Capítulo 26

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Lluvia, lluvia, vete 04

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“Lluvia, lluvia, vete 04”

 

La mano pesaba sobre su cabeza; unos dedos fuertes, de yemas ásperas. A través de los altos ventanales de la iglesia se filtraba la luz brumosa de la mañana, pálida y sombría. Él estaba allí, en algún punto frente al altar, sobre el suelo gélido y pulcro, justo bajo la cruz, envuelto en el resplandor de un rosetón circular del que no había escapatoria.

En las vidrieras laterales, el cristal de colores narraba la historia de un joven que interpretaba los sueños del Faraón, prediciendo los siete años de hambruna en Egipto: era José, el hijo de Jacob y Raquel, uno de los doce patriarcas de Israel. Su padre, Jacob, lo amaba más que a todos sus hijos, y por ello le regaló una túnica de colores tan hermosa que despertó la envidia de sus hermanos.

—Hijo mío —dijo aquel hombre, con una voz de resonancia profunda—, te amo más que a todos ellos.

Y entonces, Herstal despertó bruscamente.

Estaba solo en la habitación; Elliot no aparecía por ninguna parte. Yacía sobre el colchón grisáceo e incómodo, con la garganta seca y dolorida por la respiración agitada. Sus manos seguían atadas a la espalda; con el retorno de la conciencia, empezó a sentir un hormigueo punzante. No era exagerado decir que ya no sentía parte de sus dedos.

Herstal no había pegado ojo en toda la noche. Aunque sabía que Elliot no lo mataría mientras dormía, se había despertado sobresaltado una docena de veces. El resultado era un mareo matutino insoportable y una persistente sensación de náuseas.

Se quedó acurrucado, intentando calmar su respiración. Así que esta es la venganza de Albariño, pensó, dedicándole una sonrisa gélida y sarcástica al techo mohoso.

En el caso de Bob Landon, desde que el juez de instrucción le denegó la fianza hasta que el CSI encontró las pruebas que demostraban su inocencia, el forense pasó ocho días bajo custodia en la Prisión Federal de New Tucker. Ocho días. Muchos no entienden lo que significa esa cifra; creen que, como Albariño fue exculpado al final, todo quedó en una anécdota. Pero ocho días —tiempo suficiente para que Dios creara el mundo y descansara dos veces— son una eternidad para un jefe forense que ha mandado a prisión a la mitad de los criminales de Westland.

Albariño Bacchus fue arrojado a una fosa de convictos peligrosos y, para mantener su fachada de ciudadano respetable, no pudo levantar la mano contra nadie. Herstal sabía que Albariño no dejaría pasar aquello, pero nunca imaginó que la represalia llegaría de esta forma.

Era casi irónico: un asesino en serie como el Jardinero Dominical es incapaz de empatizar con el sufrimiento ajeno y, sin embargo, Albariño había logrado elegir, entre mil opciones, el método exacto que Herstal más detestaba. Casi le daban ganas de aplaudir su talento innato para la crueldad, dejando en ridículo cualquier perfil criminal que Olga Morozé pudiera trazar.

Pero ahora solo podía yacer allí, respirando profundamente para dispersar el entumecimiento de sus miembros y esperando que pasara el mareo de su baja presión arterial. Tenía que encontrar una salida. El Pianista de Westland no se quedaría sentado esperando su ejecución.

****

29 de octubre. El día después del segundo secuestro de “Johnny el Cazador” en Westland.

Tras regresar de la escena del crimen, los informes habían inundado las mesas de Lavazza McCard y del oficial Hardy. Aunque el CSI se llevó el Rolls-Royce entero al laboratorio, no hallaron pruebas concluyentes. La única “buena” noticia era que el ADN de la sangre en la carretera no pertenecía a Herstal Amalette. Sin embargo, el ADN del asesino no arrojó resultados en ninguna base de datos; Johnny el Cazador no tenía antecedentes penales.

El 29 era sábado, por lo que Olga no tenía clases. Cuando Hardy entró en las oficinas del WLPD con su café, se encontró a Olga instalada en un rincón de su despacho, rodeada por un océano circular de fotos de autopsias y transcripciones de declaraciones, como una deidad pagana en medio de un altar de cráneos.

—Das miedo, ¿lo sabías? —preguntó Hardy exhausto. Sus hombres habían pasado la noche revisando cámaras de seguridad de zonas rurales sin éxito.

—Probablemente lo sepa —apuntó una voz perezosa a su espalda, dándole un susto de muerte.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Hardy, dándose la vuelta para ver a Albariño Bacchus ovillado en otro rincón de la oficina, abrazando una pila de informes forenses y con unos ojos verdes inyectados en sangre tras unas ojeras profundas.

—Teóricamente, estos documentos no pueden salir de la comisaría —explicó Albariño con una lógica aplastante.

Hardy quiso suspirar, pero Olga ni siquiera los escuchaba. Sus ojos rojos escaneaban los papeles a una velocidad vertiginosa. Finalmente, levantó la vista.

—Hola, Bart —dijo con voz ronca—. ¿A qué hora piensa McCard dar su perfil?

—Esta mañana. Estará aquí en breve —respondió Hardy.

—Que venga a verme antes de la reunión con los agentes —dijo ella, levantándose con dificultad y apoyándose en la pared, pálida por la fatiga—. Tengo que hablar con él… o con su equipo, me da igual. Aunque lo más probable es que acabemos a gritos de nuevo.

Hardy la observó un momento. —¿Has descubierto algo nuevo?

Olga se encogió de hombros, con el rostro sombrío: —Sospecho que el perfil anterior tenía errores fundamentales.

****

Elliot irrumpió en la habitación tras el estallido de algo chocando contra el suelo.

Al entrar, encontró a Herstal arrodillado al pie de la cama. Bajar de ella había sido una odisea, dado que sus tobillos y muñecas estaban tan apretados que la piel presentaba un tono violáceo alarmante. En el suelo, junto a la mesa plegable, yacían los restos de lo que fue una taza de porcelana.

Al ver a Elliot, Herstal notó su reacción desmesurada. El “amante” patológico sufría ante cualquier movimiento imprevisto de su presa; para él, el prisionero debía ser un objeto estático que recibiera sus cuidados.

Herstal sabía que era el momento de mostrar debilidad. Los prisioneros anteriores de Elliot probablemente murieron porque sus intentos de resistencia rompieron la fantasía romántica del asesino, provocando que este les rebanara el cuello en un ataque de furia.

Herstal permaneció arrodillado, mirando hacia arriba. Intentó inyectar una dosis de pánico en su mirada, aunque le resultó difícil; ya no era aquel niño de la iglesia.

—Lo siento —dijo con una disculpa que sonaba genuina—. Solo quería beber agua, pero no estabas, así que…

Hizo una pausa calculada mientras Elliot lo escudriñaba.

—Siento haber roto la taza. Simplemente no pude hacerlo… pero tengo mucha sed. ¿Podrías darme un poco de agua?

Herstal observó cómo el pecho de Elliot subía y bajaba mientras tragaba saliva. En un rincón de su mente, Albariño Bacchus sonreía ante la escena; esa sonrisa brillante que ocultaba una máscara de esmalte frío.

Funcionó.

—Oh, Herstal —murmuró Elliot con una ternura vibrante—. Herstal…

Lo ayudó a volver a la cama. Los dedos descalzos de Herstal rozaron el suelo gélido; el dolor en sus tobillos era sordo, casi insignificante comparado con lo que estaba por venir. Elliot trajo un vaso con rapidez y, tal como ayer, se arrodilló para dárselo de beber. Sus ojos brillaban de forma maníaca, con los párpados enrojecidos como los de un adicto.

Mientras Herstal bebía el líquido fresco, sus dedos atados a la espalda ocultaron, con un silencio absoluto, un fragmento afilado de porcelana en la palma de su mano.

****

En el despacho de Hardy, Olga intentaba desesperadamente mantenerse despierta bebiendo café en una taza roja con el lema: Keep Calm and Love Colin Firth.

Cuando McCard entró, la observó con detenimiento.

—¿Qué ocurre?

—He revisado el perfil que la BAU hizo de Johnny el Cazador —dijo Olga señalando los archivos—El asesino coloca los cuerpos con un cuidado extremo y limpia meticulosamente la sangre de la piel de las víctimas. La BAU cree que es una muestra de remordimiento.

—¿Y no lo es? —replicó McCard.

—En muchos casos, sí —dijo Olga, haciendo una mueca ante el sabor del café—. El asesino suele buscar el fantasma de alguien a quien amó. Al matarlos, siente culpa, pero no por la víctima real, sino por destruir la ilusión de ese ser querido en su cabeza. Por eso buscaban sospechosos de la misma edad que las víctimas. Creyeron que el asesino buscaba sustitutos de parejas pasadas. Pero fallaron.

—Lo sé. No encontramos a nadie —admitió McCard—. Se mueve por estados, trabaja en empleos temporales… un hombre de entre 35 y 45 años, con un pasado violento o una relación fallida. Investigamos a todos y nada.

—Porque el perfil estaba mal —sentenció Olga—. Albariño y yo tenemos una idea nueva. ¿Al?

Albariño se acercó a la pizarra llena de fotos de víctimas.

—He analizado el tiempo que transcurre entre el secuestro y la muerte. No parecía haber un patrón claro, más allá de que Johnny mata después de la lluvia. Pero no siempre los mata tras la primera lluvia —dijo Albariño señalando una tabla de precipitaciones—. Cuatro murieron tras la primera lluvia, uno tras la segunda, dos aguantaron tres tormentas y uno sobrevivió hasta la sexta lluvia, casi dos meses después.

—La teoría lógica es que tarda un tiempo en aburrirse de la víctima —continuó Olga—. O que la lluvia desencadena una compulsión violenta que no puede controlar.

—Ya lo sabemos —dijo McCard irritado—. Pero no sabemos qué determina ese tiempo. Las víctimas son todas iguales.

Eran, en efecto, clones: rubios, apuestos, de piel clara y estatura similar.

—Ese es el error —dijo Albariño sonriendo—. Las personas nunca son iguales.

—Es la personalidad —sentenció Olga.

McCard arqueó una ceja. —¿Perdón?

—La personalidad es el factor determinante de cuánto viven —explicó Olga—. He leído las entrevistas a las familias. Todos eran rubios y altos, sí, pero sus caracteres eran distintos.

Albariño señaló la pizarra: —Los que murieron rápido eran descritos como hombres fuertes, dominantes o impulsivos. Uno era un alto ejecutivo, otro era calificado de “temerario”. Por el contrario, el que sobrevivió seis lluvias fue descrito por sus colegas como alguien “calmado, cauteloso y reservado”.

Hardy frunció el ceño.

—No entiendo. ¿Johnny prefiere a los cautelosos?

—No es que los prefiera —negó Olga—. Es que la personalidad dicta cómo tratan al secuestrador. El fuerte intenta escapar, amenaza o negocia. El cobarde llora sin parar. Pero recuerden: para Johnny el Cazador, esto es amor.

McCard guardó silencio y luego dijo lentamente: —Me estás diciendo que mata a los que se resisten demasiado o a los que entran en pánico total. Y que cuanto más calmado y “sumiso” actúas, más tiempo vives.

—Exactamente —respondió Olga.

—No hay estudios que avalen eso —replicó McCard, aunque su tono ya no era tan seguro.

—¿Ahora te importan los estudios? Creía que eras tú quien me prohibía investigar —bufó Olga—. Pero mira los hechos: tu perfil anterior no ha atrapado a nadie.

—Además —añadió Albariño—, tres de las víctimas que murieron tras la primera lluvia tenían heridas defensivas recientes: nudillos raspados, uñas arrancadas… Intentaron luchar o huir justo antes de morir.

Tras una tensa pausa, McCard cedió: —Está bien, Olga. Dame tu nuevo perfil.

Olga le dedicó una sonrisa desafiante: —El asesino se mueve por estados, probablemente trabaja ahora en Westland en algún empleo no cualificado. Es un hombre blanco, de menos de 35 años, probablemente no mide más de 1.80 metros y no es especialmente fuerte. Buscamos a alguien que viva al margen, con pocas habilidades sociales, alguien que parezca introvertido.

—Y que no tenga ahorros —añadió Albariño—. Basándome en la rigidez cadavérica del último caso, el cuerpo estuvo en el maletero al menos tres horas antes de ser abandonado. Podemos cruzar eso con el tráfico de Westland para acotar su zona de residencia.

McCard procesaba la información. —¿Por qué joven e introvertido?

—Su placer viene del control —explicó Olga con un brillo entusiasta en los ojos—. Las víctimas son de clase media-alta, profesionales exitosos. Él los encierra, los viola y los obliga a depender de él. No los mata de hambre porque disfruta dándoles de comer en la boca. ¿No lo ves, McCard? Se siente feliz cuando estos hombres, que en teoría son más poderosos, más viejos y más exitosos que él, se ven reducidos a la nada y tienen que pedirle comida. Su deseo se satisface cuando ellos abren el cuerpo y la boca ante él por pura necesidad.

****

Tres horas después, Hardy regresó al despacho. Albariño y Olga estaban al borde del colapso por el sueño. Olga cabeceaba sobre el hombro de Albariño.

—Hemos filtrado a los sospechosos según el nuevo perfil —dijo Hardy—. Gracias a la estimación de la hora de muerte y el tiempo de trayecto, hemos reducido el área.

Le entregó a Albariño un fajo de unos quince expedientes. Habían rastreado transacciones de tarjetas de crédito de personas que se movían entre ciudades siguiendo el patrón de los crímenes.

Albariño hojeó los papeles perezosamente hasta que se detuvo en seco. Soltó un breve “Ah”.

—¿Qué pasa? —preguntó Hardy.

Albariño extrajo una fotografía y se la mostró. Era un joven con la cabeza gacha, evitando la cámara; pálido, cauteloso, con el pelo negro cubriéndole media cara.

—Conozco a este hombre —dijo Albariño frunciendo el ceño.

En la ficha grapada detrás de la foto, aparecía el nombre: Elliot Evans.

Notas del Autor:

Keep Calm and Love Colin Firth: Una parodia del famoso póster británico de la Segunda Guerra Mundial (Keep Calm and Carry On).

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