Cheng Shiying se quedó completamente atónito; tardó un buen rato en reaccionar antes de preguntar:
—¿Quién?
Su primera impresión fue que alguien estaba intentando gastarles una mala broma. Al fin y al cabo, aunque en las series de televisión los personajes solían presumir de «comprar tal o cual compañía», la realidad era mucho más compleja que la ficción. Un grupo empresarial del tamaño de Cheng Corporation no podía venderse entero de una sola pieza: había que dividirlo, y pocas empresas tenían el apetito —ni los recursos— para tragarse semejante gigante. Por eso, cuando el asistente Wang le comentó que alguien quería «comprar Cheng Corporation», Cheng Shiying supuso, de inmediato, que se trataba de una farsa.
Pero al otro lado del teléfono, el asistente respondió con sequedad:
—Es gente del banco… —y acto seguido pronunció un nombre.
Se trataba de un banco de inversión de gran renombre. Cheng Shiying volvió a quedarse en silencio. Durante las primeras fases de una adquisición, el contacto entre la entidad financiera y la dirección de la empresa objetivo era un paso formal y reglamentario. Y dado lo elevadas que eran las comisiones de esos bancos, nadie pagaría semejante suma solo para aparentar.
—¿Mencionaron quién es el cliente? —preguntó.
—No —respondió el asistente—. Dijeron que el comprador desea permanecer en el anonimato.
Cheng Shiying frunció el ceño; todo aquello le olía raro. ¿De dónde había salido, de pronto, ese comprador misterioso?
—El banco insiste en reunirse con usted —añadió Wang—. Busqué en su agenda, pero no encontré ningún hueco…
—No hace falta —replicó Shiying.
Las tres operaciones de compra que estaban a punto de cerrarse eran fruto de un año entero de gestiones suyas y de su padre, y ya casi estaban aseguradas. Que apareciera, a esas alturas, un comprador desconocido era poco fiable, y él no tenía tiempo para distracciones.
—Entendido. Les enviaré una respuesta por correo —respondió el asistente con alivio. Él también intuía que había algo turbio en todo aquello.
Colgó la llamada justo cuando el coche se detenía frente a la puerta. Cheng Shiying se acomodó en el asiento y, apenas cerró los ojos, se quedó dormido. Por suerte, el chófer, un viejo empleado de confianza, no se dejó tentar por el anillo que había caído entre los asientos. Las joyas fueron devueltas intactas a su lugar.
Cuando despertó, Cheng Shiying ya había olvidado por completo el asunto del misterioso comprador.
Unos días después, los invitados de Shanghái regresaron a casa. Cheng Shiying los acompañó personalmente al aeropuerto. La señora Wang, que al principio había estado algo fría, ahora se mostraba mucho más amable y lo invitó a visitar Shanghái para agasajarlo con auténticos platos de Suzhou y hospedarlo en una villa rodeada de jardines.
Cheng Shiying declinó con cortesía: aún debía encargarse del entierro de su padre.
La fecha se había elegido siguiendo el calendario tradicional. Era un día propicio, aunque el cielo no acompañaba; lloviznaba sin cesar. No era fuerte, pero sí densa, y el aire, sofocante. El cielo gris y pesado parecía hundirse sobre la ladera.
El panteón familiar de los Cheng estaba al pie de una colina, rodeado de espesos bosques de un verde oscuro. Las montañas del sur eran abruptas y escarpadas, y por más que se nivelara el terreno, las tumbas siempre quedaban algo irregulares. Las creencias religiosas también se entremezclaban: al oeste se alzaba una cruz, al este una pequeña estupa budista.
Una gota de lluvia cayó desde una hoja y golpeó la sien de Cheng Shiying. Se la limpió con la mano y observó cómo los trabajadores bajaban el ataúd al sepulcro.
Era la tumba familiar de los Cheng. A un lado descansaban el abuelo y su esposa; detrás, los bisabuelos; y aún más allá, los ancestros que se remontaban al viejo funcionario comprador de la dinastía Qing. Un extenso cementerio, y sin embargo, solo la tumba de Cheng Hongyu se erguía aislada, con una lápida en la que figuraba únicamente su nombre.
Shiying fijó la vista en los caracteres grabados. Desde ese punto, sobre la lápida, podía divisar los edificios residenciales a lo lejos. Era una ciudad apretada, donde el terreno escaseaba y las personas se multiplicaban. Ni siquiera el dinero podía comprar silencio ni espacio.
Recordó el entierro de su madre. Entonces apenas había comenzado la primaria, y el secretario del abuelo lo había acompañado a cruzar el océano hasta un país extraño. El jardín del verano era hermoso: luz dorada, extensos prados, parras cubiertas de pequeñas flores blancas y el aire impregnado de aroma a fruta madura. Apretaba con fuerza la mano húmeda del secretario mientras sus parientes, a quienes no conocía, murmuraban en portugués. Solo su tío se le acercó para darle una palmada en el hombro. Aquel paisaje, tan bello, había mitigado de algún modo el miedo y la confusión del niño que era entonces; por eso, aquel recuerdo permanecía tan nítido.
Otra gota de lluvia cayó, esta vez sobre su ceja.
Shiying volvió en sí cuando alguien tiró suavemente de su manga.
—Hermano.
Giró la cabeza y vio a Cheng Ziyu a su lado, sosteniendo un paraguas negro.
—Tienes que abrirlo —dijo ella.
Él lo tomó, lo desplegó; el dosel rozó las hojas, haciendo que otra lluvia menuda les cayera encima.
—Te he llamado varias veces y ni caso —refunfuñó la muchacha—. Ya te mojaste la ropa.
Shiying bajó la vista, pasó la mano por las gotas de su chaqueta y sonrió.
—Estaba distraído.
Ziyu lo miró, preocupada.
—Últimamente te pasa mucho. ¿Estás muy cansado del trabajo? Tienes que cuidarte.
El corazón de Shiying se enterneció. Al fin y al cabo, eran hermanos de sangre; él solo tenía a su hermana, y ella solo a él. Sus ojos se suavizaron.
—Estoy bien —le dijo.
Ella no pareció convencida.
—Delega más. No tienes por qué hacerlo todo tú —insistió.
Shiying soltó una breve risa y le revolvió el cabello.
—No es tan fácil.
—No me trates como a una niña —replicó ella, frunciendo los labios.
En ese momento se oyó un golpe sordo. Ambos se volvieron y vieron el ataúd descender al fondo de la fosa.
La madera, rodeada por la tierra oscura, estaba cubierta de gotas que caían desde los árboles. El sonido de la lluvia sobre la tapa resonaba débil pero constante.
La escena tenía algo de melancólico, como el epílogo inevitable de la vida de Cheng Hongyu.
Ziyu observó el ataúd y murmuró:
—La lluvia cae encima… ¿no se mojará papá?
—No —respondió Shiying—, se selló a prueba de agua.
Ella asintió, guardó silencio un momento y añadió en voz baja:
—Puse una foto dentro. Si se moja, se va a estropear.
Shiying sabía a qué foto se refería.
La familia Cheng jamás había logrado tener una fotografía en la que todos aparecieran juntos. En las más antiguas faltaba Ziyu; en las más recientes, su madre.
Tras el accidente en que murió su madre, cuando Ziyu apenas había nacido, su padre se enfrascó en su relación con Su Xiuxia y rara vez regresaba a la casa familiar.
Años después, Shiying se marchó a la universidad, pasó cuatro años fuera y, al volver para asumir la empresa, su hermana insistió en que tomaran una foto de familia.
Recordaba bien aquel día: Ziyu había invitado al hermano fotógrafo de una amiga, preparó un escenario frente a la gran escalera de la mansión, y cuando él entró, lo llamó con entusiasmo:
—¡Hermano, ven, rápido!
Su padre, sentado en una silla al centro, se volvió y le sonrió con cierta cautela, casi buscando agradarle. Cheng Hongyu se veía encorvado, apagado, con las sienes encanecidas. Shiying apenas podía asociar esa imagen débil con el hombre altivo que recordaba mirando a su madre llorar con frialdad. Aun así, se acercó y dejó que Ziyu le prendiera una flor en el pecho.
El fotógrafo, tras el trípode, dio una instrucción:
—Joven Cheng, ¿puede poner la mano sobre el hombro del presidente? Así la foto quedará más armoniosa.
Desde atrás, Shiying vio cómo el cuerpo de su padre se tensaba. Dudó unos segundos y, finalmente, colocó la mano sobre aquel hombro tan frágil, que casi no llenaba el traje.
La foto se reveló al instante. Cheng Hongyu sonreía con verdadera alegría, las arrugas amontonadas en los ojos y en las mejillas.
Ziyu, al verla, se inclinó hacia su hermano y le susurró:
—Papá, en el fondo, siempre te ha querido más a ti.
¿Quererlo? Shiying solo sintió un frío en el pecho. Cuando la empresa prosperaba, su padre vivía feliz con su amante y la nueva familia; cuando todo se vino abajo, entonces sí se acordó de su hijo. ¿Eso era afecto?
Aun así, aquella fotografía, ampliada al máximo, terminó colgada en lo alto de la escalera.
Cuando Cheng Hongyu murió, Shiying estaba en Inglaterra cerrando una negociación. Recibió la llamada del hospital y tomó el primer vuelo de regreso. Para cuando llegó, su padre ya había exhalado el último aliento.
Su hermana le contó que antes de morir, su padre había estado repitiendo su nombre una y otra vez, pidiendo perdón: lo siento, A Ying; lo siento, esposa mía. Shiying guardó silencio. No sabía si las confesiones de un moribundo eran sinceras, y el rostro gris de su padre ya no podía darle respuesta.
Cuando se leyó el testamento, todo lo que quedaba —las acciones devaluadas de la empresa— pasaron a su nombre. No valían gran cosa, apenas lo suficiente para aligerarle el trabajo de liquidación. Más allá de eso, Cheng Hongyu no dejó nada.
Y Shiying tampoco quería ya pedirle nada. A fin de cuentas, el amor de su padre —ya fuese hacia su esposa o hacia sus hijos— siempre había sido algo que no sabía ofrecer.
Unos sollozos leves lo devolvieron al presente. Volvió el rostro: Ziyu tenía los ojos enrojecidos y se secaba las lágrimas con un pañuelo, intentando no hacer ruido, aunque de vez en cuando se le escapaba un gemido ahogado.
Quizá porque era su única hija, Cheng Hongyu siempre había sido más amable con ella, casi cariñoso. Ziyu, por su parte, nunca conoció el rostro hipócrita de su padre; para ella, él solo había sido un hombre desafortunado en los negocios. Shiying suspiró y le dio unas palmaditas en el hombro. Miró el ataúd, ahora cubierto de lluvia; la madera había pasado del castaño claro al oscuro.
En ese instante, una voz se alzó a sus espaldas:
—¿Y tú ni siquiera ayudas a sostener el féretro de tu propio padre?
Shiying reconoció de inmediato aquel tono venenoso sin necesidad de volverse.
El llanto de Ziyu se cortó en seco. Se giró, miró al recién llegado y replicó con furia:
—¿Y tú qué? ¿Acaso tienes derecho?
Era Cheng Zeyuan.
Vestía un traje negro y el cabello, pegado con gomina, acentuaba aún más la palidez redonda de su rostro.
El rostro de Cheng Zeyuan se ensombreció de inmediato al oír las palabras de Cheng Ziyu. Hasta el día de su muerte, Cheng Hongyu nunca había reconocido públicamente a Su Xiuxia y a su hijo como parte legítima de la familia. Los parientes de los Cheng, sabiendo que la compañía estaba ahora en manos de Cheng Shiying, se apresuraban a halagarlo, esperando arañar algún beneficio, y por eso mismo fingían no ver a aquella madre y su hijo. Así que ni en el funeral ni en el entierro de ese día, Cheng Zeyuan tenía derecho siquiera a portar luto.
Cheng Ziyu, sin miramientos, le había tocado la fibra más sensible, y él la fulminó con la mirada.
—¿Estoy hablando contigo, acaso? —escupió con rabia.
Al oírlo, Cheng Shiying giró la cabeza. Su mirada, fría y serena, se posó sobre el muchacho.
Esa simple atención bastó para que Cheng Zeyuan se encogiera.
Cheng Ziyu, sintiéndose respaldaba, se mostró aún más desafiante y le espetó con el ceño fruncido: «¡ Vete de aquí!».
Cheng Zeyuan se quedó rígido, sin saber cómo salir del paso. En ese momento, Su Xiuxia se apresuró a acercarse, lo tomó del brazo y lo arrastró a un lado. Madre e hijo se apartaron hasta un punto ni demasiado lejos ni demasiado cerca de la tumba. Ella lo reprendió en voz baja; él bajó la cabeza, resignado. Luego, la mujer se llevó un pañuelo a los ojos y comenzó a secarse las lágrimas. Vistos desde lejos, parecían la imagen misma de una viuda y su hijo indefenso, víctimas del desprecio ajeno.
Cheng Ziyu frunció el ceño con fastidio.
—Qué falsos… siempre igual, empezando ellos la pelea y acabando como si fueran los pobres ofendidos —bufó—. Y encima esa mujer se atreve a decirle a mi hermano que, por ser el mayor, debe ceder ante el «hermanito». ¡El colmo del descaro!
Cheng Shiying, viendo que el enojo le había subido hasta las mejillas, le dio unas palmaditas en la espalda.
—Ya, no te sulfures —le dijo con calma—. Dentro de poco dejarás de verlos.
Ella lo miró sorprendida.
—Yo puedo ignorarlos, pero ¿a ti no te molesta?
Él sonrió apenas.
—¿Molestarme? Después de hoy, ¿qué ocasión tendré de volver a verlos?
Cheng Ziyu pensó que tenía razón. Una vez enterrado su padre, no habría más lazos con esa pareja. Ni Su Xiuxia ni su hijo eran de los Cheng, y cada quien seguiría su camino. Sin embargo, el pensamiento de su próxima partida le ensombreció el ánimo. No sabía cuándo volvería a casa.
—Hermano… —murmuró, tirando suavemente de su manga—, ¿por qué el tío no ha llegado todavía?
Cheng Shiying alzó la vista hacia la entrada del cementerio, donde los flashes de las cámaras parpadeaban sin descanso, y luego miró su reloj.
—Debe de estar por llegar —dijo.
Mientras tanto, afuera del camposanto, los periodistas aguardaban con cámaras y micrófonos, listos para capturar cada rostro notable.
Una limusina Rolls-Royce ascendió lentamente por la colina y se detuvo ante la verja.
De ella descendió Guo Zhaoji, quien, alzando el mentón, se arregló la solapa del traje antes de avanzar con aire solemne bajo los destellos de los flashes. Los reporteros, sin reconocerlo, tomaron un par de fotografías por rutina antes de girar sus lentes hacia el siguiente invitado.
Guo Zhaoji, ajeno a la indiferencia de la prensa, cruzó la entrada con paso decidido. Desde lejos distinguió la figura alta y vestida de negro de Cheng Shiying.
Desde el funeral había estado investigando con ahínco sobre los Cheng, y los rumores eran claros: la familia planeaba vender parte de sus negocios al clan Zheng. Todo cobraba sentido. Con beneficios en juego, los dos herederos podían fingir una amistad fraternal ante el público, pero, una vez firmados los papeles, ¿qué impediría que los Zheng los traicionaran sin miramientos? Convencido de que todavía podía sacar partido, Guo Zhaoji había decidido presentarse sin demora.
Mientras se acercaba, observó con detenimiento al joven heredero: Shiying estaba más delgado, los rasgos tensos, la línea del mentón definida y los párpados bajos, dando a su rostro una sombra fría.
Aquel aspecto le trajo de golpe recuerdos del pasado: los días del colegio. A diferencia de la mayoría, que solo lo veía de lejos en los pasillos, él había compartido con Cheng Shiying un breve tramo de convivencia. Por un tiempo, incluso creyó que eran amigos.
Había ocurrido en el tercer semestre del colegio mixto de Honghua. Guo Zhaoji, tras dos semestres de esfuerzo, por fin había aprendido a moverse en aquel ambiente de jóvenes adinerados. Pasó del entusiasmo inicial a la frustración de ser marginado, después, a la obstinación por integrarse, hasta alcanzar una especie de equilibrio entre el desprecio y la conveniencia.
Ese semestre, escogió una asignatura de artesanías, más por comodidad que por vocación. La materia combinaba algo de física aplicada, pensada para quienes querían seguir ingeniería o mecánica.
Pero él solo buscaba una clase sin examen final. Su expediente no brillaba precisamente, y reducir el número de pruebas era una estrategia de supervivencia.
El primer día, las sillas eran libres. Eligió una junto a la ventana y se tumbó sobre el pupitre para dormir. El aire acondicionado del colegio, tan fresco y constante, era un lujo al que su pequeño apartamento familiar jamás podría aspirar.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que una voz lo despertó:
—¿Puedo sentarme aquí?
Somnoliento, respondió sin abrir los ojos:
—Sí, siéntate.
Escuchó el roce de una silla al moverse y luego… un leve aroma. Era un perfume tenue, mezclado con el olor del jabón y el sol: la ropa recién lavada por manos ajenas, secada al aire en una casa amplia, con una pizca de fragancia amaderada. Guo Zhaoji abrió los ojos de golpe, giró la cabeza… y se encontró con un rostro impecablemente hermoso.
Cheng Shiying estaba sentado a su lado.
Parecía recién vuelto de unas vacaciones en alguna isla tropical, la piel bronceada y el cabello oscuro despeinado con elegancia. Miraba el libro con serenidad, pestañas largas proyectando sombras en su rostro.
Guo Zhaoji retrocedió bruscamente, golpeando su espalda contra el alféizar.
—¡Ch–Cheng Shiying!
El aludido levantó la vista y sonrió con suavidad.
—¿Hola? —dijo.
Tenía las pestañas y las cejas oscuras, los ojos de rasgos mezclados —la profundidad occidental con la expresión oriental—, y al sonreír mostraba una hilera de dientes blancos y pequeños.
Su voz, su sonrisa, su presencia, todo en él irradiaba esa natural elegancia que no se podía fingir.
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