Capítulo 23

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Capítulo 23

La brisa marina soplaba suavemente, haciendo que las hojas de los matorrales de la costa susurraran con un sonido rítmico y apacible.

Era, sin duda, la hora perfecta para dormir. Sin embargo, apenas habían pasado siete horas “muy por debajo del tiempo que Qiao Qixi necesitaba para despertarse por sí mismo” cuando lo sacó del sueño un ruido de pelea.

Abrió los ojos y comprobó que Odys dormía tranquilamente a su lado, lo que descartaba que él fuera uno de los protagonistas del alboroto. Tal vez también había escuchado el ruido, pero sus orejas blancas no se movieron ni un milímetro; parecía haber bloqueado por completo el mundo exterior.

El pequeño oso, siempre curioso por lo que ocurría a su alrededor, levantó el cuello para mirar en dirección al sonido. Y entonces lo vio: una osa estaba “persiguiendo” a su cachorro.

Bueno, más exactamente, estaban practicando técnicas de combate.

Se dice que el peor enemigo de un oso polar es otro oso polar, así que durante su crecimiento, los cachorros deben aprender a pelear con sus semejantes: una lección de supervivencia esencial.

La osa, que Qiao Qixi observaba, era particularmente feroz. No parecía tener piedad alguna con su cría: lanzaba zarpazos tras zarpazos y en varias ocasiones, el pequeño salió volando por los aires. A Qiao Qixi se le encogió el corazón.

— !Ay!—pensó, frunciendo el hocico —¿No le dolerá?

El pobre cachorro era tan pequeño y la diferencia de tamaño entre ambos tan grande, que aquello no era una pelea, sino una paliza.

Qiao Qixi torció el gesto, sin atreverse a mirar. ¿Sería solo problema de esa madre en particular o, todas las osas polares eran tan crueles?

¿Y los “padres” qué?

Con la cara aún hinchada “seguía pareciendo un cerdito”, Qiao Qixi tembló un poco. A pesar de no haber dormido lo suficiente, el sonido de los golpes al pequeño vecino le impedía volver a conciliar el sueño.

Quizá por empatía entre especies, el corazón se le apretaba. Al fin y al cabo, ambos eran osos polares jóvenes… y le preocupaba que algún día Odys decidiera “enseñarle” del mismo modo. Bueno, aprender a luchar estaba bien, claro, pero… ¿podría evitarse lo de ser lanzado por los aires?

En ese momento, Odys despertó, probablemente también por el ruido. Sus ojos aún velados por el sueño le daban un aire más tranquilo, incluso un poco tierno; por el momento, había dejado de parecer el majestuoso rey del Ártico.

Su primer movimiento al despertar fue recoger los brazos y abrazar al pequeño que dormía entre ellos. Luego bajó la cabeza y le lamió con cuidado el pelaje de la cabeza antes de espabilarse del todo.

Qiao Qixi llevaba tanto tiempo sirviendo de almohada que ya se había acostumbrado al ritual matutino de Odys. Normalmente se resistía un poco, pero ese día, perturbado por los gritos de la “casa de al lado”, decidió acercarse más a él, buscando consuelo.

—Odys— pensó,—están pegándole a su hijo… Yo soy obediente, lindo y como poquito. No me pegues, ¿sí?

Y como si Odys hubiera entendido el mensaje, empezó a lamerlo con entusiasmo, en una sesión de cariños que terminó con ambos cubiertos de saliva.

Cuando por fin Qiao Qixi se sintió a salvo, soltó un suspiro de alivio. Creyó haber conquistado el corazón del gran oso y se convenció de que, al menos por ahora, no corría peligro de ser usado como pelota de entrenamiento.

El incidente, sin embargo, le dejó una lección clara: debía aprender pronto las habilidades básicas de supervivencia. Tenía las condiciones, así que era hora de tomárselo en serio.

El pequeño oso polar se levantó perezosamente, se desperezó y se alejó de Odys. Aún con sueño, caminó hasta la orilla, bajo el sol radiante, y movió brazos y patas para calentar los músculos. No sabía si tendría éxito, pero al menos estaba dispuesto a intentarlo.

Aunque no quería admitirlo, la idea de lanzarse al mar a cazar belugas le producía un leve temblor en las patas. Era un reto de alto nivel. Bueno, tener miedo era normal. Observó un rato el oleaje, respiró hondo y pensó que necesitaba prepararse mentalmente.

Pasó un buen rato antes de que por fin se decidiera a dar el primer paso. Colocó sus patas sobre las rocas que sobresalían del agua y avanzó con cautela hacia el centro del mar.

El nivel del agua subió poco a poco hasta cubrir media pata delantera. Entonces, giró la cabeza… y casi dio un salto: ¡Odys estaba justo detrás, observándolo en silencio!

Quizá había estado tan nervioso que ni lo notó.

— Debe de haber venido a protegerme — pensó.— Por si me caigo al agua y me ahogo… o me arrastra una beluga

Suspiró resignado. “Bueno, que mire, si quiere. Si voy a hacer el ridículo, que al menos haya testigos.

El pequeño oso apartó las dudas de su mente. Tenía que concentrarse en una sola cosa: cazar.

Los osos polares, reyes del Ártico, poseen sentidos extraordinarios. Solo con el olfato pueden detectar a su presa a gran distancia. Pero ahora no se trataba de oler, sino de ser invisible: debía contener el movimiento, bajar su presencia al mínimo y esperar.

Paciencia. Esa era la primera lección. Podía llevar media hora, una hora… o más.

Qiao Qixi, con su mente humana, no carecía de paciencia. Su problema era otro: ¡le parecía que las belugas eran demasiado adorables para comérselas!

— Ah…

En eso estaba, admirando los suaves lomos blancos que saltaban cerca de la superficie. El sol se reflejaba en las gotas, formando pequeños arcoíris. Era… mágico.

El gran Odys, desde atrás, observaba con una expresión que parecía decir: — Así no vas a atrapar nada.

Suspiró. No había esperanza sin expectativa. De pronto, levantó una zarpa y la posó sobre la espalda del pequeño. Qiao Qixi dio un respingo.

— ¡Ya sé, ya sé! ¡Estoy cazando! — gruñó en su interior, nervioso. — Solo dame un segundo…

Sí, lo sabía. Había tardado demasiado. Pero era su primera vez, necesitaba prepararse mentalmente.

Lo siento, pequeña beluga —pensó. —Ahora sí, ¡prepárate!

Saltó.

Y falló.

La beluga desapareció en un destello blanco y él solo consiguió llenarse la boca de agua salada. Salió a la superficie tosiendo, con los ojos húmedos y una expresión de lo más patética. Por suerte, Odys no se burló. Se inclinó y le lamió la cabeza empapada, con ternura.

Qiao Qixi no lo sabía, pero la tasa de éxito de un cachorro cazando belugas por primera vez era prácticamente nula. Incluso Odys, en sus días jóvenes, había fracasado muchas veces antes de lograrlo.

El pequeño se sacudió el agua y regresó a su roca, decidido a intentarlo de nuevo.

Falló una, dos, tres… seis veces. En la sexta, una beluga incluso lo golpeó en la cintura, haciéndolo girar en el agua como un trompo. Salió a flote jadeando, con cara de tragedia.

Si los osos polares pudieran llorar, el nivel del mar habría subido unos centímetros.

—¡Uuuhhh! —sollozó.

Odys, al recibir aquel gemido de rendición, decidió que era suficiente. Saltó al mar, lo rodeó con sus poderosos brazos y lo llevó de vuelta a la orilla. Qiao Qixi, aunque avergonzado, comprendió el mensaje. La lección había terminado.

Se tumbó en la arena, fingiendo estar muerto, incapaz de soportar la mirada llena de compasión del adulto.

—Debo de parecer un desastre… Un oso inútil.

Pero Odys, lejos de mostrar decepción, lo atendió con paciencia: lo lamió cuidadosamente, lo secó y lo acurrucó, como si nada hubiera pasado. Esa gentileza solo reforzó la determinación del pequeño: debía mejorar. No podía decepcionarlo.

Decidió, pues, dejar la caza para otro día y repasar los errores cometidos. Era una estrategia sensata.

Cuando el sol hubo secado la mitad de su pelaje, Qiao Qixi se incorporó y, con una mirada firme, observó a Odys.

Tenía una idea. Quería… practicar el combate.

Sí, sí. Había que tener valor. Pero ya estaba decidido.

Retrocedió unos pasos para marcar el terreno, pensativo. 

—¿Debería atacarlo por sorpresa o avisarle antes? —se preguntó.

Sin experiencia ni consejos, optó por lo que creyó más correcto: lo miró fijamente unos segundos, intentando transmitirle con la mirada su desafío.

Luego, bajó el centro de gravedad, bufó dos veces y se lanzó hacia él.

Odys, que dormitaba al sol, abrió lentamente los ojos al verlo venir a toda velocidad.

Qiao Qixi no imaginó que su carrera de sesenta kilómetros por hora terminaría… ¡en los brazos abiertos del gran oso!

Odys lo atrapó con facilidad, sin moverse un milímetro.

—¿Qué clase de muro es este? —pensó el pequeño, estrellado contra un pecho firme como una roca.

La diferencia de fuerza era brutal. Qiao Qixi, frustrado, levantó las zarpas y golpeó el torso de su “rival”.

Nada. Ni un gesto de dolor.

El adulto solo lo miró desde arriba, con calma, ojos negros y tranquilos.

Qiao Qixi lo observó, jadeando. —¿Acaso ni cuenta se ha dado de que estoy peleando? ¿Cree que estoy jugando?

Entonces, con un gruñido decidido, lo mordió en el brazo. No con maldad, solo lo suficiente para que sintiera el pinchazo de sus pequeños colmillos.

Odys parpadeó. Su mirada se volvió profunda, con un atisbo de desconcierto.

Ah, claro —pensó Qiao Qixi — olvidé rugir.

—¡Aúúú! —gritó, levantándose sobre las patas traseras para parecer más temible.

Odys entrecerró los ojos. Y, de repente, rugió.

El sonido fue tan profundo y potente que hizo vibrar el aire y el corazón del pequeño. Qiao Qixi quedó paralizado, el pelaje erizado, las patas temblorosas. Aquel rugido no solo llenaba el espacio: le atravesaba el alma.

Cuando recuperó la conciencia, ya estaba sentado en el suelo, con las piernas flojas.

La dominación de un adulto sobre un cachorro era tan natural como incuestionable. Aunque su alma fuera humana, su cuerpo reaccionaba por instinto: miedo puro.

La vergüenza lo invadió. —¡Qué cobarde soy!

Luego suspiró. —Bueno… Odys es Odys. Es lógico que me asuste. Es el más fuerte.

Mientras seguía inmerso en sus pensamientos, una sombra lo cubrió. Levantó la vista: Odys lo observaba desde arriba, con ojos serenos, llenos de algo parecido a la preocupación.

Quizá no era un padre ejemplar. Ni siquiera tenía instinto paternal. Pero sabía más sobre cuidar y enseñar que muchos otros osos, machos o hembras. Otros tal vez nunca asustarían a propósito a un cachorro solo para después consolarlo.

Odys sí.

Tras verlo fracasar cazando, lo había ayudado a salir del agua. Y después, al querer practicar la lucha, lo había hecho temblar con un rugido… para terminar lamiéndole el pelaje con ternura y abrazarlo hasta que se durmiera, rendido y en paz.

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