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—¿Una trampa del joven maestro? ¿Qué demonios es eso? ¿Tendrá algo que ver con la repentina aparición de su Alteza? ¿Es algún tipo de dispositivo?
—No sé exactamente qué hizo. Quedé atrapado en algún lugar con Orden y apenas logramos escapar. Para saber más detalles, tendremos que atraparlo y preguntarle ¿no lo crees?
—Pero ¿qué le hiciste al maestro Scarciapino para que hiciera tal cosa?
—Oye, oye ¡Yo no hice nada! ¡Me están tratando de incriminar! Escucha, en realidad todo empezó cuando ese bastardo de Riccardo…
Mientras Orden miraba fijamente al Príncipe Morres, quien estaba dando una acalorada explicación, su subordinado Hermann se acercó a él y le preguntó con cautela.
—¿Está bien, señor Orden?
En el rostro del subordinado, habitualmente no tan leal, había un leve reflejo de culpa por haber dejado que su maestro llegará a ese punto.
Tampoco es que pudiera hacer mucho. Tenía órdenes de obtener información en ese evento y mantenerse al margen a menos que se le indicara lo contrario.
Además, con el nivel de fuerza de Orden, ¿qué podría ser peligroso en una simple reunión social?
—Pero nunca pensé que incluso el joven príncipe lo golpearía…
—Eso fue… —Orden abrió la boca, pero finalmente la cerró sin decir nada.
No sabía que lo habían lanzado a otra dimensión y que había regresado, pero al menos comprendía que lo que Riccardo había hecho, no era algo que una persona normal pudiera hacer. Sospechaba la participación del Culto Oscuro, o quizás de una raza demoníaca.
El hecho de que el joven heredero de la rica familia Scarciapino estuviera involucrado con tales entidades siniestras, era suficiente para causar un gran escándalo en la capital.
Por eso, había acordado con el príncipe Mores guardar silencio sobre lo ocurrido allí hasta confirmar la conexión con la Compañía Milo.
Orden se frotó el rostro con las manos secas.
—¿Dónde está Riccardo Scarciapino? —preguntó.
—Desde la mitad del evento, nadie lo ha visto. El Mayordomo dijo que salió por un motivo urgente y que regresaría pronto.
—¿Un asunto urgente?
—Sí. Pero nuestros hombres estaban vigilando todos los alrededores y los accesos. Podemos asegurar que no ha salido de la mansión —contestó Hermann ligeramente preocupado—. Haré que alguien investigue más, pero señor Orden, por favor, regrese a la mansión y reciba el tratamiento adecuado. Su estado es realmente preocupante.
—Sí, así lo haré. —Orden alzó la vista para ver a los miembros de la familia Imperial.
O, mejor dicho, miró el rostro de la princesa Amelia, que sonreía con dulzura a sus hermanos menores.
—Por cierto, Hermann…
—Sí, señor Orden.
—El rostro de Amel… de la princesa Amelia, se ve muy feliz…
Hermann suspiró.
No entendía por que su señor, normalmente tan serio que rozaba lo seco, se volvía un completo idiota cuando se trataba de la princesa.
En ese momento, como si percibiera su mirada, Amelia se dio la vuelta. Luego, lentamente y comenzó a acercarse hacia ellos.
Orden se puso rígido de inmediato por la sorpresa.
—Joven maestro Segsmund. —La mirada de Amelia, que lo observaba mientras se acercaba, era más gentil que nunca—. Lo escuché de Morres. Dijo que intentabas ayudarlo.
Orden respondió con voz apagada.
—…Al final, no sirvió de mucho.
—Pero eso no cambia el hecho de que lo hiciste por mi hermano.
La princesa curvó ligeramente sus labios. Aunque fue una leve sonrisa, el aire circundante se iluminó lo suficiente como para que incluso Hermann contuviera la respiración por un instante.
—Muchas gracias. En verdad se lo agradezco joven maestro.
—¡…!
Probablemente era la primera vez en su vida que recibía una muestra de aprecio tan directa de parte de la princesa.
Orden sintió una emoción abrumadora que le llenó el pecho.
Mientras tanto, las reprimendas hacia Seong-jin por parte de la familia imperial continuaban.
—Causas muchos accidentes en secreto. Ya entiendo por qué la hermana Amelia siempre está preocupada por ti.
—¿Qué dijiste?
Seong-jin protestó y a su lado Masain chasqueó la lengua con desaprobación.
—En efecto. Realmente no se puede bajar la guardia con Su Alteza. ¡A pesar de que vine personalmente, en cuanto aparté la vista un momento, deja que las cosas lleguen a este punto!
—Vamos, Sir Masain. ¿Por qué siempre me echas toda la culpa?
Claro, si lo pensaba detenidamente, todo esto se debía a las acciones que hizo Morres en el pasado. Aun así, Seong-jin se sintió agraviado.
—En fin, dejemos esto y volvamos al palacio imperial. Tengo algo que informar, así que iré un momento al palacio principal a ver a mi padre.
Mientras Seong-jin decía eso y comenzaba a caminar, Logan rápidamente bloqueó su camino.
—Antes de eso, espera un momento. Siéntate aquí.
—… ¿Eh?
—Te daré un tratamiento básico. También estás bastante herido.
Seong-jin estaba bastante sorprendido.
Sí, le dolía un poco las piernas, pero pensó que se estaba moviendo con naturalidad. ¿Cómo se dio cuenta?
—No es para tanto, con un poco de descanso estaré bien.
—Morres.
La voz fría de Amelia lo interrumpió desde atrás, y Seong-jin se giró nervioso.
Esos ojos grises que lo miran en silencio, ejerciendo una presión silenciosa, de alguna manera le recordaron a alguien a quien conoce bien.
—¿Cómo puedes decir eso cuando estás cojeando?
¿De verdad se notaba?
¡Qué gente tan observadora!
—Cualquiera puede ver que estás gravemente herido. Haz lo que dice Logan ahora mismo.
—…Sí.
Cuando Seong-jin, que se había asustado sin saber por qué, se sentó obedientemente. Logan dejó su espada a su lado y colocó una mano sobre su pierna.
Pronto, un brillante poder divino se derramó y el dolor en sus piernas comenzó a desaparecer.
Masain, que los observaba, preguntó con expresión severa:
—¿Es muy grave, su Alteza Logan?
—Le he dado primeros auxilios. Sin embargo, por ahora, lo mejor es que descanse y no se exceda.
—Entiendo. —Masain asintió y le habló con severidad a Seong-jin—. Ha escuchado lo que dijo el príncipe Logan. ¿Cómo puede pensar en ir al Palacio Principal en ese estado? Lo cargaré hasta el Palacio de la Perla. Ni se le ocurra caminar por su cuenta.
—¡¿Qué?! —Seong-jin estaba horrizado— ¡No! ¡Ya estoy casi recuperado! ¡No es para tanto!
—Y no solo eso, su alteza. Tiene prohibido entrenar. ¿Entendido?
—Pero, Lord Masain, en serio yo…
Cuando Seong-jin estaba a punto de protestar, los hermanos comenzaron a reprenderlo de manera simultánea.
—¡Haz caso mientras te lo decimos amablemente!
—¡Ni se te ocurra pensar en entrenar!
—Eh…
Seong-jin parpadeó.
“¿Qué está pasando? ¿Por qué me tratan como un niño pequeño?”
—[Tsk tsk. Con esa personalidad tan desastrosa, no entiendes los sentimientos de los demás. ¿No vez que se preocupan por ti como familia?]
Últimamente, Seong-jin pensaba seguido que ese Rey Demonio tenía un conocimiento innecesariamente profundo sobre los humanos.
—“Pero aun así ¿no es un poco exagerado?”
—[Eso digo yo. No sé qué te ven mocoso problemático, para que te mimen tanto].
—“…”
Seong-jin miró fijamente a sus hermanos y a Masain.
Tres pares de ojos de distintos colores lo observaban con la misma absurda preocupación, como si fuera un niño junto al agua.
—ja ja…
Era tan absurda la situación que no pudo evitar reír. ¿Cuándo había sido tratado así el cazador más fuerte de la humanidad, Lee Seong-jin?
«Simplemente significa que tienes muchos familiares a tu alrededor».
Recordó lo que el Santo Emperador le dijo una vez.
En ese momento, esos lazos le parecieron molestos y complicados, pero ahora… Por alguna razón, esa sensación de pertenencia, de tener una familia, no le resultaba tan desagradable.
*** ** ***
El joven maestro Scarciapino fue encontrado por fin ya entrada la noche.
El viejo mayordomo, a quien le pareció extraño que el carruaje todavía estuviera allí, llamó a sus sirvientes y registró toda la mansión.
Fue descubierto desplomado en un rincón del jardín trasero, rodeado de un charco de sangre inusualmente grande, lo que causó gran alarma entre los sirvientes.
Sin embargo, al examinarlo, no encontraron ni una sola herida en su cuerpo.
Riccardo, que fue llevado a su habitación por los sirvientes, volvió en sí tarde en la noche.
—¡Se perdió la conexión! ¡Ay, no! ¡No puede ser!
En cuanto abrió los ojos, Ricardo entró en pánico, agitándose violentamente.
—¡Aaaaa! ¡Estoy acabado! ¡Todo se acabó, todo!
Los sirvientes asustados por su ataque, trataron de sujetarlo.
—¡Señor Ricardo! ¡Joven señor! ¿Qué le sucede?
—¡El Guardián! ¡Mató mi espíritu! ¡Me separó por completo del gran flujo!
—Señor Ricardo… ¿de qué está hablando?
—¡Sigurd! ¡Sigurd! ¿Dónde está? ¡Por favor, tráiganlo!
Aquella escena era completamente impropia del joven señor, conocido por su habitual comportamiento calmado y refinado.
La situación se volvió un caos: los médicos que estaban en espera corrieron al lugar y el viejo mayordomo, pálido como el papel, llamó con urgencia a un sacerdote sanador.
Las convulsiones de Ricardo continuaron durante mucho tiempo después de eso. Cuando amaneció, por fin se calmó. Se acurrucó en la cama, cubierto por las mantas.
Sin embargo, como era de esperarse, no estaba en su sano juicio. Temblaba visiblemente, con los ojos llenos de miedo.
Incapaz de seguir viendo esa escena, Isabella se acercó con rostro preocupado.
—¿Qué sucede, hermano Riccardo?
Ricardo apretó los dientes y tiró de las sábanas con fuerza contra su cama.
—Ah… tengo miedo. Tengo mucho miedo, Isabella.
—¿De qué tienes tanto miedo?
—La conexión con el noble espíritu se ha perdido. La conexión que finalmente conducirá a la gran historia…
Los ojos de Ricardo, que temblaban, estaban desenfocados y se movían de un lado a otro.
—Ya no veo nada. Todo lo que era tan claro ahora es tan vago, como si estuviera cubierto por un espeso velo…
—Hermano.
—¿Es la mente humana realmente tan insignificante? Ni siquiera puedo verme bien a mí mismo, y mucho menos al mundo. ¿No soy como un ciego con los ojos abiertos?
—…
—¡Ah, Isabella! ¿Qué debo hacer? Ahora no soy nada para este vasto universo. Yo, que debería haber sido un afluente de la gran corriente, parte de la Gran Ley, ahora ¡no soy más que una mota de polvo!
Las lágrimas brotaron de los ojos inyectados en sangre de Ricardo.
Isabella, que había estado observando la escena en silencio durante un rato, tomó con cuidado su mano y comenzó a acariciarla.
—Sí… ya veo. Pero no estés tan triste, hermano.
—…
—Ser expulsado repentinamente del Gran Orden… debe de sentirse como una pérdida muy grande. Entiendo muy bien cómo se siente, hermano.
Sus hermosos ojos turquesas lo miraron con profunda compasión.
—¿Isabella?
Ricardo giró la cabeza para mirar a su hermana y su extraña reacción. El rostro de ella, era extrañamente dulce y sereno.
Isabella continuó con una sonrisa suave, algo que nunca había visto antes.
[Pero no tienes por qué estar tan triste. Convertirse en parte del Gran Orden…eso nunca le fue permitido a mi hermano, que no es más que una marioneta]
Sus labios rojos, como una flor, se acercaron lentamente a él y le susurraron dulcemente al oído.
[Como nunca lo tuvo, en realidad no ha perdido nada. ¿No es eso una bendición? Así que ahora, olvídelo todo y descanse en paz, hermano.]