El compromiso con Ariel fue una decisión estratégica que ella misma había sugerido, pues era la forma más segura de acallar las sospechas del Gran Duque hacia la Casa de Baden. Jean intentó detenerla, temiendo que pudiera perjudicarla en el futuro. Sin embargo, la dama, cuya edad la acercaba a la soltería, no se dejó convencer de lo contrario. Al final, resultó ser una decisión muy acertada, pues al enterarse del compromiso, el Gran Duque Robert cambió de actitud de inmediato.
“Lord Jean Erhardt”.
El Gran Duque Robert parecía creer que el Conde de Baden había decidido apoyarlo, pues no dudó en felicitarlo y desearle lo mejor a Jean. Se tomó el tiempo de presentarlo a todas las casas que le habían jurado lealtad. Lo invitó a tomar el té y lo llevó a una cacería. En esa cacería, un perro joven y fiero reemplazó al que había muerto y acorraló a la presa.
“Conde De Palatine”.
En las reuniones que organizaba el Gran Duque, los invitados eran en su mayoría Robertians, o bien personas neutrales que no se inclinaban por ningún bando del poder. Los partidarios del Príncipe heredero eran demasiado escasos para ser considerados una fuerza, y la mayoría de ellos residía en regiones lejanas a la capital. Por último, el propio príncipe rara vez había sido visto fuera del Palacio Real en los últimos días.
“Pensaba que estábais en el Palacio Real”.
Sorprendentemente, la Casa de Palatine se encontraba entre las que estaban en una posición intermedia. Para ser precisos, De Palatine era uno de los que deseaban cambiar su lealtad al Gran Duque. Jean se había enterado de esto hacía poco. Solo entonces comprendió por qué De Palatine se había alegrado tanto al enterarse del compromiso de Jean antes de la ceremonia en la iglesia.
“Vuestra Excelencia, ¿cómo podría yo perder vuestra invitación y el honor de hallaros en vuestra presencia?”
Cada vez que Jean veía el rostro de De Palatine, se acordaba del simplón que había llevado a De Palatine a su cama basándose únicamente en su atractivo aspecto. Jean se esforzaba por ignorar la imagen mental de dicho simplón. Últimamente, De Palatine se había esforzado muchísimo por hacerse amigo de Jean.
“¿Os dejó marchar ese príncipe heredero sin contratiempo alguno?”
Alguien preguntó en tono alegre. La pregunta tenía un trasfondo evidente. Jean, ocupado liando un cigarrillo, ni siquiera se molestó en mirar a quien hablaba. Se habían reunido tras recibir la invitación del gran duque para asistir a un almuerzo.
“Su gracia debe de estar durmiendo mientras hablamos. Le he suministrado cierta poción calmante. Como bien sabéis, su temperamento es harto tempestuoso cuando se halla despierto”.
“¡Oh, vaya! ¿Acaso te monta berrinches a ti, mi joven Lord?”
“Temo que así es. Hoy mismo ha arrojado una lámpara de aceite y por poco prende fuego al palacio”.
De Palatine habló mientras miraba a Jean de reojo. A Jean no le costó entender su intención. De Palatine esperaba que Jean asintiera, haciéndole una sutil pregunta de confirmación. Intentaba crear un vínculo con él. Y tal como Jean había sospechado, los presentes estallaron en carcajadas antes de dirigirse a otras mesas. De Palatine esbozó una sonrisa maliciosa mientras miraba fijamente a Jean. Este sacudió la ceniza de su cigarrillo, fingiendo no haber notado nada. De Palatine carraspeó.
“¿Cómo se halla la dama Ariel, mi Lord? He escuchado que la ceremonia de compromiso se celebrará pronto”.
“Ella se halla bien. Es desafortunado, mas no ha podido hacer acto de presencia en reunión alguna, puesto que no solo es esta su primera visita a la capital en largo tiempo, sino que se encuentra muy ocupada con los preparativos para la ceremonia”.
“Tal como sospeché. Envidio vuestra fortuna, mi Lord. La dama Ariel de Baden ha sido conocida por su belleza y sabiduría desde la infancia. Ella ya había completado su educación para el momento en que yo ingresé en la academia; y sin embargo, aun entonces, las historias de su excelencia circulaban como mito y leyenda”.
“Ah, bien, ella merece la alabanza”.
Jean respondió con una sonrisa en los labios. Le vinieron a la mente las elegantes y sofisticadas cartas de la Pequeña Perla. Eso bastó para que Jean se hiciera una idea del tipo de infancia que había tenido Ariel. Sin duda había sido una excelente estudiante, y Jean estaba convencido de ello.
“No solo habéis sido liberado de los confines del Palacio Real, sino que, además, habéis hallado la fortuna de un compromiso con tal dama. ¿Debería considerar esto como otra instancia más donde vuestro talento en el comercio ha demostrado ser efectivo?”
“Bien”.
“O tal vez, sea el fruto de vuestra tolerancia, pues Dios bendice a quienes han soportado Sus tribulaciones y el escarnio de los hombres. Asumo que comprendéis a qué me refiero, my lord.”
Jean había interrumpido su propio discurso varias veces. Sin embargo, De Palatine parecía decidido a sacar a colación el tema del príncipe heredero. Jean se mantuvo en silencio ante lo que parecía un intento desesperado. De pronto, se acordó del hombre que solía llenarlo de besos cada vez que Jean le alborotaba el cabello pelirrojo.
“… Debe de resultaros problemático”.
¿Le haría lo mismo a este hombre que está delante de Jean?
“Os propongo que asistáis al príncipe para facilitar el progreso de su pintura. De ese modo, os dejará en paz mucho antes”.
Jean intentó ignorar la emoción en su interior que se había transformado en una bestia, la cual abría su boca espantosa tan pronto como se formulaba la pregunta. Su voz no tembló, y sus manos tampoco lo hicieron. Recordó a Ariel, las viejas cartas, los abrigos, el calor y la libertad que ella le había otorgado hacía mucho tiempo, durante un invierno. El afecto y la reverencia que eso conllevaba no le pertenecían a Maximillian. Jean casi por un breve instante se había equivocado al pensar que sí.
“Si en mi mano estuviera, lo haría. Sin embargo, no plasma él una obra nueva en estos días. El príncipe se ha limitado meramente a aplicar pigmentos sobre un lienzo ya existente. Ha estado empleando tal demasía de azul ultramar que el recinto entero hiede a un aroma tóxico, el cual bastaría para insensibilizar vuestro olfato. Más, dejando a un lado el reposo, con palabras ponzoñosas cada jornada y objetos arrojados en mi dirección, me hallo ya incapaz de soportarlo por más tiempo, con certeza, mi Lord, no os son ajenas las penurias de semejante empresa”.
Jean se descubrió frunciendo el ceño brevemente ante las palabras de De Palatine. Maximillian era, en efecto, mordaz al hablar, por lo que Jean podía dar fe de aquellas palabras maliciosas. Sin embargo, el acto de arrojar objetos parecía impropio de su carácter. Se burlaba y escarnecía, pero jamás había sido violento.
Y el hecho de que no estuviera pintando… Jean empezaba a perderse en sus propios pensamientos cuando escuchó a alguien carraspear. De Palatine se puso en pie de un salto.
“Conde De Palatine, Duque de Erhardt. Me alegra veros a los dos aquí presentes”.
Era Robert Joachim. Jean apagó el cigarrillo, que echaba humo y seguía ardiendo. Vio que el gran duque miraba disimuladamente a De Palatine, lo que evidentemente era una señal de que debía marcharse. De Palatine no tardó en captar el mensaje. Se excusó educadamente y desapareció.
“Un buen muchacho. Desde el deceso de Lady De Palatine, ha cuidado con fidelidad de su hermano invidente por más de una década. Si bien es prolijo en palabras, no alberga malicia alguna”.
Sin embargo, no podría decir que no tenga ambiciones. Robert Joachim hizo un breve comentario mientras tomaba asiento. Jean esbozó una leve sonrisa.
“¿Acaso lucía mi semblante tan fatigado, mi Señor Duque?”
“Parecías molesto. Mostrad algo de paciencia. Después de todo, ¿no es él el hombre que os liberó de Maximilllian?”
Jean guardó silencio ante aquellas palabras. No alcanzaba a saber si sus labios se curvaban en una sonrisa, pero hizo todo el esfuerzo posible. El gran duque Robert procedió a hablar de asuntos insignificantes antes de informarle sutilmente a Jean sobre la ubicación del ejército. Sus hombres habían avanzado hasta las murallas mismas de la fortaleza de Baden. Una vez que cruzaran el fuerte y comenzaran su patrullaje a lo largo de la frontera, el emperador sería liberado de su debilitante enfermedad y llevado a su descanso final. Y entonces…
Jean interrumpió sus reflexiones. Sabía muy bien que, si continuaba, el cabello pelirrojo y los ojos grises lo atormentarían. Por lo tanto, pronunció a toda prisa lo primero que le vino a la mente.
“Informaré de ello a Lady Ariel. Ella dispondrá la apertura de las puertas para dar la bienvenida a las huestes”.
“Ciertamente. Y procurad, si os es posible, asumir la empresa por vos mismo. Se dice que mi lady es poseedora gran agudeza, mas… el espíritu de este anciano hallaría sosiego al saber que un varón digno de toda confianza vela por la ejecución de la tarea. Confío en que comprenderéis mi sentir”.
Jean no respondió a eso. No tenía por qué sumarse a Robert Joachim en su intento de menospreciar a Ariel. En cambio, Jean se levantó de su asiento, pues había llegado la hora de ponerse manos a la obra.
*
“Ya habéis llegado, Lord Jean”.
Ariel residía en la casa de verano de la Casa de Erhardt. La Casa de Baden nunca había residido en la capital, de ahí que no tuviera residencia en la ciudad.
“Sí, mi lady”.
Además, el largo viaje de dos horas en carruaje necesario para llegar a esta residencia de verano proporcionaba otra justificación. Era el lugar perfecto para Ariel, a quien no le agradaba dejarse ver en la alta sociedad. También era el sitio ideal para urdir planes clandestinos. Debido a ello, algunos de los miembros de la hermandad ya habían ido y venido de aquel lugar.
“He regresado, Lady Ariel. Es un gran deleite veros en un lugar tan luminoso, Cornell”.
En particular, Cornell, informante y encargado de reunir inteligencia, frecuentaba el lugar en secreto para llevar noticias a la hermandad. Y cada vez que Jean veía a Cornell, recordaba aquella noche en la que se había sentido sumamente agitado y ansioso por transmitir sus conjeturas sobre Maximillian.
Jean agradecía que Cornell nunca lo mencionara, sino que continuara con su labor sin el menor remilgo. En verdad, Jean se sentía agradecido. Jean le transmitió las palabras de Robert Joachim a Ariel, quien asintió. Ella se mostraba firme en su silla, con una pila de documentos y papeles ordenados ante sí.
“Con toda certeza habrán arribado a los dominios de Baden el día de nuestros desposorios. Yo misma dispondré los asuntos venideros; he informado ya a las demás casas de las provincias fronterizas que comulgan con nuestra causa. Y he aquí el inventario de los enseres que, en tiempos recientes, han sido conducidos ante Robert Joachim. Entre dichos bienes, según parece, se halla veneno”.
“Ha de ser, por ende, para el emperador”.
“Aun así, la cuantía resulta del todo considerable, si bien no la suficiente para ser retenida y confiscada en el puesto de control. Ha sido introducida en la urbe en reiteradas ocasiones ya. En fin, supongo que os asiste la razón, mas, a pesar de ello, sed cauteloso al momento de cenar”.
Jean asintió. Acto seguido, tomó con cuidado el trozo de papel que Ariel le tendía. Sería una prueba de gran importancia que se presentaría más adelante al acusar al gran duque del asesinato del emperador. Jean estaba a punto de guardar el papel en el bolsillo del pecho tras doblarlo cuando Cornell carraspeó.
“Estamos a punto de comer y, sin embargo, no habláis más que de asuntos oficiales, mi lord, mi lady. Ha llegado a mis oídos que habéis solicitado al arzobispo que os confiera su bendición en la ceremonia. Por favor, ¿ya habéis elegido los atuendos, seleccionado las flores y preparado una lista de los sirvientes que habrán de emplearse en la celebración, así como de tus estimados invitados?”
“He delegado tales menesteres en mi mayordomo y en la servidumbre. El catálogo de los comensales no habrá de acarrear gran contratiempo. Bastará con fundir nuestras listas particulares en una sola… No se trata de una boda, sino de un compromiso matrimonial, algo mucho más sencillo que una ceremonia de boda. Además, la modestia de tal acto jugará favorablemente a nuestros intereses en los tiempos por venir”.
Dado que se trataba de un compromiso por motivos estratégicos, Jean consideró que lo mejor era proceder de manera discreta. Tuviera éxito o no la hazaña, el compromiso se disolvería como algo natural, y Jean creía que a Ariel le beneficiaría más que la ceremonia se llevara a cabo con sencillez.
“Le habéis oído, Cornell. Jean no desea verse ligado a mi persona. En coyunturas como la presente, añoro al Jean que antaño vertía lágrimas sobre sus misivas, anhelando con ferviente empeño nuestro encuentro”.
“No es nada de eso, Lady Ariel”.
El rostro de Jean se enrojeció. Últimamente, Ariel se había estado divirtiendo al burlarse de Jean sobre este tema con bastante frecuencia. En sus cartas, Jean se había mostrado rebosante de entusiasmo ante la perspectiva de conocer a la Pequeña Perla, imaginando con fervor el momento en que se pondría de rodillas para pedir su mano. Sin embargo, a medida que se acercaba el momento de su compromiso, su mente comenzó a verse consumida por conjeturas sobre el incierto futuro que aguardaba, planeando ya la disolución de su acuerdo. Ariel no pudo evitar encontrar divertido este cambio en su proceder.
“Si tal es vuestro deseo, me hallo presto a unirme a vos en matrimonio en este preciso instante. Simplemente juzgué prudente obrar con cautela, teniendo en mente la posibilidad de que os cruces con alguien de mayor gracia en los días venideros”.
Jean habló mientras hacía un gesto con las manos en señal de negativa. De algún modo, aquello sonó como una excusa por razones que él mismo desconocía. Fue en ese momento cuando Ariel estalló en una carcajada alegre.
“Rechazo la oferta. No deseo casarme con un hombre que ama a otra persona simplemente por lealtad. No obstante, os agradezco el gesto, Jean”.
Su tono era amable, pero su mensaje no lo era. Jean se apresuró a responder. Ya habían tenido una conversación así anteriormente.
“No amo a nadie más, mi lady, pues tú eres la única dueña de mi corazón”.
Sin embargo, Ariel no hizo caso a las palabras de Jean. Se levantó de la silla y miró a Cornell antes de hablar en un tono desenfadado.
“Vaya, ¿es así en verdad? En cualquier caso, habré de rogaros que me disculpéis, por cuanto me veo compelida a asistir a la prueba de los diversos ropajes que habré de lucir para la ceremonia de compromiso. Que vuestro discurso os resulte deleitoso”.
Ariel frunció el ceño levemente, pero luego relajó el rostro. Jean, aunque con timidez, se rio entre dientes ante aquella reacción. Hacía poco que se había enterado de cuánto detestaba Ariel tener que ceñirse el cuerpo en un corsé y ponerse vestidos y ropajes elegantes. Pronto, la puerta se cerró con un golpe sordo. El silencio se prolongó por un instante. Podía sentir cómo la mirada de Cornell lo taladraba.
“Lord Jean”.
La voz de Cornell estaba cargada de cautela al hablar, y no le resultó difícil a Jean conjeturar lo que el hombre tenía en mente. Jean se sentó en la silla en la que Ariel había estado sentada apenas un momento antes. Cornell lo miraba con los ojos llenos de preocupación. Jean pronunció sus palabras en un murmullo.
“Por favor, no me miréis con esos ojos. Simplemente me cuesta adaptarme a los nuevos tiempos”.
“…”
“He sido un necio al dar crédito a semejantes conjeturas sin prueba fehaciente alguna… En estos días, llego a contemplarme como un polluelo recién salido del cascarón, convencido de que la primera criatura que vio era su madre…”
Jean se pasó la mano por la boca, de la cual escapó un suspiro contenido. Sentía como si alguien lo hubiera arrancado bruscamente de un ensueño; tanto era así que su realidad en estos días le parecía incluso irreal. Procedió a frotarse los ojos como si se lavara la cara. Presionó los párpados con las palmas de las manos, pero hiciera lo que hiciese, no lograba librarse de aquella sensación de otro mundo. Y con cada aparición de tal sensación, un rostro parecía perseguir cada uno de sus pasos.
“No era mi intención culparos, mi Lord. Comprendo que la situación pueda resultar desconcertante. Y la convicción en el tono con el que me hablasteis me auguraba que, independientemente de cómo se desarrollaran los acontecimientos, no hallaríais sosiego. Es solo que—”
Cornell habló con calma antes de hacer una breve pausa. Parecía que estaba a punto de abordar un tema delicado. Finalmente, formuló su pregunta.
“—me preguntaba si acaso no halláis a vuestro agrado a Lady Baden. ¿Acaso no se ajusta a la persona que habíais estado imaginando?”
“…Nada más lejos de la realidad, os lo aseguro.”
Jean soltó un lamento como respuesta. Era una afirmación ridícula, pero no podía acusar a Cornell de ser injusto por pensar de esa manera. Jean era plenamente consciente de que su propia actitud era la que estaba causando problemas. ¿Acaso la misma Ariel no había sido lo bastante astuta como para señalárselo?
“Es una dama excelente. Ostentar el título de la Pequeña Perla ya bastaría por sí solo para dar fe de su excelencia, únicamente en virtud de tal dignidad; aún así, Lady Ariel supera toda expectativa. Soy plenamente consciente de ello y la tengo en la más alta estima. Que le profese afecto o no carece de relevancia. ¿Cómo osaría yo…? Ella merece a alguien infinitamente mejor”.
“Bien pudisteis haber considerado que la persona a quien admirabais antes de conocerla poseía una hidalguía superior”.
Cornell se mostraba cauteloso y vacilante, pero era un asunto que tenía que dejar claro, por muy absurdo que le pareciera a Jean y él no pudo evitar burlarse.
“¿Una hidalguía superior?”
Jean no lo hizo a propósito, pero habló en un tono burlón, como si la ira se hubiera apoderado de él.
“¿Quién? ¿Ese libertino disoluto? ¿El demente Príncipe Heredero, que no muestra interés alguno, ya no solo por el destino del imperio, sino ni tan siquiera por su propio honor y reputación?”
“…”
“Cornell, admito que me resulta difícil adaptarme a la presencia de Lady Ariel. Pero no os atreváis a compararla con ese hombre, pues él es—”
Sin embargo, las palabras de Jean no consiguieron brotar. Lo único que pudo hacer fue lamerse los labios, falto de vocabulario para criticar al hombre. En su lugar, lo que le vino a la mente fue el rostro de Maximillian bajo el sol.
Un demente… Jean escupió aquellas palabras para sus adentros, aunque esta vez no iban dirigidas a Maximillian, sino a sí mismo. Incluso en su situación, pensaba en el rostro del príncipe y, por ello, se consideraba a sí mismo un demente.
“Perdonadme si os he ofendido con mis palabras, sir.”
Jean sabía que Cornell no tenía la culpa, pero no se atrevía a decirlo.
“Tan solo temía que vuestro vacilante corazón pudiera entorpecer vuestro deber para con la causa, poniendo en peligro nuestra empresa. Os ruego que no os mostréis tan contrariado, mi lord”.
“…Nada de eso sucederá. Es simplemente que me hallo un tanto contrariado conmigo mismo”.
“Lo comprendo. En tal caso, morderé mi lengua respecto a este asunto por el momento, Lord Jean. Podría sembrar la confusión entre Wickham, Chantelle y el resto de nuestros camaradas”.
—Gracias —respondió Jean, con un tono que parecía más bien un lamento. Cornell se limitó a encogerse de hombros y luego recogió sus cosas. Antes de marcharse, dijo:
“La taberna estará abierta mañana mismo”.
Se refería a la reunión de sus camaradas. Jean asintió. No había podido asistir a la anterior, a pesar de haberle dicho a Chantelle que quería hablar con ella sobre un asunto. Esto se debía a que había viajado para encontrarse con Ariel. Cornell, tras transmitir su mensaje, dejó a Jean atrás. Se fue alejando cada vez más, y pronto, la distancia lo volvió invisible. Su deber como informante parecía haberlo hecho experto en ocultarse. Jean regresó a la habitación y se desplomó en la silla. Le dolía la cabeza.
Jean necesitaba urgentemente un trago. Últimamente se encontraba en ese estado, con una emoción inescrutable quemándole el corazón. Incluso mientras conducía al Gran Duque Robert cada vez más adentro de la trampa, no lograba serenarse. Incluso estando con Lady Ariel, no conseguía calmar su inquietud. Y no era solo por el vacío, la vergüenza y la humillación. Era un sentimiento arraigado en lo más profundo de su ser, que lo consumía. Jean se frotó la cara con la mano, frustrado. Se sentía incomprensible.
Si Maximillian no era la Perla Pequeña, entonces no había más que decir. ¿Acaso Jean no reconocía que la especulación carecía de pruebas sustanciales? ¿No había considerado la idea al principio, ante la más mínima posibilidad? Por lo tanto, lo lógico era que la descartara. Sin embargo, extrañamente, la especulación persistía, atormentándolo. Una irracional sensación de traición lo invadía constantemente. Le resentía que Maximillian no fuera su Perla Pequeña. ¿Por qué no eres tú?, Jean reprimió la pregunta que le rondaba sin cesar. Se sentía impotente, pues lo único que podía hacer era recordar una y otra vez la miseria y la depravación del príncipe.
Y con cada recuerdo, la imagen de Maximillian volvía a su mente, invitándolo a tomar el té de vez en cuando, como si se burlara de él. Sobre el rostro ensombrecido, la apatía aparecía repetidamente, como notas musicales tras una señal de repetición.
‘A lo largo de todo el día, lo único que me he preguntado ha sido cuándo me hallaríais.’
Y, como siempre, el rostro iba acompañado de la voz de Maximillian, que murmuraba como si estuviera embelesado.
‘Estaba tan enteramente consumido por el pensamiento que resultaba lamentable.’
Esa voz, que parecía una confesión de amor, se superponía al rostro una y otra vez, con tanta frecuencia y de forma tan vívida que asustaba a Jean.
*
El caballete estaba justo frente al sol. Tenía un lienzo colocado sobre él y, desde abajo, se veían las piernas de una persona. El viento soplaba a través de la ventana abierta y hacía ondear las cortinas. El pelo de la persona se mecía al ritmo del viento. El color de su pelo era tan rojo como el vino vertido en una copa.
Jean levantó la cabeza.
‘Jean.’
Era consciente del día concreto que se extendía ante él, vívido en su mente y en su vista. Era la mañana en la que se despertó y observó al príncipe pintar. Le había parecido como si solo quedaran ellos dos en todo el palacio después de que la música cesara. Era la mañana en la que se despertó de su dulce sueño tras hacer el amor, un acto similar a bailar.
‘My Montespan.’
Jean sabía que el príncipe no había pronunciado esas palabras. De hecho, solo existían en los confines de su propia mente, lo que hacía que la situación resultara aún más absurda.
‘¿Habéis despertado ya?’
No tenía ningún motivo para que le recordaran al príncipe de esa manera. Ni uno solo.
“Jean”.
Su sueño se desvaneció. Había sido apenas una cabezada, a medio camino entre la vigilia y la inconsciencia. Jean abrió los párpados. Se había quedado dormido al haber llegado a la taberna de Cornell antes de lo previsto. Frente a él estaba sentado Wickham, cuyas mejillas venían enrojecidas por el frío. Debía de acabar de llegar a la taberna.
“¿Estaís cansado?”
“…Me ha vencido la somnolencia por un instante. Fuera impera el frío, mientras que aquí dentro se goza de un dulce calor”.
El sueño no debió de dejar ningún rastro en el rostro de Jean que Wickham pudiera percibir.
Como debe ser, pensó Jean para sí mismo. Era así como el sueño debía afectar a Jean, no tan fuerte, ni tan firme. En cualquier caso, era un recuerdo del que pronto se libraría. Jean se dio dos golpecitos en la mejilla y espantó el sueño. Sus compañeros se iban reuniendo uno a uno en la taberna.
“Bien, ¿sabríais prestarme atención, por favor?”
Se habían reunido y se sentaban alrededor de una mesa alargada. Cornell había traído bebidas para todos los presentes. Se trataba de una reunión entre hermanos, pero todos los allí reunidos eran personas a las que se les habían asignado tareas de gran importancia, por lo que su número rondaba la veintena. Como de costumbre, la reunión fue organizada y dirigida por Wickham.
“El ejército del Gran Duque ha comenzado a desplegarse tal y como deseábamos. La legión con el mayor contingente de hombres ha tomado rumbo hacia el sur. Algunas tropas también se han dispersado hacia otras regiones; no obstante, el norte cuenta con sus cadenas montañosas, lo que lo vuelve inmune a cualquier amenaza, mientras que el este y el oeste no requieren de guarniciones numerosas para su salvaguarda. Por encima de todo, el período más cruento del invierno tocará a su fin tras esta semana. Se me ha hecho saber que el tramo menos profundo del río ha entrado ya en su fase de deshielo y congelación alternos”.
Los hombres dejaron escapar un grito sordo de aprobación. Algunos silbaron a Wickham, que había levantado su copa en el aire. Jean observó los rostros emocionados de sus compañeros. Tenían el rostro enrojecido por la expectación.
“Y la mayor de todas las nuevas, como ya os había anticipado, ¡es que la Pequeña Perla que nuestro hermano Jean buscaba con tanto denuedo ha resultado ser la Señora de la Frontera Sur! Es una dama virtuosa y refinada que siempre ha entregado su corazón a la revolución. Y gracias a ella, los soldados enviados al sur no conseguirán pisar la capital con vida. ¿Comprendéis lo que esto significa?”
¡Aaargh!
Los camaradas lanzaron al unísono su grito de guerra. Wickham, tras animar al público, cedió la palabra a Jean. Todas las miradas y la atención se centraron en Jean, quien esbozó una breve sonrisa.
“Todos habéis trabajado mucho para llegar a este momento”.
Comenzó con palabras de agradecimiento. Cada par de ojos brillaba con fijeza al mirarlo. Jean desenrolló sobre la mesa el largo mapa que había traído consigo. Joachim yacía plasmado en él, reducido a una escala mucho menor que su tamaño real debido a la representación gráfica. Jean señaló el extremo de la frontera sur en el mapa con la punta de su bastón de mando.
“El ejército del Gran Duque arribará aquí en el curso de unos pocos días. Las puertas les serán franqueadas, cruzarán la Fortaleza de Baden y acamparán en la frontera a la espera de nuestra señal, si bien no será, en absoluto, la señal que ellos aguardan”.
Jean oyó una risa discreta que se extendió entre la multitud. Volvió a mover el bastón de mando.
“El río se deshelará y los soldados se verán imposibilitados para cruzarlo de inmediato. Tendrán los pies atados, lo cual nos concederá un tiempo precioso. Baden prevé asestar un golpe al ejército una vez que este haya cruzado el río, lo que significa que, para ese entonces, nosotros ya debemos haber puesto fin a la situación en la capital. Algunos de los hombres del Gran Duque Robert permanecerán en la urbe. Entre ellos se encuentran nuestros hermanos, quienes han infiltrado las huestes ducales y tienen encomendada la tarea de seguir los pasos del Príncipe Heredero”.
La punta del bastón de Jean apuntaba ahora hacia el Palacio Real de la capital. Wickham retiró una capa del mapa, dejando al descubierto el plano de una estructura que había debajo. Era una estructura con la que Jean estaba familiarizado. Por un momento, se quedó sin palabras. Se humedeció los labios y luego siguió hablando.
“…No son sus guardias”.
Solo después de pronunciar esas palabras recordó lo que se había prometido a sí mismo el primer día que se acostó con Maximillian. Jean se había jurado a sí mismo que todo aquello tenía como objetivo cortarle el cuello al príncipe en el futuro.
“Las huestes ducales se encargarán de liquidar al Príncipe Heredero. Con anterioridad a ello, bastará con fingir que salvaguardan el palacio. Tenéis venia para prender fuego al palacio y, si la necesidad lo exige, podéis dar muerte al enemigo. Solo debemos seguirle la corriente al Gran Duque y, tras esto, nos posicionaremos a la retaguardia de su ejército”.
Jean siguió adelante con determinación, tras haber vuelto a encauzar su camino por la senda correcta, aunque con un breve desvío.
“Y tras el asesinato del príncipe heredero—”
Así es, Jean estaba de vuelta en el buen camino, aunque no sería capaz de cortar aquel delicado cuello por sí mismo.
“—pasad a degüello a cuantos se hallen en el Palacio Real. Nosotros mismos habremos de bastar para erigirnos en testigos de este trascendental devenir de la historia.”
Le siguió un rugido de júbilo. Fue lo suficientemente ruidoso como para ser considerado peligroso, pero ni Wickham ni Jean contuvieron a sus compañeros. Pronto, los miembros de la hermandad, con sus jarras de cerveza en la mano, comenzaron a entonar la canción que habían compuesto tiempo atrás. Maximillian, la ramera de Joachim. El verso se cantó varias veces, con una melodía alegre y jovial.
“¿En qué jornada se dará inicio a la gesta?”
En medio del caos, alguien había preguntado algo. El bar se quedó en silencio por unos instantes y Jean respondió con voz tranquila.
“La vieja sabiduría nos enseña que las grandes hazañas deben suceder a una celebración”.
Varios pares de ojos parpadearon al mismo tiempo al escuchar el murmullo de Jean. Y Jean, quien esbozó una leve sonrisa al mirarlos, dio por terminado su discurso.
“Al día siguiente de los esponsales1 entre Baden y Erhardt, daremos la bienvenida al nuevo mundo”
*
Jean transmitió su mensaje a Robert Joachim, quien le envió una pronta respuesta. La correspondencia decía que el duque consideraba sumamente inapropiado reprogramar la ceremonia de compromiso de Jean, y que ejecutaría el plan una vez que la ceremonia diera inicio. Jean quemó la carta con la vela.
En la capital circulaban rumores de que la enfermedad del emperador mostraba claros signos de mejoría. Jean no dudaba de que se debía a la intervención del Gran Duque. Curiosamente, el Príncipe Heredero, quien mejor conocía la verdad tras esos rumores, guardaba silencio al respecto. No había salido del Palacio Real en los últimos días. Al parecer, apenas había abandonado el recinto en contadas ocasiones desde el día en que se encontró a Jean en la iglesia. Jean incluso oyó rumores de que el príncipe había abandonado la compañía del Conde De Palatino, a quien parecía apreciar tanto.
“¿Un… baile de máscaras, habéis dicho?”
“Se me ha hecho saber que se celebraba uno cada año en la capital. Mi aversión hacia la alta sociedad me empujó a permanecer en el sur; no obstante, un baile de máscaras es una experiencia que bien osaría vivir por mí misma”.
Mientras tanto, Jean y Ariel se habían vuelto muy cercanos. Pasaban mucho tiempo juntos preparándose para la ejecución del plan y sus ideas. También se debía a que compartían muchas ideas y creencias. A medida que se acercaban, la extraña disonancia que Jean sentía cada vez que comparaba a la Pequeña Perla con Lady Ariel se fue desvaneciendo. Sentía que había encontrado una buena amiga. Una amiga que, de vez en cuando, le hacía peticiones difíciles. Jean simplemente sonrió con expresión preocupada.
“Me temo que resultaría en demasía ostentoso y concitaría demasiada atención…”
“De marchar todo según lo previsto, las exequias reales darán comienzo en esa misma jornada. Dudo que un simple baile de máscaras logre perdurar en la memoria de las personas”.
“…No ha transcurrido tanto tiempo desde que se celebrase un festejo anual de idéntica naturaleza en el Palacio Real.”
“Por esa precisa razón deseo seguir adelante con ello. Tengo entendido que se cuenta entre los acontecimientos más bienquistos. Por lo demás, ¿no convenís en que sería la ocasión más propicia para que nuestros hermanos acudan a traernos las nuevas?”
Ante su respuesta, Jean se vio incapaz de presentar más argumentos. No sutilizó su preocupación, sino que dejó que se reflejara en su sonrisa. Ambos discutían sobre el banquete de recepción de la ceremonia de compromiso. Ariel procedió a sentarse sobre la mesa.
“¿O es que acaso existe alguna razón por la cual os oponéis a ello?”
Llevaba un pantalón de cuero que se ceñía a sus piernas. Su atuendo hacía parecer que estaba a punto de marchar de cacería. Jean contempló el rostro de su prometida. Ella también sonreía, con una determinación evidente en sus facciones. No se rendiría fácilmente.
“…No, mi lady.”
Incluso si no fuera por momentos como ese, Jean se habría visto incapaz de imponerse a Ariel. Ni lo habría hecho, mientras Ariel siguiera siendo su Petite Perle.
“Daré instrucciones para que se inicien los preparativos y para que se redacte la proclama en la invitación”.
A pesar de todo, Jean en verdad no deseaba un baile de máscaras, y no era porque lo considerara inapropiado para su única e irrepetible recepción de compromiso. Bloqueó el recuerdo que no dejaba de arrastrarse de vuelta a su mente. Los contuvo a todos como un marinero que golpea los peces con su remo para evitar que salten dentro de su barca. Todos ellos eran recuerdos inútiles ahora que las circunstancias habían cambiado.
“Excelente. Ah, Chantelle Francis me ha hecho llegar vuestra sugerencia respecto a la iglesia, y le he comunicado en respuesta que la Casa de Baden hará cuanto esté en su mano para prestar su auxilio”.
Pero los fragmentos de los recuerdos lo asaltaban en momentos como ese, en ocasiones imprevistas y por razones inesperadas. Jean no lograba comprender, ¿cuándo se habían acumulado tantos recuerdos de esa manera? Sintió como si pudiera escuchar un carruaje proveniente de algún lugar. Jean asintió, desviando la mirada, y vio que Ariel golpeaba ligeramente la pata de la mesa con el tacón de sus zapatos. Aquel sonido consiguió traer a Jean de vuelta a la realidad.
“…Ariel”.
Jean llamó a su prometida, que levantó la vista, apartando la mirada de los documentos que estaba examinando, en los que reflexionaba sobre muchos asuntos. Sus miradas se cruzaron.
“Gracias”, dijo Jean.
Ariel no ocultó su desconcierto; su rostro reflejaba sorpresa ante aquella repentina muestra de gratitud. Jean continuó con serenidad.
“Por haberos presentado ante mí”.
La dama no respondió, sino que se mantuvo en silencio. Se limitó a mirar fijamente a Jean con una expresión inescrutable. Y Jean tampoco pronunció palabra alguna. El silencio inundó el ambiente entre ellos.
“Enviaré la invitación a la Familia Real”.
Jean dijo al cabo de un buen rato. Ariel, que parecía estar sopesando algo en su mente, no tardó en entregarle la invitación con entusiasmo. Esa noche, Jean envió cartas de invitación al Palacio Real y a la residencia del Gran Duque. Cada una iba dirigida a Maximillian Joachim y a Robert Joachim.
*
Todo se estaba calmando, Jean pensó aquello mientras permanecía de pie frente a su reflejo en el espejo. Su atuendo nuevo para la ceremonia, confeccionado por su sastre de confianza, le quedaba un tanto grande. Parecía haber perdido peso, probablemente debido a su incapacidad para conciliar el sueño en los últimos días. Se palpó la mandíbula recién afeitada. Por fortuna, no había tenido sueños en las últimas noches. Su semblante lucía aceptable, el adecuado para un hombre que estaba a punto de comprometerse.
“Mi lord”.
La ceremonia se celebraría en la residencia de los Erhardt. El duque de Erhardt y el gran duque Robert se turnarían para pronunciar unas palabras de felicitación. El gran duque hablaría en nombre del conde de Baden, que se encontraba postrado en cama.
“Ha llegado la hora de vuestra retirada.”
Era un día importante, no debido a la ceremonia de compromiso, sino por lo que ocurriría en el Palacio Real al mismo tiempo. Hoy era el día en que el emperador moriría. Sumido en sus pensamientos, Jean repasaba el plan en su cabeza una y otra vez. No parecía haber fisura alguna en la intriga. Los soldados y guardias de las calles estarían apostados alrededor de los aristócratas robertianos. A menos que surgiera algún contratiempo, el plan tendría éxito.
Jean no sentía nada de la ansiedad que solía acompañar a los acontecimientos de tal magnitud. Al contrario, las emociones que lo habían atormentado se habían aplacado por fin, como restos que flotan en el agua antes de sumergirse. Y los recuerdos empezaron a desvanecerse, semejantes a guijarros que se hunden en las profundidades del mar. La ira, la traición, la vergüenza y también la confusión; todo se disipaba. Como un paciente que se recupera de una cirugía mayor, cada día le parecía distinto a Jean. Con cada mañana en la que despertaba, sus sentimientos y recuerdos se volvían más y más tenues, hasta que incluso el dolor que le había estado estrangulando el corazón parecía apenas una ilusión sorda y distante.
“¡Anunciando al honorable Lord Jean Erhardt, heredero del Ducado de Erhardt!”
No sentía nada del antiguo dolor. Ya no sentía nada de aquel antiguo dolor. Era como si una fuerza invisible hubiera obligado a su corazón a dejar tanto de sentir, como de latir. Un letargo se había apoderado de él, acompañado por la ominosa certeza de que, a no ser por sus compañeros, podría haber arruinado la hazaña por completo.
“¡Anunciando a la honorable Lady Ariel Baden, heredera del Ducado de Baden!”
Tras la consumación del acto, Jean anhelaba fervientemente vivir el resto de su vida alejado de la política. No tenía intención de acercarse al Palacio Real; de hecho, era su sincera convicción. El lugar rezumaba desesperación, la luz del sol reservada para un caballete y solo su sombra para un hombre.
El hechizo que se cernía sobre Jean dentro de aquel palacio era pernicioso, tanto que agotó su fervor por la revolución, su pasión ensombrecida por el cansancio que le producía.
Jean tomó la mano de Ariel y se detuvo ante el púlpito. No se intercambiaron votos, pues no se trataba de una unión matrimonial, sino de un compromiso. A continuación, pronunciaron los discursos de felicitación el duque de Erhardt, cuya evidente inquietud delataba su larga ausencia de los actos públicos, y el gran duque Robert, imperturbable y elocuente como siempre. Jean deslizó el anillo de compromiso en el dedo de Ariel. Luego se dirigió a los asistentes, divisando los destellos de rostros conocidos bajo las arañas de cristal de la mansión Erhardt. No vio ninguna melena roja, entonces Jean alzó su copa de champán en el aire.
“Me hallo profundamente honrado y os quedo sumamente agradecido por vuestra presencia, mis dilectos lores y damas. En esta gloriosa jornada, las Casas de Erhardt y Baden se han congregado para jurar la unión de su prestigioso legado e historia”.
Junto con estas palabras, las campanas de la iglesia repicaron para anunciar el mediodía. A estas alturas, el hombre de poder, cuyo cuerpo había sucumbido a la edad y a la enfermedad, ya habría sido llevado a su descanso eterno. Las noticias llegarían a los recién prometidos al término de esta celebración. Jean se encontró con los ojos de Ariel, los cuales ella utilizó para hacerle una señal. Había llegado el momento crucial de poner punto final al asunto.
“Hago llegar mi más sincero agradecimiento por las felicitaciones y parabienes que habéis tenido a bien dispensarnos. Ruego que todos halléis deleite en estos festejos”.
Como si fuera tu última vez. Jean se tragó estas palabras junto con su champán. La orquesta comenzó a tocar una pieza diferente. Jean miró de reojo a Ariel, quien subía hacia los aposentos, aparentemente entusiasmada. Él la siguió por detrás. No tenía ánimos para asistir al banquete. Sencillamente anhelaba descansar.
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