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Kevin soltó suavemente a Carlos y asintió hacia Aldo, que estaba de pie detrás de la multitud.
—Gran Arzobispo, es la segunda vez que nos vemos. Espero que haya traído el nuevo acuerdo.
A Aldo no le hacía ninguna gracia la actitud empalagosa de Kevin; una vez que aceptó la herencia, ya no era un niño. Era un viejo monstruo que había vivido mil ochocientos años atrapado en el cuerpo de un niño, con un alma inestable y un caos interior. ¿A qué venía esa actitud de niño inocente? Sin embargo, no lo demostró en absoluto. Solo se acercó, puso las manos sobre los hombros de Carlos, y lo atrajo suavemente hacia sí; sus hombros se tocaron levemente a modo de consuelo antes de soltarse de inmediato.
Luego, sacó una hoja de papel del bolsillo de su abrigo y, con tono cortés y profesional, dijo:
—Este es el segundo acuerdo, con ligeras modificaciones. Si tiene alguna objeción, podemos discutirlo.
Amy se sorprendió. Durante los diez minutos que tardó en coordinar la llegada de los cazadores de refuerzo, había dejado a Aldo solo en la habitación. Al regresar, lo encontró completamente vestido, leyendo algo que parecía tener entre manos; al verlo acercarse, Aldo se lo guardó casualmente en el bolsillo. En ese momento, Amy no le dio importancia, pensando que sería algún folleto del hotel. Nunca imaginó que fuera…
Kevin sonrió.
—Si no le importa, por favor, sostengalo usted. Puedo leerlo desde aquí. Lo siento, pero hasta no estar seguro, no me atrevo a aceptar nada de las manos del Gran Arzobispo Aldo.
A Aldo tampoco le importó. Desdobló la hoja llena de letras y se la mostró a Kevin. En el reverso del papel había dibujada una compleja formación mágica que, para sorpresa de todos, aparte de él mismo, nadie de los presentes podía comprender por completo.
La atmósfera en el Templo de Christo dio un giro repentino; pasó de estar llena de tristeza hace un momento, a convertirse abruptamente en una negociación seria. Evan aún no se recuperaba de la tristeza cuando vio que el niño del que sentía tanta lástima, ahora intercambiaba tanteos con Aldo con la astucia de un veterano. Miró a Carlos casi con incredulidad.
Carlos, por el contrario, permanecía a un lado con expresión indiferente. Podía tener una buena relación personal con cualquiera, pero siempre recordaba a qué bando pertenecía. Cuando llegaba el momento de definir su postura, no dudaba ni un segundo; ni siquiera si ese mismo pequeñajo acababa de decirle empalagosamente que “era a quien más quería”.
Kevin escaneó rápidamente el nuevo acuerdo propuesto por Aldo. A juzgar por su expresión pensativa, los demás pudieron deducir que el “contrato” redactado por este Gran Arzobispo, famoso por poner trampas, probablemente volvía a violar las leyes laborales.
—Llegará el día en que, aparte de los humanos, no quedará espacio vital para ninguna otra raza en el mundo. —Kevin no mostró su postura, solo soltó esta frase.
—¿Acaso los humanos no son buenos? —preguntó Aldo, mirándolo a los ojos.
Hace apenas unas horas, Kevin era un niño humano; esta frase tocó su punto débil. Momentos después, esquivó la mirada de Aldo y sonrió con sarcasmo.
—A mi parecer, los humanos como usted no son gran cosa.
Un leve asomo de sonrisa apareció en el rostro de Aldo, aún un poco pálido, y sin inmutarse respondió:
—Para proteger a una persona solo se necesita valor y lealtad; pero para proteger a toda una raza, probablemente se necesite a alguien ‘que no es gran cosa’, como yo. Como Sacerdote de Christo, estoy seguro de que, con la bendición de todos sus predecesores, usted también se convertirá en alguien como yo… que no es la gran cosa.
Kevin preguntó de manera incisiva:
—Si digo que necesito que el Templo establezca un departamento especial para proteger los intereses del clan eremita que vive entre los humanos, ¿puede usted tomar esa decisión? ¿Señor ‘Ex’?
Aldo se encogió de hombros y directamente puso el acuerdo en las manos de Louis.
—No puedo, hablen entre ustedes.
Louis fue tomado por sorpresa. Aunque rápidamente entró en personaje, no pudo evitar quedarse perplejo un instante. Aldo le dio un ligero empujón en la espalda y, con un tono lleno de doble sentido, le dijo a Kevin:
—El clan Christo no es el único que comprende el significado de la herencia.
Aunque el poder alguna vez fue de suma importancia para él, todo eso quedó en el pasado. A veces, al recordar su obsesión de aquellos tiempos, Aldo sentía que era como cuando alguien recuerda las travesuras y accidentes de cuando era pequeño: además de parecerle cómico, aquellas experiencias que alguna vez le parecieron inolvidables… ahora se veían tan borrosas que apenas se distinguían.
Esta negociación duró tres horas enteras antes de que Louis y Kevin, representando a sus respectivos bandos, firmaran el segundo acuerdo entre los humanos y los Christo. Kevin sacó una pequeña caja de unos treinta centímetros cuadrados y se la entregó a Louis.
—Para nuestra segunda colaboración, espero que no me decepcionen.
Al final, no pudieron llevarse al niño. Al momento de irse, Kevin llamó de repente a Carlos.
—Carl.
Carlos se detuvo y se dio la vuelta. El agotamiento en su rostro era evidente; llevaba un día y dos noches sin descansar. Tanto el Dominio dentro del Dominio del Demonio de las Sombras como el maldito Templo de Christo habían sido experiencias nada agradables.
Kevin sabía que, en ese momento, lo que más deseaba decir con astucia era “Hice esta concesión por ti”. La frágil alma del pequeño niño ya estaba casi distorsionada por el peso de los complejos recuerdos, como si solo diciendo eso para entristecerlo, pudiera demostrar que un niño llamado Kevin Watson realmente existió, tuvo amigos y siempre habría alguien que lo extrañaría con nostalgia. Pero con las palabras en la punta de la lengua, finalmente solo pudo esbozar una sonrisa amarga.
Quizás Carl se entristecería, pero aparte de eso, no se lo creería. Él siempre ha sido… una persona tan cálida y a la vez tan implacable, con un límite en su vida llamado Templo.
—¿Cómo está mi espíritu guardián, el señor oso pardo? —preguntó Kevin, inclinando la cabeza—. ¿Ayudó en algo?
—Sí. —Carlos forzó una sonrisa.
—Entonces a partir de ahora te encargarás de cuidarlo. Es un héroe, trátalo bien —le encargó Kevin, y añadió por último—: me alegró conocerte.
—Igualmente. —Dijo Carlos. El tono de Kevin al decir eso le resultaba tan familiar; era idéntico al que solía tener el señor Hegel.
Aquel niño que pedía a gritos ir al parque de diversiones, realmente está muerto, ¿no?
Abandonaron tristemente las orillas del río Anlaner y el Templo de Christo, que volvió a ser sumergido bajo las gélidas aguas. En el instante en que pisó tierra firme, la energía que Carlos había mantenido a la fuerza finalmente cedió. Ante el destello de la luz del amanecer, sus pupilas se contrajeron violentamente; al momento siguiente, su visión se oscureció. Parecía que su mente había perdido de pronto la conexión con su cuerpo, sus rodillas se doblaron incontrolablemente, y cayó hacia adelante de bruces.
Aldo, con el corazón casi paralizado por el susto en ese momento, lo agarró con fuerza. Debido al esfuerzo, estuvo a punto de caerse él mismo, pero dio un paso atrás y logró estabilizarse.
—¡Amy! ¡Amy Berg!
Bueno, había que reconocerle que finalmente había “llamado correctamente” a Amy por una vez.
—No se amontonen a su alrededor. Si quieren ver animales salvajes, vayan al zoológico; el paciente no está en condiciones de ofrecer este servicio. —Amy apartó con impaciencia a los curiosos—. ¡Y usted! Señor Aldo, ¿podría dejar que respire? Afloje su agarre, ¿acaso intenta estrangularlo?
A Aldo se le habían helado las manos. Tras respirar pesadamente un par de veces, se inclinó, tomó a Carlos en brazos, lo depositó suavemente en el auto y desabrochó un par de botones de su cuello. Amy lo examinó de pies a cabeza con rapidez, sacó una botella de agua mineral fría, empapó una toalla húmeda y le dio unas palmaditas en la cara a Carlos.
—¿No tiene nada de conciencia?
A Carlos le zumbaban los oídos. Tenía una vaga idea de lo que estaba pasando a su alrededor, pero era como estar sonámbulo, aturdido, incapaz de despertar por completo. De repente, al sentir el estímulo del agua fría, su alma, que por un instante había parecido abandonar su cuerpo, regresó un poco. Aunque todavía no podía abrir los ojos, por reflejo hizo un ligero movimiento para apartarse. Aldo limpió el agua fría de su rostro y le lanzó una mirada fulminante a Amy.
—Bien, bien. —Amy se encogió de hombros—. No es un gran problema, está exhausto. Sabes que el Dominio dentro del Dominio causa un daño puramente mental. Después de eso, ha seguido aguantando a la fuerza, casi sin descansar. Con tomar un poco de medicina y dormir un rato estará bien.
Amy solía llevar consigo una gran cantidad de medicamentos. Rebuscó en su botiquín y sacó un pequeño frasco con un líquido oscuro que entregó a Aldo.
—Haz que beba esto.
Aldo abrió el frasco y de inmediato frunció el ceño ante el penetrante olor a medicamento. Todas sus células olfativas le advertían que el sabor de aquello debía ser atroz. Trató de tomar un pequeño sorbito… como era de esperar. Luego, ante la mirada atónita de todos, ignorando por completo a los presentes, Aldo tomó un gran trago del medicamento por sí mismo, y se lo pasó a Carlos de “boca a boca”.
—Oh —dijo Amy, embobado—, ¿qué acabo de ver?
El rostro de Louis se puso verde. Volviéndose hacia el grupo de cazadores que también miraban pasmados.
—¿Qué miran? ¡Prepárense para la retirada! —gritó.
Uno sin escrúpulos, el otro sin límites, ¿hacia dónde iba el futuro del Templo?
Al actual director administrativo le latía la cabeza de dolor, sintiendo que si las cosas seguían así, realmente moriría de un derrame cerebral.
La siguiente vez que Carlos despertó brevemente fue después de un frenazo repentino. Se sacudió un poco, y su frente golpeó fuertemente el duro pecho de Aldo. De inmediato, Aldo extendió la mano y cubrió la frente de Carlos, tapando sus ojos cuyas pestañas temblaban, como si estuviera a punto de abrirlos.
—No pasa nada, aprovecha para descansar, aún tenemos asuntos pendientes cuando volvamos. —dijo en voz baja.
Al escuchar esto, Carlos volvió a acostarse obedientemente en su regazo y cerró los ojos. Aunque Carlos parecía haberse adaptado perfectamente a vivir en este mundo durante bastante tiempo, su alma seguía siendo la de un guerrero recién salido del campo de batalla. En su interior carecía de la capacidad de relajarse por completo. Cada minuto de descanso, cada bocado de comida para reponer energías era precioso… aunque aquí parecieran tan baratos que se podían despilfarrar. Había escuchado a Aldo decir innumerables veces frases similares en el pasado: “aprovecha el tiempo para descansar, en un rato me relevas”. Eso casi le había creado un reflejo condicionado: relajarse al máximo en medio de la tensión para recuperar fuerzas rápidamente.
Aldo bajó la cabeza y lo observó por un rato. Aunque su expresión seguía siendo indescifrable, en su mirada había una paz indescriptible. Luego, sin siquiera levantar la vista, le dijo a Louis:
—¿Podrías pensar en una forma de pasar primero?
Se dirigían directamente de regreso al condado de Sara. Pasaron por la zona comercial, ubicada en la ladera de la montaña, pero se encontraron con un atasco de tráfico; la carretera entera estaba bloqueada. Algunos conductores impacientes se habían bajado de sus autos a esperar a un lado, y algunos simplemente empezaron a comer hamburguesas en la acera. A lo largo del camino, patrullas de policía seguían a una multitud que participaba en una manifestación.
Afortunadamente, aunque los manifestantes causaron un importante embotellamiento, la marcha fue bastante civilizada bajo la supervisión policial. Bloquearon el tráfico, pero no causaron demasiado caos. Louis mostró la credencial de trabajo del departamento especial de seguridad. Bastó con decir “Misión de emergencia” para obtener la máxima prioridad de inmediato. En poco tiempo, gracias a la intervención de la policía, la multitud se dispersó organizadamente, despejando un carril.
Aldo observó a las personas, vestidas de formas extrañas, y las pancartas que llevaban, y preguntó algo confundido:
—¿Qué están haciendo?
—Una manifestación, creo. —Respondió Louis, quien también se veía un poco exhausto. Miró de reojo a una joven que sostenía un gran símbolo de moneda a un lado de la calle—. La situación económica últimamente no es muy buena; se dice que la tasa de desempleo es muy alta. Probablemente estén insatisfechos con las políticas económicas del gobierno.
Apenas terminó de hablar, escuchó a alguien empezar a corear:
—¡Reducción de impuestos! ¡Reducción de impuestos!
—¡¿Qué es lo que nos quita el pan y nuestros hogares?! —alguien más gritó.
—¡Protestamos contra el caótico mercado financiero! ¡Protestamos por la inacción del gobierno!
Aldo miró un par de veces sin mucho interés. Acomodó a Carlos en una posición un poco más cómoda, se apoyó en el asiento trasero, y se disponía a cerrar los ojos para descansar un rato. Aunque un coche de policía abría paso y el camino estaba prácticamente despejado, la multitud a ambos lados seguía siendo enorme. Además, había algunos menores corriendo de un lado a otro entre la multitud. Temiendo atropellar a alguien, Evan mantuvo una velocidad muy baja. Justo cuando pasaban por un edificio alto… Los manifestantes en la azotea desplegaron una pancarta rojo sangre que cayó desde lo alto. En medio de gritos de emoción, muchos sacaron sus teléfonos para tomar fotos; parecía más un festival que una manifestación.
Sin embargo, las palabras en la pancarta hirieron al instante los ojos de quienes iban en el auto.
“Usan nuestra sangre para alimentar a los funcionarios corruptos, al clero inútil, y a los zánganos del Estado en el sistema enorme y redundante del llamado Templo de Sara y de Yadorat. ¿Dónde están las instalaciones públicas para fomentar el crecimiento económico? ¿Dónde está la tasa de empleo que prometió el gobierno? ¿Dónde está nuestro espacio vital? ¿Dónde están los derechos de los contribuyentes?”