Solo al ver las imágenes aéreas, la gente comprendió que aquel cubo de plástico no había aparecido por casualidad sobre el témpano: era un objeto perteneciente al pequeño oso polar.
Ah… Todos quedaron muy sorprendidos. Nadie imaginaba que un oso polar salvaje llevara consigo un objeto personal favorito, ¡y mucho menos en plena migración hacia el sur!
Solo podían decir una cosa: demasiado adorable.
Que este pequeño oso polar, viviendo en un entorno tan hostil, aún conservase un carácter tan alegre y juguetón, era algo realmente extraordinario.
Eso también demostraba, indirectamente, que el oso adulto que lo guiaba debía quererlo mucho, brindándole un gran cuidado y protección.
La gente observó que el gran oso polar no había comido nada desde la primera vez que aparecieron ambos en las grabaciones.
El témpano se derretía poco a poco, encogiéndose con cada hora que pasaba, y el gran oso permanecía inmóvil en el centro, recostado, moviéndose solo cuando el pequeño lo molestaba. En esos momentos, levantaba una enorme pata y lo empujaba suavemente, como regañando con paciencia a una cría traviesa.
—Está reservando energía —explicó el profesor—. Cuando el hielo termine de derretirse, tendrán que nadar cientos de kilómetros. Esa travesía agotará casi por completo sus fuerzas.
—Y además va acompañado de una cría —comentó con preocupación un joven investigador—. ¿De verdad un oso polar macho puede cuidar de una cría como lo haría una madre?
El profesor negó con la cabeza.
—Probablemente sea el primer caso en la naturaleza. Por eso debemos seguirlos atentamente.
Mientras tanto, Qiao Qixi, que hasta entonces no lo había notado, empezó a preocuparse: Odys no comía nada, aunque habían pasado ya muchas horas.
Ahora simplemente no quería comer. Al principio, Qiao Qixi se inquietó, preguntándose si Odys estaría enfermo. Así que, con torpeza, le levantó un párpado para revisarle los ojos.
La mirada del gran oso era profunda y clara, sin enrojecimiento ni turbidez… aunque sí un poco impaciente, como si estuviera a punto de poner los ojos en blanco.
—Lo siento… —murmuró Qiao Qixi, avergonzado.
Descartó que Odys estuviera enfermo y, agotado por su propio nerviosismo, se acurrucó junto a él, reflexionando por qué no comía. ¿Sería posible que Odys, como él mismo, quisiera guardar la escasa comida para el otro?
Ah…Sabía que no debía atribuir pensamientos humanos a un animal, pero solo imaginarlo hacía que su mente no pudiera detenerse, llenándose de escenas que lo conmovían hasta las lágrimas.
Pensó: ¿Qué he hecho yo para merecer tanto? ¿Cómo es posible que sea tan afortunado de tener a Odys cuidándome así?
En un mundo tan salvaje y cruel, donde todo se rige por la supervivencia, no existen los intereses ni los favores. Por eso, la bondad de Odys era completamente pura; no buscaba nada a cambio.
Con el corazón apretado, Qiao Qixi aspiró por la nariz, decidido: Cuando crezca, voy a aprender a cazar focas, y cuidaré de Odys cuando sea viejo. Pagaré su bondad.
Aún quedaba la mitad de la foca, y con el hielo derritiéndose, Qiao Qixi dudaba que pudieran terminarla antes de que se echara a perder.
Pensando un momento, arrancó con los dientes un trozo de carne y lo acercó al hocico de Odys.
Odys: —…
Pobre Odys. Planeaba aprovechar ese rato para descansar, pero su cría tenía demasiada energía y demandaba atención.
Resignado, el enorme oso abrió los ojos, tomó suavemente con la boca el trozo que Qiao Qixi le ofrecía… y se lo devolvió, colocándolo otra vez frente a él, invitándolo a comer.
Qiao Qixi: —…
Cuando vio que Odys tomaba la carne, Qiao Qixi se alegró. Pero al notar que no se la comía, sino que se la regresaba, su confusión aumentó.
—¿De verdad no tienes hambre? —parecía preguntar con sus ojitos.
Entonces se levantó, empujando con esfuerzo toda la foca hacia Odys, haciendo sonidos bajos, acompañados de golpecitos con sus patas sobre el hielo, insistiendo en que comiera.
Odys no entendía bien ese comportamiento. ¿Por qué tanto alboroto? pensó. ¿No sería mejor que comieras tú?
Aun así, era demasiado paciente con el pequeño. Y aunque no tenía necesidad de comer con tanta frecuencia, bajó la cabeza y dio algunos bocados, solo para tranquilizarlo.
Qiao Qixi no sabía que Odys lo estaba complaciendo. Al verlo comer, se sintió aliviado y feliz.
Aquella fue su última comida antes de que el hielo se derritiera por completo. Se comieron lo que quedaba de la foca. Con la temperatura en aumento, la carne no se había vuelto a congelar, así que aún estaba suave y sabrosa.
El momento en que el pequeño oso empujó los restos de la foca hacia el mar fue captado por los drones, y, como era de esperar, esa imagen volvió a hacerse viral.
Comentarios en el foro:
—Qué osito tan inteligente, así reduce el peso del témpano.
—¡Qué chico tan trabajador! ¡Alguien que lo amarre y lo traiga a estudiar conmigo!
—¡Awww, es demasiado tierno!
—De todo el grupo, parece el más ocupado.
—Definitivamente, es el encargado de logística.
Cinco horas después de comer, el témpano finalmente no pudo soportar más el peso de los dos osos. Empezó a hundirse lentamente.
Odys fue el primero en lanzarse al mar, nadando unos metros por delante. Qiao Qixi, aún sobre el hielo, ajustó su pequeño cubo amarillo —su inseparable tesoro—, preparándose para saltar en cuanto fuera necesario.
Y cuando el témpano ya no pudo sostenerlo, estiró las patas y se lanzó al agua, nadando tras Odys. Así comenzó oficialmente su viaje de migración hacia el sur.
Los investigadores polares actualizaron inmediatamente su progreso en el foro:
—¡El pequeño oso también saltó al mar! ¡Su cubo amarillo es imposible de pasar por alto!
Desde la vista aérea, la cámara abarcaba un océano azul infinito, y en él, dos diminutos puntos blancos (uno con un toque amarillo) flotaban entre las olas. Frente a la inmensidad salvaje del océano, los dos osos se veían tan pequeños, tan frágiles, que el corazón se encogía.
Todos deseaban con fervor que pudieran avanzar con buen viento y llegar sanos a tierra firme.
Antes de lanzarse, Qiao Qixi no sabía que debía nadar cientos de kilómetros. Por suerte, no lo sabía; así, no sentía miedo ni presión.
Claro, no nadarían todo de una vez. En el trayecto encontrarían pequeñas islas donde descansar, y, con suerte, hallar algo de comida.
Los osos polares tienen un sentido de orientación extraordinario. Recuerdan con precisión la ruta que siguieron de cachorros junto a sus madres, y la repiten cada año durante el resto de su vida. Casi nunca se pierden.
Qiao Qixi, sin embargo, era un oso “amnésico”. Sin Odys para guiarlo, seguramente habría muerto, pues ni siquiera recordaba la ruta hacia el sur.
Afortunadamente, Odys nadaba delante, marcando el camino.
Qiao Qixi no había tenido muchas oportunidades de nadar; en realidad, no era muy bueno en eso. Ahora, para no quedarse atrás, improvisaba y buscaba maneras de nadar más rápido.
Pensó en el estilo libre de los humanos —la técnica más veloz—, adaptándola a su cuerpo redondo y peludo. Imagínate que eres un pez… un pez gordito y feliz, se dijo mentalmente. ¿Una orca, tal vez? No, demasiado elegante. ¿Un pez luna? Sí, un pez tan redondo que casi no se mueve…
Qué envidia daba ese tipo de vida: flotando sin hacer nada, dejando que la corriente lo llevara.
El sol brillaba alto. El agua estaba fría, pero sus cabezas bajo el sol se sentían calientes: un verdadero contraste entre fuego y hielo.
Odys nadaba a un ritmo constante, ni rápido ni lento, cuidando que el pequeño no se quedara atrás. De vez en cuando giraba la cabeza para mirarlo, igual que su madre lo había hecho con él cuando era pequeño.
Por suerte, Qiao Qixi se mantenía cerca, esforzándose por seguirlo.
La primera isla del trayecto estaba a unos 50 kilómetros. Era la primera vez que Qiao Qixi nadaba tanto sin detenerse.
Cuando llegaron a la costa, estaba exhausto: las patas le temblaban, y todo su cuerpo tiritaba. Incluso Odys caminaba con lentitud, prueba de que el viaje había sido arduo.
La isla era completamente árida, sin rastro de vegetación. Antes había estado cubierta de hielo, pero al derretirse, solo quedaban rocas y arena estéril. Ni siquiera las plantas podían crecer allí.
Aunque era verano, la temperatura rondaba los –10 °C, todavía demasiado fría para que hubiera vida vegetal. No había comida para los osos, así que solo podían descansar.
Odys se tumbó y, como siempre, abrazó al pequeño oso contra su cuerpo. Si pudiera hablar, probablemente le diría:
—Duerme, pequeño. Cuando duermes, no sientes hambre.
Qiao Qixi: —…No te creo ni tantito.
Pero estaba tan cansado que ni siquiera protestó. Apenas se echó, se quedó dormido profundamente.
Despertó más tarde, acurrucado contra Odys, escuchando el sonido de la marea subiendo.
El nivel del mar había aumentado un poco desde que llegaron: el hielo del Ártico se derretía y se convertía en agua, elevando los mares.
Odys también despertó, pero no tenía prisa por irse. Parpadeó lentamente y volvió a cerrar los ojos.
—Genial—, pensó Qiao Qixi —así puedo descansar un poco más.
Roma no se construyó en un día, y la migración de los osos polares tampoco se completaba en una sola jornada.
No hay prisa, no hay prisa.
Las dos “bolas de pelo” dormían acurrucadas bajo el sol, y los científicos que los observaban no podían evitar reírse.
¿No se suponía que los osos polares odiaban el calor? Pero aquel día, en la isla, con unos –15 °C, el clima era templado para ellos. De vez en cuando se sentían algo calurosos bajo la luz del sol, pero definitivamente no tenían frío, ni necesitaban abrazarse para calentarse.
El gran oso macho que seguían rompía todos los esquemas: parecía encariñado hasta el extremo con el pequeño, irradiando ternura y afecto en cada gesto.
Incluso los humanos que veían la transmisión sentían calidez en el corazón.
—Es un gran hermano.
—O tal vez, un buen padre.
—No creo, su pelaje aún es muy blanco, parece bastante joven.
—¡Cielos! ¿Dónde se filmaron estas imágenes? ¡Creo que los conozco!
Un comentario llamó la atención de todos: provenía de un empleado del centro de rescate de fauna de Groenlandia, quien a veces frecuentaba el foro.
—¿Perdón, quién eres?
—Trabajo en el Centro de Rescate de Fauna de Groenlandia. Hemos atendido a varios osos polares.
—Perfecto, si confirmamos tu identidad, te enviaré las coordenadas exactas.
Tras intercambiar información, confirmaron la verdad: esas dos figuras sobre el hielo eran Odys y Alexander, los mismos osos liberados hacía más de dos meses.
Desde ese día, los dos osos polares tuvieron nombre en el foro. El grande se llamaba Odys, el pequeño Alexander. No eran padre e hijo, ni hermanos, ni tenían lazos de sangre: simplemente, unos meses atrás, habían sido vecinos en el centro de rescate.
Los testigos del centro explicaron, encantados, que la diferencia de edad y tiempo no había impedido que entre ellos naciera una profunda amistad. Al ser liberados, se reencontraron en la naturaleza y, desde entonces, habían permanecido juntos.
—Ah, esta historia es tan dulce y conmovedora.
—Los osos demostraron que los “matrimonios relámpago” también pueden ser felices.
—Gracias a Odys por cuidar de Alexander.
—Este es el relato más bonito del año.
—Aunque Odys tiene menos de cinco años… ¿seguirá con Alexander el próximo año?
—Tal vez sí. Odys es un oso muy especial.
—Y Alexander también lo es. Me encanta su estilo, es un chico genial y adorable.
Y así, mientras dormía profundamente sobre la arena fría, Qiao Qixi recibía elogios de todo el mundo, disfrutando de una fama que ni siquiera había alcanzado cuando era humano.