teléfono, lo desmontó en un par de movimientos, lo revisó con cuidado y guardó las piezas en el bolsillo de su chaqueta. Después volvió a registrarlo desde los tobillos hacia arriba, sin dejarse ni el cabello. Le quitó el cuchillo militar, los cigarrillos, el mechero y los analgésicos, y también se los metió en el bolsillo. Cruzó una mirada con el Flaco y, acto seguido, continuaron avanzando con el hombre.

Caminaron otra media hora. Descendieron por un vallecito; tras una curva, el paisaje se abrió de golpe y aparecieron un conjunto de edificaciones. Había piedras y materiales amontonados por todas partes, como si se tratara de una fábrica clandestina.

Entraron por la puerta principal y, frente a una hoja de hierro oxidada, el Rubio llamó siguiendo un ritmo preciso. La puerta se abrió.

La noche había caído por completo. El interior estaba en penumbra. Del techo alto colgaba una bombilla amarillenta de muy pocos vatios. Había cubos por todas partes y maquinaria grasienta y sucia, de la que emanaba un olor a productos químicos. Dentro había cuatro hombres de pie; al mirar con atención, en un rincón se distinguía a otro sentado. Sumando al Rubio y al Flaco, eran siete en total.

El Flaco llamó:

—Jefe.

El hombre se levantó y se acercó. Su silueta negra fue tomando forma poco a poco bajo la luz débil.

El rostro apareció justo bajo la bombilla: un hombre de mediana edad, sin rasgos especialmente llamativos, incluso con cierto aire afable.

En la mano hacía rodar un rosario de cuentas de sándalo, que brillaban con un lustre suave.

El Flaco se acercó y le susurró algo al oído. El hombre giró el cuerpo para escuchar. Al cabo de un momento, asintió, buscó una silla detrás y se sentó. Luego dijo al enlace:

—Siéntate.

El enlace lo pensó un instante. Encorvado, se pasó la mano por el cabello canoso y se sentó en un taburete de madera destartalado a un lado. Cruzó la pierna. Sus ojos recorrieron el lugar, se detuvieron un segundo en el maletín negro del rincón y volvieron al jefe.

—¿Tú eres “X”?

El hombre de mediana edad no respondió. Su lenguaje corporal, sin embargo, parecía confirmarlo. Se recostó hacia atrás y dijo:

—Tenemos que esperar aquí. Aún falta que llegue uno de los míos.

El enlace se quedó desconcertado.

—¿Esperar? ¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Puede que tarde un rato —respondió X.

—Eso no sirve —dijo el enlace con rotundidad—. Los horarios ya están fijados. No puedo quedarme aquí esperando. Esto es contrabando de personas, no un taxi al que puedas hacerle marcar el taxímetro mientras aguardas al cliente. Cada minuto extra es un riesgo más; llegado el momento, puede que no salga nadie con vida.

En cuanto pronunció las palabras «no sale nadie con vida», el ambiente se tensó de forma sutil. Un gordo que estaba de pie a un lado movió el pie, visiblemente inquieto.

El enlace le lanzó una mirada, pensó un instante y añadió:

—Además, ¿qué necesidad hay de esperar a nadie? Mientras tú, X, estés aquí, este negocio…

—Nuestro jefe no deja atrás a ningún hermano —lo interrumpió el Flaco con frialdad—. Espera.

El hombre de mediana edad dejó de hacer rodar el rosario y preguntó:

—¿Cuánto tiempo hace que conoces al Hermano Bao?

El enlace guardó silencio unos segundos antes de responder:

—No lo conozco.

Al instante, todas las miradas se concentraron en él, apretando el aire a su alrededor.

El enlace volvió a pasarse la mano por la nariz.

—Soy solo un don nadie que viene a recoger gente. ¿Cómo iba a conocerlo yo? Yo tampoco los conozco a ustedes, y aun así aquí estamos haciendo negocios. Si tuvieras otra opción, no me habrías buscado—. Sonrió—. No tener elección y aun así seguir preguntando de todo es bastante estúpido.

Su risa sonó falsa y, en aquel entorno, aún más irritante.

El tipo corpulento de cara cuadrada dio dos pasos al frente y le plantó el cañón del arma en la cabeza.

—¿Eh? ¿Con quién te crees que estás hablando?

El enlace lo miró.

—Si disparas, volarás el último barco que les queda para salir de S.

El corpulento enseñó los dientes.

—Déjate de trucos. He visto de todo —añadió el enlace con absoluta calma.

—Basta.

X, que sostenía el rosario, lanzó al corpulento una mirada para que retrocediera. Este se retiró. X cerró ligeramente los ojos; el ritmo con el que las cuentas giraban entre sus dedos pareció acelerarse, aunque su cuerpo permaneció inmóvil.

—Esperemos un poco más. Si no llega, nos vamos.

El gordo y los otros tres hombres, sin nada que hacer, se sentaron alrededor de una mesa y comenzaron a jugar a un aburrido juego de adivinar palillos. Al principio hablaban en voz baja; al cabo de un rato, entre conjeturas e insultos, el volumen subió y el ambiente opresivo ganó algo de vida.

El Flaco vigilaba el exterior a través de una rendija de la ventana. El Rubio se sentó junto al enlace, atento de vez en cuando al progreso del juego de sus compañeros.

El tiempo fue pasando, segundo a segundo.

El enlace se mostraba cada vez más impaciente. Se llevó la mano al bolsillo, pero el teléfono ya no estaba allí. Le preguntó al Rubio:

—Oye, ¿qué hora es?

El Rubio miró al jefe, que seguía con los ojos cerrados pasando las cuentas, luego miró hacia la ventana y se encogió de hombros.

No obtuvo respuesta.

Al cabo de un rato, el juego terminó. El corpulento se levantó y cogió unos panes sueltos de un cubo cercano. Le dio uno primero a X, luego fue a la ventana para darle otro al Flaco y después lanzó uno a cada uno de los demás.

El enlace alargó la mano, pero el corpulento no se lo dio y X dijo:

—Dale uno también.

El corpulento regresó con el pan y el enlace se lo comió de inmediato. X le preguntó:

—¿Cómo debería llamarte?

—Conocidos de una sola vez, ¿para qué ponerse nombres? —respondió el enlace.

—Ya sabes que yo soy X, ¿no es así? —dijo el hombre de mediana edad. Su tono se volvió sombrío.

—Entonces llámame “Wai” (1)—dijo el enlace con desdén.

Un par de ojos lo observaban desde un costado, escrutándolo en silencio.

Cuando todos terminaron de comerse el pan y afuera seguía sin oírse ni un solo ruido, el enlace se puso de pie.

—No digan que no se lo advertí. Nuestro barco no espera a quien no aparece. Si no nos vamos ya, lo único que les quedará será disfrutar de los servicios jurídicos de S.

El Flaco se apartó de la ventana, pensó un momento y se ofreció:

—Jefe, ¿por qué no llevas a unos cuantos primero al muelle? Nosotros nos quedamos aquí esperando. En media hora, llegue o no llegue, iremos al muelle a reunirnos. Si ustedes llegan antes, pueden pedirle al barco que espere; si se va, sí que estaremos jodidos.

—El barco no espera —replicó el enlace.

—Entonces tú no vivirás para verlo —el Flaco le dio una palmada en el hombro—. Déjamelo a mí. Siempre hay que dejar una vía de escape.

El hombre de mediana edad lo pensó un instante y asintió.

—Tengan cuidado.

Quedaron en que, una vez en el muelle, se pondrían en contacto con el Flaco y le pedirían al enlace que llamara para coordinar con el otro lado. Tras dejarlo todo claro, el hombre de mediana edad se marchó con tres de sus subordinados. Se quedaron el Flaco, el Rubio, el corpulento y el enlace.

En ese momento, la mirada del enlace se deslizó hacia el Rubio, que estaba sentado a un lado mientras jugueteaba con el cuchillo militar que le habían confiscado al enlace.

El rostro del enlace fue palideciendo poco a poco, aunque no mostró emoción alguna. Seguía tranquilo. Reclinándose en el taburete, le habló al Rubio:

—¿Sabes usarlo? ¿Te enseño?

El Rubio se detuvo y guardó el cuchillo.

—¿Por qué siempre quieres tocar cosas? Ya en el muelle te lo devolverán. Estate quieto.

Lo examinó de arriba abajo, desde el pelo canoso hasta el cuerpo encorvado y delgado, con una curiosidad mal disimulada.

—Nunca había visto a un omega tan hecho polvo como tú. A tu edad, tan débil… ¿cómo acabaste metido en esto?

El enlace soltó una risa al exhalar.

—¿Y qué tiene? No hay nadie más adecuado que yo. Ya lo sabrás.

Pasaron unos diez minutos más sin novedad alguna. El Flaco consultaba el móvil de vez en cuando, esperando noticias.

—Tengo que ir al baño —dijo de pronto el enlace, levantándose otra vez.

—Mea aquí mismo —le respondió el Flaco.

—…Lo otro —dijo el enlace—. ¿Eso también lo hago aquí?

—Total, ya nos vamos —replicó el Flaco—. Hazlo aquí.

—…Tú podrás, yo no. Son dos beta y un alfa; yo, al menos, soy omega. Ni siquiera somos del mismo sexo. No soy un perro como para hacerlo delante de todos.

El corpulento soltó una maldición y se acercó.

—Te aviso que no intentes nada raro.

—Joder —también maldijo el enlace—. He venido a hacerlos ganar dinero, no a ser su rehén. Si no confían en mí, ¿por qué no se largan solos?

Luego señaló al Rubio.

—Que venga ese beta conmigo. Al menos no va armado.

El Flaco lo pensó un momento y le dijo al Rubio:

—Sácale todo y déjalo sobre la mesa.

El Rubio obedeció: cuchillo militar, tabaco, mechero, pastillas, y las piezas del móvil desmontado —batería, tarjeta, carcasa—, todo fue a parar a la mesa con un golpe seco.

—¿Era necesario? —dijo el enlace, mirando el montón de piezas.

—¿No? Hemos llegado hasta aquí por confiar demasiado —respondió el Rubio, cogiendo el arma y dirigiéndose a la puerta—. Date prisa. Cuando termines, nos vamos.

El enlace salió con él y rodearon la casa hasta la parte de atrás.

Ya era casi de noche. La hierba salvaje crecía alta, proyectando sombras difusas. Caminaban uno delante del otro.

—¡Ahí! ¡No te alejes más! —el Rubio levantó el arma y le señaló un claro menos denso entre la hierba—. Ahí mismo. Ve.

(1) N.Traductora.- En inglés, X suele usarse como incógnita, como identidad oculta o como “alguien importante pero no nombrado”. La letra siguiente sería Y, que se pronuncia “why”. Si el personaje dice “llámame Wai”, escrito así pero sonando como why, puede haber un juego fonético muy intencional: Tú dices que eres X (una identidad fija, cerrada, con peso). No soy X, soy Y / why / Wai → el que cuestiona, el que no da nada por sentado. En otras palabras, el subtexto puede ser algo como: “Tú eres X… perfecto. Yo soy el ‘por qué’ qué viene después”.

No sería un chiste evidente, sino un doble sentido elegante, de esos que solo se activan si el lector piensa un poco más.

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