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Amelia y Sisley se abrazaban con fuerza, de pie mirando más allá de la barrera hacia un cielo especialmente ominoso.
De repente, sobre el cielo parcialmente oscurecido que cubría el Palacio Principal, un viento fuerte giraba en un enorme remolino, como si una tormenta estuviera a punto de caer.
Los árboles que fueron arrancados del suelo se elevaban hacia el aire, junto con un zumbido chispeante. De vez en cuando relámpagos dorados y pequeños, iluminaban una escena sumamente irreal.
—Probablemente sea el efecto residual del antiguo ritual de reverencia al Primer Santo Emperador, que se celebró después de mucho tiempo. Pronto se calmará, no se preocupen demasiado. —les explicó Sir Francis con voz tranquila.
Aunque no lo dijera, ambas princesas tenían una vaga sensación de que algo inusual ocurría en el Palacio Principal desde hace rato.
Amelia percibía la leve agitación del aura.
Sisley, percibía las consecuencias del choque de una gigantesca divinidad.
Cada una, a su manera, detectó el peligro y estaban preocupadas por el Santo Emperador que estaba solo en medio de aquella tormenta, por lo que no podían evitar mover inquietas sus pies.
«Solo es una suposición mía. Quizás, a partir de ese momento, el ritual de reverencia al Primer Santo Emperador perdió su significado».
En la mente de Sisley seguían dando vueltas las palabras que Amelia le había dicho.
«O quizá el ataúd de nuestro ancestro se ha vuelto algo peligroso».
“¿Qué pasaría si eso fuera verdad? ¿Y si el ataúd del Primer Santo Emperador fuera en realidad algo aterrador que desconozco, y por eso su Majestad se enfrenta a un peligro así?”.
—Papá, mamá… —Involuntariamente, Sisley pronunció aquellas palabras que no había dicho desde aquella noche.
«Ojalá hubiera algo que alguien pudiera hacer por él. Pero ahora mismo, lo mejor que podemos hacer es no estorbar y permanecer en silencio».
Esas habían sido las palabras de la leal comandante que protegía a las princesas y permanecía firme frente a aquella barrera había dicho claramente algo así en el pasado.
Incluso aquella noche, cuando todo el cuerpo de su padre estaba empapado en sangre e incluso ahora, cuando de repente descendió una tormenta. Estaba segura que el Santo Emperador se estaba enfrentando a algo solo y lo seguía haciendo.
«Si te considera una persona inútil, te eliminara sin piedad. En un futuro no muy lejano, tú también morirás a manos de él, igual que ellos».
Esas fueron las palabras de advertencia que resonaron en su mente esa noche. Pero eso es algo que nunca podría pasar.
Incluso Dama Katrina, que siempre estaba al lado del Santo Emperador como su escudo, cuando llegaba el verdadero peligro, solo puede mantenerse a distancia, esperando que él lo resuelva todo.
“Si eso es ser un escudo, ¿no es el escudo más ineficiente del mundo?” pensó Sisley.
“Tal vez, solo se deba a que el Santo Emperador aprecia mucho a su comandante”.
Esta barrera sagrada también protege a las princesas, pero en realidad protege a toda la Orden de San Aurelio.
“Mi papá, su Majestad, nunca haría algo como eso a propósito…”
Sisley comenzaba a entender poco a poco.
Si el futuro que mostró ese libro era tan oscuro, y si el Santo Emperador terminó contribuyendo en gran medida en su desgracia como asegura.
Entonces, al menos, aquello jamás ocurriría porque él realmente lo deseara.
¿Cuánto tiempo ha pasado?
De pronto, la tormenta que se agitaba cesó en un instante y el cielo se despejó como si nada.
—Se acabó —murmuró la exorcista que miraba al vacío de manera distraída.
Katrina, que observaba seria al frente, relajó la tensión y asintió.
—¡Situación terminada!
—¡Situación terminada! ¡Situación terminada!
Al grito de la comandante siguieron las órdenes de varios líderes de escuadrón.
La barrera sagrada plateada que se extendía cubriendo todo el Palacio de la Rosa Plateada comenzó a desvanecerse lentamente.
Hasta entonces, el vicecomandante de la Orden de San Aurelio que había estado vigilando a las dos princesas, soltó un suspiro de alivio y guardó su arma.
—Afortunadamente, no pasó nada grave. Sus Altezas, por favor tranquilícense. La prohibición de salir ya fue levantada. —dijo Francis.
Hizo una reverencia respetuosa a ambas y salió de la habitación.
—Realmente… qué alivio. —Amelia finalmente exhaló el aire que había estado conteniendo.
Abrazó fuertemente a Sisley y luego se dio la vuelta para comenzar a prepararse y salir rápidamente.
—No parece haber más noticias, así que seguro que papá está bien. Pero igual no puedo dejar de preocuparme. Deberíamos pasar por el Palacio Principal rápido.
En ese momento Sisley se sobresaltó.
—Hermana Amelia…
—¿sí?
—El símbolo… el símbolo de la santa aún no ha desaparecido.
—¿Qué?
Amelia miró intrigada mientras su hermana menor tenía sus ojos llenos de lágrimas otra vez.
—Siento que todavía está ahí bajo mis pies. Lo normal sería que el símbolo desapareciera justo después de que la señorita Seo Yi-seo rindió reverencia al féretro y yo sería expulsada deshonrosamente de mi puesto como santa…
Mientras murmuraba eso, las lágrimas claras rodaban por sus mejillas.
—¡Sisley!
Amelia la abrazó rápidamente, aún sin entender bien. Pero el rostro de Sisley ya no mostraba la amargura de la mañana, sino una pequeña luz de esperanza acompañada de admiración.
—¡Hermana, no puedo creerlo! ¡Realmente, algo está cambiando!
*** ** ***
Aquella noche.
Una exorcista se coló sigilosamente en la iglesia de San Bastián.
Pasando por los guardias que vigilaban la entrada principal y sorteando fácilmente las patrullas por grupos de la orden de caballeros de San Bastián, su paso era extremadamente ligero y confiado.
Su habilidad de sigilo era tal que ni siquiera el mejor asesino podría detectarlo, era la técnica de infiltración de un Caballero Decaron.
Finalmente bajó al sótano de la iglesia y se acercó al féretro del primer emperador, donde sus ojos brillaban con el característico resplandor plateado.
—[Te sigo causando trabajo, Dama Sharon]
La exorcista río suavemente, casi sollozando.
—No, Majestad. Cuando usted me visita, todas esas molestas voces se callan. El mundo entero se vuelve tranquilo y apacible.
Para un exorcista que siempre sufría por un canalizado descontrolado, era una paz rara de encontrar.
—Ahora que la ceremonia de audiencia terminó, esta puerta no volverá a abrirse por un tiempo. Parece que podremos inspeccionar esto con algo más de calma.
Dama Sharon comenzó a rodear lentamente el ataúd, buscando algo. En un instante, sus ojos emitieron un brillante resplandor plateado.
—[Eso]
Siguiendo las órdenes del Santo Emperador, la Dama Sharon arrancó un pequeño objeto decorativo del ataúd. Era una gema de un verde oscuro.
—…Es un dispositivo muy pequeño.
—[Así es. Realmente no es alguien a quien se pueda subestimar.]
Era una peligrosa trampa que se activó justo cuando Cadmus, que intentaba recuperar su verdadero poder se enfrentaba al Santo Emperador.
Era una de varias trampas preparadas por un narrador desde hace cientos de años.
—[Los objetos del mundo regulado son siempre tan astutos. No importa cuán cuidadosamente los examines, las condiciones para activarlas están escondidas en capas profundas y son muy difíciles de descubrir].
Esa es la razón por la que las leyes del mundo reglado son temibles.
Aunque pueden aislar perfectamente el gran poder de un semidiós de la dimensión de Delcross, también existe el riesgo de que ese poder primordial, bien contenido por la divinidad, se libere sin razón en un instante.
—[Ese niño realmente salvó a Delcross de la crisis.]
—¿Es un futuro que Su Majestad dejó pasar?
—[Sí. Es un hecho que ya no ocurrirá, un evento que ya es del pasado.]
El Santo Emperador nunca veía su propio futuro. Solo una ligera predicción de posibilidades ya es algo que, de algún modo, se confirma. Esa es la pesada carga de la profecía de un Oráculo.
«No he causado un accidente hoy, he venido a evitarlo».
Fueron las palabras de su hijo que se acercó a él todo ensangrentado.
Tal como dijo, el Santo Emperador pudo confirmar la destrucción que ocurrió si ese niño no hubiera venido.
El poder primordial que se liberó sin control.
La bestia sagrada y malvada que enloqueció.
—[Ahora tráemelo eso.]
—Sí, Su Majestad. —Dama Sharon tomó la gema y continuó—: Majestad, disculpe, ¿puedo hacerle una pregunta?
—[Habla.]
—El primer Santo Emperador fue un semidiós que fue atrapado en un cuerpo del mundo regulado con facilidad. Entonces, ¿no es también sumamente peligroso para usted habitar en un homúnculo?
El Santo Emperador guardó silencio un momento.
—[…Lo tendré en cuenta.]
—Sí, Majestad.
La exorcista sonrió y rápidamente se ocultó en la oscuridad.
*** ** ***
Al día siguiente de la ceremonia de adoración al féretro del Primer Santo Emperador. Por suerte, el símbolo de Sisley todavía permanecía claramente visible y no había desaparecido.
—¡Señorita Sisley!
A pesar de que claramente había terminado la ceremonia y había recibido las bendiciones del santo invitado, Seo Yi-seo sorprendentemente seguía siendo la misma. Por supuesto, eso no significaba que no hubiera ningún cambio.
—Escucha, señorita Sisley. Resulta que cuando me desperté, ¡en mi ventana de habilidades apareció una habilidad nueva!
“… ¿Qué era una ventana de habilidades?”
—El nombre de la habilidad es súper genial. ¡Se llama ‘Descenso del semidiós’ ¡Descenso del semidiós! Pero no tengo ni idea de cómo usarla.
Ese era el problema.
Aunque por el nombre parecía una habilidad definitiva increíble, en realidad era una habilidad pasiva que se activaba siempre.
Gracias a eso, cuando intentaba tomar una siesta, de repente pasaban horas y ya estaba recorriendo el lugar de un lado a otro.
O cuando tenía delante un banquete y pensaba ‘¡Qué delicioso!’, terminaba sentado con el plato vacío delante, sin darse cuenta.
—Pero señorita Sisley ya es hora de misa, ¿por qué te estás preparando para salir? ¿A dónde vas?
—Al Palacio Principal. Voy a ver a Su Majestad después de mucho tiempo.
—¿¡Eh!? ¿Vas a ver a ese terrible genio malévolo? ¿Quién sabe qué te hará?
Cuando Seo Yi-seo se sorprendió, Sisley se rio con incredulidad.
Resultaba extrañamente divertido que Seo Yi-seo, la protagonista del libro, le tuviera más miedo al Santo Emperador que la propia Sisle, la villana.
—Estoy bien. —La joven le dirigió una sonrisa—. Incluso si pasara algo así, no cambiaría el hecho de que Su Majestad piensa en mí.
La oficina del Santo Emperador, desordenada por el caos que había dejado Cadmus seguía algo revuelta.
Sisley, con el corazón un poco acelerado, entró en la oficina guiada por Lewis.
—…Sisley.
Su Majestad, quien últimamente estaba frecuentemente ausente debido a visitas y servicios, y que incluso evitaba las pocas audiencias regulares. Parecía algo sorprendido, pero pronto apartó a la gente y le dio la bienvenida.
—¿Le molesté mientras estaba ocupado?
—No, me alegra que hayas venido. Justo estaba a punto de descansar.
Lo que capturó inmediatamente la atención de Sisley al sentarse fue un antifaz para dormir colgado en la pared.
El antifaz blanco bordado con un conejo lindo estaba colgado en la pared en un ángulo un poco torcido.
—Eso es…
Su Majestad siguió la mirada de Sisley y asintió.
—Owen lo envió. Dijo que era un regalo por mi cumpleaños, así que lo puse en exhibición.
Desde el principio, Su Majestad había notado que era un objeto del mundo regulado. Simplemente no sabía exactamente para qué servía, y pensaba investigarlo lentamente más adelante.
—Sé qué es. También recibí uno igual del hermano Owen. —Sisley mostró un antifaz rosa que llevaba colgado como un accesorio en el cuello.
Según la explicación de Seo Yi-seo era un buen objeto que ayudaba a conciliar el sueño. De hecho, desde que empezó a usarlo, la frecuencia de sueños proféticos o pesadillas disminuyó mucho, lo que la tenía bastante satisfecha.
—¿Elimina las pesadillas?
—Sí, ¿quieres que le enseñe cómo usarlo?
Mientras decía eso, el objeto desconocido del mundo regulado se acercó lentamente a los ojos de Su Majestad, sostenido por la mano de su hija.
Su Majestad parpadeó, pero no apartó la mano de Sisley.
Probablemente, si era algo que venía de sus propios hijos, ya fuera veneno o algo dañino, estaría encantado de aceptarlo.
Cuando el antifaz blanco con conejito fue colocado desde la cabeza hasta el cuello, los ojos del Santo Emperador se agrandaron un poco.
Parecía aturdido por un momento y luego, inclinando lentamente la cabeza, pronunció una frase.
—…Está tranquilo.
—Así es.
Curiosamente, en cuanto se puso ese objeto, el mundo se volvió silencioso de inmediato.
No se escuchaba las voces del pasado que siempre se aferraba a él. Tampoco la voz que astutamente susurraba el futuro. Y lo más importante, no se oían los desgarradores gritos de las almas lejanas.
—Realmente está silencioso…
Su Majestad parpadeó lentamente, Sisley soltó una pequeña risa y se acomodó junto a él.
Mientras reconocía cuánto había extrañado el suave roce de la túnica blanca que producía aquel sonido sarak sarak, igual que en sus recuerdos de infancia, la joven se apoyó en el brazo del Santo Emperador y cerró lentamente los ojos.
Aquella noche, el mayordomo principal puso mucho empeño en la mesa de té para la princesa más pequeña que visitaba al Santo Emperador después de mucho tiempo.
Decoró una mesa llena de pasteles y flores. Incluso sacó un té valioso que una delegación extranjera había traído por el cumpleaños.
Pensando que era el momento perfecto, entró confiado en la oficina con la bandeja de té.
—¿…?
Los ojos de Lewis se abrieron de par en par. Allí se encontraba una escena que no esperaba en absoluto.
En el sofá mullido de la oficina, el Santo Emperador y Sisley. Padre e hija estaban sentados lado a lado mientras dormían. Ambos tenían un objeto de color blanco y rosa colgando en sus cuellos.
Un mediodía excepcionalmente silencioso sin ni un solo canto de pájaros. En la quietud que incluso parecía congelar la cálida luz del sol. Solo la brisa que entraba por la terraza se movía con vida, agitando ligeramente el cabello de ambos ocasionalmente.
Lewis se sumergió en un sentimiento extraño y contempló la escena durante bastante tiempo.
¿Había visto alguna vez en todos sus años como mayordomo principal a Su Majestad con una expresión tan relajada y con los ojos cerrados?
El té, preparado con tanto esmero, se enfriaba inútilmente, pero Lewis retrocedió silenciosamente y cerró la puerta de la oficina dejando la bandeja de té donde estaba.