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—Parece que su cuerpo ya se ha recuperado casi por completo. El hematoma intracraneal también se ha reabsorbido; lo más probable es que despierte pronto —dijo Dai Jingxi tras terminar el examen del paciente en la cama. Miró el reloj y su expresión cambió apenas un matiz—. …Tengo que volver a casa cuanto antes.
Levantó la vista hacia el Alfa sentado al otro lado de la cama. Este mantenía la cabeza gacha, con un gesto sombrío, como si su mente vagara en otra parte.
—Ye Yisan —lo llamó de nuevo.
El Alfa alzó la cabeza al fin, llevándose con nerviosismo una mano a la glándula del cuello y bajándola de inmediato.
—…De acuerdo. Gracias.
Dai Jingxi no dijo nada.
Desde que habían logrado sacar a Ye Yisan del control de la Oficina de Inteligencia, su estado había sido siempre así de extraño.
—Gracias —repitió Ye Yisan tras recomponerse un poco, con sinceridad—. Gracias por salvarme y por ayudarme a salvar a esta persona.
—No hace falta que sigas agradeciendo —respondió Dai Jingxi—. Solo estoy devolviendo un favor. —Mientras hablaba, lanzó una mirada al hombre inconsciente en la cama—. Aunque, si de verdad quieres darme las gracias, ¿qué te parece compartir conmigo la composición de ese “fármaco”?
Ye Yisan guardó silencio un momento antes de responder:
—Lo siento, eso no es algo que yo pueda decidir. En cualquier otra cosa, haré lo que me pidas.
Dai Jingxi sabía desde el principio que no aceptaría; solo lo había preguntado por probar. Si los componentes de esos medicamentos de M pudieran compartirse con terceros, él no habría tenido que correr semejante riesgo ni viajar hasta allí para acabar capturado y torturado por los agentes del ejército.
La industria farmacéutica era uno de los pilares económicos y vitales de M: se infiltró en el parlamento, el ejército, la política y el sistema judicial. Entre ellas, M Biochemical & Pharmaceutical Technology, una de las compañías líderes absolutas del sector, controlaba muchos de los proyectos farmacéuticos más punteros del mundo.
No hacía mucho, un lote de medicamentos experimentales altamente confidenciales, pertenecientes a campos médicos de vanguardia, debía ser trasladado desde los laboratorios. Para no llamar la atención, se ideó un plan “brillante”: mezclarlos con productos bioquímicos de uso común y enviarlos como si fueran medicinas ordinarias. Nadie imaginó que aquella brillantez resultaría excesiva: no atrajeron la atención de ningún servicio de inteligencia extranjero, pero, por una ironía del destino, fueron interceptados por una organización criminal “civil” transnacional, con métodos propios de un simple asalto.
Aunque por el momento esos delincuentes dedicados al contrabando ilegal aún no comprendían el verdadero valor de los fármacos experimentales, si la información se filtraba, todo el esfuerzo de investigación y las enormes sumas invertidas podían perderse por completo, y la empresa también quedaría en clara desventaja estratégica en ese campo médico.
En apariencia, Ye Yisan era una persona común que cambiaba con frecuencia de profesión e identidad. En realidad, su identidad oculta era la de subordinado directo de una de las figuras clave de la farmacéutica: un agente seleccionado tras el entrenamiento y la criba más estrictos, sobresaliente en combate, fuerza de voluntad y lealtad. La misión de recuperar esos medicamentos experimentales había recaído en él. Al recibir la información de que el lote había sido trasladado al país S, siguió la pista hasta allí.
Pero tuvo la peor de las suertes.
Justo cuando contactaba con un traficante internacional de información, coincidió con una operación de cerco de la Oficina de Inteligencia del ejército de S, que iba tras ese mismo individuo por haber cometido un desliz en otro lugar. Así, Ye Yisan quedó atrapado en la red junto con él y fue detenido sin más por la inteligencia militar de S, que ni siquiera sabía a quién había capturado.
Los que arrestaban no entendían nada. Y el arrestado tampoco tenía forma de explicarse.
Quienes intentaban robar fármacos prohibidos acabaron llevándose secretos de Estado; quienes buscaban recuperar esos medicamentos dieron de bruces, justo en ese momento, con una redada de la Oficina de Inteligencia. Un cúmulo de casualidades encadenadas a otras casualidades: le cayó un rayo y, acto seguido, una granizada. Así fue como el agente de élite Ye Yisan terminó, de manera absurda, en manos de la inteligencia militar del país S, un organismo que no tenía absolutamente nada que ver con él.
Con su carácter, era evidente que no diría una sola palabra. Y, por su identidad, tampoco podía decir nada. Al fin y al cabo, los fármacos seguían dentro del territorio de S, y la tecnología farmacéutica de M era un botín que nadie despreciaría.
Dai Jingxi no sabía qué clase de tormentos inimaginables había sufrido Ye Yisan en la Oficina de Inteligencia para quedar en ese estado de aturdimiento permanente; después de todo, el gran jefe de espionaje de la familia Lu tenía una reputación siniestra. Pero no preguntó nada. Porque aquello no tenía nada que ver con él.
Tal vez, en medio de todo, el único realmente afortunado, el único que había salido ganando era ese policía infiltrado al que Ding Qi le había inyectado los fármacos.
—Cuando llegue el momento, tendré que molestarte otra vez, presidente Dai, para que nos ayudes a regresar a M —dijo Ye Yisan, levantando el brazo del hombre en la cama para movilizarle los músculos.
—¿De verdad piensas llevártelo contigo? —preguntó Dai Jingxi mientras se quitaba la bata y se ponía ropa de calle. Frente al espejo, se arregló con cuidado hasta recuperar el aspecto que tenía en casa—. El efecto de este fármaco demuestra que es un sujeto experimental excelente. Pero nuestra empresa no es tan caritativa como para usar un medicamento ultrasecreto, aún en desarrollo, para tratar a un policía de S, ¿no?
Ye Yisan volvió a guardar silencio.
Aquel agente Alfa, difícil de descifrar, a veces decía cosas ingenuas que no encajaban con su perfil; otras, era hermético hasta el extremo.
Dai Jingxi salió de su compañía farmacéutica. No condujo: abandonó el edificio a pie por una puerta trasera donde las cámaras habían sido desactivadas temporalmente, cruzó varias calles y se encaminó hacia la concurrida Avenida del Plátano con la intención de tomar un taxi.
Mientras caminaba, pensaba en aquel policía que había vuelto de entre los muertos.
Hacía poco más de medio mes, cuando él y Ye Yisan lo habían sacado del fondo de la montaña, era poco menos que un cadáver. Tras examinarlo, descubrieron que, incluso sin contar las heridas externas, la enfermedad maligna que llevaba dentro era un problema insoluble con la medicina actual; de por sí no le quedaba mucho tiempo de vida. Enfermedad más lesiones: una sentencia segura.
Por eso, Dai Jingxi no había podido hacer otra cosa que ocultarlo en una cámara privada de su empresa. Por humanidad, le limpió las heridas, le administró nutrientes y antibióticos; más allá de eso, estaba atado de manos. Sin embargo, contra todo pronóstico, tras unos días el policía no solo no murió, sino que empezó a mejorar. Un nuevo examen reveló que las células patológicas de su cuerpo estaban disminuyendo de forma anómala.
En el maletín de Ye Yisan había de todo. Algunos de aquellos fármacos, en fase uno de pruebas, tenían efectos secundarios tremendamente tóxicos. Y, sin embargo, aquel policía estaba enfermo justo de lo que hacía falta. Le inyectaron no se sabía cuántas dosis distintas y, en lugar de morir, resucitó. Una suerte descomunal. Cuanto más desdichado había sido Ye Yisan al llegar a S, más favorecido había resultado él.
Los efectos de esos medicamentos dejaron a Dai Jingxi profundamente impresionado. Pensó que, después de todo lo que había hecho, pedirle a Ye Yisan la fórmula de uno solo de esos fármacos no era una exigencia excesiva. Pero también sabía que, si insistía de verdad, aquel agente Alfa de M sería capaz de inyectarse todos los medicamentos del maletín de una sentada y tragarse incluso las jeringas, con tal de no dejarle a Dai Jingxi ni una gota.
Ese era el credo vital que le habían inculcado desde el entrenamiento.
Caminando y pensando, Dai Jingxi se fue acercando poco a poco a la Avenida del Plátano.
Delante había una panadería que vendía un pastel de fresa con una carita sonriente. Cuando su hermano era pequeño y se entristecía, bastaba con comprarle uno al salir del trabajo: él se animaba al instante, lo abrazaba y sonreía con la misma luz cálida y alegre que el dibujo del pastel.
Entonces… ¿cómo podía ser…? ¿Cuándo había empezado todo…?
Esa frase incompleta le cruzó la mente y un escalofrío le recorrió la espalda. Alzó la vista de manera instintiva, y el frío le atravesó de golpe desde las plantas de los pies, dejándolo clavado en el sitio.
Dai Lanshan apareció de pronto ante él, vestido con uniforme militar, apoyado contra un jeep del ejército, observándolo.
—Hermano.
Dai Lanshan le dedicó una sonrisa. Dai Jingxi no reaccionó; fue el propio hermano quien se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Hermano —repitió él.
—¿Qué haces aquí? —Dai Jingxi no respondió al abrazo; se limitó a preguntar con frialdad.
Dai Lanshan guardó silencio un momento y, cambiando adrede el tono, se dirigió a él con otro apelativo:
—Cariño, ¿has venido a comprarme un pastel?
Dai Jingxi lo empujó con fuerza. Sus dedos, de forma inconsciente, se cerraron en torno al rosario de cuentas de su muñeca, haciéndolas girar una a una.
Dai Lanshan dio un paso atrás por el empujón, señaló el interior del coche y, recuperando la sonrisa, dijo:
—¡Ya lo compré yo! Salí del Ministerio de Defensa y vine directo a por él. ¿No crees que tenemos una conexión especial? ¡Mira que encontrarnos aquí! Venga, sube, volvamos a casa.
Dai Jingxi no dijo nada más. Abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
Dai Lanshan arrancó el vehículo. Le lanzó una mirada de reojo a los dedos de su hermano, que seguían moviéndose sin descanso, y luego, con un tono aparentemente natural para romper la rigidez del ambiente, preguntó:
—Hermano, déjame preguntarte algo. Esa patente de tu empresa… la de la “tecnología de conservación sellada de feromonas”. ¿Puede conservar feromonas que queden en un objeto?
Dai Jingxi no entendía por qué su hermano sacaba ese tema. Lo miró y respondió:
—No. Solo se considera “conservación” cuando se extraen feromonas frescas de la glándula y se purifican. ¿Cómo vas a conservar feromonas muertas? El olor no es más que un producto volátil de las feromonas.
—Ah.
—¿Por qué preguntas eso? —insistió Dai Jingxi.
—Es para un amigo —dijo Dai Lanshan, girando la cabeza para mirarlo fijamente a los ojos.
Mientras se sostenían la mirada, la expresión de Dai Lanshan fue volviéndose extrañamente embobada, hasta que Dai Jingxi le tomó la cara y se la giró hacia delante.
—Mira la carretera.
—Lo preguntó Lu Kongyun —respondió Dai Lanshan—. El compañero que tuve durante el entrenamiento.
—¿Lu Kongyun? —otra vez alguien de la familia Lu.
Dai Jingxi frunció el ceño, desconcertado.
—¿No es el director de un laboratorio en el Instituto de Ciencias Biológicas? ¿No debería entender este principio básico?
—Ni idea —dijo Dai Lanshan—. El caso es que preguntó. Me llamó hoy mismo, nada más salir del hospital. Pensé que sería algo importante, así que te lo pregunté por él.
—¿Ha estado hospitalizado?
Al notar el cambio en el tono de Dai Jingxi, Dai Lanshan intentó girar la cabeza otra vez, pero Dai Jingxi se adelantó y le sujetó el rostro para impedir que lo mirara. Dai Lanshan aprovechó para frotar la mejilla contra la palma de su mano y respondió con voz suave:
—Sí. Al parecer, un brote de periodo susceptibilidad provocó algún problema con las feromonas. Yo no lo entiendo muy bien; solo sé que acabó en urgencias, a un paso del otro mundo.
Dai Jingxi retiró la mano, sorprendido.
—¿Cómo puede un periodo de susceptibilidad ser tan grave? ¿Qué hizo?
Dai Lanshan se encogió de hombros.
—Su familia tiene un nivel de feromonas anormalmente alto. Es algo patológico, una locura hereditaria. Hace poco incluso mandó a otro compañero al hospital a golpes.
Pensó que, durante su propio periodo de entrenamiento, él también se había peleado y había hecho quedar mal a la familia Dai; al fin y al cabo, no era muy distinto del segundo hijo de los Lu. Miró a su hermano de reojo. Al ver que no parecía dispuesto a sacar viejas cuentas, continuó:
—Dicen que los médicos le han recomendado encontrar cuanto antes una pareja y someterse a un tratamiento regular de apaciguamiento con feromonas. Si vuelve a sufrir una reacción así de fuerte, podría quedarle una secuela. —Lo dijo con toda intención—: Ay, ser Alfa es realmente peligroso. Menos mal que yo ya estoy casado.
—¿Peligroso para los Alfa? —replicó Dai Jingxi con frialdad—. Los Alfa suelen tener mil maneras de resolver un periodo de susceptibilidad; en el peor de los casos, basta con pagar y encontrar a alguien cualquiera. Los verdaderamente desgraciados son los Omega: una vez marcados, están condenados de por vida.
—No voy a buscar a cualquiera para resolverlo —dijo Dai Lanshan—. El olor de mi hermano es mi marca. Tu primer celo después de diferenciarte fue delante de mí; fui yo quien te llevó en brazos hasta la cama. Tus feromonas se derramaron sobre mis piernas y por tu culpa tuve mi primera polución nocturna. Fuiste tú quien me marcó primero, cariño.
Dai Jingxi sintió que las manos se le helaban y que los hombros le temblaban. Apretó los dientes.
—Entonces ¿qué tal si me extirpo la glándula?
El coche frenó de golpe en mitad de la carretera.
Desde atrás sonó un claxon breve, irritado, pero sin insistencia: el vehículo los esquivó y siguió su camino.
Dai Jingxi miró hacia atrás y estalló, furioso:
—¡Dai Lanshan! ¿Cómo se te ocurre parar de repente en medio de la calzada? ¿Eres un crío? ¿Crees que esta calle es solo para ti?
Dai Lanshan encendió las luces de emergencia y detuvo el coche a un lado.
Pasó un momento. Su voz salió quebrada:
—Hermano… no te hagas daño. Yo te vigilo todo el tiempo precisamente porque tengo miedo de que hagas una locura. No… no hagas eso. Extrae de mi cuerpo feromonas suficientes para que te duren toda la vida y luego córtame la glándula a mí. Total, no voy a querer a nadie más. Si hay que cortar una glándula, corta la mía. Soy yo quien te ha fallado.
—…
Al cabo de un rato, Dai Jingxi se dejó caer contra el respaldo del asiento trasero. Su voz sonaba agotada.
—Conduce.
Un poco después, Dai Lanshan se secó la cara y lo miró con los ojos enrojecidos.
…Esa expresión suplicante, casi infantil, no era muy distinta de la que tenía cuando era adolescente.
Dai Jingxi exhaló despacio.
—Te he dicho que conduzcas. Quiero volver a casa.
Dai Lanshan guardó silencio y volvió a arrancar.
Bajó la mirada hacia el móvil. Había un mensaje nuevo.
Remitente:
[ El Alfa debería estar escondido por el señor Dai en el recinto privado de la empresa. El señor Dai ya se fue. ¿Entro a investigar? ]
Dai Lanshan reprimió el impulso de estrellar el teléfono contra el suelo. Levantó la mano y respondió de inmediato:
[ No toques nada ].
Luego añadió:
[ No hagas nada por tu cuenta. Vigila de cerca, vigila a muerte. Mantente en contacto conmigo en todo momento ].
Dai Jingxi lo vio escribir con el pulgar a toda velocidad y preguntó:
—¿A quién le estás escribiendo?
—A Lu Kongyun —dijo Dai Lanshan, aspirando por la nariz—. ¿No estaba tan apurado por saberlo? Tengo que decírselo cuanto antes.
Mientras hablaba, abrió el chat con Lu Kongyun y respondió:
[ Mi hermano dice que no. Si las feromonas mueren, mueren. Si se acaban, se acabaron ].
Dai Lanshan: [ Dice que este tipo de cosas deberías saberlas tú, ¿no? Director Lu del Instituto de Biociencias ].