—Dígame, Majestad —insistió Shen Yu sin rendirse.
—Noble Consorte, ocupe sus propios asuntos —respondió Shang Junlin con tono visiblemente molesto—. En lo que no debe…
—Ya lo entiendo —aceptó Shen Yu dócilmente, dando por terminada la conversación.
El ambiente se sumió en el silencio. Shang Junlin no sabía por qué Shen Yu no había continuado, ni tampoco por qué, siendo eso lo que quería, ahora se sentía aún peor.
Incluso en invierno, los paisajes del palacio no resultaban desolados; al contrario, tenían un encanto especial. Las flores resistentes al frío enviadas por los reinos del sur crecían a sus anchas. No lejos de allí, los ciruelos rojos florecían espléndidos. Con el adorno de los distintos colores, el invierno se volvía diferente.
Ambos caminaban en silencio. Shen Yu contemplaba los paisajes a su alrededor. Debido a su salud, la mayor parte del invierno tenía que pasarla encerrado; con el menor soplo de viento, quedaba postrado diez o quince días. Ese invierno, de no ser por Gu Chong cuidando su salud, no podría andar tan despreocupado al aire libre.
La noche anterior había nevado ligeramente; en los lugares donde nadie había pisado, se extendía una fina capa blanca. Shen Yu caminaba absorto en el paisaje, sin advertir que el hombre a su lado no dejaba de mirarlo.
—No hablo porque soy el emperador —dijo Shang Junlin con voz indiferente—. Lo que hago no necesita explicaciones.
Ante aquella voz fría, Shen Yu se detuvo un instante y cayó en la cuenta: parecía que Su Majestad estaba respondiendo a su pregunta anterior.
Shen Yu se paró, se giró hacia Shang Junlin y dijo:
—Pero si Su Majestad no lo dice, ellos lo malinterpretarán aún más, tergiversarán su verdadero propósito.
—Parece que mi noble consorte se preocupa mucho por la reputación de este emperador —dijo Shang Junlin, como si simplemente estuviera exponiendo un hecho.
—Ahora mismo Su Majestad y yo somos una sola entidad. Usted es mi esposo; preocuparme por la reputación de mi propio marido, ¿acaso no es lo más normal del mundo?
—¿Eso es todo lo que piensas? —Shang Junlin observó a Shen Yu con una expresión inescrutable.
Shen Yu era especialmente sensible al frío; cada vez que salía debía envolverse en gruesas capas de ropa. Sin embargo, pese a lo mucho que llevaba encima, su figura esbelta no parecía voluminosa en absoluto, ni lograba ocultar aquella aura cristalina y refinada que lo rodeaba. Su mirada era clara y su expresión abierta, como si cada palabra que pronunciaba naciera de la más absoluta sinceridad.
—¿Y qué más cree Su Majestad que podría estar pensando? —Shen Yu inclinó la cabeza—. Aunque… bueno, también puede interpretarlo como que simplemente no soporto sus acciones y no quiero que lo tengan tan fácil incluso después de muertos.
La mirada de Shen Yu se oscureció ligeramente. En su vida anterior, el príncipe Yue y los suyos habían acumulado innumerables conspiraciones, una tras otra, hasta hacerse con ese puesto. La verdad era que a Shen Yu no le importaba demasiado quién terminara sentado en el trono; pero mientras él siguiera vivo, el príncipe Yue jamás conseguiría cumplir sus deseos como en la vida pasada.
Habían permanecido demasiado tiempo afuera y el rostro de Shen Yu estaba rojo por el frío. Shang Junlin alzó la mano y le rozó suavemente la mejilla.
—Este emperador ha comprendido los sentimientos de mi noble consorte.
Shen Yu: ¿?
No, espera… ¿Qué sentimientos se suponía que había entendido?
—No hace falta que te avergüences. Hace tiempo que conozco tus sentimientos hacia mí… —Al darse cuenta de pronto de que aquello provenía de los informes secretos recopilados por la Guardia del Dragón Oculto, Shang Junlin cambió de tema—. En este asunto, haré lo que deseas.
Incluso después de regresar al Palacio Yuzhang, Shen Yu seguía sin entender qué ocurría exactamente con la actitud de Shang Junlin. Y precisamente por culpa de aquello, olvidó preguntarle sobre el regreso de los príncipes feudales a la capital.
—Olvídalo, ya preguntaré la próxima vez —murmuró.
—Noble consorte, este es el protocolo revisado del banquete palaciego. Por favor, échele un vistazo.
Shen Yu lo tomó y lo revisó cuidadosamente antes de decir:
—Transmitan la orden. Que todo se prepare según lo indicado aquí.
—Sí.
Después de que los sirvientes se retiraran, Shen Yu permaneció junto a la ventana, contemplando la distancia.
El Palacio Yuzhang no estaba lejos de las dependencias imperiales. Quién sabía qué había pensado el diseñador original de aquel lugar, pero desde donde Shen Yu se encontraba ahora podía verse justo una esquina del dormitorio del emperador. No era posible distinguir figuras concretas, aunque bastaba para aliviar la nostalgia contemplando aquello.
Tras permanecer un rato de pie, el frío empezó a calarle y regresó lentamente a la mesa para sentarse.
En su vida anterior, Shen Qingran no había recibido el título de noble consorte ni había asistido al banquete palaciego. El propio Shen Yu tampoco tuvo oportunidad de participar, así que desconocía por completo lo que sucedería durante el evento.
Los preparativos del banquete eran complejos y tediosos, pero, por suerte, Shen Yu tenía experiencia previa en asuntos similares y, además, contaba con veteranos familiarizados con el protocolo a su lado. Manejar todo aquello le resultó bastante sencillo.
A medida que se acercaba el cumpleaños del emperador, las revelaciones hechas públicas por Fang Jun se volvían cada vez más estremecedoras. Esta vez, con autorización imperial, la información ya no se ocultaba deliberadamente, y tanto el pueblo como los funcionarios recibían las noticias prácticamente al mismo tiempo.
Al igual que los ministros cuando la recibieron, la reacción inicial de todos fue de incredulidad. El censor Zhang había sabido cultivar su reputación; la gente de la capital tenía una buena impresión de él. Al enterarse de repente de que en secreto había cometido todas esas fechorías, no querían creerlo.
Pero las pruebas presentadas por el tribunal eran demasiado contundentes. Ante una realidad tan escalofriante, no les quedó más remedio que creer.
—Entonces, ¿el censor Zhang fue encarcelado no por ofender al emperador, sino porque sus crímenes eran imperdonables?
—Pero… si es así, ¿por qué no hicieron públicos sus crímenes desde el principio?
—Habrá sido por algo. Pensadlo bien: después de encarcelarlo, ¿no atraparon a varios de sus cómplices?
—Cierto. Gracias a que nuestro emperador es sabio y valiente, supo prever que alguien intentaría asaltar la prisión y tendió una red para atraparlos a todos.
Entre la multitud que hablaba, varios que llevaban la conversación hacia una dirección determinada se miraron y se alejaron discretamente.
Eran personas enviadas por orden de Shen Yu.
Shen Yu, aunque dentro del palacio, gozaba de bastante libertad. Tenía una red secreta a su servicio; no tan grande como en su vida anterior, pero suficiente para manejar pequeños asuntos en la capital.
—Joven maestro —dijo Mu Xi en voz baja, llenando de té la taza de Shen Yu—, lo que ordenó se ha cumplido.
—¿Cómo están las cosas fuera? —preguntó Shen Yu, dando un pequeño sorbo.
—Todo sigue igual, solo que… —MuXi hizo una pausa, con expresión extraña—. El segundo joven se ha roto una pierna, y no sé por qué ha enfadado al marqués, que lo ha castigado encerrándolo en su habitación.
Shen Yu pensó de repente en aquel día en que Shang Junlin le había preguntado si quería que le tomara satisfacción. Intuyó que lo de Shen Qingran debía estar relacionado con él. Pero, ¿un emperador se iba a molestar en vengarse por una tontería así?
Shen Yu sintió una emoción compleja que no sabía cómo expresar. Dejó la taza y preguntó:
—¿Se sabe cómo se rompió la pierna?
Mu Xi negó con la cabeza:
—Los nuestros no han podido averiguarlo; les ordenaré que lo investiguen a fondo.
—No hace falta —dijo Shen Yu, acariciando el borde de la taza. Si realmente Shang Junlin había intervenido, por mucho que investigara, no necesariamente averiguaría nada.
—Mmm… Dime —preguntó—, si soy su hermano mayor, al saber que se ha roto la pierna, ¿no debería mandar a alguien a interesarme por él?
—Si el joven maestro envía a alguien —respondió Mu Xi, con un brillo de picardía en los ojos—, el marqués y el segundo joven seguramente se alegrarán.
Mu Xi pensaba: el marqués de Zhenbei sin duda se alegraría de que Shen Yu enviara a alguien a la mansión. En cuanto al segundo joven, quisiera o no, tendría que aparentarlo. Cuando estaba en la mansión, amparándose en el favor de su madre, el segundo joven no había parado de molestar a su señor: hasta las asignaciones legítimas de este se las arrebataba. Mu Xi tenía bien guardadas esas cuentas.
—Bien, ocúpate tú de los detalles —dijo Shen Yu.
No quería que el marqués de Zhenbei olvidara que tenía un hijo legítimo al que había enviado al harén. Shen Yu no iba a permitirse que, después de su partida, el marqués, la dama Ru y su hijo hicieran como una familia feliz.
—Sí—. En la mente de Mu Xi pasaron innumerables formas de hacer pasar un mal trago a la gente de la mansión, pero las fue descartando. Tenía que encontrar una manera que incomodara a la mansión pero que no pudiera ser reprochada por los demás.
—¿Por qué no ha venido hoy el médico imperial Gu? —preguntó de repente Shen Yu, al recordar que hacía unos días que no lo veía.
—Hace unos días pidió permiso —explicó Mu Xi mientras traía la medicina ya atemperada—. Dijo que algo relacionado con sus hijos le requería y que debía atenderlo. Antes de irse, dejó preparados los ingredientes que suele necesitar el joven maestro, y también un objeto a modo de sello; dijo que si se le necesitaba, se le podía buscar en cualquier momento.
—¿Cómo…? —Shen Yu recordó que, días atrás, había dado permiso a Mu Xi para que descansara, después de que Shang Junlin la asustara. El médico Gu no volvió al Palacio Yuzhang después de eso, seguramente por algo ocurrido en ese tiempo.
Las palabras de Mu Xi confirmaron sus sospechas.
—Fue culpa mía —dijo Mu Xi—. Quería contárselo a usted, pero… —pero en los últimos días, siempre que el emperador tenía un rato libre, venía al Palacio Yuzhang. Temiendo que sucediera como la última vez, no había encontrado la oportunidad de hablar con Shen Yu.
—No importa —dijo Shen Yu—. ¿Dijo Gu Chong dónde podría encontrarlo?
—En una farmacia de la calle del Oeste de la capital.
Todo lo que Shen Yu sabía del médico imperial Gu provenía de aquella persona de su vida anterior. Ni siquiera conocía la fecha exacta en que Gu había sido encarcelado. Si preguntaba a Mu Xi, era porque le preocupaba que, sin que él se enterara, Gu Chong pudiera sufrir lo mismo de antes.
Lo que Shen Yu ignoraba era que, en ese momento, el médico imperial Gu también sentía miedo.
En un tranquilo patio apartado, un joven vestido con ropas negras y ceñido entrenaba con la espada. Otro joven, con una sencilla túnica azul, lo miraba con ternura, sintiéndose profundamente agradecido por su suerte.
—¡Hermano! —Al ver al médico Gu, el joven guardó la espada y corrió hacia él.
El médico Gu le acarició el cabello húmedo de sudor:
—Mañana debo regresar a palacio a trabajar. Quédate tranquilo en casa y no causes problemas.
—¿Otra vez a cuidar de ese Noble Consorte? —el joven torció el gesto.
—No seas irrespetuoso —respondió el médico Gu—. El Noble Consorte es un benefactor para mí; tú también debes respetarlo mucho.
Sabiendo lo terco que era el muchacho, le contó lo sucedido en esos días.
—No sabía que te encontraste en un peligro así —dijo el joven, asustado y abrazando la cintura del médico Gu con voz apagada—. Desde ahora, el Noble Consorte Shen es también mi benefactor.
Pero donde el médico Gu no podía ver, los ojos de Gu Huai se tornaron sombríos.
Al mediodía, los cocineros del palacio hicieron unos nuevos dulces: unos pastelitos blancos adornados con flores de ciruelo, de aroma fresco y dulzor suave, nada empalagosos. Shen Yu no pudo resistirse y comió demasiado; se sintió pesado y salió a pasear para hacer la digestión.
Shang Junlin llegó justo cuando Shen Yu estaba perezosamente apoyado en un lugar. Se acercó y lo rodeó con el brazo. Shen Yu se recostó en él, dejándose sostener mientras caminaba.
—Si estás cansado, entra a descansar —dijo Shang Junlin.
Shen Yu negó con la cabeza:
—Estoy haciendo la digestión, me he empachado un poco.
—Pensé que era otra cosa —Shang Junlin sonrió ligeramente—. ¿Cómo es que te empachaste?
—Todo por culpa del nuevo cocinero que me envió Su Majestad —fingió quejarse Shen Yu—. Sus dulces están demasiado buenos.
—¿Quieres que lo traslade? —Shang Junlin bajó la cabeza, acercándose.
—No, lo que me dan es mío… —Shen Yu volvió la cabeza con rapidez, pero su voz se cortó de repente.
—Sus labios habían rozado justo la afilada línea de la mandíbula de Shang Junlin.
Ambos se quedaron atónitos.
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