Guo Zhaoji siempre había estado bastante satisfecho con su aspecto. Su madre, antigua participante en un concurso de belleza en Hong Kong —aunque no llegó a la final—, le había legado unos ojos y cejas bien formados. Es cierto que su nariz era algo grande y que a veces le brotaban granos en la cara, pero aun así se consideraba más apuesto que la mayoría de sus compañeros.
Sin embargo, frente a Cheng Shiying… ¡nada que hacer!
Al mirarlo, sintió como si un príncipe del Mediterráneo hubiese salido directamente de una portada de revista.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Cheng Shiying con una amabilidad natural—. No recuerdo haberte visto antes.
Desde el peinado hasta el tono de voz, todo en él desprendía el inconfundible aroma del dinero. El brillo de sus ojos, su porte, incluso la manera de hablar… Guo Zhaoji lo comprendió al instante: ¡aquí tenía una oportunidad de oro! En vez de perder el tiempo adulando a los hijos de comerciantes de fideos instantáneos, ¿por qué no acercarse directamente al heredero de los Cheng?
Con una sonrisa tan amplia como calculada, extendió la mano:
—Sí, Cheng shaoye (*), es la primera vez que nos vemos. Me llamo Guo Zhaoji.
(*) NT.:“Shaoye” (少爷, shàoye) es un término chino que significa literalmente “joven amo” o “joven señor”. Tradicionalmente se usaba para que los sirvientes se dirigieran al hijo (generalmente joven) del amo de una casa acomodada o poderosa. Por extensión, hoy en día se usa de forma respetuosa —a veces con un toque irónico o adulador, según el contexto— para dirigirse a un hombre joven que proviene de una familia rica, influyente o de alto estatus.
Desde entonces, ocuparon el asiento junto a la ventana en cada clase.
Como la asignatura se impartía a última hora, había pocos alumnos y, por suerte para él, ninguno de los amigos de Cheng Shiying estaba inscrito. Guo Zhaoji se felicitaba por su acierto; aquella clase le daba una hora semanal para «cultivar la amistad».
El curso era eminentemente práctico. El profesor explicaba veinte minutos de teoría y el resto del tiempo lo dedicaban a trabajos en grupo.
Un día, mientras intentaban armar un pequeño mecanismo, el tornillo que Cheng Shiying sostenía cayó sobre la mesa con un leve clac.
—Déjame, yo lo hago —dijo Guo Zhaoji enseguida, deseoso de mostrarse útil.
Siguió las instrucciones y ensambló las piezas con rapidez. Cheng Shiying, relajado, se recostó en la silla con los brazos cruzados, observándolo con una sonrisa.
—Zhaoji, eres muy hábil para esto.
Guo Zhaoji rio entre dientes mientras apretaba los tornillos.
—Mi abuelo trabajaba en un astillero reparando barcos, y mi padre estudió ingeniería. Supongo que lo llevo en la sangre.
Luego, con tono de broma, añadió:
—Cheng shaoye no parece muy ducho en este tipo de cosas.
Apenas dijo eso, se dio cuenta del error. Esos jóvenes ricos podían no saber ni cambiar una bombilla, pero detestaban que alguien lo señalara. Miró a Cheng Shiying, tenso, temiendo haber echado a perder todos sus esfuerzos de los últimos días. Pero el joven solo sonrió con serenidad y levantó una mano.
—Sé tocar el piano —respondió.
Guo Zhaoji se quedó inmóvil un par de segundos, luego soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Su mirada se posó en los dedos largos y elegantes del otro. Sí, eran manos de pianista.
A punto estuvo de soltar una frase aduladora:
—Cheng shaoye…
Pero el aludido lo interrumpió con una sonrisa.
—Llámame Shiying.
Guo Zhaoji se quedó helado.
El joven había alzado ligeramente el mentón y su sonrisa era cálida y cercana.
—Eso de «shaoye» suena demasiado distante —añadió.
Tal vez pasó un segundo, o dos. De pronto, el rostro de Guo Zhaoji se tiñó de rojo. El calor le subió por el cuello hasta las orejas. Trató de disimular la euforia que lo embargaba; era una sensación parecida a cuando un niño recibe la felicitación de su maestro, o cuando un chico escucha a la persona que le gusta aceptar su confesión.
—Entonces… Sh–Shiying —balbuceó, mordiéndose la lengua.
Le sudaban las palmas, temía parecer torpe, pero Cheng Shiying simplemente asintió con una leve sonrisa.
Desde aquel día, Guo Zhaoji creyó firmemente que eran amigos.
Claro que, pese a su amabilidad, Cheng Shiying siempre conservaba cierta distancia, una elegancia que parecía envolverlo en una capa invisible. A veces su sonrisa no llegaba a los ojos, pero Guo Zhaoji interpretaba aquello como propio de los jóvenes de buena cuna. De hecho, el heredero incluso le había contado que su familia tenía una casa de veraneo en España, e incluso lo había invitado a visitarla algún día.
Durante un tiempo, Guo Zhaoji pensó que ya tenía un pie dentro de la alta sociedad. Hasta que terminó el tercer semestre. Durante todas las vacaciones, no recibió ni una llamada, ni un mensaje. Al comenzar el cuarto semestre, ya no compartían ninguna asignatura.
Cheng Shiying desapareció de su vida.
Intentó comunicarse con él; el teléfono siempre estaba ocupado, le decían que estaba en el extranjero o simplemente «no tenía tiempo».
Pasaron semanas antes de que, por fin, lo viera de nuevo a la salida de clase. Cheng Shiying caminaba entre un grupo de jóvenes. Guo Zhaoji reconoció al instante al que le tenía un brazo sobre los hombros: Zheng Jiaming, el tercer hijo de la familia Zheng.
Guo Zhaoji quiso acercarse. Sentía que Shiying le debía una explicación, pero sus pies parecieron anclados al suelo. El joven Cheng lo vio, le dedicó una sonrisa cortés y siguió andando. Tan natural, tan despreocupado, que todas las palabras que Guo Zhaoji había preparado se le quedaron atascadas en la garganta.
—¿Quién es ese? ¿Por qué te mira así? —preguntó uno de los muchachos.
—Es Zhaoji —respondió Cheng Shiying con calma—. Coincidimos el semestre pasado en clase de manualidades.
Zheng Jiaming soltó una risa cargada de burla.
—¿Y qué demonios hacías tú en una clase como esa?
La voz de Cheng Shiying seguía siendo tranquila, casi lejana.
—Me parecía interesante… y así esperaba a Chu He cuando salía de su clase.
Guo Zhaoji se estremeció al oír ese nombre. Recordaba vagamente a Chu He: un estudiante becado a quien había visto un par de veces junto a Shiying. Había pensado que se trataba de algún tipo de tutoría escolar. Su reflexión se vio interrumpida por una carcajada general. Entre las risas, alcanzó a oír la voz de Zheng Jiaming, clara y punzante:
—Mi buen shaoye, ¿no podrías dejar de entretenerte con gente que no importa?
Guo Zhaoji sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Era como si lo hubieran arrojado a un pozo helado. La humillación le ardió bajo la piel, seguida de una oleada de rabia. Su rostro se encendió y el pecho se le agitó violentamente. Era peor que cualquier desprecio que hubiera sufrido antes, más cruel que las burlas veladas del primer año de colegio. Quiso correr hacia ellos, destrozar esa sonrisa de Zheng Jiaming, zarandear a Cheng Shiying y gritarle que lo mirara. Pero en su mente aparecieron las imágenes de su casa: su madre, su abuela, los tres compartiendo un pequeño apartamento de un solo dormitorio; ellas dormían en la cama, él en el sofá, junto al fregadero.
Así que se tragó el orgullo.
«Han Xin soportó la humillación del paso bajo las piernas —se dijo—. Yo también puedo hacerlo. Treinta años río arriba, treinta río abajo; ya veremos cuánto les dura la buena fortuna».
Y, sorprendentemente, el día de la revancha llegó.
Guo Zhaoji contemplaba ahora, bajo la lluvia, al antaño resplandeciente heredero. Cheng Shiying sostenía un paraguas, el rostro medio cubierto por la sombra. La elegancia seguía allí, pero envuelta en un aire de decadencia. Guo Zhaoji saboreó la escena con una lentitud deliciosa.
No fue hasta que se acercó más cuando notó la presencia de la joven a su lado. Cheng Ziyu llevaba el cabello teñido de castaño oscuro y las puntas ligeramente rizadas, cayendo sobre los hombros. Sostenía un fino pañuelo de seda con el que se secaba los ojos. Detrás de ella, una niñera de complexión redonda, vestida de negro, le sujetaba el paraguas para que ni una gota arruinara su carísimo vestido de luto. La visión le despertó un pensamiento fugaz: «El sueño del pabellón rojo», recordó. Cuando Jia Baoyu tomó los hábitos y el jardín Daguanyuan se dispersó… ¿sería así también el destino de los Cheng? Miró a la muchacha de ojos enrojecidos y pensó con ironía: «ahora que la familia ha caído, ¿quién querrá encargarse de esta señorita? Sin fortuna ni apellido poderoso, ningún joven de buena familia querrá soportar los caprichos de una princesa venida a menos».
Además, la mirada de Guo Zhaoji recorrió el rostro de Cheng Ziyu; la hermana menor no era tan hermosa como su hermano.
Al comparar a los dos hermanos, era evidente que la belleza estaba del lado del varón: Shiying heredó los rasgos de su madre, mientras Ziyu había salido más al padre.
Guo Zhaoji terminó su evaluación mental, suavizó el gesto y avanzó con una sonrisa compuesta.
—Shiying, ¿cómo has estado últimamente? —saludó, fingiendo cordialidad.
Fue entonces cuando Cheng Shiying reparó en él. Giró la cabeza y le tendió la mano.
—Zhaoji, gracias por venir.
Guo Zhaoji, con una sonrisa algo nerviosa, le estrechó la mano con entusiasmo.
—No hay de qué, yo tenía que venir… Si hay algo en lo que pueda ayudar, no dudes en decírmelo.
Cheng Shiying le devolvió una sonrisa cortés.
—Claro que sí.
Sin embargo, su atención no estaba del todo en Guo Zhaoji; por encima de su hombro, buscaba entre los asistentes una figura concreta. Recorrió con la mirada a los presentes, uno por uno. No vio a Chu He.
Después de aquella llamada, había pedido a su asistente Wang que enviara los detalles del funeral: la hora, el lugar, todo. «Tal vez simplemente no había llegado aún», pensó Cheng Shiying.
En ese momento, la voz de Guo Zhaoji volvió a interrumpirle:
—He oído que estás negociando un acuerdo con la familia Zheng.
El pensamiento se le detuvo a medias. Volvió los ojos hacia Guo Zhaoji, que lo miraba con el brillo ansioso de quien tantea terreno, las cejas gruesas alzadas y una sonrisa que dejaba ver demasiado entusiasmo.
—Estos años he hecho algunos negocios y he logrado reunir cierto capital —prosiguió Guo Zhaoji, encorvándose levemente hacia él—. Si surge alguna oportunidad de colaboración, no te olvides de tu viejo compañero de clase.
Cheng Shiying captó de inmediato el trasfondo de sus palabras. Que Guo Zhaoji supiera del proceso de adquisición no le sorprendía. Aunque la operación se mantenía en estricto secreto de cara al público, dentro del círculo empresarial ya corrían rumores.
Recordó que Guo Zhaoji se dedicaba al transporte marítimo, un sector que poco o nada tenía que ver con los intereses de la corporación Cheng. Tal vez el hombre solo buscaba una forma de colarse en el banquete antes de que el barco se hundiera… o quizá simplemente quería presumir. Sea como fuere, a Cheng Shiying le daba igual. En todos estos años había visto demasiadas sonrisas hipócritas, demasiadas intenciones disfrazadas de cortesía. Aquella leve provocación no era más que una gota en el mar. Por eso, solo le devolvió otra sonrisa.
—También he oído muchas cosas sobre ti últimamente —dijo, mirándolo de frente, con los ojos suavemente entornados—. Recuerdo que en la escuela siempre decías que ibas a reconstruir el negocio familiar. Lo has conseguido. Enhorabuena.
Guo Zhaoji se quedó pasmado. No esperaba aquella respuesta. De pronto, una oleada de vergüenza lo invadió. Había tomado en serio su amistad de juventud con Cheng Shiying, le había confiado sus sueños sin reservas… y ahora, que el otro se los devolvía con una sonrisa tan distante, lo sintió como una bofetada elegante.
«¿Ha oído muchas cosas sobre mí? ¿Todavía recuerda que quería levantar la empresa familiar?». Por un instante, el corazón de Guo Zhaoji se agitó. ¿Podía ser que Cheng Shiying aún se interesara por él? ¿Que realmente se hubiera fijado en su progreso?
—Ah… sí… —balbuceó, buscando palabras.
Pero Cheng Shiying ya había vuelto a sonreír, soltó su mano y se alejó con calma para saludar a otros invitados.
Guo Zhaoji se quedó inmóvil, con el aire estancado en los pulmones. Pasaron unos segundos antes de que lograra reaccionar. Se dio la vuelta, apretó los puños y caminó un par de pasos sin rumbo. Llevó la mano al cabello, queriendo acomodarlo, pero solo tocó la capa rígida de fijador que lo mantenía en su sitio. Maldita sea. Contuvo una maldición entre dientes y respiró hondo. Su mirada volvió a buscar la figura de Cheng Shiying entre la gente. ¿Por qué, cada vez que lo tenía delante, volvía a sentirse como aquel muchacho torpe del instituto, incapaz de sostenerse a la altura del impecable heredero?
Cheng Shiying seguía allí, sereno, saludando con una sonrisa leve. Guo Zhaoji apretó la mandíbula. En lo más oscuro de su mente, una idea brotó como un veneno dulce: «ojalá caigas. Ojalá pierdas ese aire intocable y te vea, al fin, hundido y sin salida».
Sus pensamientos se interrumpieron de golpe. Una agitación repentina recorrió el cementerio: un tumulto de voces y destellos de flashes. Guo Zhaoji alzó la vista. En la entrada, los fotógrafos se amontonaban, los flashes se sucedían sin pausa. Entre aquella lluvia de luz descendía de un coche un hombre alto, de al menos metro ochenta y cinco, que sobresalía sobre la multitud de reporteros. Su cabello castaño, peinado hacia atrás, dejaba al descubierto unas facciones severas: cejas marcadas, ojos profundos, una nariz altiva.
«¿Un extranjero?», pensó Guo Zhaoji, desconcertado.
Los periodistas se arremolinaron en torno a él, lanzándole preguntas en inglés. El hombre apenas inclinó la cabeza con seriedad, sin responder, y cruzó la verja del cementerio. Los reporteros, aunque no pudieron seguirlo, no parecían decepcionados; más bien al contrario, murmuraban excitados:
—¿Era Rulpes? ¡Parece que la familia Rulpes sí envió a alguien!
—¿El viejo André o el joven André?
—Tonto, el viejo tiene noventa años. Obvio que es el joven.
Entre el murmullo, Cheng Shiying también alzó la vista y, al reconocer al recién llegado, por fin soltó un suspiro de alivio. Se disculpó brevemente con el grupo que lo rodeaba y avanzó hacia la entrada, saludando en portugués:
—Tío.
El hombre se detuvo frente a él. Sus ojos verdes, intensos y fríos, se posaron sobre el rostro del joven. Las sienes, plateadas, acentuaban la autoridad que emanaba de su porte. Al ver a su sobrino, su expresión apenas se suavizó. Le dio una palmada en el hombro.
—¿Cómo estás, Alexandre?
—Bien, tío. —Cheng Shiying sonrió—. Hacía mucho que nadie me llamaba así.
Alexandre. Así lo había nombrado su madre al nacer, un nombre portugués que, en realidad, usaban muchos países. En Hong Kong, sin embargo, la gente lo conocía por su nombre chino.
El hombre frente a él era André Rulpes, juez del Tribunal Supremo de Portugal y heredero del linaje Rulpes, el hermano mayor —por parte de padre— de su difunta madre. A diferencia de ella, que tenía la mitad de sangre china, André era completamente europeo. La última vez que se habían visto había sido en el funeral de su madre.
El viejo André, su abuelo, había tenido dos matrimonios. El actual juez era hijo del primero; la madre de Cheng Shiying, de la segunda. Aun así, los dos medio hermanos habían mantenido una relación cercana.
Tras la muerte de su madre, André se encargó personalmente del traslado del cuerpo a Portugal para el entierro, y, desde entonces, había mantenido contacto con los sobrinos, enviando cartas y regalos en fechas señaladas. Pero él mismo jamás había vuelto a pisar Hong Kong.
El motivo era claro: toda la familia Rulpes se había opuesto rotundamente al matrimonio entre su hermana y Cheng Hongyu. Cuando ella murió tras el escándalo del adulterio, la casa Rulpes rompió lazos por completo, declarando públicamente que nunca ofrecerían apoyo alguno a los Cheng ni volverían a poner un pie en su territorio. Por eso, que André estuviera allí, en persona, significaba mucho para Cheng Shiying.
—Gracias por venir, tío —dijo con sinceridad—. ¿El viaje fue tranquilo?
—Sin contratiempos —respondió André, mirando hacia la tumba—. ¿Todo está dispuesto ya?
—Sí. El ataúd acaba de ser bajado.
André asintió sin más. No parecía tener ningún interés en los ritos funerarios del hombre que tanto había despreciado. Cheng Shiying lo entendía, así que no insistió. En su lugar, llamó a su hermana:
—Ziyu, ven. Este es el tío André.
La muchacha, que nunca había conocido a los parientes maternos, se acercó con cierta timidez.
—Tío —dijo en un portugués titubeante—, puede llamarme Emma.
André le sonrió con benevolencia y le acarició suavemente la cabeza.
Mientras tanto, los fotógrafos, apostados fuera, captaron aquella escena con sus teleobjetivos: el apretón de manos, la sonrisa familiar, la estampa perfecta de una familia noble. El mensaje era claro: el barón André Rulpes había venido a respaldar públicamente a los hermanos Cheng.
Tras el funeral anterior, la madre e hijo ilegítimos —Su Xiuxia y Cheng Zeyuan— habían acaparado la atención mediática, pero lo que habían obtenido no fueron más que críticas. Ahora, con la aparición de André, todos los focos volvían a iluminar a los verdaderos herederos del linaje.
Algunos medios, más agudos, giraron sus cámaras hacia la otra pareja: la madre y el hijo ilegítimos, de pie a un lado, borrados del centro de la escena.
El extranjero ni siquiera los miró, y ellos, conscientes de su posición, tampoco se atrevieron a acercarse.
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