Joachim’s Morning Part1
Joachim’s Morning Part 2 (Part 1)
Joachim’s Morning Part 2 (Part 2)
Joachim’s Morning Part 2 (Part 3)
Joachim’s Morning Part 3 (Part 1)
Joachim’s Morning Part 3 (Part 2)
Joachim’s Morning Part 3 (Part 3)
Joachim’s Morning Part 4 (Part 1)
Joachim’s Morning Part 4 (Part 2)
Las calles en una noche de invierno resultaban inhóspitas. Debido a la nieve que había caído sin cesar durante días, no solo el camino para los carruajes estaba completamente helado, sino que la frontera entre la carretera y el terreno circundante se había difuminado hasta el punto de ser imperceptible, y el paisaje urbano que se divisaba desde la ventana era de un blanco desolador. Era un camino en el que solo acechaban las farolas de gas, apagadas desde hacía meses por falta de queroseno, y un silencio ténue y helado.
“Habéis llegado ya. Llegáis un poco tarde…”
“El trabajo se acumuló. Además, los caminos para los carruajes estaban bloqueados por la nieve.”
Acababa de arribar a la mansión tras avanzar a tientas en su camino. Respondiendo a las preocupadas palabras del mayordomo, Jean Erhardt se despojó del abrigo. Sentía el cuerpo pesado, como si el gélido aire del exterior aún permaneciera aferrado a su espalda.
“¿Habéis comido? ¿Os traigo algún aperitivo?”
Al cruzar la entrada de la mansión, el mayordomo le preguntó, mientras lo acompañaba. Jean respondió con un ligero gesto de la mano. Un aperitivo. No es necesario.
“Solo un vaso de whisky, por favor. Estaré en el estudio.”
Tras horas de reuniones que parecían caminar sobre hielo fino y decisiones difíciles, no tenía ganas de comer nada. Necesitaba desesperadamente un poco de alcohol para despejar la mente.
Tras dejar un breve mensaje, subió directamente las escaleras. Su cuerpo estaba ligeramente entumecido por el frío invernal y su mente se encontraba en tensión, como venía ocurriendo desde hacía algún tiempo. Sentía como si los sonidos, los olores y las imágenes se fusionaran y se desplomaran sobre él como una avalancha. Deseaba descansar, aunque ya no sabía lo que significaba el descanso.
En el estudio se notaba un ligero calor, quizá porque los que trabajaban en la mansión habían encendido la chimenea con antelación. Jean se dirigió con paso firme hacia su sitio. Sobre el enorme escritorio situado en el centro de la habitación había documentos sin terminar y fajos de pergamino, plumas sin tinta y botellas de whisky vacías, más de una docena de colillas quemadas y otras cosas más. Esto se debía a que había advertido a los sirvientes que no entraran ni tocaran nada en el estudio sin cuidado.
“…”
Y detrás de aquel desorden se veía un gran paño de terciopelo. Era un objeto que cubría un cuadro antiguo, no solo evitando las ventanas a ambos lados, sino ocultándolo por completo a su vista.
Jean se sentó. Casi se alegraba de que todo su cuerpo se sintiera pesado, como si el aire le oprimiera. Solo en días como este podía quedarse dormido con unos pocos sorbos de whisky. Como los muertos.
Mojó la punta seca de la pluma varias veces para humedecerla. Con cada movimiento de su mano, su cabeza se volvía más pesada, como si le pusieran una piedra encima. Aceptando el dolor, rebuscó entre el fajo de pergaminos que tenía a su lado durante un rato y encontró el documento que necesitaba. Entonces, justo cuando iba a leer el texto mecánicamente, un leve sonido provino de repente del otro lado de la ventana cerrada.
Difuntos, respondan al llamado …
Era una canción cuyo intérprete se desconocía. La había oído de forma vaga, pero constante, durante el trayecto en carruaje hasta aquí.
“Maestro.”
La mano que deslizaba la pluma se detuvo de manera inconsciente. Aquel rumor distante, cuyas letras apenas lograba vislumbrar, persistía sin interrupción. No semejaba ser el canto de una o dos almas solitarias.
“Pasad.”
Al responder al llamado del mayordomo desde el otro lado de la puerta, Jean miró inconscientemente hacia el origen del sonido. La ventana quedó a la vista. El canto que se había escuchado de forma intermitente se había intensificado un poco mientras tanto, revelando ahora su forma con mayor claridad. Ahora podía escuchar la letra con nitidez. Partidos, responded al llamado de los insensatos. Era una melodía semejante a un himno cantado en las catedrales.
“…Afuera hay demasiado ruido.”
El mayordomo le puso una botella nueva de whisky y un vaso a su lado. Jean, con la mirada perdida, murmuró sin darse cuenta. Notó que la mano del mayordomo se detenía un instante mientras retiraba los vasos vacíos.
“Ah…”
El otro miró brevemente hacia la ventana. Una expresión de preocupación cruzó por los ojos de Jean.
“Eso… Hoy se celebró una pequeña misa callejera, parece que aún no ha terminado.”
“Sí. Parece que recientemente se ha extendido una superstición en las calles de que, si cantan así durante toda la noche, las almas de los difuntos os visitarán brevemente.”
“….”
“Ha habido tantas muertes en los últimos años…”
Era una respuesta que dejaba claro por qué había dudado. Jean dio un sorbo al whisky que el otro le había servido. El canto continuaba.
¿Debo tomar medidas para dispersarlos, mi Lord?”
El hombre que tenía delante le preguntó con cautela. Con el vaso aún en los labios, Jean se quedó mirando un momento su caótico escritorio, que parecía flotar ante sus ojos. Varios rostros se le pasaron por la mente más allá de los objetos desordenados.
“Dejádlos en paz.”
‘Los muertos vendrán a visitarnos.’ Menuda superstición sin sentido. Todos lo saben, pero quieren aferrarse a una mínima esperanza. A veces, incluso se inventan esa esperanza ellos mismos.
“Con vuestro permiso, me retiro.”
No había necesidad de prestar atención a esos pensamientos fantasmales. Sobre todo considerando que el control excesivo suele tener consecuencias negativas.
Como si hubiera adivinado sus intenciones por la breve respuesta, el mayordomo asintió y salió de la habitación. El crepitar de la chimenea lo siguió. Jean sirvió más alcohol en el vaso que acababa de vaciar. La canción continuó,
Difuntos, respondan al llamado de los insensatos.
La gloria del Señor estará con ustedes, fervientemente oramos…
“Ja…”
Una risa amarga se le escapó. Cuanto más escuchaba aquella canción exasperante, más exasperado se sentía. ¿Los difuntos regresarán? Como si cantar esa patética canción toda la noche fuera a lograrlo. Todos quieren creerlo a su manera. Porque de lo contrario no podrían soportarlo.
“Jaja…”
Los humanos son inherentemente débiles. Incapaces de soportar el vacío, crean dioses y realizan toda clase de actos sin fundamento para establecer la autoridad de los dioses que han creado. Temerosos de no tener a dónde ir, crean el paraíso e intentan dirigirse a ese lugar inexistente por cualquier medio. Inventan historias, construyen templos, a veces incluso dedican sus vidas a ello.
“Jajaja…”
Pero ¿qué hay en la Tierra al final de todo ello?
La mano que sostenía el vaso de whisky no dejaba de temblar. Quizás había bebido demasiado alcohol demasiado rápido, junto con su burla. Agarrando el vaso con fuerza con la mano que seguía temblando contra su voluntad, Jean rió repetidamente. Todo era tan ridículo. Toda esa farsa, todas esas ideologías, todo ese vacío.
¿Sabías que iba a ser así?
La pregunta que siempre le venía a la mente cuando gemía ante esas sensaciones volvió a asomarse hoy en su mente. Bajó la cabeza. Solo veía una oscuridad infinita. Quería preguntar.
¿Sabías a dónde conduciría este camino? ¿Me enviaste sabiéndolo? No habrías pensado que solo la felicidad, solo la risa, solo la luz llenaban el sendero hacia donde querías ir. Sabiendo eso, tú aún…
Difuntos, respondan al llamado de los insensatos.
A mí…
La gloria del Señor sea contigo, oramos fervientemente…
Mientras murmuraba para sí mismo las palabras que quería decir, el sonido de las campanas que anunciaban la medianoche resonó en sus oídos. Sentía la cabeza embotada. El corazón se le sentía tan oprimido que parecía que iba a detenerse en cualquier momento, y Jean parpadeó. Su visión se volvió borrosa. Parecía que el límite que tanto había anhelado, por fortuna, había llegado un poco antes.
Su cuerpo, deshecho por la embriaguez, se desplomó lentamente. Sintiéndose como si se hubiera convertido en una montaña de nieve derritiéndose, se dejó caer poco a poco boca abajo sobre la mesa. El resentimiento y los cuestionamientos internos que habían estado brotando estallaron y desaparecieron por completo en ese instante.
Ah, es cierto…
Al cerrar los ojos, pensó.
En realidad, nada de eso importa. ¿Qué afecto o consideración podría esperar de ti? Conozco de sobra tu temperamento desagradable.
Difuntos, respondan al llamado de los insensatos.
Si hay algo que deseo, solo es…
‘Parece que recientemente se ha extendido una superstición en las calles de que, si cantan así durante toda la noche, las almas de los muertos los visitarán brevemente.’
Aunque sea solo por una noche…
La gloria del Señor sea contigo, oramos fervientemente…
Ven a mí…
***
“Jean.”
El sonido le heló ligeramente los oídos. Sentía como si su cuerpo flotara en el aire y su visión fuera borrosa, como si solo un hilo de luz atravesara la oscuridad más absoluta. Poco después, el sonido volvió a oírse.
“Jean.”
Una voz que se había vuelto tan desconocida con el paso del tiempo… Un sonido que no podía recordar ni olvidar, por lo que simplemente seguía recordando una y otra vez. Como la música descrita en los textos antiguos, solo se podía escuchar en su mente, solo a través de la imaginación…
Era precisamente esa voz.
Los ojos de Jean se abrieron de golpe. Sintió un tacto suave en la mejilla. Lo primero que apareció ante su vista fue la manta de seda bordada con números, y su entorno estaba oscuro pero no en tinieblas absolutas, como si solo se permitiera una luz muy tenue.
Se incorporó un poco. Al parpadear y mover el cuerpo, lo recibieron la sensación mullida y el crujido que solo ofrece la ropa de cama de alta calidad. Debía de haberse quedado dormido, como si se hubiera desmayado, mientras bebía whisky en el estudio, pero aquello no tenía sentido. Era imposible que las personas que trabajaban en su casa lo hubieran tocado mientras dormía, y no había forma de que él hubiera encontrado el camino al dormitorio en sueños…
“Os estáis quedando dormido, es inusual en vos.”
Mientras se perdía en la confusión, una risa baja y una breve voz llegaron desde algún lugar. Jean levantó la cabeza inconscientemente. De pronto, pensó que ya había escuchado la voz de alguien de esa manera al despertar. Había escuchado una voz que le resultaba imposible volver a oír de este modo….
“Levantaos. El sol saldrá pronto.”
Parecía que había vuelto a tener una ilusión tan absurda.
Sus ojos, que apenas comenzaban a reconocer el entorno, parpadearon lentamente. Algo que bien podía ser la sombra de Jean por la luz de la luna que entraba por la ventana, o quizás solo una ilusión creada por su mente, cayó sobre su rostro. Él desvió la mirada de forma inconsciente.
Apareció un rostro sonriente. Unos ojos grises que lo miraban desde arriba, como si observaran a un niño incorregible, se encontraron con los suyos, y un cabello rojo caía justo por encima de su frente. Todo esto acompañado por la sensación de unos labios que lo rozaron brevemente con un suave sonido antes de alejarse. Todo… era tan vívido.
“…Maximin?”
Aquel nombre brotó de sus labios sin que se diera cuenta. Como si se burlara de la brecha de todos esos años en los que pensó que su voz se habría entumecido por no haber podido llamarlo durante tanto tiempo, llamarlo fue algo completamente natural. Jean se quedó mirando a la otra persona sin atreverse siquiera a parpadear.
“¿Sí?»
La persona más hermosa que había visto jamás, a quien en su día había odiado, adorado y amado… estaba sentada justo delante de él con una sonrisa pícara.
Le temblaban los labios. Ya fuera consciente de la situación o no, la otra persona se limitó a levantar ligeramente una ceja en respuesta. Con una expresión serena y natural, como si le preguntara por qué le llamaba.
“¡Tú…!”
Entonces intentó levantarse. Sin tiempo para pensar, Jean agarró a la otra persona con todas sus fuerzas. Al sujetar su ropa y tirar con fuerza, Maximin, que estaba a punto de ponerse en pie, fue arrastrado de vuelta a la cama con un golpe seco, cayendo sentado sobre la manta.
Jean se subió encima de él con un movimiento rápido.
Los ojos grises del otro mostraban una ligera perplejidad, como si no entendiera lo que estaba pasando.
“Jean, ¿qué os pasa?”
“Esto es real…”
Pero era este lado el que no entendía lo que estaba pasando. Sintiendo que todo su cuerpo temblaba como si acabara de escapar de una fuerte tormenta, Jean apenas logró articular una palabra.
Sus ojos se inyectaron de sangre al instante, y los músculos de su cuerpo se tensaron, abultándose por la presión.
Sus manos temblaban una y otra vez.
Incluso sus labios, que intentaban hablar, y el aliento que apenas lograba exhalar…
Nada en su cuerpo permanecía inmóvil.
“¿De verdad eres tú…?”
Tras una larga pausa, por fin consiguió hablar.
Podía ver claramente los ojos que lo miraban.
Junto con el cálido calor corporal que se acumulaba bajo sus brazos, el familiar aroma a menta flotaba suavemente a su alrededor.
“Esto es….”
Una piel blanca y pálida, rasgos que parecían haber sido pintados meticulosamente por un maestro, y una expresión ligeramente incrédula y algo traviesa…
“¿Hay alguien más que pueda despertaros de esta manera además de mí?”
“…”
“Ah… ¿o acaso ha aparecido alguien más sin que yo lo supiera?”
“….”
Todo era absurdamente vívido.
Jean se quedó mirando el rostro de la otra persona, que le devolvía la mirada con expresión burlona.
El rostro era exactamente igual que antes, sin ningún rastro del tiempo transcurrido.
Como si el tiempo no hubiera pasado desde el principio, igual de relajado y igual de noble.
Fue algo extraño.
“Eso no puede ser…”
Murmuró sin darse cuenta.
Como si entendiera sus palabras, Maximin, recostado abajo, esbozó una sonrisa.
Jean sacudió la cabeza.
Era imposible.
¿Cómo podía explicar esto?
¿Un sueño?
¿Un recuerdo?
¿O tal vez solo una alucinación creada por su anhelo de verlo?
No, si no fuera eso…
Su mirada se desvió de forma natural hacia un lado.
Vio una habitación amplia y desolada.
Un tapiz bordado con lobos y una alfombra lujosa, un gran ventanal a un lado que daba a un sendero de montaña, y un caballete de pie frente a la ventana.
“Esto es…”
Efectivamente, era el lugar que recordaba.
La camara de Maximillian Joachim, el último príncipe heredero.
“¿Cómo es posible…?”
El lugar donde su amante había montado guardia por última vez y que había elegido como su escenario final, y…
‘¿Recordáis vuestro último voto?’
El lugar que había dejado atrás.
“¿Cómo?….”
El sonido de los disparos rozó sus oídos de nuevo.
Los fuertes vítores y aquél justacorps manchado de sangre, en la escena caótica donde era imposible distinguir quién disparaba a quién, un recuerdo afloró de repente, uno que solo se había dirigido hacia él, únicamente hacia él.
Ahora bien, era un recuerdo que debería haber tardado en asimilarse, pero ese día, aquella escena era tan vívida como si el tiempo se hubiera detenido.
Y eso la hacía aún más inverosímil.
“Ya se había ido hace mucho tiempo….”
Los revolucionarios habían ocupado el palacio y se habían deshecho de todo vestigio de la antigua Familia Imperial.
Los lobos que adornaban cada tela habían sido rasgados y quemados, y los ornamentos, símbolo de lujo y opulencia, habían sido fundidos y vendidos.
Incluso la habitación del Príncipe Heredero quedó vacía, desde las cortinas hasta las alfombras.
Hasta los tiradores dorados de las sillas habían sido cortados meticulosamente, y la gran cama estaba destrozada.
El caballete y el lienzo fueron desechados sin piedad.
Si pertenecía a la Familia Imperial, ni siquiera una pequeña taza de té se había salvado.
Hasta los más pequeños fragmentos se consideraban una blasfemia contra la nueva era.
“Jean Erhardt.”
Jean Erhardt estaba en el centro de todo.
Había roto, cortado y quemado la cama que había compartido con Maximin.
Había arrancado el tapiz y aplastado con sus propias manos los símbolos de la familia Joachim que colgaban de la pared.
La mesa y las sillas donde se sentaban a charlar, las finas cortinas que a veces ondeaban hacia Maximillian, ocultando y revelando su figura, la ventana que Maximin abría y cerraba torpemente: todos los recuerdos fueron destruidos sin piedad con un hacha y un martillo.
Ni una sola taza de té que hubiera tocado los labios de su amante quedó en pie; así, todo fue destruido.
Tenía que hacerse.
“¿De qué en la Tierra estáis hablando?1”
“…”
Pero, ¿cómo es posible que este lugar siga aquí ahora, conservándose en un estado tan intacto?
Como si desde el principio no hubiera pasado nada.
Su mirada siguió instintivamente la voz que había llegado hasta él.
Maximillian, con el ceño ligeramente fruncido, lo miraba.
Al final, pareció levantarse de su asiento.
“Parece que os habéis quedado dormido profundamente por un instante. Vuestro aspecto aturdido no está mal, pero dejadlo ya y sentaos correctamente. Hoy debo terminar vuestro retrato.”
Como si fuera lo más natural del mundo, Maximillian habló con total naturalidad.
Como si lo hubiera dicho ayer y hoy.
Igual que cuando solía visitar a Maximin en el palacio del príncipe heredero todos los días.
“….”
Solo entonces la mente de Jean empezó a aclararse un poco.
Parpadeando aturdido, apenas logró exhalar un suspiro superficial.
Como si tuviera la intención de dirigirse hacia el caballete, Maximillian ya le había dado la espalda e intentaba levantarse de la cama.
Estaba de espaldas a él.
“Mi retrato…”
Mientras contemplaba aquella espalda inusualmente sombría, Jean murmuró el pensamiento que de repente le sobrevino.
“¿Se trata de esa pintura del tigre?”
“….”
De repente, el otro se detuvo en seco mientras se levantaba apresuradamente de la cama.
Su reacción fue sorprendentemente sincera.
Jean Erhardt, sumido en una especie de aturdimiento, con la mirada perdida fija en la espalda de la figura silenciosa que permanecía inmóvil ante él, sintió una inquietud inexplicable en su corazón. Si todo aquello no era más que una alucinación provocada por su mente ebria, parecía que el hombre que tenía delante pudiera desmoronarse en cualquier momento por las palabras que acababa de pronunciar. Así, sin decir nada.
“…Pues bien.”
Sin embargo, contrariamente a lo esperado, el hombre se dio la vuelta sin ningún rasguño. Miró directamente a Jean con una mirada inusualmente amable. Entonces, Maximillian preguntó:
“¿Visteis aquella pintura?”
Un ligero tono de vergüenza se percibía en su voz, como cabría esperar de alguien que nunca antes le había enseñado el cuadro a Jean.
Jean parpadeó. Recordaba perfectamente al tigre de ojos azules tumbado entre racimos de uvas esparcidos sobre la cama grande y alta. El cuadro había estado colgado en la pared entre las ventanas situadas detrás de su estudio, revestida de terciopelo negro.
“Esa… pintura…”
La confusión volvió a apoderarse de él. Se tapó los ojos. Sentía como si la cabeza se le fuera a partir en dos. El cuadro del tigre. Ese cuadro estaba sin duda en su estudio… justo detrás de él.
“Seguramente en la pared de mi habitación…”
… ¿O no? Quizás solo lo había imaginado brevemente. Si Maximillian era tan vívido y real, si su habitación, la misma que Jean había destruido con sus propias manos, ahora lo abrazaba con tanta perfección… Quizás toda esa serie de acontecimientos —la muerte de Maximiliano, la destrucción de su habitación, el seguimiento de sus restos hasta Montespang, todas las calamidades y desgracias ocurridas tras la revolución— no era más que una pesadilla o una alucinación que había imaginado.
La manta que sentía ahora entre sus manos, el aroma fresco que le llenaba las fosas nasales, la brisa ligeramente fría que le rozaba las mejillas y la suavidad de aquella piel… Si todo aquello era tan vívido, entonces quizás el futuro lejano que había vislumbrado no era más que un fantasma creado por miedo a perder a Maximillian…
“Ah… pensar que aquella obra mediocre fue descubierta.”
Mientras Jean estaba absorto en sus propios pensamientos, Maximin tomó la palabra. Jean lo miró con expresión ausente. A diferencia de la mirada vacilante de Jean, todo lo que podía ver de Maximillian era tan brillante y nítido, incluso en la oscuridad: su pelo rojo, sus ojos gris ceniza, su piel color melocotón…Incluso su tono de voz, ligeramente abatido, que nunca perdió su dignidad, aunque con algunas ligeras variaciones en la intensidad.
“Había ordenado que se deshicieran de ella discretamente, pero cuán voluble puede ser el mundo.”
Todo era exactamente igual. Jean se quedó mirando fijamente a su pequeño yo que se volvía hacia él. Tenía miedo incluso de parpadear.
“En fin, no tiene remedio.”
Entonces, Maximin extendió la mano. Le tomó las mejillas a Jean, acariciándolo como si estuviera tranquilizando a un niño, antes de mirarle a los ojos. Sus miradas se entrelazaron con ternura.
No fue un error. No podía ser una ilusión. Maximillian estaba… sin duda allí.
“Mas esa no es la pintura que deseo crear ahora. Así que acostaos tranquilamente, Jean. Ah, pero no como antes.”
Con esas palabras y una ligera sonrisa, soltó el rostro de Jean. Incluso el calor de sus manos en las mejillas de Jean en ese momento se sentía tan tangible y claro.
Jean se quedó boquiabierto. Habiendo terminado de hablar, Maximillian se volvía ahora hacia el caballete. Su cuerpo se movía con claridad hacia adelante, sin ningún intento de agarrar el poste de la cama o tantear el camino.
Sin darse cuenta, Jean lo llamó.
“…Maximin.”
El otro hombre volvió a darse la vuelta. Al recordar los ojos que acababa de ver, Jean preguntó con voz temblorosa:
“¿Podéis… ver?”
Fue una pregunta que formuló conteniendo la respiración, como si quisiera expulsar algo que se le había quedado atascado en el pecho. Al percibir su ansiedad, Maximillian lo miró fijamente. Una emoción indescifrable se reflejó por un instante en su rostro.
“Hmm…”
Entonces ladeó ligeramente la cabeza. Una extraña expresión se dibujó en su rostro y, al instante, se tapó la boca con la mano.
Todo el cuerpo de Jean se tensó. Miró al otro hombre con los ojos temblorosos.
Tras hacer otra pausa con un Hmm…, La mirada de Maximillian parecía perderse en algún lugar. Y entonces…
“Pfft.”
Se le escapó una risa pícara.
“Por supuesto que puedo ver.”
Entonces soltó una carcajada ruidosa con un poco característico Jajaja, secándose los ojos. Había reído tanto que incluso se le habían formado lágrimas en las comisuras de los ojos. Se parecía a la risa que una vez había mostrado al burlarse de Jean, pero era mucho más suave y cercana a una risa cotidiana.
El sonido fue tan claro que, por un momento, Jean sintió que su tenso cuerpo se hundía por completo.
“¿Por qué preguntáis tal cosa de repente? Vuestra expresión es tan propia de Jean al preguntar, es bastante divertida.”
Dijo Maximillian, lanzándole las palabras. Jean siguió su mirada. El movimiento de sus ojos al observar la figura de Jean y luego dirigirse a su rostro fue claro y preciso. Allí, ante él, estaba la imagen que nunca había podido recordar, sin importar cuántas veces intentara retroceder el tiempo tras haberlo despedido.
Lo estaba mirando a él.
“…”
“Jean?”
…Así es.
“Un sueño…”
¿Cómo podía ser esto un sueño? Tampoco podía ser un recuerdo ni una alucinación. ¿Cómo podía algo tan vívido, tan tangible, tan abrumador para los cinco sentidos, que cautivaba por completo su cuerpo y su mente, ser una especie de fantasma?
Los olores, los sonidos, las texturas y las imágenes de este lugar en este preciso instante… Todo es tan… tan nítido.
Si extendiera la mano, tocaría la piel ligeramente fresca de Maximillian. Si prestara atención, podría oír la respiración de Maximillian. Cuando este inhalaba, un ligero aroma a menta le hacía cosquillas en la nariz. La ropa de cama que rozaba su cuerpo crujía como si estuviera bien seca al sol.
“He tenido… un sueño tan terrible…”
Quizás se había quedado dormido brevemente en la cama de su amante y había tenido una larga pesadilla. El miedo que sentía al mirarlo debió de ser el detonante de ese espantoso sueño. Atrapado por el temor de perder a su querido Maximillian, debió de imaginar tontamente, por un momento, un futuro demasiado lejano y horrible.
Jean tomó la mano de Maximillian. Aunque el otro pareció desconcertado por el acto de entrelazar sus dedos, Jean no quiso soltarlo. Como si las secuelas de la larga y dura pesadilla finalmente lo estuvieran golpeando, las lágrimas comenzaron a correr de repente por sus mejillas.
Atrajo a Maximillian hacia sí. Aunque Maximillian mostró signos de confusión, lo abrazó a su vez sin decir una palabra. El cuerpo de Jean tembló levemente.
“En mi sueño, celebré vuestro funeral. Cornell ayudó a trasladar vuestro cuerpo a través de un pasaje y os enterré en las montañas… en aquellas montañas…”
Las palabras salían de su boca sin sentido, como si acabara de despertarse llorando. Jean apretó aún más fuerte al hombre contra su pecho. El peso del cuerpo del otro contra su pecho le parecía tan real. Más aún porque los momentos que había visto antes… no, los momentos que había visto en su sueño no dejaban de pasar por su mente.
“Maximin, vuestro nombre…”
En el sueño, el cuerpo de Maximillian fue enterrado en las montañas. Había un hoyo que Cornell había cavado previamente, y Maximin parecía estar en paz allí, como si ya hubiera esperado descansar en paz. Jean observaba le cubrían con tierra el rostro…
Se quedó mirando la escena durante un buen rato. Al final, junto con Cornell, lo cubrió con tierra.
Como no podían dejar ninguna huella, ese fue el último gesto que pudo hacer por él.
“Tomó mucho tiempo… verdaderamente mucho tiempo para evitar las sospechas de ellos. Probablemente ni siquiera podéis imaginar lo que hice para escapar de la muerte en aquel entonces. Intenté proteger a Cornell y a aquella montaña…”
Quien más sospechaba de Jean y, a la vez, quien más confiaba en él era su viejo amigo, Nathan Wickham. Aunque no comprendía la actitud de Jean el día de la revolución, Wickham no se atrevía a sospechar que hubiese ocultado el cuerpo del príncipe heredero. No parecía creer que su amigo, a veces aburridamente recto, hubiera arrojado cenizas sobre la gran obra que habían preparado durante tanto tiempo. O tal vez, simplemente, no quería creerlo.
“Para proteger….” Ese caballero, lleno de pasión por un mundo nuevo, era tan ingenuo.
Nathan Wickham murió de la siguiente manera. Después de la revolución, mientras el país se reorganizaba y surgían varios grupos que luchaban por sus propios intereses. En aquella época en la que la pura lealtad y la obediencia a la ideología forjaban una hoja afilada que presionaba a todos, él compareció en el patíbulo por tener pensamientos elitistas. A medida que el antiguo caballero envejecía, la pureza de su juventud se desvanecía y comenzaba a familiarizarse con el poder político y las intrigas, se volvió peligroso, por lo que nadie más que el propio Jean Erhardt decidió llevarlo a la guillotina.
Para entonces, ya no quedaban muchos de los que podrían considerarse las figuras principales de la revolución, y Cornell siempre estaba al lado de Jean, así que, una vez que tomó la decisión, fue fácil llevarla a cabo.
¿Es este el mundo que tú, o yo, queríamos?
“Maximin, ¿de verdad eres tú?” Mientras observaba a Chantelle, que se había derrumbado llorando junto a la cabeza de Wickham, que rodaba bajo la guillotina, pensó en algún momento.
El mundo después de la revolución era diferente de lo que la ideología había mostrado y retratado. No existía un mundo donde todos sostuvieran vino y pan en ambas manos mientras reían y charlaban. Era sangriento, estaba lleno de contradicciones e intrigas y de manera ridícula, la desigualdad campaba a sus anchas. La discriminación y la violencia, con nombres ligeramente modificados, acechaban por todas partes, y algunas personas anhelaban el pasado, mientras que otras añoraban un futuro que aún no había llegado… no, que creían que aún no había llegado.
Era una época en la que se sucedían los días sin que él supiera en absoluto qué debía hacer ni qué podía hacer en aquel mundo.
‘Nathan. Quizá debisteis haber sido vos el abanderado de la nueva era.’
Mientras recogía el cuerpo de su viejo amigo en el desierto patíbulo, Jean le susurró palabras que probablemente nunca volvería a escuchar. Quizás el que debió quedarse aquí deberíste de haber sido tú, no yo. Tal vez esa habría sido la elección correcta para todos. ¿Quién podría saber esa respuesta? Solo Dios lo sabría. Pero…
‘… Debo seguir adelante.’ Porque todavía me siguen cogiendo de la mano.
Eso fue todo lo que pudo decir en voz alta. Levantó la cabeza inerte de su amigo, se santiguó y prometió en soledad; Expiaré mis culpas en el infierno, mi viejo amigo. No me perdones. Allí ofreceré mi cuello de buen grado.
“…Sí.” Pero si todo eso hubiera sido un sueño, eso también sería una ilusión. Menos mal. Fue una verdadera suerte.
Mientras tanto, a la pregunta que Jean había formulado con desesperación, tratando de borrar las numerosas escenas que se habían sucedido en su mente, el hombre que tenía delante respondió con cierta lentitud. Jean notó que su propio cuerpo, que se aferraba a él, seguía temblando. Como si se diera cuenta de ello, Maximillian también lo abrazaba con ternura. Entonces, Maximillian le besó la frente con dulzura y le susurró:
“Así que sosegaos, Jean. ¿De acuerdo?”
«……»
“Traeré algo de té. Con menta estaría bien, ¿verdad? El de siempre.”
Qué tontería. Ante ese contacto que parecía a punto de alejarse de él en cualquier momento, Jean gritó apresuradamente: ¡No!. Fue un grito que, incluso para sus propios oídos, sonó como si fuera a desgarrarlo. Dejando atrás la mirada sorprendida de Maximillian, añadió sin pausa:
“No os vayáis. No necesito té alguno.”
“No os vayáis, Maximin.”
No quería té ni nada por el estilo. Jean se aferró a Maximillian con desesperación, como un niño en plena rabieta. Mientras se agarraba a la cintura del otro y no lo soltaba, sintió que Maximin, que se había dado media vuelta, volvía a su sitio. También percibió el leve suspiro del otro.
“Oh cielos…” Pronto pronunció una breve palabra. Sonó como un leve lamento, pero Jean se aferró con terquedad al otro. Poco después, sintió una mano acariciando su cabello.
“De acuerdo.” Entonces, Maximin le acarició la nuca. Se acercó y empujó suavemente a Jean hacia atrás. Fue un gesto natural que hizo que sus brazos perdieran fuerza. Al poco rato sintió que la cama se movía. Maximin, que por fin se había rendido, volvía a tumbarse en la cama.
“Venid aquí.” Una vez que se acomodó, le hizo un gesto a Jean. Tenía la cabeza apoyada en una mano y estaba de cara a Jean.
“…”
Jean se quedó mirándolo sin comprender. El rostro de Maximillian, sonriente mientras daba unas palmaditas en el espacio junto a él, como si llamara a Jean, se le veía tan sereno y radiante. Por un instante, eso le recordó al Ser Absoluto que hacía tiempo que había olvidado.
“Jean?” …Ah, Dios.
“Parece que he tenido una pesadilla bastante vívida.” Ah, Dios mío, gracias.
Las mejillas se le humedecieron de nuevo. Vio a Maximin riéndose de él como si estuviera atónito. Con sus ojos gris ceniza clavados en él, ahora se reía como si todo aquello fuera simplemente ridículo. Mientras Jean se limitaba a mirar sin comprender la mano del otro que se extendía hacia él, este le dijo en tono burlón:
“Incluso derramar lágrimas por ello. En verdad actuáis como un niño a veces.”
Es típico de él burlarse así. Jean esbozó por fin una leve sonrisa. Le tomó la mano al otro y le besó la palma, y volvió a oír la risa de Maximin. Manteniendo los labios pegados allí mientras negaba con la cabeza, Jean dijo por fin en voz baja:
“…Si hubierais tenido un sueño semejante, vos tampoco habríais podido evitar llorar.”
“¿Yo? Vaya. ¿Qué clase de sueño era ese, entonces?” Maximin respondió en tono de burla. Jean sostuvo su mano durante largo tiempo, y poco después se inclinó para besar brevemente los labios de Maximillian. El calor que sintió en esos labios pareció reconfortar su alma. Se recostó, acomodando su cuerpo junto al del otro. Vió a Maximin mirándolo desde arriba.
“¿Tienes curiosidad?”
Hmm... Ante la pregunta de Jean, esbozó una expresión ambigua. Parecía sentir curiosidad, pero al mismo tiempo no. Jean sonrió discretamente. De todos modos, se le daba mal adivinar los pensamientos más íntimos de su amante. Así que se limitó a esperar la respuesta del otro, agradecido por la providencia divina que lo había liberado de aquella terrible pesadilla y le había devuelto a esa persona.
“Sí”, dijo Maximillian al fin.
La historia tomó mucho tiempo.
Los dos se recostaron en la cama y hablaron durante un rato.
Durante ese tiempo, Jean se sentó frente a Maximin, luego se acurrucó en sus brazos y después se acostó frente a él repetidamente, mientras que Maximin mantuvo en su mayoría una sola posición: acostado de lado con la barbilla apoyada.
Sorprendentemente, era un oyente bastante bueno. Especialmente por la forma en que nunca dejaba de prestar atención, a veces riendo, a veces respondiendo con brusquedad a las descripciones de Jean sobre lo que ocurrió en el sueño.
Jean le contó en detalle todo lo que pasó en el sueño, todo lo que le había acontecido después de salir del dormitorio de Maximin.
A medida que continuaba el relato, todos esos diversos sucesos se sentían tan fantásticos, como un cuento inventado, que terminó riendo con amargura.
Le gustaba esa sensación de distancia. La muerte de Maximillian, y las cosas que pasaron en el mundo después de eso… Eran acontecimientos que nunca podrían ocurrir en su corazón.
Hmm. La historia, que se había ido gestando durante tanto tiempo, concluía con un breve comentario sobre la muerte de Maximiliano y la situación política que se desarrolló a raíz de ella.
Teniendo en cuenta su carácter habitual, cabría pensar que sentiría más curiosidad por lo que ocurrió después, pero, por alguna razón, Maximin no parecía muy interesado en la situación tras la ocupación del palacio por parte del ejército revolucionario.
Quizá pensó que la caída de la familia imperial era una historia demasiado absurda y blasfema.
“¿Conque, a la postre, me habéis hecho traición y os habéis comprometido con Ariel?”
En cambio, lo que captó fue algo inesperado. Jean, que llevaba un buen rato parloteando mientras miraba a Maximillian a los ojos, dejó de hablar con una leve sensación de vergüenza. Su amante lo estaba mirando con el ceño fruncido.
“Rompí el compromiso tan pronto como todo hubo concluido. Además, ¡desde un principio aquello era…!”
Las palabras brotaron rápidamente, arrastradas por un torrente de emoción. Una oleada de confusión lo invadió al ver los ojos que lo miraban como si lo juzgaran.
Intentando añadir algo más a toda prisa, Jean se cubrió el rostro un instante. Se sentía ridículo por haberse alterado tanto y haberse puesto tan nervioso por algo que había ocurrido en un sueño. Se sentía como un niño, tal como había dicho el hombre que tenía delante.
Apenas relajando el cuerpo que acababa de incorporar bruscamente, dijo con un gemido:
“No… De principio a fin, no fue sino un sueño, Maximin.”
“Hmm, aun así, me resulta en extremo enojoso.”
A pesar de las palabras que apenas había logrado pronunciar tras recuperar el sentido, Maximin siguió insistiendo sin dar marcha atrás. Cuando Jean puso cara de exasperación al oír aquellas palabras, fue entonces cuando se oyó una risa ahogada.
“Maximin.”
Jean suspiró. Aunque sabía que su amante no tenía rival en el talento de provocar a la gente, no pudo evitar sentirse un tonto por caer en su trampa cada vez, incluso mientras se le escapaba una risa cansada.
Extendió la mano. El cabello pelirrojo de Maximillian le hacía cosquillas entre los dedos al pasar a través de él. El suave roce que hacía cada vez parecía calmarlo.
“Si alguien tuviese motivo para el enojo, ese soy yo. El vos de aquel sueño llegó incluso a expresarme sus parabienes.”
Era la historia del día en que lo había encontrado en la catedral, en aquel sueño. El día en que había discutido con Maximin, incapaz de controlar sus sentimientos ante las palabras de este, felicitándolo por su compromiso con Ariel.
Aunque no podía culpar al otro por algo que había ocurrido en un sueño, la imagen de Maximin felicitándole por el compromiso y marchándose seguía muy presente en su mente. Junto con la desesperación, la ira y la nostalgia por el otro que había sentido entonces.
“Oh cielos.”
Mientras tanto, Maximin frunció el ceño. Como si le molestara mucho que Jean se hubiera comprometido con Ariel, aunque fuera en un sueño, parecía algo descontento.
Y continuó diciendo:
“¿Cómo? ¿Acaso habré de loar vuestra testarudez por haber tomado aquellas palabras al pie de la letra?”
Era evidente que se trataba de un tono sarcástico. Jean miró fijamente al otro, con expresión ausente. Maximillian había fruncido su elegante frente y había levantado ligeramente una ceja.
Era una expresión inusualmente emotiva en él, casi como si acabara de salir de aquella catedral. Al ver lo diferente que era de aquel rostro descarado que había visto en el sueño, Jean no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.
“A juzgar por vuestras palabras, parece que, en verdad, os habríais indignado.”
Al decir eso, posó suavemente los labios sobre los de Maximin y se apartó. Su amante se quedó en silencio un instante.
Jean volvió a besarle suavemente en los labios, como para tranquilizarlo. Pudo ver cómo se suavizaba la expresión de Maximin, como si le leyera el pensamiento.
Al poco rato, Maximin apoyó la cabeza en el regazo de Jean.
“Bueno…”
Era una señal de rendición. Jean no pudo ocultar su sonrisa mientras miraba hacia abajo al otro. Maximillian habló mientras yacía recostado:
“Ciertamente, presumo que lo habría comprendido; mas no por ello os oculto que me habría sentido un tanto mortificado. En especial, habida cuenta de que os habríais tomado con suma seriedad tales desposorios.”
“¿…Yo?”
Menuda interpretación errónea tan absurda. Jean negó con la cabeza de inmediato. Notaba cómo Maximin lo miraba con expresión ausente, con la cabeza apoyada en el regazo de Jean.
Era una respuesta que no era una respuesta, un malentendido imposible.
“¿Quién sois vos?..”
Sus palabras se aceleraron de nuevo por la indignación. Casi se echó a reír de incredulidad. Jean protestó:
“Eso es ridículo. Jamás en mi vida…”
“Bueno, ¿no te comportábais como si os hubiese complacido cualquiera, con tal de que fuese vuestra pequeña perla?”
Justo cuando intentaba corregir la afirmación, que más bien parecía una conjetura, de su amante, la voz de Maximillian se impuso de inmediato. Por un momento, Jean se quedó sin palabras.
Al ver que no respondía, Maximin siguió hablando. En algún momento se había incorporado, tras haber estado recostado en el regazo de Jean:
“En algún punto de vuestras misivas, siempre os expresabais de esa manera: ‘Oh, pequeña perla, ¿por qué os negáis a concederme un encuentro? Mi corazón no habrá de mudar, sin importar qué clase de persona seáis. ¿Acaso no guardáis confianza en mí?’.”
“Maximin, eso es…”
“ ‘No soy desleal. Ni soy ya un infante que precise de vuestros cuidados. Conozco la gratitud y la fe, la lealtad y el afecto. Aun si fuerais alguien que hubiese infligido daño a muchas almas, aún si portárais una gran cicatriz en el rostro, bien fuerais mujer u hombre, os seguiría de buen grado y con todo mi corazón… ¿Por qué os negáis a responderme?’.”
Jean se sonrojó. ¡Dios mío!. Jean se tapó la cara con ambas manos. Aquello era demasiado. Era más que horrible.
Maximillian estaba recitando el contenido de la carta que Jean le había enviado a la pequeña Perla, como si la estuviera leyendo ante sus ojos.
Era una carta escrita en su juventud, con su corazón inmaduro y su afecto ciego a modo de tinta.
“Pfft.”
Mientras Jean se cubría el rostro con vergüenza, las risas no tardaron en llegar. Quizás por revivir viejos recuerdos, Maximillian ahora se reía a carcajadas. Parecía muy divertido.
Pronto, rozó ligeramente sus propios labios.
“¡Ah! Evocando el pasado, reconozco que, en verdad, no era yo sino un infante insensato. Siento profunda vergüenza de mi propia persona.”
“…”
El tono burlón seguía siendo evidente. Sin mirar a los ojos al otro, Jean dijo, como si se estuviera excusando:
“…Aquella fue una misiva redactada en mis días de ignorancia.”
Era la mejor respuesta que podía dar.
“Pues para tratarse de un asunto de tal índole, os mostrabais harto pertinaz. ¿Acaso no inquiríais incansablemente en cada ocasión? ‘ ¿Acaso la pequeña perla cuenta ya con una familia? ¿O guardáis por ventura un amante a quien hayáis prometido vuestro porvenir? Ningún reparo habría de tener si tan solo tuvieseis un heredero…’ ”
“….”
Ahora ya no había forma alguna de evitarlo. Jean apretó los ojos con fuerza. No podía entender en qué estado mental había estado para escribir frases así.
Lo único que podía hacer era enfadarse consigo mismo.
Se limitó a agarrar los dedos de Maximillian, que le apretaban el pecho, y dijo: “Por favor, para…”
Aunque sabía que un amante travieso no se detendría ante una resistencia tan leve.
Efectivamente, su amante continuó pronunciando algunas frases más.
Aunque había pasado mucho tiempo, solo con escuchar el comienzo de algunas de las frases que decía, se dio cuenta de que la otra persona había memorizado el contenido de la carta que le había enviado.
Parecía que su amante había memorizado de forma natural el texto que él ya casi había olvidado, tras leerlo varias veces.
Del mismo modo que Jean se había aprendido de memoria, sin pensarlo, el contenido de la carta que había recibido de cuando era el pequeño Jean.
“…Os mostráis harto travieso en vuestro proceder,” dijo por fin, con la cara enrojecida.
El otro soltó una risita en respuesta. Se encogió de hombros y dijo; Travieso, dices.
Era absolutamente exasperante.
“Sencillamente, me causó una honda impresión. Aquel que antaño solo escribía acerca de sus estudios, de súbito comenzó a deslizar otros temas poco a poco, para más tarde hablar únicamente de tales cuitas mientras se aferraba a ellas con desesperación. Resultaba en verdad tierno. Para alguien que cortejaba a una persona a quien jamás había visto, os mostrabais harto pertinaz.”
“¡Ah! ¿Acaso lo recordáis? Cuando me enviasteis vuestra primera epístola de amor…”
“…Maximin.”
Tenía la sensación de que le hubieran metido la cara en la chimenea.
Apretándose las mejillas ardientes, Jean abrazó por fin a Maximillian. Mientras lo apretaba con fuerza contra su cuerpo, podía sentir cómo este se reía entre sus brazos.
Jean said once more, «Please stop.» Despite his stiff tone, it sounded like both a plea and coy affection.
“Bien está, confieso que me ha placido resultaros un tanto travieso.”
Por suerte, Maximin cedió ante su última súplica. Jean abrazó en silencio a su amante, quien se había entregado a sus brazos y ahora reía suavemente. Obstinadamente, apartó la mirada avergonzado.
Quizás por eso, cuando Maximin de repente comenzó con; En esa pesadilla tuya…, Jean no pudo ver su expresión.
“What would have happened if you had known my true identity a little sooner?”
Jean lo miró. Aunque Maximillian no apartaba la mirada ni bajaba la cabeza, de alguna manera parecía un poco melancólico, como si estuviera recordando un pasado lejano. Parecía que la historia del sueño de Jean le había conmovido de forma extraña.
“…”
Quizás aquella visión le sirvió de señal. A medida que la timidez y el hormigueo que la acompañaba se desvanecían, su mente se fue calmando poco a poco.
Jean se quedó en silencio un momento. Aunque sentía que le había entregado una pesadilla a su amante, le sorprendió lo parecida que era la pregunta que le había planteado a las que él mismo se había hecho una y otra vez mientras deambulaba por ese tiempo onírico.
Al mismo tiempo, sintió un ligero mareo. ¿La ‘ verdadera identidad’ de Maximillian…?
Pensándolo bien, hacía solo unos instantes que hablaban del pequeño Jean con total naturalidad. Como si ambos hubieran compartido ese secreto desde hacía mucho tiempo.
Sin embargo, ¿cuándo y cómo había descubierto que Maximillian era la persona a la que había estado buscando tan desesperadamente…? ¿Acaso Maximillian se lo había dicho directamente?
No. No podía ser eso. Más allá de que él no era el tipo de hombre que haría algo así, Jean no conservaba ningún recuerdo similar.
El sueño… En el sueño, estaba claro que había ido a buscar a Montespan y había visto aquella pintura que mantenía oculta…
“Jean?”
“Ah…”
Su mente, cada vez más confusa, apenas logró recuperar el hilo. Jean parpadeó. Maximillian lo miraba con expresión de desconcierto. Parecía estar esperando la respuesta de Jean.
Oh cariño. Se tragó una sonrisa amarga. A juzgar por lo aturdido que se sentía, todavía debía de estar en un estado de letargo.
Sujetando a Maximin con más firmeza, retomó la conversación. En cualquier caso, ambos habían estado hablando sobre el sueño.
Allí, si tan solo hubiera sabido un poco antes quién era Maximin…
Esa era, verdaderamente, una pregunta que se había hecho una y otra vez a lo largo de su arduo viaje en el sueño.
Hmm…
Lo había pensado cada vez. Había planteado hipótesis, se había hecho preguntas y se había cuestionado las cosas en todo momento.
Ojalá hubiera sido así. Ojalá se hubiera enterado un poco antes. Ojalá hubiera sido solo un poquito antes…
No, aunque eso no hubiera pasado, si tan solo su corazón lo hubiera admitido un poco antes, solo un poco antes.
Si hubiera sido así…
“Tal vez os habría ofrecido esos mismos votos con mayor premura. Compartir nuestra existencia aun en los confines de un suelo extraño, más allá de la frontera de oriente, donde rigen otros decires y costumbres.”
“…”
“Pero…”
También tenía sueños dentro del propio sueño. Después de despedir a Maximillian, durante un tiempo lo vio cada noche en sus pesadillas.
Lo tomaba de la mano y deambulaban juntos por las montañas que se alzaban detrás del palacio imperial, corriendo colina abajo, hacia el este, una y otra vez.
A veces no estaban en las montañas, sino en los aposentos de Maximillian en el palacio; a veces no era en el palacio, sino en las calles descoloridas de Joachim; a veces, en aquellas escaleras oscuras de la taberna de Cornell donde lo había despedido…
Y a veces, en el patio trasero de la mansión Erhardt, donde lo había atrapado justo cuando intentaba huir.
“¿Os habrías aceptado?”
Pero el intento de fuga siempre acababa en fracaso. Por mucho que Jean corriera desesperadamente, por mucho que llorara y gritara, era inútil.
Aunque Maximin corría tras él jadeando, aunque lo seguía sobresaltado, al final siempre terminaba por soltar la mano de Jean.
“…”
Con una sonrisa igual a la que tenía ahora.
Jean sonrió en silencio. Maximillian también mostró una sonrisa enigmática, una que difícilmente podría llamarse sonrisa.
Una sonrisa que hacía imposible adivinar su edad y que dificultaba descifrar sus pensamientos más íntimos… Una sonrisa como si el tiempo se hubiera detenido en aquella época dentro del sueño.
La sonrisa que Jean solía recordar en ese estado casi onírico cada vez que pensaba en él.
“En aquel ensueño, sobreviví por largo tiempo aun después de vuestra partida. Había rebasado ya con creces la treintena, y ejecuté con mis propias manos a algunos de los camaradas que habían luchado a mi lado tras la revolución. Todo ello con el fin de salvaguardar la posición y los ideales que me habíais confiado. En la dirección que derramase la menor cantidad de sangre en Joachim, aun cuando eso significase abatir a aquellos que me eran cercanos.”
Jean continuó hablando lentamente. A la temprana edad de veintiocho años, pasó mucho tiempo pensando en aquella persona que había conocido y que le había abandonado.
Él mismo acabó con la vida de muchos compañeros, entre ellos Nathan Wickham, y aceptó de buen grado el resentimiento y las maldiciones que ello acarreó.
Así fue como sobrevivió. Sobrevivió por encima de todo. Con todo su corazón y toda su alma.
“Siempre que sobrevenían coyunturas difíciles, pensaba en vos. En por qué jamás me revelasteis vuestra verdadera identidad, o en si habíais vacilado una sola vez ante el sendero que habíais elegido para vuestra persona…”
“…”
“También os guardaba rencor. Por qué debíais ser tan cruel para con mi persona. Si en verdad me amabais, cómo pudisteis tomar semejante determinación…”
“…aquel día en que te preparé un carruaje, si tan solo hubieras salido de ese palacio donde naciste y te criaste, y me hubieras elegido a mí… Al menos, creía estar listo para hacerte feliz.”
Maximillian permaneció en silencio, tal vez absorto en el relato. Jean tomó la mano del otro y besó ligeramente el dorso al terminar de hablar.
Cayó un tenue silencio. Su amante lo había estado observando fijamente desde hacía un buen rato.
“En mi sueño…” De repente, abrió la boca.
“¿Acaso hallasteis esa respuesta?”
Su tono temblaba ligeramente, como si tuviera miedo de algo.
Jean cruzó la mirada con la otra persona, que lo miraba fijamente después de que él le hubiera lanzado la pregunta.
El que hacía un momento se reía entre dientes ahora parecía muy serio.
Parecía que estaba observando algo, esperando algo y, por otro lado, daba la sensación de que estaba preparado para algo.
El peso de esa frase hizo que me resultara un poco incómodo responder sin pensarlo dos veces.
“Hmm… bueno…”
De repente, mi respuesta me pareció insignificante.
Al final, Jean se limitó a esbozar una sonrisa un poco incómoda.
Maximillian se quedó quieto.
“Cada vez que me consultaba a mí mismo, hallaba una nueva respuesta, y pensaba en cada ocasión que aquel veredicto era el más cercano a la verdad, empero… en buena lid, ignoro si alcancé la respuesta definitiva.”
Al oír esas palabras, la expresión de Maximin cambió ligeramente.
No quedó claro en qué pensamientos se había sumido.
Para evaluar lo que sentía en su interior, Jean se detuvo un momento para elegir bien las palabras.
“Tan solo…” comenzó él de nuevo.
Maximin replicó como si pretendiese hacer eco de aquello; ¿Tan solo?
Jean siguió hablando.
“El vos a quien conozco semeja lo bastante frágil como para desvanecerse en cualquier instante, empero es más recio que ninguna otra alma; compasivo, mas a la vez implacable; inestable, mas siempre firme…”
“…”
«Guardaba la certeza de que, aun cuando os temblasen las manos, habríais de priorizar el cumplimiento de vuestra resolución. Si tal es el espíritu de Joachim que dejasteis en pos de vos, mientras no le entregue al olvido, paréceme que todavía os sostengo de la mano.”
¿Sintió miedo Maximiliano en aquel último instante?
¿Se arrepintió de todas las decisiones que había tomado hasta entonces?
¿Lo echó de menos aunque fuera un poco?
Tales preguntas lo habían atormentado a veces.
Imaginando los sentimientos del otro, imposibles de comprender, rebuscaba en el pasado, pasando noches enteras sumido en el dolor y la angustia.
Sin duda, hubo días así.
Pero un día, sentado en la sala del tribunal, decidiendo la ejecución de aquellos en quienes una vez creyó de todo corazón, Jean pensó de repente.
Quizás se arrepintió, quizás sufrió, y quizás tuvo miedo…
Sin embargo, era un camino que debía recorrer.
¿Se le reveló el camino?
Probablemente no.
¿Cómo iba a saber qué giros y recovecos le deparaba el camino inexplorado, si se extendía hacia adelante, se curvaba o incluso retrocedía?
No podía saberlo.
Era un futuro que nadie había recorrido, un tiempo que nadie había vivido.
Existía en la imaginación de todos, pero se desviaba de las expectativas.
No había ni felicidad absoluta ni miseria absoluta.
Era simplemente un mundo que se había convertido en un caos, pero que navegaba hacia algún lugar sobre una nueva corriente.
Ni siquiera Maximillian en sus sueños podría haber anticipado todo esto.
Sin embargo…
“…Eso es maravilloso.”
Seguramente sabía perfectamente cuál era lo mejor que podía hacer para llegar al lugar que tenía en mente.
Una sonrisa se dibujó involuntariamente en el rostro de Jean ante el breve comentario de su amante.
Era como si los innumerables días de angustia y sufrimiento que habían llevado a esta conclusión se vieran por fin recompensados.
ean estrechó con firmeza la mano de su amado. —¿Os contemplé acaso con la debida lucidez? —inquirió él, ante lo cual su amante se le dibujó una sonrisa en sus labios.
Era una sonrisa sutilmente enigmática.
“Vaya, semejas que os juzgué con excesiva benevolencia.”
Entonces tomó la palabra Maximillian.
Su mano rozó brevemente la mejilla de Jean.
Una inexplicable vacilación permaneció en la punta de sus dedos.
Y añadió:
“Jean, me habéis enseñado algo.”
Fue una confesión que sonó un tanto inesperada.
Sin darse cuenta, Jean ladeó ligeramente la cabeza.
Por alguna razón, la voz de Maximiliano se había vuelto más grave, creando una sensación muy distinta a la de antes.
Su habitual arrogancia y jovialidad habían desaparecido, reemplazadas por una indescriptible y oscura sensación.
¿Qué podía decir, como si…?
“A partir del día en que os hallé, alcancé la certeza de ser tan solo un necio humano, desprovisto de la templanza necesaria para refrenar tan ferviente arrebato.”
Sonaba casi como una disculpa.
Jean parpadeó.
La sonrisa de alivio que había surgido al relatar la ardua historia del sueño se desvaneció poco a poco sin que se diera cuenta.
Fijó su mirada en Maximillian.
Aunque no debería ser posible, una extraña premonición le recorría la espalda.
Mientras tanto, Maximillian continuó la historia.
“Os empeño mi palabra de que no existía en mí el propósito de dar a conocer mi ser, mas siempre suspiraba por iniciar una plática en semejantes términos…
Siempre que os diviso, me tienta el impulso de correr tras vuestros pasos, de conversar con vuestra persona y, a veces, de turbar vuestra compostura sutilmente.”
“…Maximin?”
“¡Jean! Sir!”
Jean parpadeó. A medida que la luz se colaba entre sus párpados, su estudio, que le resultaba tan familiar, se fue revelando ante sus ojos. Parecía que había pasado bastante tiempo mientras dormía, ya que el estudio, que antes estaba sumido en la oscuridad, ahora estaba inundado por la luz del sol.
“¿Os halláis bien? Vuestras lágrimas…”
Una voz familiar lo siguió. Era el mayordomo. Fuera lo que fuese lo que vio, su voz denotaba perplejidad.
Jean miraba fijamente al vacío. Sentía las lágrimas correr por sus mejillas. Esas lágrimas eran como el único puente que conectaba el sueño con la realidad. Todo lo demás se había desvanecido como una mentira, ya no existía ante sus ojos ni en sus manos. Su mente seguía confusa, como si estuviera ebrio.
Respondió lentamente.
“Estoy… bien…”
Mientras tanto, como si se diera cuenta de que no se encontraba bien, el mayordomo se acercó a la ventana. Mientras el otro gesticulaba afanosamente, algunos fragmentos de lo que decía se colaban entre los huecos de la mente aturdida de Jean.
“Semeja que habéis padecido una terrible pesadilla. Procederé a abrir el ventanal para vos.”
“…”
“La nieve ha cesado durante la noche. Un poco de aire fresco os hará sentir mejor.”
Pesadilla, nieve, noche… Esas palabras surgieron una tras otra y, de repente, se fundieron, evocando de forma repentina los recuerdos de la noche anterior.
Anoche… Sí, sin duda se había quedado dormido aquí mientras bebía whisky. Bebiendo alcohol, burlándose de la canción que le llegaba a los oídos…
“…Los cánticos…”
¿Fue entonces cuando sus pensamientos llegaron a ese punto? Lo recordó tardíamente. Anoche, sobre la nieve que se acumulaba, ¿no se había reunido la gente para cantar? Decían que invocarían a las almas de los muertos…
Jean preguntó sin pensarlo. Aun sabiendo que era una pregunta tonta, aun sabiendo que era solo un sueño nacido de su anhelo, no pudo evitar sentir como si su amante lo hubiera visitado la noche anterior. El tiempo de espera de la respuesta del otro se tornó repentinamente angustioso.
“Ah…”
Poco después llegó la respuesta.
«Si os referís a la misa callejera de la pasada noche, no hay motivo para la inquietud. Alguien debió de dar parte en el curso de la velada, pues la guardia se personó y procedió a dispersarla. Semeja que ellos mismos se contuvieron antes de que la nueva alcanzase al gobierno. A fin de cuentas, tratábase de un ritual impropio que pretendía invocar a los fantasmas del imperio.»
“…”
“Se disgregaron de manera pacífica, por lo que no es menester que os atribuléis más por ello.”
“…Ya veo.”
A pesar de esa reflexión tan realista, su mente embotada simplemente no conseguía aclararse. Llegó incluso a tener la ilusión de que, si cerraba los ojos en ese mismo instante, podría volver a ver a Maximillian.
Jean respondió lentamente a las palabras del otro y luego guardó silencio. Era lo único que podía hacer. Su cabeza seguía pesada y su corazón, impregnado de los recuerdos de aquel a quien había conocido la noche anterior, se negaba rotundamente a moverse.
Fantasma del imperio… ¿En eso te has convertido ahora?
Lo que se había vuelto familiar en los últimos años de repente le resultaba dolorosamente extraño. Debería haber bastado con pensar que simplemente había soñado por un intenso anhelo, pero por alguna razón, ni siquiera eso era fácil.
Lo que pasaba era que, medio dormido, había evocado a Maximin tal y como deseaba, tal y como lo imaginaba… Seguramente eso era todo y, sin embargo… la verdad es que, por extraño que pareciera, la ilusión de que Maximin había venido realmente a buscarlo la noche anterior no se desvanecía.
Jean se llevó las manos a la cara. Las emociones que no podía contener seguían aflorando. Era algo que no le había pasado en años. Se cubrió el rostro con ambas manos, mordiéndose el labio durante un buen rato.
Fue entonces.
“¡Vaya por Dios! Contemplad eso. Je, je.”
De repente, se oyó una risita ahogada procedente de quien había estado abriendo las ventanas restantes una a una. Era un sonido tan natural y alegre que las manos de Jean se apartaron de su rostro sin que se diera cuenta.
La luz inundó su campo de visión al bajar las manos. A lo lejos, podía ver la silueta de un anciano inclinado junto a la ventana, mirando hacia fuera.
“¿Le apetece venir a echar un vistazo un momento?”
Al parecer, se dio cuenta de que Jean lo miraba, y enseguida le hizo una señal con la mano. Por su postura, parecía que estaba observando algo debajo de la ventana.
Tras quedarse mirando fijamente por la ventana durante un rato, Jean se levantó lentamente. A cada paso que daba hacia donde se encontraba el otro, sus pasos resonaban y la luz se iba intensificando poco a poco.
Cuando llegó a la ventana, el frío de la madrugada le azotaba con fuerza las mejillas, y el aroma fresco y característico del invierno se le quedaba en la punta de la nariz. Se le enfriaron las manos y notó su rostro ligeramente entumecido por el frío. Solo entonces se le despejó la mente de repente.
Y entonces…
‘La luz…’
Poco después, una luz que pareció atravesar sus pupilas impactó su vista. Jean frunció el ceño inconscientemente. Tras parpadear un par de veces y secarse las lágrimas que se le habían formado por reflejo, pudo ver la calle frente a la mansión, cubierta de nieve blanca. Algunos niños corrían y jugaban.
El mayordomo abrió un poco más la ventana. Jean se apoyó contra el alféizar, mirando hacia afuera como hipnotizado.
Se oyeron risas. Vio a un niño rodando sobre la nieve acumulada. Pronto otro niño corrió hacia él y lo cubrió de nieve, y rápidamente se enredaron jugando. Cerca de allí, otros niños se salpicaban de nieve, riendo.
Niños comiendo nieve, recogiéndola y tirándola, rodando solos… La calle estaba llena de risas que brotaban de cada niño a su manera.
El camino brillaba aquí y allá como joyas escondidas en la suave nieve blanca, y los niños, con risas en los labios, corrían y jugaban caóticamente sobre él. Sus rostros estaban tan radiantes…
“Mire, maestro Jean.”
Por fin, sintió como si despertara del profundo sueño de la noche anterior. Jean bajó la mirada en silencio, observando la escena en la calle. Cada elemento que adornaba la acera era terriblemente vívido.
Las risas de los niños, los gritos de los vendedores de periódicos que habían salido corriendo temprano por la mañana, los pasos cautelosos de la gente que caminaba por el camino nevado y el sonido de los carruajes, voces que el viento invernal arrastraba demasiado lejos como para distinguirlas, llegaban a la habitación una a una. El olor a aceite que llevaban para encender el fuego y el aroma a leña quemada, junto con el frío penetrante, llegaban débilmente desde lejos.
Una calle imperfecta pero extrañamente vibrante. La calle que él había creado, la calle que protegía. La nueva mañana que esa calle había recibido se extendía ante sus ojos.
Y así…
“Es la mañana de Joachim.”
Recordándole que quien sin duda había amado tanto aquel lugar, esa persona tan tierna y conmovedora, al final se había marchado de nuevo.
“…”
Jean Erhardt se quedó allí de pie por un momento. Diversos pensamientos indescriptibles cruzaron como destellos por su mente. Parecía como si todos los incontables momentos del pasado, cuando la noche anterior yacía junto a su amante susurrando confidencias, estuvieran ahora enterrados en esa calle ante sus ojos.
Tal vez por el bien de esta mañana fría y ajetreada… una mañana tan ordinaria que rozaba el cliché, como semillas firmemente selladas bajo la tierra.
En la calle cubierta de nieve, el sendero aún era tenue y la primavera seguía sintiéndose tan distante como el día de ayer. Sin embargo, el sol brillaba con claridad y la calle resultaba deslumbrante.
Se quedó contemplando aquella calle durante un largo rato. Con tristeza, un pensamiento le vino de repente a la mente. Aquella calle sin ninguna importancia en particular… era precisamente lo mismo que una vez había estado dispuesto a abandonar…
Una mañana ordinaria es bastante… hermosa.
Parecía que ya habías pintado esta mañana en algún momento del pasado.
Al darse la vuelta, Jean recordó con naturalidad a aquel que se había marchado.
Mientras daba la espalda a la luz, una larga sombra se proyectó frente a él.
Se parecía a eso, y también a alguien a quien una vez había perseguido.
Caminó lentamente hacia adelante, como si siguiera a la sombra.
Mientras tanto, el sol se elevaba cada vez más, iluminando ahora por completo incluso el lugar donde él había estado de pie.
El viento entró con fuerza a través de la ventana abierta y, con él, la tela de terciopelo que colgaba de la pared ondeó, revelando poco a poco, primero a la mitad y luego por completo, lo que había estado ocultando mientras se agitaba.
Luego cayó, como asentándose en el suelo, produciendo un suave golpe sordo.
Jean se volvió brevemente ante aquella brisa.
El tigre que había estado oculto bajo la tela durante tanto tiempo, de repente, volvió a mirarlo.
“¿Quereís que lo cubra?”
Preguntó una voz a su lado.
Tras contemplar durante un instante los ojos azules que tenía delante, respondió de forma concisa.
“… No. Está bien así.”
Era, sin lugar a dudas, una de esas mañanas de Joachim.
<Joachim’s Morning> Fin.
Su uso en la traducción al español
En el español cotidiano, esta estructura no existe de forma natural. Nadie usa «en la Tierra» para enfatizar una pregunta. Sin embargo, su uso está muy extendido en un contexto específico: la traducción literaria y el doblaje de época.
Se recurre a este calco por dos motivos principales:
Fidelidad y sabor de época: En novelas ambientadas en los siglos XVIII o XIX, ayuda a recrear un lenguaje formal, cortesano y aristocrático muy estilizado.
Evitar la vulgaridad: En entornos muy refinados, expresiones naturales en español como «¿De qué demonios…?» o «¿De qué narices…?» pueden sonar demasiado vulgares o modernas. «En la Tierra» mantiene el impacto dramático sin perder la elegancia del personaje.
Impresiones sobre el capítulo completo.
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