Con todo, aquella cena no terminó de ser tranquila.
El teléfono de Xin Jian no dejó de sonar hasta el punto de que Fu Zhi se burlaba de él mientras mordía un trozo de cordero. Al principio contestó un par de llamadas, pero luego directamente las iba cortando.
Sin embargo, a la última no se atrevió a ignorarla.
Era la llamada del jefe de sección.
Al otro lado, la orden fue clara y concisa:
—¿Dónde estás ahora mismo? Vuelve inmediatamente.
Xin Jian frunció el ceño:
—Jefe, estoy cenando fuera.
—Aunque estés en la ducha, vístete y vuelve ahora mismo—. El viejo jefe no tenía paciencia.
—Fu Zhi está conmigo.
—… ¡Que vuelva él también!
Así que Fu Zhi, que no había llegado ni a medio llenarse, se levantó de mal humor mientras lo arrastraban, y al salir cogió un puñado de ajos encurtidos.
Cuando llegaron a la fiscalía, ya casi no quedaba nadie. Abrieron la puerta del despacho del jefe y se quedaron paralizados al ver a la persona que había dentro.
—Fiscal jefe Chen.
Hasta Fu Zhi, que solía ser tan despreocupado, se puso serio y enderezó la espalda sin pensarlo.
El hombre de mediana edad que estaba en el sofá sonrió y movió la mano con desdén:
—Ya no soy fiscal jefe, ya me he jubilado. Llámame viejo Chen.
Eso decía, pero nadie se atrevía a tutearlo…
Chen Rui era el antiguo fiscal jefe de la fiscalía, jubilado hacía apenas dos años. Entre los fiscales generales, su nombre era de sobra conocido; había dedicado toda su vida a esta profesión y sus méritos eran innumerables. No era ninguna exageración decir que muchos de los nuevos en la fiscalía lo consideraban una leyenda.
El jefe de sección les hizo un gesto:
—Pueden sentarse primero—. Luego se volvió hacia Chen Rui. —¡Ojalá estos jóvenes me mostraran a mí la misma reverencia!
Y no era para menos: Xin Jian nunca había sabido lo que era obedecer, y Fu Zhi, aunque por delante asentía a todo, en cuanto se daba la vuelta hacía lo que le venía en gana.
Fu Zhi esbozó una sonrisa vaga y no dijo nada.
En esos momentos, mejor callar que equivocarse.
Chen Rui negó con la cabeza y sonrió con aire comprensivo:
—No es asunto de viejos como nosotros andar tan encima de los jóvenes. Está bien que tengan sus propias ideas.
Los dos se deslizaron hacia un lado y se sentaron. Fu Zhi, al ver que el vaso de Chen Rui estaba vacío, se lo llenó de nuevo. Chen Rui observó a Xin Jian largo rato con una mirada inquisitiva, entre evaluadora y reflexiva, y al cabo de un rato asintió:
—No está mal, muchacho, tienes buena pinta.
Fu Zhi se giró para mirar a Xin Jian con una expresión de alegría maliciosa.
Ya se sabía: cuando alguien con poder empieza a soltar halagos sin motivo, lo que viene detrás no es nada bueno.
Efectivamente, al segundo siguiente, Chen Rui le tendió a Xin Jian un montón de expedientes de la mesa:
—Vamos, echa un vistazo a este caso.
Xin Jian lo cogió, lo leyó con atención y su ceño se fue frunciendo cada vez más. Fu Zhi, a su lado, observaba sin mostrar curiosidad. Hasta que Xin Jian dejó los papeles sobre la mesa, Chen Rui rompió el silencio:
—¿Qué te parece? ¿Se puede acusar?
Pasó un buen rato sin que nadie respondiera.
Xin Jian miró al viejo jefe de sección y luego volvió la vista hacia Chen Rui. Tras pensarlo mucho, dio una respuesta medida:
—Es muy complicado.
—¡Pero se puede!—. Los ojos de Chen Rui brillaron con admiración.
Ante esto, el jefe de sección mostró una mezcla de preocupación y orgullo al asentir. Fu Zhi, por su parte, bajó la mirada y no dijo nada.
Xin Jian asintió:
—Se puede acusar.
Lo dijo con una firmeza que no dejaba lugar a dudas.
—¡Bien! El caso es tuyo.
Por un instante, Fu Zhi creyó ver en los ojos de Chen Rui un destello de alivio. La situación era extraña; analizó el panorama y decidió que lo más seguro era seguir haciendose el mudo.
Pero aunque él quisiera esconderse, había quien no lo dejaría tranquilo.
Xin Jian cogió el expediente y lo repasó de nuevo, añadiendo con desgana:
—Aunque, solo, va a ser difícil llevar este caso.
Fu Zhi tuvo un mal presentimiento.
Levantó la vista y miró a Xin Jian, que no alzó la cabeza. Desvió la mirada y se encontró con la expresión reflexiva del jefe de sección. Su corazón dio un vuelco.
Efectivamente, al momento siguiente, el viejo jefe habló con un tono que no admitía réplica:
—Te asigno a Fu Zhi. Que lleve el caso contigo.
—¡Ay, Dios mío!
Fu Zhi maldijo para sus adentros, incrédulo.
¡Vaya tela! ¡Ni siquiera había hecho nada y ya le había caído el marrón!
Así que al día siguiente, Fu Zhi tuvo que presentarse con cara de vergüenza ante la hermana Wang para explicarle la situación. Los dos interrogatorios que le correspondían tendría que hacerlos ella misma. La hermana Wang no puso objeción, pero cuando supo que lo destinaban para ayudar a Xin Jian, esbozó una sonrisa un tanto ambigua.
El lío que les había endosado Chen Rui era incluso más grave de lo que Fu Zhi había imaginado al principio.
Echó un vistazo al expediente y suspiró con desánimo:
—¿Cómo se va a acusar sin pruebas?
Xin Jian estaba sentado en el sofá, bebiendo café, con la mirada perdida en los cables de la ventana, distraído.
—Hay testigos.
Ante sus palabras, Fu Zhi soltó una risa burlona y no dijo nada más.
—¿Acusar de asesinato basándose únicamente en testigos?
Sin duda, alguien en esta habitación estaba fantaseando.
En un tribunal, las pruebas materiales pesan mucho más que las declaraciones. Condenar por asesinato en una situación tan desfavorable…
Fu Zhi dejó el expediente y miró a Xin Jian.
Durante un rato, nadie habló en la sala.
El silencio se alargó tanto que Fu Zhi empezó a sentir sueño de nuevo. Se movió para buscar una postura más cómoda, pero Xin Jian se dio cuenta y lo interrumpió a tiempo:
—No te duermas.
A veces, Xin Jian sospechaba que Fu Zhi había muerto de sueño en su vida anterior.
Y en esta, parecía haber reencarnado con la urgencia de compensar el tiempo perdido, durmiendo sin saciarse nunca.
Espabilado por el reclamo, Fu Zhi se desperezó un poco y se frotó la nuca tiesa:
—Bueno, dime, ¿qué piensas hacer?
Los dos sentados allí mirándose sin decir nada no iba a mejorar la situación.
Ya que Xin Jian le había dado su palabra a Chen Rui, tendría que dar la cara.
Xin Jian no respondió directamente a su pregunta; se limitó a posar la mirada en los expedientes de la mesa. Tras observarlos un buen rato, preguntó con aparente indiferencia:
—Dime, ¿por qué crees que el fiscal jefe Chen me ha encargado este caso?
Aunque era algo complicado, no parecía el tipo de caso que solía interesar a Chen Rui.
No había ninguna figura especialmente sensible involucrada, y tras revisarlo, tampoco parecía haber un trasfondo digno de explorar.
Un fiscal general jubilado llevaba personalmente el caso hasta su puerta, lo hacía volver a altas horas de la noche y evitaba a los demás… Desde luego, merecía la pena reflexionar sobre sus intenciones.
Fu Zhi alzó una ceja y también miró el expediente.
Al cabo de un rato, dijo con desgana:
—Desde luego, no será por un arrebato de justicia.
Lo dijo con sorna, pero no le faltaba razón.
Con los años en este oficio, uno aprende que hay demasiadas injusticias en el mundo y que no se pueden arreglar todas. Se dice que los policías necesitan un fuerte sentido de la justicia, pero con el tiempo se descubre que, paradójicamente, los fiscales son los que menos necesitan eso.
Debes mantener una objetividad absoluta para poder tomar decisiones; incluso al redactar el informe final, no puedes usar palabras con carga emocional, y en los interrogatorios está prohibido guiar al declarante con juicios subjetivos.
Así es la vida real.
Difícil, rigurosa, monótona, y con un punto de satisfacción y logro personal que solo quien la vive puede entender.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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