Capítulo 15 | El pasado confuso

Arco | Volúmen:

No disponible.

Estado Edición:

Editado

Ajustes de Lectura:

TAMAÑO:
FUENTE:

—Entonces está decidido. Tenemos que volver a esa habitación para ver… ¿Hongjun?

Li Jinglong frunció el ceño. Todos se giraron para mirar a Hongjun mientras se levantaba de su asiento, acercándose para pararse bajo los aleros del pasillo al aire libre.

Este lugar le resultaba familiar, pero en su recuerdo, se veía completamente diferente. Hongjun miró a su alrededor, abrumado por la sensación de que estaba recordando algo que nunca había vivido…

¿Qué estaba pasando? ¿Era por el polen del olvido…? ¿Pero acaso el polen del olvido no causaba pérdida de memoria? ¿Por qué le estaba mostrando escenas del pasado?

—¡Papá…! ¡Papá!

En el recuerdo, Hongjun lloraba histéricamente. Una sombra oscura descendió en picado y aterrizó en el patio.

¡Qing Xiong!

Hongjun se volvió para ver al Qing Xiong del pasado. Mientras daba un paso adelante, la tela de sus túnicas y su qun se agitaba a su alrededor.

—Ya son suficientes muertes, ¿no crees? —preguntó con expresión sombría.

Hongjun levantó la vista. Dentro del salón, bajo los rayos dorados del sol, yacían un hombre y una mujer. Sus rostros eran indistintos, pero estaba claro que habían muerto en los brazos del otro. Hongjun intentó arrojarse sobre sus cuerpos, sollozando y gritando sin control, pero Qing Xiong lo agarró por el cuello y lo tiró hacia atrás.

—¡Papá!— El pequeño Hongjun continuaba aullando de miseria mientras la voz de Qing Xiong resonaba en sus oídos.

—Shhh. Mírame, mírame—. Qing Xiong se dejó caer sobre una rodilla y agarró los hombros de Hongjun, girando al niño para que lo enfrentara. Se encontró con los ojos del chico, y sus labios se movieron mientras decía algo que Hongjun no pudo entender.

Hongjun miró alrededor del patio aturdido. Presionando una mano en la parte posterior de su cabeza, Qing Xiong lo obligó a quedarse quieto. Habló de nuevo, pero una vez más las palabras se convirtieron en un zumbido indescifrable de sonido.

¿Qué dijo Qing Xiong? El ceño de Hongjun se frunció. Fuera lo que fuera, Hongjun tenía la sensación de que lo decía a menudo, sin embargo, parecía no poder recordarlo. ¡¿Pero qué le había pasado al Departamento de Exorcismo y a la pareja muerta?!

—¡Hongjun! —gritaron todos.

Li Jinglong entró a zancadas en el patio principal y agitó una mano frente al rostro de Hongjun.

—¿Estás bien?

Hongjun no pudo evitar sentir que Qing Xiong había dicho algo de vital importancia, pero en lugar de recordar sus palabras, solo podía aferrarse a imágenes fugaces de otras extrañas escenas. Cerró los ojos y sacudió la cabeza con fuerza, tratando de disipar estos recuerdos confusos.

—¿Qué pasa? —preguntó Li Jinglong con preocupación.

Hongjun respiró hondo y levantó una mano para indicar que estaba bien. Regresando al salón principal, tomó asiento y preguntó por el resultado de su discusión con las cejas levantadas.

—Actuaremos esta noche —dijo Li Jinglong—. Tenemos una idea aproximada de lo que pasó. Tú y yo encontramos algo sospechoso en el Pabellón de la Poetisa, así que solo tendremos que verificar qué es. Que todos descansen un poco; nos pondremos en marcha más tarde esta noche.

Mergen, A-Tai y Qiu Yongsi asintieron, pero en lugar de irse a sus habitaciones, todos miraron a Hongjun. Solo una vez que Hongjun les aseguró a todos de nuevo que estaba bien, finalmente se dispersaron.

Hongjun apenas se había acomodado para dormir cuando Li Jinglong llegó a su puerta. Entró y tomó asiento junto a la cama de Hongjun.

—Kong Hongjun, ¿qué te pasaba hace un rato? —preguntó Li Jinglong, colocando su mano sobre la de Hongjun.

El corazón de Hongjun comenzó a acelerarse. Se sintió abrumado por el impulso salvaje de agarrar la mano de Li Jinglong y contarle todo lo que acababa de ver. Pero ni siquiera él tenía idea de lo que realmente había sucedido, y después de un momento, todo lo que salió fue:

—No es nada, estoy bien.

—Puedes hablar conmigo en cualquier momento, si alguna vez tienes algo en mente —dijo Li Jinglong. Retiró su mano—. Si el polen del olvido te enfermó, entonces será mejor conseguirte ayuda lo más rápido posible.

Hongjun le aseguró que no tenía nada que ver con el polen del olvido. Li Jinglong asintió y, aparentemente satisfecho, se dio la vuelta para irse. Hongjun ya no pudo mantener los ojos abiertos; con un bostezo, se dio la vuelta sobre su costado y se quedó profundamente dormido de inmediato.

Mientras el sol se hundía en el oeste, las sombras de las montañas se extendieron sobre el Palacio Daming. Una mujer vestida con túnicas suntuosas se deslizó a través de la penumbra bajo los muros del palacio, moviéndose tan silenciosamente como un espectro.

—Está en Chang’an… Puedo sentirlo.

Un hombre vestido todo de negro con una profunda cicatriz en la frente le seguía el ritmo en un sombrío silencio.

—Fei’ao, ve a echar un vistazo —instruyó la mujer.

—Aliméntame —dijo el hombre llamado Fei’ao, emanando una sed de sangre en la oscuridad.

—Tendrás mucho más tarde —respondió la mujer, en voz baja—. Debemos encontrar a esta persona. Mara sigue inestable…

—¡Aliméntame! —espetó Fei’ao, mostrando una boca llena de dientes malvados.

—¡No son para ti!— La mujer dio un paso adelante de forma amenazadora—. Tráelos de vuelta. Tu hambre será saciada cuando llegue el momento.

Sus ojos brillaron de color rojo, y Fei’ao dio medio paso hacia atrás. Después de un momento de quietud, se dio la vuelta y saltó sobre el muro del palacio, desapareciendo en el crepúsculo.

—¡Mi señora, ahí está! —Una sirvienta se acercó apresuradamente. Sorprendida de encontrar a su ama sola, preguntó vacilante—: ¿Estaba hablando con alguien? Mi señora…

La mujer se volvió hacia ella, y la sirvienta dejó escapar un grito espeluznante.

—¡Ayuda…!

La palabra apenas había escapado de sus labios antes de que fuera tragada por una niebla negra. Un monstruo de cara peluda vestido con túnicas opulentas ahora estaba ante ella. La garganta de la chica traqueteó mientras miraba con los ojos muy abiertos a la criatura, y su carne comenzaba a marchitarse en sus huesos. En un abrir y cerrar de ojos, la sirvienta se había transformado en un cadáver esquelético, que cayó al suelo con un ruido sordo.

La mujer bien vestida se paseó hacia el atardecer. Mirando a la cordillera, dio un fuerte silbido, y varios zorros salvajes saltaron sobre el muro. En poco tiempo, habían arrastrado el cuerpo de la sirvienta fuera del Palacio Daming y lo habían arrojado por un profundo barranco.

—Hongjun, despierta—. Era Mergen, dándole unas palmaditas en el hombro. Hongjun se despertó con un dolor de cabeza fulminante, pero pasó las piernas por el borde de la cama para ponerse de pie.

Mergen presionó su mano en la frente de Hongjun, comprobando su temperatura; no había fiebre.

—¿Te sientes mal? ¿Quieres dormir un poco más?

Hongjun restó importancia a las preocupaciones de Mergen con un gesto. Había tenido un sueño largo y extraño, pero se había desvanecido de su memoria en el momento en que se despertó.

Al salir de su habitación, vio que todos estaban ocupados preparándose para su misión de esa noche. Li Jinglong, con un arco colgado a la espalda además de su espada, ya había montado su caballo y estaba en medio de asignarles a todos sus tareas.

Recordando la forma en que Li Jinglong había colocado su mano sobre la de Hongjun esa tarde, Hongjun sintió de repente que podía confiarle a este hombre cualquier cosa. Dio un paso más cerca, dudando sobre si decir algo sobre lo que había visto. Pero con todos los demás presentes, Li Jinglong simplemente asintió hacia él y no dijo nada.

El yao carpa estaba sentado a horcajadas en el caballo de Li Jinglong, con sus brazos y piernas peludos colgando sin fuerza mientras dormitaba con la cabeza apoyada en la espalda de Li Jinglong.

—Mm… vamos —dijo Hongjun. Dejó a un lado la persistente inquietud de ese sueño; sería mejor olvidarse de ello.

Los jinetes montaron sus caballos cuando el tambor vespertino comenzó a sonar. Al llegar al Barrio Pingkang, A-Tai y Qiu Yongsi se separaron para tomar la calle principal, mientras Li Jinglong, Hongjun y Mergen se adentraban en un callejón trasero. Con un rápido asentimiento hacia los otros dos, Mergen escaló un muro para entrar al patio trasero del Pabellón de la Poetisa.

—Hammurabi y Qiu Yongsi crearán una distracción para mantener a todos ocupados —dijo Li Jinglong mientras bajaba al yao carpa del caballo. Al ver a Hongjun mirando a su alrededor, explicó—: Mergen actuará como vigía. Nos mantendrá informados de cualquier desarrollo inesperado mientras volvemos a buscar en la habitación.

—Vaya, está muy animado aquí —comentó Hongjun.

Era la primera vez que Hongjun exploraba verdaderamente la ciudad después de que hubieran sonado los tambores vespertinos. Después de la puesta de sol, Chang’an parecía sufrir una transformación dramática. Las linternas rojas sobre la calle habían sido encendidas, tiñendo las balaustradas intrincadamente talladas de los balcones de los burdeles de un carmesí profundo. Lámparas de colores brillantes brillaban por todas partes, y la música flotaba en el aire en melodías que competían entre sí.

El sonido de una pipa se derramaba como una cascada de perlas cayendo sobre un tambor desde la Oropéndola Primaveral a su izquierda; docenas de arpas konghou tintineaban como un chorro interminable de agua de manantial derritiendo nieve dentro del Pabellón de la Poetisa a la derecha. Los dos establecimientos se extendían alto hacia el cielo, sus ventanas cubiertas con ondulantes gasas rojas, más allá de las cuales Hongjun podía escuchar los vítores de eruditos y comerciantes y la risa incesante de las sirvientas. Edificios altos y vivamente iluminados se extendían desde el Pabellón de la Poetisa hasta donde alcanzaba la vista, sus hermosas cortinas de seda ocultando todo tipo de esplendor dorado y enjoyado en su interior. Los juerguistas iban y venían como sombras revoloteando a través de una linterna de carrusel giratoria. Se decía que el Barrio Pingkang eran tres millas de tierra donde el canto y el baile nunca dormían, y hacía honor a su reputación.

—¿Qué hace realmente la gente en estos lugares? —preguntó Hongjun. Llevaba días reflexionando sobre esta pregunta.

A Li Jinglong le parecía imposible que Hongjun no supiera qué era un burdel. Estudió a Hongjun, tratando de decidir si era verdaderamente tan ingenuo o simplemente lo estaba fingiendo. Pero el muchacho parecía totalmente carente de malicia.

—¿Lo dices en serio?

Hongjun parpadeó confundido.

—Es un… —comenzó Li Jinglong con torpeza—. Escucha, todo lo que necesitas saber es que no es un buen lugar.

—¿Pero por qué se burlaron todos de ti cuando te llevé a la Oropéndola Primaveral?

Li Jinglong se llevó una mano a la frente y agitó la otra hacia Hongjun para indicarle que dejara de hablar. ¿Qué funcionarios civiles o militares de Chang’an no visitaban los burdeles del Barrio Pingkang? Simplemente estaban usando su vergüenza pública para sus propios fines.

Pero Hongjun era como un perro con un hueso.

—¿Alguna vez viniste aquí antes de esa noche? —insistió.

—No —dijo Li Jinglong.

En ese momento, un erudito giró hacia el pequeño callejón con una hermosa joven en sus brazos, claramente borracho y buscando la puerta trasera. Li Jinglong tiró rápidamente de Hongjun hacia atrás para esconderse en las sombras.

Hongjun observó a la pareja, y su curiosidad había crecido a proporciones casi inmanejables. No parecía estar fingiendo su ignorancia. Li Jinglong finalmente admitió con una expresión seria:

—No me gusta.

—¿Qué no te gusta?

Hongjun se volvió para mirarlo. Los dos estaban apretados fuertemente, así que Li Jinglong dio un paso hacia atrás con bastante torpeza.

—No me gustan ese tipo de enredos efímeros.

Hongjun solo tenía la más vaga idea de lo que Li Jinglong estaba hablando y lo miró con perplejidad. Li Jinglong estaba atónito.

—¿Por qué eres tan despistado sobre todo? Olvida a tus padres, ¿acaso ese yao carpa no te ha enseñado nada?

—Bueno, ¿por qué no me lo dices tú, entonces? —Hongjun aguzó el oído de inmediato. Cuanto más intentaba Li Jinglong esquivar el tema, más intrigado se sentía.

Li Jinglong no tenía ni idea de cómo responder.

En la entrada principal del Pabellón de la Poetisa, A-Tai sonrió ampliamente mientras abría los brazos a modo de saludo. —¡Hai mie hou bi!

—¡Oh, ha vuelto!

—¡Ese extranjero! ¡El extranjero con el laúd ha vuelto!

—Mi cielo… —A-Tai levantó la barbilla de la proxeneta e imitó un beso.

La mujer se sonrojó de un escarlata encantador mientras se reía.

—¡Joven Amo, qué bueno tenerlo de vuelta! Han pasado días desde su última visita; las chicas han estado añorándolo.

A-Tai sonrió radiante.

—No se pudo evitar. Ay, como recién llegado a Chang’an, es importante que me mantenga en gracia con mi jefe. Vine tan pronto como tuve tiempo, ¿no es así?

—Aah…

En el momento en que A-Tai entró, las jóvenes bajaron en masa por las escaleras, chillando mientras se apresuraban a darle la bienvenida. Hicieron tal alboroto que la otra clientela sentada detrás de los biombos en el salón no pudo resistirse a asomarse por los lados para ver a qué se debía tanto revuelo.

—¡El Joven Amo Qiu también está aquí! —exclamó otra chica—. ¿No compondrá un poema para nosotras hoy?

—¡Cuéntenos más sobre su primo!

Qiu Yongsi sonrió.

—Escuchemos a A-Tai tocar su barbat primero.

Mientras A-Tai caminaba hacia el centro del salón, todas las bailarinas dejaron sus lugares y se amontonaron. A-Tai envolvió con un brazo a una de las jóvenes y rozó con un beso la suave piel de su mejilla antes de tomar su lugar en un sofá en el centro de la habitación.

—¿Tomamos un poco de vino? —sugirió Qiu Yongsi con una sonrisa.

Las asistentes se pusieron en pie de un salto para servirlos. Entre la clientela del burdel esa noche había un grupo de eruditos que habían viajado de todo el país para el examen imperial de otoño. Cada vez más disgustados al ver a sus compañeras estirar el cuello, refunfuñaron:

—¿Qué tiene de especial un extranjero?

—Shhh—. Una de las chicas hizo un gesto pidiendo silencio antes de asomarse desde detrás de su biombo una vez más.

El segundo y tercer piso estaban llenos de mujeres jóvenes y sus clientes, quienes se habían aglomerado en el entrepiso para ver qué estaba pasando. Bajo las lámparas relucientes suspendidas en lo alto, observaron cómo A-Tai, con sus rizos castaños oscuros, ojos azul mar y tez pálida y lechosa, le dedicó a su audiencia una sonrisa radiante.

A-Tai se acomodó con las piernas cruzadas y su barbat en los brazos mientras el silencio se apoderaba de la habitación. Pero sus manos no fueron a las cuerdas; en cambio, se aclaró la garganta y comenzó a cantar con voz clara:

Cuántos desiertos fueron alguna vez jardines llenos de flores… 

Cuántos palacios son ahora muros reducidos a escombros…

A medida que las notas se apagaban, A-Tai comenzó a puntear las cuerdas de su barbat, dejándolas vibrar sin cesar. Un extraño poder parecía fluir de sus dedos, como la luz de la luna derramándose sobre un ciervo blanco y brillante mientras deambulaba por un patio descuidado al sonido de campanas de plata, con flores nevadas floreciendo a raíz de cada paso ligero.

Intoxicado por tus ojos, hace mucho que me olvidé de los tiempos perdidos…

El perfil de A-Tai era asombrosamente guapo mientras giraba la cabeza a un lado y cerraba los ojos. Las puertas de las habitaciones en el segundo y tercer piso del Pabellón de la Poetisa se abrieron de golpe, una tras otra, cuando todos escucharon la música y bajaron de puntillas las escaleras para mirar. Todo el edificio pareció caer bajo su hechizo, los cuerpos de sus ocupantes ya no les pertenecían bajo la influencia de la música.

Qiu Yongsi sonrió levemente, con los oídos taponados con fajos de algodón mientras asentía al ritmo del compás.

En el callejón trasero, el rostro de Hongjun se había vuelto de un tono carmesí notable mientras escuchaba la explicación de Li Jinglong.

—¿En serio? —preguntó, dividido entre la curiosidad y la emoción.

Li Jinglong nunca querría repetir lo que le acababa de decir a Hongjun mientras viviera. Técnicamente hablando, Hongjun ya tenía dieciséis años, y las costumbres del Gran Tang eran comparativamente liberales: los jóvenes de tan solo trece o catorce años podían ser considerados adultos. Además, era común que un hombre visitara los burdeles del Barrio Pingkang; Li Jinglong nunca les había prohibido a sus subordinados discutir tales cosas como oficial al mando de la Guardia Longwu. Pero estando ante Hongjun, sintió un inexplicable pinchazo de culpa.

—No le digas a nadie lo que te acabo de decir, ¡es una orden!

—Pero este lugar es tan agradable, ¿por qué no vienes nunca? —preguntó Hongjun.

—¡Por supuesto que no vengo aquí! —Li Jinglong casi estalla—. ¿No acabo de decir que no soy de ese tipo?

Mergen se asomó desde el patio trasero y silbó, haciéndoles señas para que entraran. Li Jinglong le lanzó a Hongjun una mirada severa, como para indicar que sería mejor que mantuviera la boca cerrada, aunque apenas parecía necesario.

—¡Hora de trabajar! —Li Jinglong despertó al yao carpa con un codazo—. Ve a vigilar frente al edificio.

Con eso, él y Hongjun se dieron la vuelta y corrieron hacia el patio trasero. Encontraron el segundo y tercer piso completamente desiertos; fuera lo que fuera que A-Tai y Qiu Yongsi habían hecho, parecía ser efectivo. Hongjun lanzó su gancho de agarre, y él y Li Jinglong se balancearon hasta el segundo piso donde Mergen estaba esperando, pegado a la pared. Le entregó un poco de algodón a Li Jinglong y a Hongjun. Li Jinglong se taponó los oídos de inmediato, pero Hongjun simplemente aceptó su puñado confundido, sin estar seguro de para qué era.

Li Jinglong tomó la delantera. A medida que se acercaban a la balaustrada, Hongjun se inclinó sobre la barandilla superior y miró hacia abajo. Los acordes del barbat de A-Tai flotaban hacia arriba como la música de los dioses. Todos dentro del Pabellón de la Poetisa estaban sentados embelesados mientras escuchaban, completamente inmóviles, como marionetas de hilo.

Hongjun se quedó quieto. La voz de A-Tai pintaba imágenes de luz de luna fluyendo y un hermoso patio… Mergen agarró las manos de Hongjun y le metió los fajos de algodón en las orejas, cortando la canción de A-Tai y devolviendo a Hongjun a la realidad.

Li Jinglong tiró de Hongjun tras él.

—No lo escuches —dijo en voz baja mientras lo empujaba a una habitación. Mergen tomó su lugar en la puerta para protegerse de interrupciones inesperadas—. Date prisa y ponte a trabajar.

Hongjun no pudo evitar mirar hacia atrás una vez más hacia la música.

—¡¿Ese es A-Tai tocando su barbat?! —dijo mientras se dejaba caer de rodillas para revisar debajo de la cama. Esta debía ser la técnica mágica de A-Tai, pero nunca la había usado en ellos mientras tocaba para entretenerse en el Departamento de Exorcismo.

Después de revisar la habitación, Li Jinglong envainó su espada y se acercó para levantar la cama.

—¿No lo has escuchado tocar antes? —preguntó, apretando los dientes mientras levantaba el mueble.

—No de esta manera… ¡Lo encontré!

En efecto, había un bulto largo envuelto en tela debajo de la cama. Hongjun lo arrastró más cerca y, al apartar la tela, se encontró una vez más con la vista de la cabeza encogida del hombre muerto.

Hongjun soltó un grito de terror.

—¡Es esta cosa otra vez!

Un rápido toque sonó en la puerta desde el exterior, y Li Jinglong le aseguró a Mergen que todo estaba bien en la habitación.

—¿Eh? ¿Por qué dije otra vez? —murmuró Hongjun para sí mismo.

—Sácalo —instruyó Li Jinglong.

Hongjun sacó el cadáver desecado de debajo de la cama, y Li Jinglong volvió a bajar el marco. Esta vez, había venido preparado: poniéndose un par de guantes de seda negra, no mostró signos de miedo mientras desenrollaba la improvisada mortaja y comenzaba a inspeccionar el cuerpo. Hongjun lo observaba, medio escondido detrás de él con horror.

—Hombre, treinta a cuarenta años de edad… Mira su ropa, no parece un comerciante o un funcionario del gobierno. Quizás sea un erudito que vino a la capital para el examen imperial… ¿Hongjun?

—¡Tengo demasiado miedo para mirar!

El cadáver se había ennegrecido por la muerte, y su boca estaba abierta de par en par, las encías retraídas sobre los dientes blancos. Li Jinglong lo había despojado de sus ropas, y bajo el implacable resplandor de las lámparas, el cadáver encogido era tan indescriptiblemente asqueroso que a Hongjun se le pusieron los pelos de punta.

—No tengas miedo —dijo Li Jinglong—. Tampoco es que vaya a saltar y comerte. Ahora mira, ¿qué tipo de yao lo secó chupando tanto su sangre como su esencia? Esto no puede ser en absoluto el resultado de una descomposición natural.

—¿Podría el monstruo que lo hizo ser la dueña de esta habitación? —Súbitamente inspirado, Hongjun comenzó a hurgar en los gabinetes y cajones junto a la cama.

—No muevas nada de lugar; se darán cuenta —advirtió Li Jinglong.

Absorto en su búsqueda, Hongjun llamó por encima del hombro:

—Si es un monstruo, tendrá algunos dispositivos espirituales o artefactos malignos cerca, pero aquí no hay nada.

Li Jinglong consideró esto mientras la canción de A-Tai continuaba abajo.

—¿Todavía no terminan? —llamó Mergen desde afuera.

Después de rebuscar por la mayor parte de la habitación, Hongjun emitió su veredicto:

—No hay ningún yaoguai viviendo en esta habitación.

—Déjame preguntarte algo —dijo Li Jinglong—. ¿Puedes sentir alguna energía yao ahora mismo?

Hongjun negó con la cabeza. Li Jinglong pensó por un momento.

—El yao debe estar en el edificio. Tal como están las cosas, nuestra única opción es correr un riesgo. Hongjun, préstame tu gancho de agarre. Tú y Mergen vayan a pararse en lados opuestos de este piso y vigilen de cerca a la multitud en el salón de abajo. Prepárense para lanzar sus cuchillos en cualquier momento.

—Solo me quedan tres.

—Déjamelo a mí; me aseguraré de que los recuperes todos.

En el salón del Pabellón de la Poetisa, la melodía de A-Tai se desenredaba con toda la urgencia de nubes a la deriva y agua fluyendo a medida que su canción alcanzaba su embriagador clímax. La música se hinchó como una nube nimbo empujada por el viento para tragar la luna, como incontables hojas arremolinándose en el aire para cubrir el cielo y la tierra.

En esta tempestad rugiente, continúo mi búsqueda…

Un cadáver reseco con un gancho de agarre alrededor de su cuello cayó desde arriba con un fuerte estruendo.

Atrapados completamente con la guardia baja, Qiu Yongsi y A-Tai dieron un respingo de sorpresa. La música se detuvo abruptamente mientras A-Tai instintivamente miraba hacia arriba con confusión.

La multitud en el salón miró fijamente el cadáver con la mente en blanco por un puñado de respiraciones antes de estallar en gritos horrorizados. La proxeneta chilló histéricamente mientras los clientes comenzaban a huir en pánico. El caos se apoderó del edificio; los gritos llenaron el aire cuando varias mujeres jóvenes se desmayaron en el acto.

Li Jinglong, Hongjun y Mergen nunca habían apartado la vista de la multitud mientras observaban desde tres ángulos diferentes en el segundo piso.

Ahora, marcaron a una joven en un rincón de la habitación: mientras todos corrían en pánico, ella retrocedió, y su rostro adoptó un borde afilado. Dos chicas más en rincones opuestos se sobresaltaron, apartándose de sus clientes para mirar a la primera mujer. Como una sola, las tres miraron hacia la habitación de Jinyun.

Tres cuchillos arrojadizos cortaron el aire más rápido de lo que cualquiera podía parpadear. Aunque aún no se habían dado cuenta de que su tapadera había sido descubierta, las mujeres sintieron el peligro. Con un movimiento de sus manos y una sacudida de sus exquisitas mangas de seda, corrientes de luz púrpura salieron disparadas en su defensa, pero los cuchillos arrojadizos eran inmunes. Ardiendo con fuego, las hojas se clavaron en los hombros de cada una de las mujeres.

—¡Sigan los cuchillos! —gritó Li Jinglong—. ¡No dejen que escapen!

Li Jinglong saltó sobre la balaustrada, cayendo por el aire para aterrizar en el suelo del salón. Todo el edificio se había sumido en un pandemónium desde hacía tiempo. A-Tai recogió su barbat antes de salir corriendo del burdel seguido por Qiu Yongsi. En el segundo piso sobre ellos, Mergen se impulsó en la barandilla y salió en su persecución.

Clavada con el cuchillo, la mujer que estaba más cerca de la entrada principal gritó de dolor. Las tres agarraron las hojas incrustadas en sus hombros, gritando salvajemente en agonía mientras las empuñaduras quemaban sus manos. Al darse cuenta de que se habían topado con un temible enemigo, las mujeres no se atrevieron a quedarse a luchar; dieron media vuelta y huyeron.

Justo antes de saltar por la ventana, la primera mujer, cuyo nivel de cultivo parecía ser el más alto de entre ellas, se giró y disparó un chorro de fuego desde las puntas de sus dedos.

—¡Hongjun, cuidado! —llamó Li Jinglong.

Hongjun acababa de saltar del segundo piso y todavía estaba en el aire. Movió la cabeza hacia un lado cuando el fuego pasó zumbando a su lado; la mujer no lo apuntaba a él, sino al cadáver que colgaba de la barandilla. El cuerpo estalló en llamas, convirtiéndose en cenizas en un instante.

Otra mujer había llegado a las puertas delanteras. Mergen, que había usado su hombro para atravesar la ventana del segundo piso, sacó ágilmente su arco y lanzó tres flechas en rápida sucesión antes de que sus pies tocaran el suelo. Mientras su objetivo atravesaba la puerta, no pudo resistirse a reducir la velocidad para mirar atrás a sus perseguidores. Fue su error fatal; en el momento en que miró hacia atrás, la primera flecha de Mergen le atravesó el cuello. Con un zumbido y un destello de luz blanca, la mujer desapareció. En su lugar había un zorro de pelaje marrón y ojos azules con tres colas, su boca abierta de par en par mientras la sangre manaba de su cuello. Dos flechas más siguieron justo detrás: una golpeó el abdomen de la criatura y otra su pierna, matándola al instante.

—¡No usen fuerza excesiva! —bramó Li Jinglong—. ¡Esta es su única advertencia! ¡¿A dónde fueron las otras dos?!

Mergen aterrizó, y con un movimiento de su mano, sus flechas se arrancaron a sí mismas del cuerpo del zorro de tres colas, salpicando sangre por todas partes mientras silbaban de vuelta a su maestro.

—¡No tenía intención de dispararle en el cuello! —respondió Mergen, suplicando su inocencia.

Hongjun salió del edificio un segundo después del zorro. Detrás de él, en el Pabellón de la Poetisa, la conmoción se había convertido en caos mientras la gente se empujaba tratando de escapar, pisoteando a cualquiera que cayera bajo sus pies.

—¿Son zorros? —preguntó Hongjun en estado de shock. Hizo una seña, y su cuchillo arrojadizo regresó a su mano.

—Yao zorro —corrigió Li Jinglong—. ¿Dónde están tus otros dos cuchillos? ¡Rápido!

—Están… —Hongjun miró a su alrededor—. ¡Están en el callejón!

—¡¿Dónde está Zhao Zilong?! —exigió Li Jinglong—. ¡Muévanse! ¿Cómo es que todos son tan malos trabajando en equipo?

—¡Ya voy! ¡Ya voy! —resopló el yao carpa mientras se acercaba corriendo, su cola aleteando detrás de él y una bolsa de brocado de seda en sus manos.

Li Jinglong pateó al yao carpa directamente a través de las puertas hacia el interior del edificio antes de girarse para perseguir al yao zorro con Hongjun y Mergen siguiéndolo de cerca.

Subscribe
Notify of
guest
0 Comentarios
Inline Feedbacks
View all comments

Comentar Párrafo:

Dejar un comentario:

 

0
Would love your thoughts, please comment.x
()
x