El monstruo jefe encargado de la última prueba y la puerta final hacia el desenlace, Rio Babenbugh.
El cruel Conde Demonio al que se había enfrentado en el juego, se encontraba justo frente a él, conservando la apariencia de un niño pequeño y frágil. Al parecer, en este momento se había encarnado en algún punto del tiempo mucho antes del juego que él conocía.
En realidad, resultaba difícil considerar al jefe final del juego y a ese niño de ahora como la misma persona. Aquel niño no se convertiría en un demonio de índole feroz por haber crecido torcidamente, sino que no era más que una pobre víctima destinada a que un demonio le arrebatara su cuerpo en el futuro.
El joven Conde que, habiendo nacido como hijo legítimo de la familia del Conde Babenbugh, fue aislado en el edificio anexo de la mansión tan pronto como aprendió a dar sus primeros pasos por llevar la sangre de un demonio. Un desdichado semidemonio semihumano que, tras permanecer encerrado toda la vida sin conocer el calor humano, terminaría convirtiéndose en la ofrenda del demonio. Ese era el futuro programado para el niño que tenía ante sus ojos.
Ciertamente, se trataba de una historia que despertaba compasión, pero por desgracia él no se podía permitir el lujo mental de apiadarse de Rio. Observó con sus ojos pequeños como granos el libro grueso que estaba completamente abierto frente al niño.
A sus ojos, solo parecía un libro extraño con patrones geométricos grabados, pero para los ojos del niño era algo totalmente distinto. Porque ese era un grimorio que solo aquellos que heredaban la sangre del demonio podían leer.
Rio Babenbugh pretende entablar un pacto de servidumbre a cambio de otorgar un nuevo cuerpo físico al alma errante que perdió su cuerpo, de acuerdo con el ritual de invocación registrado en el grimorio.
Tú eres el sirviente invocado al ser atraído por la sangre del demonio, y debes responder a la petición de Rio de acuerdo con las reglas del grimorio.
Reprimió un suspiro al mirar fijamente la ventana del sistema.
Es decir, ¿eso no significaba que Rio, el que estaba sentado allí, había usado el libro de magia para hacer que su alma encarnara en un muñeco?
«¿Qué pretende hacer invocando el alma de un empleado de oficina muerto por sobrecarga laboral?»
Encima, exigirle que se convirtiera en un sirviente que le obedeciera a cambio de entregarle este muñeco a modo de cuerpo físico. Se trataba sencillamente de un contrato abusivo que bordeaba la estafa.
Su nariz abultada y llena de algodón tembló de indignación. Al menos podría haberle dado un muñeco algo tierno. Pero no, ahora tenía que ser un oso feo al que ver al espejo causaba aversión.
Dio un paso hacia adelante y contempló al niño desde un poco más cerca.
Primero notó su cabello dorado, cortado al azar y totalmente alborotado. Los ojos azules que se asomaban entre los mechones de pelo brillaban de forma radiante, pero ambas mejillas estaban sucias como si tuvieran manchas de carbón, y sus labios estaban blanquecinos y agrietados. Ni siquiera vestía ropa adecuada, sino que llevaba encima un harapos deshilachados, presentando un aspecto tan mugriento que no se diferenciaba en nada del de un mendigo.
Cualquier adulto con una forma de pensar normal sentiría compasión por ese niño. Ya solo por su apariencia era evidente, pero es que además, ¿acaso no sabía él muy bien por qué situación estaba pasando ese niño? No había forma de no compadecerlo.
Sin embargo…
A lo largo de los diversos juegos que había jugado, se había topado de muchísimas formas con personajes que arruinaban su vida al quedar atrapados por la compasión. Y en este tipo de mundos, por lo general, los personajes sumamente fríos y desalmados solían disfrutar de una vida un poco más dulce.
Su primera vida ya había sido un fracaso. Desear que la segunda vida fuera mejor que aquella no debería ser considerado codicia.
«Sea como sea, eso significa que el pacto de amo y sirviente aún no se ha concretado, ¿no?»
¿Acaso no eran así todos los contratos en su origen? Daba igual las condiciones que se discutieran antes de estampar el sello; si el resultado no se concretaba, carecía por completo de sentido.
¿Un pacto de amo y sirviente? Bastaba con no hacerlo y ya.
«No necesito para nada un cuerpo de oso de peluche.»
Para Rio, su presencia debía de ser sumamente valiosa. Aun sabiendo eso, él tomó la firme decisión de abandonar a Rio.
«Gusto en conocerte y no nos volvamos a ver jamás.»
Fue justo en ese momento, cuando se hacía esa desalmada promesa…
—Bear. Hola. Ahora eres Bear.
El niño habló suavemente y con un aire indiferente, luciendo un rostro parecido al de un muñeco.
—Te puse de nombre Bear. Ahora Bear, tienes que concederme un deseo.
¿Un deseo? ¿Qué iba a pedir? Retrocedió sobresaltado por el pánico. Rio, con el rostro inexpresivo y neutro, lo miró fijamente y dijo:
—Mi deseo es que Bear sea mi amigo…
«Ah.
¿Eso… es su deseo?»
Lo que había intentado lograr realizando un ritual para invocar un alma era tan solo algo como eso…
«…No, ¿y eso qué tiene que ver conmigo?»
Fuera lo que fuera, bastaba con negarse. Se dispuso a rechazar sin piedad el único deseo en la vida de aquel pobre niño solitario. En lugar de responder abriendo su boca cosida, sacudió con fuerza su cabeza abultada de lado a lado.
O bueno, eso era lo que pensaba hacer. Si no hubiera sido por la ventana que emergió ante sus ojos.
¡Las reglas son absolutas!
En caso de rechazar la petición del invocador, pagarás un precio equivalente.
Penalización: Extracción del ojo de botón derecho, corte de los hilos de algodón de ambos brazos, ruptura del relleno interno.
Esto se repetirá hasta que aceptes la petición del invocador.
Eso lo dejó petrificado. La cabeza de oso se detuvo justo antes de mostrar un rotundo no sacudiéndose de izquierda a derecha. Así que terminó simplemente mostrando de golpe un perfil abultado, y Rio, que se quedó mirando fijamente al oso de peluche que había girado la cabeza hacia un lado de la nada, parpadeó y preguntó:
—¿Eso significa que serás mi amigo?
No.
Si tan solo pudiera decir eso…
«¿Qué demonios se supone que debo hacer?»
¿Deseas rechazar la petición del invocador?
▶ Sí / No
¿Que si quería? Si rechazaba, parecía que lo iban a despedazar entero.
¿Acaso no habría alguna otra alternativa? Hizo funcionar su cabeza desesperadamente.
Sin embargo, en ese preciso instante.
La ventana del sistema que ondeaba suavemente frente a sus ojos comenzó repentinamente a mostrar una advertencia tras otra en un color rojo intenso.
La selección se realizará automáticamente en 3 segundos.
Pero por más que moviera la cabeza con violencia, la opción «NO» no era seleccionada.
La selección se realizará automáticamente en 2 segundos.
Preso del pánico, empezó a agitar los brazos salvajemente. Como era de esperar, no sirvió de nada.
La selección se realizará automáticamente en 1 segundo.
Tic.
Y así, justo antes de que terminara el último segundo.
—¡Sí! ¡Acepto, seré tu amigo!
Sorprendentemente, las palabras brotaron de aquella boca que estaba cosida. Era una voz extrañamente aguda, como si hubiera inhalado helio.
Rio, que lo miraba fijamente desde abajo, asintió con la cabeza.
—Sí. Tú eres Bear. Ahora somos amigos.
Él, o mejor dicho, el que ahora era Bear, soltó un suspiro por la nariz.
El sistema, que hace un momento no dejaba de lanzar advertencias en rojo, había vuelto a un estado de calma como si nada hubiera pasado.
Has aceptado la petición de Rio.
Ahora puedes completar el pacto mediante un contacto ligero.
Si se ponía orgulloso y preguntaba por qué debía hacer eso, no sabía qué clase de amenaza recibiría. Sin energías, Bear extendió un brazo hacia Rio.
Rio miró fijamente aquel brazo regordete frente a su nariz y ladeó la cabeza. Bear, pensando que quizás era difícil de entender dado que lo que había extendido era el extremo redondo de un brazo que difícilmente podía llamarse “mano”, añadió una explicación:
—Tomémonos de las manos, Rio.
—¿Las manos…?
—Sí, dame la mano.
Rio, aunque parecía no entender del todo, extendió su mano izquierda que había estado oculta bajo los harapos que envolvían su cuerpo.
Normalmente, los apretones de manos se hacen con la derecha. Mientras el oso tenía ese pensamiento distraído, se estremeció al notar que en el dedo anular de la mano izquierda de Rio había un hilo enrollado como si fuera un anillo. Ese hilo rojo estaba conectado al que rodeaba el cuello del oso.
«Es como si me hubiera puesto una correa de perro…»
Se preguntó si sería seguro continuar con el ritual así. Por un momento lo invadió la ansiedad, pero no tenía otra opción. Pensó que lo mejor sería completar el pacto siguiendo las instrucciones del sistema y, más adelante, buscar la forma de liberarse.
El oso apoyó torpemente su brazo de felpa sobre la mano izquierda de Rio, que estaba extendida frente a él, y la sacudió ligeramente de arriba abajo.
La palma de Rio y el brazo del oso se rozaron, frotándose. Pudo sentir el calor corporal del niño y la suavidad de su piel.
Si siendo un trozo de tela tenía sentidos tan nítidos, significaba que el dolor también lo sentiría con la misma intensidad. El oso sintió que el ánimo se le desplomaba y dejó caer el brazo con pesadez.
Rio miró su palma, donde el brazo del oso lo había rozado, y preguntó:
—¿Esto es darse la mano?
—Sí. Significa que cuento con tu ayuda —respondió el oso vagamente.
Más que eso, le inquietaba su propia forma de hablar. Desde hacía un rato, se dirigía a Rio como si fuera un profesor amable, pero ese tono estaba muy lejos de su manera habitual de expresarse.
Pero la duda se resolvió al instante.
Eres el “amigo” de Rio.
Debes desempeñar el papel de amigo fielmente.
«Ah, así que este es el tono que Rio espera de un amigo». Dado que ahora se encontraba en la posición de un sirviente que debe obedecer las órdenes de Rio, parecía que estaba cumpliendo inconscientemente los deseos del niño.
«No es más que un teatro de marionetas.»
El oso sintió una ligera molestia. Aunque, como ya se sentía mal desde antes, era más bien una cuestión de mantener el estado actual.
—Bear.
En ese momento, una vocecita lo sacó de sus pensamientos.
—Dime, Rio —respondió mirando hacia abajo y descubrió que Rio le estaba mostrando una de sus mejillas.
—Yo también hice esto.
El oso lo miró fijamente, sin entender a qué se refería, y Rio volvió a girar la cabeza para mirarlo mientras decía:
—Eso que significa que ya somos amigos. Yo también lo hice.
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