Lluvia, lluvia, vete 07
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“Lluvia, lluvia, vete 07”
Herstal miró a Albariño con los ojos de un depredador instantes antes de destrozar a su presa. Albariño había visto esa misma mirada en los ojos de un coyote; en esos momentos, el hombre y el animal irracional son asombrosamente similares.
Cuando Herstal habló, su voz era áspera y quebrada. Se levantó lentamente del charco de sangre, tambaleándose un poco debido al entumecimiento de sus extremidades. Sus palabras flotaron entre sus labios como el aliento de la muerte:
—¿Te sientes satisfecho ahora?
—Si me satisficiera tan fácilmente, ¿no sería eso una decepción mayor para ti? Puedes verme como a un Fineo ciego, codiciando eternamente el banquete que nunca podré alcanzar bajo las garras de las arpías —replicó Albariño.
—Entonces lo preguntaré de otra forma —dijo Herstal con una calma casi absoluta, un tono que no sonaba sincero mientras sostenía un cuchillo goteando sangre—. ¿Te complace lo que he hecho?
La sonrisa de Albariño pareció ensancharse un poco.
—Desde un punto de vista puramente sensorial, sí, me ha complacido. Pero no, Herstal, quiero más que esto.
—O quizás solo te gusta ver a los demás bailar bajo tus hilos, verlos chocar contra las paredes y verse obligados a luchar en una batalla sangrienta. A veces sospecho que sientes lo mismo por Olga Morozé y el oficial Hardy: un sentimiento de manipulación —señaló Herstal.
Herstal dio un paso adelante, pisando la sangre viscosa. Se agachó para recoger el cuchillo que Elliot había dejado caer y examinó el arma con una expresión severa.
—¿Me estás acusando de divertirme a costa de ustedes? —Albariño soltó una carcajada y parpadeó con alegría—. No, para ser honesto: quiero entrar en contacto con más de tu interior, no con esa máscara de hipocresía que cubre tu rostro. Quiero ver tu pasión dionisíaca.
Herstal sonrió con sarcasmo.
—¿Entonces ahora estamos discutiendo sobre estética?
—Siempre hemos discutido sobre estética, ¿no te habías dado cuenta? —respondió Albariño con calma—. Te has ocultado tras esa máscara de razón perfecta durante demasiado tiempo. Viviendo entre la multitud, no puedes contarle a nadie lo que realmente piensas, ni pedirles que te comprendan. Tu locura está atrapada bajo las reglas, tanto que me ha permitido ver las grietas bajo tu fachada. Por eso ansiaba el momento en que la máscara cayera: como hace un instante, en medio de esa matanza irracional. Esa crueldad te hace más bello.
—Locura —escupió Herstal con una risa fría.
—O, si me lo permites, preferiría otro término —dijo Albariño con suavidad—”Delirio sagrado”.
****
En cuanto Olga bajó del coche, la lluvia la golpeó de lleno.
La tormenta era tan intensa que apenas podía ver el camino; incluso para el otoño de Westland, este clima era inusual. La temperatura había caído drásticamente y cada ráfaga de viento cargada de lluvia la hacía estremecerse.
Entornó los ojos y vio al equipo SWAT, totalmente armado, saltando de una furgoneta. El oficial Hardy y McCard estaban un poco más atrás. Hardy se cubría las cejas con una mano para evitar que el agua le entrara en los ojos mientras le gritaba a Olga:
—¿Ese no es el coche de Albariño?
Olga miró hacia donde señalaba Hardy: un Chevrolet rojo estacionado a un lado de la carretera. Un modelo común y no muy caro, pero que a Albariño parecía gustarle mucho.
El problema era que el coche estaba vacío.
****
—¿Y qué planeas hacer ahora? —preguntó Albariño con interés—. Bart y el FBI llegarán en cualquier momento. ¿Vas a volver a tu caparazón de racionalidad así como así?
—El oficial Hardy pensará que lo que le hice a este “Johnny el Cazador” fue… excesivo —dijo Herstal con voz pausada, aunque Albariño sabía que el brillo febril en sus ojos no se había desvanecido.
Tenía razón. El cadáver de Elliot Evans presentaba tantas puñaladas y un aspecto tan atroz que Herstal podría ser acusado de exceso en la legítima defensa. Como abogado, Herstal lo sabía perfectamente. Tomó el cuchillo de Elliot con la mano izquierda y, con la otra, apretó lentamente la hoja.
—Supongo que si esas heridas se hubieran producido durante un forcejeo mutuo, tendrían más sentido. Lástima que no pueda parecer tan ileso —dijo Herstal con la cabeza baja. Cerró el puño derecho sobre el filo y tiró de la hoja con fuerza. Al segundo siguiente, la sangre comenzó a gotear entre sus dedos.
Debía doler horriblemente, pero Albariño sospechaba que la adrenalina estaba mitigando el dolor; los nervios de Herstal seguían en tensión máxima, quizás porque el propio Albariño seguía allí presente.
Albariño observó fascinado cómo Herstal se infligía heridas similares en otros lugares: el brazo, el hombro y bajo las costillas. La herida del costado era profunda y la sangre empapó su camisa rápidamente.
—Te has autolesionado antes, ¿verdad? —preguntó Albariño de repente.
—Evidentemente, sobreviví a ello. —Herstal evitó el tema con agilidad. Usó un trozo de tela limpia para borrar sus huellas del mango del cuchillo y lo colocó con cuidado en la mano de Elliot para que quedaran impresas las huellas del muerto.
Albariño se encogió de hombros, sin importarle la falta de respuesta.
Observó a Herstal dejar caer el cuchillo manipulado en el charco de sangre, justo donde caería naturalmente si Elliot hubiera muerto de esa forma, y le recordó amablemente:
—Sabes que hay diferencias entre las heridas autoinfligidas y las causadas por otros. Un forense con experiencia notaría la diferencia.
—Lo sé. —Herstal se enderezó, tambaleándose ligeramente por la herida del costado—. Pero, ¿no eres tú precisamente ese “forense con mucha experiencia”?
Albariño se quedó helado un momento y luego estalló en una carcajada.
—Está bien, como desees, señor Amalette. —Albariño no podía reprimir la sonrisa, pero al prever lo que vendría después, ajustó su postura—. ¿Y bien? ¿Hay algún otro giro en el guion que este forense deba conocer?
—Este forense entró solo en el apartamento del asesino —declaró Herstal en voz baja, lamiendo inconscientemente sus labios manchados de sangre—. Y en ese momento, yo, una persona común que nunca ha pasado por algo así, acabo de escapar del asesino de forma aterradora. Estoy en pánico, y cuando alguien aparece en la puerta del sótano, por instinto…
—Lo atacas —concluyó Albariño con una sonrisa—. Respuesta al estrés. Un motivo muy inteligente, Pianista.
Al segundo siguiente ocurrieron muchas cosas. Herstal se lanzó sobre él como un leopardo. Se encontraron en el aire, chocaron y cayeron sobre el suelo cubierto de líquido carmesí como si cayeran en un río de sangre.
Albariño juró escuchar el sonido del chapoteo. Mientras Herstal lo sujetaba por el cuello, Albariño le dio un rodillazo en el abdomen, golpeando justo en la herida que Herstal se había provocado, lo que le arrancó un siseo de dolor.
Por supuesto, ese golpe no impidió que Herstal clavara la navaja de mariposa en el hombro de Albariño.
La hoja era estrecha y afilada; el lugar no era vital y la herida no era muy profunda, pero en ese momento dolía como el infierno. Herstal usó el cuchillo, su cuerpo y la mano que apretaba el cuello de Albariño para mantenerlo fijo en el sitio, como la mariposa metafórica de la que habían hablado.
—¿Esto es lo que querías ver? —siseó Herstal al oído con frialdad—. ¿Matanza? ¿Locura? Empujas a alguien a este extremo solo para…
—El Ello —respondió Albariño jadeando. Con una mano buscó la de Herstal y fue separando sus dedos del mango del cuchillo uno a uno—. La esencia reprimida, el alma ardiendo, el lugar donde alcanza tu poder.
Herstal soltó el cuchillo y le propinó un puñetazo en la cara.
El pequeño quejido de dolor de Albariño fue digno de recordar. Herstal vio la sangre salpicar y deslizarse lentamente; los dientes de Albariño debieron cortarle el labio.
Entonces escucharon a la policía derribar la puerta de arriba. Herstal soltó el cuello de Albariño y fue atraído hacia el pecho del forense.
En ese momento no intentó resistirse, y sintió los labios de Albariño rozar los suyos con brusquedad; ambos saborearon el fuerte gusto a hierro de la sangre. Cuando los policías irrumpieron armados, la mano ilesa de Albariño ya estaba sobre el cabello de Herstal.
—No pasa nada —dijo Albariño, recuperando su máscara de jefe forense de Westland, con una ternura falsa—. Tranquilo, ya pasó todo.
Herstal no estaba bien, en ningún sentido. Para empezar, no podía permitirse parecer que estaba bien, y odiaba eso de todo corazón.
****
Ahora estaba obligado a sentarse en la ambulancia, ya que sus heridas no eran lo suficientemente graves como para llevarlo directamente al hospital. Bart Hardy, que había encontrado un paraguas de algún lugar, estaba de pie en la entrada del vehículo.
—¿Él te hizo… tú…? —preguntó Hardy con voz vacilante.
—¿Quieres preguntar si Johnny el Cazador me violó? —preguntó Herstal directamente, viendo cómo Hardy se estremecía—. Si hablamos de penetración específica, la respuesta es no.
No tenía ganas de fingir fragilidad. Hardy se recompuso y dijo la verdad.
—Esto es… inusual. Johnny el Cazador no es alguien que tenga paciencia para esperar tanto.
Era evidente que, a juzgar por los pantalones destrozados de Herstal, Elliot Evans no era un hombre paciente.
—No era muy paciente —asintió Herstal, ajustando con cuidado la mezcla de miedo y vulnerabilidad en su rostro—. Pero creo que logré persuadirlo.
Hardy lo miraba como si fuera una especie de animal exótico.
—Tenía aneyaculación —añadió Herstal con una sonrisa amarga y falsa—. Supongo que psicógena.
****
Cuando Elliot puso su mano sobre la piel del abdomen de Herstal, este sintió una náusea fisiológica.
Los dedos de Elliot temblaban mientras luchaba con la hebilla del cinturón. Herstal lo observaba, notando una emoción frenética y una extraña ansiedad.
—¿Hiciste esto con los otros que estuvieron aquí? —preguntó Herstal.
El joven se detuvo y balbuceó: —Sí, pero yo no… no pude…
Era cierto; no se había extraído semen de las otras víctimas. Herstal comprendió lo que significaba la actitud evasiva de Elliot.
—No pudiste hacerlo, ¿verdad? —preguntó.
Elliot se sonrojó aún más: —Yo…
—No importa, además no es culpa tuya —dijo Herstal con una suavidad falsa—. Todo mejorará, tienes que tener paciencia. Conmigo, sucederá. Puedes tomarte tu tiempo.
Elliot tragó saliva. Herstal ladeó ligeramente la cabeza, ofreciendo la curva de su cuello con sumisión, algo que al asesino parecía gustarle.
—Puedes empezar por la parte que sí puedes hacer —dijo Herstal lentamente—. Esta noche, puedes usar mis piernas.
****
—A veces me siento como Scheherezade, inventando mil formas solo para ver el sol del día siguiente —dijo Herstal con voz seca.
—Lo has hecho muy bien —consoló Hardy.
—Dices eso porque los demás murieron —señaló Herstal.
Hardy puso una expresión incómoda. Era la verdad: aunque el cuerpo de Elliot Evans yacía en el sótano, esto no se sentía como una victoria.
—Necesitarás ayuda —dijo Hardy—. Te sugiero terapia o un grupo de apoyo.
—¿Después de haber matado a un hombre y atacado al doctor Bacchus? —preguntó Herstal con ironía.
—No fue intencional. Nadie puede controlarse en una situación tan extrema —dijo Hardy con sinceridad—. Solo… relájate, ¿está bien?
Herstal emitió un gruñido bajo y se apretó la manta. Las heridas le dolían. Albariño probablemente estaba en otra ambulancia dejando que le cosieran el hombro. Para Herstal, el momento en que clavó el cuchillo en el hombro de Albariño había sido la mejor parte del día.
Esto no había terminado.
****
La lluvia no amainaba. Albariño dejó que el médico le tratara la herida del hombro mientras Olga entraba en la ambulancia con un chubasquero desechable.
—¿Estás bien? —preguntó Olga.
—Bien. ¿Tu siguiente frase será “te lo dije”? —preguntó Albariño riendo.
—No quería decirlo, pero te lo dije. ¿No te pedí que esperaras a que nos reuniéramos? —Olga resopló.
—No pasó lo peor —Albariño se encogió de hombros y se cubrió con una manta.
Olga lo miró con sarcasmo: —Te han apuñalado y hay un cadáver destrozado en el sótano. No sé si eso cuenta como un buen resultado.
—Es mejor que tener otro cadáver de una víctima inocente. Además, no pienso presentar cargos contra Herstal. En esa situación cualquiera juzgaría mal. Yo aparecí demasiado pronto —respondió Albariño.
Miró hacia la otra ambulancia. Herstal estaba allí, entre las luces de los coches patrulla.
—¿Qué crees que pensará la fiscalía? —preguntó Albariño.
—Probablemente no presentarán cargos. El asesino tenía un cuchillo y antecedentes. Si no se hubiera defendido, estaría muerto —Olga sonrió y parpadeó pensativa—. El fiscal tendrá en cuenta tu informe forense. Tu opinión ayudará a reconstruir lo que pasó en el sótano.
Albariño sonrió. Su opinión diría que Johnny el Cazador realmente quería matar a Herstal. En ese sentido, Herstal sabía cómo usar las piezas a su favor.
—Tengo curiosidad —dijo Olga de repente—. Cuando bajaste al sótano, ¿qué sentiste al verlo cubierto de sangre?
Albariño la miró con extrañeza: —¿Por qué debería sentir algo? He visto demasiados cadáveres. Lo que nuestro querido abogado hizo en ese sótano ni siquiera entra en mi top personal de horrores.
Olga sonrió de forma críptica y bajó la voz: —Porque el color es una fuerza espiritual. Creo que el rojo le sienta muy bien.
Se quedaron en silencio un momento. El cuerpo de Elliot Evans fue sacado en una camilla dentro de una bolsa. Los charcos en el suelo reflejaban el rojo y el azul de las sirenas, destrozados por la lluvia.
Cuando la lluvia parara, Johnny no saldría a jugar nunca más.
—Tienes razón —admitió Albariño tras un instante—. El rojo le sienta muy bien.
Notas del Autor:
Fineo:Rey de Tracia que tenía el don de la profecía, pero enfureció a Zeus por revelar demasiados secretos divinos. Los dioses lo maldijeron con un hambre perpetua en una isla desierta; cada vez que intentaba comer, las Harpías robaban su comida.
Sobre lo Dionisíaco: Se refiere a la filosofía de Nietzsche. Lo dionisíaco representa la liberación de las emociones, el exceso, la inestabilidad y el éxtasis trágico frente al sufrimiento.
Delirio sagrado: Concepto de Platón que sugiere que la inspiración artística surge de un estado de locura divina, donde el alma recuerda la belleza verdadera del mundo de las Ideas.
El Ello: Concepto de Freud que representa los deseos primitivos y las pulsiones naturales que buscan gratificación inmediata.
Scheherezade: Personaje de “Las mil y una noches” que narra historias cada noche al sultán para evitar ser ejecutada al amanecer.