*
El sirviente había preparado la máscara de Jean con antelación. Era una que solo le cubría los ojos. Jean simplemente se la colocó sobre el rostro, apenas disimulado, y se sentó en su silla. Más gente se había reunido desde la ceremonia. La mansión y el jardín estaban ahora llenos. Los camaradas de Jean se habían unido a ellos, y también había aristócratas que habían venido solo para disfrutar de la recepción de la boda, lo cual era bastante comprensible. Jean simplemente se sentó en el jardín, enrollando hojas de tabaco sueltas y fumando. No tenía ganas de participar en la festividad. Simplemente esperaba noticias.
¿Quién sería el primero en tropezar con el cadáver del emperador? ¿Maximilian? ¿O Montespan? Esta última tenía más probabilidades, pues fue ella quien atendió al emperador durante su enfermedad. Y lo más probable era que el príncipe heredero estuviera absorto en su pintura incluso a estas horas. Se mantendría absorto en su arte, hasta que las palabras de la muerte llegaran a él.
“Vos, caballero”.
Justo cuando Jean recordaba el rostro de Maximillian, alguien lo llamó. Jean se sobresaltó y levantó la vista. Justo delante de él había un hombre con una bauta. Jean se quitó el cigarrillo de los labios.
“¿Seríais tan amable de franquearnos algo de tabaco1 a esta dama y a mí?”
El orador se aferraba a alguien que llevaba una máscara ovalada negra, hecha de terciopelo. Jean no dijo nada, sino que simplemente les entregó las hojas sueltas. El orador parecía estar de muy buen humor mientras tomaba asiento, sentando también a la persona a la que se aferraba. Jean les echó un rápido vistazo antes de apartar la mirada.
“Y ahora, entablemos una amena conversación mientras nos deleitamos con nuestros cigarros. ¡Válgame Dios!, ella no desea bailar. Tampoco desea hablar. Ni una sola palabra”.
El orador continuó hablando mientras encendía una cerilla. Había empezado a fumar, pero su compañero no mostraba ninguna reacción. La persona vestía una túnica, y el disfraz dificultaba discernir si se trataba de un hombre o una mujer desde el principio. El orador simplemente se encogió de hombros cuando sus ojos se encontraron con los de Jean. Luego, lanzó una mirada de reojo a su silencioso compañero, como si estuviera escudriñando lo que percibía como un alborotador. Intentó entablar conversación varias veces más. Sin embargo, no obtuvo ninguna reacción.
“…Perdonadme, pero semeja que vuestra acompañante no se halla dispuesta a participar en los festejos”.
Y fue cuando el hombre terminó su cigarrillo cuando Jean empezó a hablar. Como si estuviera de acuerdo con Jean, la persona con el disfraz negro levantó bruscamente la cabeza. Ante ese gesto, el hombre charlatán murmuró lo que parecían ser palabrotas entre dientes antes de desaparecer rápidamente. Ya parecía estar borracho.
“En una ocasión como esta, os aconsejo que seáis meridianamente claro respecto a vuestras intenciones”, comentó Jean mientras sacudía la ceniza en el cenicero y apagaba el cigarrillo.
“Pues por muy jubilosa que sea la celebración, siempre habrá quienes oculten su bajeza tras un disfraz”.
La persona seguía sin pronunciar una sola palabra. Jean se dio la vuelta para mirar al individuo. La máscara negra que llevaba el misterioso personaje era una moretta2, del tipo que utilizaban con mayor frecuencia las mujeres. Probablemente la máscara era la razón por la cual el hombre de antes se había referido a esta persona silenciosa como una dama. Sin embargo, al observar con mayor atención, Jean discernió que la persona de la moretta poseía una estatura considerable y una complexión demasiado robusta para tratarse de una dama. El individuo venía envuelto en un robe noire3, pero la prenda no lograba ocultar por completo la masculinidad de su cuerpo.
El individuo debió de sentir aquella mirada analítica, ya que la correspondió con la misma intensidad, observando a Jean. Jean no podía ver los ojos del hombre, pero intuía su escrutinio por el ángulo de su cabeza. En ese instante, de manera extraña, Jean sintió que la boca se le secaba. Había olvidado incluso desviar la mirada, limitándose en su lugar a parpadear. Los ojos que lo contemplaban le resultaban extrañamente familiares. Inquisitivos y profundamente agudos. Era una mirada que parecía acariciar a Jean de la forma más tierna. Como si—
“…Esperad.”
—fuera a retratar al hombre que tenía ante sí.
En el instante en que Jean estiró la mano, el hombre se puso en pie. Jean vio las manos de porcelana bajo la túnica. El hombre asintió y, acto seguido, dejó atrás a Jean a toda prisa y de un modo artificial. No hubo tiempo para que Jean se detuviera a pensar. Se apresuró a seguir al hombre, quien a su vez aceleraba el paso, agitando los brazos ante sí como si lo estuvieran persiguiendo. Se movía de tal forma que obligaba a los demás a apartarse de su camino, en lugar de ser él quien los esquivara.
Jean se mantuvo ocupado siguiéndolo. La parte posterior de la cabeza del hombre aparecía y desaparecía entre la multitud. Jean chocaba de hombros con otros a veces, pero no sentía ningún dolor. Incluso con sus extremidades agitándose, el hombre avanzaba rápido alejándose de Jean. Parecía estar abriéndose paso más allá de la residencia. Jean echó un vistazo a su alrededor. Algunos le lanzaban miradas ocasionales, temiendo que pudiera reinar la confusión. Probablemente eran los revolucionarios o los encargados de la mansión. La razón de Jean sabía que debía detenerse. Sin embargo, su cuerpo se negaba a cesar su avance. Era como si estuviera hechizado, en trance. Como si se hubiera convertido en un esclavo del opio, alguien que sucumbía a su atractivo a pesar de saber que era veneno.
Jean marchó hacia adelante. El hombre avanzaba a grandes zancadas hacia el otro lado del jardín, el perímetro de la residencia, donde estaban las caballerizas. Jean conocía el camino rápido hacia el otro lado. Se abrió paso empujando a la gente. En medio de su persecución, alguien había pronunciado su nombre.
“¿Jean?”
Conjeturó que se trataba de Ariel. Sin embargo, aquello no fue suficiente para detener sus pasos. Cruzó la mansión a grandes zancadas rápidamente. Una vez que alcanzara la entrada trasera, el establo quedaría justo ante él.
Allí podría atrapar al hombre, quien estaba tomando el camino largo.
El aliento de Jean comenzó a acortarse de forma paulatina. Y para cuando hubo llegado a la entrada trasera, su destino, incluso sudaba ligeramente. Sin vacilación alguna, Jean abrió la puerta de par en par y corrió el cerrojo desde el otro lado. El hombre no aparecía por ninguna parte. El corazón de Jean se le cayó a los pies.
¿Acaso no vino por aquí?, se preguntó Jean a sí mismo.
“¡Ah!”
Fue en ese momento cuando Jean detuvo al hombre, quien había estado caminando de forma distraída, con la cabeza vuelta como si buscara algo a sus espaldas. Cuando Jean sujetó la muñeca del hombre, este soltó un gemido ante la sorpresa. A Jean le pareció que la exclamación y los jadeos del hombre traían consigo un aroma familiar, un olor a menta. Jean también jadeaba, tratando de recuperar el aliento. Por fortuna, no había nadie presente alrededor de ellos.
“…Seguidme. Por favor.”
Jean habló con voz grave y profunda. Mientras tanto, la máscara del hombre se le había deslizado un poco más hacia abajo.
Jean arrastró al hombre y entró en el espacio cerrado más cercano. Eran los aposentos del mozo de cuadra, el lugar donde residían los palafreneros. Por fortuna, estaba vacío. El encargado de las caballerizas de la residencia había salido para ayudar a atender los caballos y los carruajes de los invitados. Debía de encontrarse en la entrada principal, cumpliendo diligentemente con sus deberes. Jean cerró la puerta. Le echó el cerrojo. La pequeña habitación desprendía un olor a moho.
Jean se volvió para mirar al hombre, quien no había tenido tiempo, ni la presencia de espíritu necesaria, para acomodarse la máscara. Aquel disfraz torcido incomodaba a Jean. Dio un paso hacia adelante. El hombre dio un paso hacia atrás. Entonces, este tropezó con la cama del mozo de cuadra y terminó sentándose en ella. Jean avanzó hacia él como si estuviera acorralándolo contra el lecho. Continuó haciéndolo hasta que la parte posterior de la cabeza del hombre chocó contra la pared en la que se apoyaba la cama. Pronto, le siguió un leve gemido.
“¿A qué habéis venido, Vuestra Gracia?”
Nadie respondió a la pregunta de Jean. La piel que sostenía entre los dedos le resultaba fría al tacto. Jean, con gran esfuerzo, consiguió esbozar una mueca de desprecio con un extremo de los labios.
“¿Vais a decirme de nuevo que lo único que hicisteis fue preguntaros cuándo os encontraría?”
Si había alguien que debía temblar, ese era el hombre. Sin embargo, fue la mano de Jean, posada sobre el hombre, la que tembló. El hombre seguía sin decir nada, y Jean gritó.
“¡Respondedme!”
Su voz sonaba tan áspera que incluso a sus propios oídos parecía la de un desconocido. Se asemejaba más al aullido de una bestia que a la voz de un hombre. Jean no comprendía por qué emitía ese sonido. Todo era cosa del pasado, y todo había sido un simple suceso, la retorcida y enrevesada consecuencia de su malentendido y fantasía. No había razón para que Jean llegara tan lejos. Le habría bastado con ignorar lo sucedido y dejarlo ir. Simplemente ignorarlo y dejarlo ir…
Jean estaba sumido en sus pensamientos cuando escuchó una risa, o tal vez un suspiro, provenir de debajo de él. La máscara se agitó un poco, y el hombre se llevó la mano a la punta del disfraz para sostenerlo. Al inclinarse la máscara ligeramente hacia un lado, la piel pálida que se ocultaba debajo quedó al descubierto.
“Fuísteis vos quien me hizo llegar una invitación”.
Dijo el hombre, dejando entrever parcialmente su ojo derecho. No se equivocaba, pero tampoco tenía del todo razón. Jean gruñó en respuesta, exponiendo su contraargumento.
“No fue más que una mera formalidad, una muestra de cortesía. Lo sabéis mejor que nadie”.
“¿Y bien? ¿Acaso estáis reprendiendo a un invitado por honrar dicha formalidad?”
El príncipe también jadeaba ligeramente, una consecuencia probable de la persecución. Su voz, de ordinario templada, temblaba ahora de forma imperceptible, lejos de su habitual compostura. Jean no aflojó su sujeción sobre el príncipe.
“Habéis de haber sentido una enorme curiosidad por mis esponsales, Vuestra Gracia”.
Jean no podía comprender la ira que lo consumía. Ira. Una traición tan grande que lo deshonraba. Tales emociones se habían apoderado de Jean desde que lo habían despedido de la cámara de Maximillian. Emociones que no podían explicarse racionalmente.
“Habláis como si no me estuviera permitido sentir curiosidad al respecto. Por ventura, guardabais la esperanza de que yo no asistiera”.
Las palabras que Maximillian le dirigió a Jean podían haber sido frías, pero resultaban ciertas. Había sido un malentendido del propio Jean. Eso era todo. Y de ese modo, incluso la oportunidad de que Jean lamentara la conclusión de su acuerdo de servicio le fue denegada. Si el príncipe de verdad resultaba ser la Pequeña Perla, Jean lo reclamaría; de lo contrario, lo abandonaría. ¿Acaso no había sido esa su intención al estrechar al hombre entre sus brazos?
“Sí—”
Esa había sido su intención todo este tiempo…
“—No debísteis haber venido”.
Una gota de agua cayó sobre el ojo derecho del príncipe. Este parpadeó mientras Jean lo miraba a través de una visión borrosa. Jean se vio incapaz de hablar más. En su lugar, simplemente estrechó a Maximillian y observó cómo una expresión de sorpresa cruzaba aquellos ojos de un gris ceniciento. No había nada que pudiera decirle al príncipe.
“¡Al menos, no debisteis haberos mostrado ante mí!”
Lo único que Jean pudo hacer fue rugir mientras se aferraba a los hombros del hombre. Jean se mordió el labio. El corazón le dolía como si alguien se lo estuviera apretando y soltando, una y otra vez. Durante todo ese tiempo, la máscara había ido descendiendo lentamente del rostro, como una fortaleza que se desmorona. Se reveló una cara tan hermosa como una perla pulida. La túnica que había estado ocultando el cabello se había deslizado, y hacía ya bastante que los mechones pelirrojos eran visibles.
“Maximillian”, gimió Jean su nombre, para luego exhalar las siguientes palabras, “Maldito seáis…”
Si resultaba ser la Petite Perle, reclamarlo; sino, abandonarlo… Así es, esa había sido la intención inicial de Jean.
El príncipe superaba incluso a las más desvergonzadas rameras de las calles en su lascivia, por no hablar de que carecía de la conducta noble y la gracia que se esperaban de la realeza. En primer plano, hablaba con elocuencia sobre arte, pero entre bastidores, se aferraba a las flaquezas de los demás, estrangulándolos con sus propias debilidades. Sí que presentaba alguna faceta inesperada en su carácter, pero esos momentos por sí solos no lo dotaban de excelencia.
“Maximin”.
Y sin embargo, el príncipe era el espécimen más hermoso que Jean había tenido en toda su vida.
“Maximin…”
Jean sabía por qué le había resultado tan fácil creer que el príncipe era la Pequeña Perla. Era simplemente porque no quería afrontar la verdad. Lo deseaba, así que lo creía. De lo contrario, no habría podido aceptar la realidad. De lo contrario, no podría aceptar la verdad de que se había enamorado del príncipe. El mismo príncipe heredero que se burló de él en el jardín. El mismo hombre que se aprovechó de Jean, ordenándole que se desnudara y se tumbara en la cama.
“No debí haberme acostado en vuestro lecho desde un principio”.
Jean deseaba con fervor que así fuera, pues, de ese modo, los sentimientos que albergaba hallarían su justificación.
“Desde un principio”.
‘Joachim, Maximillian.’
Desde el momento en que había escuchado el nombre del príncipe brotar de unos labios, Jean pensó que era hermoso. El movimiento grácil de su mano, su voz elegante, el sonido de su risa que no era ni demasiado ligera ni forzada—Para Jean, todo en Maximillian parecía desbordar gracia— y palabras poco dignas de un revolucionario comenzaron a dominar los pensamientos de Jean: había sido marcado como alguien diferente desde el nacimiento. Simplemente así era como parecía.
“¿Acaso os complació jugar con un hombre de humilde cuna, Vuestra Gracia?”
“…”
“A fe mía que debió de ser así. ¡Oh, cuán divertido debió de resultaros presenciar a un hombre perdido en sus propias expectativas, consumiéndose en frustración ante su propio juicio, solo para acabar acudiendo presuroso tras vuestros pasos de esta manera!”
La voz de Jean rebosaba ira, y ya no era capaz de distinguir el blanco de su cólera. Le guardaba rencor al príncipe por avivar de nuevo la turbulencia en su interior, la cual apenas había logrado calmar. Y Jean temía al hombre por el poder que tenía para hacerlo. Se despreciaba a sí mismo por perseguir al príncipe de forma implacable, como si no pudiera soportar la idea de dejarlo escapar. Se había transformado en aquel hombre de la fábula: el necio que prestó oídos a la voz, a pesar de saber que era el susurro del diablo.
“…Jean.”
Sin embargo, al mismo tiempo, le invadía una breve sensación de euforia.
“Por ventura, os ruego que no os mostréis tan enfadado conmigo.”
La alegría que sintió al volver a ver al príncipe, aunque fuera por un instante.
“Pues verdaderamente no era mi intención presentarme ante vuestros ojos”.
El júbilo de que el príncipe le hablara, de que reaccionara ante él. El júbilo de que el hombre siguiera vivo en ese instante le llegó a Jean como una bendición, consumiéndolo en la pura alegría de todo aquello. Jean sintió cómo el profundo resentimiento y la ira en su interior se disolvían, llevándose consigo las maldiciones y la condena que habían alimentado. Su apego a la razón había sido frágil, arraigado en la culpa y el deber hacia Ariel, sostenido por una venganza pasajera y la vacilante determinación de marcharse. Ahora, en este preciso momento, incluso ese precario fundamento de su cordura se desmoronaba.
El diablo susurró.
“De repente, te extrañé”.
Esas palabras eran verdaderamente descaradas. Sin embargo, Jean las asimiló como si estuviera bebiendo de una copa envenenada. El éxtasis se había apoderado de él. El mismo éxtasis que lo condenaría al infierno.
Jean besó aquellos labios que le susurraban aquellas palabras. Aquellos labios que llevaba tiempo sin saborear tenían el sabor del fruto de la tentación arrancado del Jardín del Edén.
El sonido de sus ropajes al rozar entre sí era semejante al de las risas infantiles. El cuerpo de Maximillian no había cambiado. Bajo la túnica, se sentía tan frío como siempre lo había estado. Jean no permitió que aquello le perturbara, sino que estrechó al príncipe entre sus brazos. Siempre podía separar los labios del príncipe e insuflar en él el calor del que carecía.
“Un demente, sin duda”.
Maximillian murmuró mientras intentaba apartar a Jean. Parecía desconcertado, algo que no se veía muy a menudo.
“Es el día de vuestros esponsales, y nos hallamos en la mansión de los Erhardt”.
Maximillian habló, ladeando la cabeza para esquivar los labios de Jean. Aquellas palabras eran demasiado modestas como para haber salido de la boca de Maximillian. Jean no pudo evitar soltar una risilla. Agarró la suave mandíbula del príncipe y volvió a acercar su rostro al suyo.
“¿Y?” preguntó Jean.
Antes de que el príncipe pudiera responder, Jean ahogó sus palabras con un beso. Jean mantuvo sus labios sobre los del príncipe durante un largo rato. Al final, se separaron ligeramente. Jean introdujo su lengua en el espacio entre sus labios. El interior de la boca de Maximillian era tan sedoso como su piel. Jean acarició la tierna piel del interior de la mejilla del príncipe, como si bromeara. Cuando la lengua dentro de la boca se movió involuntariamente hacia adelante en respuesta, Jean la succionó suavemente. El príncipe dejó escapar gemidos profundos, y cada vez que lo hacía, a Jean se le hacía agua la boca.
“Maximillian,” Jean entreabrió los labios para pronunciar el nombre primero y, a continuación, bajó la cabeza sin vacilar. Mordió el cuello del príncipe. Tenía un sabor dulce en su lengua.
“En este preciso instante, ¿acaso os parezco un hombre de razón?” dijo Jean.
Sus palabras carecían de modales, carecían de cortesía y eran desenfrenadas. Jean apretó todo su cuerpo contra el del príncipe, como si ambos hubieran nacido como uno solo. Apretó todo su ser para sentir el aliento del príncipe.
“¿Acaso pensáis que yo, el hombre que os persigue, el mismo a quien movéis a la ira, al llanto y al amor, soy un hombre de razón?”
Jean podía percibir el aroma que siempre había acompañado a Maximillian. Era la fragancia que lo había hechizado. Aquel olor bien podría ser idéntico al del abrigo que le había regalado la Pequeña Perla. Por el contrario, cabía la posibilidad de que Jean se hubiera persuadido a sí mismo de tal coincidencia demasiadas veces. Jean no lograba discernir cuál era la verdad, y aunque pudiera hacerlo, ya no habría importado. La fragancia ya no era preciada simplemente por el hecho de existir en sus recuerdos.
“¿Cómo podría un hombre que os ama—”
Maximillian yacía recostado en la cama, con el torso apoyado en el colchón mientras las piernas se extendían más allá del borde y los pies se asentaban firmes sobre el suelo. Jean se colocó entre aquellas piernas y subió la camisa del príncipe. El vientre firme y el ombligo hundido quedaron al descubierto, y Jean los besó con ternura.
“—ser un hombre de razón?”
Maximillian se estremeció, tal vez avergonzado por aquellas palabras empalagosas. Jean reanudó los besos en su vientre, abriéndose paso en su ascenso hacia los labios. La ascensión no tardó mucho. Sus lenguas se entrelazaron de nuevo, y Jean sintió que Maximillian estiraba las manos y buscaba con ellas. Las manos se mostraban desesperadas en su búsqueda, más que lascivas. Jean sintió cómo se ceñían alrededor de su espalda, estrechándolo en un abrazo. Deslizó hacia abajo el pantalón del príncipe.
Jean tocó la piel desnuda del príncipe. El cuerpo de Maximillian estaba frío y las palmas de Jean, calientes. Sentía como si el príncipe fuera a derretirse bajo su tacto. Jean besó el ombligo antes de descender. Su movimiento era cauteloso, como el de un hombre que baja por una escalera empinada.
Los labios de Jean recorrieron la piel por debajo del ombligo. Procedió a adorar los huesos que sobresalían a ambos lados de la cintura, la parte interna de los muslos y la zona alrededor de su miembro. Quizás como reacción a aquel movimiento delicado, el miembro de Maximillian estaba medio erecto.
Mientras Jean besaba los alrededores de la zona, escuchó los lánguidos gemidos del príncipe. Las manos de Maximillian tanteaban a su alrededor, como si buscaran una cura. Jean guio esas manos hacia su propia entrepierna. Maximillian comenzó a desvestir a Jean a toda prisa, logrando quitarle el pantalón. Jean se arrodilló entre las piernas del príncipe y abrió la boca. Escuchó respiraciones cortas provenientes de encima de su cabeza.
“Incluso las rameras—” Maximillian comenzó a hablar.
Jean lamió el miembro y le acarició los testículos. Su repulsión había desaparecido hacía ya mucho tiempo. Simplemente se sentía agradecido de que el príncipe estuviera de nuevo en sus brazos.
“—Ni tan siquiera las rameras de las calles cometen semejante bajeza, ¿no lo habíais dicho vos?” preguntó Maximillian, jadeando por el placer que le bullía por dentro.
Jean no respondió. En su lugar, bajó la lengua. Su mano, que había estado frotando la punta del miembro de Maximillian, ya estaba húmeda. Jean lamió la zona inferior e introdujo los dedos para dilatarla. Con cada movimiento que hacía, el miembro que sujetaba con la otra mano se volvía más y más firme. Jean entrecerró los ojos y contempló aquel trozo de piel, enrojecido por el calor. Tomó su mano húmeda y acarició su propio miembro un par de veces. No hacía falta ningún otro juego previo.
“¡Ah!”
La punta del miembro rígido comenzó a adentrarse en Maximillian. De una manera familiar, su cuerpo acogió a Jean, tal como siempre lo había hecho. Y una vez que el cuerpo cedió, Jean no dudó en empujar con fuerza en su interior. Escuchó gemidos, pero no lograba distinguir si eran de dolor o de placer.
Jean atrajo ambas piernas de Maximillian hacia sí, y sus caderas se unieron sin dejar el menor espacio entre ellas. No pasó mucho tiempo antes de que el interior estuviera completamente húmedo. Jean recuperó el aliento despacio y, a continuación, soltó un gruñido.
“¿Acaso también dísteis cobijo a De Palatine aquí?”
Esta vez fue Maximillian quien no respondió. Jean se retiró despacio para, acto seguido, empujar de nuevo en su interior con fuerza. El placer ascendió en intensidad, a la par con la velocidad de las embestidas de Jean.
“¿Y Matt Grisham?”
Jean apretó con fuerza las piernas que tenía entre las manos, y solo entonces obtuvo una respuesta. Maximillian respondió, con el rostro ligeramente sonrojado por el calor.
“Decidme, ¿qué os concierne a vos si así lo hubiere hecho?”
Jean comenzó a embestir con vigor ante aquella respuesta exasperante. Su movimiento era tan enérgico que la piel producía un chasquido por el impacto, lo que obligó a Maximillian a morderse el labio y a soltar su agarre.
Jean bajó el torso y lamió los labios del príncipe como un depredador saboreando a su presa. Los succionó con suficiente vigor como para dejar una marca y los devoró hasta que Maximillian no pudo respirar. Jean sintió que Maximillian apretaba el ano como en respuesta. Y Jean le devolvió el favor, golpeando con fuerza su cintura contra las nalgas del príncipe. Luego lo penetró una y otra vez mientras lo besaba. En algún momento, Maximillian también se deleitaba con los labios y la lengua de Jean, como si los deseara con ansias. Su saliva goteaba, pero a ninguno de los dos les importaba.
“Una vez que hayamos terminado con esta acción repugnante—”
En el breve instante en que sus labios se separaron, Jean habló. Estaba jadeando.
“—iré y daré muerte De Palatine y a Grisham.”
Un escalofrío de éxtasis le recorrió la espalda. El cuerpo de Jean estaba firmemente pegado al del príncipe, y movía las caderas como si fuera un canino salvaje en pleno apareamiento. Y Maximillian, empujando su trasero hacia Jean, se asemejaba a esa misma bestia, en ese mismo estado.
“Llevad a vuestro lecho a cuantos hombres plazcáis, pues yo los degollaré a todos, y jamás os será dado volver a buscar sus miembros. ¿Acaso no estoy en lo cierto?”
“Jean… Jean, soltádme. ¿Por favor?”
Maximillian lo pidió así, pues su miembro temblaba, como si estuviera a punto de derramar su semilla. Sin embargo, Jean lo detuvo, tapando el orificio de la punta. A Jean le gustaba bastante la forma en que Maximillian se lanzaba con avidez a sus brazos, retorciendo el cuerpo. El príncipe se mordió el labio mientras aguantaba el irresistible impulso de correrse. El dedo de Jean, que detenía la punta de Maximillian, estaba húmedo.
“¿Quién soy yo, Vuestra Gracia? Maximin, ¿qué soy yo para vos?”
Jean sabía dónde Maximillian era más sensible. Una vez que introdujo su miembro por completo, había un punto que lo tocaba. Ese punto detrás del tronco. También podía sentir ese mismo punto con los dedos. Era suave e hinchado, donde sus dedos se hundirían en la ternura. Jean giró las caderas con languidez. Maximillian lo mordió, pero no le molestó en lo más mínimo. Jean esperaba una respuesta. Maximillian susurró el nombre de Jean, pero esa no era la respuesta correcta.
En lugar de señalar el error, Jean empujó con fuerza hacia adentro. El miembro de Maximillian se había hinchado tanto que parecían haber aparecido venas en él. Estaba a punto de explotar.
“Jean, mi catamita… Mi—ah—Jean, por favor…”
Las piernas de Maximillian se estremecieron y sacudió las nalgas. Le temblaban los muslos. Jean también estaba al límite. Jean sentía que, en cualquier momento, el líquido brotaría de su miembro. Apretó la entrepierna. Le daba vueltas la cabeza. Sin embargo, tenía que escuchar la respuesta.
“Mi… Mi Montespan, ¿por favor?”
Por fin, Maximillian dio con la respuesta correcta. Jean abrazó con fuerza al hombre. La habitual frialdad corporal de Maximillian se disipó por fin, y, al fin, sintió calor. El mundo ante los ojos de Jean temblaba y se estremecía, y la felicidad lo invadió, junto con la sensación de liberación.
“Sí, soy vuestra Montespan. No lo olvidéis”.
Cuando Jean soltó el miembro del príncipe, este lo abrazó con fuerza, y Jean hizo lo mismo. Su semen brotó sobre el vientre de Jean, pero a este no le importó, pues él mismo estaba experimentando una sensación como si su propia conciencia se precipitara por un escarpado acantilado antes de volver a él.
“Yo soy la persona que habrá de hallarse a vuestro lado en vuestra hora final”.
Tras recuperar el aliento, Jean terminó de hablar. Movió la parte inferior de su cuerpo de forma inconsciente, penetrando aún más profundamente en Maximillian. Parecía decidido a derramar su semilla dentro del príncipe, hasta la última gota.
“…No sois un hombre, sino una bestia. Fornicando con el único despojo de vuestros pantalones”.
Solo al cabo de un buen rato, Maximillian murmuró algo, aparentemente tras haber recuperado la compostura. El tono era áspero, pero a Jean no le importó. Besó al príncipe en la frente.
“No es algo que os corresponda decir a vos; no a quien prorrumpió en llanto de placer mientras era complacido por esa misma bestia de la que habláis”.
Los muslos de Maximillian temblaban por haberlos sometido a demasiada presión. Jean ayudó al príncipe a incorporarse. Procedió a vestir a Maximillian, le arregló los ropajes y, después, lo besó en la coronilla, en el lóbulo de la oreja, en la frente, en el puente de la nariz y así sucesivamente. Los besos eran tan persistentes que, al final, Maximillian tuvo que cubrirse el rostro y soltar un gemido de exasperación. Y, por último, exhaló un profundo suspiro en señal de rendición.
“Como plazcáis, Lord Jean Erhardt. Puesto que me habéis poseído tanto como habéis deseado, asumo que tendréis, al menos, la decencia de escoltarme de regreso al Palacio Real”.
Jean se había vestido en un santiamén. Echó un vistazo a la ventana y vio que cada vez se reunía más gente frente a las habitaciones del novio. Se dirigían hacia la salida de la mansión, y Jean sabía que eso significaba que habían recibido el mensaje. Jean miró al príncipe. Su querido príncipe heredero tenía los ojos cerrados, el rostro pálido y claro, como de costumbre. Parecía cansado.
“…Semejáis indispuesto, Vuestra Gracia”.
En breve, todas las iglesias de la capital harían sonar sus campanas para anunciar la muerte del emperador. Jean se arrodilló ante aquel hombre abatido por el cansancio, ajeno a la muerte de su propio padre. A continuación, alzó la vista hacia el príncipe y vio que este miraba hacia abajo, con los ojos entrecerrados. El príncipe parecía querer evitar su mirada.
“Sí, porque me habéis puesto a prueba”.
Maximillian gimoteó un poco, y Jean continuó hablando como si no hubiese escuchado nada en absoluto.
“Semejáis estar al borde del colapso, Vuestra Gracia. ¿Me permitiríais sugeriros un viaje para mejorar vuestra salud? Existe un modesto manantial termal más allá de la frontera oriental.”
“…¿Qué insensateces estáis diciendo de repente?”
“Si partieseis de inmediato, arribaríais en el curso de una semana. Aunque no es ostentoso, poseo un carruaje robusto y un cochero diestro. Os proveeré de unos cuantos guardias para vuestra escolta. Al romper el alba, yo mismo emprenderé mi viaje e iré tras vuestros pasos.”
“Jean. No preciso de semejante cosa. Me hallo bien. Tan solo deseo regresar al palacio”.
“Nos encontraremos en la posada justo antes de la frontera. Deleitaos con buena vianda, vestid ropajes confortables y aguardadme mientras mitigáis vuestros males en la calidez del manantial. Yo acudiré a vos”.
“…¿Por qué continuáis desviando la conversación?”
Jean no podía revelar la verdad. Sabía muy bien a quién profesaba devoción en su corazón, al príncipe heredero, destinado a ser el último sucesor de este imperio en ruinas. El hombre que intentaría proteger al imperio en su condición de miembro de la realeza. Y hablarle de su gran causa significaría la ejecución de los compañeros de Jean. Y la de Ariel Baden. En otras palabras, la de la Pequeña Perla.
Aunque albergaba un amor que lo condenaría a lo más profundo del infierno, Jean no podía soportar la idea de pagar una década de gratitud de semejante manera. El hecho de que fuera a evacuar a Maximillian ya representaba un golpe doloroso para la causa de los revolucionarios. A decir verdad, y si las circunstancias lo permitían, también aspiraba a salvaguardar la creencia que guardaba con tanto recelo en su corazón. Simplemente—
“¿Jean?”
“…Maximin”.
Simplemente—
“Yo mismo me aventuraré a partir mañana. Para reunirme con vos. Cueste lo que cueste”, dijo Jean.
Simplemente quiero que sigas con vida.
“Os lo explicaré todo en ese entonces, así que tan solo… decidme que iréis. Prometedmelo.”
Jean deseaba vivir tan solo un día más junto a él. No le importaba si debía caer en los fuegos del infierno tras su fallecimiento. No le importaba si lo trataban como a un pagano, considerándolo indigno de ser hombre. Un sycophante4 servil, un courtisan5 obsequioso. Esos peyorativos ya no le perturbaban. Los escucharía con gusto en cualquier momento. ¿Acaso no acababa de correr tras el príncipe, renunciando a su solemne deber como hombre? El día en que por fin se había comprometido con aquella a quien había aguardado con tanto fervor durante una década, hélas6, era tras este hombre tras quien Jean se había apresurado.
“Vuestra Montespan os lo suplica, Vuestra Gracia”.
El malentendido no fue más que una excusa. Jean simplemente deseaba a ese hombre.
Jean contempló fijamente los labios del príncipe heredero, que permanecían inmóviles. Los labios de Maximillian se habían entreabierto ligeramente, producto de la profunda perplejidad. En efecto, la perplejidad del príncipe estaba justificada. Un instante antes, Jean profería palabras hirientes; al siguiente, se sumergía en un divague sin sentido. El príncipe era un hombre inteligente. Jean estaba seguro de que descifraría el significado incluso en ese mismo instante.
Jean sujetó con fuerza las manos del príncipe y besó el dorso. Las besó hasta que ni un solo centímetro de su dorso quedó sin ser rozado por sus labios.
“…Está bien. Haré tal y como me habéis pedido”.
Pasó bastante tiempo hasta que Maximillian consiguió la respuesta que Jean tanto deseaba oír.
“Os entrego mi palabra”, prometió el príncipe.
Y, mientras lo hacía, las campanas de la iglesia repicaban, como si dieran su bendición al voto.
*
“Esperádame aquí”. Dijo Jean mientras sentaba al príncipe en las escaleras con mucho cuidado.
Había colocado su levita debajo de Maximillian, preocupado por que ni siquiera la más mínima mota de polvo se posara sobre él. Maximillian asintió, dócil, algo poco habitual en él. El príncipe se había mostrado especialmente apagado y dócil desde que habían salido de la residencia de los Erhardt. No, ya que habían salido de las habitaciones del novio.
Jean no sabía discernir si se debía al cansancio tras haberse entregado al placer poco antes o a la máscara que, una vez más, ocultaba su rostro. Fuera cual fuera la causa, a Jean le venía bien. Se dio la vuelta sobre sus talones y llamó a la puerta. Era la puerta de la taberna de Cornell, en la que colgaba un cartel que anunciaba su cierre.
“…Cornell.”
Jean llamó con cautela y suavidad, y al poco rato se abrió la puerta. En ese momento, se dio cuenta de que el pestillo de la cadena del interior estaba tensado. Al mismo tiempo, apareció un rostro familiar.
“Lord Jean.”
El hombre pronunció su nombre con sorpresa. Jean siguió entonces la dirección de la mirada de Cornell, la cual se había posado en el lugar donde Maximillian estaba sentado.
“¿Qué’… ¿Qué es esto…?”
“¿Podríais abrir la puerta un momento? Tengo un favor que pediros.”
Jean susurró, presionando su cuerpo contra la puerta. Los ojos de Cornell temblaron con aprensión, pues había logrado reconocer al hombre detrás de Jean. Jean sentía la boca seca. Cambió de postura para ocultar a Maximillian de la vista de Cornell. Y cuando volvió a pronunciar el nombre del hombre, Cornell finalmente miró a Jean. Cerró y abrió los ojos con parpadeos lentos y pausados. Luego, desenganchó la cadena de la puerta con aparente determinación. La puerta se abrió con un crujido.
“Pasad al interior primero. Y en cuanto al caballero que os secunda… si fuerais tan amable, aguardad fuera un instante.”
Jean asintió y, al darse la vuelta, vio a Maximillian, que tenía los ojos entreabiertos. Parecía fatigado. Llevaba la máscara en la mano. Jean inclinó el cuerpo para hablarle al príncipe.
“Aguardad aquí, os lo ruego. Regresaré en un momento.”
Ante las palabras de Jean, Maximillian alzó la cabeza, ladeándola. Jean le besó el puente de la nariz, produciendo un delicado chasquido con los labios. También le besó la frente, y solo entonces la extraña inquietud que sentía en el pecho comenzó a disiparse. Jean se dio la vuelta y entró en la taberna de Cornell.
Estaba vacío por dentro. Cornell debía de estar borrando todo rastro, pues las mesas y sillas que adornaban el local hacía tan solo unos días habían desaparecido por completo. Jean se quitó el sombrero, y en un instante, Cornell se colocó detrás de la barra. Cuando sus miradas se cruzaron, el camarero fulminó a Jean con la mirada. Era una carga que Jean debía soportar. Jean dio un paso adelante. Fue en ese momento cuando escuchó el chasquido de un arma al amartillarse.
“…”
Jean levantó ambas manos en el aire. Cornell, con una pistola en la mano, salió de detrás de la barra. Sus ojos desprendían una intensidad desconocida, con una mirada feroz.
“Ese hombre que aguarda fuera—”
Cornell señaló la puerta con la barbilla. Jean esperó pacientemente a que continuara.
“—¿es acaso quien yo creo que es?”
La pistola no apuntaba a Jean, sino a la puerta. En lugar de responder, Jean se acercó un poco a la puerta, interponiéndose entre ella y la pistola. Cornell soltó una risa seca7. Jean habló con urgencia.
“No hay necesidad alguna de que hagáis esto. Él no sabe nada”.
“¿Pretendéis que dé crédito a vuestras palabras? ¿Precisamente cuando habéis conducido a ese hombre hasta este lugar?”
“Cornell, os empeño mi palabra. Nada le he dicho. No le he informado de absolutamente nada, ni lo haré. Tan solo preciso de vuestra ayuda”.
Era cierto. Un poco de ayuda. Eso era todo lo que Jean necesitaba. Por eso había venido a Cornell, a pesar de saber que quizá Cornell no estuviera tan dispuesto a prestarle ayuda. Por eso había venido aquí, a pesar de saber que podría ser una decisión arriesgada. Cornell guardó silencio. Jean se mordió el labio antes de dejarlo pasar.
“Guiadlo hacia el este, incólume e intacto. Nada más deseo. Yo mismo cargaré con el peso de cuantas consecuencias devengan”.
“¡Escuchaos a vos mismo! ¡Atended a la razón, mi Lord! ¿En qué lugar tramáis concederle santuario a ese hombre? ¿Es que acaso no habéis oído doblar las campanas? Todo habrá quedado resuelto al romper el alba… Es el día de vuestros esponsales; qué habéis hecho, Jean. Qué habéis… ¿Acaso Lady Ariel tiene constancia de esto?”
Ariel. El nombre se le clavó a Jean en la garganta como una espina, impidiéndole hablar. Jean no logró responder, y su silencio pareció darle a Cornell la respuesta que buscaba.
Cornell bajó el arma, con el rostro lleno de desolación.
“¿Cómo habéis podido hacer esto?” inquirió Cornell. “¿Cómo habéis podido hacérselo a vuestros camaradas, a cuyo lado habéis permanecido durante años, y a vuestro benefactora, que os ha brindado su auxilio a lo largo de una década? No podéis… no os será permitido hacernos esto”. Cornell continuó, con la voz llena de desesperación.
“…Soy plenamente consciente de ello.”
Jean respondió lentamente. Tenía la boca seca. Le temblaba la mano mientras se la pasaba por la mejilla y la boca.
Soy consciente de ello, repitió Jean, pero Cornell se apresuró a rebatirlo.
“¡Si lo sois, entonces devolved las cosas al estado en que se hallaban! Conducid a ese hombre de regreso al Palacio Real, pues a buen seguro todos se encuentran ya tras sus pasos. Vos, por encima de cualquiera, debéis saber que su ausencia esta noche bastaría para poner en peligro nuestra empresa entera”.
El tono de Cornell se fue volviendo cada vez más suplicante. Jean se quedó quieto. Jean, le llamó Cornell, como si le estuviera suplicando.
“…No puedo, Cornell”.
Jean respondió mucho tiempo después. Que la espina le desgarrara la garganta, pues era una respuesta que tenía que dar.
“No es él a quien albergabais en vuestro corazón, mi lord. No fue más que un mero malentendido. Él no era el indicado. Y ya habéis hallado a la verdadera, ¿acaso no es así?”
“…”
“… Lord Jean.”
¿Habría percibido Cornell la respuesta en el silencio de Jean? Su tono se asemejaba al de un lamento. ¡Lord Jean! , exclamó Cornell de nuevo.
“No estáis en vuestro sano juicio. Simplemente habéis sido embrujado, hechizado”.
“Tenéis razón”.
Tenía razón. El propio Jean había sostenido la misma opinión desde hacía ya mucho tiempo, y no cambiaba nada el hecho de que la afirmación fuera pronunciada en voz alta por su hermano de causa. Jean no pudo evitar echarse a reír. Se sentía vacío e inútil.
“He perdido el juicio.”
“…”
“He dado instrucciones a mi mayordomo para que envíe un mensaje al palacio en caso de que yo no regrese a tiempo. Lo dejé redactado de antemano antes de partir.”
Cornell frunció ligeramente el ceño al oír las palabras de Jean. Parecía que no había entendido el significado de inmediato. Jean esperó pacientemente hasta que los ojos de Cornell se abrieron de par en par y comenzaron a temblar. Jean tenía que fingir indiferencia y seguridad. No deseaba recurrir a ese método, pero no le quedaba otra opción.
“¿Acaso estáis traicionando a vuestros camaradas?”, preguntó Cornell.
Aquellas palabras resultaron muy amargas para Jean. En lugar de dar una respuesta directa, se anduvo con rodeos.
“Tal vez.”
“…Estáis demente.”
“…”
“Sóis un auténtico demente.”
Jean no desmintió la acusación, pues él mismo lo creía así. No tenía ningún deseo ni intención de dar explicaciones. En los anales de la historia, pasaría a la posteridad como un asqueroso traidor. Y así fue así como decidió cargar voluntariamente con ese peso.
“Esta misma noche. Partirá con rumbo al este. Haremos una breve escala en el Palacio Real para recoger sus ropajes. Me aseguraré de que todos atestigüen que se hallaba presente en palacio antes de que emprenda su viaje”.
Jean expuso su plan despacio. Cornell se encontraba ahora desanimado, descorazonado. Permanecía simplemente de pie, con el rostro inundado de vacío. El arma cayó al suelo, deslizándose mientras producía un fuerte estrépito. Cornell miraba fijamente a Jean, con una mirada que se negaba a dar crédito.
Aborrecimiento, sorpresa, desconfianza… Aquellos ojos eran una amalgama de un sinfín de emociones. Jean hizo un gran esfuerzo por continuar con su discurso.
“He dispuesto que tres mercenarios le acompañen para salvaguardarle. Uníos a ellos y perseguid la completa erradicación de cualquier vestigio de vuestro paso en la ruta que elijáis. Yo permaneceré aquí y tomaré parte en la empresa al romper el alba”.
“Tal acción tendrá consecuencias negativas, y la culpa será exclusivamente vuestra”.
Jean era consciente de ello. Los revolucionarios se quedarían sin justificación alguna. El argumento que sostenían para luchar contra el gran duque Robert Joachim, quien había dado muerte tanto al emperador como al príncipe, se desvanecería sin dejar rastro, y no resultaba difícil prever cómo los calificarían los nobles y las naciones vecinas de reinos e imperios. Forajidos. Ni más ni menos. Y ese calificativo costaría muchísimas más vidas, muchísimos más sacrificios que ahora.
“Cierto”.
Jean respondió con aire sereno. Cornell giró bruscamente la cabeza y miró a Jean.
“¿No véis el pecado que estáis cometiendo?”
Jean vio cómo le temblaba la barbilla al hombre mientras hablaba. Él respondió brevemente.
“Sí.”
Jean vio su propio pecado más claramente que nadie. Tal vez Cornell permitiría que Maximillian se marchara de allí, pero no a Jean, en la mañana siguiente a la hazaña. Si debía haber un castigo para un hombre que traicionó a la gente de su causa y su confianza, Jean lo recibiría, pensó para sí mismo. Después de haber tenido intimidad con Maximillian, todo se volvió claro para él. La claridad comenzó a amanecer en Jean de una manera que no había previsto. No temía a nada, y no sentía ni la confusión ni la desesperación de antes.
“Caeré en las profundidades del infierno”.
Cuando murmuró estas palabras, sus ojos se encontraron con los de Cornell. Eran diferentes a los de antes. Se habían calmado, observantes. Para Jean, resultaba un desafío leer alguna emoción en ellos. Jean no evitó la mirada. La enfrentó fijamente y le devolvió la mirada al hombre. Poco después, Cornell inclinó su cuerpo, aparentemente en una reverencia. Solo cuando Jean escuchó el sonido de un disparo se dio cuenta de que Cornell había apretado el gatillo. La botella de vino que estaba sobre el estante se había hecho añicos.
*
Jean se ató la parte delantera de su robe de manera meticulosa. Maximillian parecía desinteresado. No obstante, no objetó. Había estado dentro de un hueco de escalera, y aun así sus mejillas se habían enfriado. Tal vez porque había estado sentado solo en un espacio gélido. Jean tomó ambas mejillas ante él con sus manos, reiterando su mensaje. El príncipe soltó una risita.
“Prohibid al sirviente que permita la entrada a nadie. Nada preguntéis, nada oigáis. Recoged vuestras pertenencias y partiid de aquí. Yo dispondré todo lo demás”.
“¿Acaso conspiráis para dejarme sordo?”
Las palabras de respuesta del príncipe fueron sombrías. Maximin, pronunció Jean con suavidad, y el silencio reinó por un momento. Maximin. Jean arrulló el nombre una vez más, y el príncipe sonrió, radiante. No había rastro de una mueca astuta, ni se parecía a una sonrisa forzada.
“…Pronto os seguiré—”
Jean habló con solemnidad, como si estuviera haciendo un voto. Era consciente de que se trataba de una promesa que quizá no pudiera cumplir, pero por la que estaría dispuesto a morir en el intento.
“—así pues, que nada os desvíe de vuestro camino.”
Jean besó brevemente a Maximillian en los labios antes de dejar que subiera las escaleras. Entonces, vio cómo Maximillian abría los labios para hablar.
“Tú—”
El príncipe murmuró.
“—sóis un hombre de palabra”.
Fue una declaración bastante inesperada e hizo que Jean parpadeara. No podía ver el rostro de Maximillian con claridad, ya que el semblante del príncipe estaba oculto bajo la bata y su cabeza estaba inclinada hacia abajo.
“Jean”.
“…”
“No debí haberos visitado este día”.
“Lo habéis hecho, y ya es demasiado tarde, Su Gracia”.
“¿Me perdonaréis?”
La pregunta fue repentina, y aquellas palabras no eran propias de Maximillian. Jean se quedó perplejo y, al no saber qué responder, Maximillian volvió a preguntar, con tono tierno.
“Jean, ¿me perdonaréis?”
¿Acaso experimentaba un remordimiento tardío por haber destrozado el corazón de Jean? Después de todo, Jean había intentado desesperadamente mantenerlo intacto a pesar de su fracaso. Jean bajó la mano y acunó la mejilla de Maximillian. Él no levantó el rostro; simplemente lo inclinó hacia un lado y besó la palma de Jean.
“No”, Jean habló en voz baja, “No necesitáis pedir perdón, Su Gracia”.
Los labios se apartaron de la palma, siendo reemplazados por la mejilla del príncipe.
“Por cada pecado y cada locura, yo cargaré el peso”.
Jean sintió que Maximillian le levantaba la cara. Bajó la mano, pues su vacío le oprimía el pecho. Oyó murmurar a Maximillian.
“Cuán tontas y, a la vez, qué dulces suenan esas palabras”.
La voz sonaba difusa y tenía además un tono impregnado de una cadencia sensual. El príncipe continuó.
“Y parece que negar a los demás lo que desean es una vieja costumbre vuestra”.
“Es hora de subíros las escaleras, Su Gracia”.
Ya habían tardado mucho. Una vez que el príncipe subiera las escaleras, Cornell lo estaría esperando, listo para partir. Maximillian debía entrar con él al Palacio Real por el pasadizo secreto y salir después. El príncipe había insistido en llevar consigo el justacorps que le había regalado Jean. También era para asegurar testigos que hubieran visto a Maximillian. Maximillian no se quejó mientras se atendían los asuntos debidamente. También debía ser consciente del significado del tañido de las campanas.
“Tengo una petición que haceros. Os pido que juréis honrarla”.
Jean guiaba a Maximillian en su ascenso por las escaleras cuando el príncipe se detuvo bruscamente, negándose a seguir adelante. Habló con un tono distinto al anterior, retomando su forma habitual de hablar. Afloró el tono de un noble orgulloso, marcado por un dejo de arrogancia y pausas calculadas. Jean frunció ligeramente el ceño.
“Os ruego que habléis, mi señor príncipe”.
Y, en cuanto Jean pronunció esas palabras, Maximillian se movió por fin, dando un paso hacia la ascensión. Maximillian formuló su petición con voz suave y apacible.
“No soltéis mi mano”.
En aquella tierna voz del príncipe, las palabras, que podrían haber sido pronunciadas con mayor vehemencia, resonaron extrañamente secas en los oídos de Jean. Jean se vio obligado a volverse y mirar hacia atrás. Vio los labios del príncipe, trazando una línea de determinación. El semblante y el tono del príncipe denotaban la actitud de un hombre que no conocía otra forma de vida que la de armarse de valor ante el horror, manteniendo la cabeza bien alta. Jean se detuvo, y Maximillian lo siguió escaleras arriba. Ahora estaban al mismo nivel.
“¿Cuál es vuestra respuesta?”, preguntó Maximillian.
El príncipe nunca antes había estado tan cerca de Jean y, sin embargo, Jean sentía que el hombre estaba más lejos de él que nunca. Comenzó a preguntarse si este era el mismo hombre al que acababa de besar, el mismo hombre con el que acababa de hacer el amor en los aposentos del mozo de cuadra. Jean apretó la mano que sostenía antes de dar una respuesta.
“Juro honrar vuestro mandato, Su Gracia”.
Jean no necesitaba hacer un voto, porque incluso en su ausencia, jamás soltaría la mano del príncipe. Pero a pesar de este sentimiento, las palabras que salieron de él tuvieron un tono más bien brusco. Pudo ver cómo los labios de Maximillian dibujaban la curva de una leve sonrisa. Jean observaba esa sonrisa cuando los labios del príncipe se acercaron a los suyos y se presionaron contra ellos. Los labios, que ya habían estado ligeramente entreabiertos, se abrieron con suavidad.
El beso continuó lentamente. Fue dulce, suave y delicado. Jean sintió que era atraído hacia adelante mientras el príncipe lo abrazaba. Se sintió extraño. Sintió una extraña sensación que no alcanzaba a articular. Devolvió el abrazo, sosteniendo a Maximillian en sus brazos. Jean pensó que este era el momento de confesar su amor. Sin embargo, temió que las palabras sonaran como las de una despedida. Decidió callárselas. Maximillian lo abrazó también, guardándose sus palabras de igual manera. Ambos permanecieron entrelazados durante largo tiempo, besándose en los brazos del otro, sin pronunciar más despedidas entre sí.
*
Era medianoche cuando se le informó a Jean que el carruaje había cruzado las puertas de la ciudad. Era el carruaje en el que se encontraba Maximillian. Él había confirmado que el hombre del carruaje era, de hecho, la persona que había salido a través del pasadizo secreto del Palacio Real. El gran lienzo era la prueba. En otras palabras, su amante estaba ahora a salvo fuera de la capital.
Cornell, encargado de la tarea de ocultar su rastro, estaba lleno de despecho. A pesar de ello, había tres mercenarios para su protección. Jean ya les había dicho que vigilaran a Cornell también. No había nada por lo que debiera preocuparse. Cornell podría haberle dicho a Chantelle, a Wickham o a sus otros hermanos que mataran a Jean. Eso podría ponerlo en peligro, pero a él no le importaban esas cosas.
Jean tomó su arma. Era una nueva, ya que le había entregado la suya a Maximillian. Aunque seguía resultando ajena a su agarre, no preveía ninguna dificultad en su funcionamiento.
“Jean”.
Era la voz de Ariel. Jean abrió la puerta.
Ariel lo estaba esperando, con el cabello recogido y atado. Estaba todo dispuesto para que ella se dirigiera hacia el sur y regresara al territorio del conde de Baden. La decisión se tomó con la previsión de que, para la hora de su llegada, las fuerzas del Gran Duque, contenidas en la frontera, y las tropas de la Casa de Baden se encontrarían en un callejón sin salida.
“Vámonos juntos”, dijo la dama.
El amanecer transcurría en silencio. Las campanas aún no habían repicado para anunciar la llegada de la mañana, y menos mal, pues toda la mansión permanecía en silencio. Jean asintió con la cabeza al salir de su cámara.
“Una vez que el acto esté consumado, ¿pretendéis viajar hacia el sur, al feudo de Baden?”
Ariel preguntó mientras caminaban sobre el tapete del silencio. Jean se detuvo un instante y negó con la cabeza, sin emitir ningún sonido.
“Ya veo”.
Ariel no parecía sorprendida. Jean se sintió como si fuera Judas, cenando en su Última Cena8. Descendieron las escaleras en silencio. A través del gran ventanal del primer piso9, Jean pudo ver a los sirvientes de Ariel esperando. Él se detuvo ante la puerta, y Ariel hizo lo mismo. Los dos se miraron de frente.
“Expreso humildemente mi más sincera gratitud por todo lo que habéis hecho por mí”,dijo Jean, mientras le tendía la mano.
Se daba cuenta de que Ariel lo estaba observando. Su mirada era seria y sus pequeños labios se abrían y se cerraban una y otra vez, como si dudara de pronunciar las palabras que debía decir.
Se quedaron mirándose fijamente durante un buen rato.
“Una vez, escribisteis en una de vuestras correspondencias.”
Ariel empezó a hablar en lugar de coger la mano de Jean.
“Que todo lo vuestro es mío también, incluida vuestra alma, Jean”.
“…Sí.”
“¿Sigue siendo eso cierto?”
Anoche, Jean se encontró con Ariel al regresar a la mansión tras haber despedido a Maximillian. Estaban en el vestíbulo. Los invitados se habían retirado como una marea en reflujo tras el anuncio de la muerte del emperador. Jean estaba seguro de que ella lo había visto correr más temprano esa noche. Sin embargo, ella no hizo ninguna pregunta, ya fuera sobre su destino, el objeto de su persecución u otros asuntos tan directos.
¿Había contenido la lengua10 solo para hacer esta pregunta?, pensó Jean para sí mismo antes de abrir los labios con cuidado para hablar.
“Si me pidierais la vida a cambio de toda la gracia que habéis derramado sobre mí, os la entregaría de buena gana. Riquezas, honor, todo esto me lo habéis obsequiado, y de todo ello sois libre de despojarme, mi lady. Sin embargo—”
“…”
“—mi corazón y mi alma ya no me pertenecen para poder reclamarlos, y desconozco la manera de entregároslos”.
“…Ya veo.”
Ariel respondió brevemente.
“Os pido perdón, mi lady”.
Jean hizo una reverencia. Era lo mínimo que podía hacer por quien le había esperado durante tanto tiempo y con quien había compartido su cariño por escrito durante tanto tiempo.
“He sido consciente de ello. Desde el momento en que nos conocimos”.
Ariel murmuró.
“Lo supe en el momento en que me agradecísteis por aparecer ante vos; que no debí haber aparecido, en verdad, de muchas maneras, en más de una”.
“…”
“No creo que sea una culpa mía—”
Jean se quedó callada. Ariel hizo una pausa, como si estuviera eligiendo las palabras antes de continuar.
“—y sin embargo, no pude evitar saborear la amarga sutileza del fracaso”.
Ariel tomó la mano de Jean, y ambos se dieron un breve apretón de manos sin prometer que volverían a verse. La despedida fue demasiado sencilla para alguien a quien se había echado tanto de menos durante tanto tiempo.
Jean le abrió la puerta. Ariel salió a zancadas y montó rápidamente en su caballo. Se movía con rapidez, y Jean observó cómo su mecenas se alejaba cabalgando en la noche antes de darle la espalda. A lo lejos, vio que se encendía la hoguera y pensó que era hora de dirigirse al palacio.
Fue entonces cuando lo sintió, algo frío le rozó la cara y desapareció, como si fuera una ilusión. Jean levantó la cabeza y miró al cielo. Estaba nevando.
*
Podía oír rugidos que amenazaban con hacer temblar el suelo. El incendio se había declarado en el otro extremo del palacio. Se decía que era el lugar donde se guardaban los retratos de los antiguos emperadores y de los miembros de la familia real. Jean se unió a sus compañeros. Wickham le guiñó un ojo.
“No es propio de ti llegar tarde.”
Cornell parecía haberse marchado de la capital sin hablar de lo sucedido la noche anterior. Jean asintió, sintiendo el peso de la culpa abalanzarse sobre él. Desde lejos, pudo ver a las fuerzas del Gran Duque moviéndose al unísono. Llevaban armaduras grabadas con el símbolo real. Debían de ser los espías revolucionarios infiltrados en el ejército ducal.
“¿Cómo nos va?”, preguntó Jean.
“Nuestros camaradas, portando el estandarte de Joachim, se han adentrado en el recinto sembrando el caos más absoluto. Ante los ojos del mundo, semejante desmán se atribuirá, sin duda, a la autoría del Príncipe Heredero. No tardará en presentarse el Gran Duque, bajo el burdo pretexto de apaciguar las aguas”.
Y cuando mate al príncipe, iniciaremos nuestro complot, le susurró el viejo amigo de Jean.
Jean se mantuvo en silencio. Estaban rodeando el palacio del Príncipe Heredero. Se encontraban exactamente en el mismo lugar por el que Jean había caminado tan a menudo, el sendero que rodeaba la fuente seca. Los naranjos bajos y los arbustos ocultaban a sus camaradas revolucionarios.
El Gran Duque se aproximaba, no desde este lado, sino desde el camino que conducía de regreso al gran palacio. Afuera, el sonido de los cascos de los caballos y los disparos resonaba con fuerza. Los jinetes de la caballería del duque debían de haber llegado. Jean pudo ver a algunos que deponían sus armas y banderas de manera fingida.
Entre ellos, el Gran Duque Robert Joachim avanzaba, vestido con su armadura. Llevaba a alguien en brazos. Algunos de los hermanos, que habían levantado ambos brazos en el aire, fueron capturados y llevados detrás del duque. Jean escuchó cómo se amartillaban las armas, acompañado por el sonido de espadas al ser desenvainadas. Y cuando Wickham hizo un gesto con la mano, todos los que se habían reunido se movieron a la vez. Silenciaron sus pasos y gatearon detrás de las fuerzas ducales para posicionarse.
El Gran Duque miró a Jean buscando una señal. Sus miradas se cruzaron y Jean asintió, dándole la señal que había estado esperando.
“¡Maximillian!”
La voz del gran duque retumbó, llegando hasta las altas bóvedas del palacio con su presencia imponente. Ataviado con la armadura de guerra de antaño, iba flanqueado por dos hombres armados. Jean reconoció sin dificultad al que estaba a la derecha. Era De Palatine.
“¡Maximillian, mi sobrino! ¡Qué atrocidad tan monstruosa os habéis cometido!”
Robert Joachim gritó mientras caía de rodillas. Fue entonces cuando Jean vio al hombre en brazos del duque, con el rostro y las extremidades inertes. El hombre era anciano y aún llevaba la corona en la cabeza. Es el emperador, murmuró Wickham.
“Abrid las puertas.”
Robert Joachim rugió, con la voz cargada de lamento. Su actuación era bastante convincente. Por detrás de él aparecieron dos hombres, corriendo para mantener las puertas abiertas. Agarraron las dos colosales aldabas talladas con la forma de lobos, y todo el mundo contuvo el aliento. El crujido de las puertas se escuchó lentamente a continuación.
Jean inclinó con mucha delicadeza su arma hacia un lado, la cual había estado apuntando hacia el aposento de Maximillian. Ahora apuntaba al Gran Duque. Las puertas se abrirían para mostrar una habitación vacía. Jean planeaba dispararle al duque por adelantado y eliminar primero al comandante. Eso ayudaría a sus camaradas. No se enfrentarían a ninguna confusión y canalizarían sus esfuerzos en erradicar a las fuerzas ducales.
Uno, comenzó a contar Jean en silencio.
No harían falta más de unos pocos segundos para revelar que el aposento estaba vacío.
Dos. Sintió que la luz se dispersaba. Era precisamente el momento del día en que la luz llamaba a la ventana de la habitación del príncipe.
Tres…
Debió de haber dejado las ventanas abiertas al amanecer, porque Jean sintió el viento pasar. Junto con el sonido de las cortinas ondeando en el aire, las puertas fueron empujadas, revelando lentamente sus secretos.
La sombra se alargaba hasta alcanzar los pies del Gran Duque. Era tan larga como la altura del sol, y detrás de la sombra, la luz era tan gloriosa como siempre, amenazando con cegar a quienes se atrevieran a mirarla fijamente. Todo irradiaba luz bajo su esplendor, el enorme tapiz que cubría la pared, el techo pintado, los adornos chapados y las mesas de meticulosa factura. Y lo mismo ocurría con la lámpara de araña del techo, firmemente sujeta con tela.
Justo debajo de esa misma lámpara de araña se sentó, en un gran sillón con caras de lobos talladas en los reposabrazos.
“¿Acaso una víbora carente de vergüenza y de conciencia ha osado abrirse paso nuevamente hacia el palacio?”
Su rostro estaba tan radiante como siempre.
Los dedos de Jean, a punto de apretar el gatillo, se detuvieron. Parpadeó. Antes de darse cuenta, ya estaba bajando el arma. Parecía estar hipnotizado por una ilusión. Parecía estar soñando.
¿Es este el momento que una vez vi en mis sueños?, se preguntó Jean.
Tenía la boca ligeramente entreabierta y, sin darse cuenta, sentía la boca seca.
“Habéis retenido a mi Padre entre vuestros inmundos brazos todos estos años. Ha llegado la hora de que sea liberado. Harto ha padecido ya en la búsqueda de su sosiego; no merece sufrir mayor deshonra”.
Esto tenía que ser un sueño, o al menos eso pensaba Jean.
Sin embargo, la vista ante sus ojos parecía muy vívida. Era un callejón sin salida absoluto y evidente. La mesa al lado de Maximillian, el arma sobre ella, la silla en la que Maximillian estaba sentado… Jean podía verlo todo con total claridad. Ni siquiera se atrevía a parpadear.
Maximillian estaba sentado en su silla como de costumbre. El príncipe se veía tan elegante y sereno como siempre que Jean venía a visitarlo para retratarlo. Llevaba puesto el justacorps blanco que Jean le había regalado.
“¡El Gran Duque podrá llorar su pérdida, pero llora por un fantasma! No me callaré mientras los verdaderos traidores susurran en su oído. ¡Si es honor lo que exigís, que la verdad salga a la luz en el patio central, en lugar de quedar sepultada en las sombras de esta corte!”
Jean oyó la voz del conde De Palatine resonando en su oído, y la risa alegre que Maximillian soltó en respuesta.
“Aquel sóis tú, De Palatine.”
El príncipe se mofó. Su tono carecía de la amabilidad que alguna vez tuvo. Jean lo miraba fijamente, como si quisiera perforar con la mirada el rostro de Maximillian, quien se había llevado la mano a la cabeza. Jean miraba claramente al príncipe, pero el rostro de este no mostraba explicación alguna. Simplemente continuó hablando con fluidez. El príncipe habló una vez más:
“Os ruego me digáis, ¿os complacisteis ante el ciego, dado que poseéis apenas un mínimo ápice de vergüenza y honor?”
Habló con un tono de auténtica curiosidad, bajo el cual se ocultaba un claro aire de burla. Sin embargo, al mismo tiempo, la frase planteaba un reto a la hora de descifrarla.
“ ¿El ciego?”, murmuró Wickham, al ver el rostro encendido de De Palatine.
“Tonterías… Eso no es ¡Con qué lengua viperina me acusáis! Y… yo he hecho todo lo posible por serviros…..”
“¿Acaso suponéis que la falta de vista trae consigo también la falta de oído y de olfato?”
“¡E-eso… eso es una mera conjetura vuestra! Habláis de un acto que no habéis visto….”
Y ante las palabras de De Palatine, Maximillian estalló en carcajadas. El sonido cortó el silencio, pesando con fuerza en el aire. Se rió tanto que las lágrimas asomaron a sus ojos. Se las limpió antes de volver a hablar.
“Oh, mi queridísimo Conde De Palatine. ¿Y debería asumir que vos mismo estáis aquí porque habéis presenciado cómo asesinaba a mi padre con vuestros propios ojos?”
“…”
“¿Y usted, el gran duque Robert Joachim?”
Nadie respondió. Momentos antes, el Gran Duque había acunado con ternura el cuerpo de su hermano en sus brazos. Ahora, miraba con odio asesino a su sobrino, que estaba sentado solo, sin un solo soldado a su lado. De Palatine lo miraba con la misma intención asesina.
El ciego. Jean rumiaba las palabras entre medias. Era una declaración extraña. ¿Quién estaba ciego? ¿Quién—
“De Palatine, en verdad poseo un mínimo ápice de vergüenza y honor, y es precisamente por tener estas virtudes que hoy me encuentro sentado aquí. Me siento aquí hoy para aceptar la responsabilidad de todo, grande y pequeño, lo que he pisoteado a lo largo de mi vida; para arrepentirme del único deber que me fue impuesto al nacer y que he fracasado en cumplir.”
El rostro de Maximillian apuntaba directo hacia sus oyentes, como si estuviera mirando algo. Sin embargo, sus ojos no se movían, como si estuvieran rotos, como si no hubieran logrado distinguir a Jean o, tal vez, hubieran sido incapaces de percibirlo desde el principio.
“Me siento aquí a costa de aquello que considero lo más sagrado en mi corazón”.
‘Es una cobra escupidora. Una serpiente que escupe veneno, cegando a su adversario’
Jean recordó el vacío que se percibía en la voz de Maximillian. La forma en que solía bajar la mirada y cómo se había puesto tenso cuando Jean se le acercó en el baile de máscaras.
‘Preferiría la oscuridad por un tiempo’.
Jean sintió como si pudiera escuchar aquella voz extrañamente tensa, el cuerpo del príncipe temblando levemente, la forma en que se aferraba a su ropa, apretando la costura con fuerza… Fue el recuerdo de aquel día en particular el que se abrió paso a la fuerza entre el cúmulo de recuerdos de Jean. Cada escena fugaz encerraba una verdad mayor que la totalidad de ese día, que todo aquel recuerdo. Las manos de Jean comenzaron a temblar. Al mismo tiempo, recordó la presentación que Robert Joachim había hecho de De Palatine.
‘Un buen muchacho. Desde el fallecimiento de Lady De Palatine, él ha cuidado fielmente de su hermano ciego durante más de una década.’
Por desgracia, Jean comprendió. Ahora entendía por qué Maximillian había elegido a De Palatine. Comprendía cómo el conde había logrado ser invitado a la residencia del Gran Duque.
El ambiente pronto quedó sumido en el silencio. Todos los presentes contuvieron la respiración al unísono, como si lo hubieran acordado previamente. No se debía únicamente a las palabras claras y evidentes del Príncipe Heredero, sino más bien a la forma en que mantenía su imperturbable y elegante porte ante el peligro inminente. Su elegancia poseía una autoridad innata, y quizás sea esta cualidad la que deba considerarse la verdadera causa del silencio reinante.
Era algo que ninguna fuerza física o terrenal podía disminuir. La atmósfera estaba impregnada de una solemnidad que prevalecía cuando uno defendía con firmeza su dignidad frente al hambre, los deseos y las amenazas a su propia vida. Era una fortaleza que solo podía exhibir quien nacía con dignidad y se esforzaba por preservarla.
“No entiendo ni una sola palabra de esas galimatías que sueltas, Maximillian Joachim. Estaba inclinado a escuchar vuestras últimas palabras, como muestra de respeto a vuestro estatus y linaje como Príncipe Heredero de este imperio, pero—”
Robert Joachim fue el primero en recuperar el sentido, aunque su voz sonó entrecortada. Maximillian respondió con una risa burlona.
“Oh, mi tío, el Gran Duque Robert. No tengo nada que deciros, ni busco vuestro perdón.”
“¿Qué?”
“Solo he de hablar a quienes habrán de narrar las crónicas de la historia y preservarlas para las generaciones venideras”.
Y, de repente, el príncipe se levantó de su asiento. Todo el ejército en disputa retrocedió como uno solo, adoptando la apariencia de una bestia colosal11 atrapada por el terror. Jean se vio a sí mismo asegurando el agarre de su arma. Estaba desconcertado por los acontecimientos que se desarrollaban ante él. Todo el mundo estaba inquieto, murmurando, y aquellos que habían estado apuntando con sus armas al príncipe también se sobresaltaron.
Si disparo ahora, pensó Jean para sí mismo. Tres hombres estaban al frente, incluido el Gran Duque. Si disparo ahora—
“Os ordeno que transmitas las historias del pasado a la posteridad”.
¿Podría salvarlo?
“Y que se sepa que el último heredero de la Casa de Joachim no vaciló desde donde se encontraba, ni siquiera un solo paso”.
El príncipe heredero habló mientras observaba la escena que se desarrollaba a su alrededor. Su mirada se desplazaba lentamente, con mucha cautela. Mientras tanto, Jean ajustó su arma, apuntando con precisión a la cabeza de Robert Joachim.
Si disparo primero a Robert Joachim y luego aprovecho el caos resultante para eliminar a los demás, tal vez…. Jean estaba pensando en eso cuando lo oyó. El príncipe había vuelto a hablar.
“Me encuentro en el confín de los finales…”
El mensaje comenzaba de forma enigmática.
“…y tú, en la vanguardia de los comienzos.”
Pero Jean supo de inmediato para quién habían sido pronunciadas aquellas palabras. Miró al príncipe, quien lo observaba directamente. La reacción fue instantánea, como si se hubiera quemado al tocar el fuego. La mirada del príncipe ya no apuntaba hacia abajo. Miraba directamente hacia el frente, orgulloso y sin miedo, sin nada que ocultar. Sus miradas se cruzaron, o al menos eso pensó Jean, cuando vio que los labios del príncipe se entreabrían de nuevo, anticipando que iba a hablar.
“Con mi mano, en la vuestra”.
La voz era tierna, el tono era dulce, pero la mirada en el aire permanecía severa. No flaqueó. Lo único que flaqueaba eran los ojos de Jean. Su boca estaba seca. En el momento en que vio a Maximillian sentado en la silla, Jean fue presa del pánico y del presentimiento, los cuales aumentaron en magnitud hasta abrumarlo por completo, devorándolo en su vasta y formidable presencia. Mientras tanto, la mirada de Maximilian se mantuvo firme. Demasiado firme. Y Jean sabía la razón.
“…¿Recordáis vuestro último voto?”
Maximillian buscaba a Jean en la oscuridad en la que se encontraba atrapado.
‘No soltéis mi mano’.
Maximillian sabía que Jean se aferraría a las palabras que él había pronunciado la noche anterior, tratando de conservarlas.
Jean era el único ser que podía responder, y dado que no lo hizo, no hubo respuesta alguna. Todos mostraban una expresión de confusión en sus rostros, aunque manteniendo la vigilancia, mientras se miraban unos a otros. Jean apenas se percató de que sus brazos temblaban de forma incontrolable. Vio al príncipe posar la mano sobre la mesa que tenía al lado, y en ese instante, Jean distinguió el objeto que estaba sobre ella. Era lo que le había regalado al príncipe una vez. Era lo que le había entregado al príncipe una vez que se hubieron liberado de la larga oscuridad, con la esperanza de que lo protegiera. Cuando Jean llegó a su conclusión, gritó el nombre del príncipe antes de que pudiera siquiera detenerse.
“¡…Maximin!”
Un rayo cegador de sol se filtró a través de las ventanas, deslumbrante y preciso, como si se atreviera a partir a Maximillian por la mitad. Justo cuando la luz y el cristal se alinearon, un disparo resonó y desgarró el corazón de Jean. Entonces alguien, aparentemente sobresaltado por el sonido anterior, disparó al príncipe.
En ese momento, Jean vió desmoronarse el cuerpo del ser más hermoso que jamás hubiera estrechado en sus brazos y saboreado en sus labios. Los disparos empezaron a estallar todos al mismo tiempo como fuegos artificiales, pero todos sonaban lejanos para los oídos de Jean. Disparó a todos los que tenía delante y corrió hacia delante con todas sus fuerzas, abriéndose paso con el cuerpo. Como un caballo con anteojeras, Jean no vio nada más a su alrededor. No podía ver nada más. Solo tenía ojos para el hombre que estaba lejos de él. La mancha carmesí de sangre estropeaba el inmaculado justacorps que llevaba el príncipe. La escena parecía una camelia roja floreciendo desafiante en medio del frío del invierno. Aquella flor por sí sola cautivó la mirada de Jean, como siempre lo había hecho, desde un oscuro momento en el tiempo.
*
Los disparos resonaron en el aire. El ejército ducal, con las armas en alto, se desmoronó rápidamente ante el avance de las fuerzas revolucionarias desde la retaguardia. Sin embargo, eso no significaba que no hubiera resistencia. Con cada grito y gemido, torrentes de sangre brotaban en el aire, junto con su característico olor metálico. Alguien, y luego otro, sujetaba a Jean por la espalda, pero él no se detenía. Disparaba a cualquiera que se atreviera a obstaculizar su avance, sin importarle quién fuera. No podía mirar, pues sus ojos solo se posaban en una persona.
“¡Maximin…!”
Como si estuviera sumido en una profunda siesta, envuelto en el sueño, el príncipe estaba sentado de lado en su silla, muy de lado. Si no hubiera sido por la sangre en el abrigo y en el cuero, Jean habría creído que el príncipe simplemente se había quedado dormido. Jean se quitó apresuradamente su propio abrigo.
“Maximin, abrid los ojos, por favor”.
Jean le arrulló, envolviendo el abrigo alrededor del pecho del príncipe, cuya carne estaba destrozada y consumida. No obtuvo respuesta alguna. Maximillian parecía estar profundamente dormido.
“He venido, Vuestra Gracia”.
¿Acaso no podía oír en medio de tanto estruendo? Jean acercó sus labios justo al oído del príncipe. Aproximó su rostro para sentir la respiración del príncipe, pero, por desgracia, solo el espantoso silencio envolvía al príncipe. Las manos de Jean temblaban. Presionó su mejilla contra la del príncipe. Se sentía fría.
“Yo…”
Al fin y al cabo, el príncipe siempre había sido frío.
“Maximin, vuestra Montespan ha llegado”.
Jean le cogió la mano a Maximin, entrelazando sus dedos. Parecía que, en cualquier momento, él le devolvería el gesto, tal y como había hecho la noche anterior. O, como mínimo, que en cualquier momento entreabriría los ojos y le devolvería la mirada. Pero Maximillian no respondió. Simplemente dormía profundamente, como siempre había hecho.
“¡Jean! ¿Jean?”
Alguien lo sacudió. Y junto con él, la mano con la que sostenía la de Maximillian también tembló, pero el príncipe seguía inmóvil. Jean se resistió a las manos que lo sujetaban e intentaban arrastrarlo lejos. Maximin, llamó Jean, pero el despiadado príncipe solo le devolvió silencio. Jean sacudió la cabeza.
Cuando Jean tiró de Maximin, este cedió con tanta facilidad y, sin embargo, con tanta pesadez. Jean lo bajó de la silla y estrechó al príncipe con fuerza entre sus brazos. El abrigo con el que lo había envuelto se sentía denso, sobrecargado por el peso de la sangre que había absorbido. Jean levantó el cuerpo junto con la prenda. Ningún sonido de vida provenía del príncipe.
“¿Por qué?”
Jean tardó bastante en atreverse a preguntar.
“…¿Por qué?”
Era una pregunta que nadie era capaz de responder. Jean percibió que todo estaba en silencio. Todavía se oían disparos, aunque ahora resonaban en la lejanía. Sus camaradas, que lo habían estado arrastrando, también habían desaparecido. Lo único que quedaba era el cadáver tendido del gran duque y la quietud. Jean acarició el rostro del príncipe. Incluso mientras le besaba la frente, todo su cuerpo temblaba.
“¡Por qué!”
Preguntas sin respuesta rugían en su interior. ¿Por qué estaba el príncipe aquí? ¿Por qué no se había marchado? ¿Por qué no había dicho nada sobre su vista?12… ¿Por qué le había jurado su promesa a Jean y por qué lo había buscado la noche anterior, solo para tomar esta decisión? El resentimiento acompañaba a cada una de sus preguntas. La ira se mezclaba con el dolor, pero, aun así, Jean estrechó al príncipe dormido con más fuerza en sus brazos, pues temía que el príncipe pudiera abandonarlo una vez más, esfumándose su mismísima presencia de su agarre para toda la eternidad.
“Maximin”.
‘No debí haberos visitado este día.’
Las palabras susurradas resonaban en la memoria de Jean como si las hubiera pronunciado el hombre que tenía los ojos cerrados. Jean recordó la forma en que el príncipe se lo había pedido, con un tono que parecía hablar de amor. ¿Acaso no le había pedido perdón? Sí, le había pedido a Jean que lo perdonara.
“¿Acaso no os lo supliqué? Vuestra Montespan os lo rogó…”
‘No necesitáis pedir perdón, Su Gracia.’
Fue un tonto por haber dicho esas palabras.
‘Por cada pecado y cada locura, yo cargaré con el peso.’
Debería haber rechazado la petición. Debería haber declarado que nunca perdonaría al príncipe si algo salía mal. Al menos así, el príncipe habría tenido dudas sobre su decisión. Jean no debería haber ayudado a aliviar su culpa, no de esa manera, ni siquiera aunque fuera lo que el príncipe deseaba con todas sus fuerzas.
“Vuestro catamita…”
Jean no pudo hablar más. Simplemente estrechó a Maximillian contra su pecho. Lo sostuvo tan cerca, tan fuerte, como si quisiera triturarlo en su abrazo. Que el príncipe lo hubiera abrazado exactamente de la misma manera la noche anterior parecía un sueño. De hecho, Jean habría preferido mil veces que fuera un sueño dulcemente tejido, conjurado tras su rendición mortal a la larga y amarga noche del gélido invierno.
“Vuestro catamita ha sido un tonto una vez más…”
Entonces podría entregarse a un nuevo sueño. Entonces podría confesarle al príncipe que jamás le concederá el perdón.
“Y ha confiado en vos una vez más…”
Y Jean le susurraría su amor. Le susurraría su amor mil veces para que ese amor se convierta en los grilletes que aten al príncipe a esta vida.
Las pisadas rompían el silencio, resonando a través de la quietud del espacio. Jean no levantó la cabeza para ver de quién se trataba. Quizás sus camaradas habían regresado tras haberlo dejado solo previamente. No le importaba si habían vuelto para volarle la cabeza de los hombros. Simplemente atrajo al príncipe más cerca en su abrazo. Jean estaba listo para partir con él.
“Jean Erhardt.”
Sin embargo, lo que escuchó no fue un disparo, sino una voz. Jean alzó la vista para encontrarse con el rostro de alguien a quien no esperaba ver. El hombre miró hacia abajo a Maximillian mientras se agachaba y extendía la mano. Jean estrechó a Maximillian aún más cerca, protegiendo a su príncipe detrás de sus brazos. El hombre dejó escapar un breve suspiro.
“Vuestra Gracia me ha encomendado el cuidado de sus restos mortales”.
En lugar de responder, Jean recogió el arma del suelo y apuntó al interlocutor. El hombre no mostró cambio alguno en su semblante. Se limitaba a mostrarse indiferente, como si se enfrentara a una circunstancia que ya había previsto de antemano.
“Si permanecéis en vuestro estado, vuestros camaradas regresarán y lo colgarán en la plaza. ¿Es eso lo que deseáis?”
“¿Por qué? ¿Por qué no os lo llevásteis?”
Los dos se miraron fijamente. Ninguno había respondido a la pregunta del otro. El semblante del que sostenía el arma se desdibujaba entre lágrimas, mientras que el del otro se mantenía distante, velado por la oscuridad.
“Su Alteza deseaba que se pusiera a salvo a otra persona”.
De la habitual cortesía del interlocutor no quedaba ni rastro; sin embargo, su actual forma de hablar le sentaba mejor que ninguna otra cosa. Lo mismo ocurría con la expresión endurecida de su rostro, del cual se había borrado por completo su acostumbrada y suave sonrisa.
“Era un hombre de aguda inteligencia. Incluso de niño, era astuto, brillante”.
“…”
“Fue un honor servirle como mi Liege13. Fue un auténtico privilegio, y él era un hombre tan honorable que me quedé sin palabras cuando apareció con vuestra mano entre las suyas”.
Jean bajó lentamente el arma. Liege. Era una palabra tal vez demasiado anticuada para ser pronunciada por un miembro de los revolucionarios.
‘Jean. Mis guardias ya me protegen. Están simplemente ocultos, no visibles a vuestros ojos.’
De repente, Jean recordó las palabras que Maximillian le había dicho hacía mucho tiempo, junto con el recuerdo de que Cornell había sido especialmente rápido en reconocer la identidad de Maximillian.
Cornell articuló Jean con rudeza el nombre de su camarada, como si buscara una confirmación a través de aquel acto. Cornell, que se encontraba arrodillado sobre una rodilla, no respondió en absoluto, sino que se limitó a contemplar a Maximillian con profunda reverencia.
“Las mareas de la historia están marcadas por el destino—”
Él levantó la mano inerte y acercó sus labios al dorso, besándola.
“—todo lo que el líder de una nación desahuciada podía hacer era inclinarse ante ese destino, esforzándose por reducir el derramamiento de sangre”.
“…”
“Fueron las palabras que pronunció al percatarse de que su visión se desvanecía, después de haber reflexionado durante un largo, largo tiempo”, dijo Cornell mientras atraía hacia sí el cuerpo del príncipe.
Sin embargo, Jean no lo soltó. Cornell negó con la cabeza y sus miradas se cruzaron. Antes de que se diera cuenta, Jean ya estaba gritando de angustia.
“¿Él lo sabía todo?”
Cornell no respondió, pues no había necesidad de hacerlo. Que aquel hombre, que había habitado entre los camaradas de la causa, hubiera reconocido a Maximillian como su legítimo señor14, bastaba como respuesta. Jean, simplemente, se negaba a creerlo.
“Él… todo… desde el principio…” murmuró Jean para sí mismo.
Recordó al príncipe, paseando con las manos entrelazadas a la espalda mientras pronunciaba el nombre de Jean en tono de broma. Jean recordó las palabras viles que lo habían obligado a subirse a la cama del príncipe, las manos que tocaban su cuerpo, el tono canturreante con el que el príncipe hablaba. Todo regresaba a él con una lucidez tan vívida que resultaba agonizante.
“Cuando le di mi último adiós”, comenzó Cornell. “Lo encontré en el pasaje junto a la colina.”
Su voz era grave y profunda. Jean recordó al instante el lugar del que hablaba aquel hombre.
“Se mostró sorprendido”.
Era el pasaje de tinieblas en el que Jean había entrado, aferrado a la mano de Maximillian.
“Y parecía enormemente compungido de que vos no hubierais bloqueado el paso”.
Jean no dijo nada. No podía. Recordó cómo Maximillian había acudido a él y lo había llevado a aquel lugar. Era la forma que tenía Maximillian de darle una oportunidad a Jean. Lla oportunidad de servir a su causa. La oportunidad de bloquear el paso, impedir la huída del príncipe y labrarse un nombre.
“…Tomó una decisión equivocada”.
Me trajiste a este lugar y me enseñaste cómo matarte. Por desgracia, la verdad se abrió paso en la mente de Jean.
“Hubiera sido mejor para vosotros no haberos conocido nunca, tanto para ti como para Vuestra Gracia”.
Cornell tenía razón, pues no era la forma de matar al príncipe lo que Jean había aprendido al final de aquel sendero. Al final de esa oscuridad profunda y cegadora, solo llegó a comprender sus propios sentimientos. El amor que deseaba albergar y nutrir, incluso a costa de innumerables excusas y justificaciones.
“¿Sabía… quién era yo?”
Tras un largo rato de silencio, Jean habló por fin, después de haber reflexionado y sopesado la situación detenidamente.
“¿Antes incluso de conocerme?”
Jean tenía la boca completamente seca y, en ese instante, percibió inquietud en los ojos de Cornell. Todo el cuerpo de Jean empezó a temblar como una ramita atrapada en el remolino de una tormenta violenta.
“¿Cómo?”
Jean preguntó, pero no obtuvo respuesta. Cornell se limitó a bajar la mano e intentó de nuevo llevarse a Maximillian. Y Jean volvió a preguntar, negándose rotundamente a soltar a su príncipe.
“¡¿Cómo?!”
En ese preciso momento, desde la distancia, los ecos de pisadas y voces flotaron en el aire: la gente proclamaba las palabras libertad y emancipación. Los ojos de Cornell temblaron con aprensión, y Jean no aflojó su agarre sobre el príncipe hasta que, finalmente, Cornell entreabrió los labios para relatar su historia.
*
Montespan clavó la mirada en el exterior y vio que la nevada era intensa. Con el tiempo, se acumularía lo suficiente como para llegar a las rodillas de un hombre. Soltó un suspiro. En los últimos días, el clima había sido sumamente severo, y cada vez resultaba más difícil soportar el invierno únicamente al calor de la chimenea. Exhaló en el aire, provocando un vaho blanco con su aliento, y observó cómo se disipaba. La escarcha se había acumulado en el cristal de la ventana, y ella la limpió con suavidad. Era una tarea que su sirviente habría realizado por ella en tiempos pasados, pero era un lujo que ya no se podía permitir.
‘Dirigíos hacia el este y conducid vuestro carruaje hacia los dominios de la Casa de Baden. Se os perdonará la vida, pero más allá de eso, no hago promesa alguna’.
Montespan recordó al Príncipe Heredero, quien la había visitado de repente una noche, ordenándole con una mezcla de suavidad y severidad que reuniera sus pertenencias. El príncipe siempre había sido cortés, incluso con la mujer que había sido la archienemiga de su madre, a quien él había perdido en su juventud.
¿Le habrán perdonado la vida?, se preguntó mientras se llevaba la taza de té a los labios.
Le habían informado de que el palacio había sido tomado por aquellos que se hacían llamar revolucionarios. Por desgracia, al príncipe no le habrían perdonado la vida. Chasqueó la lengua y, mientras se alejaba de la ventana, escuchó el relincho de un caballo.
Montespan miró hacia abajo desde la ventana. A lo lejos vio un caballo, todavía demasiado distante como para ser algo más que un pequeño punto negro. Alguien iba encima, cabalgando y acercándose a ella. Era un hombre, envuelto en una capa voluminosa. Sin embargo, la prenda parecía insuficiente para protegerlo del frío. No tenía necesidad de preguntarse si el hombre venía a buscarla, pues en aquel humilde bosque que le había sido cedido por el conde de Baden, no habitaba nadie más que ella misma.
Montespan bajó las escaleras. Se preguntó si podrían ser los sirvientes del conde, que venían a notificarle cuál sería su próxima morada. Pero las llegadas habituales de estos se caracterizaban por carretas tiradas por bueyes y cargadas con provisiones para su sustento. Por el contrario, este jinete venía solo y no traía pertenencias. Abrió la puerta y los copos de nieve entraron danzando en la casa. El caballo se aproximaba lentamente junto a su amo. El hombre era sumamente apuesto, imponente y de hombros anchos, con su cabello dorado adornado por copos de nieve que centelleaban bajo la luz del sol.
“…Os ruego me digáis, ¿sois vos Montespan?”
El hombre parecía cansado al desmontar de su caballo. Montespan asintió con la cabeza. Y esperaba que, tras confirmar su identidad, él se presentara a su vez. Sin embargo, no mencionó su nombre ni habló de ningún asunto que le concerniera. Simplemente, pronunció las siguientes palabras mientras se quitaba la capa.
“Se me ha dicho que… Maximillian os solicitó que conservaraís algo que le pertenece”.
Montespan se sorprendió, en primer lugar, ante el nombre de Maximillian y, en segundo lugar, ante la palabra conservar. Montespan observó al hombre con cautela, pero aquel que tenía la osadía de pronunciar el nombre del Príncipe Heredero permanecía imperturbable. Él le devolvió la mirada, mostrándose aparentemente igual de observador, aunque con un deje sutil de melancolía en sus ojos. Tras vacilar por un instante, Montespan respondió.
“Él me había ordenado prenderle fuego y no permitir que viera la luz del día”.
‘Lleváoslo con vos. Deshaceos de ello o prendedle fuego’.
Montespan podía escuchar las palabras del príncipe resonando por encima de las suyas. Recordó al príncipe, quien había sido incapaz de apartar la mirada del objeto incluso mientras pronunciaba aquellas palabras. Para cuando se despidieron, él ya solo podía distinguir algo que estuviera muy cerca o una luz intensamente brillante, lo que hacía que su comportamiento resultara aún más peculiar. Actuaba como si pudiera ver el objeto en su totalidad. Sonrió para sí mismo y, al final, le concedió un suave beso, como si estuviera contemplando con ternura algo muy querido ante él.
“¿Y lo llevásteis a cabo?”
Esa fué la última vez que Montespan vió al príncipe heredero. Él la condujo por el pasaje secreto de la familia real y regresó al palacio. Su actitud parecía totalmente natural, como si simplemente estuviera volviendo al lugar que le correspondía por derecho.
Montespan dudó un momento antes de negar con la cabeza en respuesta. Casi se había obligado a destruirlo en varias ocasiones. Sin embargo, cada intento terminaba en fracaso al recordar el rostro del Príncipe Heredero al honrarlo con un beso. Le resultaba incomprensible que él quisiera destruir algo que tanto apreciaba. También anticipaba que, si sobrevivía y se volvían a encontrar, buscaría el objeto.
“Mostrádmelo”.
“…No podría mostrárselo a ningún hombre que no se hubiese dado a conocer. ¿Quién sois vos?”
Montespan habló, mientras ocultaba sutilmente su silueta tras la puerta. Sintió un vuelco de terror al percatarse de la absoluta vacuidad en el semblante del hombre. Su rostro lucía una expresión ausente, como si se hubiera desprendido de cualquier atadura mundana. Parecía desprovisto de todo sentimiento y capaz de cometer cualquier atrocidad, en especial contra la amante de un monarca fallecido, desprotegida y a su merced.
“Él estaba…”
Sin embargo, al instante siguiente, la voz del hombre comenzó a titubear. Fue un matiz sutil, pero que revelaba sin lugar a dudas un atisbo de sensibilidad.
“Él debía estar en ese carruaje.”
Una emoción imperceptible se agitó en sus ojos azules, como una ola que subía y bajaba. Su reacción no respondía a la pregunta de ella, pero Montespan captó al instante lo que quería decir, así como su identidad.
“Os ruego me digáis, ¿cómo se encuentra el Príncipe Heredero?”
Ella preguntó con cautela, y el hombre no respondió. Se limitó a llevarse la mano a la boca, ocultándola parcialmente, y desvió la mirada. Aquella fue toda la respuesta que necesitó. Montespan ahogó un grito. Todavía podía imaginar con total nitidez la espalda del príncipe mientras se desvanecía por el sombrío sendero que conducía al palacio, como si siguiera el curso del sol poniente y su luz desfalleciente.
Abrió la puerta y dio un paso atrás. El hombre se detuvo un instante, vacilante a la hora de entrar en la casa. Luego se mordió el labio e ingresó. Montespan lo guio hasta el salón de recibir. Con cada paso del hombre caía nieve que se derretía en el suelo. Dejó a su invitado a solas por un momento y se dirigió a su aposento. Tomó una prenda de vestir y regresó.
“Antes de que nos separáramos, él colocó esto encima, diciéndome que era su abrigo más preciado. Es de tal valor que lo he estado cuidando con esmero desde mi llegada aquí”.
Con estas palabras, Montespan presentó el justacorps del Príncipe Heredero. El recuerdo de cómo aquel tono rosa pálido lucía exquisito en contraste con la tez clara del príncipe seguía siendo impactante. Los bordados dorados y los resplandecientes broches de ópalo eran de un valor inestimable, y la prenda le sentaba al príncipe a la perfección, como era de esperar, al haber sido confeccionada expresamente para su persona. Montespan le había preguntado al príncipe cómo había llegado a poseerla. Él respondió que la había adquirido, ay, tras una promesa que le hicieron hacía mucho tiempo, con una sonrisa que recordaba a la de un niño travieso.
El hombre se quedó contemplando la prenda. La estrechó con ambas manos, pareciendo desorientado, sin saber qué hacer ni cómo debía actuar. Un torbellino de emociones parpadeaba en sus ojos, apareciendo y desvaneciéndose una y otra vez.
Montespan observó cómo él se mordía el labio antes de soltarlo. Permaneció así durante un largo rato. Luego recuperó la compostura, borrando cualquier rastro de angustia de su semblante, y asió la prenda con firmeza. Miró a Montespan con una mirada que parecía transmitir que estaba listo. Sus ojos se encontraron y Montespan se levantó de su asiento.
“Él me había ordenado quemarlo, pero… no lo hice, pues ante la remota posibilidad de que vos me hallaráis de alguna manera, de algún modo, consideré que desearíais fervientemente reencontrarse con ello. Después de todo, lo apreciaba en gran manera”.
Por supuesto, qué pintor miraría su propia obra con menos aprecio…, murmuró ella a modo de excusa.
El objeto que Maximillian le había encomendado custodiar, la última pintura en la que había trabajado colgaba en su aposento. Ella lo había colgado tan pronto como llegó a esa casa. El lienzo era de un tamaño considerable, y su presencia en la habitación de una mujer de la nobleza resultaba de lo más adecuada.
Montespan lanzó una breve mirada hacia atrás mientras abría la puerta. El hombre permanecía inmóvil. Ella dio un paso a un lado con suavidad. La pintura colgaba en el centro del aposento, perfectamente visible desde donde el hombre se encontraba ante la puerta abierta. Ella se colocó detrás de la puerta y esperó la entrada del caballero. Sin embargo, él se quedó junto al umbral, con la barbilla ligeramente alzada, los ojos fijos y la mirada clavada en el lienzo.
Un rayo de luz iluminó al hombre. El sol parecía deslizarse más allá de los dos grandes ventanales que flanqueaban el lienzo, y el rayo de luz brillaba con especial intensidad, probablemente avivado por el reflejo de la nieve. Montespan estudió aquella luz, esperando la reacción del hombre. Él se mantenía inmóvil, como si estuviera echando raíces en el lugar. La luz llegó a ser demasiado deslumbrante como para resultar cómoda, pero su mirada continuaba fija. Montespan se vio incapaz de hablar. Más aún al ver que los ojos de él comenzaban a derramar lágrimas en silencio.
El hombre no habló, simplemente permaneció inmóvil durante un largo rato. Solo después de un rato, Montespan se dio cuenta de que apretaba con fuerza el justacorps de color rosa pálido entre sus manos. Vio las arrugas en la prenda, marcadas por la presión de su agarre.
Montespan no lo había previsto. Observó las lágrimas que caían de los ojos del hombre, que luego resbalaban hasta mojar su corbata. Poco después, el hombre hundió el rostro en el abrigo del Príncipe Heredero. No emitió ningún sonido, pero Montespan pudo ver cómo le temblaban los hombros y las manos, que se aferraban a la prenda.
Montespan empujó suavemente la puerta para echar un vistazo dentro. Encontró el cuadro que lo representaba. La pintura, como si fuera un reflejo del estado de ánimo de su creador en aquel momento, tenía una textura tosca, plasmada en óleo. No tenía nada de particular. Observó el lienzo una vez más.
A primera vista, presentaba una imagen que podría parecer surrealista. Representaba el altísimo techo de la cámara del príncipe, y debajo, perlas caían y se esparcían por el suelo como gotas de agua. Hilos de perlas caían en cascada sobre los postes de la cama, semejantes a mecanismos de relojería fundidos, y adornaban de igual manera la alfombra y la sábana. También se habían dibujado otras piedras preciosas, pero la presencia de las perlas las eclipsaba por completo.
Y por encima de todos ellos, yacía una bestia. Descansaba con indolencia, con el cuerpo completamente extendido. La criatura clavaba su mirada al frente, como si cruzara los ojos con el pintor a través de sus propias pupilas azules. Su pelaje resplandecía, adornado por la luz. Sus ojos destellaban con ferocidad. El aire a su alrededor era cálido, encendido por una bruma resplandeciente. La representación del tigre era tan intrincada y sofisticada que incluso podría hacer dudar a cualquiera de la menguante vista de Maximillian. Quizás por eso, a veces, la pintura cautivaba al espectador de una manera temible, tal y como lo hacía ahora.
Tras alternar la mirada entre el hombre y la pintura varias veces, Montespan entró lentamente en el aposento. En la esquina inferior derecha del lienzo, se hallaban inscritos el título junto con la firma del pintor. Ella no había logrado comprender su significado a pesar de haberlo leído en repetidas ocasiones. Sin embargo, al verlo ahora junto al caballero, pareció como si casi pudiera vislumbrar su sentido.
‘Ma Petite Perle.’
Montespan lo leyó en silencio. Y pudo predecir el nombre del hombre, pues había alcanzado a vislumbrar la minúscula inscripción que seguía al título.
‘Mon cher Jean.’
-『Perle』 fin-
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