En un pasillo a oscuras.
Frente a una puerta excesivamente adornada con oro.
Un hombre de mediana edad vestido con un frac negro, Harrison, tragó saliva mientras sostenía una bandeja de plata.
«Lo llamo y no responde. Tampoco se oye el menor ruido… Entonces… ¿Por fin ha salido todo según el plan?»
Si las cosas iban a terminar así, quizá ni siquiera había sido necesario traer otra copa.
Harrison alternó la mirada entre el vino tinto que descansaba sobre la bandeja y la puerta, antes de curvar lentamente las comisuras de sus labios.
Ah… Cuánto tiempo había esperado aquel momento.
«Dicen que hasta los orcos consideran hermoso a su propio hijo. Quién habría imaginado que ese maldito Bennon Blake, tan despiadado como era, acabaría perdiendo la vida por culpa de su inútil hijo.»
Je, je, je…
Su mente retrocedió exactamente tres días.
Al día en que el descarriado Ian Blake envenenó a su propio padre.
Recordó al cerdo patético que ocupaba el despacho de la mansión, esforzándose torpemente por apoyar ambos pies sobre el escritorio.
Solo con recordar aquella escena negó lentamente con la cabeza.
Bastó con rascarle un poco el trasero para que reaccionara como un toro al que le hubieran prendido fuego en la cola.
Al recordar aquella ridícula risa nasal, Harrison también sonrió.
«Maldito bastardo. Basura de hijo. El peor de los desgraciados… Aunque, para mí, un desgraciado muy valioso. Je, je…»
Gracias a él, podría marcharse con una generosa indemnización.
«Solo de pensar en los años que pasé sirviendo a ese demonio… Tsk. Me cobraré hasta el último diente que me hizo rechinar, Bennon Blake. Si quieres culpar a alguien, culpa a ese hijo inútil al que tanto consentías.»
Conteniendo la risa, Harrison apoyó la mano sobre el picaporte dorado.
Con Bennon Blake muerto… Aquella mansión se había convertido prácticamente en una tierra sin ley.
Era imposible prever qué clase de incidente podía ocurrir en cualquier momento.
Al fin y al cabo, solo con mencionar el apellido Blake, ya había más enemigos de los que uno podría contar usando todos los dedos de las manos y los pies.
Lo que significaba una sola cosa.
Permanecer demasiado tiempo allí era prácticamente un suicidio.
«Así que tomaré todo lo que pueda y desapareceré. Aunque… Qué desperdicio sería dejar escapar a esa mujer. Tiene una belleza capaz de arruinar a toda una familia… No. Pensándolo bien, hasta podría arruinarme a mí. Si la saco al mercado negro, seguro que saco una buena fortuna…»
Chasqueó la lengua con pesar.
En ese instante, sucedió algo completamente inesperado.
Clac.
—¡Guh! … Ah, me has dado un susto.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Y, de entre la rendija…
Asomó una enorme cabeza.
Ni siquiera hacía falta preguntar de quién se trataba. Aquella papada bamboleante lo identificaba por sí sola.
—¡Ejem!
Sobresaltado, Harrison estuvo a punto de dejar caer la bandeja de plata y recuperó apresuradamente la compostura.
—¡S-señor Ian!
—…No estoy sordo.
—L-lo siento. Será que con la edad me he vuelto demasiado asustadizo. Ja… ja…
—Mmm… ¿Sí?
—….
Ian Blake dejó de hablar.
Simplemente se quedó observándolo fijamente.
En ese instante, un escalofrío recorrió la espalda de Harrison. Era como si alguien lo hubiera desnudado a la fuerza.
«¿Q-qué…? ¿Por qué me mira así este imbécil?»
¿Lo había descubierto?
«No… No puede ser. Es imposible. Un idiota cuya inteligencia no supera ni la de medio orco no podría darse cuenta. Seguro que, como siempre, solo está pensando en pedir comida para la noche.»
No había motivo para preocuparse.
Después de tranquilizarse a la fuerza, Harrison dibujó una sonrisa.
—¿Tengo algo en la cara?
—Sí.
Codicia.
—¿Perdón?
—Nada. Olvídalo. ¿Qué querías?
—Ah… —Rápidamente adelantó la bandeja—. Ha llegado un vino excelente y pensé inmediatamente en usted, señor Ian. Ja, ja.
—¿Un buen vino…? ¿A estas horas de la noche?
—Eso es que…
Los ojos de Harrison comenzaron a temblar. Sin cambiar su expresión indiferente, Ian continuó.
—Además… solo vino.
—E-eso…
—No sé si te falta sentido común o directamente cerebro.
—¿Eh?
—Vaya. También estás medio sordo. Bah, da igual. Dámelo. Ya me lo beberé.
—A-ah…
Mientras Harrison seguía dudando, Ian ya le había quitado la bandeja de las manos.
«Esto… Esto no era lo que debía pasar…»
La confusión apareció claramente en el rostro del mayordomo.
Sin prestarle atención, Ian comenzó a cerrar la puerta.
—¡E-espere! ¡Señor Ian!
No podía dejar que aquello terminara así.
Sujetó la puerta antes de que se cerrara y elevó la voz.
—Ya te dije que no estoy sordo.
—P-perdón. Es solo que… como es un vino muy valioso… me gustaría servírselo personalmente…
Ian permaneció en silencio observándolo. Después dejó escapar una pequeña risa burlona.
Por un instante a Harrison le pareció oír un murmullo.
“Con razón decía que eras un mediocre…”
—Mmm… ¿Qué hago ahora?
Ian hizo una expresión pensativa mientras la gruesa papada se balanceaba ligeramente.
Cada pequeño cambio en su expresión hacía que el rostro de Harrison también cambiara.
Era evidente que no quería dejar escapar aquella oportunidad bajo ningún concepto.
En ese instante comprendió una vez más que siempre hay alguien que está un nivel por encima.
—Bueno… Supongo que no importa. Estoy bastante ocupado, pero quizá contigo sí pueda.
—¿A qué se refiere…? ¡Ah!
Entre la puerta entreabierta podía verse la enorme cama adornada con oro.
Y sobre ella… una mujer completamente desnuda yacía tendida.
A simple vista era evidente que estaba gravemente herida.
—…Je. ¿Qué pasa? ¿No vas a entrar?
—E-eso… Yo… Bueno…
Glup.
El sonido de su saliva al bajar por la garganta resonó en el silencioso pasillo.
¿Por qué razón, precisamente ahora, le había venido Bennon Blake a la cabeza?
Ian siempre había intentado imitar a Bennon debido al complejo de inferioridad que sentía hacia él. Pero, hasta ese momento, no había sido más que un perro intentando hacerse pasar por un león.
«¡¡Pero qué demonios es esto ahora!!»
Aquellos ojos teñidos de locura. La comisura de los labios torcida hacia arriba.
No quedaba ni rastro del cerdo estúpido que todos conocían. Era como si, de la noche a la mañana… Se hubiera convertido en otra persona.
Quizá por eso, todo en él le resultaba aterrador.
Tanto que ni siquiera se había dado cuenta de que sus piernas llevaban un buen rato temblando.
—Si solo quieres mirar, también puedes hacerlo.
—¿Q-qué… qué quiere decir?
—…Lo sabes perfectamente.
—¡N-no, en absoluto! —La reacción exagerada de Harrison hizo que Ian soltara una risa seca.
—¿Qué es lo que no?
—B-bueno… Ahora que lo pienso… ¡Todavía tengo trabajo pendiente!
—¿Ah, sí? Entonces eres todavía más inútil de lo que imaginaba.
—¡L-lo siento!
—¿Y por qué haces cosas por las que luego tienes que disculparte?
—E-es que yo…
Ya ni siquiera era capaz de responder con coherencia. Probablemente ni él mismo sabía qué estaba diciendo. Su mente estaba completamente hecha un caos.
—Tsk. En ese caso no se puede hacer nada. Si estás ocupado, puedes irte.
—¡M-muchas gracias!
En cuanto recibió permiso, Harrison dobló la cintura casi noventa grados. Hizo una reverencia tan profunda que parecía que fuera a romperse la espalda y, temiendo que lo detuvieran de nuevo, abandonó el lugar prácticamente huyendo.
—…
Ian observó su figura alejarse.
Después cerró lentamente la puerta. Con ello, todo el alboroto desapareció como si jamás hubiera existido.
El oscuro pasillo volvió a quedar sumido en un silencio absoluto.
╬ ▪ ╬ ▪ ╬
—…Maldito bastardo. Pero sí que tiene suerte para seguir vivo.
Una vez comprobé que Harrison realmente se había marchado, devolví al lugar donde estaba el pesado candelabro de plata que había escondido detrás de mi espalda.
Si hubiera aceptado entrar para “participar”, mi intención era despedirlo de este mundo allí mismo.
En cualquier caso, parecía que hoy no iba a ser el día de su funeral.
«Aunque, viendo cómo actúa, tampoco creo que le quede demasiado tiempo de vida. Ojalá todo esto sirva para que desaparezca discretamente.»
Mmm…
«Aunque una suerte así sería pedir demasiado.»
Observé cómo me temblaba ligeramente la mano con la que acababa de dejar el candelabro.
No era tan blando como para perdonar a alguien que amenazaba mi vida.
Pero, aun así, adaptarme de golpe a la idea de herir o matar a otra persona no era precisamente fácil.
«Por eso mismo rezaba para que no entrara. Hacer daño a alguien… matar a alguien… nunca es algo sencillo.»
Suspiré una vez más. Dejé sobre la mesita junto a la cama la bandeja de plata que Harrison había traído.
«Qué imbécil era este tipo…»
Allí había otra bandeja exactamente igual. La única diferencia era que una de las copas de vino estaba completamente vacía.
«Maldito idiota. Se la bebió encantado… y palmó. Hasta un niño de tres años habría sido más listo que este desgraciado. De verdad que era un inútil sin remedio.»
Todo indicaba que el anterior dueño de este cuerpo había muerto después de beber aquel vino.
Y yo… Había terminado ocupando su lugar.
La situación era ridícula desde cualquier punto de vista. Pero lo más preocupante era otra cosa.
«Seguro que esos rasgos de Harrison…»
[Conspiración para envenenar]
[Plan de huida]
Entre todos los rasgos que había visto en él… Esos dos eran los más llamativos. Y, por sí solos, ya explicaban bastante bien la situación actual.
Mi contexto.
Y lo desesperanzador que pintaba el futuro.
«Vaya sitio al que me enviaste, viejo hippie. Si ibas a darme una habilidad, podrías haberme concedido la de un Santo de la Espada en vez de una habilidad para leer emociones. Así podría cortar a todo el mundo y largarme a vivir a algún rincón perdido.»
Si hubiera tenido una habilidad así, no estaría rompiéndome la cabeza de esta manera.
Dicen que cuando el cuerpo falla, le toca sufrir al cerebro y justo ahora… Yo era el ejemplo perfecto.
—Haah… Me duele la cabeza.
Una oleada de mareo me golpeó de repente. Me dejé caer pesadamente sobre una silla.
Creeec…
La silla dejó escapar un chirrido de protesta.
«Maldito cuerpo…»
Solo deshacerme de toda esta grasa me llevaría, como mínimo, varios meses. Y el problema era…
«Como si fueran a dejarme vivir esos meses.»
Si seguía así… Enhorabuena.
Con un cien por cien de probabilidades acabaría convertido en carne de matadero.
A pesar de tener un final tan evidente delante de los ojos, no encontraba ni una sola carta capaz de darle la vuelta a la situación.
—Mmmm… Aun así, no creo que aquel abuelo me enviara aquí sin dejarme ninguna posibilidad de sobrevivir.
Siempre que no asumiera el peor escenario posible… No podía evitar pensar que habría dejado, aunque fuera, un pequeño agujero por el que escapar.
Entonces…
A ver.
¿Y si se me había pasado algo por alto? ¿Y si existía algo que todavía no había descubierto?
Probé mentalmente todo cuanto se me ocurrió.
Y entonces…
«¡Aquí está!»
El cambio volvió a comenzar con mi habilidad de análisis.
Junto al habitual icono de la lupa apareció esta vez un signo de exclamación.
Lo observé fijamente.
Y el signo de exclamación se transformó en varias líneas de texto que flotaron ante mis ojos.
===============================
[Misión básica n.º 1 completada]
[Uso de la habilidad de Análisis (5/5): obtienes 1 Punto de Estado.]
===============================
«¿Puntos de Estado?»
En cuanto surgió la duda…
El texto volvió a cambiar para responderla.
[Puedes gastar Puntos de Estado (SP) para aumentar tu nivel o tus estadísticas básicas. (Coste bajo)]
[También puedes modificar estadísticas detalladas como la altura o el peso. (Coste alto)]
«¿N-no me digas…?»
[También es posible eliminar u obtener rasgos utilizando Puntos de Estado. (Coste muy alto)]
«¡¡E-esto!!»
Sin darme cuenta, apreté el puño con tanta fuerza que empezó a temblarme.
Si aquello era cierto… Entonces bastaba con reunir suficientes SP para conseguir prácticamente cualquier cosa sin necesidad de esforzarme.
«¡¡Adiós a ser eunuco!! ¡¡Adiós a la calvicie!!»
[Eliminar el rasgo “Eunuco” requiere 500 SP.]
[Eliminar el rasgo “Calvicie” requiere 1.500 SP.]
—….
Mierda
Iba tan ilusionado Y tuvieron que echarme encima un cubo de agua fría.
Ni siquiera quería saber todavía cuánto costaba. Ya imaginaba que no podría quitármelos inmediatamente.
«Aunque… el coste sí que es una barbaridad.»
Ahora mismo solo tenía…
1 SP.
Mientras que eliminar aquellos rasgos costaba quinientos. Y mil quinientos.
«Y encima la calvicie cuesta más que ser eunuco. Qué ganas de tocar las narices.»
Mmm…
«Solo usando la habilidad no voy a reunir tantos puntos. ¿Habrá alguna otra forma?»
[Buscando una lista de misiones adecuada…]
[Misión secundaria: Liberar esclavos (repetible)]
[Misión secundaria: Donaciones (repetible)]
—¡Kgh…!
Si hubiera sido una persona un poco más sentimental, seguramente me habría echado a llorar.
«Abuelo hippie…»
«De verdad me dejó un agujero por el que escapar…»
«Gracias…»
Con esto, quizá realmente pudiera vivir tranquilo antes de morir.
Al fin y al cabo, si esta familia era comerciante de esclavos, debía de haber esclavos a montones.
Y, del mismo modo, seguro que también habían acumulado una fortuna inmensa mediante negocios sucios.
Si utilizaba ese dinero para hacer el bien… ¿Quién podría lanzarme la primera piedra?
«Al fin y al cabo, ellos consiguieron ese dinero haciendo el mal. Si ahora se usa para hacer buenas obras, asunto resuelto.»
Era matar dos pájaros de un tiro.
Por primera vez desde que llegué a este mundo, la oscuridad del túnel empezaba a dejar pasar un pequeño rayo de luz. Por fin alcanzaba a ver, aunque solo fuera a lo lejos. Un camino para seguir con vida.
«Entonces…»
Mmm…
«Lo primero será ocuparme de esa chica.»
Todavía era demasiado pronto para respirar tranquilo. Al volver la vista hacia la cama, vi a la alta elfa, Aria Scarlet, incorporándose con enorme dificultad.
—Tú… maldito hijo de puta…
Sus ojos esmeraldas seguían rebosando intención asesina. Un escalofrío volvió a recorrerme la espalda.
«Lo primero será desviar su sed de venganza hacia otra dirección.»
«¿Cómo?»
«Supongo que solo queda un método.»
Bajé lentamente la vista.
Sobre el dorso de mi mano derecha ondulaba un resplandor rojo.
Permanecí unos segundos en silencio.
El corazón me latía con fuerza.
Pero… Ahora no era momento de titubear. Oculté cualquier emoción en mi rostro y volví a prepararme mentalmente.
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