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Sin Editar
—¿Oíste esa historia? Resulta que nuestra pequeña Santa era en realidad un apóstol del Señor.
—¿Qué? ¡Dios santo! Entonces, ¿qué significa eso? ¿Qué es exactamente ese tal ‘Apóstol’?
—Pues, que es una Santa enviada directamente por Dios.
—Pero… ¿no son todas las santas, en teoría, una gracia que Dios concede?
—Sí, pero esta es un poco diferente. Ahora dicen que pertenece oficialmente a la Orden de los Caballeros Sagrados.
—¡No sé bien qué sea, pero suena impresionante!
Los rumores corrían a toda velocidad.
La declaración de Sisley había causado un impacto tan grande que era natural que lo sucedido la noche anterior se propagara por la capital imperial en un abrir y cerrar de ojos.
Pero el hecho de que, justo después de terminar el concilio provisional, ya todos en la capital supieran sobre el ‘Apóstol’ se debía, en gran medida, a que el Departamento de Información se había adelantado. La idea era ganarse al pueblo antes de que surgiera la más mínima crítica.
Gracias a eso, el rumor llegó incluso a oídos de Romain, que caminaba por la calle Bertrand.
—¿Apóstol?
Estaba pensando en ello mientras se dirigía al punto de encuentro.
Seguramente algo había pasado en el Palacio Imperial la noche anterior, y lo más probable era que el señor Leo le contara los detalles, pero al llegar al almacén y encontrarse con él, Romain lo comprendió todo.
“…Esto no tiene remedio”.
Leo, con la mirada perdida y el rostro ligeramente sonrojado, observaba el vacío como si hubiera dejado la cabeza en otra parte y Romain no se equivocó en su corazonada.
—¿Apóstol? ¿Qué es eso?
—…
¿Cómo era posible que, después de andar por el palacio, no supiera de un tema que todo el mundo en la capital comentaba a gritos?
Romain negó con la cabeza.
Si el príncipe estaba así de embobado, nueve de cada diez veces se debía a alguna mujer. Al parecer la princesa le había gustado más de lo esperado. Además, daba la impresión de que las cosas marchaban bastante bien entre ellos.
—Por cierto, tengo buenas noticias, Romain. El príncipe Morres quiere verte.
—¿De verdad? Pensé que sería más precavido, qué sorpresa.
—¿Ah, sí? Pues no parece tener intención de ocultar en lo más mínimo que está vinculado a la Iglesia Oscura. Aceptó reunirse sin dudarlo. O tal vez mi porte le resultó bastante confiable.
Ignorando los desvaríos del príncipe, Romain se frotó el mentón bajo la media máscara.
¿Por qué?
¿Era solo su imaginación o algo le resultaba inquietante?
—Ahora que lo pienso, es curioso. ¿Por qué un príncipe en pleno uso de sus facultades se proclamaría miembro de la Iglesia Oscura? Y tú, Romain, ¿cómo es que sabes su secreto?
Romain lo miró fijamente por un instante y luego asintió.
“Bah, él era parte esencial del plan, así que podía contarle”.
—Señor Leo. Lo más probable es que ese no sea el verdadero príncipe Morres.
—¿Qué?
—Por alguna razón, el verdadero príncipe seguramente murió. En cualquier caso, quien ocupa ahora su cuerpo es un espíritu maligno introducido por la Iglesia Oscura.
—¿Qué tontería es esa? ¿Es una broma? —Leo, con la boca abierta, replicó incrédulo.
Pero en los ojos que se veían bajo la máscara de Romain no había ni rastro de humor.
—¿Recuerda que le mencioné que, al canalizar con una semilla defectuosa, tuve la oportunidad de ver su alma? Fue entonces cuando lo confirmé.
Lo que Romain había visto ese día era un alma sin forma definida, con un vínculo extremadamente débil con su cuerpo. Si no había recibido el bautismo del descanso, ningún ser vivo podía presentar tal aspecto.
—Si lo explicamos al modo de Granius, diríamos que su ‘bion’ es débil. El bion se forma poco a poco mediante la interacción entre cuerpo y alma. Y eso es prueba de que esa alma vino de fuera de forma repentina. Es una técnica muy usada por la Iglesia del Descanso.
Aun con toda la explicación, Leo parecía no entender del todo.
—¿Bion?
—…No me diga que no conoce la teoría trinitaria del alma, ¿señor Leo?
—Ah… ¿Tiene que ver con teología? —se rascó la cabeza incómodo—. Creo que tuve un maestro de teología… me da nostalgia el recuerdo. Pero hablaba tanto que lo apuñale por la espalda y ahora está enterrado en los jardines del palacio.
—…
—Lo que me sorprende es que Su Majestad, con lo temible que es, haya dejado que un espíritu maligno permanezca en palacio.
—Será porque le resulta útil.
En efecto, ese falso príncipe Morres había logrado impedir, en lugar de Emperador el plan de siembra de Romain y todavía le hervía la sangre al recordarlo.
—Pero sigue siendo su hijo.
—O, dicho de otra manera, que el Santo Emperador está tan acorralado que tenga que aprovechar incluso al espíritu maligno que ocupa el cuerpo de su propio hijo.
Una sonrisa segura se dibujó bajo la máscara.
—Leo, las grandes catástrofes siempre empiezan por fisuras pequeñas.
♦♦♦ ╬ ♦♦♦
La ceremonia litúrgica organizada por el Santo Emperador.
Frente al palacio ya se había reunido una multitud. Era uno de los pocos días en que el pueblo podía ver en persona al Emperador.
Por todas partes se veían personas con pequeños ramos de flores. Incluso pétalos de todos los colores flotaban en el aire. Estaba por comenzar el mayor festival de Delcross.
—El Día del Nacimiento es la única ocasión en que Su Majestad da su bendición directamente —explicó Masain.
Estaba atento al frente mientras protegía a Seong-jin.
Durante el día, el representante de Dios bendecía al pueblo de Delcross; por la noche, en el banquete, hacía lo mismo con invitados distinguidos de todo el continente.
“¿O sea que el cumpleañero no recibe felicitaciones, sino que él las da?, es un poco lamentable… De haberlo sabido, quizá le habría preparado, aunque sea un regalo sencillo”.
—[¿No crees que tu padre sería más feliz si simplemente causaras un poco menos de problemas?]
—“¡Cállate!”
Aunque le gritó así al Rey Demonio, Seong-jin no podía negar que tenía algo de razón.
El asunto de la pequeña Sisley, había empezado, en parte, por su propia mano.
Por eso asistía a esta ceremonia imprevista: quería asegurarse de que ella, que estaba en el centro de la polémica desde anoche, estuviera bien.
—En teoría, es un evento para el pueblo. No es obligatorio que Su Alteza asista.
Como dijo Masain, no había un palco especial preparado. Así que Seong-jin vestía ropa corriente y se mezclaba con la multitud. En cambio, la seguridad era formidable. Lord Masain y Dama María estaban a ambos lados y Sir Kurt detrás, formando una barrera perfecta. Se movilizó a los mejores caballeros residentes.
Aquí y allá, entre la gente, se distinguían otros invitados rodeados por guardaespaldas. No era el único que había decidido asistir en secreto.
—Va a empezar, Su Alteza. —La voz baja de Kurt coincidió con el sonido majestuoso de instrumentos de viento que llenaron la plaza.
Uno a uno, los cinco órdenes de caballeros sagrados comenzaron a formarse en línea. Sus uniformes ceremoniales y su sincronía eran un espectáculo.
Destacaban la Orden de caballeros de San Aurelio y el de San Bastián: uniformes blancos con emblemas rojos o azules que, a ambos lados de la puerta principal, creaban un contraste llamativo.
—¡Oh! ¡Allí está Logan!
Seong-jin sonrió al reconocerlo.
“Vaya, ese desgraciado. Sabe hacer girar la empuñadura de la espada con bastante estilo.”
Cuando finalmente terminó la exhibición militar que había entretenido al público durante un buen rato, los altos sacerdotes y el coro avanzaron para celebrar una breve misa.
—¡Es Sisley!
Seong-jin la vio de pie, con túnica sacerdotal y aire serio.
Pero su alegría se borró al notar al anciano de nariz aguileña junto a ella, observándola con cara de pocos amigos.
“¡Maldito viejo! Qué forma tan amistosa de verla”.
—El cardenal Benitus no es precisamente afable, pero tampoco es un hombre malvado. —Masain, que había captado su mirada, trató de tranquilizarlo—. Quizá al principio choque un poco con la princesa por el nombramiento repentino, pero es alguien que se rige por principios. En cuanto lo entienda, lo aceptará.
—Hmm, ¿sí?
Seong-jin lo miró de reojo, recordando que, cuando fue al palacio para la audiencia con el papa, notó algo extraño entre Masain y ese cardenal.
—Lord Masain, parece que lo conoces bastante bien.
Masain suspiró suavemente.
—Cómo no iba a conocerlo. El cardenal Benitus fue mi tutor en el pasado. Tal vez por eso, aunque hace mucho que alcancé la mayoría de edad, todavía conserva la costumbre de sermonearme cada vez que encuentra una oportunidad.
De hecho, la noche anterior lo había visto atrapado entre varios altos sacerdotes, incluido Benitus.
«Lord Masain, ¿en qué estaba pensando? ¡Renunciar al cargo de comandante de la guardia imperial para volverse jefe de seguridad de un palacio secundario! Usted es el heredero principal de la sagrada familia ¡Nunca debe olvidar ese hecho!»
Masain parecía recordar esos regaños con fastidio cuando Seong-jin soltó una risita.
—Ya lo entiendo. ¿Te está presionando para que te cases?
—¿Perdón?
La expresión de Masain se volvió extraña, pero Seong-jin lo miró con comprensión y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Lo sé perfectamente. ¿No son esos los sermones típicos de los viejos a esa edad?
Sabía que Masain estaba cerca de los treinta. A esa edad, las preguntas de rigor eran: ¿En qué trabajas?, ¿tienes pareja?, ¿cuándo te vas a casa? Y ¿Cuándo vas a tener hijos?
En su caso, seguro que el tema era el amor o el matrimonio.
—¡Ah!
—¡Ahí está Su Majestad!
En ese momento, las exclamaciones se propagaron por la multitud: el Santo Emperador apareció en el estrado. Aunque fuera un evento que ocurría una vez al año, no lucía muy diferente de lo habitual.
Simplemente llevaba las vestiduras ceremoniales ajustadas de manera impecable debido a la ocasión.
—…
Era algo extraño.
Apenas apareció, toda la atención del mundo pareció converger en él.
La multitud en silencio, pendiente de cada uno de sus gestos. La luz del sol cayendo directamente sobre su cabeza. Incluso la brisa parecía girar a su alrededor.
El Santo Emperador no dijo nada. Solo permaneció quieto, irradiando poder sagrado, pero el efecto fue abrumador.
Incluso Seong-jin, sin una pizca de poder divino, sintió la poderosa oleada que barrió la plaza.
De pronto, todos los ramos florecieron a la vez; incluso los pétalos marchitos en el suelo revivieron.
—Ahhh…
Los ciudadanos se emocionaron hasta las lágrimas. Los sacerdotes, mucho más sensibles, estaban aún más afectados.
Aquí y allá, clérigos extranjeros caían de rodillas, incapaces de contenerse.
—[En cierto modo, es como un hechizo de Encanto… pero más peligroso, porque nadie piensa en resistirse.] —Murmuró el Rey Demonio.
En cuanto el Santo Emperador desapareció tras el palacio, la plaza siguió vibrando de emoción. Seong-jin, mirando a los que lloraban de gratitud, pensó:
“¿Será porque yo no tengo poder divino? No puedo evitar sentir que esto parece una secta de fanáticos…”
—¿No es un espectáculo curioso?
No parecía que fuera solo Seong-jin quien lo sintiera así, pues el hombre que estaba a su lado continuó hablando.
—Como he pasado mucho tiempo viviendo en el extranjero por trabajo, a veces estas escenas de Delcross me resultan muy extrañas.
Por un momento, Seong-jin pensó que Ricardo estaba de pie allí. La elevada estatura del hombre y su porte relajado eran una copia exacta de él.
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que aquel hombre aparentaba ser un poco mayor que Riccardo. Antes de que Masain pudiera decir algo, el hombre hizo una leve reverencia.
No era excesivamente respetuoso, pero tampoco había nada que criticar en sus modales.
—Saludo a Su Alteza el Príncipe Morres.
—¿Quién eres?
—Así que es cierto el rumor de su pérdida de memoria. Soy Dominic Scarciapino. En varias ocasiones he tenido el honor de saludar a Su Alteza en reuniones sociales.
A través del saludo, brillaron unos ojos que tenían un matiz curiosamente frío.
—Le agradezco que se preocupara por la salud de mi hermana menor. Me he tomado la libertad de acercarme para transmitirle personalmente mi gratitud.
Tal como decía, Seong-jin había enviado, siguiendo el consejo de Amelia, una carta preguntando por el estado de Isabella. Pero, tratándose de la reina que dominaba la alta sociedad y que ahora estaba enferma, seguramente habían llegado decenas de cartas similares. ¿Y este hombre había leído todas y respondido personalmente?
Seong-jin lo miró entornando los ojos.
—Es natural que me preocupe. Isabella es mi prometida. Por cierto, ¿cómo se encuentra? ¿Ha mejorado?
Era incómodo preguntar aquello, ya que él había estado presente cuando la golpearon en la cabeza, pero no dejaba de ser mejor que preguntarle directamente por el estado del propio Ricardo, al que él mismo había apaleado.
Entonces Dominic lo observó en silencio, como si lo estuviera evaluando.
“¿Este tipo sospechó algo?”
—Gracias a la preocupación de Su Alteza, seguramente se recuperará pronto.
En el rostro del hombre que respondió apenas se podía percibir cambio alguno en sus emociones. No era la expresión controlada de un empresario experimentado, sino más bien la sequedad de alguien que, por naturaleza, parecía carecer de emociones.
“Sin duda, no es un hombre fácil…”
Seong-jin sintió una incomodidad difícil de explicar. Y esa sensación desagradable se intensificó cuando aquel sujeto presentó a la mujer que estaba a su lado como su prometida.
—Esta es mi prometida, Olivier.
Una mujer de bonito aspecto y expresión alegre levantó ligeramente la falda de su vestido a modo de saludo.
En ese instante, Seong-jin quedó estupefacto por dentro.
“¡Pero si esta mujer es una asesina! ¿Quién demonios es este tipo?”