En medio de una oscuridad absoluta, Xie Ran sentía que la cabeza le dolía como si fuera la pulpa de un melón que se había reventado contra el suelo. Sin embargo, el dolor en el bajo vientre era aún más intenso que el de su cabeza; pensó para sus adentros que, después de todo, así era como se sentía la muerte.
Un zumbido incesante le aturdía los oídos; se oían jadeos pesados, gemidos y, lo más bizarro de todo, el sonido de gente jugando al mahjong. Xie Ran sintió una oleada de furia; estaba harto de todo. Ni siquiera a un muerto lo dejaban descansar en paz.
Sus párpados se sentían como si alguien se los estuviera abriendo a la fuerza, obligándolo a despertar, pero cuando lo hizo, quedó conmocionado por lo que vio.
La impresión no fue para menos: la oscuridad estrecha con olor a tierra que había imaginado jamás apareció; en su lugar, se encontraba en una habitación que conocía más que de sobra.
En el centro del dormitorio había una cama matrimonial: era el lecho nupcial de sus padres. Más tarde, cuando ellos se divorciaron, su madre se llevó a los niños y se mudó. Xie Ran tenía una hermana biológica llamada Xie Chan, su melliza, que nació apenas unos minutos antes que él.
Xie Chan compartía habitación con su madre, mientras que él con su hermano menor.
Su madre, parcial y tacaña cuando se trataba de su hermana, decía que las niñas al crecer tenían sus propios secretos y que ya no era apropiado que compartieran cama con un adulto. Por eso, se empeñó a toda costa en intercambiar las camitas individuales de los hermanos para mandarlos a dormir a esa cama matrimonial.
Xie Ran no estaba de acuerdo y le reclamó: «¿Acaso yo no tengo secretos?». Como respuesta, fue reprimido por la violencia de su madre, quien le soltó: “Tú no tienes ni un puto secreto, ¡muévete y cámbiale la cama a tu hermana!”.
Pero lo cierto es que sí tenía un secreto.
El día que su madre descubrió aquel secreto, se arrepintió profundamente de lo que había hecho y lloró a gritos en medio de la calle.
Aquella mujer, que solía quejarse de dolores de cabeza y fiebre para poner a trabajar a sus hijos, se movió con una agilidad asombrosa ese día; armada con un hacha, destrozó la cama mientras lanzaba insultos. El susto fue tal que Xie Ran no se atrevió a volver a casa en tres meses.
Que “un hijo nazca sin ano” era una maldición en otras casas, pero para la madre de Xie Ran, aquello se había convertido en un deseo bendito.
Xie Ran, con el rostro desencajado por la incredulidad, recorrió la habitación con una mirada lenta y atónita.
Bajo la cama se alcanzaba a ver la esquina de un contenedor que escondía los mangas shojo que Xie Chan compraba con sus ahorros en la preparatoria. En el rincón, el sofá carcomido por las polillas todavía conservaba la marca de una quemadura de cigarro, la misma que él había dejado la primera vez que se escondió para aprender a fumar. Los objetos sobre el escritorio le resultaron aún más increíbles: allí había un Nokia deslizable cargándose, y en el calendario, los cuatro dígitos del año «2012» resultaban impactantes a la vista.
Xie Ran se quedó mirando aquello fijamente.
El sonido del mahjong resonaba tras la puerta; su madre, que estaba ganando, reía a carcajadas mientras le pedía a Xie Chan que barajara las fichas.
Antes de que Xie Ran pudiera procesar esta escena que parecía de otra vida, o descubrir algo, o darse cuenta con euforia de lo que estaba pasando, el dolor de cabeza volvió a azotarlo. Fue entonces cuando se percató, con horror, de que los gemidos que había escuchado antes salían de su propia boca.
En la oscuridad, una silueta se tambaleó desde el suelo y logró ponerse de pie a duras penas.
Su forma de levantarse era muy extraña; parecía tener las manos atadas a la espalda, por lo que primero tuvo que hincarse antes de impulsarse poco a poco. La otra persona en la habitación llevaba puesta la misma camisa blanca que Xie Ran se había puesto específicamente antes de morir.
Xie Ran se tensó y preguntó con cautela:
—¿Xie Qingji?
La figura dio un paso al frente, situándose donde la luz de la luna que entraba por la ventana podía alcanzarlo.
Era Xie Qingji, a los diecisiete años: todavía joven, inexperto y con ese aire de quien no se rinde ante nada.
Su pecho subía y bajaba sin cesar, su rostro estaba encendido por un rubor intenso y la camisa blanca estaba totalmente arrugada. Sus pantalones habían sido desgarrados por alguien y su miembro, grueso y largo, seguía erecto, colgando pesadamente entre sus muslos.
Esa rectitud e integridad indomable del futuro oficial de policía ya se manifestaba plenamente en Xie Qingji incluso en ese momento; a pesar de verse maltrecho y ultrajado, mantenía el ceño fruncido y los dientes apretados, con una expresión feroz, clavando la mirada en Xie Ran.
Xie Ran finalmente lo creyó.
Tras suicidarse a los treinta años saltando al mar, había renacido y regresado a cuando tenía veinticuatro, justo el día en que se acostó por primera vez con su propio hermano.
Xie Ran retrocedió dos pasos por instinto, temiendo que Xie Qingji se le acercara para darle otra patada. Por fin recordó por qué le dolía la cabeza: no era por haber impactado contra el mar a los treinta años, sino porque a los veinticuatro, cegado por la lujuria y con el juicio nublado por el alcohol, se había aprovechado de que su hermano estaba bajo los efectos de una droga para atarlo e intentar practicarle sexo oral.
El resultado fue que Xie Qingji, que practicaba Sanda desde niño, lo apartó de una patada enviándolo contra la pared, donde se golpeó la cabeza.
Sin duda, esa patada había llevado toda la fuerza de su cuerpo; de lo contrario, Xie Qingji no se habría desplomado también al suelo, pareciendo haber quedado inconsciente por un breve momento.
Al experimentar ciertas cosas por segunda vez, uno descubre detalles que antes había ignorado deliberadamente. Xie Ran pensó para sus adentros que, con esa fuerza de voluntad, incluso si Xie Qingji no se hiciera policía y decidiera ordenarse como monje, sería el más destacado entre ellos; ser capaz de soltar una patada en un momento tan crítico como ese no era cualquier cosa.
En su familia, Xie Qingji realmente había sido una «fiera vestida de doncella» desde pequeño.
En su vida anterior, aquella patada no solo no lo había hecho entrar en razón, sino que, por el contrario, le había encendido una furia incontenible.
En aquel entonces, acababa de empezar a hacerse un nombre siguiendo a un pez gordo y se encontraba en su momento de mayor arrogancia y gloria; incluso las cuotas de las clases particulares de Xie Qingji las pagaba él. El Xie Ran de esa época estaba cegado por el éxito, rodeado de gente que lo adulaba; podía tener a quien quisiera, pero fue precisamente con su propio hermano con quien se dio de bruces contra un muro.
Aquel Xie Ran se había sentido humillado y enfurecido; el licor blanco que había bebido fermentaba en su interior, subiéndole directo a la cabeza. Entonces tomó una decisión cruel, pero cruel consigo mismo: se bajó los pantalones, masturbó el miembro de su hermano hasta ponerlo erecto y usó sus propios dedos para dilatarse por detrás.
Sujetó a su hermano por los hombros y se sentó sobre él, obligándolo a que lo penetrara.
Xie Qingji no tenía experiencia sexual previa; su primera vez en la cama fue siendo forzado por su propio hermano mayor.
Tenía las venas de las sienes y del dorso de las manos a punto de estallar por la tensión. Resistía con todas sus fuerzas el impulso de empujar la pelvis, quedándose tumbado en la cama como un tronco inerte. Era como si la carne de su hermano fuera distinta a la de los demás, como si mirarla le quemara la vista; por eso, su mirada se perdió más allá del hombro de Xie Ran, clavándose con humillación y resentimiento en la pared de enfrente.
Esa mirada le dolió en el alma a Xie Ran, quien solo pudo fingir indiferencia con una risa burlona antes de inclinarse para intentar besarlo.
Sin embargo, su hermano lo evitó bruscamente. El beso terminó cayendo en el lóbulo de la oreja de Xie Qingji; la mirada y el ánimo de Xie Ran se enfriaron al unísono. Cuanto más fría es una persona, más audaz se vuelve; y cuanto más audaz, más ignora las consecuencias.
Se pegó deliberadamente al oído de su hermano, gimiendo suavemente para que lo escuchara.
En su vida anterior, se había pegado así a la oreja de Xie Qingji para preguntarle lo que ya sabía: “No quieres acostarte conmigo, ¿pero entonces por qué la tienes tan dura?”.
Al recordarlo ahora, Xie Ran sentía que en aquel entonces había sido un verdadero bastardo. No era de extrañar que Xie Qingji lo odiara.
El rostro de Xie Qingji ardía de rubor. Torturado por el deseo, no pudo contener un gemido de dolor.
Ese sonido devolvió a Xie Ran a la realidad. Dio un paso adelante y caminó hacia él como lo hizo en su vida pasada, pero esta vez no fue para empujar a su hermano contra la cama.
La respiración pesada de Xie Qingji parecía estallar en sus oídos. Xie Ran no se atrevía a mirarlo a los ojos, y mucho menos a mirar a donde no debía. Desató el cinturón que le sujetaba las manos, luego le frotó las muñecas con cuidado y le dijo que se subiera los pantalones él mismo.
—Tu hermano bebió demasiado y te confundió con otra persona. No le des importancia.
Xie Ran ayudó a su hermano a acomodarse en la cama, lo arropó con la manta y luego se fue a sentar al sofá como quien huye de una bestia salvaje. Allí, sin darse cuenta, comenzó a rascar con los dedos el pequeño agujero quemado por el cigarrillo.
El Xie Ran de su vida pasada era rudo, salvaje y seguía sus propios impulsos bajo el principio de carpe diem, sin pizca de respeto por la moral o la ética; pero en esta vida, por nada del mundo se atrevería a repetirlo.
Soltó un suspiro y se quedó escuchando un rato más el sonido del mahjong que venía del exterior, conteniendo el impulso de salir corriendo para ver a su madre y a su hermana. De pronto, se levantó y se acercó a la cama.
Xie Qingji yacía allí en silencio, pensando en quién sabe qué e intentando en vano controlar su respiración errática.
Al segundo siguiente, el aliento de Xie Qingji se cortó.
Xie Ran sintió un destello ante sus ojos y, de repente, alguien le atrapó la muñeca que acababa de extender.
Xie Qingji abrió los ojos y lo miró con frialdad; su mirada cargaba con un odio indescriptible.
Xie Ran pensó para sus adentros: «¿Cómo puede ser que ahora me trate peor que antes?». En su vida pasada, al menos lo miraron con ganas de matarlo después de que todo hubiera terminado. ¿Cómo es que en esta vida el escrutinio empezaba antes de haber hecho nada?
—Suéltame. Solo voy a limpiarte el sudor. Los efectos secundarios de este medicamento son leves; ve a darte una ducha fría en un rato, pero que mamá no te vea.
Xie Qingji seguía sin pronunciar palabra, apretando su muñeca con una fuerza descomunal, con los ojos casi clavados en él.
Xie Ran estaba un poco desconcertado. ¿Por qué este chico lo miraba así? Sin embargo, pronto llegó a una conclusión: si el asesinato no fuera ilegal, lo más probable es que Xie Qingji ya hubiera sacado fuerzas de donde no tenía para saltar sobre él, matarlo de un golpe y luego estampar su propia cabeza contra la pared para demostrar la pureza de su cuerpo.
—Ya te dije que bebí demasiado y te confundí con otra persona, ¿por qué sigues tan insistente? Está bien, está bien… cuando te recuperes vienes a pedirme cuentas, ¡pero ahora déjame ir!
Incluso al pedir clemencia, Xie Ran no se atrevía a mirar a Xie Qingji a los ojos; forcejeaba con todo el cuerpo para soltarse. La nuez de Adán de Xie Qingji se movió al tragar saliva, y preguntó con desconcierto:
—¿A dónde vas?
Xie Ran no respondió. Aprovechando el instante en que Xie Qingji se quedó absorto y distraído, logró al fin zafarse de su agarre.
Caminó a paso rápido hasta la puerta. Apenas había apoyado el pie izquierdo, ya estaba levantando el derecho; no se atrevía a detenerse ni un instante, como si, de hacerlo, ya no pudiera marcharse.
Sin embargo, cuando posó la mano en el pomo de la puerta, no tuvo el valor de salir de un tirón. Vaciló, preguntándose si debía echarle una última mirada a Xie Qingji.
Pero antes de que pudiera tomar una decisión, una ráfaga de aire lo asaltó por la espalda. Ni siquiera tuvo tiempo de girar la cabeza cuando alguien lo estampó con violencia contra la puerta.
Xie Ran sintió un frío repentino en las nalgas; sus pantalones fueron arrancados con brutalidad, raspándole ambos huesos de la cadera con un dolor punzante. El aliento caliente y entrecortado de Xie Qingji se pegó a él.
—¡Ah…! —soltó Xie Ran un grito repentino.
Los gritos furiosos de su madre resonaron a través de la puerta:
—¿¡Qué haces gritando en vez de dormir!? ¡Del susto hice una jugada mala y hasta le di la ficha ganadora a otro!
Xie Ran apretó los dientes y guardó silencio mientras la vista se le oscurecía por el dolor. ¡Su trasero acababa de ser penetrado salvajemente por el miembro de ese pequeño animal demente de Xie Qingji!
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