Capítulo 9. Reunión

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Capítulo 9. Reunión 

Cheng Shiying frunció el ceño y se mordió los labios inconscientemente.

En la empresa, era inevitable que se aplicara el sistema de jerarquía por antigüedad, por ello Cheng Shiying se esforzaba por disimular su aspecto juvenil vistiendo trajes de colores oscuros y corbatas sobrias en un intento por aparentar serenidad y ocultar cualquier rasgo que pudiera parecer frívolo en su apariencia.

Pero si sus labios enrojecían, desprendía un aire delicado, demasiado refinado, como el de un joven actor del mundo del espectáculo.

Cheng Shiying se miró con ojo crítico unos instantes y bajó la cabeza.

Mientras tanto, el asistente Wang lo miraba embobado, preguntándose si ese era el llamado «color que derrite a los hombres» del que hablaban las chicas. Tan fresco y vibrante, como pétalos de rosa silvestre.

Su mirada comenzó a vagar sin querer; vio la espesa cabellera negra del hombre, sus cejas y ojos bien definidos y brillantes, el puente alto de su nariz donde la luz creaba sutiles reflejos, y unos mechones que caían sobre su frente, trazando una curva natural.

Parecía un príncipe de cuento de hadas.

El asistente Wang, admirado por su belleza impecable, soltó por primera vez un halago sincero a su superior:

—Señor Cheng, es usted más guapo que una estrella de cine.

Al oír esto, Cheng Shiying sonrió:

—Si sigues halagándome así, voy a sonrojarme.

El asistente Wang quedó deslumbrado por su sonrisa, y su rostro se sonrojó de inmediato. Por fortuna, en ese momento el ascensor emitió un «ding», Cheng Shiying se volvió y no vio su bochorno. Mirando su espalda, se dio unas palmaditas en el pecho y pensó que la belleza masculina también era un arma letal.

Un hombre demasiado hermoso distraía tanto como una mujer bellísima. Llevaba bastante tiempo trabajando con él y aún no se había acostumbrado del todo a la belleza de su jefe; a menudo sentía que se le saltaba un latido. Si seguía así, tarde o temprano acabaría con arritmias.

Cheng Shiying, que desconocía los pensamientos de su joven asistente, pronto se sumergió en su ajetreado trabajo.

Los socios británicos estaban muy satisfechos con su viaje a la ciudad portuaria y celebraron varias reuniones para concretar los detalles de la adquisición. Cheng Shiying los acompañó hasta el aeropuerto, justo a tiempo para recibir al equipo que llegaba de Shanghái.

Con una agenda tan apretada, Cheng Shiying organizó un banquete en las cercanías, aunque no pudo asistir, ya que debía regresar a toda prisa a la empresa para una reunión con el Grupo Zheng.

Los sectores inmobiliario y financiero eran los dos pilares más importantes. Cheng Shiying no podía ocuparse de todo, así que priorizó al de mayor envergadura.

Esta vez, el propio Zheng Xiantong, patriarca del Grupo Zheng, acudió en persona acompañado por su segundo hijo, Zheng Jiaming, y su yerno, Liu Weihao, junto con un equipo de abogados. Todo un séquito que entró en la sala de juntas.

En comparación, el lado de los Cheng parecía tener menos peso.

En los dos últimos años, la mayoría de los directivos con experiencia se habían marchado, por tanto, solo contaba con personal nuevo y con poca experiencia. El asistente Wang, con los nervios a flor de piel, se levantó y comenzó a repasar por enésima vez si habían corregido varios datos importantes de la noche anterior. La impresora sonaba un poco rara hoy: ¿Se estaría acabando la tinta? Por suerte, en ese momento Cheng Shiying se acercó a saludar:

—Doctor Zheng, bienvenido —Cheng Shiying le dio la mano a Zheng Xiantong—. ¿Ha tenido un viaje agradable?

 Pocos sabían que los antepasados de Zheng Xiantong habían forjado su fortuna literalmente desde la nada. Se decía que su bisabuelo había sido un simple marinero que, tras casarse con la hija de un acaudalado armador, fue poco a poco haciendo crecer el negocio familiar. Zheng Xiantong fue el primer universitario de la familia y en obtener un doctorado en una universidad local, un logro del que se sentía muy orgulloso. Prefería que lo llamaran «doctor» antes que «presidente Zheng».

Zheng Xiantong soltó un par de risotadas:

—Un territorio pequeño y mucha gente, no hay más remedio que apretujarse en la carretera.

El asistente Wang, de pie detrás de él, observó cómo Cheng Shiying conversaba con soltura con Zheng Xiantong. Su actitud mostraba la humildad de quien es más joven, pero sin llegar a rebajarse en exceso en su posición de vendedor, manteniendo diestramente la actitud adecuada hacia la contraparte. Al mirar luego al grupo de directivos demasiado complacientes alrededor de la mesa, no pudo evitar sentirse agradecido de contar con Cheng Shiying, alguien que sabía mantener el tipo.

Tras los saludos de rigor, ambas partes se sentaron a tratar los asuntos importantes.

En negociaciones previas se habían solicitado una serie de auditorías preliminares por lo que ahora solo quedaba ultimar los detalles finales. A estas alturas, el Grupo Zheng ya conocía bien la difícil situación de los Cheng. La deuda, que para otros parecería una cifra astronómica, no era lo que más les preocupaba en ese momento. Lo más importante era establecer confianza, o dicho de otro modo, confirmar que no hubiera ninguna «sorpresa» por parte de los Cheng.

Probablemente se trataba de la mayor operación de adquisición en la ciudad portuaria en los últimos cincuenta años. Y una vez firmados los papeles, no habría marcha atrás.

Cheng Shiying se sentó frente a Zheng Xiantong, con las manos entrelazadas y apoyadas sobre los documentos. No necesitaba abrirlos; manejaba todos los datos de memoria, sin cometer el más mínimo error u omisión.

El asistente Wang, que estaba tomando acta, no pudo evitar espiar el perfil de Cheng Shiying, desde detrás de la pantalla, con admiración.

Tres procesos de adquisición se desarrollaban simultáneamente, y Cheng Shiying participó personalmente en todas las reuniones importantes. A veces, al propio asistente Wang le daba vueltas la cabeza solo de escuchar, y sin embargo, Cheng Shiying nunca mezclaba ni equivocaba la información; tenía todos los detalles de los tres casos perfectamente claros.

Había que reconocer que la suerte favorecía especialmente a algunos. Dios le había dado a Cheng Shiying un rostro muy agraciado y, además, una mente lúcida y ágil.

Gente como Cheng Shiying, que combinaba un talento para las relaciones externas con la disposición para manejar la gestión interna, era poco común. El asistente Wang pensaba a veces, mirándolo, que de no haber sido por esas deudas, Cheng Shiying habría podido llevar la empresa con gran éxito.

Después de todo, en la tercera o cuarta generación, grupos comerciales grandes como el de los Cheng ya tenían sus propios sistemas completos y modelos de negocio rentables. A menudo, los sucesores solo tenían que evitar meter la pata y mantener ese modelo de forma estable, e incluso podían ampliar la cartera de clientes sobre esa base. Eso ya era un éxito. Desde esta perspectiva, Cheng Shiying era el tipo de hijo que cualquier familia adinerada y de renombre de la ciudad desearía tener.

La reunión transcurría muy bien. La expresión de Zheng Xiantong se fue relajando gradualmente, sus movimientos al hojear los documentos se hicieron cada vez más pausados, hasta que finalmente alzó una mano haciendo una señal de stop.

—Basta —dijo con una sonrisa—. No hace falta seguir. La confianza entre nuestras dos familias, los Cheng y los Zheng, que ha perdurado por generaciones, sigue estando presente.

Cheng Shiying, en el momento justo, cerró la boca y también sonrió:

—Así es.

Sabía que era una buena señal. Los asuntos de negocios estaban prácticamente acordados y ahora empezaban a hablar de lazos personales. Así que fingió no haber oído nunca las preguntas incisivas que habían planteado antes los Zheng, y también sonrió afable.

El ambiente en la sala de juntas se relajó. Liu Weihao, sentado a un lado de Zheng Xiantong, también esbozó una sonrisa:

—Los abogados ya están preparando el contrato. Más adelante será necesario concretar algunos detalles…

Se decía que este Liu se había graduado en la Facultad de Derecho de Oxford y, antes de casarse con la hija de los Zheng, había luchado a brazo partido en un gran bufete. Precisamente, había sido él quien antes había planteado varias preguntas muy espinosas.

Cheng Shiying lo miró de reojo: su cabello, empapado en gomina, brillaba con destellos grasientos, y sus modales desprendían cierta presunción. Pero como a él no le correspondía opinar, mostró una sonrisa cooperativa:

—Haré que el departamento legal se ponga en contacto con sus abogados.

Zheng Xiantong, sentado frente a él, tenía ya marcadas las patas de gallo en las comisuras de sus ojos, pero su mirada era aún lúcida y observaba a Cheng Shiying. De repente, suspiró:

—Es que tienes muy pocos hermanos.

Cheng Shiying hizo una pausa, sin entender a qué venía eso, y se limitó a sonreír:

—Cierto, no es como en el caso de Jiaming. Cuanta más gente, más animado.

La familia Zheng era prolífica. Zheng Xiantong se había casado dos veces y tenía en total cinco hijos y tres hijas. Cada vez que Cheng Shiying iba a su casa, tenía que estar llamando «hermano mayor», «segundo hermano» sin parar. El Liu que asistía hoy a la reunión era el marido de la hija mayor.

Superficialmente parecía un ambiente animado, pero en privado también había muchos desacuerdos.

Cheng Shiying había oído muchos rumores en todos estos años. En comparación, él prefería su propia familia: solo él y su hermana, las cosas eran más simples.

Pero Zheng Xiantong tenía otra perspectiva. Cheng Shiying era encantador, con una educación impresionante y grandes aptitudes personales, y una apariencia física como ventaja adicional; ante sus ojos el único defecto que tenía era su falta de ferocidad.

En teoría, a día de hoy, estas familias de Hong Kong ya habían superado la etapa de desarrollo salvaje, similar a la de los piratas. Y si el objetivo era «proteger la ciudad», Cheng Shiying era sin duda un sucesor casi perfecto. Pero los Cheng habían llegado a este estado tras los desmanes de Cheng Hongyu. Si en un momento como este hubiera habido un hermano más despiadado, con métodos más expeditivos, apoyándolo por detrás…

Esta idea le cruzó la mente un instante, pero el propio Zheng Xiantong la descartó. Los Cheng estaban ya tan arruinados que era imposible darles la vuelta.

Zheng Xiantong no insistió en el tema y, de repente, le dijo a Cheng Shiying:

—¿Qué te parece? ¿Quieres que tu tío Zheng te case con una de sus hijas?

Ante esta frase inesperada, el asistente Wang pulsó una tecla equivocada y no pudo evitar alzar la vista. La sala de juntas también se sumió en el silencio. Los presentes alrededor de la mesa miraron de reojo, aguzando el oído para no perderse el cotilleo de las altas esferas. Entre ellos, la expresión de Liu Weihao se tensó ligeramente, y su sonrisa perdió naturalidad. No era fácil ser yerno de los Zheng. A él le había costado su esfuerzo escalar hasta la hija mayor, y ahora, acompañando a Zheng Xiantong constantemente, era incluso más útil que varios de los hijos biológicos. Si Cheng Shiying se convertía en su cuñado, sin duda amenazaría su posición, al fin y al cabo este era un heredero legítimo, muy por encima de él en todos los aspectos…

Cheng Shiying no se esperaba esta jugada e instintivamente miró a Zheng Jiaming:

—Esto…

A Zheng Jiaming le encantaba verlo en apuros y arqueó una ceja con complicidad:

—Mi padre te está preguntando a ti, ¿por qué me miras a mí?

Al ver la situación, Cheng Shiying no tuvo más remedio que volver la mirada hacia Zheng Xiantong. Apoyó los dedos sobre la mesa y dijo:

—Agradezco su afectuosa consideración… pero, por el momento, no tengo pensamientos en esa dirección.

Zheng Xiantong en realidad no iba totalmente en serio, y al oír esto dijo:

—Oh, ¿es que ya tienes a alguna chica en mente?

Cheng Shiying no quería extenderse y, sin saber por qué, sintió un inexplicable rubor, así que simplemente sonrió.

Zheng Xiantong, al verlo sonreír, lo interpretó como un asentimiento tácito:

—Tienes la misma edad que Jiaming, ya va siendo hora… de que vayas centrándote.

Cheng Shiying se sintió un tanto exasperado, pero ante la combinación de cliente y persona mayor no podía decir gran cosa, así que se limitó a responder:

—Sí.

Tras mostrar su preocupación por el más joven, Zheng Xiantong se volvió hacia Liu Weihao:

—Nuestras dos familias son amigas desde hace generaciones. Lo que viene ahora es asunto de abogados. Tú que has estudiado esto, tienes que ayudar en lo que puedas.

Liu Weihao soltó un rápido «sí, sí», y su semblante mejoró notablemente. Mientras Cheng Shiying no compitiera con él, todo estaba bien.

Cheng Shiying le correspondió con una sonrisa. Entre las dos familias, una era fuerte y la otra débil, así que en muchos aspectos era inevitable que los Zheng acapararan la voz cantante.

Como era de esperar, Liu Weihao continuó diciendo:

—Propongo hacerlo público primero, y luego firmar el contrato, para poder sopesar la reacción social. —Miró a Cheng Shiying y añadió—: Lo ideal sería solicitar la declaración de quiebra ante el tribunal al mismo tiempo que se divulga la adquisición, eso también ayudaría a estabilizar el mercado bursátil.

Sopesar la reacción social también era una forma de dejar un margen de maniobra antes de la firma definitiva del acuerdo de compra. Cheng Shiying entendía perfectamente el mensaje: una vez firmado, no habría vuelta atrás.

Ya se lo esperaba, así que no lo pilló por sorpresa.

—De acuerdo. —Se reclinó en el respaldo de su silla y alzó la vista para mirar a Zheng Xiantong—: Pero espero que podamos esperar a que mi padre haya recibido sepultura formalmente.

Zheng Xiantong, al oír esto, asintió levemente. Liu Weihao, siguiendo la voluntad de su suegro, afirmó de inmediato:

—Por supuesto, faltaría más.

La reunión concluyó satisfactoriamente. Cheng Shiying tenía intención de acompañarlos hasta la salida, pero Zheng Xiantong se lo impidió.

—No hace falta que nos acompañes. He pedido a Jiaming que se quede, así podéis charlar tranquilamente.

Terminados los asuntos de negocios, empezaban los lazos personales. Cheng Shiying, en el momento adecuado, bajó la cabeza y cambió el tratamiento:

—Gracias, tío.

Zheng Xiantong miró al joven alto y apuesto que tenía delante, con su flequillo negro cayendo sobre sus cejas bien delineadas. Era una lástima que no fuera su hijo. Suspiró, extendió la mano, le dio una palmada en el hombro a Cheng Shiying, y se marchó.

Zheng Jiaming se quedó:

—¿Ves cuánto le gustas a mi padre?

Cheng Shiying lo miró de reojo.

—¿Por qué eres tan exigente? — preguntó Zheng Jiaming, medio en serio medio en broma—: ¿Qué tiene de malo ser mi cuñado? Mis dos hermanas mayores tienen su dote asegurada…

Cheng Shiying lo miró y entrecerró los ojos:

—Tu hermana mayor y la segunda ya están casadas, y la tercera, si no recuerdo mal, apenas entró en la escuela secundaria el año pasado.

Zheng Jiaming hizo una pausa y continuó sonriendo a pesar de haber sido desenmascarado.

—¿ Por qué recuerdas tan bien las cosas de mi familia? ¿Y dices que no estás interesado en la dote de mis hermanas?

Cada vez decía mayores disparates. Cheng Shiying fingió darle una patada, pero Zheng Jiaming le echó un brazo al hombro:

—Venga, vamos a tomar algo. El asunto importante está encarrilado, ya te puedes relajar un poco.

Cheng Shiying miró por la ventana. Los colores del atardecer empezaban a teñir el cielo. La verdad es que había estado agotándose los últimos días, así que accedió a irse con Zheng Jiaming.

Los dos subieron al coche de Zheng Jiaming y fueron a un pequeño bar privado, donde comieron ostras y carne de primera calidad. Tras unas copas, ambos se relajaron bastante.

Zheng Xiantong no sabía lo que pasaba, pero Zheng Jiaming lo tenía muy claro. Le dio un codazo en el brazo y le preguntó:

—Oye, ¿qué está pasando contigo ?

Cheng Shiying, con la copa en la mano, lo miró:

— ¿Qué quieres decir con eso?

—¿Es que quieres emular a Liu Xiahui?(1) —Zheng Jiaming lo miró de soslayo—: Por mucho que guardes castidad y pureza, el gobierno no te va a nombrar caballero.

(1)Liu Xiahui, ( Estado de Lu entre 770 y 476 a.C). Era conocido por ser un caballero capaz de resistir la tentación de la lujuria. Cuenta la historia que una mujer sin hogar fue a buscar refugio a su casa en una fría noche de invierno. Liu estaba preocupado de que muriese por el frío, así que la dejó sentarse sobre su regazo, se sacó su ropa para cubrirla a ella, y la mantuvo cerca de su cuerpo. permanecieron así durante toda la noche. Y él no hizo nada indebido. Fue elogiado por ser un verdadero caballero, y crearon un proverbio en su honor que reza: «Permanece imperturbable incluso con una mujer sentada sobre tu regazo». 

Cheng Shiying no respondió. Cogió su copa de coñac y bebió un trago.

Zheng Jiaming lo reprendió:

—Más te valdría entrar directamente en un monasterio y hacerte monje.

Cheng Shiying soltó una risa burlona y lo miró:

— Bien, primero limpiaré tu aura maligna 

Zheng Jiaming se echó la cabeza hacia atrás, se quitó las gafas y las limpió:

—Señorito mío, no todo el mundo puede ser un santo como tú.

Tenía los ojos ligeramente rasgados y algo encapotados, que, sin las gafas, parecían penetrantes. Miró a Cheng Shiying mientras limpiaba sus lentes.

En los círculos de jóvenes adinerados de la ciudad, que no son pocos, los que no tenían ni un solo rumor negativo se contaban con los dedos de una mano. Uno como Cheng Shiying, incluso entre familias de buena educación, resultaba excesivamente «perfecto». Cuando alguien es tan perfecto, empieza a parecer extraño. En la adolescencia aún podía pasar, pero ahora en el círculo todos especulaban si Cheng Shiying no tendría algún problema oculto.

Ahora, sentado a la mesa, bebiendo a sorbos intermitentes, con sus espesas pestañas proyectando una sombra y su mirada con la melancolía justa, Zheng Jiaming sabía, sin necesidad de volverse, que seguro que alguna clienta lo estaría observando.

—Seguro que te pasa algo —Zheng Jiaming dijo de repente, con un deje de frustración—: Sigue ocultándolo, pero tarde o temprano llegará el día en que no puedas seguir escondiéndolo.

En realidad, con estas palabras no pretendía insinuar nada más profundo; simplemente le fastidiaba que Cheng Shiying fuera tan perfecto y quería, en cierto modo, que se «rebajara» a su nivel.

Pero Cheng Shiying, al oírlo, sintió que el corazón le daba un vuelco. Un sorbo de licor se le quedó en la lengua, volviéndose gradualmente amargo.

Tragó con un instante de retraso y dejó la copa sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria.

Hasta ahora nadie sabía sobre su orientación sexual. Pero Cheng Shiying lo tenía muy claro: era homosexual, hasta la médula.

En la escuela secundaria, Cheng Hongyu lo ignoraba, y él tampoco consideró necesario revelar su orientación sexual a su padre. Más tarde, se fue a estudiar al extranjero, donde conoció otros ambientes y amplió sus horizontes, pero en general mantuvo las distancias. Cuando volvió a Hong Kong, la salud de Cheng Hongyu ya se había quebrantado… así que el asunto se fue posponiendo hasta ahora.

Ahora… incluso ahora, tampoco era el momento.

Cheng Shiying sonrió con ironía. Si hiciera pública su homosexualidad, antes de que los parientes de la familia Cheng fueran a por él, los accionistas lo lincharían.

Por suerte, aunque se sentía atraído por los hombres, no eran muchos los que despertaban su interés, así que este armario forzado no le resultaba demasiado difícil de soportar. No causaba daño a las chicas, ni se acercaba demasiado a los hombres, evitando así en gran medida dar motivos a la prensa amarilla. Bajó la mirada y sacó un cigarrillo, pero, justo cuando la llama brotó, se detuvo de repente.

No. Ahora había una persona más en la ciudad que conocía su orientación sexual.

Chu He.

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