Capítulo 143- El féretro del Santo Emperador. Parte 5

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La razón por la que Cadmus Klein decidió morir fue bastante simple.

Fue alrededor del año 300 de su reinado.

Como siempre, había delegado los asuntos de gobierno a uno de sus descendientes y vagaba ocioso por el palacio, cuando escuchó gritos provenientes del jardín trasero.

—¿Hasta cuándo tengo que seguir viviendo así, limpiando los desastres de Su Majestad?

—Pero, Lord Remus, usted bien lo sabe. Usted es el heredero legítimo del imperio.

—¡Ese maldito heredero legítimo, ¿Qué heredero legítimo?

En el Palacio Principal, casi nadie levantaba la voz para no molestar a Cadmus, así que, en lugar de irritarse, escuchó con cierta curiosidad.

Remus era su descendiente más brillante, y el recientemente había estado presidiendo las reuniones del consejo de estado.

A pesar de que Remus ya era casi un anciano, estaba saludable y lleno de energía.

—¿Si cumplo con mi deber como heredero, ese monstruo morirá algún día? ¿Me cederá el trono?

—¡Lord Remus, por favor, cálmese! ¡Decir esas cosas puede hacer que lo acusen de traición!

—¡Que lo interpreten como quieran! 

Las quejas de su descendiente no eran tan triviales como parecían. Y lo más importante, su voz era sin duda triste. Era una emoción que se mezclaba en los límites de la desesperanza, la rabia y la resignación. Ese día, sus intensas emociones provocaron un escalofrío en el corazón de Cadmus.

—¡Usted lo sabe bien, tío! ¡Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre vivieron así toda su vida! Aplastados por ese deber de ser “heredero legítimo”, limpiando y puliendo un trono que nunca podrían heredar, ¡y así murieron!

—Pero, Lord Remus…

—¡Y ahora el hijo menor de ese monstruo acaba de cumplir un año! ¡Ese bebé lactante es ahora el primero en la línea de sucesión! ¿Hasta cuándo va a vivir ese sujeto? ¿Mis hijos también tendrán que vivir limpiando su desastre, viendo nacer a su tatarabuelo igual que yo?

Su descendiente estaba casi al borde del llanto.

—¿Sabe qué expresión ponen los ministros cuando me miran en el consejo? ¿Qué soy para ellos? ¿El futuro emperador que reinará sobre ellos? ¿o un simple sirviente que cuida el trono?

Fue entonces cuando Cadmus lo entendió.

¡El linaje estaba hecho un desastre!

Y no era para menos. Los hijos que tuvo con su primera emperatriz habían muerto hace tiempo, dejando solo nietos y bisnietos. Y el bebé que tuvo con la nueva emperatriz, apenas estaba aprendiendo a caminar.

El Primer Santo Emperador Cadmus, era venerado como un semidiós, pero no gobernaba personalmente y la autoridad de los gobernantes reales se había desplomado, ya que ninguno tenía la posibilidad real de heredar el trono.

A esas alturas, incluso alguien tan despreocupado como Cadmus podía ver que un país así no podía mantenerse por mucho tiempo.

—Parece que ha llegado el momento de ceder el trono…

Cadmus contempló lentamente su propia mano. Su divinidad respondía a su voluntad, y unas escamas doradas y brillantes parpadeaban en su antebrazo antes de desaparecer. Hasta ese día, jamás había compartido su divinidad con sus descendientes. Era porque, con la divinidad, tenía el control absoluto sobre un poder ancestral y primigenio, pero, ¿de verdad bastaba una vida un poco más larga que la humana y una divinidad algo más fuerte para seguir sosteniendo este vasto imperio?

Entonces, compartió sus preocupaciones con un viejo amigo.

—Utiliza las leyes del mundo regulado —le dijo su amigo.

Sigurd Sigurdson, el narrador que viaja a través de las dimensiones, le hizo una propuesta.

—Si sellas tu cuerpo para que ese poder primordial no se descontrole, podrás compartir parte de tu divinidad con tus descendientes sin peligro.

—Pero, ¿qué pasará si llego a perder el control?

—Entonces simplemente deberías retirar poco a poco la divinidad de tus descendientes. Con el paso de las generaciones, su divinidad se debilitará naturalmente, y para entonces, el imperio ya debería estar en una trayectoria estable.

—Ya veo. —respondió Cadmus, pero aún estaba dudoso.

El narrador le sonrió con confianza y añadió:

—No se preocupe demasiado, viejo amigo. Incluso si no logra calcular el momento y ese poder primordial se libera, este ataúd evitará que esa energía demoníaca escape, como si las dimensiones estuvieran separadas. Así funcionan las leyes del mundo reglado. 

Al confirmar que el ataúd del Primer Emperador Santo funcionaba como debía, Cadmus sonrió satisfecho.

—Entonces, ¿debería de tomarme un descanso? Aunque, pensándolo bien, nunca he trabajado demasiado.

Así fue como el primer Emperador Santo fue sellado dentro del ataúd, conservando su forma viva.

Y Remus, quien heredó una parte de su divinidad y se convirtió en el segundo Santo Emperador, comenzó su sangriento reinado ejecutando primero a su tatarabuelo que apenas era un bebé y luego a todos los ministros que se habían ganado su desprecio.

*** ** ***

A medida que pasaron los siglos, el reino milenario se estableció firmemente en el centro del continente.

Cadmus disfrutó de una jubilación verdaderamente ociosa durante todo ese tiempo.

Pasaba décadas vagando como espíritu, y cuando se aburría, se metía en el cuerpo de algún moribundo para vivir una nueva vida.

Lamentablemente, las almas que entraban en contacto con su divinidad se disolvían sin dejar rastro, pero a él no le importaba en lo más mínimo.

Según el [Acuerdo] primordial sellado por el Dios principal, las almas que morían en Delcross debían terminar en las manos de los grandes Reyes Demonios. 

Cadmus trataba de convencerse a sí mismo, que era mejor desaparecer de manera tranquila y descansar en paz, que tener que sufrir por toda la eternidad en los infiernos de esos señores demonios.

La Santa Grazier fue uno de esos entretenimientos.

Una mujer que, vaya uno a saber qué tenía en la cabeza, se negaba a cuidarse a sí misma y vivía solo para servir a los demás.

Curioso por ver hasta dónde llegaría, Cadmus la observaba constantemente, y la salvaba con su divinidad cada vez que enfrentaba una prueba de vida o muerte. Y así, casi sin darse cuenta, ella se convirtió en una santa reverenciada por generaciones.

Y entonces, veinte años atrás.

Cadmus decidió que era hora de retirar por completo la divinidad que había concedido a sus descendientes.

Justo en ese momento, toda la divinidad que quedaba en su linaje se había concentrado, extrañamente en un solo niño.  Al vislumbrar el destino del niño, vio que pronto moriría, así que Cadmus creyó que era lo correcto y lo marcó con el símbolo de la santa.

Sin embargo, para su sorpresa, el niño nunca se presentó en la ceremonia de veneración al féretro del Primer Santo Emperador.

Indignado, Cadmus se apareció personalmente ante el Decimosexto Santo Emperador, quien tuvo la desfachatez de asistir solo a la ceremonia, y lo reprendió con dureza. Pero este bastardo inútil ni siquiera pensó en ir por el niño, se asustó, huyó y nunca más volvió a buscarlo.

“Todo es culpa de ese niño…”

Las pupilas doradas de Cadmus se contrajeron mientras observaba, con una sonrisa sarcástica, al brillante descendiente que tenía delante.

Era realmente curioso. ¿De dónde había salido semejante individuo?

A diferencia de su irrelevante padre, él se enojó bastante en cuanto apareció la marca de la santidad en el cuerpo de su hija y fue a sellarlo de inmediato en el sótano de la iglesia, a él que era considerado un semidiós.

Aunque fue posible hacerlo solo porque las leyes del mundo reglado se pudieron aplicar, Cadmus no pudo quedar impresionado por su determinación. 

Por supuesto, eso no quitaba que le resultará extremadamente molesto.

—No es tarde aún, niño. Sabes bien cuántos destinos se han torcido por tu acto. Por eso enviaste a esta falsa santa, ¿no es así? Para obligarme a salir.

—…

—Entonces, entrégame a tu hija. Si lo haces, descenderé personalmente a este mundo en su cuerpo y eliminaré a esas entidades malignas. Con gusto aliviaré esa pesada carga por ti. 

—… Déjame decirte lo mismo.

Apenas se mencionó a Sisley, los ojos plateados del Santo Emperador brillaron con una luz escalofriante mientras fulminaba a Cadmus.

—¿Te atreves a hablar del destino y la causalidad frente a mí? ¿Crees que no conozco tu verdadera naturaleza?

—¿Qué?

—Si quieres oír de mi boca tu verdadero y profano nombre primordial, te lo diré.

—¡…!

Un gruñido bestial emergió del pecho de Cadmus, cuya presencia se volvió abrumadora. Escamas doradas ondeaban sobre su piel, brillando en la penumbra mientras sus largos caninos sobresalen de sus labios.

—Así que estás decidido a llevar esto hasta el final… 

La presencia del Emperador también se intensificó.

El viento que entraba de algún lugar hacía ondear los pliegues de su túnica blanca. Los objetos dispersos por toda la oficina fueron arrastrados por la corriente, chocando entre sí y elevándose en el aire.

—Parece que esto terminará de un modo. Pensé que aún podríamos dialogar, pero fue una ilusión mía.

¡BOOOM!

Las violentas corrientes de aire que emanaba de ambos lados hacían temblar todo el edificio imperial como si fuera a colapsar. Una pared de la oficina se agrietó, y el polvo de piedra cayó al suelo.

Fue entonces cuando…

—Eh, ¿por qué no lo dejamos aquí? Gracias a ustedes, el jardín está hecho un desastre y afuera es un caos total.

—¡¿…?!

—¿Cómo entraste aquí?

Tanto Cadmus como el Santo Emperador se giraron hacia la entrada donde provenía la voz.

Goteo.

Un joven se apoyaba temblorosamente en el marco agrietado de la puerta, como si llevara allí un buen rato. 

Había reunido a la fuerza su aura para atravesar la intensa presión, y su cuerpo estaba completamente destrozado. Mientras se limpiaba la sangre que le salía de nariz y boca con la manga, sonrió de manera inocente.

—Parece que estaban muy concentrados hablando pero si siguen así, el palacio se va a venir abajo. No olviden que pronto es el banquete imperial y está lleno de invitados importantes.

Los dos hombres, sorprendidos, retiraron su aura al mismo tiempo como si lo hubieran acordado de antemano.

—¡Ese mocoso insolente…!

Antes de que Cadmus pudiera terminar de hablar.

¡WOOSH!

Una ráfaga de aura lo golpeó y lo lanzó por la terraza sin que pudiera reaccionar.

—¿…?

¡Crash!

Cadmus cayó pesadamente en el jardín imperial junto con el escritorio. Aturdido, se incorporó, solo para ver que el Santo Emperador ya no le prestaba atención y corría hacia el joven, vertiendo sobre él una intensa cantidad de poder divino, desde la cabeza hasta los pies.

—¡Morres! ¿Cómo se te ocurre aparecer aquí sin más? ¡Qué imprudente!

 —Ah… supongo que interrumpí algo importante. Perdón.

—No, no es eso. Solo estaba perdiendo el tiempo con cosas sin importancia, ¿estas bien?

—Mm, ya estoy completamente recuperado. Gracias. 

La atmósfera se había vuelto extraña. 

Cadmus, de repente fue ignorado por culpa del intruso, así que se limitó a observarlos boquiabierto.

—¿Y qué te trae por aquí?

—Oh, nada especial. Solo pasaba por aquí y quise saludarte. Pero el palacio estaba vacío, y luego empezó a temblar todo, sentí una presencia extraña, así que vine a ver qué pasaba.

—En ese caso, deberías de haber llamado a los guardias o simplemente quedarte lejos y esperar a que la situación se resolviera.

—Jaja, padre, tú sabes que no soy capaz de contener mi curiosidad.

—¡Eso no es algo de lo que presumir! 

¡TAAK!

Con ese sonido seco, el joven soltó un “¡Au!” y cayó hacia atrás.

Cadmus, incrédulo, volvió a subir corriendo a la terraza del segundo piso. El joven estaba rodando por el suelo, sujetándose la frente, mientras el Santo Emperador lo observaba chasqueando la lengua con desaprobación.

Actuaban como si su presencia no existiera en absoluto, en una escena que parecía absurdamente pacífica.

Cadmus rechinó los dientes, tragándose una rabia repentina e inexplicable que le subía desde el pecho.

—¿Están diciendo que, con este gran ser delante, se atreven a ignorarme así?

Entonces, el Emperador se giró hacia él con expresión de evidente fastidio.

—Presta atención, hijo mío.

—¿Eh?

El joven, frotándose la frente, se volvió hacia él, y el Santo Emperador extendió lentamente una mano hacia Cadmus mientras continuaba su explicación.

—Las leyes del mundo regulado tienen aspectos muy peculiares. A veces, ocurren cosas que no se pueden entender simplemente con la lógica del poder. Y entre todas ellas, la más importante es la [Condición].

—¿Condición?

—Así es. Mientras no se cumpla esa condición, existen dominios o barreras absolutas que no pueden ser atravesados, por mucho poder que se tenga.

El chico ladeó la cabeza, confundido.

—¿Ni siquiera con fuerza?

—Exacto. Es como una puerta que no puede abrirse si no se cumple una condición específica.

—¡Ahhh!

Cuanto más hablaba el Emperador, más se iluminaba el rostro del chico.
Pero, en contraste, Cadmus tenía un oscuro presentimiento que crecía dentro de él, y que se volvía cada vez más intenso.

—Por eso, incluso con una divinidad tan poderosa cerca, el alma del mundo regulado no se desvanece y permanece preservada. Y el cuerpo de ese mundo puede contenerla por completo.

Y en ese momento…

¡Clack!

Un sonido mecánico, como si una pieza lograra encajar, resonó repentinamente dentro de la cabeza de Cadmus.

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