El nombre Felix contiene los significados de “feliz” y “próspero”.
Aunque nació en un país pequeño y absurdamente débil en comparación con el Imperio Heinern, tuvo una infancia relativamente feliz, haciendo honor a su nombre. Sus padres eran plebeyos que apenas sobrevivían con la agricultura, pero eran más cariñosos que nadie.
Padres sin dinero ni poder en un país sin fuerza. Una vida sin lujos.
Sin embargo, su día a día era algo que definitivamente podía llamarse “felicidad”, por lo que pensó que continuaría así para siempre.
Hasta que el ejército de Heinern invadió su nación.
Los adultos lo llamaron “conquista”.
Decían que era el acto de una gran potencia invadiendo a los países pequeños de su alrededor para convertirlos en su territorio y aumentar su poder nacional; decían que no solo ocurría en este país, sino que era algo común en todo el continente.
Pero esas palabras no llegaban a sus oídos. Fuera una conquista o un acto natural, para él lo ocurrido aquel día no fue más que un acto de violencia que le arrebató su patria y destruyó a su familia.
La gente que vivía en su mismo pueblo insultaba a Heinern al principio como si quisieran matarlos, pero tras ser incorporados a la gran potencia, se alegraron por la mejora en su calidad de vida y actuaron pronto como si abandonaran a su antigua patria.
Odiaba eso.
No recordaba con exactitud qué día era, pero era un día de festival. Solo una vez había visto el rostro del Emperador del Imperio Heinern. Al ver aquel rostro que pasaba con su característica sonrisa entre los ciudadanos que alababan sus grandes logros de conquistar los países vecinos y expandir el territorio, sintió una profunda rabia, pero eso fue todo.
Él no tenía la fuerza para estallar de ira ni el valor para enfrentarse a alguien. En realidad, lo sabía: con un corazón inmaduro, simplemente no podía aceptar la realidad y solo buscaba a alguien a quien culpar.
Decidió intentar vivir con esfuerzo, adaptándose a Heinern para recuperar la felicidad perdida.
Sin embargo, apenas había recuperado la determinación, su vida volvió a caer por un precipicio.
Una noche, mientras regresaba del trabajo, fue asaltado por unos desconocidos. Al despertar, lo único que vio fue un espacio extraño. Y tras darse cuenta de que el suelo que pisaba era una tierra desconocida, cayó en la desesperación.
Quienes lo secuestraron eran un grupo de personas con aura de investigadores. Todos vestían la misma ropa, tenían expresiones sombrías y, cada vez que los veía, estaban sumergidos en libros o garabateando algo.
En esa tierra extraña había bastantes personas en su misma situación. Quienes compartían las estrechas celdas eran niños y niñas de una edad similar a la suya.
Al hacerse cercano a los que estaban en su misma posición, se enteró de que esa tierra a la que lo habían arrastrado era una ciudad llamada Vite, bajo el mando del Imperio Rockbell. Además, supo de la existencia de esos eruditos excéntricos que vivían en Vite.
A medida que pasaban los días, sus “compañeros” de celda eran llamados uno por uno. Los que regresaban solían estar en los huesos, incapaces de recobrar el sentido, y la mayoría de los que se llevaban no volvían jamás.
—Tú sigues. Sal.
Esa sola frase fue el comienzo de un infierno aún mayor.
Aquellas personas, vestidas todas con la misma ropa, repetían las mismas atrocidades día tras día. Utilizaban drogas extrañas y obligaban a la gente a situarse sobre dibujos trazados en el suelo. Además, cuando despertaba tras ser inyectado con sustancias, su cuerpo estaba cubierto de innumerables cicatrices de sutura. Y, por supuesto, un dolor insoportable.
Solo después de pasar por aquello varias veces comprendió que se trataba de un “experimento” con seres humanos.
—Este sujeto de pruebas tiene una respuesta excepcionalmente buena. Podemos tener grandes expectativas.
Solo por esa razón, la frecuencia con la que lo sacaban de la celda era el doble que la de los demás. Con el tiempo, desarrolló una especie de resistencia a los fármacos que lo hacían dormir; al no poder perder el conocimiento por completo, tuvo que soportar aquel dolor espantoso y atroz con la mente totalmente lúcida.
Rodeado de personas que lo miraban con desprecio en un lugar impregnado de un olor metálico a sangre, fue sometido a actos que ni siquiera se atrevería a mencionar.
Vomitando sangre, vomitando la comida; un dolor de tal magnitud que le hacía suplicar que, por favor, lo mataran de una vez.
Más tarde, empezó a preguntarse: ¿Por qué tenía que pasar por esto? ¿Qué había hecho tan mal para no poder morir y tener que vivir atrapado en un dolor peor que la muerte misma?
Como no solía estar consciente la mayor parte del día, aprovechó un momento de lucidez para preguntárselo a un erudito. Ante su pregunta, aquel hombre respondió:
—Nadie vendrá a buscarte aunque mueras aquí. Después de todo, no tienes patria ni familia.
Aquellas palabras sonaron como si dijeran que toda esta desgracia comenzó el día en que su país y su hogar fueron destruidos.
En ese instante, el rostro de una persona que se había ido desvaneciendo volvió a su mente.
El Emperador del Imperio Heinern.
Era la primera vez que aquel rostro surgía de forma tan nítida e intensa. A partir de ese momento, una rabia hirviente que le revolvía las entrañas nubló su cerebro.
Lo que ocurrió después no lo recordaba bien. Sintió su cuerpo arder de calor y una fuerza incontrolable brotó de su interior. Lo último que vio fue el humo negro elevándose a su alrededor y los rostros llenos de terror de los eruditos que lo habían torturado a diario.
Cuando abrió los ojos, por fin el infierno había terminado. Los eruditos yacían muertos, con las extremidades desgarradas como si hubieran sido devorados por algo, y las instalaciones donde había vivido secuestrado estaban completamente reducidas a escombros.
Sintiendo en su cuerpo aquel poder extraño que no podía controlar, vagó sin rumbo desde entonces. Más que la alegría de haber sobrevivido o la felicidad de escapar del infierno, era una rabia aún no resuelta la que perdía el rumbo e intentaba estallar en cualquier momento. Por eso, en cada pueblo que pisaba, mataba a cualquiera que le resultara molesto.
—¿Es eso cierto? ¿Toda la gente que fue asesinada recientemente…?
—Sí, se ha llegado a la conclusión de que fueron víctimas de maná impuro.
—Qué miedo. ¿Matar gente con magia oscura? Ni que fueran de Nox.
—¿A qué viene eso de Nox? Esa es solo una historia ficticia creada desde la generación de nuestros ancestros para asustarnos y evitar que los magos como nosotros hagamos estupideces.
Escuchó por casualidad aquella charla de la gente en una taberna. En ese instante, sintió como si de repente se abriera un camino ante sus ojos. Aquella rabia que no desaparecía incluso después de haber matado a los eruditos que experimentaron con él y de haber destruido las instalaciones. La determinación de que, aunque terminara muriendo, les devolvería el golpe sin falta a quienes le regalaron ese infierno, se asentó como su único objetivo.
Fue así como el nombre de Felix, que contenía el significado de “felicidad”, fue desechado.
* * *
—¿Creaste la organización llamada Nox a propósito solo para vengarte de Heinern?
—Yo también necesitaba un símbolo.
Theo contempló en silencio a Felix, cuyo cuerpo temblaba por la incapacidad de controlar sus emociones.
Si la emoción de la ira pudiera visualizarse, pensó que se vería exactamente así. Hasta ese punto, dentro de Felix no había más que furia. No se vislumbraba ni un ápice de ningún otro sentimiento.
—Oye, Comandante Redrik—. Felix soltó una tos y habló con dificultad—. Parece que viniste aquí con la intención de convencerme de que purifique a ese mago, hablándome de expiación y oportunidades, pero es en vano. No pienso hacer nada.
—…
Las pupilas de Theo se hundieron profundamente. De sus ojos, que habían perdido su brillo como si estuvieran vacíos por dentro, brotó una sola cosa: sed de sangre. Theo, inconscientemente, sujetó su espada. En ese momento, deseaba sinceramente matar a Felix.
Fue entonces cuando algo cayó de entre las ropas de Theo con un ligero golpe.
—…
No era otra cosa que el botón de Luke. En el momento en que vio el nombre de Luke grabado en él, la luz regresó a los ojos de Theo. Se inclinó lentamente para recoger el botón y volvió a guardar la espada en su vaina.
—¿No piensas matarme? —La voz burlona de Felix llegó desde el frente—. ¿Por qué? Mátame. Por mi culpa, ese mago se debate ahora entre la vida y la muerte. Te irrita, ¿verdad? ¿Sientes que la rabia te consume? Lo entiendo perfectamente. Como humano, no puedes evitarlo. ¡Por eso yo me convertí en un monstruo hace mucho tiempo! ¡Vamos, atrévete tú también a actuar como yo!
—…No voy a matarte. Y no es solo porque seas la persona que puede salvar a Luke.
—Ja, ¿acaso pretendes fingir misericordia?
—Lo siento, pero no tengo intenciones de ser misericordioso contigo. Si pudiera, mi deseo ahora mismo sería romperte cada extremidad y arrancarte hasta el último diente para que no pudieras volver a hablar.
Ante esto, Felix estalló en una carcajada estrepitosa. Sus palabras, diciendo que después de todo todos los humanos son iguales y que no había diferencia entre ellos, se dispersaron en el aire.
—Pero no lo haré.
—…
—Te llevaré así a Heinern y haré que recibas el castigo por todas tus atrocidades mediante un procedimiento legal.
La risa de Felix se detuvo en seco.
—Es tal como dices. Incluso la persona más bondadosa siente rabia cuando pierde a un ser querido o sufre una injusticia. Pero, Felix…
La voz de Theo, plana y sin altibajos, no contenía emoción alguna.
—Hay muchísimas formas de desahogar esa rabia. Tú también tuviste otras opciones. Esa apariencia que tienes ahora ante mis ojos, ¿elección de quién fue?
Poco a poco, la sonrisa desapareció por completo del rostro de Felix.
—¿Y el resultado de las acciones que elegiste? A pesar de cargar con ese dolor, abusaste de huérfanos de guerra que estaban en tu misma situación y los expusiste al crimen. La razón por la que te has desmoronado de esta manera es también porque esos niños no te siguieron. ¿En qué te diferencias de los eruditos saharauis que te convirtieron en esto?
Ni Benji, ni Hays, ni Dante, ni ninguno de los otros niños era la excepción. No había ni una sola persona que saliera en defensa de Felix.
—Me gustaría preguntarte qué te queda ahora tras tu venganza. E incluso si, por un casual, hubieras logrado completar esa venganza, dudo que hubieras podido liberar esa rabia por completo.
Theo lanzó una interrogante tras otra sin descanso. Y Felix no pudo responder con facilidad a ninguna de ellas.
—Tuviste suficientes oportunidades para recuperar la felicidad. Tal como el significado que encierra tu nombre.
—…
—Tú mismo te llamaste monstruo. Si realmente quieres ser hasta el final un monstruo consumido por la rabia y la venganza, no te detendré. Pero si no quieres renunciar a ser humano, piénsalo bien.
Tras soltar esa última frase, Theo le dio la espalda lentamente.