Deseo de caza. Cap 49. Quiere darle lo mejor.

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Capítulo 49: Quiere darle lo mejor

La casa junto al mar no tenía baño propio. Para ducharse había que caminar unos cincuenta metros hasta el balneario, donde había varios cubículos pequeños, bastante limpios, que ofrecían ducha gratuita a quienes ya se encontraban dentro del recinto.

Song Mingqi se quedó un rato distraído en la habitación. Podía notar que Zhou Ling estaba de mal humor aquel día, aunque para alguien como él, estar mal quizá era casi la norma. Song Mingqi no sabía dónde estaba el problema; solo sentía una inquietud vaga, como si algo no terminara de asentarse.

Al llegar había traído una caja de bombones para Zhao Xicheng, ahora abierta sobre la mesa. El niño ya se había comido dos; Song Mingqi tomó otro al pasar, se lo llevó a la boca y siguió deambulando un rato por la habitación.

De pronto sonó el teléfono. En la pantalla apareció el nombre de You Fei. Al contestar, su voz entusiasta brotó de inmediato.

—Profesor Song, acaban de lanzar una edición limitada de sellos por el Día Internacional de la Astronomía. Me dio la impresión de que te interesarían mucho. ¿Quieres que te reserve un juego cuando lleguen?

Song Mingqi recordaba esos sellos; los había visto en internet unos días atrás. Era una edición conmemorativa, de gran valor para coleccionistas, así que aceptó encantado.

—Sí, por favor, resérvame uno. Muchas gracias.

You Fei no colgó enseguida. Se demoró un par de segundos y luego tanteó con cautela:

—Profesor Song… he oído que hay un nuevo caso, ¿no?

—Sí —respondió él sin ocultarlo, ya que las noticias ya lo habían difundido—. Por eso me fui antes aquel día durante la cena.

You Fei chasqueó la lengua, comprendiendo.

—Entonces esta vez… ¿sigue estando aquello de… las acuarelas?

Al tratarse de detalles del caso, Song Mingqi se sintió algo incómodo. Frunció ligeramente el ceño y evitó responder de forma directa.

—Mejor mira las noticias. No puedo decir mucho más.

—¿Y el caso avanza? ¿Está a punto de resolverse? La verdad es que me da un poco de miedo…

Últimamente Song Mingqi no había recibido nueva información por parte de la policía. No dejaba de ser uno de tantos asesores expertos, y desde su posición lo que podía hacer era limitado. Intuía vagamente dónde residía el núcleo del problema, pero no lograba desentrañar la motivación profunda que sostenía el patrón de conducta del asesino. Sin eso, solo podía quedarse bloqueado, avanzando a trompicones. Sospechar de alguien era fácil; identificar al culpable requería una ruptura clara en el caso.

—Aún es pronto para decirlo… —se limitó a aconsejar con cautela—. Cuando salgas del trabajo, vuelve a casa cuanto antes. Ten cuidado y no camines sola de noche.

Después preguntó brevemente por el nuevo empleo de You Fei, intercambiaron un par de frases de cortesía y colgaron.

Al mirar la hora en la pantalla, se dio cuenta de que ya había pasado media hora desde que Zhou Ling había salido a ducharse. Para alguien tan eficiente como él, aquello era demasiado tiempo. Tras pensarlo un momento, decidió ir a echar un vistazo.

Sobre el mar flotaban aquí y allá algunas velas blancas que aún no habían regresado a puerto. El sol ya se había ocultado por completo; solo en el punto donde el cielo y el mar se encontraban quedaba un leve resplandor claro, y los últimos rayos del crepúsculo dibujaban una fina línea dorada.

El balneario estaba casi vacío, ya cerrado, con apenas unas pocas personas.

No sabía por qué, pero Song Mingqi descubrió que ahora era capaz, como un auténtico perito forense, de distinguir con precisión entre las huellas del suelo cuáles pertenecían a Zhou Ling, y seguirlas sin dudar hasta una de las casetas.

Empujó la puerta. Dentro había dos bancos largos y una fila de taquillas para dejar la ropa. Una de ellas no estaba bien cerrada; por la rendija se alcanzaban a ver una camiseta blanca, unos pantalones cortos negros y una toalla. Había tres cubículos de ducha, pero solo uno tenía la puerta cerrada. Desde allí se oía el agua golpeando las baldosas y, mezclado con el ruido, una respiración algo forzada, irregular.

Song Mingqi llamó suavemente a la puerta y probó a decir:

—¿Zhou Ling?

La persona del otro lado pareció necesitar un momento para distinguir la voz y recomponerse. Al cabo de un rato respondió:

—¿Qué haces aquí?

La persona al otro lado de la puerta no respondió de inmediato. Tras un breve silencio, Zhou Ling oyó el golpeteo de unos nudillos.

—Abre un momento.

Zhou Ling no sabía qué pretendía Song Mingqi. Corrió el pestillo y apenas abrió una rendija cuando la puerta fue empujada desde fuera. Dos brazos desnudos se deslizaron hacia dentro y se apoyaron en sus hombros; luego, el cuerpo entero avanzó, pisándole el empeine, y todo el peso cayó sobre él. Con una temperatura corporal ligeramente fría, Song Mingqi se metió directamente en sus brazos.

Zhou Ling lo recibió por puro reflejo, sosteniéndolo por completo. Song Mingqi había venido sin sandalias; así que, sin más, apoyó los pies desnudos sobre los de él, ahorrándose el desagradable contacto con las baldosas poco limpias.

—¿Profesor Song? —Zhou Ling se secó el agua del rostro, sorprendido, y ajustó el chorro para que el agua caliente cayera más sobre Song Mingqi, evitando que se enfriara—. ¿Qué haces…?

—He venido a ver qué estabas haciendo. Media hora para una ducha es demasiado —dijo Song Mingqi, rozándole los párpados con la yema de los dedos—. ¿Así que estabas aquí escondido, llorando a escondidas?

Zhou Ling giró la cara, esquivando su mirada con cierta incomodidad. Ni siquiera se dio cuenta de que el leve tono nasal de su voz sonaba aún más marcado con el eco del baño.

—No estoy llorando.

—Está bien, no lloras —Song Mingqi rió, colgándose de su cuello. Su cabello también estaba empapado, y el agua caía de él como una llovizna—. Entonces… ¿te peleaste con el 0213 y no conseguiste alquilar otra casa? No serás tan patético, ¿no, Zhou Ling?

—Claro que no —replicó él—. Aunque el tiempo va justo, aún puedo encontrar algo.

Song Mingqi inclinó la cabeza y rozó suavemente su lóbulo con los labios.

—Entonces, ¿qué te pasa?

Zhou Ling volvió a quedarse en silencio. La piel resbaladiza de Song Mingqi se había convertido en una masa blanda y tibia entre sus brazos; lo estrechó con más fuerza.

—En realidad… solo me siento muy mal.

Mal.

La mayoría de las personas que acudían a Song Mingqi en busca de orientación se sentían insatisfechas con su vida, atrapadas en una sensación de fracaso.

Separarse de lo amado, encontrarse con lo odiado, desear lo que no se puede obtener. Las personas suelen enlazar una frustración con muchas otras, hasta arrastrar consigo toda la vida. Como un guisante bajo el colchón: basta uno para pasar la noche en vela.

Song Mingqi lo guió con calma:

—“Mal” es demasiado vago. Pensar así agranda los problemas. Hay que concretar. ¿Qué es lo que está mal? ¿Qué es lo que sientes que está mal?

—Soy yo. Yo estoy mal.

El agua parecía haber arrastrado todas las defensas que había levantado con tanto cuidado durante ese tiempo. Por mucho que intentara no darle importancia, la diferencia de estatus, el futuro incierto… nada de eso desaparecía. Y aquellas palabras atascadas en el pecho, imposibles de decir en voz alta, de pronto Zhou Ling sintió que podía pronunciarlas.

Porque Song Mingqi siempre lo aceptaba. Porque él también podía ser frágil, también podía no estar a la altura. Porque él era, sencillamente, alguien defectuoso. Frente a Song Mingqi, su miseria no podía ocultarse; solo podía quedar desnudo.

—Soy una persona horrible. La gente que conozco también lo es, basura social. Te aprecio muchísimo y quiero darte lo mejor, pero en cuanto te relacionas conmigo, siempre habrá quien diga cosas desagradables para mancharte.

 «—No puedo controlar la boca de los demás. Aunque pueda darles una paliza, algunos seguirán pensando porquerías. No puedo controlar lo que piensan, pero en cuanto imagino que en su cabeza hay pensamientos sucios sobre ti, que murmuran o fantasean con lo más mínimo relacionado contigo, no lo soporto. Tal vez a quién debería golpear es a mí mismo. No me he vuelto mejor, no me he convertido en alguien del que puedas sentirte orgulloso; al contrario, estoy a punto de ir a peor. Dos fuerzas opuestas me están desgarrando.»

 «—Song Mingqi… dices que amar a cualquiera está bien, pero no dijiste que amar doliera.»

Song Mingqi escuchó en silencio hasta el final. Lo vio frotarse el rostro con fuerza; los ojos y la punta de la nariz se le fueron enrojeciendo poco a poco.

En su recuerdo, Zhou Ling no era alguien tan frágil.

Tras la fractura había ido solo al hospital. En prisión, cuando le cosieron una herida o cuando le cortaron la frente, no había soltado ni una queja. Y, sin embargo, ahora se le humedecían los ojos por Song Mingqi, por una reputación intangible, que no dañaba huesos ni músculos.

¿Cómo podía ser tan tonto Zhou Ling?

El corazón de Song Mingqi era blando, blando hasta doler, hinchado por el agua caliente que los envolvía.

—Zhou Ling, desde que tenía dieciocho años descubrí algo: del mismo modo que no todos los artículos académicos merecen ser leídos, tampoco vale la pena escuchar todo lo que dice la gente —dijo Song Mingqi.

El cuerpo que sostenía entre sus brazos era duro como la piedra, pura estructura y hueso; solo los labios, algo carnosos, se habían ablandado bajo el agua caliente. Song Mingqi besó suavemente la boca de Zhou Ling.

—En realidad, no es amar lo que duele; lo que duele es cambiarse a uno mismo.

Y ambos sabían muy bien qué era lo que debía cambiar.

Cambiar el objetivo, cambiar la intención inicial, cambiar la fe que sostenía la vida. Corregir lo que estaba mal y dirigirse hacia lo correcto.

Lamentablemente, no eran una pareja que pudiera “hundirse junta en el fango”. Aquello que Zhou Ling debía hacer era algo que Song Mingqi jamás aceptaría.

Y aun así, en ese instante, podían amarse.

Zhou Ling lo miró fijamente a los ojos. La misma lluvia, canalizada por las tuberías, los envolvía a ambos. Sintió cómo le subía una punzada a la nariz, como si se hubiera atragantado con agua. Cerró los ojos; de ese modo, Song Mingqi no podría arrancarle de la mirada ninguna respuesta sobre el cambio. En medio del aguacero, Zhou Ling fue encontrando sus labios, sus orejas, su barbilla, la nuez de su garganta, hasta que Song Mingqi, fuera de sí, dejó escapar una respiración entrecortada, breve y aguda, como la de un gato.

Zhou Ling lo dejó apoyado allí y dio un paso atrás, descalzo, pisando el agua. Frente a él, se arrodilló lentamente, apartando con firmeza los brazos de Song Mingqi que intentaban detenerlo.

Lo había dicho: quería darle lo mejor.

Las piernas de Song Mingqi flaquearon. Se apoyó contra la pared y tembló levemente; los dedos se hundieron en el cabello empapado de Zhou Ling, mientras arqueaba el cuello hacia atrás y cerraba los ojos.

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