Acto I
Solo habían pasado unos meses desde que empezara a circular un rumor por la capital. Se decía que había un nuevo hijo en la casa del duque de Erhardt. Se decía que era un hombre adulto de veintiocho años. El duque de Erhardt afirmaba que aquel hombre era su hijo biológico, fruto de su relación con una criada que había trabajado en su castillo veintiocho años atrás. Pero pocos de los que vivían en la capital creían esa historia.
Para ser justos, no se equivocaban. Jean exhaló el humo. Estaba fumando un puro. Hacía tiempo que había dejado de contar las miradas curiosas que le seguían. Llegó a la conclusión de que no podía hacer nada al respecto, no habiendo entrado en la residencia de un duque con una historia tan patética como la suya. De hecho, ni siquiera él mismo se lo creería. ¿Qué coincidencia era que un hombre de veintiocho años, propietario de una mina de diamantes además de varias fábricas textiles, resultara ser el hijo perdido del duque? Él había sido quien urdió el plan, pero incluso a él le parecía una mala jugada.
“Me retiraré a mi hogar, si es tan amable.”
Él se levantó. Los nobles estaban reunidos a una mesa en el jardín. También se levantaron brevemente como señal de cortesía y despedida antes de volver a sentarse.
Jean apagó su cigarro, partiéndolo en dos. Se arregló la ropa. Dentro de la mansión, el brillo de la lámpara de araña parpadeaba contra las ventanas. Podía oír el sonido de los instrumentos de cuerda. Se pasó la mano por la boca antes de dirigirse al interior. Dos sirvientes estaban de pie junto a la puerta y le abrieron la entrada. Jean les dio las gracias con una breve sonrisa.
En cuanto dió el primer paso, notó que todos los ojos se posaban en él. Miró a su alrededor, sin dejar de sonreír. Ya no le molestaban todas esas miradas. No era nada. ¿Acaso no había vivido la misma situación en innumerables bailes? Al principio, las miradas eran de rencor y animadversión. Ahora, sin embargo, había una mezcla de admiración y deseo. A Jean le resultaba más fácil de manejar. Se dirigió hacia la derecha. Acababa de ver al hombre que estaba buscando.
“Gran Duque Robert, Su Alteza.”
Jean se acercó al hombre lentamente. Cruzó un brazo, inclinando su torso en una reverencia. El hombre le lanzó una mirada. Sin embargo, no le devolvió el saludo. Jean se esperaba esto. Esperó pacientemente. Después de un buen rato, alguien al lado del hombre lo llamó una vez más.
Su Alteza Real.
Fue entonces cuando la multitud ante ellos se dispersó. Y fue entonces cuando el hombre de mediana edad se giró para mirar. Fue como si no hubiera sido consciente de la presencia de Jean antes del aviso.
“Jean Erhardt, a su servicio, Su Alteza. Es un honor estar en su presencia real.”
Jean saludó al hombre cortésmente. Fue después de haber presionado sus labios contra el dorso de la mano callosa del hombre.
“Ah, tú debes de ser el hijo perdido que el duque de Erhardt decía haber encontrado. Tu visita es bienvenida.”
El recibimiento del Gran Duque fue cortante y contradecía bastante su mensaje, ya que no parecía dar la bienvenida a Jean. Solo había una mirada analítica. Jean mantuvo su sonrisa y esperó pacientemente. Tras haber recibido al hombre, el Gran Duque le había dado la espalda a Jean. Pero pronto, alguien le contaría las riquezas que Jean guardaba en su palma. Jean bebería champán y pasearía por allí hasta entonces.
“Tío.”
Fue cuando Jean dio un sorbo al champán. Inclinó levemente su cuerpo ante la voz que escuchó. Vio que aquellos que habían estado holgazaneando ante el paso del Gran Duque se estaban quitando de en medio. No era una retirada entusiasta, pero tampoco era un rechazo firme al acercamiento. Era el método favorito de los nobles cuando trataban con alguien de alto estatus, pero que no lo merecía del todo.
Jean miró de reojo al hombre que habló. Se abría paso entre la lenta multitud. Fue un simple vistazo, y había muchos de pie entre ellos. Jean solo había alcanzado a ver la extravagante vestimenta del hombre y su cabello pelirrojo.
Tío. Jean asimiló la palabra rápidamente. El Gran Duque Robert era el hermano menor del actual emperador. No era difícil adivinar quién lo llamaría así. Sin embargo—
Jean pudo sentir cómo el silencio caía sobre la sala. Simplemente bajó los ojos. Nadie dio la bienvenida al repentino invitado. Nadie lo saludó tampoco. Era una reacción tal vez natural. Quienes rodeaban al Gran Duque Robert eran sus partidarios, aquellos que eran llamados Robertians.
“Maximillian.”
Debe ser el Príncipe Heredero. Jean adivinó en silencio el estatus del que hablaba.
Los pasos resonaron con especial fuerza. Jean repasó su memoria. Nadie le había advertido que tuviera cuidado con el Príncipe Heredero. Mientras pensaba, los pasos se detuvieron inmediatamente ante él.
“Lord Jean Erhardt.”
Jean levantó la vista. Robert Joachim lo miraba y le hablaba. Parecía molesto. Hizo un gesto con la mirada. No a Jean, sino al hombre que acababa de llegar.
“«Es bendecido con la presencia» 1 de Su Alteza Real, el Príncipe Heredero Maximillian Joachim.”
Jean se dio cuenta de que estaba apartando la mirada—y un poco sorprendido por ello. Se quedó aturdido por un instante. En cuanto recuperó la cordura, bajó la mirada y la parte superior del cuerpo. Fue un acto reflejo.
“Su Alteza Real, si le complace, soy Jean Erhardt, el heredero del Duque de Erhardt, a su servicio.”
No recibió ninguna respuesta. Jean se quedó inmóvil por un momento. Solo podía ver la punta de los zapatos del hombre. El ambiente del salón de baile, que estaba recuperando su estado anterior, se había vuelto gélido.
“Joachim, Maximillian.”
Tras una larga pausa, una mano se extendió hacia él. Jean se incorporó ligeramente. Besó el dorso de la mano y alzó la mirada. Cuando sus ojos se encontraron, el hombre acercó el rostro. La distancia era demasiado corta para apartar la mirada. Jean podía ver el color intenso de los ojos grises. Al mismo tiempo, sintió una presión en la mano. Jean se encontró frunciendo el ceño. Rápidamente relajó el rostro. El príncipe heredero pareció esbozar una leve sonrisa. Jean intentó retirar la mano. Al hacerlo, el príncipe solo la sujetó con más fuerza.
“Su Alteza.”
El enfrentamiento terminó sólo cuando el Gran Duque Roberto llamó al hombre en un tono de advertencia. Ah cielos. Maximillian expresó su suspiro. Fue un tono travieso.
“«Mis disculpas. Es un mal hábito de mi alma abandonar su vasija terrenal» 2 al contemplar la belleza de este mundo.”
“…No es ningún problema, Su Alteza.”
El Príncipe Heredero soltó la mano de Jean, hablando en un tono parecido a un canto. Jean sonrió con torpeza. El descontento se había abierto paso en su rostro. Desvió la mirada en un intento de ocultar su emoción. El Príncipe Heredero juntó sus manos detrás de la espalda.
“Sospecho que usted, Lord Jean Erhardt, heredó sus «atractivos rasgos» 3 del Duque de Erhardt, así como su astucia en asuntos de comercio.”
La pregunta fue lanzada con un aire de ligereza. Sin embargo, se rumoreaba que Jean Erhardt era el burgués que había comprado su clase noble a la casa de Erhardt. No era un tema cómodo para una conversación. Además, el Duque de Erhardt y Jean no tenían casi similitudes tanto en términos de sus rasgos como en su manera de comerciar. Jean era alto y rubio. Sus ojos eran azules. El Duque de Erhardt, por otro lado, era un hombre bajo incluso para su edad. Tenía cabello castaño y ojos verdes profundos. Tenía un mal sentido de los negocios. Permitió que una casa ducal se desplomara hasta el suelo. Por encima de todo, vendió su genealogía a un burgués.
Todos callaban al respecto, pero todos hablaban de ello. Y aquí estaba el Príncipe Heredero, trayendo el tema a la superficie. No era difícil para Jean sospechar la intención detrás de la acción. Era por entretenimiento. Una burla, un insulto por diversión. Podía oír cómo tragaban saliva a su alrededor. Jean se mantuvo inmóvil, sonriendo. Entre la multitud, aquellos que se habían beneficiado financieramente de la casa de Erhardt recientemente no serían capaces de sonreír.
“Sí, Su Alteza. Me parezco a mi padre, por lo cual estoy sumamente agradecido.”
Los nobles eran ridículos en ese sentido.
“Ya veo. Me entristece que alguien de tal belleza sea de la sangre y carne de un noble.”
Y Jean estaba seguro de que el hombre ante él no era diferente. O eso pensaba en paz cuando el hombre continuó sin vacilación.
“De haber sido usted un «catamita» 4, yo mismo lo habría atesorado con ternura.”
Los fuertes tragos de saliva ya no eran audibles. Incluso Jean se vio obligado a mirar fijamente al hombre. Y no fue únicamente debido a la absoluta grosería de su comentario.
Lo miró de arriba abajo. Era tan rubio que parecía pálido. Pero su piel resplandecía. Su pelo rojo tenía un aspecto saludable. Tenía un rostro tan hermoso que parecía que lo hubiera esculpido el propio Creador. Sus ojos rebosaban vida. Era difícil encontrar malicia o rencor en su rostro. Era igual de difícil percibir algún tipo de respeto o simpatía hacia Jean.
O tal vez, simplemente era como cualquier otro miembro de la realeza, buscando diversión burlándose de un desconocido. Jean sintió un ligero disgusto y concluyó sus pensamientos. Entre la alta nobleza y la realeza, había quienes crecían sin ningún tipo de restricción. No sabían qué decir ni qué callar. Y esta ignorancia y arrogancia se excusaban y se ocultaban bajo el nombre de inocencia.
Jean creyó que lo mejor era primero lidiar con la atención que atraía hacia él. Todos lo observaban como si fuera una chispa a punto de estallar. Ser el centro de atención nunca era agradable. Abrió los labios para hablar, pero no sabía qué palabras pronunciar. No se atrevía a hablar.
“Estoy agradecido—”
Su tono comenzó como él pretendía.
“—por sus altas palabras de elogio, Mi Señor Príncipe.”
Para cuando terminó, sin embargo, no pudo evitar formar una mueca de desprecio. Jean levantó su mirada para mirar al Príncipe Heredero. El hombre estaba sonriendo, correspondiendo. Jean maldijo para sus adentros.
*
“Jean.”
Jean Erhardt se volvió para mirar atrás. La oscuridad reinaba en los callejones. No veía nada más que una sombra excepcionalmente oscura y alargada. Jean caminó hacia esa sombra. Sus pasos eran tan ligeros y cautelosos que no hacían ningún ruido. La sombra se movió. Jean la siguió. Tras atravesar unos cuantos callejones más que parecían un laberinto, apareció una pequeña puerta. La sombra abrió la puerta.
“¡Mira quién está aquí! Vaya, si es el heredero del duque de Erhardt.”
Una multitud se había reunido dentro. Jean sonrió ampliamente, quitándose el sombrero y el abrigo. Cornell, la sombra que guió el camino hasta este lugar, guardó las pertenencias de Jean para que fueran almacenadas en un lugar apropiado.
“Es de lo más imprudente de su parte visitar a una persona sin consultarle antes, Sir Wickham,” dijo Jean mientras se sentaba.
Frente a él estaba sentado un hombre de pelo castaño rojizo. Nathan Wickham. Era un caballero. Y el caballero tenía una jarra de cerveza en la mano.
“¿De qué hay que preocuparse? Tengo confianza en que nuestro querido Lord Jean se haya asegurado de que no hubiera nadie mirando,” dijo Nathan, levantando su jarra de cerveza.
Él no estaba equivocado. De haber sentido Jean la presencia de otro, no habría seguido a la sombra. Él sonrió ampliamente. Nathan le tendió a Jean una «pinta de cerveza» 5. Pero Jean lo negó moviendo la cabeza.
“Tendré que decir que no.”
En lugar de eso, chasqueó los dedos y alguien le trajo tabaco. Jean se recostó en la silla. El humo de su pipa se elevaba lentamente.
“¿Conoces al Gran Duque?”, preguntó Wickham.
Jean asintió con la cabeza, y el rostro del Gran Duque Robert Joachim cruzó por su mente. Era un hombre astuto a la mitad del viaje de su vida. A la vez inteligente y codicioso. El Gran Duque era el comandante que había hecho historia en la guerra civil anterior. Y, como el comandante que era, presumía de un gran físico y usaba palabras y modales igual de pomposos. La forma en que trató a Jean decía que el hombre podría ser inteligente y rápido en sus cálculos, pero no parecía del tipo cuidadoso y deliberado. El Gran Duque no ocultó su fascinación por Jean. Ya estaba girando la cabeza para mirar al joven incluso antes de que el baile hubiera terminado. Lo hizo como si nunca hubiera tratado a Jean de manera invisible.
“Creo que tengo una oportunidad,” dijo Jean.
Wickham puso una expresión de satisfacción al oír las palabras de Jean. Jean retiró la punta del tabaco de sus labios.
“No se muestra vigilante para con nosotros. Parecía ignorar nuestra existencia, y mucho menos nuestros planes. Insinuó sutilmente que se halla necesitado de financiación.”
“Ese cerdo. Todos saben que desde que el emperador cayó enfermo, las riquezas reales han sido transferidas al castillo del Gran Duque. ¿Acaso tal opulencia no le ha saciado?”
“Los hombres entregados a sus indulgencias no conocen fin. El éxito de nuestra hazaña parece más prometedor que mi aprensión.”
“Buen trabajo. ¿Algún otro contratiempo?”
Jean se quedó mirando el humo que llenaba la habitación ante la pregunta de Wickham. Más problemas. La pregunta le trajo a Jean a la memoria el desagradable recuerdo del baile de hacía un rato. Le pasó la pipa a Cornell, que estaba a su lado. Cornell la fumó.
“…Wickham, me parece que habéis pasado por alto a una figura.”
Jean habló lentamente. Wickham arqueó las cejas, sorprendido.
“¿Pasado por alto a una figura?”
“El Príncipe Heredero Maximillian Joachim. Asistió al baile.”
“Oh,” Wickham se tensó ante el pensamiento de quién podría ser. Soltó un suspiro, relajándose, “Me habéis dado un susto,” dijo Wickham.
Wickham se recostó en la silla y se mesó el pelo. Jean esperó a ver qué iba a decir su amigo a continuación.
“No tenéis porqué preocuparos por ese hombre. No es lo suficientemente importante como para ser un estorbo para nuestra causa. No es más que un hijo descarriado.”
“¿Lo es el Príncipe Heredero?”
“Se acuesta con hombres y mujeres por igual. Esa es su mayor alegría en la vida. Es cierto que hace acto de presencia en bailes y banquetes, pero a menudo se deleita con intoxicantes repugnantes o se entrega al libertinaje.
Habéis logrado conocerlo; es una oportunidad poco común encontrarlo en sobriedad.”
“¿No es el Príncipe Heredero el siguiente en la línea de sucesión al trono? ¿No sucedería al emperador en caso de que este falleciera?”
“Cielos, ¿acaso eso no lo haría todo más fácil? Deshacerse de Maximillian Joachim sería mucho más sencillo que de Robert Joachim.”
Wickham respondió encogiéndose de hombros. Su actitud daba a entender que el príncipe heredero no era ni un hombre importante ni un problema.
Jean recordó al hermoso hombre que no quería soltar su mano. Aquel hombre no vaciló al pronunciar sus ofensivos pensamientos. El distintivo color cenizo de la realeza Joachim se agitaba en sus ojos mientras lo hacía. Un catamita. Jean le dio vueltas a la palabra que le había dicho aquel hombre. Esbozó una sonrisa burlona. A Jean no le pareció ofensivo el comentario. Ya no. Sin embargo, sí le pareció divertido, pues el mismo hombre que se lo había dicho a Jean habría sido vendido como catamita si no hubiera nacido de la realeza.
“¿Todavía no hay noticias de mi mecenas?”
Jean no tenía ganas de prestarle atención al hombre. Wickham silbó al ver que Jean cambiaba de tema.
“¿Os referís a La Petite Perle de Lord Jean, el heredero del Duque de Erhardt? Desafortunadamente, aún no.”
El tono de Wickham era de burla, pero el mensaje no lo era. Jean respondió con solemnidad.
“Daos prisa. Necesitamos a mi mecenas con nosotros antes de que comience la hazaña.”
“Lo estamos intentando, mi Lord. Estamos examinando minuciosamente a herederos nobles y descendientes que posean tal nivel de conocimiento. También estamos buscando en tierras extranjeras y entre sus hombres, aquellos que fueron altos nobles durante vuestra estancia allí. Sin embargo, os agradeceríamos que tuvieseis en cuenta que no es tarea fácil buscar a alguien de quien desconocéis su nombre, su rostro e incluso el color de su cabello, Lord Jean Erhardt.”
Wickham no se equivocaba. Sin embargo, no quedaba mucho tiempo. Jean cogió la jarra de cerveza de Wickham para saciar su sed. Wickham parecía estar observándolo. El silbido del caballero se fue atenuando hasta que cesó por completo.
*
Una semana después, Jean Erhardt volvió a encontrarse con el príncipe heredero Maximillian Joachim. Estaban en el banquete que ofrecía el gran duque Robert Joachim.
Maximillian se encontraba en un rincón del castillo del gran duque, con la ropa desaliñada y arrugada. Jean se quedó mirando el pelo rojo del hombre. Tenía una hoja pegada en él. Jean no podía decir nada. Se había quedado sin palabras. Había un hombre encima del príncipe. Los pantalones le colgaban por los muslos. Parecía no darse cuenta de la presencia de Jean.
“Oh, cielos.”
Maximillian murmuró, observando la espalda del hombre que huía mientras se apresuraba a vestirse. El chaleco del príncipe yacía en el suelo y tenía el cuello arrugado. Aun así, parecía más presentable que el hombre con el que se estaba divirtiendo.
“…Disculpa,” dijo Jean tras quedarse de pie con la mirada perdida.
Maximillian entrecerró los ojos. Estudió a Jean. No se molestó en levantarse. Jean bajó la mirada. Se preguntó si debía marcharse o no. Es probable que se hubiera marchado de no haber escuchado a Maximillian exhalar una sílaba de reconocimiento, un ah, justo cuando Jean giraba la cabeza, ocultando su rostro bajo el sombrero.
“El catamita de la casa de Erhardt.” Maximillian habló.
Jean se detuvo y se quedó inmóvil, como si sus pies estuvieran plantados en el suelo. Se giró lentamente. Maximillian estaba recostado, con la parte superior del cuerpo ligeramente erguida. Un brazo sostenía su peso contra el suelo. Parecía una pintura.
“¿Estoy en lo cierto?”
Pidió una confirmación. Las hojas eran sus sábanas y la tierra era su lecho. Actuaba con absoluta naturalidad. Había un leve rastro de una marca de amor en su cuello. Jean no respondió. Se dio cuenta de que la grosería previa del príncipe no nacía ni de la inocencia ni de la ignorancia.
“..Bromeáis demasiado, Vuestra Gracia.”
Jean tuvo que esforzarse mucho para contenerse y no decirle al hombre que aquello era una descortesía. Maximillian sonrió ampliamente, poniéndose en pie y sacudiendo su ropa. Dio un paso adelante y se acercó a Jean.
“¿Una broma? ¿Y quién ha dicho que fuera una broma?”
Jean cerró la boca.
Maximillian colocó su mano sobre el chaleco de Jean mientras hablaba. La situó justo en el pronunciado escote del chaleco, donde este se hundía en el pecho. Pronto, la punta de su dedo se deslizó lentamente hacia el interior de la camisa. Deslizó su dedo hacia dentro. Jean detuvo la mano. Estaba a punto de apartarla despacio de su cuerpo.
“Oh, cielos.”
Pero Maximillian enganchó su dedo en el chaleco, negándose a soltarlo.
“Un hombre tendría que prepararse para la muerte antes de poner un dedo encima de una persona de la realeza.”
Jean parpadeó. En efecto, tal ley existía. Sin embargo, no era una costumbre estrictamente acatada. Aun así, si Maximillian la pusiera a prueba, no habría nada que Jean pudiera hacer. La Casa Real de Joachim estaba cayendo y, como prueba de ello, a sus miembros les resultaba fácil matar a una persona. Jean cerró la boca. Escuchó una risita.
“Así es, amigo mío. Así es,” dijo Maximillian mientras retiraba el dedo del chaleco de Jean.
El hombre golpeó suavemente la barbilla de Jean con el dedo. Percibió un leve aroma a tabaco. Jean permaneció inmóvil, sin pronunciar palabra.
Debería disculparse por su descortesía. Sin embargo, no quería hacerlo.
¿Acaso Maximillian deseaba leerle la mente? El príncipe, de repente, acercó su rostro al de Jean. Sus miradas se cruzaron antes de que Jean pudiera reaccionar. Eran los mismos ojos grises que había visto hacía una semana. Lo miraban fijamente. Lo escrutaban.
Jean no evitó la mirada. Más bien, siguió al hombre y estudió cada pulgada del rostro ante él. Sus rasgos eran deslumbrantes. Merecía ser «descrito como pintoresco» 6. La proporción de su rostro y sus facciones eran agraciadas, como si alguien las hubiera pintado. Su impresión no era fuerte, pero la suavidad de sus líneas se asemejaba a una obra de arte. Jean recordó lo que Wickham le había dicho la noche anterior. Intoxicantes, libertinaje y—
‘Afirma que se dedica al arte y que hace que su compañero de cama se siente desnudo ante él para dibujar un retrato de su cuerpo desnudo.’
El miembro de la realeza que vivía ebrio en la vanidad llamada arte.
Justo el tipo de persona que Jean detestaba. Fue entonces cuando Jean bajó la mirada.
“¿Fue hace diez años?,” comenzó Maximillian.
Tenía las manos entrelazadas a la espalda. Enderezó la espalda mientras hablaba. De pie, el hombre era solo un poco más bajo que Jean.
“La Duquesa de Erhardt tenía a un catamita en su compañía.”
Las únicas fuentes de luz eran la luna, el resplandor de la lámpara de araña que se filtraba por las ventanas y los diamantes que adornaban la ropa de Maximillian. A Jean no le costó nada ocultar su expresión. No se apresuró a desmentir ni a interrumpir a quien hablaba.
“Escuché que el muchacho valía una suma considerable. Su cabello era tan lustroso como la seda dorada, sus ojos tan azules como zafiros. Era tan hermoso que el difunto heredero del Duque de Erhardt llevó al joven a la academia para presumir. El muchacho era vestido extravagantemente, perfumado con aceite y colocado de pie en los bailes. Aunque, muy raras veces.”
“…”
“Me pregunto cuántos se acordarán de un chico de hace una década. Me pregunto quién se acordará de un chico que ni siquiera vivía en su casa, o quién reconocerá al hombre en el que se ha convertido…”
Maximillian dejó la frase en el aire. Dio un paso atrás. La luz que provenía del castillo del gran duque se reflejaba y se desvanecía una y otra vez en su rostro. Jean no se atrevía a seguirlo, así que se quedó quieto. Se sentía mareado por aquel ataque inesperado. No lograba descifrar las intenciones de Maximillian. Mientras tanto, Maximillian se alejaba poco a poco de Jean. Con las manos a la espalda, sus pasos eran ligeros y juguetones.
“Su Alteza.”
El rostro de Maximillian era ahora tan pequeño como el espejo de mano de una dama. Jean recobró el sentido y siguió rápidamente al príncipe. Se apresuró. Caminó sobre hojas secas. El sonido crujiente que hacían resonaba como su propio grito.
“Vuestra Alteza, por favor, un momento…”
Cuando Jean llegó junto a él, Maximillian caminaba con la mirada fija al frente, con aire indiferente. Jean lo llamó varias veces: «Su Alteza», pero el príncipe no le hizo caso. Estaba rodeado por lo que parecían ser sus sirvientes.
“Hmm.”
Mientras Jean dudaba, Maximillian se giró de repente.
“Lord Jean.”
Jean se detuvo. Estaba un poco sin aliento, pues había acelerado el paso para alcanzar al príncipe. Maximillian abrió la boca.
“Deseo que me acompañéis a tomar una taza de té.”
Fue una oferta de la nada. Tampoco el momento era el ideal. Sin embargo, Maximillian continuó como si hubiera olvidado su intercambio anterior.
“Mañana al mediodía, en el Palacio Real. ¿Qué decís?”
Jean fue incapaz de responder. No pudo responder aun sabiendo que el príncipe estaba esperando a que hablara. Aquel hombre era de lo más abrupto al cambiar la conversación. Le resultaba de lo más natural sacar un tema nuevo. El hombre esperaba a Jean, con la barbilla ligeramente elevada.
“…Será un honor para mí, Vuestra Gracia.”
Jean apenas fue capaz de dar una respuesta. La comisura de los labios de Maximillian se curvó hacia arriba, astuta como la de un gato. Hizo un gesto de lo más leve. Y así, sin más, Jean fue despedido.
*
Jean Erhardt nació como Jean Fiev en una pequeña aldea del Imperio Joachim. Fue abandonado frente a una taberna. Si hubiera sido un niño común, su corta vida habría terminado mucho antes. Tuvo suerte. Al dueño de la taberna le gustó su cabello rubio. Lo acogió y le dio pan, además del nombre Fiev. Cuando Jean cumplió catorce años, el dueño lo vendió.
El primer dueño de Jean fue un traficante de esclavos. Este traficante recogía a niños pobres, huérfanos y prisioneros extranjeros. Los clasificaba según su condición y los vendía. Reconoció de inmediato el valor del cabello rubio y los ojos azules de Jean.
El niño recibió rápidamente la mejor calificación. Era imposible saber si era una bendición o una maldición, pero Jean era hermoso. Gracias a su belleza, estaba bien alimentado y bien vestido. Su amo, un hombre de negocios, le enseñó modales sencillos, además de las enseñanzas posteriores sobre el servicio en la cama. Jean aprendió a complacer a damas de la alta nobleza. Aprendió a hablar como un aristócrata. También le enseñaron modales en la mesa y a montar a caballo.
Fue el invierno anterior a que cumpliera quince años cuando Jean fue vendido a la casa de Erhardt. La duquesa de Erhardt llevaba un par de guantes de seda en las manos y una estola de armiño alrededor del cuello. Decían que su salud era delicada y que necesitaba un sirviente menor de edad que estuviera a su lado en todo momento. Sin embargo, su búsqueda se llevaba a cabo en el más absoluto secreto, y todo el mundo sabía por qué.
Todo el mundo conocía la verdadera razón que se escondía tras tanta discreción. Jean pudo poner en práctica sus conocimientos antes de que acabara el año. Era inexperto y torpe, pero la duquesa apreciaba incluso esa falta de experiencia. Le tenía mucho cariño al muchacho. Le tenía tanto cariño al muchacho como el duque al ver que su criada se acostaba con su campesino.
“Lord Jean.”
‘El catamita de la casa de Erhardt.’
Recordaba la mirada indolente con la que lo había mirado. El catamita de la casa de Erhardt. También recordaba la convicción en aquella voz. La voz estaba tan segura de que Jean era el chico al que en su día llamaban así.
“Lord Jean.”
Jean apartó la mirada. Un sirviente se encontraba allí, de pie, con aire incómodo.
“El duque le llama, mi Lord.”
El sirviente habló, encorvándose por la intimidación. Jean lo miró fijamente en silencio. Jean suspiró. Solo había una razón por la cual el viejo duque lo llamaría. Y Jean no estaba de humor para escuchar el gran relato de por qué el anciano necesitaba más oro para sus juegos de azar.
“El «comandante de la fábrica» 7 me adeuda una suma. Buscadlo y entregádsela al duque, y decidle que le haré una visita mañana; hoy me hallo demasiado fatigado para estar en su presencia.”
El oro que buscaba el duque no era más que una bagatela para Jean. A Jean le resultaba mucho más fácil darle un poco de limosna y ahorrarse así la molestia de tener que enfrentarse al anciano. O eso pensaba él cuando recordaba aquellos ojos cenicientos que lo taladraban con la mirada. Ah, Jean levantó la mano.
“No. Un momento.”
El sirviente hizo una reverencia y se detuvo justo cuando iba a dar la espalda. Jean se levantó.
“Yo mismo visitaré a mi Padre. Podéis retiraros.”
Cogió el abrigo que acababa de dejar en el suelo. La habitación del duque se encontraba en la última planta de la mansión. Mientras subía lentamente las escaleras, fue formulando las preguntas que le rondaban por la cabeza.
“Ah, Jean. Ya habeís llegado.”
Jean llamó a la puerta y entró en la habitación. El duque de Erhardt, sentado junto a la ventana, lo recibió con entusiasmo. La mesa estaba llena de cenizas de tabaco quemadas.
“Se me informó que solicitabais mi presencia, mi Lord.”
Jean respondió con docilidad, ocultando su verdadera intención.
“Sí, sí. ¿Asumo que vuestros asuntos de comercio marchan bien?”
El duque de Erhardt llevaba mucho tiempo sin asistir a las reuniones sociales de la nobleza. Los rumores decían que la muerte de su hijo, que había fallecido tras caer de un caballo, le había conmocionado profundamente. La gente murmuraba que esa era la razón por la que el duque se resistía a salir de su mansión. Sin embargo, eso distaba mucho de lo que Jean había presenciado con sus propios ojos.
Jean tomó asiento frente al duque. Volvió a echar un vistazo a la mesa. El mantel color beige, salpicado de cenizas, no estaba nivelado. Parecía haber algo debajo de la superficie irregular de la tela.
“Estoy encantado de que estés devolviendo al apellido Erhardt a su antigua gloria—”
Jean levantó un extremo del mantel con la yema del dedo. El duque dejó de hablar.
“Mi Lord.”
Poco a poco, Jean dio la vuelta al paño. La tela fue revelando poco a poco lo que ocultaba debajo. Había cartas. El desorden que se veía le indicó a Jean que el duque las había escondido a toda prisa.
“¿Habéis estado apostando de nuevo?”
“Jean. Concededme un momento, por favor. Verás—”
“De modo que lo habéis hecho.”
El duque se sumió en el silencio. Aquel hombre había vivido cincuenta y tantos años de su vida como un aristócrata. No estaba acostumbrado a ser reprendido. Jean soltó la tela que había estado levantando con la punta de su dedo. El tejido ondeó, cayendo de regreso a su lugar.
“¿Acaso está en la naturaleza de los nobles el no saber cómo dominarse a sí mismos?”
El duque de Erhardt se había visto consumido por el juego incluso antes de la muerte de su heredero, Johnny Erhardt. Ya fueran los dados, las cartas o las carreras de caballos, al duque le daba igual cualquier tipo de apuesta. No se dejaba ver en las reuniones de la alta nobleza, pero no por el impacto que le había causado la muerte de su hijo. En realidad, se debía a la acumulación de sus deudas por las apuestas, que habían alcanzado una suma tan considerable que ya no podía hacerles frente. Sin embargo, el duque era incapaz de renunciar a sus juegos de azar. No tenía nada que ver con la tristeza de haber perdido a su hijo.
“Me parece bien”, Jean se puso en marcha.
Todo iba bien para Jean, pues su golpe de suerte se hizo evidente a su regreso a la capital. Sintió un gran alivio al enterarse de la situación en la que se encontraba el duque. Jean había cambiado en la última década, y otros nobles no lo reconocerían de inmediato. Sin embargo, no se podía decir lo mismo de la casa de Erhardt.
Nathan Wickham y sus hermanos temían que los miembros de la casa de Erhardt pudieran revelar el pasado de Jean como catamita. Entre los miembros de la causa, Jean era el más indicado para acercarse al Gran Duque sin sospechar nada. No solo era elegante, sino que también dominaba diversas ciencias. Había aprendido los modales de la nobleza desde niño. Y, sobre todo, poseía una gran fortuna. Sin embargo, en cuanto se revelara su pasado, ningún aristócrata lo recibiría con agrado, dada su insoportable arrogancia. Jean había estado pensando en cómo hacer que el duque y los miembros de su corte guardaran silencio cuando descubrió la precaria situación financiera del duque. Fue una bendición que Dios mismo había enviado.
“Ya no necesitáis aprender a conteneros, puesto que habéis ganado mucho a cambio de otorgarme vuestro apellido”, dijo Jean apoyando la barbilla en su mano. El duque evitó su mirada.
“Padre.”
Empujando una carta fuera de la mesa y observándola caer, Jean llamó al hombre. Ni el duque ni Jean estaban acostumbrados a tal trato, pero a Jean le agradaba.
“Hoy conocí al Príncipe Heredero.”
Le agradaba. Sentía como si insultara al duque cada vez que lo pronunciaba.
“Me llamó el catamita de la casa de Erhardt.”
Y cada vez que lo hacía, Jean reafirmaba su naturaleza.
Jean pudo comprobar por sí mismo lo vil que era su propia naturaleza. Su ansia de burlarse era la prueba de su pasado y de su antigua condición, pues solo quienes habían vivido en lo más bajo sentían placer al pisotear a quienes estaban en lo más alto. Golpeó ligeramente la mesa con los dedos. El duque encogió los hombros, pareciendo más bajo de estatura.
“Si os referís al Príncipe Heredero Maximillian… Estoy seguro de que Su Alteza Real simplemente estaba bromeando.”
El duque respondió, evitando la mirada de Jean. Le temblaba ligeramente la mano. «Bromeando». Jean asoció esa palabra con el rostro de Maximiliano. Con cada paso que daba hacia atrás, un haz de luz iluminaba su rostro en penumbra. Jean recordaba vívidamente los destellos de su sonrisa cada vez que aquel rostro se veía bajo la luz parpadeante.
“Hmm.”
Jean se frotó la barbilla.
“¿Existe alguna posibilidad de que me haya reconocido? ¿Incluso si fuera solo por coincidencia?”
Los ojos del duque se movían de un lado a otro. Parecía estar repasando sus recuerdos. Entonces, su mirada se detuvo. Ah. Un sonido se le escapó de los labios. El duque se tapó rápidamente la boca.
“Ah”. Jean lo imitó. Se frotó la comisura de los labios mientras miraba al hombre sentado frente a él. El hombre había envejecido y engordado. El noble ya no era tan imponente como Jean lo recordaba.
“Bueno, cuando Johnny todavía estaba en la academia, el Príncipe Heredero también asistía a la institución en ese entonces.”
Johnny era el nombre del difunto heredero del duque de Erhardt. Fue él quien trajo a Jean consigo como si fuera un adorno. Jean asintió con la cabeza. Era una señal para que el anciano continuara.
“Pero… estaban en años diferentes. Y Johnny solo os había llevado a la academia unas cuantas veces. El príncipe no podría reconoceros de ninguna manera, considerando que ha pasado un tiempo de diez años…”
La academia. El príncipe heredero también la mencionó. Dijo que había un catamita al que el difunto Lord Johnny había llevado a la academia. Sus palabras eran veladas, pero Jean entendió que el príncipe sabía que él era ese chico.
La situación se está complicando. Jean reflexionó mientras salía de la sala del duque.
Aunque se revelara su verdadera identidad, podría salir del paso mintiendo y diciendo que se trataba de un pariente consanguíneo del que no tenía conocimiento. El problema era el gran duque. Robert Joachim era famoso por la veneración que sentía por el linaje real. Tenía fama de negarse a hablar con cualquier noble que careciera de título. Era probable que hubiera despachado a Jean antes por la misma razón, pues no estaba seguro del linaje de Jean. Esto significaba que, si el príncipe heredero informaba al gran duque de la verdadera historia de Jean, podría obstaculizar en gran medida el plan que se estaba preparando.
‘Me pregunto cuántos habrá que recuerden a un muchacho de hace una década. Me pregunto quién recordaría a un muchacho que ni siquiera pertenecía «a su propia casa» 8, o reconocería al hombre en el que se ha convertido al crecer….’
Jean comprendió ahora lo que el príncipe verdaderamente había querido decir. Se llevó una pipa a los labios, encendiéndola y dándole una bocanada. Mañana. Al mediodía. Té. Jean recordó entonces que el príncipe se hallaba frecuentemente embriagado de intoxicantes, lujuria y arte.
Dejando escapar el humo lentamente, Jean se paró ante el espejo. Un artista embriagado por el arte. Jean conocía demasiado bien a los de esa calaña. Eran aquellos que buscaban la belleza terrenal para saciar su propia lujuria, y utilizaban su debilidad ante todo asunto hermoso como una excusa para justificar sus viles actos.
Jean desató el corbatín de su cuello. Se miró en el espejo. El rostro firme de un hombre completamente desarrollado le devolvía la mirada. De repente, pudo prever lo que estaba por suceder.
*
Faltaban diez minutos para el mediodía cuando Jean llegó al Palacio Real al día siguiente. El Príncipe Heredero debió haber dado órdenes, pues los guardias no lo registraron. El cochero sabía que debía llevarlo a la residencia del príncipe. Para ser exactos, lo dejaron en el jardín. Varios sirvientes reales se acercaron a él. Le dieron algunas indicaciones y advertencias sobre cómo comportarse ante el Príncipe Heredero y desaparecieron rápidamente.
Jean se ajustó ligeramente la punta del sombrero. El sol le picaba a pesar del viento invernal. Al ver el majestuoso jardín ante sí, un suspiro fue lo primero que escapó de sus labios. Cada árbol del jardín, cada gota de rocío que colgaba de las hojas, parecía brillar y cegarlo. Comenzó a caminar con paso pesado. A Jean se le había informado que el palacio del Príncipe Heredero se encontraba al final de este jardín. La primera cámara a la vista era en la que se alojaba el príncipe, le había dicho uno de los sirvientes.
Tras diez minutos caminando, se encontró con una fuente sin agua. Al final del camino que se extendía ante él, se alzaba una majestuosa estructura. Estaba en penumbra, pero la sombra no lograba ocultar su antigüedad; su fachada se desvanecía con el paso del tiempo. Un lobo, el emblema de la Casa Real de Joachim, estaba grabado en cada una de las puertas. Jean se giró para mirar la torre del reloj. Era mediodía. Siguió adelante.
La cámara del príncipe heredero se encontraba justo al lado de la entrada.
Jean tomó la aldaba con forma de boca de bestia. Llamó varias veces. No hubo respuesta. Jean esperó un momento. Luego tiró de la puerta. No estaba cerrada con llave. Entró lentamente. Percibió un olor desagradable.
No era un olor al que estuviera acostumbrado, pero sabía de dónde provenía. Olor a pintura. Jean se tocó ligeramente la punta de la nariz con el dedo.
La luz del sol entraba a raudales en la «cámara» 8 del príncipe a través de las ventanas. Lo que estaba bajo la luz no era una persona, sino un caballete. Debajo, un tapiz se extendía como una alfombra. Contaba la historia fundacional del Imperio de Joachim. Jean permaneció inmóvil. Sostenía su sombrero en la mano en señal de respeto al príncipe.
La cama no estaba en el centro de la habitación. Estaba arrimada a la pared derecha, en un rincón sombreado donde no llegaba el sol. Jean pudo ver la manta de seda que se había caído de la cama. Era un desastre.
“Su Alteza.”
Jean no se movió. Sabía bien que a los aristócratas no les agradaba que alguien los mirara desde arriba mientras estaban en el lecho.
“¿Quién es?”
Una voz apagada respondió. Sonaba ronca, seguida de un gemido. Jean pudo ver la mano de porcelana del príncipe sobresalir del lecho. Lucía tan blanca que uno podría confundirla con haber sido sumergida en «polvo de cal» 9. Jean respondió con calma.
“Su Alteza Real, este es Jean Erhardt, el heredero del Duque de Erhardt.”
El sirviente con el que Jean se encontró a la entrada del palacio le indicó que se dirigiera directamente a los aposentos del príncipe. ¿Acaso el sirviente no sabía que el príncipe heredero aún dormía? ¿O se le había ordenado que acompañara a Jean hasta los aposentos, independientemente de si el príncipe dormía o no? Fuera cual fuera el caso, ambas opciones resultaban bastante absurdas, ya que había sido el príncipe heredero quien había insistido en que tomaran el té al mediodía.
“Erhardt?”, preguntó el príncipe, casi con un gemido.
Levantó el brazo lentamente. Por fin, su torso quedó a la vista al asomarse fuera de la cama. Jean pudo ver la túnica del hombre, desabrochada, con todo el pecho al descubierto. La túnica le colgaba de los hombros. Jean apartó la mirada. —Ah —oyó Jean la voz. El susurró del príncipe heredero.
“Erhardt.”
La voz parecía expresar asentimiento, tras darse cuenta de algo. Al poco rato, se puso en pie, tambaleándose. Tenía el pelo rojo revuelto, con mechones que se erizaban en todas direcciones. Sus ojos estaban somnolientos, aún embriagados por el sueño.
“Íbamos a tomar el té. Correcto.”
El príncipe heredero, Maximillian, murmuró, mirando en dirección a Jean. Se relamió los labios. Seguía sumido en el sueño. A continuación, el príncipe se sentó en la mesita junto al caballete, bajo la luz del sol. Jean se mantuvo en su sitio, sin moverse. Maximillian bostezó. Parecía un pájaro adormilado.
“Tomad asiento.”
El príncipe señaló con la barbilla la silla que tenía enfrente. Jean no dejaba de mirar alternativamente al príncipe y a la silla. El príncipe heredero, con un atuendo totalmente inapropiado, y una silla frente a él. A Jean le entraron ganas de reír.
“Haré que os sirvan el té.”
Por encima de todo, se trataba de los aposentos del príncipe heredero. El príncipe había invitado a un huésped a su espacio más íntimo y, ahora, le estaba sirviendo té con el torso desnudo. Era una descortesía excesiva incluso para un príncipe heredero. Estaba menospreciando a Jean.
“Parece estar listo, Vuestra Gracia.”
Pero Jean no estaba en condiciones de enfadarse. Simplemente se sentó y habló en voz baja. Sobre la mesa había una tetera y unas tazas. La tetera aún estaba caliente al tacto. Maximillian miró de reojo a Jean mientras este hablaba. Esbozó una sonrisa burlona.
“Ah. Este té es…”
El príncipe bajó la mirada hacia la tetera. Se llevó un dedo a los labios y lo acarició suavemente. Levantó la vista. Jean sintió que lo observaban. Por fin, los labios de Maximillian esbozaron una sonrisa.
“Es el té real.”
Jean se quedó de piedra. Lo único que podía hacer era parpadear. Independientemente de si Maximillian se daba cuenta o no del estado de Jean, él simplemente siguió hablando.
“Debo pediros el vuestro. Escuché que un buen té del sur había sido llevado a las cocinas.”
Tocó la campanilla para llamar a un sirviente. Jean esperó a que le sirvieran el té, sintiéndose bastante aturdido. Tuvo que ocultar su rostro con la taza de té, ya que no dejaban de escapársele bufidos de risa. Un té real que no se atrevería a beber. Jean sabía bien que existían ciertos colores y ornamentos que solo la realeza podía vestir, que solo los nobles podían usar y los que el «pueblo llano» 10 podía llevar. No sabía que tal distinción prevaleciera también en el té.
«La maldita clase social.» 11 Jean sonrió levemente, dando un sorbo al té que le habían servido.
Estaba tan harto de ello. Maximillian se sirvió su propia taza de té. Tenía una pierna cruzada sobre la otra. Su vestimenta aún no estaba abotonada. Jean podía ver la piel del hombre entre la tela que se deslizaba. Apartando la mirada, Jean comenzó a hablar con cuidado. Era para decir lo que había estado preparando en su camino hacia aquí.
“Vuestra Gracia, escuché que… mi difunto hermano tuvo el honor de haber estado en vuestra presencia real en la academia.”
Maximillian contemplaba el jardín desde la ventana, con el dedo agarrado al asa de la taza. Se giró para leer las palabras de Jean. Su rostro parecía especialmente pálido. Quizá fuera por la luz del sol que se reflejaba en él.
“¿Vuestro difunto hermano?” preguntó el príncipe.
Su tono era de burla. Jean sintió que la garganta se le secaba. Tenía la boca pastosa. ¿Acaso sabía el príncipe cómo se sentía Jean? El hombre sonrió.
“Lord Jean Erhardt.”
La sonrisa se derritió como lo haría un terrón de azúcar en el té caliente. Jean tragó saliva.
“Los objetos de belleza no escapan a mi memoria.”
Jean recordó lo que el príncipe había dicho la noche anterior. Recordó la forma en que Maximillian caminaba lentamente hacia atrás y la frase que no llegó a completar.
‘Me pregunto cuántos habrá que recuerden a un muchacho de hace una década. Me pregunto quién recordaría a un muchacho que ni siquiera pertenecía a su propia casa, o reconocería al hombre en el que se ha convertido al crecer…’
Jean lo sintió en los huesos. Lo que el príncipe acababa de decir eran las mismísimas palabras que él había elegido ocultar la noche anterior. Era una advertencia escalofriante. Los objetos de belleza —el catamita y su rostro— no escapan a mi memoria.
“Y los objetos de mi deseo, con mayor razón, no escapan a mi memoria.”
Maximillian se inclinó ligeramente hacia adelante. Jean observó cómo el dedo del hombre rozaba con lentitud el borde de su taza de té sobre la mesa. La mirada de Jean era escrutadora, evaluando a su oponente.
Pronto, sus miradas se encontraron. Los ojos grises de Maximillian miraron fijamente a Jean como si fueran a engullirlo. Cada vez que el hombre parpadeaba, Jean sentía que aquel color ceniciento lo engulliría. Era una sensación extraña. Jean notó que sus labios se entreabrían ligeramente.
El dedo que había rozado la taza subió con fluidez y acarició la mandíbula de Jean. Se movía como si tocara porcelana fina. Comenzó bajo la oreja y trazó una línea íntima hasta la mandíbula. Jean sintió que se le erizaba el vello donde el dedo lo tocaba. Se humedeció los labios. Maximillian lo miraba, con la cabeza ligeramente ladeada. El príncipe continuó hablando.
“Jamás olvido a ninguno de ellos.”
El dedo se deslizó desde la punta de la barbilla. Jean no podía decir nada. Maximillian juntó las manos. Apoyó la barbilla sobre ellas y esbozó una leve sonrisa. Reinó el silencio durante un instante. Jean cerró y abrió los ojos lentamente una vez. A continuación, miró al hombre directamente a los ojos.
“¿Qué es lo que,”, comenzó Jean.Su voz era baja. “…deseáis, Vuestra Gracia?”
Jean terminó su pregunta. Su corazón había estado latiendo rápido, pero ahora, estaba en calma.
“Qué es lo que deseo…..”
Maximillian cerró suavemente su bata. El hombre se perdió brevemente en sus pensamientos. Dirigió su mirada hacia la ventana, donde el sol resplandecía. Sus ojos miraban el caballete que se erguía bajo el sol.
*
Nathan Wickham se giró al oír unos golpes en la puerta. Se encontraba en una cabaña en el bosque, cerca de su hogar. Aparte de sus hermanos, casi nadie conocía aquel lugar. En lugar de abrir la puerta, apagó la luz de la lámpara de aceite. El espacio quedó envuelto en una oscuridad total al instante. Wickham cogió la espada que había dejado sobre la silla. Entonces se oyó un golpe seco en la puerta, seguido de una voz grave.
“Soy yo” 12
Era una voz que le resultaba familiar. Wickham entrecerró los ojos.
“¿Jean?”
No hubo respuesta. Wickham abrió la puerta con cuidado. La cadena todavía estaba echada. Hizo un ruido al tensarse. Pudo escuchar un suspiro desde el otro lado. Mientras el hombre se quitaba el sombrero, Wickham pudo ver las finas líneas dignas de una escultura y el reluciente cabello dorado. El caballero finalmente quitó la cadena de la puerta.
“¿Qué os trae por aquí a estas horas?”
Justo aquí, de entre todos los sitios—Wickham quería añadir algo, pero no lo hizo. De todos modos, Jean habría captado el mensaje. Desde que comenzó a vivir como heredero del duque, Jean se aseguraba de que no lo vieran hablando con sus hermanos campesinos e incluso con Wickham, a pesar de la condición de este último como caballero y noble, aunque de rango inferior. El Jean que Wickham conocía no era tan imprudente como para aventurarse a este lugar apartado a una hora tan tardía. Jean exhaló un suspiro como si fuera su respuesta.
“He guardado las distancias e inspeccionado los alrededores. No había ojos avizor.”
“Bien, de seguro os habéis encargado de tal menester. Mas no es a ese asunto al que me refiero, y bien lo sabéis.”
“Maximillian Joachim sabe quién soy.”
Los labios que se disponían a refunfuñar se contuvieron en ese preciso instante. Wickham parpadeó. Jean tomó un fósforo de la mesa y prendió el quinqué. Al punto, la lumbre danzó y arrojó su claridad sobre su rostro, desvelando la gravedad de su semblante. Wickham tomó asiento frente a él a toda premura.
“¿Maximillian Joachim? ¿El Príncipe Heredero? ¿Qué pretendéis decir con que conoce vuestra identidad?”
“Lo que he pronunciado, de manera enteramente literal. Me recuerda.”
“…¿Cómo os es posible?”
Jean negó con la cabeza. Parecía que ni él mismo lo sabía. Ja. Wickham se oyó soltar una risa vacía. Ja, ja —continuó. A continuación, dio un fuerte puñetazo sobre la mesa.
“Aconteció hace una década. Ni siquiera os llamábais Jean por aquel entonces. Nombre, físico, semblante, tono, linaje… todo en vos había mudado. ¿Cómo le sería posible conocer vuestra identidad? Si él ni siquiera fue vuestro amo.”
“Asegura haberme visto en la academia. En aquellos días en que Johnny Erhardt me llevaba consigo.”
“Bien pudiera estar simplemente poniéndoos a prueba. Incluso yo fui incapaz de reconoceros cuando os vi. Ni siquiera asistíais a la academia en calidad de estudiante; erais conducido allí, en ocasiones, como un sirviente.”
“Él recuerda con absoluta claridad que yo pertenecía a la casa de Erhardt.”
Wickham no pudo evitar morderse el labio. Le dolía la cabeza por primera vez en mucho tiempo. Por su parte, Jean Erhardt parecía tranquilo y sereno para ser alguien que le había lanzado una bomba. La actitud de aquel hombre agravaba el dolor de cabeza de Wickham. El caballero gimió. Estaba buscando la manera de hacer callar al príncipe heredero Maximillian cuando Jean comenzó a hablar.
“… No osaría suponer que tales nuevas alcancen los oídos del Gran Duque.”
Con toda tranquilidad, se sacudió las hojas que se habían posado sobre su sombrero. A Wickham se le arqueó una ceja.
“¿De qué menester os ocupáis?”
Jean se mostraba optimista. No era propio de él. Abrió la boca para responder a Wickham, pero volvió a cerrarla. Wickham esperó pacientemente, observando cómo su amigo se sujetaba la mandíbula y se la acariciaba con el dedo. Por fin, Jean Erhardt habló:
“¿Acaso lo recordáis? Aquello que vuestros labios pronunciaron en momentos otrora.”
“¿Otrora?”
“Que el Príncipe Heredero retratase desprovistos de vestidura a aquellos con quienes compartiera el lecho.”
Ah. Wickham emitió un sonido de asentimiento. Era cierto. Maximillian Joachim tenía la mala costumbre, de sobra conocida, de dibujar los cuerpos de aquellas con las que había pasado la noche. Debido a esta afición, se rumoreaba que el palacio del príncipe apestaba a semen y a pintura al óleo todos los días. Pero, ¿qué tenía eso que ver? Wickham frunció el ceño. En ese momento, pudo ver la sombra de Jean proyectada por la luz de la lámpara. Incluso su sombra parecía elegante. Fue entonces cuando Wickham ató cabos. Al príncipe heredero le gustaba jugar a ser artista y le encantaban todas las cosas bellas.
“No osáis sugerir…”
Wickham habló con voz temblorosa.
“Jean. Vos sois el heredero del ducado en este preciso instante. Vuestra condición os distingue de aquellos que acuden a su lecho al menor de sus ademanes.”
Jean seguía en silencio. Wickham se quedó sin palabras por un momento.
“… Es mi deseo que desabrochéis vuestras vestiduras por vuestra propia mano,” articuló, Jean con parsimonia.
“Despojaos de vuestro calzado, ascended a mi lecho…” prosiguió.
El tono de Jean era sereno, pero sus palabras eran lascivas. No era difícil darse cuenta de que estaba repitiendo las palabras de otra persona.
“Y reposad en él, exponiendo vuestra virilidad y vuestro vello.”13
Lo único que pudo hacer Wickham fue relamerse los labios. No sabía qué decir. Como viejo amigo, el caballero sabía muy bien que, desde que Jean se había liberado de su condición de catamita, el hombre despreciaba el trabajo del placer. Wickham también conocía el odio de Jean hacia aquellos que lo veían como un objeto de lujuria. Jean se detuvo un momento. Su rostro estaba desprovisto de cualquier emoción. Pero Wickham sabía que el hombre se estaba calmando.
“¿Acaso eso os complace como respuesta, Erhardt?”
Jean terminó la imitación. Su voz era más fría que el viento invernal. Se hizo el silencio por un momento.
“…Y?”
Wickham habló con cautela. Jean lo miró fijamente. Wickham añadió, animando a su amigo.
“¿Y qué alcanzasteis a proferirle?”
Le temblaba la voz. Estaba furioso por el insulto que había tenido que soportar su amigo. Al mismo tiempo, tenía miedo. Si Jean se hubiera dejado llevar por sus emociones, quizá habrían tenido que abandonar todo lo que habían hecho por su causa y empezar de cero.
Jean no respondió. En lugar de eso, se quedó mirando fijamente la pared que tenía enfrente. No había nada en la pared, pero su mirada era directa, inquebrantable. Se clavaba en la superficie como si estuviera perforándola. Wickham estaba preocupado. Se sentía inquieto. Llamó a su amigo.
“Jean.”
“… Nada alcanzó a brotar de mis labios.”
La respuesta de Jean fue pausada y meditada. Continuó diciendo:
“Me instó a meditar sobre ello durante el reposo nocturno y a transmitirle mi parecer en la víspera del mañana. Tuvo a bien concederme una nueva gracia para manifestar mi réplica. A la misma hora, en idéntico sitio, mañana.”
Wickham dejó escapar un gemido antes de poder contenerse. Aquello era algo totalmente imprevisto. Se levantó y dio unos pasos para tranquilizarse. Mientras tanto, Jean permaneció inmóvil, sin moverse, rígido en su asiento.
“¿Y bien? ¿Cuál es vuestro proceder ante tal designio?”
Wickham no se sentó frente a Jean hasta que hubo dado dos vueltas por la cabaña. Jean se apoyó la barbilla en la mano ahuecada al oír aquella voz que aún sonaba airada.
“…No estoy seguro.”
“¿No estás seguro? ¿Eso es todo?”
“No me parece que este sea un menester para el cual mi mente pueda idear solución alguna.”
“¡¿Qué pretendéis entonces?!”
Wickham dio un golpe en la mesa, frustrado. Jean frunció ligeramente el ceño. Quizá fuera porque se había criado como un catamita, pero había momentos en los que Jean parecía más noble que quienes habían nacido de la nobleza. Wickham exhaló ruidosamente varias veces. Entonces, Jean esbozó una sonrisa. Wickham lo miró sorprendido. La sonrisa le llegó hasta los ojos.
“Nathan, despojarme de mis vestiduras sobre el lecho no me inflige desasosiego alguno.”
La mano dejó de golpear la mesa. Wickham miró a su amigo con los ojos muy abiertos, desconcertado. Le parecía sospechoso. No podía creer que fuera el mismo hombre que tanto despreciaba los asuntos y las costumbres del placer. En cuanto sus miradas se cruzaron, Jean esbozó una sonrisa burlona.
“En decenas de ocasiones me he despojado de mis vestiduras por un simple mendrugo de pan. ¿Por qué razón no habría de obrar del mismo modo ante un fin más elevado?”
Wickham tardó en darse cuenta de que Jean había estado tranquilo y sereno todo ese tiempo. Jean ni siquiera pidió tabaco. El único que estaba furioso como un toro y tan inquieto como una ardilla era Wickham. Se tragó una risa vacía y preguntó:
“¿Y luego qué?”
Los risueños ojos de Jean recobraron su semblante habitual.
“Más bien, esta sería una buena oportunidad. Escuché que el Gran Duque Robert es muy parcial con su sobrino. Si los rumores propagan que permanezco cerca del príncipe, él me buscaría antes de que yo lo busque a él.”
Jean no se equivocaba, pero Wickham frunció el ceño.
“Creéis que el Gran Duque Robert hablaría con el hombre que acompaña a su sobrino en la cama?”
“La verdadera naturaleza de los encuentros entre el príncipe y mi persona permanece oculta para el resto del mundo. Yo meramente acudo ante Su Alteza Real para compartir una taza de té.”
“Jean. Todo el imperio sabe que Maximillian Joachim es un pródigo depravado y un dolor en el trasero real. Y también lo que significa ‘compartir una taza de té’ con él en su cámara.”
“Nathan, el Imperio Joachim se encuentra en un estado de angustia financiera. No es poco común que un príncipe heredero busque a un magnate adinerado para financiar sus extravagantes caprichos. Además…”
“…¿Y además?”
“Si un mero heredero del duque pudiera ponerle una correa al Alborotador de la Corona, ¿quién podría posiblemente confundirlo con alguien que complace al príncipe?”
Wickham ya se daba cuenta del plan que Jean estaba tramando. Jean dejaría que el príncipe se divirtiera con él mientras sacaba todo el provecho posible. En el fondo, Jean sería el hombre al que no le quedaría otra opción, amenazado por el príncipe heredero para que se metiera en su cama, desnudo. Mientras tanto, en apariencia, buscaría su propio beneficio. Solo Jean sería capaz de urdir un complot así. Wickham por fin exhaló un suspiro que no era de desánimo.
“Ya os habeís decidido.”
Wickham pensaba que su amigo había venido a pedirle consejo. Pero no era así. Jean había venido a comunicarle su decisión. Jean asintió con la cabeza. Después, se quedó en silencio durante un buen rato. Aquello no era propio de Jean. Tampoco era propio de él acudir a Wickham solo para comunicarle algo sobre lo que ya había tomado una decisión. Wickham se quedó mirando a su amigo. Jean daba golpecitos en la mesa con el dedo, como si algo le preocupara.
“¿Qué es?”. Preguntó Wickham, con los brazos cruzados. Sintió que una mirada se posaba en él por un instante. Cuando la devolvió, Jean apartó la vista por un breve momento.
“…Deseo mantener esto en secreto de mi mecenas.”
Jean habló con voz suave, parpadeando lentamente. Wickham se quedó mirando fijamente aquellos ojos azules que se estaban humedeciendo. No era propio de Jean. Era algo poco habitual.
“Con el tiempo, los rumores se propagarán, tal como vos lo previsteis, mi amigo. Puede que no digan que estuve en la cama del príncipe, pero al menos, la gente me llamaría un nouveau-riche sycophante 14.”
Oh, por mi bien. Wickham apenas pudo evitar que se le cayera la mandíbula. Jean hablaba con total seriedad.
“¿Qué ocurriría si defraudo a mi mecenas?”
Jean levantó la mirada ligeramente y preguntó. Wickham no tuvo nada que responder.
Él sabía de quién hablaba su amigo. La misteriosa persona a quien Wickham llamaba en broma La Pequeña Perla ó La Petite Perle de Lord Jean Erhardt. Se debía a aquel mecenas que Jean Fiev se convirtiera en Jean Erhardt. Sin embargo, ni el propio Jean sabía quién era ese noble.
“¿Qué ocurriría si mi mecenas piensa que he cambiado?”
Cada vez que Jean hablaba de La Petite Perle, se comportaba como un chico de dieciocho años. No podía controlar sus expresiones faciales. Cada cambio en sus emociones se reflejaba en su rostro. Wickham chasqueó la lengua para sus adentros. Jean era el más racional y sensato de entre sus hermanos. Cada vez que veía a Jean comportarse así, recordaba lo débiles que eran los hombres ante la inconstancia de sus corazones.
“Jean.”
Wickham llamó con cautela a su amigo. Jean parecía nervioso. Tenía los labios apoyados en el dorso de sus manos entrelazadas.
“Cornell está haciendo lo que puede. Simplemente le está tomando más tiempo rastrearlo porque la gema que vuestra Petite Perle os dio había pasado por varias rutas antes de llegar a vos.”
Jean había estado buscando a su Ma Petite Perle desde el momento en que adquirió la fábrica de textiles. La única pista que poseía eran las diversas correspondencias que habían compartido y la gema que Petite Perle le había enviado. Parecía imposible alcanzar a la persona con quien Jean no había estado en contacto desde hacía ya varios años, pero el propio Jean parecía no haber renunciado jamás a tal posibilidad. De hecho, incluso si Jean creía que era imposible, ¿cómo podría renunciar a ello? ¿Acaso no fue Petite Perle la persona que descubrió el brillo y potencial de Jean aun cuando él era un catamita? ¿Acaso no fue Petite Perle quien liberó a Jean de los Erhardt y lo envió al extranjero para realizar sus estudios?
‘Aquel que me otorgó la vida.’
Así era como Jean se refería a su «Petite Perle». Se podría decir que quizá era una forma demasiado extravagante de expresar su gratitud. Wickham le habló con dulzura y tranquilizó al hombre con delicadeza.
“Encontraremos a esa persona muy pronto. Os lo prometo, vuestra misiva llegará a vuestra Petite Perle antes de que el año termine.”
Jean soltó una leve sonrisa. La tensión en la habitación se disipó un poco. Wickham continuó con un tono alegre.
“Tan pronto como lo hallemos, le diremos a vuestra Petite Perle que los rumores que corren son una mera parte del gran esquema de las cosas. Yo me aseguraré de que La Perle sepa cuánto intentasteis traer el amanecer del nuevo mundo, tal como La Perle os lo había dicho.”
Jean se frotó el rostro. Sus orejas estaban enrojecidas.
“Es verdad… He actuado de forma petulante.”
Murmuró con cierta vergüenza, regañándose a sí mismo. Wickham se limitó a encogerse de hombros.
*
Sus pasos hacia el palacio eran ligeros como una pluma. Jean se sentía tranquilo al bajar del carruaje. El palacio del príncipe solo se divisaba tras atravesar por completo el jardín. La fuente seguía seca, sin una gota de agua; el edificio seguía envuelto en sombras, y el olor tóxico de la pintura aún picaba en la nariz al abrir la puerta de la sala. Era exactamente la misma hora que el día anterior.
“Ah, Erhardt.”
La única diferencia era que el príncipe heredero Maximillian no estaba dormido. Jean hizo una reverencia. A una señal del príncipe, la criada que le servía el té salió de la habitación. Al poco rato, la puerta se cerró con un golpe seco. Jean echó un vistazo al caballete. El soporte de madera seguía colocado justo junto a la ventana, por donde entraba a raudales la luz del sol.
“Usted es muy puntual, Lord Jean.”
Maximillian murmuró con voz vacilante. Colocó un lienzo en el caballete. Junto a él había pinceles, paletas y frascos llenos de pintura pigmentada. A simple vista, parecía de verdad un pintor de la corte. Jean se quitó el sombrero y Maximillian entreabrió los labios para hablar.
“Y…”
El Príncipe Heredero vestía el mismo atuendo que ayer. Sus ropas estaban desabrochadas, y su bata apenas colgaba de su cuerpo. Se hallaba bastante lejos de estar bien vestido.” Jean caminó lentamente hacia él, observándolo. Maximillian estaba a punto de continuar cuando se detuvo. Alzó ligeramente las cejas. Sus delgados labios parecían curvarse hacia arriba. Al final, el príncipe separó sus labios otra vez.
“¿Qué decís vos?”
Jean estaba de pie junto a la cama del príncipe.
La cama era alta, digna de un miembro de la realeza. Una tela ligera como una pluma caía sobre ella, ocultando levemente el mobiliario, sobre el cual se disponía un suave edredón. Jean levantó la tela colgante con su dedo. Maximillian lo observaba, sentado sobre la mesa. Jean se desabrochó los puños en silencio, devolviendo la mirada a Maximillian.
Sabía perfectamente cómo se vería ante esos ojos cenicientos. ¿Cómo no iba a saberlo, después de haber vivido tanto tiempo como un adorno? Jean era más alto que Maximillian. Tenía los hombros más anchos y una musculatura y una carne que el príncipe no poseía. Jean era ahora demasiado viejo y robusto para ser un catamita. Se llevó la mano a la corbata. Enganchó un dedo en el nudo y bajó la tira de tela. Sintió el aire frío en el cuello.
Luego se quitó la camisa. El botón superior le apretaba demasiado, presionándole la nuez. Lo desabrochó lentamente. Jean era consciente de que Maximillian observaba la punta de sus dedos con la mirada de un halcón que persigue a su presa. Jean sostuvo su mirada y desabrochó el resto de los botones. El físico que había cultivado durante años se revelaba ahora. Jean se quitó la camisa y la colgó en la pequeña silla que tenía al lado. Se quitó los zapatos y los colocó debajo de la misma silla. También se quitó los calcetines y los guantes. Sus prendas fueron dejadas en el mueble.
“Su Gracia, deseo haceros una petición insignificante.”
Jean miró a Maximillian mientras colocaba su mano sobre la hebilla de su cinturón. El príncipe silbó. Jean no lograba distinguir si aquello era una señal de afirmación o de burla. Él procedió a desabrochar su cinturón. Los pantalones cayeron con facilidad.
“Jamás he complacido a hombres en el lecho, Su Gracia.”
Solo le quedaba una prenda de ropa. Ya no había nada que lo detuviera. Jean se enganchó el pulgar en la ropa interior y tiró hacia abajo del lado derecho. El miembro que había dentro quedó parcialmente al descubierto. No estaba en absoluto excitado. Sin embargo, su aspecto resultaba imponente. El lado derecho de la ropa interior se deslizó por encima del hueso oblicuo de la cadera. Jean posó la mano en el otro lado. Maximillian se había llevado una pipa a los labios. Su mirada era ligeramente fría.
“Y desconozco los modos.”
La tela cayó al suelo. Jean estaba enteramente desnudo.
Él se dio la vuelta para mirar de frente a Maximillian. Podía sentir su cuerpo cubierto bajo la penumbra de las cortinas que velaban el lecho. Jean vio el humo deslizarse fuera de los labios del príncipe. Hmm—tarareó el hombre. Sus ojos se entrecerraron hasta quedar como delgadas rendijas.
“No conocéis los modos…..”
Maximillian murmuró. Sus ojos seguían fijos en el cuerpo desnudo de Jean. El humo del tabaco se arrastró lentamente en dirección a Jean.
“Me causáis gracia.”
El príncipe dejó su pipa. Bajó lentamente de la mesa. Sus movimientos eran fluidos, como los de un gato. Jean no evitó su mirada, sino que observó al hombre que se acercaba. El sol iluminaba el rostro del príncipe, que parecía el retrato de una bella dama. Aquello le revolvió el estómago a Jean. No sabía la causa de su malestar. ¿Sería un síntoma latente de su disgusto por sí mismo? Podría ser su repugnancia hacia la nobleza. Después de todo, era lo que lo impulsaba a despojarse de sus ropas una y otra vez. O tal vez era simplemente una muestra de admiración ante la belleza del príncipe.
“Erhardt.”
Maximillian se encontraba ahora muy cerca. Él también estaba a la sombra de las cortinas. No impecablemente vestido, pero aún así, completamente vestido. Maximilian alzó la mano. Incluso sin zapatos, Jean seguía siendo un poco más alto que el príncipe heredero. Sin embargo, por extraño que parezca, no tenía la sensación de estar mirándolo desde arriba.
El pulgar de Maximillian presionó el labio inferior de Jean. La carne se estiró hacia abajo y sus labios se entreabrieron. La uña del príncipe rozó la encía, en el interior de la suave carne de la boca, sin causar dolor. Se deslizó hacia arriba, tocando los dientes, y luego desapareció en la cavidad con una delicadeza casi mágica. Pronto, el dedo presionó la lengua.
“¿Qué es aquello que os inquieta?”
Jean no pudo responder a la pregunta. Maximillian ejerció fuerza con su pulgar. La boca se abrió de par en par —una acción refleja— y la saliva se acumuló en ella de manera similar.
“Hmm?”
—Insistió el príncipe, moviendo el dedo dentro de la cavidad. El pulgar se había adentrado profundamente, amenazando con presionar la base de la lengua. A continuación, rozó el paladar, recorriendo la piel húmeda de atrás hacia delante, lenta y decididamente. La sensación de cosquilleo hizo que a Jean se le erizara el vello. Maximillian susurró.
“¿Acaso teméis ser incapaz de acunar mi miembro con esta boca vuestra, Lord Jean?”
Su pulgar rozó los dientes superiores antes de salir de ese espacio. Por fin, Jean pudo tragar saliva. Curiosamente, sentía los labios más secos que un momento antes. El pulgar de Maximillian le rozó la mejilla. Se deslizó por el cuello, pasó sin esfuerzo al hombro, luego al pecho, rozando el pezón, y bajó hasta llegar al miembro. Su mano le hizo cosquillas justo encima del vello púbico.
“O quizá….”
Jean oyó la voz grave. Se quedó paralizado. Maximillian apretó su cuerpo contra el de Jean y le preguntó en un susurro.
“¿Acaso teméis fracasar en concederme aquello que yo habría de desear?”
Con esas palabras, Jean sintió el calor del príncipe sobre su miembro. Jean parpadeó. Las palabras eran sutiles, pero estaban cargadas de matices. No se le olvidaban, sino que resonaban en sus oídos. La palabra «deseo» y el contacto que provocaba en su vello púbico tenían, sin duda, una esencia carnal. Sin embargo, esa esencia difería bastante de lo que Jean había imaginado. Miró a Maximillian. Los mismos ojos de antes parecían ahora tan lascivos.
“..¿Acaso deseáis que os lleve al lecho, Su Gracia?”
Jean sintió cómo la bilis le subía por la garganta. Sabía que no debía hacerlo, pero no pudo evitar fruncir el ceño por un instante. Maximillian arqueó las cejas.
“¿Mi lecho?”
La punta de su dedo índice tocó a Jean justo en el centro del pecho. El príncipe ladeó la cabeza.
“¿Acaso alguien ha suplicado?”
Su tono era gélido. Jean cerró la boca. Giró el rostro, intentando ocultar su disgusto. Una mano detuvo su mentón. Su rostro fue forzado a regresar a su posición. Ante él, un par de ojos de color gris ceniza centelleaban.
“Miradme, Jean.”
Sus miradas se cruzaron. Jean podía verse a sí mismo en los ojos de Maximillian. Maximillian preguntó de nuevo.
“¿Acaso os supliqué que os acostéis conmigo?”
“.…Perdonadme, Su Gracia,” dijo Jean.
Su voz era baja, un murmullo. Maximillian exhaló un gemido, hmm. Jean levantó la mano y se aferró a la manga del príncipe.
“Pero Su Gracia,” Jean continuó tirando de la manga hacia abajo con sumo cuidado y habló, “yo no albergo un deseo carnal por vos, mi Señor Príncipe.”
Para sorpresa de Jean, Maximillian dejó que le llevaran la mano hacia abajo sin oponer resistencia. Los ojos del príncipe brillaban, pero Jean no les prestó atención. Se limitó a mirarlo fijamente a los ojos. Luego, siguió hablando, sin mostrar ninguna emoción.
“Si fuera del agrado de Su Gracia, traeré un élixir d’amour en mi próxima visita.”
En ese momento era imposible. Ese era el mensaje de Jean. Jean se dijo a sí mismo que no tenía por qué mostrar todo su resentimiento. Sin embargo, no pudo evitar soltar esas palabras entre dientes.
“Élixir d’amour…” Maximillian murmuró y preguntó, “¿Acaso lo habéis buscado con frecuencia? Ese lúgubre brebaje.”
“Un catamita necesita de mucho para cumplir con su labor, Su Gracia. Aquellos que disfrutan espectar un cuerpo retorciéndose de placer ocasionalmente buscan su efecto.”
“Retorciéndose de placer…”
Maximillian miraba a Jean con ojos vivos y expresivos. Al poco rato, bajó la mirada. A Jean no le costó nada adivinar hacia dónde miraba el príncipe.
“Qué curioso.”
Tras una breve respuesta, el príncipe dio un paso atrás. Su mirada seguía fija en Jean. Caminó hacia atrás, tal y como había hecho en el castillo del gran duque. Llevaba las manos cruzadas a la espalda, como si estuviera ocultando algo.
“Reposad en el lecho.”
El príncipe dio una orden al llegar al caballete.
“He de pintar primero.”
*
Aquel día, Maximillian no tocó a Jean. Tampoco le pidió que se tocara ni que se diera placer a sí mismo. Duró poco más de dos horas. Y durante todo ese tiempo, el susurro áspero de un lápiz llenó la camara del príncipe heredero. Lo único que Jean podía ver eran los ojos cenicientos detrás del caballete. Jean fue tratado con gran cortesía. No se lo esperaba.
“Vestíos. El miércoles. Os esperaré a la misma hora.”
Maximillian se lo dijo a Jean en cuanto terminó de pintar. Jean se vestía mientras lanzaba una mirada de reojo al príncipe. El príncipe estaba abriendo las ventanas. Sus manos eran torpes, aún no estaban del todo acostumbradas a esa tarea. Podría haber llamado a un sirviente para que lo hiciera por él. Sin embargo, no se percibía la presencia de nadie ni dentro ni fuera de la camara.
“Debéis de haber despedido a todos, Su Gracia.”
Jean habló con cuidado mientras se calzaba los zapatos. Maximillian se giró para mirarlo.
“….No hay ni un solo sirviente cerca, y simplemente me lo preguntaba, mi Señor Príncipe.”
Jean se explicó. El sol se había movido. La luz ya no brillaba a través de los cristales de la ventana. Maximillian permanecía de pie ante ellos, con sus mechones de cabello agitados suavemente por la brisa.
“No disfruto de la presencia de nadie a mi alrededor.”
El príncipe respondió. Eso fue todo. Jean se despidió del miembro de la realeza y salió de la sala. El pasillo del palacio estaba inquietantemente silencioso, lo que hacía que sus pasos resonaran con fuerza en aquel ambiente sepulcral. Hasta que salió del jardín, Jean no vio a nadie.
“Debe de ser por falta de fondos.”
Cornell explicó. Se encontraban en un callejón detrás del Palacio Real. Cornell era un informante capaz. Él era el más rápido en enterarse de las noticias entre la hermandad de Jean y Nathan Wickham.
“¿Falta de fondos?”
—preguntó Wickham, de pie junto a ellos. Cornell dejó el vaso que estaba limpiando. Él también era el dueño de este pequeño bar.
“La Casa del Gran Duque saquea el dinero de los impuestos tan pronto como es recaudado, y los aristócratas ricos no pagan tributos. El costo para mantener la dignidad de la realeza no puede reducirse, y el emperador se halla en su lecho de enfermo. Los rumores ocasionales han estado rondando desde hace unos años ya, de que hay menos sirvientes trabajando en el Palacio Real.
“Pero yo he visto a aquellos que le traían el té al príncipe y le «batían sus pinturas» 15.”
“No me refiero a que todos hayan sido desterrados. Y vuestra llegada lo habría impulsado a despedir aún más a los sirvientes. Pero es verdad que la tesorería real no marcha bien estos días. Bueno, todo el reino carece de fondos.”
“Y aun así él se deleita con todas esas pinturas extravagantes, ropas tachonadas de diamantes, banquetes y bailes… El Príncipe Heredero es todo un caso, ¿no os parece?
Wickham silbó en voz baja, pero parecía descontento. Como líder de aquella reunión, detestaba a los nobles extravagantes más que nadie. Jean esbozó una sonrisa burlona.
“Efectivamente, él no parecía estar en su sano juicio.”
Delante de Jean había un vasito. Contenía licor, un vaso de ron diluido en agua. Lo cogió y contempló la superficie tranquila del líquido. Se le pasó por la mente la imagen del rostro de Maximillian.
‘¿Acaso alguien ha suplicado?’
Jean recordó al hombre que le sujetaba la mandíbula y le preguntó. Jean se humedeció los labios.
“El varón que es del más noble nacimiento y crianza desea abrir sus piernas y ser engendrado como una yegua en celo… Un asunto de lo más divertido, ciertamente.”
Wickham y Cornell se giraron para mirar a Jean ante su murmullo. Como de costumbre, comenzaron a beber después de que Cornell cerrara la tienda. Solo estaban ellos tres en la taberna.
“¿Una yegua en celo?”
Wickham repitió la frase y se echó a reír. Jean dejó el vaso sobre la mesa. El dulzor característico del ron le inundaba la boca. A ese sabor empalagoso le siguió la voz de Maximillian en su cabeza. «¿Acaso os supliqué que os acostarais conmigo?», había dicho el príncipe. Jean se burló.
… continuará.
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